sábado, 5 de diciembre de 2009

El pulso de La campanilla y otros relatos

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todo recuerdo es un ejercicio de ficción; la memoria es un proceso de eliminar y colocar situaciones. Al pensar, hacemos ficción desde la subjetividad de nuestras emociones. Día a día, en pensamiento, reconstruimos el pasado individual y dibujamos la participación de los otros como mejor nos conviene. No es maldad ni bondad, es simplemente la mezcla de un todo que habita en el ser. Y vamos (medio) viviendo, en privado, una (no hay que olvidar que es una) interpretación de los hechos.

Si cada memoria es una ficción personal, la literatura es la memoria colectiva (y sublime) de la historia. Cada libro es la continuación de una escritura infinita hilada por el pulso de los escritores. Los relatos que nos presenta Javier Farto (La Coruña 1976), en su primer libro titulado “La campanilla y otros relatos” (La Fragua del Trovador 2009), nos hacen pensar en la literatura en expansión (como el universo); en la creación como energía en transformación y crecimiento. Estamos ante un Jorge Luis Borges que salió a la calle con la biblioteca en la mirada. Y absorbe (como un cineasta en constante paseo, las 24 horas de todos los días y lo que dure la existencia) el funcionamiento de la maquinaria (el sistema) que mueve la vida. La literatura de Farto me hace considerar que quizá terminemos siendo recordados (los seres del modelo global de desarrollismo) como los intérpretes de la vida que no era vida.

En los pasillos de la literatura de Javier Farto también se desliza Franz Kafka y las nuevas (o milenarias) formas de dominación. “Los psicólogos de nuestra administración de la planta cero de La Fábrica no ignoran las inherentes necesidades humanas de comunicación verbal-¿quién puede olvidar que el hombre es un ser social por naturaleza?-; por ello han dispuesto una sala por cada-pongamos un número cualquiera-mesas de trabajadores”; dice el narrador de La Fábrica-uno de los relatos del libro-, como si fuesen palabras (o dardos) incómodos que avanzan por los subterráneos de la memoria. Y el lector, como quien ha sido infectado por la historia universal de la literatura, sigue cada pista que encuentra en el camino. No puede detenerse, así no lo admita, una voz está hablando de él. Y no se toma a broma lo que dicen los otros de uno, así lo digan los fantasmas de la ficción. Sólo entonces podemos comprender que nuestra realidad es el invento de un desconocido que, en lugar de palabras, utiliza números para rentabilizar los personajes de su tragicomedia social. En una frase del narrador, o de algún personaje, podría latir un mes (o un año) de delirante rutina: “Cada una de estas salas es un parlatorio. Al que corresponda por cercanía, solemos acudir cada par de horas durante un tiempo máximo estrictamente establecido, para charlar de lo que venga en gana. La asistencia a los parlatorios es opcional y cualquiera que lo prefiera puede quedarse trabajando tranquilamente en su mesa”. Y, de manera invisible, como si de una transfusión se tratara, nos encontramos caminando según el pulso de la escritura de Farto. “De hecho, la administración de la planta cero de La Fábrica ha predicho-y parece que como siempre, acertadamente-, que la necesidad de acudir a los parlatorios irá disminuyendo. Y lo cierto es que en los últimos tiempos ya lo hemos podido comprobar: muchos de los trabajadores ya ni siquiera acuden una vez al día, aunque tenga que admitir que en mi caso particular la necesidad es muy alta”.

“La Fábrica” es un ejemplo (también lo puede ser “La campanilla”, relato que, además de darle título al libro, opera como un espejo que nos muestra el lado cruel de nuestra sonrisa) de los mundos que contiene el primer libro de Javier Farto. Es propio (y magistral) de Farto hacernos reflexionar mientras nos cuenta una historia. Hay en su literatura un pulso que nos introduce en la normalidad del cinismo colectivo. Nadie es, pero todos los dedos señalan. Y nos hace sentir cómplices de una responsabilidad invisible, amarga. Javier Farto apenas comienza a escribir su participación en la memoria sublime de la historia: la literatura. Tenemos que seguir su pulso, no hay opción. Nos ha contaminado los pasillos de la memoria.

Edgar Borges es venezolano en residente España.

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