viernes, 27 de noviembre de 2009

El frasco azul

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Faltaba mucho por hacer, pero quedaba poco tiempo. Miró el frasco con ternura y decidió no perderlo de vista. Alguna vez había leído que, poniendo agua en un frasco azul y sometiéndolo a la luz del sol por bastante tiempo, el agua se impregnaba de partículas invisibles que podrían restituir la salud a quien la bebiera. También había leído que el espíritu del hombre, exhalado en su último suspiro, marcaba en la balanza en que se pesaba al moribundo, una ínfima diferencia de dos gramos.

No era que creyera todo lo que estaba impreso, pero la presencia del sueño de tantos seres que lograron transmitir su preocupación y amor en obras, la había acompañado y nutrido y era demasiado tangible la existencia de sus espíritus como para aceptar que sólo la materia contaba.

El primero en conmoverla había sido Ghandi. Niña aún, pegada al aparato de radio escuchó que estaba preso, ayunando y casi al borde de la muerte, como protesta silenciosa a favor de la dignidad y libertad del pueblo al que pertenecía y rompió a llorar ante el asombro de los adultos que no comprendían qué nexo podía unirla a ese flaco y extraño personaje. Lloró por él y porque no podía entender por qué los demás no la acompañaban en su dolor.

Su vida fue así un camino en gran parte solitario, a pesar de estar siempre rodeada de otros seres, lleno de eventos incomprensibles en el que se sucedieron guerras, infamias explotaciones, mentiras e injusticias infinitas que no hubiera podido soportar de no haber tenido la certeza de que el ser humano no podía ser sólo eso, como estaban para demostrarlo los verdaderos hombres, que habían legado sueños, pensamientos, utopías y esperanzas aún no materializadas pero que seguían alumbrando la ruta de todos, aún la de los que los ignoraban.

A menudo se sentía extraña en un mundo que sólo por momentos lograba compartir, por siempre sospechada de ser rara, tratando no siempre con éxito de no enloquecer ante tanta incertidumbre y sinrazón.

Los fue descubriendo de a poco, de a uno, por motivos aparentemente casuales, de ellos sacó la fortaleza para seguir, la certeza de que sólo había hallado unos pocos pero que sin duda había habido y aún había y serían muchos más en el futuro los que habían sido y serían capaces de trascender su simple condición humana por medio de la fuerza de su sueño.

Era una colección variada, sin aparente conexión entre sí y desde siempre supo que no era bueno encasillar la búsqueda y enrolarse en las filas de “seguidores de...”, ya que la búsqueda debía ser abarcativa, permanente, infinita, jamas dogmática y que la respuesta no estaba en ninguno, sólo un poco en cada uno, hasta plasmar lo que sería un verdadero “humano”.

Así, los fue introduciendo en el frasco azul, para que se mantuvieran vitales y sus espíritus no se dispersaran. Colocó con cuidados sus pensamientos, las imágenes y músicas por ellos creados y ninguno se molestó por no ser el único porque todos ellos eran grndes y sabían que sólo eran parte de la gran búsqueda. Darwin aportó su admiración y respeto por el orden natural junto con Francisco, el de Asís que comprendió que todos éramos hermanos, Rousseau sentó con su Emilio las bases para una educación más rica, Marx aportó su definición del capital como para que ninguno pudiera fingir en lo futuro que era rico porque había trabajado mucho. Gautama Siddharta reflexionó sobre la inevitabilida de la enfermedad la vejez y la muerte, lo que nos convertía también en iguales, y el Nazareno aportó su “amaos los unos a los otros” y sus bienaventuranzas para “los que tienen hambre y sed de justicia”. No faltó Debussy con su música que parecía formada de agua ni Van Gogh que logró hacerla conmover con su cuadro de un par de viejos zapatos gastados. El escuálido Gandhi se introduje sonriente, con la madre Teresa y Krishnamurti que afirmaba que “la acumulación trae dolor”. Músicos, pintores y escultores geniales contribuyeron a darle al frasco azul el toque indispensable de belleza y una larga fila de escritores que habían vertido en palabras, dentro de su ocupación tan solitaria, formas de combinar palabras (uno de nuestros más preciados dones) para que lejanos e ignotos receptores se nutrieran, se fueron acomodando gozosos en el frasco.

Por alguna extraña razón, como lo son casi todas, a medida que el frasco se poblaba, se aumentaba su capacidad abarcativa y era casi una invitación a que muchos más se incorporaran, porque de sus aportes todos se beneficiarían. Les siguieron hombres y mujeres de buena voluntad que en silencio aportaban la dignidad de su generosa labor sin reclamar honores. Y tantos otros, tantos que nunca conocimos, o a cuyo lado pasamos sin reconocerlos.

Lo más extraño fue que el frasco continuó siendo azul, como el planeta visto a la distancia, como el infinito, lleno de contenido expectante, dispuesto a ser descubierto en algún momento por algún niño que se hiciera las eternas preguntas.

María Luisa Etchart es argentina residente en Costa Rica.

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