sábado, 21 de noviembre de 2009

Eduardo Subirats: Un rebelde ilustrado contra la soldadesca hispanista

Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se dice que la diferencia entre los estudios de grado y los de posgrado radica en que los primeros cubren temas generales y los segundos se concentran en problemas específicos y puntuales. Esta apreciación que puede resultar didáctica para tener una primera idea de la dinámica académica en Estados Unidos no deja de ser una simplificación. Si por algo se caracterizan los estudios realizados en el último nivel de la selectiva y elitista pirámide académica es por plantear una crítica y una comprensión global de una disciplina. Con menos frecuencia producen terremotos que suelen cambiar el paradigma con que el resto de la pirámide ve la misma realidad. Dos atributos conspiran siempre contra la verdad: la cobardía y la pereza intelectual. Si la primera suele ser el aliado más activo del poder, la segunda es un beneficio gratuito que cada uno otorga a su statu quo. Por esta razón, el revisionismo es siempre uno de los principios irrenunciables de cualquier investigador serio. Todo debe ser puesto en duda. Solo lo que permanece en pié después de un terremoto merece respeto intelectual. Esta actitud de revisionista radical ha caracterizado el trabajo crítico y literario del filósofo español y profesor de New York University, Eduardo Subirats. Y si bien no se puede decir que Subirats ha descubierto la pólvora en los estudios hispánicos, sí debemos aceptar su coraje intelectual para avanzar con lucidez y fundamento una postura crítica del mismo sistema, de las instituciones y de las vacas sagradas del hispanismo que hunden sus raíces en los primeros siglos del Renacimiento. La verdad antes que los buenos modales; la demolición creativa antes que la rutina clerical. En Las poéticas colonizadas de América Latina, Eduardo Subirats plantea un estilo poco académico, más cerca del texto rápido, sintético e incendiario de Nietzsche que del escrito mesurado, estructurado y obediente de todas las convenciones probatorias que imponen las redes y las herméticas tradiciones académicas. Un estilo por momentos germánico, con frases gramaticalmente duras, extensas pero nunca vacías de sutiles referencias a la filosofía clásica y contemporánea. No obstante, el particular estilo de Subirats también recurre a la técnica de la narración de ficciones para encarnar y dramatizar problemas que normalmente se asumen racionales e impersonales. Pero el lector sabe o asume que, como en un ensayo, el narrador y el autor son la misma persona. Según el autor, este es un libro de “confesiones y quimeras” (11). En la primera parte de Las poéticas colonizadas, a partir de una observación puntual sobre la lista de lecturas obligatorias del departamento de Spanish and Portuguese de New York University, Subirats arremete contra la tradición establecida por el racismo, la limpieza étnica y cultural realizada a lo largo de los siglos en España. Esta tradición que se centró en el imposible concepto de pureza —una raza, una religión, una lengua— es considerada por Subirats como un cadáver vivo que pesa hoy en día en los más exquisitos circuitos académicos. Su crítica no es la de un caballero correcto y equilibrado sino la de un hereje que va poniendo el dedo en la llaga aquí y allá. Parte de esta colonización de la poética latinoamericana es “el secuestro de la intencionalidad intelectual, la domesticación y neutralización del compromiso histórico y político de la teoría” (25). En contrapartida, Subirats pone el acento en el valor mítico y oral de las poéticas de la resistencia latinoamericana (29) y se opone a la neutralización academicista. A favor de esa piadosa conversión del arte en acción comunicativa se arguye que, al fin y al cabo, todo son representaciones, lo mismo la guerra contra el mal que los videoclips de Madonna. […] De ahí también la paradoja que recorre los estudios culturales en su calidad de sublimación corporativa de la sociedad del espectáculo. (35)Hace muchos años, en un barco de madera en el océano Índico, el escritor y profesor Joseph Hanlon me detalló sus investigaciones sobre algunos sistemas dictatoriales y me dio su definición más sintética de un sistema fascista: el fascismo recurre siempre a la fragmentación de saberes para no perder el control de la real totalidad. Sin hacer referencia a este extremo, también Subirats insiste en denunciar la fragmentación de los saberes especializados (37) que aniquilan o controlan las humanidades. En las aulas que se precian de libertad “la condición posintelectual no tiene remedio” (38). Hay una carencia de “un proyecto intelectual en el sentido en que lo llevó a cabo el humanismo y la Ilustración de Erasmo o de Wilhelm von Humbolt, y de Emerson a Dewey” (40). Por otro lado, son frecuentes las conferencias sobre los derechos humanos en la Nueva España de 1521 pero en general los especialistas se han vuelto “incapaces de articular una reflexión socialmente responsable sobre los genocidios en tiempo real y a la vuelta de la esquina” (40).En sus “Siete tesis contra el hispanismo” Subirats recuerda el carácter simplificador y represor de la diversidad original, lingüística y cultural, con la cual en España se configuró un carácter nacionalcatólico por exclusión de moros y judíos, se negó el humanismo, el iluminismo y las reformas sociales, religiosas e ideológicas y se liquidó el liberalismo. El hispanismo resultante es el reflejo de esa violencia de exclusiones documentadas en un canon donde sobresalen los Unamuno y los Ortega y Gasset. Violencia del fascismo ibérico que se continuó en América con la represión de las culturas indígenas y la negación de la modernidad europea y la “combinación de crueldad autoritaria y mesianismo cristiano” (49). En su tercera tesis Subirats entiende que “las culturas y memorias ibéricas y latinoamericanas deben revisarse y redefinirse a partir de sus centros espirituales, no de sus fronteras” (51). Uno de estos centros debería ser los espacios y símbolos sagrados compartidos por una tradición estratégicamente olvidada: la judía-cristiano-musulmana y, en América, las antiguas concepciones cosmológicas. “Estas tradiciones y conocimientos se extienden desde códices y obras de arte hasta las tradiciones orales y artísticas milenarias sobrevivientes en el día de hoy” (52). Y más adelante: Pero el descubrimiento y la colonización de América tampoco pueden comprenderse como proceso civilizatorio sino es a partir de la continuidad que recorre sus mitos teológicos de la culpabilidad originaria de los pueblos americanos y su redención por la conversión bajo la cruz, por una parte, y los discursos y violencias de la salvación político-económica bajo los nombres empírico críticos, positivistas, marxistas-leninistas o neoliberales del progreso. (57)[1]Según Subirats, otras líneas comunes dibujan la historia espiritual del continente, desde Simón Rodríguez hasta Américo Castro, como lo es la frustración, “un mismo límite interno, y del fracaso intelectual y político que definen la idiosincrasia cultural y social del mundo cultural hispano y latinoamericano” (61).Para evitar el compromiso histórico de un proyecto cultural, la posmodernidad diseminó “la prohibición academicista de los ‘grand recits’ —que la industria cultural postmodernista ha elevado a globalizada banalidad— ha servido de perfecta coartada a un hispanismo tradicional” (59).Como subscribimos antes, también para Subirats el verdadero Siglo de Oro español no es el siglo del oro de América sino el Medioevo de la cultura hispanojudía e hispanoislámica que la violencia del nacionalismo católico se encargó de reprimir en la Reconquista al igual que lo hará más tarde en América con la Conquista. Por esta razón, los siglos XI, XII y XIII deberían entenderse como la primera Ilustración europea. Bastaría con considerar al filósofo árabe Averroes, “el primer y último ilustrado en el mundo ibérico” (113), que en el siglo XII “por primera vez en la historia europea establece epistemológicamente la separación entre fe y razón […] el real punto de partida islámico de la Ilustración europea” (74) y que luego la cultura imperial se encargó de destruir a sangre y fuego (77) mientras que varios siglos después se les da título de “ilustrados” a escritores canonizados como Feijoo, Jovellanos, Cadalso y Maynáns quienes “no son ilustrados en un sentido riguroso, porque no cuestionan la Escolástica, no formulan el principio de autonomía de la razón, no plantean el problema social y político de soberanía en términos modernos, es decir, republicanos, seculares y democráticos” (83). Al mismo tiempo, se excluye del canon de esta Ilustración tardía a intelectuales con mayores méritos, como Simón Rodríguez y Blanco White (84). Todo lo cual es parte de una tradición de “exclusiones radicales” propia de la conservadora cultura hispánica (85). Luego de este renacimiento, no hubo vanguardia intelectual en España que pudiera superarla (70). Es más, “fue la fuga hacia Italia y Centroeuropa de libros, instrumentos científicos y exiliadas tradiciones hispanoárabes e hispanojudías las que posibilitaron el Renacimiento humanista y científico europeo” (72) y no tanto la recurrida fuga de los intelectuales griegos de Constantinopla. [2] Según Subirats, vacas sagradas como Unamuno, Ortega y Gasset y Maeztu son “momias del subdesarrollo”, abundantes en tesis arbitrarias y racistas (95). “Maeztu es tan indispensable para hispanistas como lo pueda ser Goebbels en un seminario de pensamiento alemán contemporáneo” (95).Subirats termina su libro con “El juicio de Bufo”, una especie dramatización de un juicio de la inquisición en su versión académica. En síntesis, en Las poéticas colonizadas de América latina Subirats, después de cuestionar la tradición y los cánones del Hispanismo y los Cultural Studies, después de denunciar la propensión a la fe y al prestigio de la tradición en detrimento de la razón crítica, propone una revisión de la práctica académica basada en categorías históricas, estéticas y filosóficas y no meramente geográficas; rehabilitar el mundo cultural negado de España, desde Maimónides, Ibn Arabi o Ramón Llull; reconocer la centralidad de proyectos culturales como los de Simón Rodríguez y Blanco White; y rechazar el posmodernismo hibridista y deconstructivista de excesivo relativismo y neutralidad que reflejan pereza intelectual por proyectos radicales. Podemos esperar que este tipo de crítica revisionista no sólo haga justicia histórica a aquellas tradiciones reprimidas por la violencia y la pobreza intelectual, sino que además estimulen el desafío de proyectos culturales e intelectuales que superen el espíritu lúdico y neutral de todos los posmodernismos que han nacido como cadáveres estériles. Estériles, por su cómplice neutralidad; cadáveres, por su orden de museo y de catálogos, por su paralizante halo de muerte indiferente ante la muerte.

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