viernes, 27 de noviembre de 2009

Roque Dalton, la palabra al viento

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Lo cierto es que lo asesinaron, pero siguió diciendo. Lo cierto es que cayó por las balas, pero siguió escribiendo. Lo cierto que es lo mataron, pero se empeñó en seguir viviendo. Ese es Roque Dalton, el de la muerte compañera y traicionada, poeta de ese El Salvador de contradicciones y de luchas, de palabras, de sones, de vidas, de lluvias.

La Taberna y Otros lugares, libro de poemas con el que Dalton ganó en 1969 el Premio Casas de las Américas, es un irreverente viaje a la memoria de las luchas de esta América mayúscula. Roque Dalton (San Salvador, 14 de mayo de 1935 - 10 de mayo de 1975) late en los sueños y vibra en las palabras con que narró el mundo, el suyo, el nuestro… Este poeta fue más que un poeta, fue un combatiente, un fiel amante de las libertades, las individuales y las colectivas, por eso su nombre es un puente y una bandera, una invitación sin despedidas.

“Carlos Marx / maravillado ante una mariposa. / ¿Es que eso / tiene algo de confesión? / El Secretario General del Comité Central / se mete el dedo gordo en la nariz. / Por el contrario / eso, / ¿bulle de humana hermosura? / El bello niño / (recién expulsado de nuestras filas, pero aún bello) / recibe un tiro en el ojo / y todos los buitres del mundo / piden permiso para entrar en la ciudad. / Oh mariposas para enmudecer! / AH oficinas de la Revolución! / Lo que soy yo me compro una pistola”.
(Por las dudas)

También el amor se enciende en sus versos, el cuerpo infinito del deseo, la caricia sin dobleces, el amasijo de sudores y humedades, las manos, la duda, los ojos… lo humano sin sombras, la pregunta que de tanto silenciarse se vuelve eco de otras voces.

“Cuando anochece y tibia / una forma de paz se me acerca, / es tu recuerdo pan de siembra, hilo místico, / con que mis manos quietas / son previsoras para mi corazón. / Diríase: para el ciego lejano / ¿qué más dará la espuma, el polvo? / Pero es tu soledad la que puebla mis noches, / quien no me deja solo, a punto de morir. / Somos de tal manera multitud silenciosa…”
(Tu compañía)

Estos poemas nacieron al calor de susurros y conversaciones que el poeta escuchó de otros revolucionarios y obreros en una taberna de Europa del Este, son la suma de muchas noches y otras tantas reflexiones que dan cuenta del pensamiento y la utopía de una época, de un tiempo que no termina, porque cabalga a pelo sobre la historia. Son sus palabras voz profunda que se levanta contra las injusticias, porque Dalton fue de esos poetas comprometidos con las gentes y sus heridas, de allí que su palabra siga viva, cálida en las lecturas de nuestros roces y éstos, sus mismos sueños.

“Encallecido privilegio este orgulloso sufrir, / no se rían. / Yo, que he amado hasta tener sed de agua, luz sucia; / yo que olvidé los nombres y no las humedades, / ahora moriría fieramente por la palabrita de consuelo de un ángel, / por los dones cantables de un murciélago triste, / por el pan de la magia que me arrojara un brujo / disfrazado de reo borracho en la celda de al lado…”
(Algunas nostalgias)

No hay ni habrá nunca un sepulcro que aprese las incendiarias palabras de este hombre, poeta y revolucionario. No habrá porque no se pueden cortar las alas de los pájaros en vuelo, y la muerte no es más que un intento de acallar lo que gritó en todas las esquinas y en todas las hojas que sus manos cubrieron de tinta. Los buenos poetas, los rebeldes con causa, los quijotes del tiempo, los labriegos, los obreros, los militantes de la esperanza no mueren, sino que viven para siempre en la memoria.

“País mío vení / papaíto país a solas con tu sol / todo el frío del mundo me ha tocado a mí / y tú sudando amor amor amor”.
(Temores, fragmento)

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