sábado, 19 de diciembre de 2009

El efecto Lucifer

Phillip Zimbardo

Con la Inquisición empezó el uso por parte del Estado y la Iglesia de aparatos y métodos de tortura utilizados para obtener un bien, aunque con métodos perversos y crueles, buscando quebrar voluntades. Desde entonces es una práctica habitual.

Tres elementos son muy importantes en el análisis de Zimbardo: la Persona (aquel que utiliza su libertad en base a su modo de ser y sus características genéticas, biológicas, físicas y psicológicas), la Situación (contexto conductual que tiene el poder de otorgar identidad y significado a los roles y al estatus de la persona, basándose en recompensas y normas) y el Sistema (agentes y agencias que crean situaciones y determinan roles y conductas de las personas, por medio de su ideología, valores y poder).

Instituciones e ideología

Las instituciones establecen mecanismos para que una ideología se lleve a la práctica de manera operativa. El poder crea un sistema, unas “condiciones situacionales” (Sistema), que permite y facilita la acción llevada a cabo por las personas según su conformación individual (Disposición) y el contexto específico (Situación). Prácticas como la tortura no se dan necesariamente por la presencia de personas con condiciones especiales (enfermas, particularmente malvadas). Pero si la tortura es descubierta es este el argumento que se utiliza para explicarla y que así no afectar a quienes dirigen (son presentados como excepciones, “malos elementos”, “delincuentes disfrazados de policía”, “casos aislados” ).

A causa de la ideología las personas pueden reiniciar a sus principios humanitarios y morales, siguiendo a autoridades carismáticas. La ideología es la norma suprema incuestionable que sustenta y valida un determinado actuar y se convierte en el referente ético de actuación. La ideología se apoya en políticas, programas y procedimientos, los cuales fundamentan al Sistema, dándole a éste cada vez más credibilidad a causa de la costumbre y la práctica. Así, la tortura ha sido justificada y legitimada por regímenes que esgrimen una ideología de un bien común y supremo, que es nombrado como la lucha por la seguridad nacional (y así se permite el combate a los comunistas o a los terroristas, la limitación de derechos fundamentales o realizar guerras).

El entorno social es de importancia para la predisposición al mal actuar: existen alrededor de las personas ideas y patrones que muestran lo que se espera de la gente en ciertas circunstancias (por ejemplo, el papel fuerte que se supone deben jugar los hombres, la subordinación que se exige a las mujeres, el modo de actuar que debe tener un guardia penitenciario según las películas). Esto se evidencia luego en la forma en que la gente puede comportarse en una situación que promueve la aparición de estas ideas preconcebidas y prejuiciadas. Esto también muestra el ejercicio de poder en el medio, el cual determina en gran medida el actuar de las personas.

Poder

Quien crea las condiciones para que se puedan llevar a cabo ilícitos es una “elite de poder”, quien organiza las condiciones de vida y marcos institucionales dentro de los cuales actuar:

“La élite de poder está formada por hombres cuya posición les permite trascender lo entornos ordinarios de las personas ordinarias; están en la posición de tomar decisiones que tienen repercusiones vitales. Que tomen o no esas decisiones es menos importante que la posición que ocupan; el hecho de que no actúen, de que no tomen decisiones, es en sí mismo un acto que suele ser más importante que las decisiones que puedan tomar. Y es que están al mando de las principales jerarquías y organizaciones de la sociedad moderna. Dirigen las grandes empresas. Dirigen la maquinaria del Estado y reclaman sus prerrogativas. Dirigen a la clase militar. Ocupan puestos de mando estratégicos en la estructura social que les ofrecen el medio para conseguir el poder, la riqueza y la fama de que gozan.”

El poder mueve a las personas; ya sea para obtenerlo (al ver las prerrogativas que proporciona) o para mantenerlo. Esto posibilita el surgimiento de conductas aberrantes.

Creación del enemigo

Esta elite, al ser una jerarquía de dominio, crea condiciones que permiten que la ciudadanía tenga un enemigo común, un enemigo creado que al ser tal, es permitido hacerle cualquier cosa sin importar consecuencias, pues se justifica el daño en base a la evitación de otro mayor que podría hacer dicho enemigo. Mediante labor de propaganda se crea este enemigo al cual se teme y se le odia. Con palabras e imágenes se crea un estereotipo abstracto y deshumanizado (animalizado o cosificado) del otro, con atributos de maldad completa, que atenta contra los valores del grupo. Esta imagen se fija muy dentro de las personas y así se instituye el miedo y como reacción puede actuarse de manera obediente, irracional y agresivamente. Esta imagen negativa y distorsionada del otro puede verse reforzada en las personas por prejuicios raciales, conveniencias políticas, presión grupal, culpar al otro de los problemas propios.

La propaganda es importante para logar la deshumanización del enemigo (y por consiguiente justificar el ataque que se le hace). Se inculca en la sociedad el odio a la imagen del enemigo, con el cual se avala el actuar del Estado (o de actores privados, en tanto sus víctimas sean los enemigos). El arquetipo de enemigo crea una paranoia social que lo visualiza como destructor de todo lo preciado (valores, Dios, mujeres, niños, hogares, creencias). Así se justifica también el agredir a inocentes, pues sólo por el hecho de pertenecer al enemigo se ve en ellos el potencial de un futuro peligro.

El miedo es un arma de la cual dispone un Estado para lograr el apoyo ciudadano a la renuncia de libertades y garantías básicas, con tal de lograr la protección que éste ofrece. El miedo impide pensar de manera racional, hace que se vea al enemigo como algo abstracto y digno de ser eliminado. El enemigo como abstracción genera el impulso de torturarlo y matarlo, aún en personas pacíficas.

Conducta antisocial

La conducta prosocial se fomenta al suponer que hay altruismo recíproco con los semejantes. Pero la sensación de anonimato, de no ser conocido o de no importar a los demás, puede fomentar la conducta antisocial. El desorden público es un estímulo situacional que fomenta la delincuencia; si las personas están en un entorno que fomenta el anonimato se reduce la responsabilidad personal y cívica. Esto puede suceder tanto en ámbitos institucionales (escuelas, empresas, ejército, prisiones) como en públicos (linchamientos en plazas).

Sistema

El sistema “está formado por personas, sus expectativas, sus normas, sus políticas y, quizá, sus leyes” . Adquieren base histórica, una estructura de poder político y económico, modelando la conducta de quienes están bajo su influencia. Con el tiempo adquiere autonomía, independiente de quines lo crearon. Tiene una cultura propia y junto a otros sistemas contribuye a la creación de la cultura de la sociedad.

Las Situaciones crean Sistemas. A la vez, los Sistemas sustentan a las Situaciones al darles institucionalidad, autoridad y recursos para que actúen. El Sistema autoriza institucionalmente el comportamiento prescrito para los roles, castigando también la trasgresión. Se convierte en la autoridad máxima que valida los roles, el cumplimiento de las normas y la realización de actos reñidos con leyes, valores y principios fuera de la Situación. La validación toma forma de ideología.
Papel y responsabilidad de los individuos

Inmersos en determinados sistemas que promueven conductas dañinas, las personas actúan según el poder que puedan ejercer en la situación, no tanto por patologías preexistentes. Ciertos contextos facilitan que surjan comportamientos dañinos.

Las personas pueden actuar con maldad cuando su rol tiene límites estrictos que delimitan lo apropiado, lo esperado y lo que refuerza el entrono. Esta forma de desempeñar el papel desconecta a la persona de la moralidad y los valores que normalmente aplica en su vida. Los roles requieren de un sistema que los apoya, los define y los limita, dejando fuera cualquier otra realidad (como la conducta ejemplar que el torturador pueda mostrar en su casa, la cual no puede ni debe influir en el lugar de tortura).

Hay que resaltar que entender los mecanismos que llevan a las personas a actuar mal (como un torturador) no justifica su actuar.

Mecanismos que permiten la transformación de gente normal en “malvada”

Compartimentación: ubicar mentalmente separados aspectos que contradicen las creencias y moral propia en posiciones separadas para evitar la contradicción.

Roles y distanciamiento: el asumirse como sólo cumpliendo un rol, permite distanciarse de éste cuando surja algún impedimento moral, además que permite a la persona liberarse de su responsabilidad al cumplirlo. El rol no es visto como parte de la normalidad o naturalidad de la persona, sino algo así como un disfraz que se viste según la ocasión (y de hecho el rol en cierta medida es diseñado para ser tal y permitir así a los sujetos actuar aún en contra de lo que habitualmente creen o hacen).

Anonimato: se da cuando la persona percibe que su identidad personal no puede ser identificada, puede ser inducida a un actuar antisocial, principalmente si es estimulada u ordenada a actuar así. Cualquier cosa o situación (uniforme, nombre supuesto, tumulto) que oculte el aspecto habitual, haciendo sentir a la persona que nadie sabe quién es o que a nadie le importa, fomenta el anonimato y reduce la responsabilidad personal. La capacidad de hacer daño en estos casos se aumenta si alguna autoridad le concede permiso para actuar antisocialmente.

Desindividuación: el malvado es anónimo, reduciendo su responsabilidad personal y autocontrol, actuando sin límites que le inhiban. Se vive un presente extendido en el que no importan pasado ni futuro. Dominan los sentimientos a la razón y hay más acción que reflexión. Se pierde el actuar regido por convenciones sociales y se actúa como por instinto. La conducta se somete a las exigencias de la situación y de los deseos hormonales. No hay sentido de bien ni de mal, ni culpa. La conducta está bajo el control externo de la situación.

Disonancia cognitiva: surge al hacerse a las personas actuar en contra de lo que creen, se detecta una discrepancia entre lo que se hace y las creencias o valores. Se provoca una tensión interna que para ser reducida, hace que cambie la conducta manifiesta o las creencias y así lograr una coherencia en medio de ese actuar y creer contradictorio. Si la discrepancia es grande, mayor será la motivación para lograr el equilibrio y mayores serán los cambios que se logren. De esta manera, se justifica el daño pues se crean en la mente razones poderosas para infligirlo (órdenes superiores, amenaza contra la integridad personal, ser buen funcionario, hay buena recompensa, se evitará un castigo fuerte). Generalmente el cambio se da en el plano de las creencias, ya que en ellas no hay sanción pública pues no son notorias más que para la persona, mientras que la conducta es más susceptible de ser presionada. Se recurre entonces a racionalizaciones, más que a razonamientos (o sea, a justificar las discrepancias internas). Con esto se logra un convencimiento público y personal de que se está actuando correctamente.

Respaldo social: existe en las personas la necesidad de tener aprobación o respaldo social. Ser aceptado o admitido como uno más del grupo puede mover a realizar cualquier acto, aún si es moralmente tachable, siempre y cuando implique poder ser parte y no quedar fuera del grupo. Esto puede degenerar en conformidad y obediencia excesivas y en hostilidad del grupo hacia los que no son parte de él. La autonomía y el control se ejercen no hacia objetivos personales, sino en función de las directrices del grupo, dominando a otros o mostrando indefensión aprendida.

Deshumanización: privar al otro de su humanidad y valor personal, ya que se piensa que no tiene los mismos atributos personales que los del propio grupo. De esta manera no se ve como un semejante en características y valía. Al cosificar al otro se facilita el destruirle; los objetos pierden su condición humana y así se suspende en quien deshumaniza la moralidad que le impediría en otras circunstancias hacer el daño. Entonces se facilita realizar actos inhumanos. Se logra usando la intelectualización, la negación y el aislamiento de emociones. Crea un tipo de relación no entre iguales, sino como con un objeto, sin empatía ni emocionalidad. Este proceso está muy ligado a la propaganda y la estereotipación que infunden imaginarios que desvirtúan al otro, facilitando así, dándole argumentos, a la deshumanización.

Necesidades positivas que se transforman. La necesidad de coherencia y racionalidad, que da una dirección significativa a la vida, puede convertirse en la presencia de compromisos disonantes en la aceptación y racionalización de decisiones desatinadas. La necesidad de conocer y entender el entorno y la relación con él lleva a la curiosidad y al descubrimiento, pero en un entorno sin sentido lleva a la frustración y al aislamiento, pues no puede desarrollarse. La necesidad de estímulos permite explorar y asumir riesgos, pero deriva en aburrimiento en un entorno estático, y el aburrimiento puede motivar actos despiadados.

Conformidad con el grupo: los grupos influyen indirectamente ofreciendo un modelo de conducta a imitar. En la conformidad influyen dos mecanismos: necesidades informativas y necesidades normativas. Las informativas constituyen los datos de otras personas que ayudan a orientarse en situaciones desconocidas. Las normativas constituyen en estar de acuerdo con otros debido al deseo de aceptación.

Desconexión moral

Las personas desarrollan controles de pensamientos y actos que impiden actuar inhumanamente y también fomentan actos humanitarios. Estos controles no son fijos ni estáticos, sino guiados por un proceso dinámico en el que la censura moral se activa de manera selectiva para actuar aceptablemente según las circunstancias. Incluso esta censura se puede desconectar de conductas reprobables en ciertas ocasiones o situaciones o para ciertos fines.

Esta desconexión se logra al activar alguno o todos los siguientes mecanismos. Puede redefinirse la conducta dañina como honorable (creando justificaciones morales para la violencia, comparar favorablemente la conducta propia en contraste con otra peor, usando eufemismos para describir los actos crueles). Se puede minimizar la sensación de que hay relación directa entre los propios actos y sus resultados perjudiciales (se difumina o se desplaza la responsabilidad personal, por ejemplo al nombrarse como colaborador o subordinado). Se puede modificar la manera de evaluar el verdadero daño que se ha causado (se le minimiza, se ignora, se distorsiona o se niega el daño). Por último, se crea una imagen de la víctima como merecedora del castigo (culpándolas de lo que han sufrido y deshumanizándolas).

Experimento de prisión de Stanford (EPS)

En el experimento participaron personas normales según las evaluaciones psicológicas. No había indicios de patologías previas al EPS; éstas surgieron como producto de las “fuerzas situacionales” que actuaban en ellos durante el tiempo del EPS. Finalizado el experimento, tras muy breve tiempo, las personas volvieron a la condición que tenían antes del EPS. Actuaron sobre ellos los roles, las normas y las reglas, el anonimato de persona y lugar, los procesos de deshumanización, las presiones para buscar conformidad, la identidad colectiva, principalmente.

Indefensión aprendida

Estado de resignación pasiva y depresión que surge tras unos fracasos o castigos continuos, sobre todo si estos fracasos y castigos parecen arbitrarios y no dependen de los propios actos. (pág. 272)

La situación

Actuar con maldad puede inducirse intencionadamente en personas normales (“buenas”), puede lograrse que “actúen de manera irracional, estúpida, autodestructiva, antisocial e irreflexiva” –como en el caso de los torturadores– si se introducen en una situación total. Esta consiste en un encierro físico y psicológico que termina restringiendo en márgenes muy estrechos las estructuras de recompensa e información. Impacta de tal manera que afecta la sensación de estabilidad y coherencia de la personalidad, del carácter y la moralidad. Una idea básica es la creencia en bien y mal absolutos y se piensa que las personas están situadas en el Bien o en el Mal, de manera completa (se es bueno o se es malo). Sin embargo, existe el potencial de “crear monstruos” a partir de gente normal, según las fuerzas sociales en que le afecten. Debido a éstas, puede renunciarse “a la humanidad y la compasión ante el poder social y las ideologías abstractas de la conquista y la seguridad nacional”. Así, la posibilidad de actuar con maldad está en cualquiera, en personas comunes, no sólo en personas identificadas como malvadas.

Estas situaciones totales son tan nuevas que las personas no pueden recurrir a sus patrones anteriores de actuación. Las recompensas cuentan más que la personalidad (pues sus reacciones anteriores no son de mucha utilidad en esta nueva situación). Pero también tienen mucho valor las normas, ya que determinan la realidad de la situación. Son “un medio simplificado y formal de controlar conductas complejas e informales”. Son el marco que determina “lo necesario, aceptable y recompensado” y lo que es inaceptable y punible. Se tornan autónomas y arbitrarias, dependientes de la autoridad que las ejerce, más que de su sentido o necesidad. Son instrumento de dominio para quienes detentan el poder, ya sea quienes hacen las normas o quienes las hacen cumplir. Son inherentes a la Situación, pero es el Sistema quien se encarga de contratar a quienes deben hacerlas cumplir o crea correctivos para los infractores. La naturaleza de la situación y no los rasgos personales, llevan a actuar de determinada manera.

Según la manera en que las personas perciben la situación, activa procesos psicológicos que brindan significado a lo que sucede en ella, creando así la realidad social. Se producen creencias que modifican la forma de percibir una situación y asimilarla a las expectativas y valores de la persona.

Las personas pueden aprender a practicar actos malvados si son impuestos por sistemas de autoridad superior que recompensan la adhesión y dificultan la separación de la tarea. El apoyo institucional a la violencia hay adherencia mediante cambio de valores (adaptación al rol exigido), a pesar de la repulsión que la conducta signifique para la persona. Además se rodea de “circunstancias que le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.

También si las situaciones ubican a las personas en situaciones de bloqueo, suspensión o distorsión de controles cognitivos que guían la conducta. Se suspende la conciencia de uno mismo, de la responsabilidad, de moralidad, de compromiso, de miedo, de culpa, entre otros. Esto se logra la reducir la responsabilidad social de la persona y la preocupación por la evaluación social (a través del anonimato y desindividuación) y al reducir el interés de la persona en autoevaluarse, eliminando el autocontrol y la coherencia (con alteración de conciencia por sustancias, por emociones fuertes, realizar actos muy intensos, vivir un presente expandido o proyectar la responsabilidad hacia los demás).

Ética absoluta y relativa

La ética absoluta es aquella cuyos principios morales no varían en relación con las condiciones, situaciones, personas y conveniencias de su aplicación. La ética relativa tiene principios que se aplican según la situación, son relativos y juzgan según criterios pragmáticos con principios utilitarios.

Espectadores

El aval social de las atrocidades viene muchas veces de los espectadores quienes juegan un rol pasivo. Con su aceptación de la situación no ven la realidad de ésta. Se intelectualiza, logrando con ello distanciarse del sufrimiento real que se está produciendo. La maldad por inacción o pasividad hace que quienes dañan crean que los demás aceptan y aprueban lo que hacen debido a su silencio o indiferencia. En masa, el actuar correcto se inhibe, por la tendencia a pensar que hay otros que van a ayudar, impidiendo que alguien tome la iniciativa, diluyendo la sensación de responsabilidad personal. No es insensibilidad ni sólo el temor a ser dañados, sino pesa mucho el temor a hacer el ridículo, a equivocarse o a tener consecuencias por meterse en asuntos que no son propios. Esta pasividad puede instalarse en los Estados, permitiendo así actos atroces, no sólo tortura, sino genocidio, asesinatos, violaciones, secuestros. Esto se da tanto a lo interno de un Estado, como a aquellos que minimizan, niegan o ignoran voluntariamente la magnitud de lo que puede estar sucediendo en algún país vecino.

Tiene relación con esto la interiorización que muchas veces se hace de la pasividad ante las autoridades. Entran en juego “restricciones autoimpuestas” en su actuar, con tal de estar acorde a lo que se espera de la persona y evitar cualquier reacción desfavorable del entorno. Se rompen los lazos de relación humana, viendo a los otros como amenaza.

Pero también existe la maldad administrativa, que es la base de la complicidad en la cadena de mando política y militar de los maltratos y torturas. Es toda la serie de métodos correctos y pasos para lograr una máxima eficiencia, sin reconocer que ciertos medios son inmorales, ilegales o carentes de ética, sin reconocer la realidad de los maltratos. Estos actos son presentados como necesarios para defender la seguridad nacional (o la propiedad privada). Los responsables de dicha maldad “pueden ser grandes empresas, cuerpos de seguridad, instituciones penitenciarias, fuerzas armadas, centros gubernamentales y también grupos revolucionarios radicales”. Existe una base legal, no necesariamente ética, que posibilita provocar sufrimiento y aún la muerte, con el fin de alcanzar los objetivos de una ideología (las leyes derivadas de la solución final hitleriana, la doctrina de seguridad nacional institucionalizada, el acta patriótica [Patriot Act] en Estados Unidos para combatir el terrorismo). Maquiavélicamente se busca un supuesto beneficio mayor a cualquier costo o medio. Para lograrlo, aún se ha llegado a redefinir la tortura a fin de hacerla viable de manera legal y con la excusa de la protección de la seguridad nacional.

Denuncia relativa a la tortura

Un programa del ejército estadounidense (SERE: supervivencia, evasión, resistencia y fuga) ha sido enseñado a las fuerzas armadas originalmente para soportar maltratos e interrogatorios extremos por parte de algún enemigo. Presenta la situación física y psicológica que se da durante estas situaciones y les prepara en caso de que se dé. Pero se acusa a las altas autoridades de estar usando este programa no para aumentar la resistencia de los soldados, sino para desarrollar técnicas más efectivas para interrogar a sus enemigos. Esto convierte a los maltratos y a la tortura en una política estatal estadounidense (no en práctica de algunos miembros aislados que actúan por sí mismos). Sus técnicas buscan lograr doblegar al interrogado, principalmente con técnicas de tortura psicológica. Sus tácticas básicas son humillación y degradación personal, humillación basada en prácticas religiosas y culturales, privación de sueño, privación sensorial y sobrecarga sensorial, tormentos físicos para crear miedo y ansiedad (inmersión en agua, hipotermia). Según pudo constatarse en las prisiones iraquíes administradas por Estados Unidos, las situaciones que distan del ideal (sobrepoblación carcelaria, poco personal, cansancio, peligro, ausencia de controles) y aliento para torturar (sin mediar instrucciones explícitas pero no por eso ingenuas ni menos influyentes), permitían que los guardias torturaran. La ausencia de órdenes directas produce una salida a los altos mandos ante cualquier posible denuncia (lleva luego a culpar a los individuos que son descubiertos –pese a la impunidad que puede rodearles– y nunca a mandos superiores). Se crean situaciones patológicas (no necesariamente con personas patológicas, sino con las condiciones ya mencionadas) que reorientan la conducta de las personas; “la anormalidad radicaba en la naturaleza psicológica de la situación y no en quienes pasaron por ella”.

Suele haber un doble discurso que por un lado condena prácticas como tortura y brutalidad cuando la cometen otros países, pero son justificadas cuando son usadas por ellos mismos (y se recurre a eufemismos para nombrarlas y a artilugios legales para permitirlas).

Torturadores

Para poder operar deben tener una concepción clara del enemigo. Este es aquel que el Sistema considera una amenaza, aún siendo ciudadanos de su Estado. Son etiquetados (guerrilleros, comunistas, ladrones, terroristas).

Surge en estas personas la maldad creativa, que es la capacidad de imaginar, producir o mejorar formas de tormento.

Ser torturador es considerado sólo un trabajo, un bien para la patria. Pero no es algo simple, pues la tortura implica una relación personal; “es esencial que el torturador tenga claro qué clase de tortura debe emplear, con qué intensidad debe torturar a una persona dada en cada momento”. Debe lograrse la confesión antes de la muerte, pues esto es lo que le requieren sus superiores y si lo hace recibe recompensas –o la ira si no lo hace.

Respecto al perfil del torturador, Zimbardo y otros estudiaron la tortura en Brasil y en base a sus entrevistas pudieron determinar que durante el adiestramiento se eliminan las personalidades sádicas, pues el disfrute de causar dolor les desenfoca de la tarea de obtener información. Así que los torturadores (así como miembros de escuadrones de la muerte) eran personas normales y no desarrollaron alguna patología después de dedicarse a esas tareas. Se había conseguido que lo hicieran debido al adiestramiento recibido para tal fin, el espíritu de grupo, la aceptación de la ideología de seguridad nacional y el ver a los opositores como enemigos de la patria. Influía también el que se sintieran como empleados públicos especiales y superiores al resto debido a la índole de su misión, la secretividad y la presión que recibían para obtener resultados.

La escalada de daño que puede producirse en la tortura parece producir una excitación emocional que no es que motive la parte sádica, sino más bien produce una sensación de dominio y control sobre los demás, la cual es placentera, especialmente si se cree que las otras personas merecen recibir ese daño.

No se necesitan órdenes expresas para realizar la tortura, esta no se alienta directamente. Pero hay un clima de permisividad derivado de la exigencia de resultados a cualquier costo, de la sensación de laissez faire, de no personalizar la responsabilidad de lo que ocurre y la impunidad. Se reduce el razonamiento moral y se produce la desconexión moral que posibilita la tortura.

La impunidad es un factor necesario para posibilitar la situación. Esta protege principalmente a quienes diseñan las políticas que promueven la tortura y el maltrato, así como a sus perpetradores.

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