sábado, 21 de noviembre de 2009

Miniaturas

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A ver si como…

A ver si como roncas,
duermes,
he oído decir.
Y de mi cosecha, agrego otros
ahí les van.

A ver si como ladras,
muerdes.

A ver si como estornudas,
te agripas.

A ver si como rezas,
te vas al cielo.

A ver si como besas,
coges.

A ver si como truenas,
llueves,

A ver si como cantas,
bailas (cruelmente dedicado a la cigarra de la fábula).

Etcétera,
a ver si el lector
como lee,
escribe
unos cuantos más.


De las ceremonias del comer y del cagar

El comer y el cagar forman parte del mismo proceso fisiológico, constituyendo los puntos terminales. Por un extremo entran los alimentos, por el otro se expulsan los desechos. Sin embargo, las ceremonias son muy distintas. Comemos en grupo, cagamos en solitario. Naturalmente, se invocan razones de higiene. Pero es de preguntarse si serán válidas en el futuro pues los churros saldrán totalmente esterilizados.

Y bien, las posibilidades son variadas. Veamos. Puede que se continúe cagando en solitario y también se coma en solitario, llenos de vergüenza de hacerlo en grupo. O por el contrario ambas funciones se cumplan en grupo, y limpiarse el culo sea un acto tan elegante como hoy es limpiarse la boca, ni el material habrá que cambiarlo, servilletas de papel y papel de baño son una y misma cosa. Sin contar que “¡Vete a la mierda!” ya no se oirá como insulto, y sí el “¡Vete a la lechuga!” o el más sofisticado “¡Vete al pato a la naranja!”

El tiempo lo dirá, ya nada podrá asombrarnos.


Las ganas de vivir son como las ganas de cagar

Con fondos de la Unión Europea y de la Lotería nacional británica, informó hace un tiempo la prensa, será creado el museo de los retretes. La noticia viene de Londres y me hace acordar a unos versos que de niños recitábamos: “en este lugar sagrado / al que acude tanta gente / hace fuerza el más cobarde / y se caga el más valiente.”
Y bien, a un aspecto de este tema para muchos tabú, relegado tanto tiempo a la literatura picaresca, me voy a referir: las ganas de vivir y las ganas de cagar.

Curioso paralelismo: las ganas de vivir son como las ganas de cagar, se nos van cuando más las necesitamos. Llegados los momentos decisivos, nos abandonan. Pero no, valientes, venceremos, la fuerza está de nuestro lado, marcaremos el gol, churro o muerte, no nos pasará como al Tigre de Santa Julia, que lo mataron sentado en el trono, sin darle tiempo a limpiarse el culo.

Y bien, ante tales perspectivas, más vale prevenir que lamentar. ¿Qué hacer entonces para neutralizar esas tan inoportunas caídas de ánimo? Lo más indicado es pensar positivamente y luego pasar a la acción tras los grandes destinos que nos esperan: el título de licenciado, el ascenso en la empresa, los quince minutos en televisión, la derrota del competidor, el auto modelo del año, un ardiente ligue o un indoloro desligue, o bien una carrerita rumbo al baño ya con el pantalón en la mano en cuanto sienta que un churro lo viene presionando desde dentro.

¡Suerte!

¡Que todo le salga bien!


Le dije a mi novio...

Le dije a mi novio: No quiero que seas como mi papá, que le pega a mi mamá. No seré como tu papá, que le pega a tu mamá, se juramentó mi novio. Y nos casamos y así fue. Nunca mi esposo le ha pegado a mi mamá. Siempre me pega a mí.


Los muertos se resisten a morir

Es un hecho. Los muertos se resisten a morir... son unos caprichudos.

Como si fueran chiquitos de guardería y en invierno los mocos verdes les aparecen bajo las narices y ellos se ponen a chillar y patear si alguien se los quita. Los muertos son de una terquedad tal, nada les importa. ¿Han visto acaso un muerto que guarde consideración hacia los otros? No tienen dignidad, no se aceptan y chinga que te chinga, dicen “no”, no hemos desaparecido. Así, es imposible discutir. Dan vuelta las cosas. Por ejemplo. Todos recordamos el dicho: “Partir es morir un poco”. Pues bien, ellos dicen: “Morir es partir... un poco”. Y claro, quedarse entre los vivos... otro poco. Es lo que ellos quisieran.

Y entonces, hay que matarlos una y otra vez. Cuando todo es muy sencillo. Electroencefalograma cero, olvídate. Pero no, los muertos dicen: ¿Y la ceremonia, mi carnal? Y allá vamos al velorio, donde el muerto, halagado, es visitado por todo mundo, la Fulana y su familia, los Zutanos, el marido ha sido nombrado vicecónsul en la Cochinchina, etcétera. Nunca en su vida había sido tan visitado. Claro, es la despedida.

Finalmente, todos al cementerio. Los muertos, que ya se olvidaron del viaje, piensan ahora que se les ha rentado un departamento con todas las comodidades y se inaugura. ¿Se acaban las fantasías delirantes cuando la cremación? No, en ellas el muertito sigue existiendo. No falta la viuda que coloca la urna sobre el piano y, mientras teclea un vals, platica con el muertito como en los buenos tiempos. Mejor: no teme ser contradicha.

El escritor Giorgio Manganelli se ha preocupado por el problema del más allá inmediato, no del rumbo tomado por el cuerpo, que es nuestro tema, tampoco del alma, que es desvelo de las religiones, sino de los muertitos: lejos de desdoblarse en cuerpo y alma, siguen siendo fieles a una identidad unitaria. Y este escritor ha titulado su trabajo como “Discurso sobre la dificultad de comunicarse con los muertos” y aventura sus hipótesis. No piense el lector en espiritismo, solamente que algo pasa. Los muertitos se vuelven sordos y, por más que los llamemos a gritos, no oyen. O bien, donde están hay un estruendo tal, que el resultado es ídem. Tal vez son unos traviesos y se esconden, matándose de risa de las ceremonias donde el protagonista (uno de ellos) está ausente ¡burlándose! Son algunas de las sugerencias de Giorgio Manganelli.

Del electroencefalograma al velorio, del velorio a la incineración, de la incineración al álbum de fotos, los muertitos alegan. No es cierto que protestemos si nos limpian los mocos, tampoco nos encandilan las ceremonias, dicen los muertitos a coro.

Pero un buen día el muertito es olvidado. ¿Mi tatarabuelo, el abuelo de mi abuelo? Ya nadie se acuerda que era dueño de una fábrica de miriñaques. Ahí entonces ocurre la muerte de los muertos. No hay resistencia posible. Por más caprichudos que sean, cae el telón. Serán en todo caso un anónimo y último porcentaje estadístico: a principios del siglo XX los fabricantes de miriñaques eran el 0.01 por ciento del total de muertitos. Y será todo.

Marcos Winocur es argentino residente en México.

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