jueves, 31 de diciembre de 2009

Cine. “Avatar”: entre la tecnología y la ética

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para Argenpress Cultural)

A James Cameron, el director de “Avatar”, le gustan los proyectos que toman tiempo y demandan grandes inversiones de dinero. Por allí se dice que “Avatar” ha costado unos 300 millones de dólares, lo cual significaría un nuevo récord en una industria q
ue, como la de Hollywood, está acostumbrad
a a rebasarlos una y otra vez. Cameron es meticuloso también en el diseño de sus producciones. A fines de los 80 nos entregó un viaje al fondo del mar llamado “El secreto del abismo” que sin embargo casi nadie toma en cuenta en su filmografía a pesar de ser una película bastante correcta y hasta cierto punto original.

Las mieles del éxito para este cineasta llegaron, cómo no, con “Titanic” y su seguidilla de ós
cares que igualaron la marca de la legendaria “Ben Hur”. Ahora el propio Cameron ha confesado que los diez años que separan a aquella historia sobre el colapso de una nave que incluía un relato de
amor de la actual “Avatar” se deben a que la tecnología que él necesitaba para su nueva película aún no estaba lo suficientemente desarrollada.

Quizá lo más convincente, y si se quiere novedoso, en este regalo de fiestas en que se ha
convertido “Avatar” sea el triunfo de los indígenas humanoides sobre la inconsciencia de un ejército armado y asesino, remembranza y alusión de no pocas situaciones coyunturales. La historia en sí, planteada como en un viaje en doble dimensión sigue a Jake en un futuro cercano, quien se integra a un pueblo de nativos, tomando su forma, aprendiendo su lenguaje y
enamorándose de Neytiri, la hija del jefe de la tribu, como en algunos clásicos westerns.

La película tiene sus picos melodramáticos y su inicio evoca ciertos momentos de “2001, Odisea del espacio”, de Kubrick, e incluso a “Brazil”, de Terry Gilliam, en esa demostración de los seres humanos que duermen en cápsulas espaciales. Por otra parte, el constante enfrentamiento entre la científica encarnada por Sigourney Weaver, quien ya trabajó para Cameron en “Aliens” -segunda parte de la secuela que inició Ridley Scott- y los fascistas representantes de las fuerzas armadas le otorgan a la película ese necesario balance entre el conflicto y la abstención que esta quiere demostrar.

Y así llegamos al tema de la conciencia ecológica, de salvar la Amazonía, el último reducto natural de la tierra, que toma forma en la existencia del planeta Pandora, un asunto que se vuelve peliagudo y no exento de críticas constantes. Ya en “Titanic” Cameron mostraba los enfrentamientos entre los pasajeros adinerados y los que viajaban incluso como polizontes. Habría que preguntarse, siempre con cierto escepticismo, si reside en la conciencia cinematográfica de Cameron una real preocupación por las desigualdades sociales y los peligros que asolan a nuestro propio planeta, más allá de la ciencia ficción en que está enmarcada su nueva cinta.

El tema de la tecnología merece un comentario aparte, sobre todo si esta película, concebida para verse en 3D, hace un derroche de efectos especiales, muestra máquinas robóticas, constantes viajes en el tiempo y nos guía por las tierras aparentemente inhóspitas que pueblan los indígenas. Que estos al final obtengan una victoria no necesariamente habla de una revolución en el cine de Hollywood, siempre tan conservador y moralista, sino de esa creciente mirada paternalista que aquí, otra vez, cree controlarlo todo.
Y es que los indígenas, apartados de la civilización, son los “otros”, a quienes hay que dominar o destruir, o a quienes los personajes “buenos” de “Avatar” buscan como ejemplos dignos de seguir. Es desde esa perspectiva que se puede considerar a este film no como una demostr
ación de victorias pírricas o eficientes, sino como un propio lavado de conciencia del imperio. James Cameron nos entrega casi tres horas de un enorme despliegue de efectos especiales, de
momentos que más gustarán y convencerán a niños y adolescentes, pero que a los más adultos nos deja un sinsabor y una permanente duda. Y es que, hay que decirlo, en “Avatar” la historia es demasiado floja y por eso la película se vuelve morosa, gira sobre sí misma, se detiene en los “encantos” de la tierra de Pandora, en la historia de amor entre el visitante y la chica indígena, se regodea en su propia demostración efectista, pero no llega a dar en el clavo en su intención de promover un debate o llegar a conclusiones coherentes. Existe cierto facilismo en esta propuesta que revela cómo Hollywood trabaja en serie, empaqueta los productos y quiere mantener su hegemonía distribuyéndolos simultáneamente a todo el planeta.
“Avatar” es una película a la que se le da una (in)necesaria vuelta de tuerca y que avanz
a o se contrae con sus propios matices, sus propios logros y sus propias carencias. La tecnología
sorprende y demuestra, a ese nivel, un producto acabado, pero nos quedamos con un sinsabor que las taquillas no reflejan y al final son ellas las que le importan a los productores de esta cinta. Ellas, sobre todo. Ellas, siempre. Y el capitalismo como religión busca una expiación tardía.

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