sábado, 7 de noviembre de 2009

La práctica de actividades artísticas, en educación, como entrenamiento de la capacidad de juzgar y evaluar

Margarita Schultz (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el título de este artículo del ciclo ¡ARTE SÍ! está contenida la afirmación siguiente: que la práctica de actividades artísticas es a la vez una forma de entrenar la capacidad de juzgar y evaluar.

¿Dónde se apoya esa afirmación? ¿En qué sentido están tomados esos conceptos: evaluar y juzgar? Los conceptos referidos están asumidos aquí en dos sentidos correlacionados, 1) orientados hacia lo artístico, 2) orientados a otras actividades, diferentes a las de la esfera artística. Me acerco un poco más al asunto. Comienzo por la primera orientación, la de lo artístico. Una pregunta espontánea es ésta ¿cómo podrían los niños evaluar y juzgar en el dominio de lo artístico, sin una formación especializada? ¿Con qué criterios? Si ellos pudieran hacerlo ¿es porque se trata de una simple cuestión de gusto? ¿Caemos, empantanados así, en el famoso y manido refrán, ‘sobre gustos no hay nada escrito‘?

No es el caso.

El contenido implicado en las nociones evaluar y juzgar, a propósito de la actividad artística en educación, no apunta simplemente a un ‘me gusta’ o ‘no me gusta’. Para ello no habría que abogar por un ‘entrenamiento‘, por unas ‘prácticas‘. El asunto es bastante más complejo. Examinemos, por ejemplo, el proceso de creación de imágenes por los niños, o su invención de relatos, historias. En todo proceso de creación hay un fenómeno subyacente, me refiero al tiempo de la realización y sus momentos. ¿Qué hace un creador adulto con ese tiempo? ¿Qué hace un niño creador con ese tiempo? Sus actitudes básicas se parecen: principalmente, generar, observar, evaluar, después continuar o dejar, corregir o dejar…

Se trata de un proceso puramente dialéctico, que se da como interacción entre la mente, y los efectos de la acción productora en el marco de la temporalidad. Entonces, aun en aquellos procedimientos de creación que parecen originados al azar, o fruto del instinto (una palabra, por otra parte, que nombra una función indefinida), aun en esos procesos donde parece que hay menos reflexión, menos examen de lo hecho y por hacer, existe de todos modos evaluación relativa a la marcha del proceso. Este es uno de esos valores que, aun nacido en la experiencia más sencilla e ingenua del quehacer de los niños, representa un capital en la formación de la persona.

El teórico y crítico Clement Greenberg en su libro Estética doméstica, publicado en 1999, escribió: “Es el juicio de valor, la cualidad, lo que abre el arte, torna la experiencia estética accesible, efectiva, presta vida al arte y ofrece lo que el arte puede, apenas, ofrecer.”

La práctica y familiaridad con los fenómenos del arte implican que el juicio y la sensibilidad se ponen a trabajar juntos. Parecen ser opuestos, pero se articulan. ¿Cómo? ¿Por qué? Ante todo, porque cualquier soporte de un fenómeno artístico se constituye como base sensible, vale decir, perceptible mediante los sentidos (aun y particularmente la obra musical: 4’ 33’’ de silencio, de John Cage). Pero no es sólo eso, es bastante más, aunque lo sensible sea una base importante. El juicio de evaluación de lo artístico, no se puede ejercer sobre la nada. Se efectúa sobre factores sensibles, perceptibles, que sustentan todo lo demás, también sobre lo que el fenómeno transmite, emite, contiene de alguna manera, eso que llamamos simplificadamente el mensaje. Es por este sendero que llegamos a la articulación entre aquellos opuestos aparentes, juicio y sensibilidad. Son opuestos aparentes, porque se necesitan mutuamente y, de hecho, inter-actúan.

En un capítulo anterior, de este mismo ciclo ARTE SÍ, mencioné que las prácticas de tipo artístico gestaban en la persona, especialmente en el niño, una serie de estructuras senso-cognitivas, herramientas que puede emplear en su vida, posteriormente, para actuar con eficacia en otros territorios. Una de ellas, tal vez la principal, es la creatividad. Otra herramienta es la emocionalidad explorada, mejor conocida y puesta de manifiesto (lo que el neurobiólogo chileno Francisco Varela nombraba como empatía). En este capítulo el blanco es la capacidad de juicio, la capacidad de evaluar, cuya malla interna representa a su vez un instrumento a ser empleado en otros terrenos. Concientizarse en eso de juzgar la creación, puede servir por ejemplo para entrenar la auto-evaluación de las propias conductas en otros campos. Para evaluar la marcha de un proyecto de investigación, o para evaluar el funcionamiento de una empresa, entre muchos otros procesos donde importa explorar y observar conscientemente la experiencia.

Este modo de considerar la función de evaluación o juicio ¿presenta algún rasgo en común con lo que denominamos en la sociedad cultural contemporánea: juicio crítico de arte? ¿Es posible imaginar una similaridad entre acciones tan disímiles en apariencia, como las que desarrolla un crítico profesional de arte y la creación de imágenes en su sala de clases por parte de los niños?

Tal vez la respuesta se encuentra por el lado de la presencia de formas nuevas de las artes, para el crítico, comparadas con la creación en la actividad imaginativa de los niños. ¿Por qué? Intento un nuevo acercamiento. El arte actual producido con criterios históricamente sancionados como valiosos deja al crítico, con frecuencia, sin mucha tarea por hacer. Su discurso suena, tal vez, reiterativo respecto de evaluaciones históricas anteriores. Sin embargo al enfrentarse con manifestaciones creativas efectivamente nuevas, el crítico ha de enfrentar la experiencia de creación de evaluación de manera compulsiva. Eso es lo que la sociedad normalmente espera de él. Para ello, para generar su discurso crítico, debe iniciar un diálogo entre su razón judicativa y la ficción que tiene frente a sí (trátese de cine, teatro, o una nueva forma de escribir novelas, a la manera de José Saramago, por ejemplo, donde la ausencia de puntuación lleva al lector a dejarse llevar en ese fluido).

En estas situaciones, el juicio crítico a la vez creativo y activo, no está prefigurado. Es así como desde la evaluación creativa el crítico observa (u oye o lee) y reflexiona, evalúa y revierte su evaluación sobre lo observado; debe generar un ajuste continuo en el proceso de la evaluación… Un proceso que, tomado en abstracto, como sucesión de acciones combinadas entre juicio y sensibilidad, puede rastrearse perfectamente en la apasionada manera como los niños producen sus creaciones. En las actividades de los niños subyace el juicio como acción de juzgar. Aun cuando den la impresión de trabajar a una velocidad que está lejos de la acción reflexiva sobre lo que hacen, actúa la evaluación que les va diciendo, íntimamente, hasta aquí, o, hay que seguir aún más.

Desde ese nivel abstractivo es que tiene sentido pensar que la actividad creativa en los niños puede aflorar, más adelante, en futuras actividades o profesiones. Esto se logra mediante un entrenamiento potente, ganado en eso de juzgar, evaluar, saber cómo corregir, o dejar ser a su creación coyuntural desde una actitud consciente…

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