sábado, 5 de diciembre de 2009

A París, a tomar las armas del conocimiento

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Allá por los buenos tiempos de los años sesenta y setenta, cuando florecían las becas para latinoamericanos, fue un girar los ojos hacia fuera y en primer lugar emergió París. La cultura francesa, el encanto y la leyenda de la Ciudad Luz, y una constelación de celebridades nos urgían. Lévi-Strauss en Antropología, Piaget en Educación, Lacan en Psicoanálisis, Althusser y Foucault filósofos, Barthes en Lingüística, Touraine en Sociología, los historiadores Braudel, Labrousse, Vilar, Romano, Le Goff, Le Roi Ladurie...

Claro, cada nación que se tiene por culta presenta al mundo su equipo de intelectuales.

¿Y qué ocurre? Uno de ellos, por propia gravitación y una ayudita de los medios, queda colocado de capitán. Por ejemplo, para la segunda mitad de los años cuarenta y los cincuenta, el escritor francés Jean-Paul Sartre. ¿Quién no ha oído hablar de él?

Pero vale la pena retroceder un poco más. En la primera mitad de los cuarenta, Francia cae bajo la ocupación alemana y se abre un paréntesis a la espera del fin de la guerra. Y antes, en los años treinta ¿quién marchaba al frente de los intelectuales franceses? Varios lo merecían, vamos a pasar lista. André Gide había trascendido su oficio de novelista al replanteo de la ética, era escuchado y objeto de polémica. Paul Valéry, poeta y ensayista, reinaba en los salones. Romain Rolland, tempranamente premio Nobel, despertaba admiración entre los jóvenes. Henri Barbusse, autor de populares novelas, socialista, hacía sentir su presencia en la calle. Henri Bergson, premio Nobel de literatura -sólo otorgado a dos filósofos, él y Bertrand Russell-, era la figura en la universidad y fuera de ella, atrayendo multitudes a sus cursos. Un alumno, el biólogo Jacques Monod, lo recuerda así: su “filosofía tuvo un éxito extraordinario (...) en mi juventud no se tenía la menor posibilidad de aprobar el bachillerato de no leer La evolución creadora”, su obra capital.

¿Quién, entonces, marchaba al frente entre los intelectuales franceses de los años treinta? Me inclino por Henri Bergson, cuyas ideas siguen influyendo el pensamiento contemporáneo.

Vino la Segunda Guerra Mundial y todo cambió. Para empezar, en su curso murieron Bergson, Rolland y Valéry y, tiempo después, Gide. Habían vivido una época y la acompañaban en su cierre. No sólo se requerían nuevas respuestas, sino que las preguntas mismas eran otras. La guerra, la ocupación alemana, la resistencia, los campos nazis de exterminio, la bomba atómica. El mundo de los años treinta necesitaba reconceptualizarse. Una respuesta la dio el marxismo, otra, las posiciones existencialistas, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, quien representa un nuevo tipo de intelectual, no limitado a las letras sino opinando un poco de todo y firmando manifiestos. Y así, hombre de vocación filosófica, autor de ensayos, teatro y narrativa, director de una publicación memorable, Les temps modernes, Sartre, político, llegó a ser fundador de un partido de breve existencia, sin contar su también corto romance con el marxismo. En fin, siempre inclinado a opinar, a definir posiciones y, si no lo hacía, se sentía mal: traicionaba su misión de intelectual comprometido.

Junto a Sartre, y a la vez polemizando con él, se destaca otro escritor, Albert Camus. A la época, no llega a eclipsar a Sartre; sin embargo, el futuro será más generoso con Camus y lo salvará del olvido: lleva vendidas más de siete millones de copias de su novela El extranjero. Sartre, en cambio a pesar de actitudes teatrales como renunciar al premio Nobel o vender periódicos maoístas en la calle, se fue opacando en beneficio de...

… Althusser! Claro, para los años sesenta y parte de los setenta, tiempo de revoluciones tercermundistas y del mayo francés, el intelectual de punta debía ser marxista. Con un toque heterodoxo, desde luego; sí, con algo del estructuralismo. ¿Que pertenece al Partido Comunista Francés? Bien, eso no es del todo malo, lo vacuna contra los desbordes gauchistes (de ultraizquierda). Y por otro lado, no se siente que sea un intelectual atado a la disciplina partidaria. El intento de Althusser, entre otros como Gramsci y Lukas, es renovar al marxismo, darle una dinámica acorde con los tiempos. Y la Francia que ve desmoronarse su imperio colonial, que viene de ser golpeada en el Dien Bien-Phu de Indochina y en la batalla de Argel, no pudo impedir que el consenso colocara a Althusser al frente del equipo.

El paso hacia el marxismo -ni el propio Sartre dejó de darlo- remonta el sentimiento de angustia padecido como secuela de la guerra. Las caves, el underground parisino, albergaron por la segunda mitad de los cuarenta y por los cincuenta a jóvenes llamados existencialistas. Sus padres, antes de la guerra y de la ocupación alemana, habían creído en los valores consecuentes a la idea del progreso ilimitado. Después de la guerra, los hijos, decepcionados de todo, se refugiaron en las caves hasta que el marxismo llamó a las puertas y, regresando a la superficie, de él solicitaron una borrachera que los librara de la angustia; sería la acción social, y ya despuntaban los años sesenta; motivos para la lucha y para la solidaridad no faltaban en el mundo, sin contar el propio mayo francés.

Fue entonces cuando el filósofo marxista Althusser, sin proponérselo, pasó a capitán de un equipo de intelectuales donde se encontraba quien tomaría el relevo y se llamó...

...Foucault! Estamos ya en los años setenta y Althusser -aun antes de la crisis personal que lo llevó a ahorcar a su mujer, realizando así el anhelo de todos los maridos del mundo- resiente los embates. Junto al reflujo del marxismo, llega la hora de un filósofo de lectura amena y cuya homosexualidad favorece su imagen, más aún: parece encarnarla pues Foucault surge como el intelectual de los marginados. Y con él estamos a las puertas de la posmodernidad. Y ante ellas muere en los ochenta dejando vacante el trono que desde entonces así permanece. Nadie es hoy un Bergson, un Sartre, un Althusser, un Foucault, los cuatro filósofos, consumados maestros de la polémica y de las frases brillantes a lo largo del medio siglo que va entre los años treinta y los ochenta, sucediéndose como capitanes de la selección nacional francesa de los intelectuales.

Claro, hay pretendientes... me luce que pierden el tiempo: el trono mismo tal vez esté de más y dejarlo vacante es riesgoso, puede, en un descuido, aposentarse una computadora; por ejemplo, de las que juegan ajedrez y derrotan a los campeones. En cuanto a mí, me he quedado huérfano, sin intelectual guía. Y entonces ¿cómo haré para pensar?

Marcos Winocur es argentino residente en México.

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