sábado, 7 de noviembre de 2009

Cine: Manon de los manantiales (1988)

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Francia, 1986
Actores: Yves Montand, Emmanuelle Béart, Daniel Auteuil, Hippolyte Girardot, Elisabeth Depardieu, Margarita Lozano
Director-Productor-Guionista: Claude Berri
Basada en la novela de Marcel Pagnol
Cinematografía: Bruno Nuytten
Música: Jean-Claude Petit
Distribuidora: Orion Classics

Manon de los manantiales fue el verdadero salto a la fama de su protagonista, Emmanuelle Beart, la hija de un cantante y poeta, Guy Bert y de una griega italiana, Genevive Galea.

La actriz nacería en Saint Tropez, en 1965 pero, tras el divorcio de sus padres, se criaría con su madre y sus hermanos en una apartada aldea montañera, hasta que saliera de allí, directamente al Canadá, a Montreal, donde conocería a Robert Altman, quien la animaría para hacerse actriz, insinuación que la llevaría a estudiar teatro en París.

Su fama se cifraría fundamentalmente en su extraordinaria belleza y en su capacidad para caracterizar a esa especie de niña salvaje, que es Manon de Florette, pues es sabido el largo tiempo que ella dedica a la preparación de sus personajes; para citar un ejemplo, bastaría recordar para El corazón en invierno, ella practicaría el violín cotidianamente durante dieciocho meses.

Es realmente una mujer bastante sexy, capaz de atraer gran cantidad de hombres y no sólo al tontarrón de Ugolino, a quien seduce para atraerle la desgracia, como una auténtica pero inocente femme fatale, como una vengativa pastorcita, que diez años después de haber visto la trampa, que los Soubeyrans habían tendido a su padre, se dedica a cuidar cabras en un monte rocoso, y convertida en una especie de buena salvaje rousseauniana, con su espontánea desnudez, excita la sexualidad del simplón vecino, con unos encantos que exhibirá, con todo descaro, en su papel de Nathalie, una prostituta que pone en crisis a un matrimonio maduro, de tal suerte, que la nueva actriz se convierte en uno de los sex-symbols franceses, un poco a la manera de la Bardot, pero para nada es una tonta sino que es una mujer comprometida políticamente, que critica la xenofobia francesa con los palestinos.

Aunque las películas de Jean de Florette y Manon de las fuentes, consideradas, hoy en día, obras maestras del cine francés, se realizaron con tres meses de distancia, son dos filmes que están inextricablemente unidos, como una sola obra narrativa, en la misma línea que podríamos pensar a El señor de los anillos, lo que se ha dado en llamar una verdadera duología, o sea, un conjunto de dos películas, que se relacionan sucesivamente, ya que comparten un mundo común en lo expresivo, lo que, en el caso de Claude Berri, constituye todo un logro, dada la profundidad y multidemensionalidad que alcanza, sin caer en estereotipos, ya que podría decirse que Berri es un maestro de la caracterización; a pesar de su visión maniquea del mundo, la encarnación de los personajes es lo suficientemente honda, como para casi hacernos olvidar del esquema de los buenos y los malos, bien presente en la película. El director francés nos hace ver a los villanos como si más bien fuesen movidos por una especie de karmma, aunque en su relato impera el sentido de la justicia, casi en el sentido de la tragedia griega.

La técnica cinematográfica, empleada por Berri, podríamos decir que es casi perfecta, desde el punto de vista visual, gracias a la cinematografía de Bruno Nuytten, quien captura la belleza del paisaje y ahonda en las dificultades con que tienen que vérselas los personajes.

La música de Jean-Claude Petit nos evoca al Giuseppe Verdi de La fuerza del destino, con una orquestación que genera un verdadero impacto emocional.

Cuando comienza Manon de los manantiales, el tontarrón de Ugolino se ha convertido en un hombre próspero, pero tan feo que, su tío César duda de que pueda conseguir casarse y dar continuidad a la estirpe de los Soubeyran, que pueda proseguir prolongación de un linaje, que garantice la tenencia de la tierra por parte de la familia; pero, ahí está la pastorcita de la región, Manon, que ha logrado capturar la atención de Ugolino, con su desnudez espontánea, cuando éste se la pilla, bañándose en un riachuelo, lo cual hace que el hombre se enamore por completo de ella, a pesar de que la jovencita rechace sus requiebros, ya que ella se siente atraída por un recién llegado, Bernard Olivier, representado por el actor Hippolyte Girardot, aunque, al fin, ella acepta las galanterías del tonto ricachón para vengar la muerte de su padre, a quien muy discretamente conduce al suicidio, deceso que trae como consecuencia la pena moral de su tío, quien también termina muriendo, a causa de su aflicción.

Lo que es notorio, entrambas películas, son las variaciones de sus tonalidades; ya que la primera tiende a ser algo ligera, cuando nos deleitamos con el optimismo del racionalista Jean de Florette, quien sueña con el progreso, a pesar de que tenga que luchar con todo un montón de obstáculos, que le imponen los Soubeyran; nos place su tenacidad, que lo lleva al punto de morir en su Ley y en sus creencias

Manon, en cambio, lleva, en sí, el tono de la ira contenida y de la melancolía.

La chica decide actuar su amargura, sin piedad alguna, con tal de obtener venganza; ella actúa con decisión, con la fuerza de las almas justicieras, un poco, a la manera de Orestes y de Electra; como sabe muy bien donde está el ojo de la fuente, priva a toda la comunidad aldeana de los goces del agua, acción frente a la cual, ella no tiene ninguna duda, ningún escrúpulo, dada su decisión de conducirnos a una tragedia, de dimensiones épicas, pero desde una posición bastante singular, hasta llevarnos al desenlace final, un poco a la manera de Antígona.

El propósito de Berri, con esta duología era acercarse a la naturaleza humana pero no de una manera plana, para mostrarnos como la alegría, la inocencia y el optimismo de Jean fueron destruidos por sus semejantes, quienes, a la manera de lo que planteara Hobbes, acechan como lobos hambrientos, movidos por su ambición y su egoísmo, de tal suerte que cuando el hombre protesta por las arbitrariedades que ellos cometen, no dudan en matarlo y hacer pasar su muerte como un asunto accidental, con toda la hipocresía del caso, no sin cierta complicidad de la comunidad; de tal suerte que la venganza de Manon termina por hacer justicia y hacerla feliz, a pesar de todo, cosa que ojalá no sucediera pues para nada soy amigo de las autodefensas.

Las actuaciones de los protagonistas podríamos considerarlas maravillosas, desde la del veterano Yves Montand hasta la de la jovencita Emmanuelle Béart.

Montand nos muestra a un hombre inmoral, un perverso, con una fachada obsesiva de una manera brillante, hasta el punto que el espectador puede llegar a mostrarse muy ambivalente hacia él, con toda una mezcla de admiración y desprecio.

Daniel Autueil adquiere casi la apariencia de un Troll; un hombre con cierta debilidad pero de una codicia patética.

Gerard Depardieu nos sorprende con una ingenuidad encantadora, que hacen de él, un verdadero gigante.

Emmanuelle Béart se consagra con este filme, cautivadora con su belleza y la fuerza de su actuación, que lo dice todo a través de sus expresivos ojos.

El argumento de la película corre el riesgo de volverse melodramático y maniqueo, pero Berri logra sortear ese problema, al hacer esa excelente encarnación de los personajes, aunque si no lo lograra, como sucede con el reciente filme Australia, no importaría si hacemos caso de lo que decía una amiga, que fue conmigo a Manon de los manantiales:

Jesús, lo malo es que la vida se parece demasiado a las telenovelas…

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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