viernes, 27 de noviembre de 2009

Saber cuidar de las apariencias sin falsear la propia esencia

Emilio Romero Ele (Desde Brasil especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Desde pequeño se nos repite que respetemos ciertas normas de conducta colectiva y que cuidemos de la fachada, que somos juzgados por esos dos factores. Por esta sensata insistencia conseguimos una cierta aceptación en el espacio público, ese que precisamos compartir y frecuentar con los otros.

No es por mera imitación ni por la presión social que cuidamos de nuestra apariencia personal; un elemental sentido de inteligencia social nos enseña que es preciso tener una buena presentación en el escenario social. Desde pequeño se nos repite que respetemos ciertas normas de conducta colectiva y que cuidemos de la fachada, que somos juzgados por esos dos factores. Por esta sensata insistencia conseguimos una cierta aceptación en el espacio público, ese que precisamos compartir y frecuentar con los otros. En la esfera privada, personal y familiar, especialmente –y entre amigos- dejamos de lado algunos aspectos de la apariencia; nos despojamos de la vestimenta que realza la figura, nos relajamos en el lenguaje y hasta en los gestos de buena educación. Este cambio de conducta en estas dos esferas es esperado y sensato. Mantener un comportamiento formal en casa, área de la intimidad familiar por excelencia, nos resulta artificial, frío y prescindible en una cierta medida. En casa no necesitamos representar nada; es una de las ventajas de la vida privada. De todas maneras, mantenemos en el hogar algunas reglas de buena educación y de sana convivencia. Hacemos nuestras necesidades en el baño, cuidamos del aseo personal, evitamos un palabreado procaz. Es lo que acontece en hogares y familias bien avenidas, más esperables en gente de clase media, cuyas exigencias en términos normativos están algunos puntos encima de las otras dos clases –la alta y la baja.
Se trata de mantener una apariencia condicente con las exigencias y expectativas del ambiente social que frecuentamos. Una apariencia que es algo más que el uso de una vestimenta apropiada al papel y a la situación. No se trata sólo de exhibir una imagen favorable en las vitrinas del mercado, esa que recomiendan los modistos. Implica sobre todo una conducta en correspondencia con las imposiciones del ambiente sin falsear nuestro modo de ser más genuino. Esta es una tarea ni siempre fácil de cumplir. No basta conocer las reglas dominantes en un determinado ambiente ni es suficiente tener habilidades sociales adaptativas para no entrar en fricciones con otros actores. En relacionamientos ocasionales y festivos, tipo aniversario, usted puede antipatizar con algunas personas; bastará un mínimo de tacto para evitar la expresión directa de su desagrado. Nadie lo acusará de hipócrita. Pero pasará por fingido si Ud. expresa lo contrario de lo que siente tentando agradar al otro sujeto, alegando algún motivo siempre sospechoso
Si usted pretende ser genuino tendrá más de un desentendimiento, incluso siendo bien educado, con las personas en cuyo ambiente se encuentra. Como enfatiza J. P. Sartre, y como Ud. puede experimentar así que comienza a dar los primeros pasos en la vida, los conflictos interpersonales son inevitables en las relaciones humanas. Surgen incluso en los grupos más homogéneos y fraternos. Ni siquiera un grupo de franciscanos y de freiras ursulinas consiguen evitar los conflictos y choques interpersonales. Los otros imponen las reglas, pero son los primeros en transgredirlas. Desean atenciones especiales, pero corrientemente no pagan con la misma moneda, no dan el mismo tratamiento. Los otros tienden a ver las cosas únicamente desde su perspectiva; son egocéntricos, pero esperan que usted acepte a posición de ellos como la más válida. Estas actitudes son notorias en los otros, y también en usted. No olvide que usted es un ser único, mas es igualmente un otro para los demás. Un otro apenas caracterizado por algunas indicaciones de status y por su apariencia personal, física y de vestuario. Uno entre tantos. Más aun: en el propio yo esta inserido el otro; como gustan decir los filósofos somos alteridad: el otro está colado en todos los hilos de nuestra existencia. Yo soy otro; a tal punto es así que nos cuesta mucho colocarlo en su lugar para que no siga comandando hasta nuestros pensamientos. Apenas después de los veinte años gracias al cuestionamiento del sistema social y de las figuras de autoridad, que caracteriza la adolescencia, conseguimos liberarnos en buena medida del juicio ajeno. Muchas personas permanecen presas al juicio ajeno hasta el fin de sus días, sintiéndose apenas un tornillo del sistema social, sin llegar a sentir su individualidad, entendida ésta como el sentimiento de ser el agente y único responsable de su vida.
Todo lo hasta aquí apuntado nos permite concluir que ser sí-mismo de modo que vivamos en coherencia la apariencia y la esencia -lo que pretendemos ser y lo que somos- es una meta a ser conquistada. Hay personas que piensan que esta coherencia es siempre provisoria y a menudo engañosa, lo que es muy frecuente. Haga un examen de conciencia y procure saber cómo se dan estos dos aspectos del ser en usted. Es muy probable que la correspondencia entre estos dos lado del ser sea bastante flaca. Poco consistente.

* La palabra esencia designa las características más peculiares y propias de un fenómeno, sea físico, biológico, psicológico o ideal (como un ente matemático). Referido a la persona se refiera a la manera más genuina de ser.

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