sábado, 21 de noviembre de 2009

De cómo el prójimo se va tornando lo más distante

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la infancia y parte de la adolescencia, las personas y las cosas tienen una enorme presencia; las sentimos como muy próximas, a punto de no discernir bien sus fronteras separadoras, por lo menos con las personas de la intimidad, Pero así que vamos siguiendo el orden del tiempo esos seres se van esquematizando, adquiriendo los contornos de simples personajes según sea su función, su papel. Se van tornando cada vez más distantes. Nosotros mismos también nos tornamos ajenos de sí y de los otros.
Ama a tu prójimo como a ti mismo es un enseñamiento bíblico que nos fue inducido en el catecismo de la infancia. Sólo que nunca se nos enseñó quién era nuestro prójimo. Tal vez se mencionó la historia del buen samaritano, pero nadie nos explicó quien era esa gente conocida en la época de Jesús como los samaritanos –los habitantes de Samaria- y que tenían de tan peculiar en la imagen que en aquel tiempo se hacían los judíos. No se nos explicó que los samaritanos eran mal considerados, sospechosos, despreciados. En casa, yo oía decir que debíamos ser considerados con los demás, con los otros. Entendía que los demás eran demás y de menos. En su acepción más simple, y tal vez la más accesible, amar al prójimo es ayudarlo por un movimiento de simpatía y solidaridad.
Ya en la adolescencia deberíamos saber quien es nuestro prójimo. Por lo menos en esa etapa tenemos alguna idea en términos de quien sea ese tipo de seres. El prójimo es lo que está más cerca de mi, de nosotros, de nuestro huerto. No vamos más allá de eso en nuestro aprendizaje., Sabemos que los familiares, nuestra esposa, los pocos amigos, los colegas de trabajo, los vecinos, son de nuestra proximidad. Desde lo más cerca hasta lo menos cerca, por lo menos en apariencia, que es muy posible que ese orden indicado sea una mera ficción.
Tarde aprendemos quién es nuestro prójimo. En la infancia y parte de la adolescencia vivimos con el prójimo; los padres, hermanos, colegas de escuela, las personas que circulan en nuestro ambiente cotidiano. Todos ellos son nuestro prójimo, pero no lo sabíamos. Era tan fuerte su presencia que entraban y salían de nuestro ambiente como si nuestro mundo personal fuera también la casa de todos ellos. Vivíamos en una comunidad, por lo menos en la esfera de la familia, pero, en algunos casos, con el vecindario. Eran tan próximos que los límites estaban mal diferenciados, por lo menos en el círculo de los íntimos. Los demás circulaban por ahí, en la calle, en el mercado, en la multitud. Eran extraños, pero ni tanto.
Con el paso de los años comenzamos a cerrar nuestras fronteras, vamos distanciándonos de todos ellos. A partir de los 23 años, en torno de eso, los nuevos personajes que circulan en nuestro contorno son justamente eso: individuos que representan determinados papeles. Antes eran algo más que personajes; eran seres de una tremenda presencia, seres que se imponían ante nuestros ojos sin hacer esfuerzo. No representaban papeles, o si representaban no era eso lo que más nos impactaba. Era la presencia. Pero a partir de un momento mal determinado (desde los 15 adelante?) todos esos seres van quedando distantes, en el espacio y en nuestras preocupaciones habituales. Van perdiendo algo, no porque sean menos sino porque los vamos abstrayendo, esquematizado. Es algo gradual. Ya no vemos al profesor en carne y espíritu; lo vemos en su papel, como aquel que escribe en el pizarrón y califica nuestro desempeño. No vemos a la tía en su siempre sorprendente modo zalamero; la vemos en las arrugas y en el cansancio que ya están visibles en su rostro, con el prenuncio de la menopausia.
Aún los padres viven tal vez en el mismo edificio, en la misma ciudad, pero ya están distantes. No los vemos como figuras protectoras, dioses que ejercitan las diversas formas del poder. Es probable que, sin admitirlo, los veamos como seres bastante caducos, una generación con hábitos y propuestas ultrapasadas. Lo que existe a nivel sub-cortical, infra-conciente, son los otros padres, aquellos que aún habitan en la lejanía, ese extraño embrujo de la lejanía. El amigo de infancia era como el otro yo, una especie de alma gemela. El amigo de la adultez es un personaje con el cual conversamos de asuntos prácticos y de un amplio repertorio de anécdotas, entre alegres y picantes, Son nuestro prójimo, pero residen a una prudente distancia, incluso esos que pasan por ser los más allegados. Ya no los percibimos en su entera presencia, pero en algún fragmento que nos impresiona. Un amigo nos impresiona por su inteligencia o por su espíritu entre malandrín y camarada. Otro nos recuerda escenas lejanas, con ese encanto de sonata antigua. La joven nos toca por sus contornos anatómicos y su modo de alterar la temperatura corporal. A todos raras veces los vemos en su integridad. Son seres parciales, como nosotros mismos. Inclusive la esposa, que no comienzo del casamiento nos hacía sentir su presencia incomparable, se fue esquematizando, como si el hábito de saber buena parte de sus comportamientos le tirase su ser más propio, en vez de realzar su ser intrínseco. Vive, ella también, en la lejanía, ese lugar que está a nuestra espera.
Años después, lo curioso es que un día de esos que no figuran en el calendario, los amigos de la juventud y la enamorada de la misma época, e incluso los padres ya fallecidos, comienzan de nuevo a reaparecer en el campo de nuestra existencia; entonces no impresionan como si hubieran esperado ese momento para tornarse ese prójimo que tal vez tanto gustarían haber sido, pero ahora están en esa distancia que otorga un encanto mágico e incomparable a las estrellas que parpadean en el infinito de los cielos.

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