viernes, 13 de noviembre de 2009

De redenciones y sarcasmos

Mario Castañeda (REVISTA VIRTUAL ALBEDRÍO)

Redención, s. Exención del castigo que consiguen los pecadores asesinando al Dios contra el que pecaron. La doctrina de la Redención es el misterio fundamental de nuestra santa religión, y quien crea en ella no perecerá sino que gozará de vida eterna para tratar de comprenderla.

Sacerdote, s. Caballero que reivindica como propio el sendero interior que lleva al Paraíso y pretende cobrar peaje a quien lo atraviese.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo.

A pesar de su larga data de creación, ambas palabras y sus definiciones coinciden en su uso en el momento actual. Incluso, me atrevo a equivaler “sacerdote” a “pastor”, por supuesto, con excepciones de algunos de ellos que han tenido un hacer más honesto y del lado de la resistencia popular en los años de contrainsurgencia en América Latina. Las pongo a la par, no por desconocer la diferencia que les asignan en ambos credos, sino por las utilidades que logran de su oficio.

Según expone en la introducción del libro El diccionario del diablo el filósofo Enrique López Castellón, a finales del siglo XIX, Ambrose Bierce comienza a escribir estas fabulosas sentencias que se publicarían a inicios de la siguiente centuria. Las causas de escribirlas, entre otras, el contexto histórico-social de los Estados Unidos de aquella época y el aparecimiento de sectas fundamentalistas que permeaban las conductas familiares. La familia de Bierce no fue ajena a ello. He ahí, una de las muchas razones por su sarcasmo y ataque a los religiosos, los moralismos, la política y las religiones.

Pero no es su obra la que nos “congrega”, “hermanos”, a esta impura lectura. Nos vincula el hecho de que, como en muchas sociedades, el sarcasmo resulta ineludible para demostrar nuestra inconformidad con ciertas cosas. Y ese sarcasmo nos exime de la obligación de pensar igual. De retar al descaro que tienen algunos que habitan nuestro entorno y que entorpecen el uso del pensamiento individual y colectivo, como expresión de decidir por ciertas opciones.

Varias de esas situaciones afloran en la cotidianeidad: en los buses, en los saludos, en los parques y en los bombardeos a través de los medios comunicacionales. Resulta insoportable que los buenos deseos se reduzcan a “que dios te bendiga” y ese falso amor por la patria. También, a la validación del trabajo como valor moral de “engrandecimiento” y “desarrollo” y no comprenderlo como la expresión de relaciones desiguales en la sociedad. Pareciera que el recurso lingüístico les queda a muchas personas escaso para prodigar su buena voluntad y su ceguera social.

Y es que la educación y las empresas de información nos han reducido los discursos y la comprensión de la realidad a palabras hipócritas. La fetichización de las relaciones humanas mediante el consumismo se palpa día a día. No digamos en la educación y su estrecho vínculo con las religiones, donde, todavía, encontramos catequistas en establecimientos públicos y “guías cristianos” en establecimientos privados, cuando la educación debe ser laica y gratuita, según la falacia liberal.

El lenguaje cada día es menos comprendido y utilizado porque se instrumentaliza a las palabras que la vida material nos remite. En estos tiempos nos conduce al pragmatismo neoliberal: vivir para trabajar, trabajar para acumular, acumular para consumir desmedidamente y consumir sin pensar en la naturaleza y la calidad de consumo. Claro, las personas tenemos la capacidad de discernir de acceder o rechazar las seducciones que ofrece el capitalismo como sistema de producción y al orden acelerado y casi imperceptible de dominación. Comparto, en este sentido, la capacidad de resistencia del receptor en los medios de la que habla Jesús Martín Barbero en su obra De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía. Sin embargo, el bombardeo mediático, desde indigentes que pastorean en los buses como el de poderosos religiosos a través de la tele, la radio e internet, pregona un alarmante ascenso de una naturalización de la evangelización fundamentalista. Con ello, la algarabía de la buena fe cristiana traducida a lo cotidiano, demuestra nuestras relaciones de dominación en todos los niveles y espacios, además de su expansión.

Se huele en el ambiente que la obligación de evangelizar va con posicionamientos conductistas que infieren que uno debe aceptar tan abominables deseos. Lo normal es que uno sea cristiano o que crea en dios. ¿Qué pensarían los cristianos, los judíos y los de otras religiones, si uno se asoma a ofrecerles las “buenas nuevas” del ateísmo? Retomando a Foucault, seríamos, bajo las pulverizaciones de sus pensamientos y sus palabras, unos perfectos anormales.

Esa anormalidad, que no necesariamente va acompañada de reflexión, pues, algunos convierten el ateísmo en fundamentalismo casi religioso, es destinada a la condena. Y aunque el ateísmo sea, en cierta medida, una afirmación del cristianismo en tanto oposición que legitima su indiferencia o su ataque, es, en muchos casos, más libre de prejuicios en el relacionamiento social.

La normalidad se viste a veces por las calles del tercer mundo, con gringos sonrientes, bien comiditos y con carisma de antropólogos colonizadores, ofreciendo la palabra de Jesús. Abundan hombres y mujeres sin empleo que apelan al sufrido ejercicio del trabajo en los buses, agradecidos con dios, por no andar matando para comer. O peor aún, el fundamentalismo protestante que se muestra, para el caso guatemalteco, en canal 27, donde una sarta de abusivos pastores idiotizan a la población insatisfecha material y espiritualmente para extraerles dinero en nombre de dios. El descaro es tal que afirman que es obligación darle al señor la ofrenda porque él se lo merece. El dios del miedo que predican en confusas frases que se mezclan con un falso amor, succiona la susceptibilidad del público que, a ciegas, obedece, creyendo que obtendrá el paraíso.

Cuánto tendría Bierce, si viviera, para ver en este país y escribir no uno sino decenas de libros, ultimando con sus certeras palabras, la grosera jerarquización de dominación ideológica. La burda ambición de mercaderes que, como dice nuestro referido autor, ofrecen la vida eterna que no lograron comprender en la tierra, precisamente, para que sigan intentando comprenderla después de fallecidos.

Esta reflexión es para ponernos a pensar en lo que nos espera. Los fundamentalismos de todo tipo están cobrando fuerza. Curiosamente, la conformación de los Estados-nación, especialmente en América Latina, nos demuestra que llegamos a destiempo entre estados y naciones. Paradójicamente, cuando más se pretendía la independencia y el supuesto progreso que traía el injusto tren de la modernidad, entendida como producto histórico y lineal del desarrollo humano, más presos del poder y la destrucción somos. Esto nos remite a pensar qué sociedad queremos. A pensar la autonomía como algo más allá de lo permitido. Una sociedad que trascienda lo liberal y lo neoliberal. Todavía hay tiempo.

Esto no es un juego. Tendrá, como lo vemos ya, terribles consecuencias Por eso, si no reenvían este texto a 489 personas, algo malo les va a suceder. Se les van a caer los dientes, o quizá ya no tendrán una erección. Posiblemente vendrán muchos días de mala suerte. Alguna enfermedad enlutará sus hogares. O peor aún, tendrán diarrea por 7 días y 7 noches. Talvez se conviertan en diputados. O sus descendientes saldrán con caras de ratas de desagües por 7 generaciones. O vivirán reflexionando, como dice Bierce, sobre sus vidas eternas, pero en el infierno, su propio infierno, es decir, sus seres en contradicción.

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