viernes, 25 de diciembre de 2009

Un día feliz

Marcelo Colussi

El frío arreciaba. Para esa época del año la ciudad de México se ponía particularmente gélida, y vivir en las calles se hacía muy difícil. Los niños que las poblaban buscaban refugio, al menos para pasar la Navidad. Esa era siempre una buena excusa para instalarse en algún hogar de huérfanos. Pasadas las fiestas regresaban a la sórdida cotidianeidad de siempre: marginación, transgresión, drogas.

Matías lo venía sintiendo desde hacía ya un tiempo: cada vez que corría se agitaba demasiado. Eso le complicaba su vida diaria, tan llena de peligros, tan necesitada de escapes a toda carrera. Ni él ni sus compañeros de andanzas sabían qué pensar.

"¡Pero si antes corrías sin problemas, hombre! ¿Qué te está pasando ahorita?"

En la última huída, la semana pasada, luego de arrebatar una cadena de oro a una señora cuando bajaba de su automóvil, tras no más de doscientos metros de feroz carrera, estaba que se moría. Eso era raro en él, quien siempre se había caracterizado por su energía.

Con sus 14 años ya cumplidos, transitaba esa difícil edad donde todavía no se termina por completo de ser joven, y al mismo tiempo se resiste a abandonar enteramente la niñez. Claro que con la salvedad de casi no haber sido un niño como los normales. Desde los 6 años había trabajado; primero lustrador de zapatos, luego vendiendo golosinas. Más tarde vino el período de la panadería, cuando dejó los estudios – tenía 9 para ese entonces. Fue ahí cuando se fue en forma definitiva a la calle.

Ya había conocido la cárcel de menores, los hogares para niños abandonados, el sexo. Nunca, hasta entonces, había sufrido mayores problemas de salud.

"¡Pinche buey! ¿Pero qué pisados me pasa que no puedo correr ni unos metros?". Jadeando de un modo espantoso, las lágrimas asomaron a sus ojos. Todos los compañeros del grupo estaban sorprendidos, asustados. No podía ser que uno de los más machos viniera con esas cosas ahora; no podía ser que el Matías, justamente él, no pudiera correr una pequeña distancia. Algo andaba mal.

Aunque no sabían cómo manejar exactamente el asunto, todos estuvieron de acuerdo, incluido el mismo Matías, que algo se debería hacer. Por lo pronto él tendría que descansar, no agitarse. Luego consultarían con los trabajadores de las organizaciones humanitarias que les prestaban su ayuda – de las pocas personas en quienes se podían fiar.

Los Santa Klaus, gordos y sonrosados, inundaban el paisaje. Los niños normales se divertían saludándolos, tocándoles la barba. Para Matías eso siempre había sido algo lejano, incomprensible. Tanto, que le parecía una estupidez, por lo que terminó odiándolos. Diciembre, contrariamente a lo que tantos sentían, le resultaba un período horrible; era la evidencia de su soledad, de su vacío. Prefería que esa época pasara lo más rápido posible.

Fue un joven voluntario de la parroquia de Santa Lucía – quien regularmente visitaba al grupo que pertenecía Matías – el que le trajo la noticia. Luego de las fiestas, iba a ser evaluado por el doctor Pinares Beltrán.

"¿Y quién es ese cabroncito?", preguntó Matías, casi desafiante.

"Pues, probablemente tú no lo conozcas, pero es una gloria nacional. Es uno de los cardiocirujanos más famosos del mundo, y opera aquí en México. ¡Es nuestro!".

"¿Cardio qué?, inquirió entre sorprendido y furioso.

"De los que operan el corazón".

"¿Y qué tiene que ver conmigo?"

"Pues a través de la iglesia tenemos un programa de atención para pacientes con transtornos del corazón, y él opera gratis una vez al año. De pronto eres uno de los elegidos", explicaba con paciencia el promotor social, mochila en mano y con su estudiada sonrisa para acercarse a los muchachos pandilleros.

"Así que es 'nuestro'... ¿Lo puedo vender entonces?"

"¡Matías, por favor!", protestó casi ruborizado el trabajador.

El mes de diciembre era favorable para los "trabajitos" de los jóvenes de la calle; había mucha gente, y mucho dinero circulando. Además, todos con sus manos ocupadas en los paquetes, eran candidatos propicios para un "jaloncito". Matías lo había hecho incontables veces, siempre con éxito. Pero en esta oportunidad su corazón lo traicionó; luego de arrebatar una cartera repleta de billetes, el policía que lo corrió – un gordo sudoroso, infinitamente más lento que él – no tuvo mayores inconvenientes para atraparlo.

Fueron necesarios enormes esfuerzos por parte de la Asociación Católica Juvenil de Santa Lucía para que el doctor Pinares Beltrán intercediera, realizando la evaluación clínica antes de lo previsto. El diagnóstico lo salvó de la cárcel, pero lo condenó al quirófano.

El estado general, según lo dicho por el especialista, era "muy delicado", por lo que, contrariamente a lo que estaba planificado, se anticipó la intervención. Tuvo lugar el 22, dos días antes de Nochebuena.

"Salió todo bien, fue un éxito", fueron las primeras palabras del doctor Pinares Beltrán al dejar la sala de operaciones. Por esos misteriosos procesos que se dan entre los seres humanos, se fascinó con Matías, y desde el primer momento lo adoró.

"¡Pobrecito! Es un buen niño. El no tiene la culpa de la vida que le tocó vivir".

Pinares Beltrán era reconocido internacionalmente; de hecho, un semestre al año lo pasaba en Harvard, donde era catedrático titular. El otro medio año vivía en su México natal, donde llevaba una intensa actividad benéfica. Como hombre de iglesia que era, ese aporte lo sentía casi obligado; y obviamente, no le pesaba. Era, en un sentido, lo más grato de su vida.

Fue la primera Navidad en que Matías recibió más de un regalo. En las anteriores habían sido pequeños presentes que le llegaban a través de las organizaciones de ayuda a la niñez abandonada; regalos que, se veía, habían sido comprados más por compromiso que pensando en el destinatario: alguna ropa pasada de moda, juguetes poco atractivos, libros aburridos. Una vez, no sabía cómo ni por qué, le habían dado una muñeca Barby, que terminó cambiando luego por una navaja. En esta ocasión, internado en uno de los hospitales más caros de la ciudad, con una enfermera dedicada casi por completo a él, había recibido no menos de una docena de presentes. Varios fueron enviados por el doctor Pinares Beltrán.

"Cuando se recupere bien me gustaría que salga de la calle y de todo ese mundo en que ahora vive", era el deseo del cirujano mecenas. No tenía hijos. El único que había concebido murió en el mismo accidente aéreo en que también murió su esposa, hacía ya más de veinte años. Nunca se volvió a casar; la caridad llenaba buena parte de su vida.

En algún momento comenzó a pensar en adoptar a Matías.

El post operatorio resultó sin complicaciones. En unos días estuvo en condiciones de salir del centro donde estaba internado, planteándose entonces el problema de dónde ir. En ocasiones similares la organización pastoral que había promovido su operación solía invitar a los niños y jóvenes del caso a que se incorporaran a sus hogares parroquiales. Matías lo estaba pensando, cuando recibió la oferta del doctor.

Le proponía instalarse por unos días en su casa de fin de semana, en las afueras de México, con servicio de enfermería tiempo completo para su cuidado, tomando el compromiso de visitarlo todos los días. Luego del alta, verían.

Los promotores juveniles, con quienes tenía confianza, conociendo de la bondad del doctor Pinares le recomendaron aceptar. Así lo hizo. Al día siguiente estaba instalado en su nueva morada. Una residencia, si bien no de gran lujo, sin dudas muy confortable. Paisajes bucólicos, tranquilidad: cosas a las que no estaba acostumbrado Matías.

Cuando ya estuvo ubicado, su primera y más profunda preocupación fue la droga: ¿cómo conseguirla ahora? Desde hacía ya varios años consumía regularmente una fuerte dosis diaria, solvente anteriormente, ahora crack. ¿Cuánto aguantaría sin esto?

Había una señora – doña Leonor – encargada de todo lo doméstico; rápidamente quedó fascinada con Matías. Además, el doctor Pinares Beltrán había contratado también dos enfermeras que, alternadamente, debían cubrir la recuperación del enfermo aún convaleciente. Pero todo esto era demasiado para él, lo asustaba. Tres mujeres cuidándolo, pendientes de su vida... nunca había estado ante algo igual.

Al final del segundo día, viendo que el encierro iba para largo, propuso a una de las enfermeras que le consiguiera droga, ofreciéndole pagar el servicio. La pobre casi cae de espaldas.

"¡Sí, dele! ¿Qué le cuesta? Además... si me la consigue, se puede ganar sus centavitos. Le prometo que se los pago".

Matías, aunque díscolo, irreverente de nacimiento, tenía en el fondo algo de seductor irresistible. Para todos, no sólo con las mujeres. Sabía decir con la mayor ingenuidad las cosas que a otros no se les perdonarían. Era una mezcla preciosa entre inocencia y sagacidad, no sabiéndose cuándo y por qué prevalecería una sobre la otra.

Fue necesaria una larga conversación telefónica para que el doctor pudiera aplacar los ánimos de Matías, evitando así su precipitada partida. Quedaron que a la mañana siguiente el venerable médico llegaría por la casa de descanso.

"Matías, Matías... ¿qué es lo que está pasando?", comenzó el doctor con un paternal aire a la vez recriminatorio y bonachón. "¿Qué es lo que te tiene tan preocupado?"

"¿Sabe lo que pasa, doc? – y no lo voy a engañar –: resulta que no puedo vivir ya sin la cuestión".

"¿A qué 'cuestión' te refieres?", explotó con un grito el doctor Pinares Beltrán, casi sin poder contener su furia.

"Pues... a la piedra. ¿A qué me iba a referir si no?"

"¿Quieres decir: el crack?"

"¡Cabalito, doc! Me imagino que usted no le hará a eso, ¿no?"

"¡¿Que si yo me drogo?!

"Aha....."

¡Por Dios, Matías! ¿Cómo se te ocurre?.... ¿Y tú, usas mucho?"

"Depende. Cuando me pongo a pensar mucho, cuando me acuerdo de quién soy... entonces prefiero no enterarme, y le pego duro. Si no, no es mucho. Para matar el hambre nomás".

"¿Cómo es eso que no quieres pensar en ti? No te entiendo".

"Y, doc, ¿a usted le gustaría saber que su mera madre lo regaló cuando ere bebé? ¿Que el viejo que lo crió era borracho, y le pegaba a veces con un alambre? No creo que le gustara, ¿verdad? Yo me crié con madrastra, ¿sabe? Bueno, ni siquiera era madrastra; era una señora. Y la muy cabrona me mandó a trabajar de chiquito. Por todo eso, doc, le entro duro a la piedra. Con eso evito pensar en toda esta historia, ¿vio?"

El doctor Pinares Beltrán quedó mudo. Por un minuto, que se hizo un siglo, no le salían las palabras.

"¡Puta, Matías! ¡Qué horrible!", fue lo primero – y lo único – que se le ocurrió decir.

Luego de otro prolongado silencio, con aire lúgubre agregó:

"No te creas que mi vida es muy linda. Yo también sufro mucho. No como tú, no de esa manera; pero sufro horrores".

"¿Usted sufriendo? No, no lo creo", dijo casi con sorna Matías.

"¿Y por qué te parece que no? ¿Te parece que, aunque tenga esta casona que aquí ves, carro lujoso y viaje mucho, no puedo sufrir? Yo, Matías, sufro mucho. Sólo porque soy un buen cristiano no me he quitado la vida".

"¿Y qué le pasa, doc?"

El silencio se hizo tenso. Balbuceante, el médico añadió:

"Bueno, otro día te lo cuento. ¿De acuerdo?"

"Como usted diga".

La charla sirvió para que Matías comenzara a apreciar a su mentor. Hasta ese momento casi ni sabía quién era él; ahora no sabía mucho más, pero tenía claro – esto, desde su punto de vista, había sido lo más importante de la conversación – que también sufría. Eso era un buen inicio. Lo reconoció, pese a las grandes diferencias, a las distancias casi insalvables, como un igual.

Luego de diez días de reposo, Matías estaba muy mejorado; pero también desesperado por la falta de droga. Ya casi entraba en síndrome de abstinencia. No se escapó de la casa – cosa que le hubiera sido muy fácil por otro lado – porque sentía alguna estima por su protector. "No le podía hacer eso", razonaba.

Fue tejiéndose una relación singular: a su modo, ambos se necesitaban, se buscaban.

Pero pasadas dos semanas la necesidad de droga fue intolerable, y Matías salió en su búsqueda. No le costó conseguir rápidamente. Claro que tampoco le fue gratuito. Se la fiaron, tal como lo habían hecho tantas veces antes; pero habiendo quedado establecida una deuda, eso ya le traía consecuencias no fáciles de sortear. Enseguida volvió a encontrar las viejas amistades de siempre, que ya estaban preocupadas por su ausencia. Obviamente, lo invitaron a quedarse.

Para Matías fue un dilema. Ambas cosas lo atraían: la calle y la droga, porque esa era su vida; la reciente amistad con su mecenas, porque eso era la promesa de algo nuevo.

Triunfó el peso de lo conocido. Casi a modo de revancha por el corto período en que no consumió drogas, en unas pocas horas recuperó el "tiempo perdido". Pocas veces lo había hecho de ese modo, con esa intensidad casi desafiante. Así drogado, volvió a robar. Y también pudo volver a correr. Fue un equipo de sonido de un automóvil estacionado en un callejón solitario. Todo le salió bien; se sintió plenamente recuperado.

"Buen trabajo hizo este doctor", pensó Matías.

Cuando el doctor Pinares Beltrán se enteró de su huída casi muere. Intuía que eso podía pasar en cualquier instante, lo sabía, lo esperaba incluso. Pero en el momento en que tuvo la certeza que había sucedido, no pudo creerlo. Sintiéndose traicionado, dolorido, volvió a pensar en el suicidio.

Su primera reacción fue de desprecio para con su protegido.

"No valen la pena estos muchachos... lamentablemente. No tienen la culpa, pero son todos iguales: no tienen arreglo".

Una sensación amarga lo invadió. Pensó en su hijo muerto, en su abstinencia sexual de casi veinte años, en lo difícil de causas perdidas como la de la niñez de la calle. Para esos días, decidió dedicarle muchas más horas de lo ordinario al violonchelo, su pasión doméstica. Suspendió, como cosa rara, algunas operaciones para consagrarse casi por completo a la música. Eso lo hacía en muy contadas ocasiones; la actual, sin dudas, lo merecía.

La vida de Matías volvió a ser lo de siempre, lo que había sido hasta antes de su operación de corazón. De todos modos algo había cambiado: haber estado fuera de ese medio por algunas semanas, el contacto con alguien como el doctor Pinares Beltrán, el saberse cercano a la muerte – según el diagnóstico que le habían dado –, todo eso lo tornó más desconfiado, más sarcástico en cierta forma. Sin que supiera decir exactamente por qué, sintió que aunque quisiera salir de su vida de marginal, eso no le era posible, por lo que comenzó a explorar los límites: se drogaba como si fuera la última vez, adquirió un aire provocativo, buscando explícitamente la agresión para con sus compañeros de pandilla, incursionó en delitos más grandes que antes se le antojaban impensables.

Las consecuencias de todo ello no tardaron en presentarse: contrajo el VIH, cosa de la que terminó por enterarse bastante tiempo después; y por otro lado, fue herido gravemente en un enfrentamiento con miembros de una pandilla rival.

Recibió una puñalada en el pecho, lo que hizo necesaria una intervención quirúrgica urgente. Los promotores de la parroquia de Santa Lucía, una vez más, se ocuparon de él. Ya sabían que había abandonado la fase de recuperación en que se encontraba unos días atrás; por otro lado, algunos de ellos ya lo habían recontactado en los lugares habituales en que solía deambular, y le habían manifestado la conveniencia de seguir guardando reposo. Por supuesto, todos esos buenos consejos no lograron su cometido. Por otro lado, Matías era especialmente reacio a seguir recomendaciones.

Una vez más el doctor Pinares Beltrán fue llamado a operar desde el marco de la pastoral social de la Iglesia. Como de costumbre, no se negaba; eso era parte de su aporte cristiano, como persona comprometida con la caridad. Claro que la sorpresa que le ocasionó saber quién era el paciente fue mayúscula.

Ya casi había comenzado a olvidar a Matías, más como intención voluntaria de quitarlo de su vida que como proceso espontáneo. El peso que, en poco tiempo, había logrado adquirir en su cotidianeidad no era algo fácil de hacer a un lado, pese a proponérselo. Y el hecho de encontrárselo de nuevo ahora, en estas circunstancias, no dejó de golpearlo. Tanto, que llegó a plantearse si debería ser él quien operaba, o transfería el caso a otro colega. Finalmente, optó por tomarlo él mismo.

El navajazo había sido profundo, llegando a tocar el corazón; había riesgo de muerte. La operación no fue nada fácil; más de seis horas, con la participación de varios médicos.

Un mes después Matías ya estaba bien repuesto. Pero esta vez el doctor no quiso comprometerse afectivamente como en la primera oportunidad. Sin embargo, no lo podía evitar. Cada palabra del joven le perforaba el alma; no podía quitarse el recuerdo de lo que le había contado la vez pasada: "mi mamá me regaló cuando era bebé, y el viejo que me crió me pegaba con un alambre".

Ahora, durante la internación en el hospital, habían hablado mucho, pero la actitud de Pinares Beltrán había sido otra. Buscaba no involucrarse en lo personal. Las lágrimas que le provocaba el solo hecho de ver a Matías las derramaba en privado. Pensaba que un jovencito de esa edad podría ser su nieto; y de inmediato le surgía la pregunta de por qué a alguien como él, a quien veía tan despierto, tan encantador a su modo, le había tocado una vida tan horrible.

"¡Y todavía los católicos nos golpeamos el pecho por cosas como el divorcio o el aborto! Vergüenza deberían darnos esas cuestiones. ¿Y quién se ocupa de estos pobres niños? ¿Qué hacemos por ellos?"

Después de esa intervención, la vida para el doctor Pinares Beltrán ya no fue la misma. La operación, en cuanto cirugía, no tuvo nada de especial, más allá de lo riesgoso del caso. Fue una más de tantas, y felizmente para él, así como para el paciente: exitosa. Pero había más, y ambos lo sabían, aunque ninguno de los dos lo dijo.

Un par de meses más tarde, en una sórdida cantina de algún decadente barrio de lupanares, volvieron a encontrarse. En el primer momento, Pinares Beltrán se ruborizó, intentando salir sin ser visto. Pero Matías no lo permitió. Casi gritando lo encaró:

"¡Hola, doc! ¿Qué anda haciendo por acá?"

"Hola, Matías".

"No me lo hubiera imaginado por estos lugares. Son demasiado pura mierda para una persona como usted". Acercándose al médico, el joven pudo sentir el penetrante olor a aliento de tequila mezclado con perfume barato, seguramente de las muchachas que trabajaban en los prostíbulos vecinos.

"Doc: ¡no me va a decir que viene por aquí, con esas chamacas!", preguntó Matías con una sonrisa sarcástica, y al mismo tiempo con gesto de estupor.

"¿Y si fuera así?, retrucó Pinares Beltrán.

"No, nada…; sólo que no me lo hubiera imaginado".

"Tú no te imaginas muchas cosas todavía. Eres muy niño".

"¿Le parece, doc? Un tiempo atrás no me decía eso… A usted algo le está pasando".

"Eres de verdad muy intuitivo, Matías. ¿Y qué imaginas que me está pasando?

"Pues…debe estar afligido porque yo me fui, abandoné su casa"

"¿Y por qué te fuiste?"

Matías bajó la vista; se sintió embarazado, sin poder responder. Finalmente agregó:

"¿Y usted está muy enojado por eso?"

"Eso no importa. Quiero saber por qué te fuiste".

"Ah, doc. Es difícil contestarlo. Mire, ni yo mismo sé por qué lo hice. Por drogadicto, creo; porque no me aguanté sin la piedra. Estaba que me moría en su casa, aunque todos me atendían muy bien. Cuando uno ya se hizo de la calle, de las drogas, creo que ya no sale más de eso, aunque le ofrezcan lo más lindo del mundo. ¿Usted piensa que no me gustaría tener una familia, un padre que no me pegue, ir a la escuela? Pero ya es demasiado tarde para agarrar onda.

"¿Y por qué dices eso?"

"Si usted lo sabe, doc. Cuando uno creció como animalito, termina siendo animalito. Míreme, si no. Tenía una buena casa, un tipo como usted que buscaba ser mi cuate. Y vea cómo le pagué. ¡Qué bestia!"

"No, no digas así, Matías. Además, si quieres puedes volver a la casa". La expresión del doctor Pinares Beltrán pasó a ser extremadamente dulce.

Mientras conversaban, un grupo de tres varones entró a la cantina. Iban bastante borrachos, y con ánimo pendenciero. En un principio la emprendieron contra un solitario bebedor, instalado en una esquina; pero rápidamente dejaron de provocarlo y se dirigieron hacia la mesa en que se encontraban el doctor y Matías. Era evidente que buscaban pleito, por el único gusto de generar molestias. Pinares Beltrán entró en estado de pánico. Pero no así Matías, para quien estas situaciones eran cosa cotidiana.

Las provocaciones de los recién llegados fueron creciendo, hasta un momento en que se hicieron insoportables. Alguno blandió una navaja. Ante eso, el doctor casi desmaya; era la primera vez en su vida que le sucedía algo así. No lo podía creer. No podía concebir que fuera él quien estaba ahí, en una sucia fonda en un promiscuo barrio marginal, amenazado de muerte por unos pandilleros ebrios. Tampoco podía creer la reacción de Matías.

Con una velocidad de rayo, éste tomó la mano del que portaba el arma, reduciéndolo inmediatamente. Cuando los otros quisieron reaccionar, ya estaban amenazados ahora por Matías, uno de ellos con la cara ensangrentada por el vaso con que lo había cortado, y apuntados por un revólver calibre 38.

"¡Corra, doc! Salga de acá, mientras me ocupo de estas basuras".

La sorpresa de Pinares Beltrán iba en aumento. Lo único que quería en ese momento era desaparecer del mundo. Estaba aterrorizado por lo que le sucedía, pero igualmente pensaba en cómo resolvería toda la situación, si eso trascendería; y en el caso que sucediera, cómo lo arreglaría.

Matías insistió, ahora con más fuerza, casi como una orden:

"¡Salga, doc, corra, o si no se va a meter en problemas!"

Estas palabras, pronunciadas con carácter perentorio, produjeron el efecto buscado. El doctor Pinares Beltrán salió huyendo, olvidando incluso de pagar. Eso fue lo que más le preocupó al dueño de la cantina, y no tanto el disturbio creado. A punto que mandó a un ayudante que lo corriera. Ante este nuevo ingrediente de la loca aventura que estaba viviendo, arrojó al azar una cantidad de dinero, mientras gritaba que eso era el pago.

Cuando pudo reponerse – sin saber bien qué había sucedido – se encontró en la sala de espera de su clínica. Solo, todavía jadeando, trató de armar el rompecabezas de lo que había experimentado. No sabía por qué había ido a parar al lugar donde estaba ahora, en vez de su casa. "La costumbre", pensó.

En los primeros días del siguiente mes de diciembre, apenas retornado de la Universidad de Harvard, donde había estado desarrollando un seminario de especialización – y donde, por cierto, había hablado como nunca antes acerca de la manera en que las condiciones sociales de los pacientes pueden ayudar a su recuperación – se dirigió a un nuevo centro comercial, recién inaugurado. Iba a hacer sus compras navideñas, cuando alguien lo llamó.

"¡Hola doc!"

Le costó mucho trabajo reconocer quién lo saludaba. Enfundado en su rojo traje de Santa Klaus, y con una enorme barba postiza, Matías era el centro de atención de numerosos niños que se apelotonaban a su alrededor. Entre medio de ellos aún podía sonreír al doctor Pinares, mientras agitaba la campanilla que llevaba en una mano.

"¡Matías! ¡Qué alegría!".

Una hora más tarde, ya sin su disfraz, Matías compartía un café con el médico. A ambos se los veía contentos, ansiosos de contarse todo lo que había sucedido en estos meses de lejanía. Fue este último quien tomó la palabra:

"Seguramente tú has cambiado mucho más que yo. Mi vida sigue más o menos como siempre: mucho trabajo… y siempre solo".

"¿Y por qué no se casa, doc?"

Pinares Beltrán sentía que Matías tenía como nadie una especial capacidad para sorprenderlo. Ante este tipo de salidas, no sabía cómo reaccionar.

"Bueno, luego hablaremos de eso. ¿Y tú, qué ha sido de tu vida?"

"Pues, aquí me ve, haciendo de payaso con este traje, y dejándome jalar la barba por todos estos chamaquitos para ganarme algún centavo".

"Te felicito, Matías. Te felicito. Veo que has hecho un cambio importante".

"¿Pero a usted le gustaría vestirse así, y dejarse molestar la barba, doc? ¡Dígame la verdad!"

"Tú siempre igual, Matías. Seguramente no debe ser muy bonito eso, pero piensa que estás ayudando a hacer feliz a más de un niño. Y por otro lado, estás haciendo un trabajo honrado. ¡Y es por eso que te vuelvo a felicitar!"

"Seguro que su nieto, si lo tuviera, no tendría que hacer un trabajo así", agregó con una cuota de sarcasmo Matías.

"Tienes razón. ¿Pero cómo se cambia eso?"

"Me imagino que ustedes, los adultos, lo deberían saber".

"¡Vaya, hombre!, que te has puesto discutidor".

"No se enoje, doc, que no es con usted la bronca. Pero en todo este tiempo que no nos vimos estuve pensando mucho, y veo que arreglar las cosas es más difícil de lo que creía. No es así de fácil cambiarlas" agregó, adoptando un aire profundo. "¿Y por qué siempre se deben joder los más débiles?"

"¡Ay, Matías! ¡Qué pregunta! Si alguien te lo pudiera responder…. ¿Y desde cuándo estás así de hiriente? Tú no eras así antes".

"Desde que me enteré que tengo sida".

Pinares Beltrán quedó mudo. Su primera reacción, luego del golpe recibido, fue un torpe movimiento con el brazo que hizo caer un vaso de agua de la mesa en que estaban sentados. No salía del asombro, y no encontraba qué decir. Finalmente preguntó:

"¿Cómo dijiste, Matías?"

"Eso, doc: lo que escuchó. ¿Le parece raro, no?"

"Pero…. ¿estás seguro de lo que dices?"

"Lamentablemente, doc, estoy demasiado seguro. Ojalá me equivocara, pero no es así".

"¿Y qué piensas hacer entonces?"

Se produjo un silencio tenso, tirante. Matías no se atrevía a seguir hablando, y su interlocutor no quería tomar la palabra. Finalmente, con esfuerzo, agregó:

"Me gustaría tener, aunque sea por única vez en mi vida, un día feliz".

"Un día feliz", repitió lentamente el doctor Pinares Beltrán. "Un día feliz…. ¿y qué esperarías qué pase en tu día feliz, Matías?"

"Tal vez lo que me pasó en la Navidad pasada, que recibí tantos regalos…. porque todo lo que ya sufrí no tiene arreglo".

El 22 de diciembre, justo un año después de la primera operación de corazón a que fuera sometido, Matías murió. Los regalos que había comprado el doctor para él, nunca llegaron a sus manos. La enfermera de guardia dice que la última palabra que le escuchó pronunciar fue "papá".

Marcelo Colussi es argentino. Politólogo y narrador, después de vivir en varios países latinoamericanos, ahora vive en Guatemala.

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