sábado, 21 de noviembre de 2009

Reeditaron una nouvelle de Andrés Rivera - La sierva: política y poder en el siglo XIX

Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA - PTS)

“Puedo ser, ahora, cuando te hablo, alguien que escribe, en el viento, en el polvo de la pampa, con el filoso cuchillo de un asesino, que ama la vida”

Andrés Rivera

Bastante antes que se acuñara la categoría de realismo sucio -un subgénero del estilo literario conocido en los ’70 en EE.UU. como minimalismo- Andrés Rivera ya lo practicaba. Y no podía ser de otra forma: un país como el nuestro, nacido de la revolución y la guerra; que pasó por innúmeros conflictos político-sociales y económicos; y que, fundamentalmente, en el siglo XX, enfrentó al proletariado con la burguesía (con gloriosos combates obreros, con direcciones nefastas como las del PC o el peronismo, y con golpes sangrientos como el de 1976) dio “abundante materia prima” para que Rivera describiera, con una “lengua áspera” (y muy aguda), la “dureza” de nuestra vida nacional.

Se acaba de reeditar La sierva, una breve novela que relata, a mediados/fines del siglo XIX, los avatares de Lucrecia, una sirvienta, y Saúl Bedoya –su patrón-, juez y estanciero.

Rescatada de un crimen por Bedoya, Lucrecia tendrá una extraña ubicación entre la sumisión y el servicio (sexual), y el deseo de poder: es que anhela ella misma ser, también, “patrona”.

Relatada de manera polifónica (por los protagonistas o una tercera persona), se cuenta, entre otras cosas, una reunión de Bedoya con estancieros (“imbéciles que dilapidaban, entre París y la construcción de palacios bizantinos, la herencia que padres y abuelos amasaron con el contrabando y el tráfico de esclavos” ): “Hombres (...), que eran dueños del país, que sus antepasados conquistaron con la cruz y la espada y la proliferación española de la sífilis. Hombres que terminaban de dirimir (ellos, sus hermanos y sus padres) con lanzas, caballos y cañones, el degüello incesante del competidor y abjuración de lealtades, quiénes se quedaban con qué.

Caballeros, dueños del país, y patriotas (...), estancieros y exportadores, accionistas de los ferrocarriles, ovejeros, abonados al Colón. Y, entre un sorbo de café y un trago de coñac, Lucrecia supuso que la tasaron como a un animal de raza. Y Lucrecia vio cómo podían disputar su posesión en un remate de hacienda” .

En la reunión los estancieros “hablaron de las penitencias a las que se somete el hombre de campo, y de los gravámenes que ahogan una ganancia sana. Y hablaron de la inepcia de la burocracia gubernamental” . Como si no hubiera perdido “vigencia” en pleno siglo XXI (si recordamos las demandas “neoliberales” de 2008 de la burguesía rural y su Mesa de Enlace), sigue el tema: “Uno de los caballeros leyó las líneas finales de una declaración:
Con la autoridad que la Constitución le otorga, el Gobierno debe ejecutar sin más demora las medidas indispensables para que el agro y el país superen la crisis que los afecta y que no son negociables.

Los caballeros convinieron que esas líneas tenían el énfasis y la ausencia de retórica que sus aflicciones, que no eran pocas, requerían.

Aceptaron lo que Bedoya llamó un título enérgico y previsible para la declaración (...). Otro caballero reflexionó, en voz alta, si era conveniente anteponer agro a país. Otro caballero preguntó, sin ánimo de iniciar una polémica, quién paga los gastos y las deudas del Estado. Silencio. Luego, se convino en que nadie repararía en pormenores gramaticales” .

Y en otro momento habrá “consejos” para Lucrecia sobre “cómo se es patrón”: con cultura y crueldad. “El Papa, dijo Bedoya, es el patrón de la Iglesia. Y la Iglesia es un gran negocio: dura, ya, casi dos mil años. Muerto Jesús, el negocio comenzó a florecer. Nunca se presentó en quiebra; sus balances, los secretos, dan ganancia. Y qué ganancia. Su patrón, el Papa, es un hombre que puede ser más o menos inteligente, más o menos astuto, más o menos ascético. Pero siempre es culto. Y cruel. Un patrón de un gran negocio, si no es culto y no es cruel, es indigno del gran negocio” .

***

Andrés Rivera -que además de escritor fue obrero textil y periodista- cuenta las cosas de una manera que todo joven o trabajador debería “escuchar”: de forma implacable. La historia nacional; los avatares de los humillados y ofendidos (las esperanzas y agonías de nuestra clase); el desprecio sin compasión alguna de las clases dominantes. Todo esto (y mucho más: ya que hay más de 20 títulos , entre otros El farmer, Nada que perder, La revolución es un sueño eterno, El verdugo en el umbral, Esto por ahora, Estaqueados o Guardia blanca, donde hay pasajes, túneles y puentes entre países y épocas histórico-políticas) hace de Rivera un gran escritor, sin concesiones (y de izquierda), en nuestro país. Algo que, lamentablemente, no abunda (por ahora) en las letras argentinas contemporáneas.

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