sábado, 7 de noviembre de 2009

La verdad victimizada

Eduardo Dermardirossian (Desde Argentina. Especial para ARGENRPESS CULTURAL)

Escribo estas líneas el 28 de Septiembre de 2001, a las 16, hora argentina. La precisión es pertinente porque los días y las horas cuentan desde el trágico martes 11, cuando un atentado múltiple abatió las torres del World Trade Center de Nueva York y destruyó un ala del Pentágono en Washington. El miedo y la sensación de inseguridad plantaron sus reales, primero entre los norteamericanos, y después en el resto del mundo, al tiempo que el dolor, la rabia y la indignación opacaron el entendimiento de los hombres, aún el de quienes por detentar el poder deben mantener la prudencia a ultranza. La precisión, reitero, es pertinente cuando en esta hora me entero que fuerzas terrestres norteamericanas e inglesas estarían trasponiendo las fronteras de Afganistán*.

Y si bien es temprano todavía para reflexionar sobre estos hechos, creo que es lícito exteriorizar algunas preocupaciones. O revisar conceptos que repiten los medios, martilleando con una pertinacia capaz de horadar conciencias, formularnos algunas preguntas aun cuando sea dudoso que podamos responderlas en medio del jaleo. Porque hacer la pregunta correcta no es poco andar cuando se transita por senderos inciertos. No viene ahora a mi memoria quién dijo que la respuesta siempre está contenida en la pregunta, a condición de que sea formulada correctamente. Reflexionemos, pues, juntos.

La expresión “terrorismo internacional” es usada frecuentemente desde el día del atentado, cuando en rigor hace décadas que las acciones de terrorismo suelen ser de ese carácter. ¿Por qué, entonces, es ahora que se pone énfasis en la internacionalidad del terrorismo? ¿Será por el carácter de superpotencia del Estado afectado? ¿O por los intereses que involucra esta acción? ¿Quién duda a esta altura que las voladuras de la Embajada de Israel y de la sede de la AMIA, ambos hechos ocurridos en el ombligo de Buenos Aires, fueron actos de terrorismo internacional? ¿Cuál es, entonces, la diferencia conceptual entre el atentado reciente y aquellos hechos?

En este punto viene la pregunta: ¿Qué debe entenderse por terrorismo? En primer término, es preciso incluir en ese concepto los hechos del 11 de septiembre. Llamar por su nombre a tamaño atentado es un deber moral que los hombres no podemos eludir, porque todo intento en contrario será fruto de sectarismos y de fanatismos. Sin embargo, a esta altura de la historia parece necesario extender el concepto de terrorismo a otras acciones y omisiones humanas, generalmente acometidas por grupos nacionales o de intereses, que no son menos deletéreas que los súbitos estallidos de una metralla o de una bomba. El hambre, las enfermedades y otras formas de abandono a que son sometidas cada vez más extendidas masas de población también deben ser calificadas como actos de terror, en cuanto pudiendo ser evitadas, no lo son por causa de intereses particulares.

El mismo martes 11 se acuñó la expresión “guerra contra el terrorismo”, sin decir qué países serán objeto de sanciones. Aún más, el propio presidente del país del norte dijo expresiones tales como “esta es la lucha del bien contra el mal”, “nuestras acciones llegarán a quienes hayan ejecutado los hechos y también a quienes les brinden protección”, “se está con nosotros o en contra de nosotros” y otras de parecida clase. Todas ellas encierran una gran peligrosidad porque reafirman el espíritu de gran hermano orweliano del poder norteamericano y lo afianzan en su pretensión de subyugar al mundo, con severo menoscabo de las libertades y de la diversidad cultural.

La sobreactuación siempre es enemiga del estadista. Éste debe cultivar la prudencia, la moderación, el equilibrio, el buen juicio, la circunspección; debe ser aliado del tiempo, nunca su enemigo. Y antes que saber hablar debe saber callar, porque es cierto que uno es prisionero de sus palabras, nunca de sus silencios, como también es cierto que los silencios guardados prudentemente le ofrecen al estadista un territorio en el que puede moverse con libertad, en tanto que las palabras dichas y amplificadas por los medios de comunicación le trazan un cerco.

Hay más preguntas. ¿Puede librarse una guerra para dar caza a un hombre? En todo caso, ¿qué hay detrás de ese propósito declarado? ¿Qué mecanismos determinarán de ahora en más el precio del barril de crudo, tan sensible a los vaivenes políticos y militares del Asia Central? Y los cuarenta mil millones de dólares anuales que mueve la producción de opio y su procesamiento en esa región del planeta, ¿por qué manos transitarán de ahora en más? ¿Qué será de los arsenales que los EEUU y los países de la ex URSS -cada una a su tiempo- depositaron en manos de gobiernos que ya no responden a sus propósitos? No pocos países de la región poseen armas nucleares, como Pakistán, India, China, Rusia y otros más; ¿podemos pensar que se les dará a esas armas un uso racional? Aún, ¿puede concebirse un uso racional de tales artificios?

Hemos oído decir que en política, como en amor, no siempre uno más uno es dos, lo cual es cierto. Y en las relaciones políticas internacionales en tiempos de guerra, como la que ahora se pretende desencadenar, esa certidumbre se potencia hasta lo imprevisible. Porque la previsión de los estrategas no alcanza para antever qué cuentas querrán saldar los países de esa región en medio del ruido. Para EEUU, en el Asia Central nunca uno más uno fue igual a dos, porque sus aliados de ayer, aquellos a quienes armó en contra de los demonios de turno, siempre se le volvieron en contra. Y parecida cosa le ocurrió a los rusos. Es que la guerra es así, y ya debíamos haberlo aprendido los hombres para abominar de ella como recurso para resolver nuestras diferencias.

Creo que algo más conviene mirar. El Oriente islámico ha desarrollado una aversión visceral contra los EEUU. Las gentes salen a las calles para manifestarse contra ese país que hoy es la cabeza de Occidente. Norteamérica lo sabe y es por eso que procura anudar alianzas incondicionales con sus socios de Europa, pero también con la América pobre y con los gobernantes de aquellos musulmanes hoy en virtual estado de sublevación interna. Debiera saber Norteamérica que cuando una guerra comienza cesa la incondicionalidad de las alianzas. La historia es maestra y el presente también: los propios estados de la OTAN y Rusia condenan el terrorismo internacional y comprometen su ayuda para combatirlo, y en esto creo que son sinceros. Pero al mismo tiempo no dejan de mostrar sus reservas en caso de que la nación hoy agredida inicie una acción armada en los términos anunciados por su presidente. Es que si miramos bien, los propios países islámicos también han condenado al terrorismo en parecidos términos a la vieja Europa. Lo hizo el gobierno talibán y lo hicieron las autoridades del alelado Pakistán, Irán, Israel, Palestina. Y los pueblos de esos países, al manifestarse en las calles y responder los requerimientos periodísticos, también lo hacen. Es claro que cuando una guerra va a comenzar, y luego, durante su desarrollo, estrepitosamente se ve caer a la primera víctima, que es la verdad. La verdad ya ha sido victimizada en América y en Asia, en Europa y en Rusia.

Han pasado más de dos semanas de los atentados. Y si bien he procurado sustraerme del influjo uniformador a que quieren someternos los medios, me temo que no he logrado totalmente mi propósito. Ignoro qué sobrevendrá después de tanta parafernalia informativa y de tantas manifestaciones destempladas por parte de quienes tienen la obligación de ser prudentes.

Pero hay esperanza. La hay, pues que el hombre ha sobrevivido a desventuras mayores a la que hoy le aflige. La paz quizá sea, en definitiva, una utopía. Pero las utopías trazan una dirección, un rumbo, una meta en definitiva, que tiene la particularidad de enderezar los pasos del hombre en la dirección correcta, le sostienen de pié en la vida por el sólo hecho de perseguirlas.

* Hoy esas fuerzas ocupan Afganistán e Irak.

Artículo publicado en Heráclito Filosofía y Arte el 5 de octubre de 2001, a tres semanas del S 11.

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