sábado, 19 de diciembre de 2009

Sobre la nueva novela de Laura Restrepo: Relato de una experiencia militante


Demian Paredes (Buenos Aires, Argentina. LA VERDAD OBRERA - PTS)

“-¿Héroe, Lorenza? Ridículo, decirle así a alguien de carne y hueso.
-Un poco sí, y un poco no.
-Un poco héroe, y un poco payaso.
-Como todo el mundo” (1)

Han pasado más de 30 años, y aún se sigue “procesando” en materia literaria, histórica y cultural en general (con nuevos documentales, investigaciones, etc.) lo que se conoce como “los ‘70”: un p
roceso revolucionario, una etapa abierta en 1968 de álgida participación obrera, juvenil, estudiantil y popular (con el Mayo Francés y el Cordobazo un año luego, por ejemplo), que llegó hasta principios de los ’80 (con el proceso de revolución iraní y el surgimiento del sindicato Solidaridad Obrera en Polonia). Clausurada esa etapa con sangrientos golpes militares en el cono sur latinoamericano y concesiones económicas en los principales países de Europa -conteniendo así el proceso de fuerte lucha de clases-, vino el contraataque de las clases dominantes: el llamado “neoliberalismo”.

El último libro de Laura Restrepo, Demasiados héroes, debe ser inscripto en todo este contexto: en el devenir de esta historia de luchas y esperanzas, de grandes esfuerzos contra el imperialismo y el capitalismo, con sus triunfos y derrotas.

“Biografía novelada” -es decir, “ficcionada” en muchos aspectos-, Restrepo cuenta su historia de militancia en los ’70 y ‘80, cuando colaboraba en las actividades contra la dictadura militar en Argentina, cuando militaba en el trotskista Partido Socialista de los Trabajadores (PST).

Contada retrospectivamente, la historia comienza cuando Lorenza (Laura Restrepo) y su hijo Mateo (Kiddo) vuelven a la Argentina a buscar al padre del joven (y ex pareja de Lorenza), veinte años después.
En esta novela se relatan varios episodios: la actividad militante de Restrepo; la historia personal de alejamiento del partido y posterior separación de la pareja; diversos comentarios políticos y culturales (2) de la época y la relación entre dos generaciones muy distintas: la del hijo, desinteresado por la historia y la política, y la de su madre, quien recuerda con cariño y respeto (avatares aparte, como la cotización de su finca) aquella experiencia. Se incluye un diálogo entre Lorenza y Mateo sobre nuestra compañera Andrea Robles -militante del Partido de los Trabajadores Socialistas y del Centro de Estudios Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky”-, con quien Mateo tiene varias charlas en la novela, ya que su padre César fue asesinado por la Triple A, pocos años antes de la dictadura.

Siempre teniendo en cuenta que hablamos de una “ficción”, queremos señalar al menos dos aspectos que hacen interesante la lectura del libro: por un lado el contraste generacional que surge de los diálogos entre madre e hijo; por otro, el conocimiento de una parte de una historia de militancia que seguía centrada en la clase trabajadora en plena dictadura –cuestión que se separa de las decenas de libros, revistas y documentales, donde se sigue reduciendo la lucha de los ‘70 a un enfrentamiento entre guerrilleros y militares-.

DOS GENERACIONES (OPUESTAS)

La historia tiene como punto de partida el deseo del hijo de conocer al padre. Abandonando la militancia a fines de los ’70, Forcás y Lorenza salen de Argentina para Colombia; al poco tiempo la pareja se separa y Forcás se lleva al hijo de ambos. Lorenza regresará a Argentina a rescatarlo. Décadas después madre e hijo discuten acerca de la experiencia pasada. En un momento el hijo le pregunta extrañado sobre la militancia: “¿Por qué hablas en plural, como si fueras una multitud?”(3), mostrando el individualismo y la ausencia de proyecto colectivo que impera en los jóvenes hoy.

Ante el relato militante de la madre entre los portuarios (donde se hacían asados como “cortina”) pregunta el hijo: ¿“Y qué daño podían hacerles a los de la Junta Militar que ustedes estuvieran ahí escondidos, comiendo chorizo y hablando mal de ellos?”. A lo que responde la madre:

“Bastante daño, aunque no lo creas. La dictadura necesitaba del silencio como tú del aire, el solo hecho de juntarse para conversar de ciertas cosas era de por sí una manera de resistir. Les informábamos sobre los chupaderos, (…) pudrideros donde los militares torturaban y asesinaban sin que se enterara la opinión pública. O les pasábamos noticias frescas de la insurrección contra Somoza, en Nicaragua. De eso la prensa no decía nada, y era lo que los estibadores más les gustaba escuchar. Me decían, cuéntenos, compañera, ¿avanzan los sandinistas? Les parecía increíble que fuera posible sacarse de encima a los tiranos, que en otra parte del mundo la gente se hubiera insurreccionado contra la tiranía y la hubiera derrocado (…).

“Pues sí, muy bien. Pero no sé, Lolé, de todas maneras no me parece tan útil”.

“Difícil medir qué tan útil era eso que hacíamos (...). Además teníamos dirigentes obreros que estaban en la mera boca del lobo, bregando a serrucharle las patas a la dictadura desde los sindicatos. De todas maneras el asunto era infinitamente complicado” (4).

LA MILITANCIA FABRIL EN LA DICTADURA

Cuenta Restrepo: “Azucena (…) trabajaba en Bagley, una fábrica de galletas que quedaba al sur de la ciudad (…). Su oficio consistía en sacar galletitas del horno, saque y saque del horno bandejas y bandejas de galletas, expuesta a altas temperaturas y sudando a chorros, hasta que el olor se le metía en la piel y le impregnaba el pelo. (…) Azucena terminó presentándole un par de compañeras de Bagley, y así empezó Aurelia (Restrepo) a abrir trabajo político en el sector de la alimentación. (…) esas dos obreras le presentaron a otra, y esa a otra más, y también a alguna de Terrabusi y Canale, las otras dos fábricas tradicionales de galletas, y así fue conformándose el grupito. Para no ventilar nombres propios, ellas mismas decidieron que se harían llamar según la galleta que les correspondía en la línea de producción, y una fue Criollita, la otra Sonrisa, Sonrisa Dos, Tentación, Merengada, Rumba, Melliza Uno, Melliza Dos (5)”.

Esta difícil y molecular militancia de resistencia a la dictadura incluía el encuentro en los conventillos de Barracas: de un bar iban a la casa de alguna obrera con la excusa de ver la novela. “Durante las pausas para comerciales (…) le subían el volumen al aparato, bajaban la voz hasta el susurro y la reunión clandestina se llevaba a cabo. Rumba, que pertenecía a la comisión interna, informaba que en el siglo XIX se había aprobado la ley de la silla, que la patronal ya no respetaba y por la cual ellas debían empezar a pelear de nuevo: por cada hora de trabajo de pie, derecho a quince minutos de trabajo sentadas. (...) durante los comerciales que seguían Aurelia les leía partes del periódico del partido y lo comentaban entre ellas(6)”. Otro episodio que le contará al hijo tendrá que ver con la distribución del periódico: un riesgo superado por la abnegación y convencimiento militante de cruzar toda una ciudad para entregar un ejemplar.

***

Restrepo ha dicho que tardó más de cinco años para lograr el tono: “menor”, “intimista”. Allí se destaca una experiencia poco conocida de militancia bajo la dictadura, y la apuesta por la clase trabajadora (7), en cada fábrica y establecimiento, en el peor de los regímenes; lo que hace que mucha gente “normal” (“payasa”) –aunque no todos- se transformen en héroes ante la adversidad, la represión y la muerte. Recomendamos la lectura del libro para conocer un poco más esta historia.

Notas:
1) Bs. As., Alfaguara, 2009, pp. 110 y 111.
2) “… eran también los años del boom, Mateo, y en San Jacinto devorábamos novelas de Carpentier, de Vargas Llosa, de Juan Rulfo y Carlos Fuentes, los cuentos de Cortázar, el Patriarca de Gabo, y no acabábamos de leer lo que teníamos entre las manos cuando ya ellos estaban publicando un nuevo prodigio” (ídem., p. 103).
3) Ídem., p. 64.
4) Ídem., pp. 86 y 87. Otro episodio tendrá que ver con cómo aumentaba la opresión en general y la machista en particular, bajo el régimen militar. Cuenta Restrepo estos hechos, a la manera de lo que se podría llamar una “metáfora simbólica”: “La primera vez que sintió en carne propia, como un pinchazo, que la dictadura existía y que apretaba, la primera vez que comprobó que tras bambalinas el monstruo respiraba envenenando el aire, no fue porque viera milicos allanando una casa, o deteniendo, o disparando. Fue más bien una tarde en un café cualquiera, más o menos a la semana de haber llegado, cuando se percató de la desaprobación y la ira con que unas personas mayores miraban a una pareja de jóvenes que se estaban besando en una de las mesas. Poco después, iba por una avenida en una de las últimas tardes de ese otoño, y como hacía algo de calor, llevaba puesta una falda de algodón ligero con la que se le debían transparentar un poco las piernas, pero un poco nada más, y al subirse a un colectivo escuchó el insulto, agudo, vibrante de indignación, que le gritaba un hombre desde la acera: ¡Vestite, puta, o andate a un cabaré a mostrar las gambas! Ahí supo que la dictadura no solamente la ejercían los militares, sino también una parte de la población sobre la otra, y que no sólo era política sino también moral, como un agua podrida que iba impregnándolo todo, hasta los pliegues más íntimos de la vida” (ídem., p. 81).
5) Ídem., pp. 188 y 189.
6) Ídem., pp. 191 y 192. Restrepo deja entrever también la situación de la subjetividad (o conciencia) obrera en nuestro país (predominantemente peronista), y la complicada ubicación política del PST: “Ya iba entendiendo Aurelia a quién se parecían estas chicas, como quién se vestían, se movían y conversaban, cómo quién iban a ser, sino como Evita, peripuesta y estremecida de patria, dispuesta a ser mártir si tal cosa fuera necesaria. Si Evita viviera habría sido obrera, por Evita y bajo su amparo las nenas de Bagley se le medían a lo que fuera, se atrevían contra quien se les pusiera delante, empezando por los concha de tu madre de la dictadura, como decían ellas: estos hijos de puta milicos de mierda, la puta madre que los remilparió. (...) Yo era troska, y ellas aceptaban que yo las convocara, pero si me hubiera metido con su Evita me habrían cerrado las puertas en las narices. Y total para qué, si nos unía estar en contra de la dictadura” (pp. 190 y 191).
7) Hay cada vez más pruebas acerca del carácter de clase de las dictaduras capitalistas en el cono sur latinoamericano: baste nombrar las investigaciones que señalan los centros fabriles (Ford. Mercedes-Benz, entre otros) como campos de concentración, tortura y exterminio en las décadas del ’70 y ’80, donde los delegados, activistas y militantes de izquierda fueron el principal objetivo. Distintos análisis apuntan que más del 60% de los detenidos y desaparecidos en Argentina, entre 1976 y 1983, fueron trabajadores.

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