viernes, 27 de noviembre de 2009

El fetiche de los 20 años

Mario Castañeda

Bitching
Back-stabbing
Senseless in-fighting
“United we stand
Divide we fall”
The common enemy that overshadows us all

Common Enemy. Napalm Death.
CD: Scum (1987)

Parece que la anestesia del neoliberalismo ha permeado el pensamiento común actual. Después de toda la algarabía y el derroche de actividades conmemorativas por la caída del muro de Berlín, me pregunto, y le pregunto a ustedes: ¿qué nos quedó? Pues, nada -dirían algunos-. Yo creo que sí. Que nos quedó mucho para aprender y prever.

En principio, he de comentar que asistí el 9 de noviembre pasado a una de las celebraciones que se realizaron en la Plaza Berlín, al final de la Avenida de Las Américas, ciudad de Guatemala. Era un concierto de una banda de punk alemana. El grupo, Die Toten Hosen, originario de Düsseldorf, con una gran trayectoria discográfica y con el respeto ganado en su país y en otros países como Argentina, era el evento central.

Previo a su presentación, la embajada de Alemania en Guatemala, organizadora de la actividad, mostró a la ilustrada concurrencia, un documental sobre la caída del muro de Berlín. Dicho documental hacía un recorrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pasando por la construcción del muro, y las implicaciones para los nativos de las ex Alemanias respecto de su edificación y su destrucción en noviembre de 1989.

Antes, hubo -según me comentó Alejandro, un amigo anarquista con quien nos encontramos en el concierto- la presentación del fantoche de un niñito bien que se subió a cantar y a tocar un instrumento a destiempo con la música programada. Dice mi querido amigo que el patojo estaba feliz de presentarse en ese escenario y que deseaba que algún día Guatemala fuera como Alemania. Que no había nada mejor como ese país europeo. A mí se me hace que a este se lo sacaron de GuateÁmala, lo mandaron como ejemplar de esa pestilente fauna y, cuando se vio ante tanta gente, los quince minutos de fama le sacaron lo civilizador que llevaba por dentro.

Después, los Toten saldrían al escenario para deleitar, alegremente, a sus nuevos admiradores. Entre el público, deambulaba una cantidad considerable de alemanes, unos aspirantes a alemanes, y otros, arrimados de alemanes. Los renegados éramos pocos. En fin.

Una de las cosas curiosas fue ver a un considerable dispositivo de seguridad para el evento. La estigmatización de que los rockeros o los punks somos violentos, destructores y blablablablablablablablabla, seguramente hizo pensar a la delegación diplomática que podrían suscitarse desagradables incidentes. O quizá un atentado terrorista. Los robocops que cuidaban con ojos de zánganos a los asistentes, no emitían palabras ni sonrisa alguna. Un cuerpo de seguridad contratado y bien entrenado.

Para el colmo, en la entrada, parte de ese cuerpo de seguridad estaba decomisando, de manera respetuosa, los cigarros que uno portaba. Increíble. ¿Cuándo va uno a un concierto de punk o rock en general (hasta en el pop) sin cualquier tipo de estupefaciente legal o no? El pretexto: “aaayyy, es que hay unas lucecitas allí adentro y queremos evitar incendios”. Claro, las luces pirotécnicas eran la guinda del pastel para después del evento…. ¡en un concierto de música punk!

Los alemanes subieron al escenario y con buena vibra interpretaron sus canciones. Si supiera alemán, seguramente habría entendido plenamente lo que querían transmitir. Sin embargo, mi amigo, quien domina este idioma, me fue traduciendo algunos de sus discursos. El concierto, para mi gusto: aburrido. Un punk que la concurrencia convirtió en un alegre festival quinceañero, donde los músicos quedaron complacidos con la respuesta de su bien portado público, tanto así, que hasta cantaron “La Bamba”. Ni modo. Malaaaaaya los tiempos de Sex Pistols, The Clash, Ramones, Exploited y otra serie de irreverentes, sucios, busca pleitos, drogadictos, mata policías, recoge chencas, busca velorios, come cuando hay, es decir, punks, anarquistas, o sea, el resultado de la barbarie capitalista hecho rebeldía desde abajo. Habiendo descrito parte del gratuito espectáculo, me quiero referir a lo que quedó de este y la serie de conmemoraciones realizadas en gran parte del globo terráqueo. Pienso que hay una fetichización con las fechas. Da igual si son 7, 9, 23, 40 ó 72 años de conmemoración. El punto es que las decenas, las medias décadas, los cincuenta, setenta y cinco, cien o doscientos años, parecen números cabalísticos con que se alborotan las hormonas políticas y a todos les da por celebrar. La memoria se vuelve una mercancía. Eso sucedió con los 20 años de caída de esa larga pared que dividió el totalitarismo soviético del totalitarismo anticomunista occidental.

La conmemoración de la caída del muro de Berlín, en cuya construcción, me contó alguien, participaron algunos miembros de la izquierda guatemalteca de aquellos años, fue eso: una divulgación mundial y fetichista de la derrota del llamado socialismo real convertida en discurso ideológico. Es poner a Alemania en el pedestal del discurso triunfalista de la democracia internacional y negar, mediante la famosa reunificación, las contradicciones latentes hoy, no sólo en el occidente sino en el oriente alemán. Y es que estas no pueden ocultarse bajo el slogan del triunfo de la libertad, la democracia o cualquier otro nombre con el que quieran disfrazar al neoliberalismo. Si bien, era pertinente que la Stasi dejara de controlar la vida de los alemanes de oriente, no hay que confundir libertad con libre mercado y su jerarquización injusta de la condición humana.

A lo largo de estos eventos, las empresas de información han jugado un papel determinante en la recepción de los discursos hacia los ciudadanos comunes en muchas partes del planeta. Con sus excepciones, hacen alarde de la bondad capitalista y dejan escondidas las condiciones reales que obligaron a la polarización del mundo entre la ex URSS y Estados Unidos. Como tampoco han hecho reconocimiento de que si los rusos no hubieran dado batalla contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses y Europa occidental, no habrían derrotado la expansión nazi ni llegado a ser lo que fueron durante la segunda mitad del siglo XX.

La conmemoración de estos 20 años es una necesidad para muchos alemanes, pero, también, una desfachatez aprovechada por “el mundo libre” para cercenar la memoria mundial. Alemania ha sido uno de los países más importantes en la historia de la tierra. Su influencia cultural desde muchos ámbitos ha sido vital para el desarrollo del pensamiento político y económico. Como también lo ha sido para la expoliación de otros pueblos fuera de sus fronteras geográficas, especialmente entre los siglos XIX y XX. Guatemala no estuvo exenta de ello. Por eso, me hubiera complacido que, en lugar del documental de la caída del muro, las imágenes y sonidos de Los Civilizadores, hubiesen colmado los sentidos de los presentes a tan magna celebración.

Además, los mensajes no fueron sólo de mostrar la “cara amable” del capitalismo y el triunfo de la democracia, la cual sigue poniendo a la vista que sólo funciona a base de intervenciones económicas (TLC), políticas y militares (golpes de Estado, como en Honduras). Nos permite pensar en que se utilizará el fetiche de la caída del muro (además de venderlo en pedacitos a los turistas), como se ha instrumentalizado el holocausto judío. Servirá para seguir justificando batallas en contra del fascismo aunque se actúe como tal, edulcorando el papel de las potencias y su lucha por dominar y hegemonizar mediante el capital, a pueblos que están cada vez más alejados del famoso desarrollo.

Tanto el holocausto judío como la caída del muro, servirán durante mucho tiempo como referentes simbólicos que reducen la dimensión de otros genocidios en el mundo. Tal como lo fueron: la conquista y colonización española en América Latina, el realizado por los alemanes en Namibia entre 1904 y 1907, por los turcos del imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial contra los armenios, por la ex URSS en Ucrania entre 1932 y 1933, por el imperio japonés en China entre 1937 y 1938, por los Jemeres Rojos en Kampuchea Democrática (Reino de Camboya) entre 1975 y 1979, por los serbios contra Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995, en Ruanda durante 1994, Sudán en el 2003, y el ejecutado por la oligarquía, la derecha política, la policía y el ejército en Guatemala con el apoyo de los gobiernos de Israel y Estados Unidos, desde el derrocamiento del Coronel Arbenz en 1954 hasta 1996.

Ahora vienen los alemanes a transmitirnos con conmemoraciones su felicidad, mientras ellos aquí no han cuestionado el actuar de sus compatriotas cafetaleros que han acaparado tierras, mano de obra barata y espacios en el comercio guatemalteco.

Si el exterminio de judíos, algo deplorable en tanto personas, es el de mayor importancia en el planeta por la cantidad de personas aniquiladas, los mecanismos empleados para ello y por que se tocan intereses económicos ¿los otros genocidios no cuentan en la historia?

Nos hablan de libertad cuando los alemanes en Guatemala mantuvieron durante muchos años, con la complicidad de liberales militaristas, una expoliación constante y silenciosa a la opinión pública de cientos de campesinos en las fincas de café. ¿Como pueden hablar de libertad sin hurgar en su pasado colonizador?

En uno de los tantos documentales que estuvieron transmitiendo por cable, la televisión internacional francesa exhibía uno, donde, al final, los ciudadanos comunes de la ex RDA apuntaban cosas interesantes. Entre ellas, el reconocimiento de librarse del Ministerio de Seguridad del Estado. Pero, a cambio de libertad, tener que emigrar a otras partes de Europa para sobrevivir o quedarse en Alemania oriental esperando las limosnas de la democracia occidental.

Un ex integrante de un grupo de punk de la ex República Democrática, sostenía que valieron la pena los 18 meses de cárcel que padeció por ser lo que él era y defender el anarquismo frente al totalitarismo comunista alemán. El problema, argüía, es que después de la caída del muro, ya nadie tuvo por qué luchar. Cualquiera es rebelde ahora. El mercado los absorbió. La resistencia fue, para la mayoría de su generación, cosa del pasado. Sostenía que las generaciones actuales no comprenden que el mayor enemigo es expresado a través del capital, pues, no sólo no les tocó vivir esa época, sino que, a través de éste, el sistema tiene los medios para diluir los problemas reales en consumismo o marginación.

Y en esto es donde tenemos que prever. Las lecciones que la historia da no son en vano. Ya nos destrozaron por más de medio millar de años con conquista, colonización, independencia, liberalismo, genocidio, cooperación internacional y robo de recursos naturales. ¿Cuál será la próxima estrategia, las nuevas formas de seducción o de imposición? ¿Cuándo derribarán el muro contra los migrantes en Estados Unidos? ¿Cuándo destruiremos los muros consumistas, racistas y electrificados de nuestra sacrosanta oligarquía de herencia criolla?

Finalmente, la reflexión es de pensarnos más allá del discurso de la libertad como cortina de humo que oculta lo constante, lo histórico, lo real, lo concreto. Bien por quienes lograron salir de ese infierno represor de la Stasi, pero, ojo, el que la Alemania Democrática haya desaparecido con todo y su terror, no significa que el terrorismo del capital no esté presente. Ese es uno de los atributos de la democracia liberal: esconder las contradicciones bajo supuestos multiculturalistas, unificadores o reunificadotes, donde los estados se fortalecen militarmente ante la confusión modernidad-posmodernidad y el limbo histórico en que estamos en este momento.

Esta es mi percepción e interpretación mediante una dimensión de larga duración que no puedo dejar ahogada en el cogote. Y, por supuesto, tampoco podemos dejarla olvidada de la historia de este paisito denominado Guatemala, donde los alemanes tienen muchas cuentas que rendir. El reto con la historia no sólo es de dignidad sino de transformación.

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