viernes, 27 de noviembre de 2009

Comentario sobre la novela “El hijo del cometa” del escritor costarricense Antonio Yglesias, publicado por editorial Norma

Hernán Sánchez Barros (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando le pregunté a Antonio en cual de los personajes de su novela se reflejaba, me contestó que en todos. Entonces comprendí algo que sospeché durante toda la primera lectura que hice de su obra: aquí está escondida, no tanto la propia vida de Antonio Yglesias, no su vida transcurrida (o tal vez si), pero sí de seguro su vida imaginada, su vida sufrida más allá de la piel, su vida como un sueño que abarca la realidad… y la supera, tal cual lo hace José Asunción, el hijo del cometa, su hijo profundo, su mismo Antonio mágico, despojado de la temporalidad que lo encierra, que lo perturba y lo limita, y cuyo escape maravilloso logra a través de las páginas de este trabajo, de esta aventura que nos propone, no solo poniéndonos en contacto con el pensamiento, el sentimiento y los actos de unos personajes de antología, sino con nuestra propia condición humana; una condición que el autor somete casi permanentemente a un riguroso cuestionamiento. Quedan claras las intenciones de Antonio Yglesias de utilizar momentos, personajes, situaciones, para revelarnos sin tapujos la contradictoria y paradójica teatralidad de nuestras vidas; y digo teatralidad porque en la dialéctica del desarrollo estructural de su obra, vemos empleado de manera magistral el canon clásico, con la Comedia, por ejemplo a través de personajes como Chito, el amigo incondicional, el empuje, el motor de su infancia y juventud; o el anarquista ilimitado y a fondo encarnado por el catalán Tuñón de Lara un crítico ácido de las costumbres burguesas; también, con ciertos momentos que arrancan la risa fácil, cuando entra en contacto con el mítico Profesor Neblina y Casandra en su atmósfera de Beaudeville; sin olvidar también la fugaz y espectacular aparición de otro personaje que desbarata, en el estreno del Mago en san José, el statu quo de una platea de hipócritas; me refiero a la figura de “La Gata”. Pero del pintoresquismo que estos personajes proponen, salta Antonio de repente al segundo canon clásico, al del Drama: por un lado, la muerte, que es la llamada abrir y cerrar el telón de esta historia, pero también con la estoica presencia de una heroína clásica: la madrina, Blanca, cuyo nombre, no me queda la menor duda, fue otorgado con total propósito. Blanca, porque ser así, blanca, en un mundo regido por cobardes, corruptos y bestiales, como su karmática pareja, el fascista Plutarco Sandí, le revela a ella que la bondad no es suficiente para ser feliz; y obedeciendo algo que la supera, conquista su realización, y su verdadero amor; amor por la justicia, su evasión misma es un acto de tremenda valentía, pero por sobre todo de justicia; también presente en la justicia social encarnada en su amado Luis Delgado Valle. Y aquí el romance imposible se encentra con la reivindicación imposible, uniendo a Blanca y Luis en medio de las luchas populares de los trabajadores de las bananeras en el año 34. Drama, si, pero un drama que va dejando mensajes cuya enseñanza Antonio Yglesias se encarga de dejarnos grabados no solo en la memoria del intelecto, sino también en el alma, para advertirnos que si bien esos hechos se produjeron hace más de 70 años, su causas intrínsecas siguen existiendo, y aunque los actores tengan otros nombres, se sigue luchando por dos mundos distintos…

¿El relato entra en la historia o la Historia en el relato? Esto no queda muy bien definido, y es por eso que la Costa Rica de principios del siglo XX se nos aparece tan vívida. Sus prohombres y sus sombras de hombre se corporizan en nuestra imaginación, como el mismo prepotente Plutarco Sandí, o su amo y señor, “El Licenciado”, expresión artera del personaje oscuro, manipulador y sin moral de la política, que siempre se escabulle por las hendijas de la ambición y la debilidad humanas. Ese, el verdadero enemigo de ese otro extremo de ser humano que expresa los más altos ideales: el mago Juan Asunción Avilés. Formando parte de un correlato cuyo paralelismo sólo es contemporáneo, más no coetáneo, pues la vida del futuro mago es guiada por hilos de luz que se pierden en lo más alto…hilos que nos recuerda la presencia fugaz pero determinante de su primer mentor, el Maestro Bonetti, un titiritero italiano que inicia a nuestro personaje central en el difícil arte de empezar a creer en si mismo…es decir, en su destino. Asunción Avilés, aprenderá también a pagar un alto precio por seguir ese destino: la relación adictiva con Casandra, un amor enfermo que crece como un tumor y que expresa de alguna manera ese lado mundano de las emociones, tan distinto y tan distante del sentimiento que se le revelará con la luminosa india María. Un amor que lleva a las estrellas y otro que lo hunde en la oscuridad; las dos Venus de Plotino, la Venus Urania que da alas, la Venus Pandemus que las corta…a las dos se entrega El Mago por distintas causas y de las dos asume las consecuencias…

Para alejarnos ya de la parte dramática, cabe mencionar el papel reivindicativo que Antonio otorga a la mujer, en personajes tan nobles como Blanca, María, Lucía y aun, Patricia, la espontánea esposa de Tuñón de Lara.

La tragedia, el tercer Canon y la parte más honda de esta novela, está obviamente ligada con las vivencias íntimas de José Asunción Avilés Giménez, pero sobre todo en los momentos en que deja de ser “el mismo”, ¿O deberíamos decir en los momentos en que es más auténticamente él mismo?, son momentos en los que también deja de ser El Mago, que el reconoce como un habilidoso hacedor de trucos; es ahí cuando aparece “El Mentalista de Oriente”.

Un nombre para definir el trabajo más importante que ejecuta nuestro personaje central. El contacto con las esencias, la trascendencia, el sentido último de la vida…

¿Qué más podemos decir de algo que solo la vivencia puede explicar? A pesar de lo cual, Antonio Yglesias asume la difícil tarea de mostrárnoslo, no solo con la experiencia adivinatoria de las funciones, sino con la sabiduría con la que se va nutriendo José Asunción después de cada una de esos momentos cumbres. Todo y todos quedan arrasados por la enorme presencia de “eso” que el mismo Mago no puede comprender pero que le hace vivir los momentos más plenos y profundos de su vida. Es lo que lo hace buscar la verdad y encontrarla en la Sierra Norte, en México, en María. Es el encuentro simbólico con su propia alma, igual que en las viejas sagas esotéricas, donde el viaje iniciático, el viaje del descubrimiento del verdadero sentido de nuestra vida, comienza y termina con la muerte, la muerte de la banalidad, de la ignorancia, el miedo y la duda. Dice José Asunción: “La muerte es un paso hacia la libertad, es el regreso al hogar. La muerte solo cambia una realidad por otra en la larga continuidad de la existencia. Tu alma es energía pura, y es una energía de amor, ese eres tu, eterno, inocente y puro”. María no es el fin, es el principio de una nueva vida que no es precisamente lo que el Mago transcurre para llegar a ella. Eso solo es el camino. Un camino que lo obliga a desprenderse desde el comienzo, de sus progenitores y de su natal Cartago; un camino, como el camino mítico que tan bien nos describió Joseph Campbell en su “Héroe de las mil caras”,que lo lleva a regiones desconocidas: San José, Centroamérica, México…un camino que lo pone a prueba de manera brutal, con Plutarco y su despropósito, con Casandra y su delirante y obsesiva locura; un camino que lo enfrenta a su crucial enemigo “El Licenciado”, en una presentación en el teatro Raventos, que uno hubiera querido que fuera realidad, y que pudiéramos ver a muchos fantoches de la política nacional desenmascarados de la misma manera…Un camino que le hace encontrar mentores amorosos, rigurosos pero llenos de humana debilidad, como los buenos maestros; como el Maestro Bonetti, que encuentra su discípulo al ver maravillado como José Asunción hace bailar a la Colombina, su marioneta preferida; también, con la simpatía del famoso y ya decadente mago argentino, el Profesor Neblina, de quien aprende las artes de los trucos más difíciles, como ese de “Cortando a la doncella en dos”, que impresionaba tanto al público tico allá por 1927…

En el descubrimiento de la vida que va haciendo José Asunción, el hijo del cometa, quedan preguntas tan hondas y reveladoras al mismo tiempo, que es difícil sustraerse a la autorreflexión; dice por ejemplo: “Por qué tanto dolor; se preguntó al sentir una punzada compasiva,¿Por qué olvidaron lo que en realidad son?

El sufrimiento, incorporado como un sacro-oficio lo va purgando de esa densidad que a todos no impide ver más claro. José Asunción trató una vez de definirle a Tuñón de Lara, como era el sentimiento que lo animaba “Es una energía compuesta de luz, amor y conocimiento”.

Y estando con María en la Sierra del Norte, un día le explica; “¿Sabías que en el universo se mueve una fuerza amorosa que siempre pide entrar en nosotros para poder manifestarse? Algunos le abren la puerta y son felices; otros le dicen que no y viven en la contrariedad, en una pelea constante entre lo que quisieran hacer y lo que hacen”.Abrámosle la puerta a “El hijo del cometa”, y llenémonos de la aventura apasionante de vivir con lucidez, con entrega; aceptándolo todo, luchando, amando, haciendo magia de la forma más bella que es convirtiendo en mágico cada momento de nuestra vida, como lo hace los personajes mágicos de esta extraordinaria novela de Antonio Yglesias, que marcará un hito en la literatura latinoamericana. Gracias Antonio por la novela, pero por sobre todo por darle vida a Juan Asunción Avilés Giménez.

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