sábado, 21 de noviembre de 2009

La señora

Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No fue en un accidente donde murió La Señora.
La Señora se suicidó.
Yo lo sé mejor que nadie.
Todo empezó cuando La Señora se fue quedando sola. No repentinamente, como cuando uno equivoca el camino y se encuentra de pronto en un desierto. No. Ella nunca dejó el camino. El camino la fue dejando a ella. Poco a poco los pequeños, mínimos cambios fueron reventando en lo que ella conocía tan bien, como florcitas malignas y desconocidas que alteraban las evidencias.

Antes su casa era el sol. A su alrededor giraban armoniosamente las personas y las cosas de todos los días. Y dentro de su casa, ella, amándola meticulosamente, descubriendo el nacimiento de manchas imperceptibles, calculando la pulcritud de los zócalos, investigando los rincones, atenta al eterno brillo de pisos, vidrios y platerías. A partir de su casa, en fin, comenzaba el movimiento y el sentido de las cosas. Como aquellos ritos que cumplía cuando lo indicaba el almanaque o cuando algo imprevisto –pero respetado– le señalaba su obligación. Entonces iba a otros pisos más o menos lustrados, a otras platerías más o menso brillantes, a otros muebles más o menos conservados. Y allí saludaba, felicitaba o daba pésames a otras señoras. Que venían hacia ella si ocurría lo mismo, con la diferencia que antes hacía repasar minuciosamente por la sirvienta aquellas partes que podían caer bajo miradas aparentemente distraídas.

Las sirvientas eran otro importante motivo de preocupación y movimiento en la vida de La Señora. Largos minutos, a veces horas, hablaba de ellas por teléfono con otras señoras. Muchas amistades comenzaron con un pedido de informes. Porque no era una desconocida aquella a quien amablemente preguntaba. Era una señora, que como ella, enfrentaba el mismo problema: -“el servicio”, como lo decían desde sus distancias.

Fue así que en el filigranado vaivén de sus días, en forma imperceptible, casi casual, fueron apareciendo los misterios. A veces una frase sin terminar, a veces una rápida señal incomprensible, un asombro, una espera, quizá una suave, fugaz sonrisa detrás de unos ojos bruscamente desconocidos. O quizá todo comenzó aquella vez que su tierna, pequeña hija le dijo abarcándola con sus grandes ojos de lago, que el amor era como una gota de mercurio entre las manos, que el sexo nada tenía que ver con la pureza, que los hijos podían o no ser amados.

La Señora, pobre señora, intentó creer que aquello era nada más que el idioma de una edad distinta. Pero luego, cuando todo la fue rodeando lentamente como hiedra inexorable, se dio cuenta que aquellos no eran balbuceos de una inmadurez prevista, sino el extraño lenguaje de un mundo desconocido. Ella, para quien el amor había sido una pesada piedra sólida. Ella, que había deseado tantos hombres pero solo con uno se acostó para ser pura, ella, que amaba sus hijos como los aman las madres.

Fue entonces que intentó recuperar el viejo idioma. Y descubrió el Gran Instituto, donde se hablaban de verdades profundas, de esencias humanas, de civilización y de barbarie, de razón, instintos, héroes de la ciencia, de padres y de hijos, de tiempos y de pueblos. De moral, de progreso y de familia. Allí creyó encontrar La Señora, pobre señora, las respetadas, queridas, eternas palabras.

Por un momento todo fue diáfano, claro, reconocible, como antes. Allí su repentino fervor por el hombre no la hacía indigna. Señora movida por amables inquietudes, pero señora.

Pero después nada le ayudaron esas suaves reuniones donde ancianos médicos vegetarianos y entusiastas señoras esgrimían las viejas palabras salvadoras.

De nada le sirvieron porque de pronto se dio cuenta, pobre señora, en lugar de ser puente que la llevaría segura hacia los pequeños cambios, en lugar de ser luz que la orientaría en aquel insidioso mundo extraño, no hacía más que transformarlo en una telaraña de pequeños abismos. Un nítido tejido de inexorables diferencias. Se dio cuenta, pobre señora, que todo aquello, esas antiguas palabras, eran una vieja fotografía amarillenta.

Entonces La Señora intentó aprender el nuevo idioma. Para eso tuvo que llegar a ese universo lejano y hostil que antes, desde su inaccesible pequeña isla, llamaba “la calle”. Y comenzó a elegir entre sus tantas recetas de cocina aquellas que más podrían agradar a otras señoras. Sus recetas, recortadas minuciosamente durante años, delicadas, transparentes y cálidas como porcelanas tibias, sus recetas, esperando buenamente en aquel rincón del secretaire, sus estables tiernas recetas la salvarían. Y le habló de ellas al impenetrable director de aquella revista de señoras. Le habló con entusiasmo, casi con pasión, sonriente, ansiosa, salvada. Pero siempre digna. Y aún cuando de pronto entró aquella mujer a dejar papeles sobre la mesa del director haciendo ciertos gestos convenidos, aquella mujer rápida, desenvuelta, eficiente, aquella mujer que apenas si la miró, aquella mujer por la que repentinamente sintió un extraño odio, aun cuando de pronto entró aquella mujer, no dejó de sonreír.

Y seguía sonriendo cuando, a pesar de los días que fueron pasando, recordaba el fugaz apretón de manos y la segura promesa de ser llamada.

Y los días fueron meses y la sonrisa le fue quedando en un rincón de los ojos hasta que un día desapareció. Fue el día en que La Señora, pobre señora, se animó a darse cuenta que a nadie le importaba que fuera señora. Si por lo menos se hubiera quedado sola, únicamente sola, pero señora, muy distinto habría sido el misterio a su alrededor. Pero así, ¿cómo y desde dónde podría enfrentar los minúsculos pozos ciegos que aumentaban día a día bajos sus pies confiados? ¿Cómo hacer para preocuparse por su soledad, si no sabía qué era lo que se estaba quedando solo?
Fue así que una mañana, oh señora, pobre señora, agarró su chango, salió a la calle, pero esa vez no fue al supermercado. Llegó a la feria, pasó entre los puestos, los gritos, los regateos, las risotadas, las sonrisas sexuales de las sirvientas, las cercanas insinuaciones de los puesteros, y siguió, pasó de largo, siguió caminando con su chango vacío que también cuando estaba lleno lo llevaba siempre delante suyo, nunca lo arrastraba, la cabeza alta, la mirada lejos, como si llevarlo, pobre señora, hubiese sido para ella un honor. Como si llevara orgullosa, como una elegante madre joven, el cochecito de su bebé recién nacido.

Y fue entonces, cuando cruzaba aquella calle que no conocía, que vio venir el enorme camión con acoplado, solo, único, en la calle, recto hacia ella. Y se quedó, mirándolo crecer a su lado, tan quieta, tan erguida, tan sola con su chango vacío.

Y así quedó, casi intacta, tan compuesta, tan digna, las manos a los costados, la ropa en orden, peinada, el camafeo justo en medio del pecho. Solo si frente estaba marcada por un profundo, rojo latigazo.

Pero a su lado, oh señora, pobre, querida señora, a su lado el chango vacío destrozado, el chango vacío ahora un pequeño caos de alambre, un modesto esqueleto gris pisoteado furiosamente, una muerte chiquita y retorcida con sus dos rueditas girando en el aire, el mismo aire que respiraba yo en ese momento, yo, que sé mejor que nadie que no fue un accidente porque soy su hijo.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.

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