sábado, 31 de enero de 2009

Invitación


ARGENPRESS CULTURAL

Estimadas/os lectoras/es:

El próximo 12 de febrero de cumplen 25 años de la desaparición de Julio Cortázar. Como una forma de conmemorarlo, ARGENPRESS CULTURAL invita a participar a todos sus lectores en un número especial sobre su vida y obra. Invitamos a hacernos llegar colaboraciones al respecto, reflexiones sobre su creación, comentarios, evocaciones. El material recibido será publicado el próximo número: el sábado 7 de febrero.

Muchas gracias.

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Un ladrón honrado


Fiódor Dostoievski

El ruso Fiódor Dostoievski (1821-1881) es universalmente conocido como novelista. Por cierto, como uno de los más grandes novelistas de la historia de la literatura. Novelas como "Crimen y castigo" y "Los hermanos Karamazov" constituyen piezas maestras del género, traducidas a todos los idiomas, reproducidas en el cine y la televisión, devenidas hoy íconos de la cultura de todos los tiempos. Junto a ellas nos legó igualmente otras de alto valor literario, como "El jugador", "El príncipe tonto", "Stepanchikovo y sus habitantes". Pero Dostoievski también fue un genial cuentista. Si bien esta es una faceta menos conocida, vale la pena adentrarse en sus relatos, llenos de la misma genialidad que caracteriza su creación novelística.

Aquí ofrecemos un cuento de particular belleza: "El ladrón honrado".

___________

Un ladrón honrado

I

Una mañana, justo en el momento en que me disponía a salir de casa para dirigirme a mi trabajo, Agrafena, que es a un mismo tiempo mi cocinera, mi lavandera y mi ama de llaves, entró en mi habitación y, con gran sorpresa por mi parte, comenzó a hablas animadamente conmigo.
Agrafena era una buena mujer que se distinguía por su sencillez y escasa locuacidad, pues aparte de las preguntas cotidianas de rigor sobre lo que desearía para comer o alguna que otra cosa por el estilo, apenas me había hablado una palabra de más en seis años. En lo que se refiere a mí, por lo menos yo nunca te había oído emitir nada que se pareciera a una opinión personal.
—Señor, desearía hablarle de una cosa —me dijo en un principio, pronunciando muy aprisa sus palabras.
—¿Y qué es, Agrafena?
—Que debería alquilar el cuarto pequeño.
—¿Qué cuarto?
—¿Cuál va a ser? El que está junto a la cocina, ¿Acaso hay otro?
—¿Y por qué habría de alquilarlo?
—¿Por qué? Pues porque la gente acostumbra alquilar los cuartos sobrantes de las viviendas. ¿No le parece causa suficiente?
—¿Y quién crees que querrá alquilar ese cuartucho?
—Un inquilino. ¿Quién va a ser?
—Pero si en ese rincón apenas se puede ana cama, Agrafena... Es demasiado pequeño. ¿Quién querrá vivir en un sitio así?
—¿Y qué falta hace que viva ahí nadie? Bastará con que pueda dormir, ¿no? Y para eso está la ventana...
—¿Qué ventana?
—¿Qué ventana ha de ser? Usted lo sabe tan bien como yo. Me refiero a la ventana del vestíbulo. Allí puede sentarse a coser o hacer lo que quiera, también puede colocar una silla, porque él tiene una silla y una mesa, todo lo que necesita, de forma que usted no tendrá que poner absolutamente nada.
—¿Y quién es él? Porque, o mucho me equivoco, o me estás hablando de una persona concreta, ¿no es así, Agrafena?
—Sí, señor... Se trata de una buena persona: un hombre de toda confianza. Yo me encargará de hacerle la comida, y por el cuarto y la manutención le cobraré tres rublos de plata al mes, ¿qué le parece?
Después de algunas preguntas más, acabé por deducir que cierto individuo de alguna edad había pedido a Agrafena que le admitiera como huésped. Y en este sentido, lo que a la buena mujer se le metía en la cabeza, no había más remedio que aceptarlo, porque tarde o temprano acababa saliéndose con la suya. Yo lo sabía por experiencia propia. Cuando le llevaba la contraria, su táctica era no dejar a uno e paz hasta que conseguía sus propósitos. Por lo demás, cuando algo no salía a su gusto, se quedaba profundamente pensativa y acababa por caer en una terrible melancolía. Tales estados de ánimo solían durarle dos o tres semanas por lo menos, y en todo ese espacio de tiempo no sólo le salían las comidas insípidas, sino que además dejaba de limpiar la casa y de lavar la ropa. En resumen, yo sabía perfectamente que, cuando Agrafena deseaba algo, había que concedérselo, porque en caso contrario su disgusto acarreaba una bien conocida secuela de sinsabores y molestias para mí.
Hacía tiempo que había llegado yo a tales conclusiones, descubriendo al mismo tiempo que Agrafena era incapaz de tomar resolución alguna, o de concebir el menor pensamiento original o nuevo sobre una situación ya dada. De igual manera, cuando su débil inteligencia adoptaba alguna idea, o cualquier cosa que se le pareciese, entonces bastaba contradecirla para que se aniquilara moralmente por cierto tiempo. En la ocasión a que me refiero, como se daba el caso de que era un momento en el que por nada del mundo habría querido yo ver alterada mi tranquilidad, me apresuré a acceder a sus deseos de alquilar el cuarto contiguo a la cocina a aquel «buen hombre» que ella conocía.
—Bueno, supongo que ese amigo suyo dispondrá de la debida documentación —dije en señal preventiva.
—¡Desde luego! —respondió Agrafena, casi indignada—. Además, se sabe quién es. Su identidad puede ser avalada en todo momento. Ya he dicho al señor que se trata de un hombre serio y de mucha experiencia..., aparte de que me ha prometido formalmente pagarme esos tres rublos.
—Está bien —le indiqué—, puedes decir a ese hombre que venga... Pero antes debes prometerme una cosa.
—El señor dirá.
—Debes prometerme que, al introducir a ese hombre en mi casa, no se originará ningún problema de tipo doméstico.
—Descuide el señor... y muchas gracias por su consentimiento.

Al día siguiente se presentó el inquilino en mi habitación, lo cual debería haberme molestado, pero no ocurrió así, sino todo lo contrario, ya que hasta me alegré en mi fuero interno. A tal respecto, diré que vivo solo, casi como un recluso, pues apenas tengo amigos y no salgo de casa. Es cierto que ya me había acostumbrado a mi soledad, pero ni yo mismo hubiera podido predecir en qué se habría convertido aquella situación, junto a una persona como Agrafena, a lo largo de diez, quince o veinte años. En verdad que aquella perspectiva no resultaba muy atrayente, y por ello pensé que, dadas las circunstancias, un pacífico compañero de vivienda podía representar algo asi como un don del cielo.
Agrafena no había mentido. Mi inquilino era una persona de aspecto formal. Por sus documentos podía saberse que había cumplido debidamente el servicio militar, pero también se notaba tal circunstancia en algunos de los gestos y maneras que le habían quedado. Era, evidentemente, un honrado ciudadano y la sociedad no tenía nada que reprocharle en materia de antecedentes penales. Se llamaba Astafi Ivanovich y en seguida congeniamos. Como virtud esencial tenía la de saber contar anécdotas de una forma magistral, habilidad que podía lucir profusamente, puesto que tenía en la memoria un buen archivo de lances referentes a su vida en los cuarteles. En resumen, pronto descubrí que, en el aburrimiento cada vez mayor de mi existencia, un hombre como aquél podía ser un verdadero tesoro.
Una de sus historias estaba destinada a dejar en mí una impresión duradera, y por ello quiero reproducirla aquí, explicando al mismo tiempo las circunstancias es que Astafi Ivanovich hubo de referírmela.
Cierto día estaba solo en casa, pues tanto Astafi como Agrafena habían salido, cuando de repente oí desde mi habitación que alguien entraba en el vestíbulo. Por diversos detalles, pude deducir que era una persona extraña, y no me equivocaba, ya que, euando salí para ver de quién se trataba, me encontré coa un desconocido. Se trataba de un hombre de corta estatura que, a pesar de encontrarnos ya en pleno otoño, no llevaba abrigo.
—¿Qué desea? —le pregunté.
—Desearía ver al empleado Aleksandrov. Creo que vive aquí, ¿no es cierto?
—No, señor. Se equivoca, porque aquí no vive nadie de ese nombre... Adiós.
—¡Cómo! ¡Pero si el portero me ha dicho que vivía aquí! No lo entiendo... —murmuró el desconocido, retrocediendo hacia la puerta.
—Pues ya lo ve usted, amigo.
Al otro día, poco después de la hora, de comer, y en el preciso instante en que Astafi Ivanovich me probaba una chaqueta que me estaba haciendo, oímos que entraba de nuevo alguien en el vestíbulo. Fui yo mismo quien entreabrí la puerta... y entonces comprobé que se trataba del visitante de la víspera, que ante mis propias narices cogía mi abrigo de piel de la percha y se escapaba con él.
Agrafena y Astafi, que me habían seguido, se quedaron estupefactos por la sorpresa. No obstante, Astafi Ivanovich reaccionó en seguida y salió corriendo, en un intento de atrapar al ladrón. Pero a los pocos minutos volvió a aparecer con gesto desolado y las manos vacías. El astuto ratero había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
—Menos mal que no se ha llevado la capa —me creí en la obligación de argumentar, dada la expresión apesadumbrada de mi abnegado inquilino—. Si se hubiera llevado también la capa ese granuja, me habría dejado sin poder salir a la calle.
Sin embargo, Astafi Ivanovich estaba tan conmovido, que pareció no oír mis palabras. Admirado por aquella emoción, no tardé en olvidarme de la pérdida que suponía la sustracción del abrigo. Mi huésped no acertaba a explicarse cómo podía haber ocurrido una cosa así. Aun después de que se hubiera puesto de nuevo a su trabajo, dejaba de vez en cuando su labor para hacer renovadas consideraciones sobre el episodio. Se admiraba una y otra vez de la audacia del ladrón y de que le hubiese resultado imposible darle alcance.
Al cabo de un rato, y cuando me hubo hecho la prueba, se puso a trabajar en otras cosas, pero no tardó en volver a levantarse. Entonces vi que se dirigía a la escalera y se acercaba a la garita del portero, para referir a éste lo ocurrido y hacerle los cargos oportunos por no haber impedido —dejando pasar impunemente al ladrón— que sucediera una cosa semejante en el inmueble. Después subió y reproché a Agrafena algo que no pude entender, tras lo cual reanudó su trabajo, si bien siguió reflexionando sobre la audacia del desaprensivo ladrón y sobre la propia impotencia para darle alcance.
Por la tarde, y para distraer mi aburrimiento, se me ocurrió ofrecer una taza de té a Astafi Ivanovich, pues sabía que volvería a hablarme nuevamente del dichoso episodio, cosa que no dejaba de divertirme, bien por su ingenua insistencia, o por la honda emoción que ponía en sus lamentos.
—¡Buena nos la ha jugado ese individuo, Astafi Ivanovich! —exclamé.
—¡Ya puede usted decirlo, señor! ¡Es como para volverse loco! Incluso yo, que no puedo afirmar que haya sido perjudicado, me siento invadido por el coraje de la impotencia. ¡Cielo santo! ¡A fe mía que no hay en este mundo ser más ruin que un ladrón! ¡Cuántas veces no ocurrirá que esos pícaros despojan de su miseria a quien se ha pasado toda la vida trabajando para reunir unos pequeños ahorros...! Bueno, creo que lo mejor será no pensar más en ello, al menos por lo que a mí se refiere. Y usted, señor, ¿acaso no lamenta la pérdida de su abrigo?
—Sí, por supuesto. Otra cosa sería que lo hubiese perdido en cualquier accidente, pero que se lo haya llevado tan descaradamente un vulgar ratero es algo que me irrita y me saca de quicio.
—Creo que tiene usted razón; al fin y al cabo a nadie le gusta tener que resignarse y admitir un robo de esa clase. Por otra parte, a mi juicio, un ladrón no es un hombre como los demás... Sin embargo, en cierta ocasión, yo conocí a un ladrón que era honrado...
—¡Cómo! ¿Un ladrón honrado? No comprendo... ¿Y usted cree, Astafi Ivanovich, que puede haber un ladrón que sea honrado?
—Es cierto, señor. En realidad, resulta inconcebible que un ladrón pueda ser honrado. Lo que yo quería decir es que aquel individuo al que me refiero era un hombre honrado..., aunque hubiese robado. Puede creerme, señor, aquel hombre inspiraba una profunda compasión, sin que uno supiera muy bien a qué era debida.
—Explíqueme eso, Astafi Ivanovich.
—Se trata de una historia que sucedió hace dos años aproximadamente.

II

En aquella época —comenzó a contar Astafi Ivanovich— yo llevaba, si mal no recuerdo, casi un año sin trabajo. En un figón conocí a un individuo que iba a la deriva. Se trataba de un borrachín, un holgazán, que ya no sentía el menor estímulo por la vida, como no fuera el de emborracharse todas las noches. En otro tiempo había tenido un buen empleo, pero acabaron despidiéndole por su mala cabeza. Le daba todo igual, y no puede nadie figurarse cómo iba vestido. Era digno de ver... A veces, ni siquiera llevaba una mala camisa debajo de su mugrienta capa. Todo el dinero que caía en sus manos acababa sobre los mostradores de las tabernas. Sin embargo, no era pendenciero, y tampoco tenía los defectos que son habituales en tal clase de gentes. Por el contrario, era un hombre esencialmente pacífico, amable e incluso bonachón. No pedía nunca nada a nadie y se avergonzaba de cualquier cosa, pero resultaban más que evidentes sus continuas ansias de beber, y los que le conocíamos le dábamos dinero para ello, aunque él no formulase ninguna petición.
El caso es que aquel individuo, desde el momento en que le conocí, ya no quería separarse de mí. Me seguía a todas partes y me buscaba por cualquier lado. A mí no me molestaba, pero a veces me coartaba la idea de llevar a un perrillo detrás de mis talones, porque esto era lo que realmente parecía aquel hombre. ¡Qué individuo tan apocado, Dios mío! No tenía espíritu ni para matar a una mosca. Todo empezó, en realidad, el día en que me pidió que «le permitiera pasar la noche en mi casa». Como en el fondo estaba claro que era una persona incapaz de ninguna maldad, y además tenía sus documentos en regla, no tuve ningún inconveniente en acceder a su petición. Al día siguiente me volvió a pedir el mismo favor. Pero al tercero... se me presentó en pleno día, se sentó a mi lado, cerca de le ventana, y esperó en silencio que llegara la noche.
Como es lógico, empecé a temer que no me lo pudiera quitar ya nunca de encima, pues para una persona de modestos recursos económicos siempre es una pesada carga tener que dar de comer, beber y dormir a un segundo individuo. Por lo que supe después, aquel hombre había estado colgado del cuello de un empleado antes de conocerme a mí. Se emborrachaban los dos juntos, hasta que el empleado murió en la miseria.
El individuo en cuestión se llamaba Yemelia Ilich y yo no hacía otra cosa que cavilar para encontrar la manera de quitármelo de encima. Por una parte, conseguir apartarlo de mí era un deseo obsesivo, pero por otra parte me resultaba casi imposible echarlo de mí lado en cuanto le miraba a la cara y le veía tan desvalido. Era la viva imagen de la ruina y del abatimiento, por lo que no podía inspirar sino compasión. Se sentaba junto a mí, en silencio, y lo más que hacía era mirarme a tos ojos de la misma forma que los animales domésticos. ¡A veces me asombraba yo mismo al comprobar hasta qué punto puede aniquilar a un hombre la bebida!
—En un principio, me dije: «¡Bah, se trata simplemente de mandarle que se marche el día que verdaderamente me canse! Le diré que aquí no hace nada y que debe irse, porque ya no puedo darle ni siquiera un hueso para roer.» No obstante, aun cuando estaba decidido a actuar así, siempre me quedaba una duda; la de cómo reaccionaría él. Me imaginaba que se quedaría mirándome durante largo rato, mientras seguiría sentado, sin comprender aparentemente ni una sola palabra, basta que, llegado un momento, se levantaría para coger su hatillo y marcharse... Aún me parece estar viendo aquel pedazo de tela a cuadros rojos, con fondo blanco, que Dios sabe lo que podía contener, lleno de agujeros, y que él no abandonaba jamás. Me figuraba, en definitiva, que se levantarla con dignidad, se pondría su capa cuidadosamente, para tapar los agujeros de debajo, pues tal era su sensibilidad, y se dirigiría hacia la puerta, con lágrimas en los ojos... Al llegar a este punto, la escena me resultaba intolerable, a pesar de que se desarrollaba simplemente en mi imaginación. Me decía que jamás dejaría —o podría permitir— que el pobre Yemelia se hundiera del todo... Había muchas partes de mi fuero interno, y en especial mi corazón, que se rebelaban ante tal posibilidad. Sin embargo, y al mismo tiempo, también pensaba: «Pero, si continúo siendo tolerante, ¿qué será de mí? Si me empeño en ayudarle, pronto tendré que pedir yo mismo limosna... Debo encontrar una solución.»
Estaban así las cosas, cuando mi patrón, Aleksandr Filimonovich (hoy ya difunto... y al que deseo que Dios tenga en su gloria), me dijo un buen día: «Astafi, has de saber que estoy muy contento contigo. Cuando volvamos de la finca que tengo en el campo, y a la que voy con mi familia, te prometo acordarme de ti.» Yo había trabajado en su casa como mayordomo y ayuda de cámara... Era un buen amo, pero, desgraciadamente, murió aquel mismo año. No obstante, en aquella ocasión, como él se marchó de la ciudad, yo también tuve que coger mis cosas e irme a vivir a casa de una buena mujer, a la que le alquilé un rinconcito, que era el único espacio de que disponía. Dicha patrona había servido no sé dónde como nodriza, y le pasaban una pensión, lo cual le permitía vivir sola.
Mi nueva situación me hizo creer que perdería de vista a Yemelia Ilich, pero me equivocaba, porque un día, al volver a casa por la tarde, después de visitar a un amigo, me encontré con el pobre borrachín sentado encima de mi baúl, y con su hatillo, que había dejado a un lado de sus pies. Estaba tan tranquilo leyendo la Biblia, que había conseguido de mi patrona. Por lo demás, cuando entré, le pude sorprender con el libro al revés, lo cual ponía en evidencia que no estaba leyendo.
Recuerdo que, ante aquella sorpresa, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle:
—¿Llevas encima tus documentos, Yemelia?
Y a continuación me puse a calcular las mil contrariedades que el dichoso vagabundo iba a proporcionarme. Pensaba en el problema, y cada vez me parecía más improbable la solución. «Para empezar —me dije—, tendrá que cenar aquí... Y luego le tendré que dar todos los días de comer y de cenar, pero no deberá hacerse ilusiones: por las mañanas, comerá un trozo de pan con dos cebollas, y después otro pedazo de pan con más cebollas. Algún día podré darle un poco de sopa, pero sin ninguna seguridad. Lo peor será la bebida... ¡Tendrá que dejarla!»
No obstante, a continuación pasó algo por mi cabeza. Pensé en la posibilidad de que Yemelia se fuese de mi lado, y hube de reconocer que, con él, desaparecería la alegría de mi vida. Podrá parecer absurdo, pero la cuestión era ésta y no otra. ¿Qué podía hacer yo? Sin pretender que aquello fuese ninguna solución, de pronto me propuse ser el padre y el protector de aquel individuo. ¿Por qué? ¿A causa de qué me correspondía a mí adoptar aquella responsabilidad? Aunque me hubieran matado, no habría sabido responder de una forma coherente. «Le libraré del vicio —me dije— y haré que vaya perdiendo la afición que siente por la bebida. Si quiere seguir a mi lado, tendrá que acostumbrarse a trabajar, entre otras cosas porque, de lo contrario, no tendremos ni para beber agua.»
En aquella época yo tenía la firme convicción de que todo hombre debe servir para algo, de que debe tener un oficio u otro. A partir de entonces, comencé a observar a Yemelia en silencio.
Y un día le dije abiertamente:
—Yemelia, amigo mío, ¿no crees que deberías cuidar un poquito más de ti? ¿No ves que vas hecho un harapo? Cuando te miras a un espejo, ¿no te avergüenzas de ti mismo?
El me escuchó en silencio, con la cabeza baja, sin moverse del sitio donde se encontraba. Sólo al cabo de unos minutos fue capaz de decirme:
—¿Qué dice usted, señor?
Había llegado hasta tal extremo su alcoholismo, que era incapaz de pronunciar ni una sola palabra correctamente. Se le decía una cosa y contestaba a otra. A veces, me escuchaba durante largo rato, pero de pronto lanzaba un profundo suspiro, pareciendo que, en realidad, no me había oído.
—¿Por qué suspiras, Yemelia? —le pregunté en una de aquellas ocasiones.
—Por nada, Astafi Ivanovich —me respondió—. No tiene por qué preocuparse, se lo aseguro. ¿Sabe una cosa, Astafi Ivanovich? Hoy se han pegado dos viejas en plena calle. La una le había tirado a la otra, inadvertidamente, una cesta de setas.
—¿Y qué tiene eso de particular?
—Entonces la otra vieja derribó a la primera, a la vez que tiraba su cesta, llena de cerezas, que pisoteó a lo largo de toda la calle.
—¿Y qué más ocurrió, Yemelia Ilich?
—Nada más, señor. Yo sólo vi eso.
—¿Sabes lo que te digo, Yemelia?
—No, señor.
—Pues creo que tienes trastornado el juicio.
—¿Por qué, señor?
—Porque sí...
—Le contaré otra cosa... A un caballero se le habían perdido unos cuantos billetes de Banco en la calle. Un individuo los vio y dijo: «Yo los he encontrado.» Pero otro, que también había visto la escena, replicó: «¡Yo los he visto antes que tú!» Y comenzaron a discutir, hasta que llegó un guardia, que se incautó del dinero y se lo devolvió al señor que lo había perdido, amenazando a los otros con llevarles a la comisaría.
—Bueno, ¿y qué más? ¿Qué es lo que encuentras de interesante en todo eso, Yemelia?
—¡Ah nada! A mí no me parece interesante. Si me sorprendió la escena, es porque la gente se reía.
—¡Ay, Yemelia! ¡Ahora resulta que has vendido tu alma por una simple moneda de cobre! ¿Sabes lo que te digo?
—No lo sé, Astafi Ivanovich...
—Que tienes que buscarte algún trabajo. Te lo he dicho ya cien veces, pero tú no pareces entenderlo. ¡Búscate una ocupación, aunque sólo sea en consideración a mí!
—¿Y cómo voy a buscar esa ocupación, Astafi Ivanovich, si no sé cuál es la que debo aceptar? Lo cierto es que nadie quiere admitirme, nadie quiere darme trabajo..»
—¿Y puede saberse por qué dejaste el trabajo de la oficina? ¡Anda, dímelo, borrachín!
—A Vlasia el camarero le han llamado hoy a la comisaría —me respondió.
—¿Y por qué?
—Eso es lo que no sé, Astafi Ivanovich, pero, según parece, se trata de algo pasado...
Todo aquello me hizo pensar: «No cabe duda de que no hay remedio. Estamos perdidos los dos. Y Dios acabará castigándonos por nuestros pecados.» Sin embargo, ¿qué podía hacer con un hombre así? ¡En el fondo era un individuo muy inteligente! Sabía muy bien lo que decía. Por lo demás, cuando una conversación le resultaba aburrida, o se barruntaba que yo le iba a decir algo que no le convenía, entonces cogía la capa, y sin decir absolutamente nada, se marchaba... Pasaba el día dando vueltas por las calles, para volver por ia noche completamente beodo... ¿Quién le daba el dinero para beber? Esto era algo que yo, en mi inocencia, ignoraba por completo.
—El día menos pensado dejará de regir tu cabeza correctamente; ya lo verás... —le decía yo—. ¿No crees que ya has bebido bastante en esta vida? Te advierto que de ahora en adelante, si vuelves borracho por las noches, dormirás en la escalera, porque... ¡no te abriré la puerta!
Después de que hube proferido aquella amenaza, Yemelia estuvo aún dos días en casa, pero al tercero desapareció. Le esperé y le esperé, pero no aparecía. Entonces comencé a sentir una profunda lástima por él. «¿Adonde habrá ido a parar?», me decía. Anocheció, pasaron horas y más horas, y no llegaba... Me fui a dormir, y a la mañana siguiente, ¿qué es lo que veo al salir a la escalera? ¡Pues al bueno de Yemelia! Al parecer, había pasado allí la noche. Tenía la cabeza en un peldaño y estaba tendido cuan largo era, completamente entumecido de frío.
—¿Qué haces aquí, Yemelia? —le pregunté—. ¿No te das cuenta de que esto es lo último?
—Es lo que me dijo usted, Astafi Ivanovich, ¿no lo recuerda? Me dijo que, si venía bebido, debería dormir en la escalera. Por eso no me atreví a llamar a la puerta... y me eché a dormir aquí.
—¡Ah, Yemelia! ¡Si quisieras hacer otra cosa que limpiar la casa con tus andrajos! —le dije, sintiendo al mismo tiempo rabia y compasión.
—¿Y qué podría hacer, Astafi Ivanovich?
—¡Si fueras capaz de aprender el oficio de sastre! —le dije al final—. Al menos así, podrías remendarte tú mismo los andrajos que llevas... ¡Anda, entra en easa, calamidad de los demonios!
¡Bien! ¿Y qué se dirá que hizo el borrachín a continuación? Pues cogió una aguja y se puso a enhebrarla... Yo le había hablado con cierta vehemencia, pero él estaba dispuesto a corregirse, según parecía. Le contemplé detenidamente y pude apreciar que tenía los ojos inflamados y que le temblaban las manos. No atinaba a meter el hilo por la aguja, pero él insistía. Lo humedecía con la lengua una y otra vez... hasta que por último desistió de su empeño y se me quedó mirando.
—Está bien, Yemelia. ¿Quieres hacerme un favor? Dios sea contigo y te perdone todos tus pecados! Puedes quedarte en casa, si quieres, pero no vuelvas a hacerme una cosa así... Me refiero a tu decisión de pasar la noche en la escalera, ¿comprendes?
—¿Y qué voy a hacer, Astafi Ivanovich? Demasiado sé que siempre estoy borracho y que no sirvo para nada. Tan sólo usted, que es mi bienhechor, se interesa por mí, así es que...
Y de pronto comenzaron a temblarle los labios, medio helados. Por sus pálidas mejillas rodaron unas lágrimas. En cuanto la primera de aquellas cuatro lágrimas hubo llegado a su mal cuidada barba, brotó súbitamente de sus ojos todo un raudal de llanto... ¡Creí que se me iba a partir el corazón! «¡Vaya, qué sensible te has vuelto de pronto! —hube de decirme—. ¡Nunca lo hubiera sospechado!»
Decidí, por lo tanto, dejar que Yemelia Ilich hiciera lo que le viniese en gana, aun a sabiendas de que llegaría a convertirse en una auténtica piltrafa.

Sin embargo —prosiguió Astafi Ivanovich—, la historia estaba destinada a continuar, aunque lo que sigue sea tan huero e insignificante, que quizá no merezca el tiempo que haya de emplearse en hacer su correspondiente referencia. Es muy posible que no se pudiera encontrar quien diera dos copecs por todo ello; sin embargo, yo habría dado mucho dinero, de haberlo tenido, para que no sucediera nada de lo ocurrido.
La cuestión es que yo tenía unos magníficos pantalones de montar, a rayas azules, que me había encargado hacer un propietario, el cual opinaba que se los había confeccionado demasiado estrechos, siendo ésta la causa de que me los hubiese dejado allí. «Está bien —me dije—, no hay por qué preocuparse; se trata de una prenda de calidad, y en el rastro siempre podré sacar de ella por lo menos cinco rublos. En caso contrario, confeccionaré con su tela unos pantalones normales, y siempre es posible que me quede aún para hacerme un elegante chaleco. A fin de cuentas, a un hombre modesto como yo, todo le cae bien.»
A todo esto, Yemelia atravesaba un negro período, pues llevaba ya varios días sin beber, posiblemente porque no encontraba quien le invitara. No podía llevarse a los labios ni una mala gota de vodka. Su actitud era la misma que podría adoptar un apaleado que se llevara las manos a su dolorida cabeza, inspirando la natural lástima. Por mi parte pensaba que, a juzgar por aquello, era muy posible que Yemelia se reformase de su vicio a fuerza de no tener dinero.
Estaban las cosas así, cuando llegaron las fiestas mayores. Un día fui a la misa de noche, pero cuando volví a casa, ¿con qué me encontré? Pues con que el bueno de Yemelia estaba borracho, sentado en el alféizar de la ventana y columpiándose sobre el vacío. «¡Ya estamos otra vez!», fue lo primero que pensé. Sin saber por qué, fui hacia el baúl, y... ¿qué vi? ¡Que los pantalones de montar a rayas habían desaparecido! Lo revolví todo, buscando la prenda, pero fue inútil. Las primeras sospechas fueron para la patrona, a la que acusé despiadada e injustamente, pues ni siquiera se me ocurrió pensar en Yemelia como en el presunto ladrón, ya que había pasado las últimas horas completamente borracho fuera de casa.
—¡Por Dios, señor Ivanovich! —me dijo la pobre mujer—. ¿Qué cree que iba a hacer yo con ésos calzones? ¿Acaso ponérmelos? Además, debo comunicarle que a mí también me ha desaparecido una chaqueta, así es que...
—Entonces, ¿quién estuvo aquí? —le pregunté.
—¿Aquí? ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! Yo no me he movido de casa en todo el día. Quien ha estado aquí ha sido Yemelia Ilich, que luego salió y volvió a entrar... ¿No le ha visto en la ventana? ¿Por qué no le pregunta a él?
—Yemelia —le pregunté—, ¿has visto por casualidad los pantalones a rayas que yo había hecho para aquel caballero? Ya sabes a cuáles me refiero, a los calzones de montar, que se habían quedado algo estrechos…»
—¿Y cómo iba a verlos yo, Astafi Ivanovich? —me contestó—. Le aseguro que..., que yo no he cogido esa prenda para nada en absoluto.
Me puse de nuevo a buscar, pero... todo fue inútil. Yemelia, mientras tanto, seguía en la ventana. Yo me senté en el baúl y me quedé mirándole de reojo, hasta que, de pronto, una idea me asaltó el cerebro. Fue como si me ardiera el corazón en el pecho. La sangre amenazó con subírseme a la cabeza.
—Yo no he cogido esos pantalones —dijo Yemelia apresuradamente, mientras fijaba su mirada en mí—. Es posible que usted pueda imaginarse las cosas más peregrinas, pero le juro que yo no he cogido nada.
—¿Dónde están, pues, esos pantalones, Yemelia?
—¿Y cómo iba a saberlo yo, si ni siquiera los he visto? —replicó el borrachín, con la mayor naturalidad del mundo.
—En tal caso, Yemelia, ¿quieres que crea que esos pantalones se han marchado por sí solos del baúl?
—Quizá haya sido así, Astafi Ivanovich... Lo único que puedo asegurarle es que yo no sé absolutamente nada de este asunto, ¿comprende?
Me levanté y me acerqué hasta donde se encontraba él. Encendí la luz y me puse a trabajar al lado de la ventana, tal como era mi costumbre. Le estaba volviendo el chaleco a uno de los inquilinos de la casa, que vivía en el piso de arriba. Sin embargo, seguía intranquilo. En cierto modo, creo que, si se me hubiera quemado toda la ropa en la estufa, no lo habría sentido tanto.
A Yemelia no le pasó desapercibida, por supuesto, la indignación que a mí me recomía. La verdad es que, cuando un hombre comete algo malo, es capaz de predecir cualquier clase de desgracia, del mismo modo que los pájaros barruntan las tormentas.
—A propósito, Astafi Ivanovich —comenzó a decirme Yemelia Ilich, con voz temblorosa—, ¿no se ha enterado de que hoy se casa Antip Prokorich, el mariscal, con la viuda del cochero que murió hace muy poco?
Le respondí con una mirada cargada de intención que él entendió de maravilla. ¿Y qué ocurrió entonces? De pronto, Yemelia se levantó, se dirigió a la cama y comenzó a revolver las ropas. Yo preferí no moverme y observar. Entretanto, él siguió buscando y buscando, sin dejar de murmurar:
—¡Aquí no hay nada! ¡Absolutamente nada! ¡Es inútil buscar! ¿Dónde estarán esos endemoniados pantalones? Es incomprensible, porque la tierra no se los ha podido tragar...
Yo continuaba a la expectativa de lo que pudiera ocurrir, porque aquello me parecía un tanto extraño... ¿Se trataba de una comedia? ¿O era que Yemelia tenía realmente la cabeza trastornada?
De repente, sucedió algo que no esperaba... Yemelia, en su búsqueda, se metió debajo de la cama. ¿Qué iría a hacer allí? Ante aquella nueva excentricidad, no pude contenerme:
—¿Qué haces, Yemelia Ilich? ¿Qué haces debajo de la cama? ¿Te has vuelto tonto?
—Estoy mirando, por si se hubieran caído aquí esos malditos pantalones...
—Pero... ¿qué dice, señor mío? —le contesté, sin darme cuenta de que había dejado de tutearle, llevado por mi indignación—. ¿Acaso cree usted que es digno el arrastrarse por los suelos para buscar unos pantalones?
—¡Ah, señor! Eso es lo de menos... La cuestión es que esos calzones tienen que estar en algún lado..., y que alguien los tiene que encontrar.
—¡Hum...! Escúchame bien, Yemelia Ilich...
—¿Qué?
—¿No será que me has robado, como si fueras un simple ladronzuelo, en señal de gratitud por haber compartido mi pan contigo?
Entonces él me dijo algo, pero todos sus esfuerzos estaban encaminados a enternecerme. De nuevo se arrastró de rodillas por el suelo.
—No, Astafi Ivanovich —dijo, después de un rato—. Se equivoca si piensa eso de mí.
Pero él siguió debajo de la cama, hasta que por último, pasados unos minutos, volvió a incorporarse, Me fijé en su rostro y vi que estaba más blanco que un pañuelo.
Yemelia Ilich se levantó, se fue hacia la ventana, se sentó, mientras yo trabajaba, y allí permaneció en aquella actitud por lo menos durante diez minutos, después de los cuales se incorporó y se dirigió hacia mí.
En su rostro pude sorprender el temor que se tiene cuando se es culpable de algo.
—Se equivoca, Astafi Ivanovich —dijo—. No crea que me he tomado la libertad de sustraerle esos pantalones...
Al pronunciar aquellas palabras, noté que le temblaba el cuerpo, así como la voz. Para conferir más fuerza a sus palabras, se tocaba el pecho con un dedo, de forma que yo mismo llegué a sentir una especie de angustia.
—Está bien, Yemelia Ilich —le dije—, como quieras. Si es como dices, tendrás que perdonarme por ser injusto contigo al sospechar de ti. Dejemos ya en paz esos pantalones... ¡Que estén donde sea! Al fin y al cabo, no nos son necesarios para vivir. Gracias a Dios, tengo salud y buenas manos para trabajar. No por ello me voy a desesperar, ni tampoco voy a ponerme a pedir limosna, ¿no te parece?
Yemelia Ilich continuó todavía un rato de pie.
Al parecer oía lo que le estaba diciendo, pero como si no lo asimilara mentalmente. Al final, sin embargo, pareció calmarse..., y volvió a sentarse en el suelo, replegado sobre sí mismo.
En aquella postura permaneció, sin moverse, mientras yo trabajaba. Cuando me marché a dormir él aún estaba allí. Y a la mañana siguiente..., todavía seguía en el mismo lugar, arrebujado en su capa, tal como lo había dejado la noche anterior. Sin duda se había sentido humillado y por eso no había querido acostarse en la cama.
Debo decir que para entonces, en cierto modo, yo había perdido el respeto a Yemelia Ilich. Tampoco sentía ya por él la misma inclinación afectuosa que antes, pudiéndose decir que le odiaba. Era como si un hijo mío me hubiese robado, dándome un horrible disgusto y haciéndome perder mi confianza en él.
Por lo demás, Yemelia entró en una etapa crítica de su vicio. Pasó más de dos semanas seguidas bebiendo. Estaba tan borracho que parecía haberse vuelto loco. Se iba de casa por la mañana y no regresaba hasta la noche. ¡Si al menos en aquellas dos semanas le hubiese oído yo una sola palabra! Pero nada... Era como si sólo le interesara suicidarse bebiendo.
Al final, cuando al parecer se quedó sin dinem, cesaron sus salidas y volvió a sentarse conmigo junto a la ventana. Un día, de pronto, comenzó a llorar. ¿Qué podía ocurrirle? Le miré y me di cuenta de que lloraba a raudales. Sus ojos parecían dos manantiales.
Siempre me ha dado una gran pena ver a un hombre llorar, y más si se trata de un hombre como Yemelia, quien estoy seguro de que lloraba compungido ante el enorme peso de su pobreza y de su dolor.
—¿Qué te sucede, Yemelia? —le pregunté.
Por primera vez desde hacía muchos días había vuelto a dirigirle la palabra, y entonces él pareció estremecerse.
—Por favor, Yemelia. ¿Por qué te empeñas en permanecer sentado ahí, como si fueras un buho?
—Es que..., es que quisiera buscar trabajo, Astafi Ivanovich.
—¿Y en qué clase de trabajo has pensado?
—En ninguno. Creo que cualquiera podría servirme. Podría colocarme donde antes... Ya estuve hablando con Fiodor Ivanovich y le supliqué que me readmitiera. Pienso que no es correcto que yo sea una carga para usted. En cuanto encuentre trabajo, prometo devolverle todo lo que le debo, e incluso pienso recompensarle por las inolvidables atenciones que ha tenido conmigo.
—¡Basta, Yemelia! Lo pasado ya pasado, ¿comprendes? ¡Que bucee en él la urraca! ¡No por eso se va a acabar la vida para nosotros!
—No estoy de acuerdo, Astafi Ivanovich, porque sé lo que está pensando... Yo no le quité aquellos pantalones.
—Está bien, te creo, Yemelia. ¿Quién dice lo contrario?
—No es eso, Astafi Ivanovich, porque la cuestión estriba en que, a mi juicio, no debo seguir aquí.
—¿Y por qué? ¿Te ha ofendido alguien? Dime, ¿quién te echa de esta casa? Al menos, yo no tengo tal intención...
—Ya lo sé... Pero eso no quita para que yo comprenda que no está bien que siga viviendo en su casa. En resumidas cuentas, creo que es mucho mejor que me vaya de aquí...
—¿Y adonde irás? Por favor, hombre, ten un poco de juicio... Piénsalo bien, ¿dónde vas a ir?
—Por favor, Astafi Ivanovich, no haga nada por retenerme... —dijo Yemelia, y volvió a llorar—. Me voy ahora mismo, de manera que no haga nada para retenerme... ¡Prométamelo! ¡Prometa que no me lo impedirá!
—¿Por qué, Yemelia? ¿Por qué?
—No lo sé, Astafi Ivanovich... De cualquier forma, usted tampoco es el mismo de antes.
—¿Cómo que no? Pero... ¿qué estás diciendo? Tú no eres el mismo... Lo que ocurre simplemente es que se te ha metido en la cabeza acabar contigo, te has convertido en tu peor enemigo, ¿no te das cuenta?
—No es eso, Astafi Ivanovich. Ahora, por ejemplo, usted se preocupa de cerrar el baúl. Yo veo todas esas cosas y me da mucha pena. Por eso lloro. Lo mejor que puedo hacer, y crea que lo he pensado bien, es marcharme y pedirle perdón por haberle sido tan... tan molesto.
¡Y se marchó! ¡Ya lo creo que se marchó! Yo no quería creerlo, pero a la mañana siguiente hube de convencerme de que lo había hecho de verdad. Le esperé durante todo el día, pensando que regresaría por la noche, pero me equivocaba. No regresó en todo aquel día, ni al siguiente, ni tampoco al tercero... Comencé a inquietarme y perdí las ganas de comer tanto como las de dormir. No hacía más que darle vueltas a mi cabeza. Con su decisión, el bueno de Yemelia Ilich había conseguido intranquilizarme y desordenar todo mi sistema de vida.
Al cuarto día me llegué hasta la taberna que Yemelia solía frecuentar. Pregunté a todos por él, pero nadie sabía dónde podía estar. ¡Había desaparecido! «Habrá perdido el juicio y lo más probable es que esté tirado por algún rincón», me dije.
Cuando regresé a casa, estaba más muerto que vivo. Al día siguiente salí de nuevo a buscarlo, al mismo tiempo que me reprochaba a mí mismo la irresponsabilidad de haber dejado hacer su santa voluntad a un hombre en las condiciones de Yemelia. Por fin, al quinto día, que era festivo, cuando apenas había amanecido, oí que llamaban a la puerta. Salí a abrir..., y me encontré con Yemelia. ¡Allí estaba! ¡Y qué aspecto traía, Dios mío! Tenía el rostro completamente amoratado, los cabellos horriblemente sucios, y todo en él evidenciaba que aquellos días había dormido en el arroyo, además de que estaba más delgado que una cerilla.
Yemelia Ilich se quitó la capa y se sentó frente a mí, en el baúl. Se me quedó mirando fijamente. Aunque seguía teniendo mis prevenciones contra él, cuando se ve a un ser humano en semejante estado, es casi imposible no sentir un poco de compasión. Me acerqué a él y le pasé la mano por la espalda, con la intención de consolarlo.
—Yemelia —le dije—, alégrate..., puesto que te encuentras de nuevo en casa. Ayer estuve buscándote y hoy me proponía hacer lo mismo por todas las tabernas los figones de la ciudad. Dime, ¿has comido?
—Sí...
—No te creo... Anda, ven a la mesa. ¿Sabes? Puedo darte una sopa de coles y algo de carne que quedó de anoche. También hay cebollas y pan... Anda, ven y come algo, para que recuperes fuerzas.
Le di todo aquello que le había prometido, y por el apetito con que lo devoró, pude deducir que llevaba tres días por lo menos sin probar bocado... ¡Había que ver el hambre que tenía el pobre Yemelia!
—¡No sabes cómo me alegro de volverte a ver, amigo mío!... Ahora te traeré una botella de aguardiente, y así podrás olvidar tus penas. Nos haremos a la idea de que entre nosotros no ha pasado nada, ¿te parece bien? Te prometo que no te guardaré ninguna clase de resentimiento, Yemelia...
Le dejé solo para ir a buscar el aguardiente, que puse sobre la mesa, frente a él. Después me senté a su lado, y dije:
—¿Qué te parece si brindamos por la fiesta de hoy? ¡A tu salud, Yemelia!
Recuerdo que él tendió con avidez su mano, y ya iba a coger el vaso, cuando le vi vacilar. ¿Qué significaba aquello? Al final, sin embargo, asió el vaso y se lo llevó a la boca. Le temblaba tanto la mano, que se le vertía el licor... Y de pronto, para colmo de mi sorpresa, vi que dejaba el vaso en su sitio, sin probarlo siquiera.
—¿Qué te ocurre, Yemelia?
—Nada, Astafi Ivanovich. Es que yo...
—¡Cómo! ¿Ya no bebes?
—No, Astafi Ivanovich. Me he hecho el propósito de no beber nunca más...
—¿Qué quiere decir eso, Yemelia? ¿Has dejado para siempre la bebida o se trata simplemente de una actitud circunstancial?
Yemelia no respondió. Se había quedado en silencio, y al cabo de un rato apoyó la cabeza en sus dos manos.
—¿No será que estás enfermo, Yemelia?
—Así es, Astafi Ivanovich. Me siento mal, realmente mal... No sé qué me ocurre.
Me apresuré a llevarlo a la cama. Y allí comprobé que le ardía la frente. La fiebre hacía que le temblara todo el cuerpo. Durante todo el día estuve a su lado, en la cabecera del lecho. Por la noche se agravó su estado y le di una sopa de manteca y cebolla.
—Tómate esta sopa y verás como te alivia —le dije.
—No... Será mejor que hoy no tome nada —me respondió con la cabeza temblorosa.
La patrona se había preocupado también por él. Le preparó té, pero todo era inútil. El enfermo no se aliviaba ni reaccionaba con nada. A la mañana del segundo día fui en busca de un médico bastante conocido, cuyo nombre era Kostopravov. Yo le conocía con anterioridad a aquel día: cuando estaba con los señores de Bosomiaguin, lo habían llamado en cierta ocasión para que me viese, puesto que no me encontraba bien.
El médico, en cuanto vio a Yemelia, dijo;
—Lo cierto es que no hay nada que hacer... No merecía la pena que me llamaran. De todos modos, siempre se le pueden dar unos polvos.
Creí que el doctor no hablaba seriamente. En esta situación, llegamos al quinto día... Aún recuerdo a Yemelia. Estaba en la cama, frente a mí, mientras yo permanecía junto a la ventana con mi trabajo. La patrona se afanaba por encender la estafa. Ninguno de los tres hablábamos. Yo tenía el corazón destrozado, como si quien estaba agonizando fuese mi hijo preferido.
A la mañana siguiente noté que Yemelia hacía esfuerzos por decirme algo, pero por lo que fuese o no se atrevía o le resultaba imposible. En sus ojos se podía observar una profunda tristeza.
Aún recuerdo, como si fuese ahora, que al mirarte yo, él retiró la vista hacia otra parte, como si sintiera una especie de vergüenza.
—¡Astafi Ivanovich! —exclamó de pronto.
—¿Qué quieres?
—Estaba pensando una cosa... Si vendiéramos mi capa en el rastro, ¿cuánto podríamos sacar de ella?
—¿Cuánto nos darían por tu capa? No lo sé. Tal vez tres rublos...
Aunque le dije aquello, yo sabía que se me habrían reído si hubiera ido a vender un pingajo así al rastro. Mi intención era tranquilizarlo, antes que cualquier otra cosa, pues conocía la extremada sensibilidad de Yemelia.
—Es lo que yo creo también —me respondió, después de unos segundos—. Al fin y al cabo, el paño es bueno, y tres rublos no es mucho dinero...
Tras decir esto, el enfermo permaneció un buen rato en silencio, hasta que volvió a exclamar:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué?
—¿Quiere hacerme un favor?
—Dime lo que sea, Yemelia.
—Tal vez sea demasiada molestia...
—¿Demasiada molestia? ¿Por qué? En todo caso, dime de qué se trata.
—Desearía que vendiese usted mi capa cuando yo me muera... Que no me entierren con ella.
—¿Por qué?
—Después de muerto, la capa no me servirá ya de nada, y en cambio, como usted mismo ha reconocido, es una prenda de la que se puede sacar algún provecho..., aunque éste se limite a tres rublos.
Aquellas palabras me impresionaron de tal manera que no acerté a decir nada. Lo único que me parecía estar claro era que la muerte había comenzado a llamar en el corazón de Yemelia Ilich.
Acto seguido, se hizo de nuevo el silencio entre nosotros. Yo miraba de soslayo a Yemelia, mientras que él, a su vez, no dejaba de mirarme. Sin embargo, en cuanto nuestras miradas se cruzaban, él apartaba la suya.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunté de pronto.
—Sí, démela... Le di de beber y pude comprobar que sorbía el agua con verdadera ansia.
—Muchas gracias, Astafi Ivanovich... —me dijo—. Se lo agradezco de verdad.
—Dime, Yemelia, ¿quieres alguna otra cosa?
—No...
—¿De verdad no necesitas nada?
—No, Astafi Ivanovich. Lo único que me gustaría... Lo que desearía...
—¿Qué, Yemelia?
—Eso...
—¿Qué es?
—Lo que le he dicho antes...
—¿A qué te refieres?
—Es que..., es que... ¡Aquellos pantalones! ¿Se acuerda, Astafi Ivanovich? Pues bien, fui yo quien se los robó, a pesar de que le dije que no...
He de confesar que aquello que para él era una revelación, a mí no me causaba ninguna sorpresa. «Estoy seguro de que Dios lo perdonará», me dije, mirando a Yemelia Ilich.
No obstante, las palabras del moribundo hicieron que se me cortara el aliento. Un gran peso se instaló encima de mi corazón y las lágrimas comenzaron a correr a raudales por mis mejillas. No podía evitarlo. No quería llorar, por no impresionar a Yemelia, pero me resultaba imposible dominar la emoción. Al final, decidí que lo mejor sería apartarme del lecho. Y así lo hice. Pero de pronto requirió mi atención el enfermo, pues me llamó:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué? —le contesté, al mismo tiempo que me volvía hacia la cama.
Yemelia quería decirme algo. Esto resultaba más que evidente por el empeño que ponía en incorporarse. Se hubiera dicho que estaba empleando las fuerzas que en realidad nunca tuvo.
Por último consiguió incorporarse ligeramente, tras lo cual comenzó a mover los labios. Estaba claro: quería decirme algo. Pero ¿qué podía ser?
—¿Quieres decirme algo, Yemelia?
El moribundo hizo un gesto de asentimiento y siguió moviendo los labios. De repente su rostro enrojeció en grado sumo, y me miró fijamente... Luego comenzó a palidecer, echó hacia atrás la cabeza, lanzó un profundo suspiro, y a continuación entregó su alma a Dios...

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¡Salvemos al idioma!

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi tía Eugenesia ha querido apantallarme con una frase que, según ella, se llama traba o destraba quién sabe qué, resultando una madre sin pies ni cabeza, tanto más difícil cuanto más rápido se la diga. Es la siguiente:

Tres
tristes
tigres
tragan
trigo en
tres
trigales.

Por supuesto, acelero y me equivoco al llegar a tigres. Creo que así me pasa no por el traba-destraba, sino por lo absurdo. ¿Por qué deben ser tigres? Huelen feo, son feroces, comen carne cruda. ¿Y por qué tres? ¿Y por qué tristes? Yo prefiero cuatro alegres gatitos y que la frase quede así:

Cuatro
alegres
gatitos
juegan pelota
en el jardín.

El idioma sale ganando con una frase que reúne dos virtudes: es bonita y lógica. Sí, lógica, pues ¿dónde se ha visto a tigres tragando trigo? Por lo demás, goza de la ventaja de decirse sin dificultad, no como la otra, que parece hecha a propósito para equivocar, cosas de tía Eutanasia, que la trajo para apantallar. Naturalmente, si usted lo prefiere, puede tratarse de cachorritos o conejitos, que son tan simpáticos, cinco o seis, o bien siete ositos, ocho pajaritos. Y claro, también tigritos, pero bien bañados y que sean vegetarianos. O cinco lobitos. ¿Cinco lobitos...? Me recuerda algo. En fin, depende de sus gustos.

Todo sea por el bien del idioma, somos responsables del que mañana hablarán nuestros hijos.

¡Salvemos al idioma!

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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De lo que se entiende por arte


Jaime Bergamin Leighton (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una primera entrega siempre significa un reto, no solo porque en las siguientes, cuando las hay, no se debe emplear el mismo esfuerzo si no más, pero ya con un camino iniciado y el primer paso dado, además de una continuidad regular para que la coherencia no se extravíe.

Existen muchas definiciones de arte, ARTE, con mayúsculas si se quiere, y, en este caso, serán las artes plásticas las protagonistas de estos artículos.

Los griegos asignaron nueve musas para otras tantas expresiones de lo que ellos consideraron arte. Clío para la historia, Euterpe para la música, Talía (sin hache), para la comedia, Melpómene, para la tragedia, Terpsícore, para la danza, Erato era la musa de la elegía, la amable, Polimnia amparaba a la poesía lírica y a los aedas que la cantaban, y, finalmente Urania, la celestial, ocupándose de la astronomía (La poetisa Safo de Lesbos fue recompensada con el cumplido de ser llamada la décima Musa por Platón. Un guiño d'altri tempi a una tendencia más vigente que nunca).

Eran las encargadas de mediar entre lo divino y los seres humanos, dando el conocimiento de lo eterno asignándoseles la inspiración artística.

Llama la atención que, habiendo musas particulares para la comedia y la tragedia, una para la historia y otra solo para la poesía lírica, es decir, dos musas para lo que hoy conocemos genéricamente como teatro, no haya una musa para la pintura, la escultura, la arquitectura. Curioso en un mundo dominado por la belleza, que alcanzó la cima del equilibrio estético y la armonía sentando patrones universales que perduran hasta hoy.

Si nos remontamos al arte neolítico, en los albores de la prehistoria, nos sorprendemos (ver imagen 1) con la calidad de los motivos representados, su fidelidad al modelo y el esfuerzo técnico desplegado en su ejecución. Lascaux y Altamira son los más conocidos. Obras casi perfectas… si no fuera porque sus autores nunca pensaron en hacer arte, mucho menos en procurarse un placer estético (aunque sí trascendente al perfilar sus manos como firma). Simplemente dichas representaciones respondían a la necesidad cotidiana y doméstica de alimentarse, y lo conseguían mediante el rito mágico de la reproducción fidedigna del animal deseado en las paredes de las cavernas o en los telones de grandes rocas protegidas de los elementos. Mientras más fiel era la representación del animal deseado, más probabilidades tenían de capturarlo.

Para los egipcios, el arte estaba subordinado al rito, al concepto mágico del Ka, el alma destinada a una vida después de la vida para la que se preparaban durante toda su estancia terrenal. Aun así, rígidas leyes regían las representaciones que, de la vida cotidiana, en todos los estamentos de la sociedad, hicieron del "arte" egipcio, un algo mágico que ha fascinado al ser humano desde la misma antigüedad hasta ahora. Pero ese era el que podríamos llamar arte oficial. (ver imagen 2)

Y fue ese Ka, el que llevó al arte egipcio (sin comillas), a las máximas alturas de eso que hace que los sentidos transporten al espectador hasta los orígenes de la emoción. Otra vez, la necesidad de representar lo más fielmente al individuo que debía presentarse a los dioses en el Más Allá de la mejor manera posible, llevó a contar con un gran número de artesanos (¡!) que, desde el anonimato de una labor realizada "rutinariamente", como medio de ganarse la vida, alcanzaron, sin saberlo, lo que hoy consideramos el summum del realismo. Ejemplo sublime: el Escriba Sentado de Sakkara.

En Mari nació el retrato. Frase hecha pero certera. Ese reino, del que se sabía muy poco, se remonta al quinto milenio A.C. Uno de los primeros descubrimientos fue una sencilla estatua con un hombre de gesto recogido donde, a pesar de la mutilación, recibía a los asombrados arqueólogos con una amable sonrisa: Yo soy Lamgi Mari, rey de Mari. Innumerables estatuas con expresivos ojos de azul lapislázuli hablan del culto de este pueblo semita y su entrega a los dioses… retratos que tienen su equivalencia en las antípodas, en la lejana Rapa Nui, El ombligo del mundo, donde los inescrutables moais adquieren su verdadera expresión cuando se les reponen esos ojos de coral y conchas marinas con los que contemplan hieráticas el horizonte buscando esa Polinesia de donde vinieran sus creadores. Curiosa (?) simetría. (ver imágenes 3 y 4).

Algo queda claro: el hombre crea sus dioses a su imagen y semejanza y, cuando les rinde culto, ofrenda a sus propias experiencias, a sus conocimientos y a la estética y requerimientos que le ofrece y le impone la naturaleza que lo rodea. Solo puede creer en lo que conoce, aunque se invente misterios.

Algo más: citando a alguien que nunca existió podemos decir que…con Dios debemos tener la máxima prudencia, puesto que es Él quien determina el poderoso atractivo de lo más bajo de la naturaleza humana. (ver imagen 5).

Poeta, no cantes a la lluvia ¡Haz llover! El artista, como un pequeño dios, lleva en sí el germen de la creación y ésta conlleva, como valor agregado, también lo peor de la naturaleza. Ello nos permite admirar a Bacon, a Dix, Picasso y sus Guernicas, Schiele y unos cuantos más).

Sigue en pié la pregunta: ¿Qué es arte? Intencionadamente no he querido apelar a las innumerables definiciones, más o menos acertadas, que están a disposición de cualquiera que desee tomarse el escaso trabajo que se requiere para conseguirlas. La accesibilidad a todo tipo de información que en la actualidad se le ofrece a cualquier hijo de vecino, en esta contemporaneidad tecnológica e informática, obliga a una cierta humildad de modo que los temas tratados apelen más a una continuidad de la búsqueda por cuenta propia que a dar una doctísima e inapelable clase magistral que "agote el tema".

Cabe hacer la salvedad de que, esa misma democratización de la información provoca que la red esté plagada de errores, involuntarios unos, y otros no tanto. ¡Menos mal! Así no se pierde del todo ese diálogo imprescindible en un cara a cara que, al menos por ahora, hace la diferencia entre un humano y un robot. (Quien escribe ha encontrado obras de Modigliani atribuidas a Matisse…)

Una nota final: En el arte, como en el vino, el mejor es aquel que más te gusta. Así de simple.

Jaime Bergamin Leighton es chileno reside en Venezuela.


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Pantallas sangrientas

Marité Valenzuela (Desde Costa Rica, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En muchos editoriales, artículos y libros se apunta lo dañino que es el castigo corporal y psicológico dentro del núcleo familiar, que destruye la autoestima, afecta al que lo aplica produciendo culpa y ansiedad y proyecta violencia a toda la comunidad, ¿por qué ha crecido la violencia?, como parece muy real que ha crecido, pues por muchas razones.

Una posible razón es que nuestra actual cultura está signada por la pantalla chica, o sea, por la TV. Siempre ha habido violencia aún cuando no existían las pantallas, pero se ha dicho mucho, y muy interesante, sobre violencia vrs pantallas, incluyendo juegos electrónicos, vídeos, cine y hasta el teléfono móvil, y no es para menos. Un ejemplo: en un programa de dibujitos de lo más popular entre televidentes jóvenes y niños: “Billy y Mandy”, la Maestra Srita Ponzoña, dice que castigará la indisciplina con “una enorme dosis de perturbación y angustia”, Billy se muestra indisciplinado y Mandy, que es muuuy mala, le dice a Ponzoña que no es lo suficientemente cruel, que debe humillarlo delante de los compañeros exhibiéndolo en calzoncillos, luego le dice que transforme dos libros en manos del niño malcriado en pesados ladrillos, que aparezca payasos que se burlen de él y por fin que debe de poner arañas recorriendo su cara, la fábula está plagada de personajes sórdidos, entre ellos Huesitos que es un esqueleto y que representa por supuesto a La Muerte. Las fábulas japonesas son violentitas o muy violentas, han puesto de moda el tema de que es posible volver de la muerte, entonces matar y morir, se relativizan, se rompen límites que en cierta forma eran enseñados antes precisamente con fábulas y parábolas, con un mensaje y un propósito formativo. Hoy día, de Bo Esponja a La Momia se envía un contramensaje y un despropósito más bien tirando a deformativo, y casi siempre usando la violencia.

Es un circo bien orquestado lo que se le presenta a la población para que se “entretenga”, con honrosas excepciones. Priman chinamos chatarra, comida chatarra, cantar y bailar por sueños hipnóticos, etanol para el cerebro, (amén de otras drogas), superficialidad institucionalizada, aborregamiento sistemático, todo tipo de fanatismos sectarios y mucha gente se deja llevar. Los que no se conforman y consideran que hay que aplicar alternativas para construir la solidaridad y los valores profundos del Ser Humano apenas se escuchan, decía un escritor que “estar sano en una sociedad neurótica equivale a pasar por loco”, parecido a lo que le pasó a Jesús. Sólo un gran despertar de la conciencia colectiva podría hacer la diferencia, y llevarnos a una sociedad donde reine la cordura. Este pueblo históricamente ha sido capaz de dar sorpresas, el tiempo lo dirá.

Aporto una cita de Pier Paolo Pasolini tomada del libro “Filosofías del Underground” de Luis Racionero, 1977: "Hay una ideología real e inconsciente que unifica a todos, y es la ideología del consumo. Uno toma una posición ideológica fascista, otro adopta una posición ideológica antifascista, pero ambos, antes de sus ideologías, tienen un terreno común que es la ideología del consumismo. El consumismo es lo que considero el verdadero y nuevo fascismo, el gran mal del hombre no estriba ni en la pobreza ni en la explotación, sino en la pérdida de la singularidad humana bajo el imperio del consumismo. Bajo el fascismo se podía ir a la cárcel. Pero hoy, hasta eso es estéril. El fascismo basaba su poder en la Iglesia y el Ejército, que no son nada comparados con la televisión”.

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Algo de música: La "música disco"


ARGENPRESS

Entre mediados de los 70 y mediados de la década del 80 del pasado siglo, luego del paso imperecedero de The Beatles y del movimiento rock ligado al hippismo y las propuestas pacifistas (con Jimy Hendrix como su máximo exponente), la industria de la música comercial inundó los mercados con una nueva tendencia. Surgida no tanto como propuesta estética sino, ante todo, como iniciativa empresarial, la llamada "música disco" se entronizó en buena parte del planeta. El imperialismo cultural marcado por los países anglosajones (Estados Unidos y Gran Bretaña) se expandió por todo el mundo, marcando época. Por supuesto, el idioma dominante fue el inglés.

En realidad lo que dio en llamarse "música disco" es un género bailable, de muy fácil estructura en términos musicales, con melodías sencillas y pegadizas, con ritmos binarios bien marcados fáciles de repetir, en la que se mezclan diversos elementos de géneros anteriores como el funk y el soul, con ciertos toques latinos, y que se popularizó especialmente en las discotecas (de ahí su nombre), repetidas a lo largo y ancho del mundo con los patrones dominantes dictados desde algunas capitales del Norte. Bailar en una discoteca era sinónimo de bailar al ritmo de alguna música en inglés, pegadiza y entradora.

Toda una pléyade de solistas y bandas se popularizaron con este movimiento, más comercial que musical. Destacan, entre otros, Donna Summer, The Jackson 5, Diana Ross, Gloria Gaynor, Barry White, The Bee Gees, KC and The Sunshine Band, Village People, ABBA. Películas como "Fiebre de sábado noche" y "¡Por fin es Viernes!", contribuyeron a la difusión masiva de la música disco entre el público juvenil de buena parte del planeta.

Para muestra de todo ello, aquí ofrecemos una pequeña selección con tres piezas: la hiper conocida –cantada y bailada hasta el cansancio– "Chiquitita" (versión en español) del conjunto sueco ABBA, una pieza de Diana Ross y Lionel Richie: "My Endless Love", y algo de Village people (YMCA).







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Estadísticas del cuerpo humano


Anónimo
(Remitido por nuestro amigo Liberto, desde Artevigo, Canarias)


Los alimentos tardan 7 segundos en ir de su boca al estomago.

Un pelo humano puede soportar el peso de 3 kg.

El pene de un hombre medio tiene tres veces el tamaño de su dedo pulgar.

El hueso de la cadera es más sólido que el cemento.

El corazón de una mujer late más rápido que el de un hombre.

Hay alrededor de mil millares de bacterias en cada uno de sus pies.

Las mujeres parpadean dos veces más a menudo que los hombres.

La piel de un humano pesa 2 veces más que su cerebro.

Su cuerpo utiliza 300 músculos solo para mantenerse en equilibrio estando de pie.

Si su saliva no puede disolver algún alimento, no lo puede saborear.

Las mujeres ya han terminado de leer este mensaje…

Los hombres siguen midiéndose el dedo pulgar.

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Ramona, la de Pando

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-¡Negra de mierda! ¡Vas a decir lo que yo te digo que digas!

-¡No! Lo que usted quiere es mentira, al Luí, al Mole y a todos esos los llevaron a las rastras y los fusilaron.

- ¿A si? ¿Y quién te va a creer?

- Es a usted que no le van a creer y a todos los de Pando que dicen que van a salvar al país y solamente están queriendo salvar sus privilegios matando gentes, matando hermanos, matan….

Un latigazo cruzó su cara y no terminó la palabra que intentaba pronunciar.

Cayó al suelo Ramona, arrastrando la silla que, a su vez, cayó sobre ella dado que una de sus manos estaba atada al respaldo de esta.

_¡Mentira, negra sucia y eso no te lo voy a permitir- bramó la sargento policía Candelaria Moraguez , pateándola, al mismo tiempo a ella y a la silla que le apretaba medio cuerpo.

Se abrió una puerta colándose una música típica de los informativos catástrofe de radio o televisión.

–¡Pare Candelaria ¡ A esta la necesitamos viva.¡ Ya va a aflojar con sus guachitos!

La sargento Candelaria Moraguez, del distrito 3ro de Pando y provisoria al mando dado que el comisario estaba en el distrito oeste verificando el tendal de cuerpos flotando en el río, aflojó en seco el brazo levantado que sostenía un rebenque de cuero mugroso de tanto cebo humano desprendido en las declaraciones “ante mi que doy fe”

_¿Y porqué la contra orden?- preguntó con bronca, al tiempo que su brazo descendía en cámara lenta y el extremo del rebenque se replegó como una víbora muerta sobre el cuerpo de Ramona.

_¡ Venga y entérese usted misma, pués, de lo que le digo ahorita yo, - le contestó la voz que Ramona reconoció como la del policía que la sacó de la oficina del distrito donde se habían refugiado ella y los demás paisanos del MAS cuando iban hacia el aeropuerto y se les cruzaron los militares que empezaron a los tiros de metralla.

Pateándola, para hacerse paso, la sargento se dirigió a la puerta entreabierta.

Ahora se escuchaba la voz de una locutora o periodista.

“Los mas pobres de los mas pobres. Son los que dejaron de ser peones de Leopoldo Fernández pero la gente de Leopoldo Fernández campesinos comprados contra sus hermanos…..

De un portazo la puerta se cerró.

_Ni que me muelan palos, se dijo Ramona, pero casi instantáneamente su valiente resolución se transformó en paralizante pánico al preguntarse: ¿Qué quiso decir ese con los guachitos?

Pregunta inútil Ramona: guachitos son tus hijos, los llaman así porque para ellos, ni vos ni el padre existen.

Por eso son guachitos: huérfanos. Como vos y tu marido, son guachos aunque los padres vivan.

¿Vivan? Bueno, es un decir…Tus padres todavía están en La Candelaria, no los han echado porque nadie quiere vivir en esa tapera, fría en invierno, caliente en verano y húmeda o mojada siempre que llueve.

¿No te acuerdas Ramona que a tus 12 años ya estabas cansada y asustada de las lascivas miradas , cuando entonces tu abuela te dijo.

Vaya mijita que mis rezos la acompañarán.

Sí, y me fui nomás. Atrás dejé el monte, la estancia, el trabajo de esclava todo el día y hasta la noche si a los patrones se les ocurría si había que cuidar al gato siamés, ese que ganó concursos en exposiciones y que estaba medicado.

-¡Es tu responsabilidad si le pasa algo!¿Entendiste? ¿Me has oído negra sucia?

Eso se lo decía la Olga, que era la mucama principal, porque de la señora o la niña no podía decirlo dado que ni la miraban, no existía y basta. Para ellas era invisible.

Y, atrás quedó todo eso.

Conoció gente del MAS y se inició en la militancia al mismo tiempo que aprendía a leer y escribir.

Después vinieron los hijos, lo más lindo de su vida.

¡Pero no!

¡Me saltee al Mauro! Él me cambió la vida.

Ramona no puede evitar una sonrisa al pensar en su hombre.

Y, la sonrisa se le transforma en mueca de dolor, aún antes de haber nacido como sonrisa.

¡Me la dio en la boca con el rebenque!

Se palpa.
¡Por lo menos los dientes los tengo!

Vuelve a pensar en Mauro.

¡Mi Mauro!

¿Donde estará?

¿Habrá cruzado el río?

Cuando la Sargento Candelaria cerró la puerta, la periodista decía “…que les tiraban a todo lo que se movía y que el río iba cambiando de color poco a poco. De marrón se volvió rojizo y ahora permítanme que entreviste a la señora NANCY TEXEIRA que está en Cobija…

_ ¡Buenos días Nancy! ¿Me explica que está pasando?

_Hoy día señora Amalia los paramilitares y sicarios están siguiendo y amedrentando a los heridos que huyen. Ahorita están velando a tres y no los pueden llegar a sus casas ni venir los familiares. Este prefecto merece la cárcel porque mata a la gente que no está en su ideología. Pagaron a mercenarios los trajeron de Brasil y el gobierno nos está abandonando y a mi me dicen que yo no hago nada. No es posible, estamos en un proceso democrático pero por un dirigente que se vendió contra los hermanos….Yo marché doce horas en bicicleta para llegar acá.

Si, lo confirmo- dice la periodista llamada Amalia-. Los mas pobres de los mas pobres, son los que dejaron de ser peones de Leopoldo Fernández pero la gente de Leopoldo Fernández , campesinos comprados contra sus hermanos, también traficantes que trabajan con don Leopoldo , los están persiguiendo ¿No es cierto? ¿Lo confirma usted Nancy Texeira?

Si, es cierto, lo confirmo, ahorita las detienen por orden del Fernández que no tiene derecho para nada de semejante masacre, ¡No tiene semejante derecho el prefecto para hacer eso….!_ ¡LEOPOLDO FERNÁNDEZ QUIERE SER DICTADOR! Y el gobierno no viene a ayudarnos-grita la entrevistada.”

Tenemos también gentes que dicen haber sido obligados a confesar que los mandó el presidente Morales.

¿Es cierto, señora Texeira?

Si, señora Amalia, les ponían el revólver en la boca y a puñetazos debieron firmar que los mandó el Evo pagándoles para que se vendieran y era todito al revés. Mire un ejemplo que se lo leo ahorita, espéreme usted con la hoja que encuentro….estas son las multinacionales que se las nombro: Repsol, Total, Petrobras, Shell, Enton, Vintage, Bristish Gas, Bristish Petroleum, Canadian Energy, Pluspetrol, toditas estas no quieren perder sus privilegios robándonos nuestros derechos y ¿usted puede creerse que nosotros los pobres vamos a ser pagados por el Evo que es otro pobre que nos defiende, señorita?

_ ¡Interrumpimos porque estoy viendo que llega una volqueta y nos avisan que traen más cadáveres…estamos escuchando tiros!

………………………………………………………………………………………….
¡Suerte que no escuchaste RAMONA porque la puerta estaba cerrada! Y todavía no se sabe donde está tu MAURO.

Mañana, quizás será otro día menos triste o igual que estos sucesos de Pando, trágicamente iniciados a mediados de septiembre cuando unos paisanos (todavía no se sabe cuantos) tuvieron que tirarse al Tahuamanu para que no los mataran pero igual les tiraron y el marrón cambió a rojizo como dijera la periodista llamada Amalia.

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Misión cumplida

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era un jueves por la tarde. Habían elegido ese día porque lo consideraban el más adecuado: por las tardes, después de almuerzo, la embajada no atendía al público. Además, los días jueves habitualmente no había mucho movimiento.

Juan, el jefe de la célula, hacía más de dos meses que venía estudiando los movimientos de la misión diplomática. En general era él mismo quien iba a hacer cualquier averiguación, cambiando el disfraz en cada caso, para tener información de primera mano. En pocas ocasiones había sido Mireya quien había cumplido esa tarea. Roberto y Santiago no conocían la embajada por dentro sino sólo por los planos que Juan les presentaba.

Era un tanto ostentoso hablar de "la célula", porque ello podía dar a entender que, además de esa, había otras muchas. Lo cual hubiese demostrado que era un movimiento grande, bien organizado, sólido. Y en verdad, no era ese el caso.

El MATE –Movimiento Alternativo Revolucionario para la Transformación del Estado y la Sociedad Burguesa en Uruguay–, nombre un tanto rebuscado, era en realidad más el sueño afiebrado de su fundador que una organización real. Apenas siete personas lo componían, pero según el análisis que proponía Juan, este fermento era el inicio de la futura gran organización de masas.

Juan, 54 años, sobreviviente del otrora legendario Movimiento Tupamaros que operara en Uruguay para la década de los 70 del siglo XX, había estado preso en Montevideo por más de tres años. Torturado, puesto en libertad de forma repentina posteriormente, había pasado buena parte de su vida "deambulando por el mundo", como gustaba decir. Con el retorno de la democracia en el país, también él había retornado. Mucha agua había corrido bajo el puente en tanto tiempo, pero él no había cambiado prácticamente nada en estos más de treinta y cinco años desde su ingreso a la militancia en su época juvenil hasta el momento de la actual operación comando. Incluso su aspecto físico no era la de una persona de esa edad: no tenía ni una sola cana ni un kilo de más, manteniendo la misma barba y fumando con la misma pipa de sus años "heroicos", como solía decir: la época de militancia en una célula del movimiento armado en su Montevideo natal.

Mireya era una jovencita de 22 años, pareja de Juan y, además, su ferviente admiradora. Estudiante de filosofía, habiéndolo conocido en la universidad, encontraba en el jefe del grupo la personificación de cuanta perfección pudiera imaginarse: militancia a prueba de todo, sapiencia universal, ética irreprochable, buen amante… Todo eso, al menos, era lo que Mireya encontraba. Era una relación casi hipnótica; sin dudas hubiera hecho todo lo que Juan le pidiera. De alguna forma, por ese vínculo con mucho de fascinación era que ella ahora estaba en este operativo con un fusil en la mano y la cara cubierta con un pasamontaña.

Roberto (32 años) y Santiago (30 años) se decían de izquierda, y de algún modo lo eran. Pero básicamente eran alcohólicos. Roberto, bastante recuperado. Albañil de profesión, hacía tiempo que no asistía a los grupos de Alcohólicos Anónimos, pero de todos modos ya eran varios meses que se mantenía sobrio. Santiago ni siquiera lo ocultaba mucho: bebía. De hecho ahora, para el operativo, cargaba una botella de caña, y el aliento alcohólico podía sentírsele a buena distancia. Juan lo dejaba pasar porque estimaba que era "un buen cuadro", aunque nunca dejaba de hacérselo notar y reprocharle el hábito.

El operativo estuvo muy bien montado. La delegación diplomática no tenía policía como custodio, por lo que fue muy sencillo reducir a las cuatro personas que trabajan en la oficina: el embajador –el único canadiense–, la secretaria-recepcionista, el contador y el chofer. La sorpresa fue mayúscula. Nadie podía esperarse acciones de ese tipo hoy día, terminados aquellos días de la guerrilla urbana ya largas décadas atrás. Menos aún en un país como el Uruguay actual.

El embajador –Jean-Luc Gamalier, 48 años, diplomático de carrera– nunca había estado en destinos que se pudieran considerar peligrosos. Por cierto, la república de Uruguay tampoco lo era. Por otro lado, Canadá, siendo una próspera economía tan capitalista como las principales potencias occidentales, no era un país particularmente mal considerado por su espíritu rapaz e imperialista. Rara vez o nunca se quemaba su bandera en ninguna parte como acto de repudio a su política externa. Por todo ello, el pasar de Jean-Luc Gamalier en suelo uruguayo era cómodo, libre de sobresaltos. Su actividad profesional la compartía con una extendida vida social, sofisticada y banal en muchos casos. Era soltero.

Los otros tres empleados de la embajada eran uruguayos. Rosa, la secretaria, una hermosa muchacha de 22 años, igual que Mireya; Alberto, un obsecuente de alma, que se autodefinía –él suponía que en forma chistosa– como "succiona-calcetines" por decir "chupamedias", contador, que con sus 35 años tenía un aspecto tan indefinido que podría haber pasado indistintamente por un joven estudiante como por un experimentado profesor; y don Carlitos, el chofer, la única persona de la delegación diplomática a la que todos llamaban con el apelativo "don", respetable señor de 62 años de edad, bastante parco, de aquellos que sólo decían lo necesario, pero siempre correcto.

La intención del movimiento MATE era tomar como rehenes a todos los empleados de la embajada, incluido el embajador, y exigir dos puntos: un rescate de diez millones de euros ("ya no hay que seguir hablando de dólares", razonaba Juan, "así contribuimos de una buena vez a la caída del imperio") y la posterior liberación de todos los integrantes de la célula poniendo un avión a su disposición que los trasladara a un punto a determinar luego (quizá Cuba). Eso, según reflexionaba Juan, "comenzaría a despertar conciencia en el proletariado urbano arrastrando tras de sí a las masas campesinas viendo que cualquier país capitalista, incluso uno supuestamente pacífico como Canadá, también es explotador. Por eso su embajada, representante de intereses explotadores en el mundo, también es un objetivo militar en la lucha por la liberación de la humanidad".

Todas estas elucubraciones las realizaba Juan con la más absoluta sinceridad, convencido que las cosas así eran. Y si alguien osaba contradecirlo –por ejemplo Mireya, quizá con una inocente pregunta sobre cómo era en detalle algo de lo que estaba planteando– entraba en un verdadero estado de angustia.

Sorprendidos todos en la embajada, quedaron mudos e inmóviles ante los fusiles que les apuntaban. Sólo se escuchaba la música de fondo, muy suave, que había acabado de colocar en un precario reproductor de sonido don Carlitos: el oratorio "La creación", de Haydn, en su versión en alemán. Raro que un chofer –al menos así lo indicaba el prejuicio dominante– se interesara por esa música. Pero así era el caso.

–¿Dónde está el embajador?– vociferó Santiago con la cara cubierta por un pañuelo. Todos los empleados sabían que estaba en la delegación.

Rosa, la secretaria, quien se sintió interpelada en forma directa –se suponía que ella tendría que saberlo y responder– no pudo evitar las lágrimas. Temblando, sin poder articular palabra, con la mano indicó torpemente hacia la oficina siguiente.

–Con mucho cuidado levántese y acompáñenos donde está él. ¡Pero cuidado con cualquier movimiento raro! ¡Y no se le ocurra gritar!–, dijo Juan con decisión mientras la apuntaba con una sub-ametralladora.

Rosa estaba en estado de pánico; pero no tanto por los atacantes que le apuntaban y daban estas órdenes con toda rudeza. Se la veía desconcertada, angustiada.

–¡No, no! No entren…– dijo al borde del llanto.

–¿Y por qué no? ¿Está armado acaso?–

–No–

–¿Cuál es el problema entonces?– rugió Santiago, a quien los tragos que había tomado amenazaban con hacerle perder la frialdad tan necesaria en un momento así.

–Es que… esteeee…. mejor que no entren–, agregó Rosa con un gesto que parecía pedir perdón. Y agregó una mirada casi picaresca a todo el grupo atacante.

–Aquí hay gato encerrado. ¿Qué es lo que está pasando? Vamos, andá vos adelante– ordenó Juan dirigiéndose a la secretaria, indicando con el cañón de su arma la puerta que comunicaba con la oficina del embajador.

–Pero tengo órdenes del señor embajador de no dejar pasar a nadie– dijo Rosa reponiéndose algo.

–Lo siento, pero las órdenes ahora las damos nosotros–, agregó Juan con una sonrisa de satisfacción. –Vamos, rapidito que no tenemos todo el día para esto–. Dicho lo cual obligó a la joven, casi a la fuerza, a ponerse en la puerta mientras él se colocaba por detrás y un metro hacia la derecha en actitud de combate.

Cuando la puerta se abrió, la tensión se convirtió en sorpresa, y más aún, en hilaridad: el embajador Gamalier estaba vestido de mujer.

Llevaba puesta una provocativa minifalda color rojo, que le dejaba ver las piernas afeitadas mostrando descubiertos prácticamente todos los muslos, y unos zapatos con plataforma, también rojos, de no menos de 15 centímetros de altura. En la mano tenía la peluca pelirroja que se estaba probando.

–¿Pero cómo? ¿Es mujer o varón? ¡Está rebuena, mirá, loco!– exclamó al borde de la excitación Roberto. No lo dijo como chiste, sino convencido de estar diciendo una verdad.

–¿Este es el embajador?–, inquirió Juan a la secretaria, con cierto aire de desagrado.

–Sí, sí…– respondió turbada.

–Encima de capitalista explotador, ¡maricón!–, agregó Santiago.

–Bueno, compañero: tampoco se trata de discriminar a nadie–, sentenció Mireya.

Entre los cuatro integrantes de la célula se dio una sensación rara, de cierta incomodidad. Nadie sabía de estas tendencias del embajador, lo cual, de alguna manera un tanto inexplicable, no complicaba las cosas, pero sí les agregaba un elemento impensado que los desconcertó. Se miraban unos a otros perplejos; era una mezcla confusa de risa burlona, fastidio y decepción.

Luego de unos segundos de sorpresa, dirigiéndose al embajador, Juan gritó atronador:

–¡En nombre del pueblo en armas de Uruguay queda usted detenido!–

Aprovechando el momento de relativa distracción que produjo esa escena, Alberto quiso correr hacia la puerta.

–¡Alto!– rugió Roberto, dispuesto a abrir fuego si el empleado no se detenía.

–Ni se te ocurra, ni a vos ni a nadie, porque estamos dispuestos a todo, ¿entendieron?– sentenció Juan con cara que daba a entender que no estaba bromeando.

Acto seguido, luego de un breve intercambio de palabras en voz baja entre los cuatro miembros del grupo comando, esposaron a Alberto: una argolla en su muñeca derecha y la otra en una agarradera de un pesado mueble. No les inspiraba confianza luego del intento de fuga.

Juan, quien era el que tomaba la iniciativa dando todas las indicaciones, hizo venir a los otros tres miembros de la delegación diplomática. Acomodados los cuatro –el embajador seguía manteniendo la peluca pelirroja en su mano, mientras no paraba de temblar–, esposado sólo Alberto, se dirigió al grupo:

–Ahora ustedes son rehenes de las fuerzas revolucionarias. Nosotros, una célula operativa del MATE, Movimiento Alternativo Revolucionario para la Transformación del Estado y la Sociedad Burguesa en Uruguay, estamos cumpliendo con esta misión, pero desde ya les dejamos claro que no hay nada personal con ninguno de ustedes–. Los cuatro, a partir de ahora: "rehenes", según lo declarado por Juan, escuchaban sin perder palabra. Cada uno con preocupaciones distintas, con temores diversos, la zozobra principal del embajador era que no trascendiera su condición de travesti.

Luego de una prolongada y encendida presentación de los motivos por los que se estaba tomando la embajada, desarrollada por el jefe del grupo captor, los rehenes, sin terminar de salir de su asombro, se permitieron unas tímidas preguntas.

–¿Y cuánto tiempo nos van a tener aquí?– se atrevió a decir Rosa, la joven secretaria.

–Amigos, yo los entiendo en su lucha. Y hasta que… casi, casi, les diría que en cierta forma los apoyo, esteee, pero… ¿no podrían quitarme las esposas?– sonó discordante la voz de Alberto.

–Ustedes perdonen, pero… ¿no podría cambiarme de ropas?–, inquirió asustado, casi al borde del llanto, el embajador Jean-Luc Gamalier, a quien la copiosa transpiración comenzaba a hacerle correr el maquillaje del rostro.

–¿Y de verdad, muchachos, ustedes piensan que les pueden satisfacer esas demandas que están pidiendo?–, preguntó con serenidad don Carlitos, siendo ésas sus primeras palabras desde el momento de la irrupción del grupo guerrillero en la sede.

–¿Y por qué lo pregunta?– respondió de mala manera Juan.

–Es que, me parece, es una exigencia demasiado alta la que piden. Me atrevería a decir que eso no se los van a dar nunca. Y, si no se ofenden, me parece que se equivocaron de embajada, muchachos. Deberían haber buscado otra y no la de Canadá. Esto puede terminar mal– sentenció con gravedad el chofer.

–¿Cómo puede saber usted eso?–

–No lo sé. En todo caso, es una presunción, una idea que se me ocurre. Ojalá me equivoque, pero esto puede convertirse en una carnicería–.

Visiblemente molesta por las palabras del rehén, Mireya se apresuró a callarlo.

–¿Pero qué está diciendo este viejo de mierda? ¿¡Y por qué no paran esa música de mierda que ya me tiene cansada!?– en alusión al oratorio que seguía reproduciéndose, majestuoso, bien proporcionado, como cualquier obra de Haydn.

Se hizo un silencio entre todos, entre los dos grupos: atacantes y rehenes, mientras la música continuaba sonando.

–Tranquila, Mireya, tranquila–, intercedió Juan tratando de poner un toque de racionalidad, algo artificialmente quizá. También él había quedado golpeado con las palabras del chofer.

–Bueno, ya vamos a hablar de eso, viejo– dijo Juan dirigiéndose a don Carlitos, que parecía ser la única persona tranquila en el medio de todo aquel grupo cada vez más tenso. –Y usted, embajador: prepárese para llamar por teléfono. Usted va a comunicar a la prensa lo que nosotros le vamos a decir–.

Sacó una lista con los nombres de todos los medios de comunicación donde debía avisarse de la acción, con sus respectivos números de teléfono. Ahí estaban los principales periódicos, canales de televisión y radios del país. También traía escrita la consigna que Gamalier debía pronunciar. Para que no hubiera errores, se la hizo leer como prueba antes de comenzar con las llamadas.

El mensaje era escueto. Debía presentarse diciendo que era el embajador de Canadá, y luego difundir la proclama. No más de media cuartilla. Se explicaban ahí las causas de la operación comando y las reivindicaciones solicitadas, todo dicho en un lenguaje parco, casi telegráfico, pero muy elocuente.

–¡Y cuidadito si dice una palabra de más!– amenazó Juan al embajador esgrimiendo su arma en forma amenazadora.

Las llamadas se sucedieron una a una, con el silencio sepulcral de parte de todos los presentes y el oratorio de Haydn siempre como telón de fondo. Fueron once en total.

Todo eso no tomó más de un cuarto de hora. Antes que terminara de llamar a todos los medios que figuraban en el listado, comenzó a sonar la otra línea.

Se miraron nerviosos unos con otros.

–¡No, todavía no conteste nadie! No antes que el embajador haya avisado a todos los medios– fue la áspera respuesta de Juan. –Vamos, prosiga– le indicó a Jean-Luc, que continuaba con su ropa de mujer, cada vez más transpirado, más demacrado. En realidad ya era una cosa amorfa, ni varón ni mujer. La tensión suprema que estaba viviendo lo había desmejorado completamente, y el maquillaje esparcido por el rostro le daba un toque payasesco. Estaba sentado masculinamente, con las piernas abiertas, mientras su femenina minifalda dejaba ver todos sus muslos.

Terminadas las llamadas del embajador, comenzaron a contestar las que llegaban a la embajada. Ya tenían decidido que sería Mireya la encargada de eso. En principio eran todos medios de comunicación los que telefoneaban, para tener noticias frescas de lo que estaba sucediendo. Con voz maquinal, seguramente estudiada, la joven se limitaba a decir unas pocas palabras. En realidad el grupo esperaba ansioso otra comunicación: la de alguien que comenzara las negociaciones.

Y finalmente esa llamada llegó. Era el jefe de policía de Montevideo.

Para comenzar a hablar Juan estimó que no estaba mal. Hubiera esperado un funcionario de mayor categoría –alguien de Cancillería suponía él–, pero de todos modos no estaba mal por ser el primer contacto. A partir de ese momento era él quien tomaba las llamadas a su cargo, dejándole Mireya el puesto que estaba ocupando junto al teléfono. Los rehenes, mientras tanto, guardaban completo silencio.

Santiago sacó su botella y dio un largo trago. El nerviosismo era evidente en todos.

Después de unos minutos de conversación, Juan colgó enojado, muy molesto, casi violento.

–Están queriendo ganar tiempo. No me dijo nada de nada, sólo distraerme–.

Alberto, angustiado en forma extrema viendo que era el único esposado y que, por lo visto, nadie más correría su misma suerte, con voz que pretendía ser dulce, pero que se quebraba a cada momento, terció:

–Amigos, miren: aquí en la embajada tenemos algo de efectivo. No sé… quizá eso podría ser para empezar a hablar, ¿no? Y… tal vez podríamos conseguir más. Yo podría intentar hacer algunas llamadas si ustedes me lo permitieran ahora, pero antes les pediría…–

Juan no lo dejó terminar la frase. Con violencia lo interrumpió:

–¿Y vos quién carajo te creés que sos, pelotudo? Mejor callate, si no te reventamos–.

–Este podría ser el primero que hacemos cagar si no dan respuesta, ¿no les parece?– dijo Roberto, señalando a Alberto con el cañón del fusil.

–Sí, yo estoy de acuerdo–, agregó Santiago con un tono que asustaba y los ojos vidriosos, producto de la ira contenida, pero más aún, de los ya numerosos tragos de caña.

El oratorio "La Creación" seguía sonando. Y por largos momentos era lo único que se escuchaba en la sala. Había un clima pesado, denso. Los teléfonos dejaron de sonar.

Luego de más de un cuarto de hora en que nadie dirigió la palabra y donde sólo se escuchaba la tenue cortina musical de Haydn –que, dadas las circunstancias, más que majestuosa sonaba aterradora–, don Carlitos comentó:

–Esto es un mal indicio, ¿no les parece? ¿Por qué nadie llama ahora?–

De pronto pareció oírse un ruido apagado en el pasillo de entrada. La embajada estaba en un octavo piso de uno de los edificios más lujosos de la ciudad, con algunas medidas de seguridad, pero no excesivas. Ese ruido crispó los nervios mucho más de lo que ya estaban.

–¿Qué fue eso?– preguntó Rosa.

–¡Todos al suelo!– ordenó Juan.

Alberto no podía extenderse en el piso sino sólo agacharse, dado que permanecía encadenado a un mueble. En voz muy tenue intentó hacerlo saber, buscando ser cortés. Pero por toda respuesta obtuvo un furioso insulto de parte de Roberto.

–Che, ¿y si lo boleteamos de una vez a éste?– preguntó con malicia Santiago.

–No, no. Esperemos–, fueron las únicas palabras de Juan.

Y nuevamente el silencio.

Como el equipo en que se reproducía la música había quedado con la opción de "continuo", el oratorio, una vez terminado –solemne, imponente– había recomenzado. Nadie advirtió eso, o si lo advirtió –quizá don Carlitos sí, que era quien más gustaba de escuchar esa música y quien más solía utilizar el aparato–, no lo había dicho. Lo cierto es que el silencio había vuelto a invadir a los ocho presentes. La escena tenía algo de tragicómica, de grotesca: tres personas echadas en el piso cuerpo a tierra, una de ellas vestida con ropa de mujer siendo varón, una cuarta amarrada a un pesado armario y semi agazapada, mientras otras cuatro, con sendas armas largas y caras cubiertas con pasamontañas o pañuelos, se paseaban ansiosas por la recepción de la embajada.

Así pasó aproximadamente una hora, hasta que una llamada al teléfono celular del embajador quebró la melodía que seguía escuchándose ininterrumpida, arias y recitativos en alemán.

Juan se abalanzó sobre Jean-Luc, que tenía un aspecto casi monstruoso con toda la cara surcada por el maquillaje que se le había ido derritiendo: delineador de ojos, polvos faciales, pintalabios…

–¡Déjeme ver quién es!– le espetó. Tomó el aparato y leyó en el visor.

–Tania… Mmmm, ¿quién es?–

–Mi pareja–

–¿Hombre o mujer?–

Rosa no pudo contener una sonrisa pícara.

–Che, ¡pero qué jefecito te echaste, petisa!– dijo no sin malicia Santiago guiñándole un ojo a la secretaria, que se había quitado los zapatos para ese entonces.

–Bueno, conteste. ¡Pero mucho cuidado con lo que dice!, ¿me entiende?– le gritó Juan a menos de medio metro del oído.

Visiblemente turbado, el embajador respondió. En principio sólo contestó con monosílabos en francés. Al percatarse de eso, Juan le ordenó, de muy mal modo por cierto, que hablara en español.

–Pero él casi no habla español– dijo Gamalier con cara de inocente.

–¡Entonces corte!–

–Pierre, mon amour, mira: estamos en una situación un poco…incómoda ahora. Tendríamos que hablar sólo en español, ¿puede ser?–

Mireya tuvo una ocurrencia:

–Que le pregunte qué están diciendo los medios acerca del operativo–.

–Buena idea–, sentenció Juan. Y dirigiéndose a Jean-Luc le indicó que eso hiciera.

–Sí, sí, te quiero mucho…pero ahora tengo que hacerte otra pregunta. Mira, escucha esto: aquí estamos sufriendo un…– y miró a Juan para ver qué palabra usar.

–Secuestro. Sí, un secuestro. Hay un grupo de …–, nuevamente miró a su captor para ver qué decir. Ante el silencio de Juan, continuó con lo que le pareció lo más atinado:

–Aquí hay un grupo de… hombres armados que están secuestrando la embajada. Y me hicieron leer un comunicado con todos los medios de comunicación. Mira, mi amor… digo, mira, Pierre: haz esto, por favor. ¿Por qué no miras en la televisión a ver qué están diciendo de esto?–

Se hizo un nuevo silencio. Todos se observaron nerviosos. Finalmente Jean-Luc retomó la conversación.

–¿Nada? Que no dicen nada. Ah, bueno– Y a una seña de Juan, se despidió y cortó.

En la embajada había televisor, por lo que no se entendía por qué era necesario consultar con alguien de afuera para saber qué noticias se transmitían sobre la toma de la sede. Quizá el grupo guerrillero no sabía que estaba ese aparato ahí, o se le había escapado el detalle en su planificación. Quizá contaban con que la noticia provocaría una conmoción en los medios y no pararían de llamar por teléfono para averiguar qué sucedía. Juan hasta había llegado a imaginar que quizá negociaría con una línea telefónica abierta que saldría al aire, para que así todo el mundo se enterara de los pormenores de lo hablado. Pero nada de eso estaba pasando.

–Parece que se olvidaron de nosotros– agregó don Carlitos.

–Miren, amigos: no quiero que lo tomen a mal ni quiero inmiscuirme en los planes que ustedes seguramente ya deben tener trazados, y que por supuesto respetamos, claro, pero me parece que no sería malo si ahora…– cuando Alberto comenzaba a hablar fue cortado en seco por Santiago.

–¡Te dijimos que te mantuvieras callado!– y le acercó el fusil a la cara. –¿Es que no entendés, la concha de tu madre?–

Nuevamente el silencio. Sólo la música del maestro vienés rompía la falta de palabras. Así pasó otro buen rato. La tensión reinante hacía que cada minuto se sintiera como una hora. Nadie podía decir con exactitud cuánto tiempo tomaban esas pausas.

Al cabo de un tiempo, quizá quince minutos, quizá media hora, Juan dijo, molesto:

–¿Pero por qué no se comunica nadie?–

Todos habían escuchado que el grupo demandaba diez millones de euros como rescate cuando el embajador leyó telefónicamente la proclama ante los medios. No dejaron de sorprenderse con la cifra.

–¿Y qué piensan hacer con tanto dinero?– preguntó inocentemente Rosa, que ahora se veía un poco más tranquila. Incluso, pidió permiso para fumar.

–Es para la causa– respondió Mireya.

–¿Qué causa?– preguntó la secretaria, con naturalidad, casi con asombro.

–¿Cómo qué causa? ¡Nuestra lucha! Pedimos esa plata para nuestra lucha–.

–¿Pero por qué están luchando ustedes? No entiendo–. Rosa lo decía con total sinceridad, espontánea, mientras fumaba voluptuosa. Convidó un cigarrillo a Mireya.

–Es que nosotros luchamos por todos, para todos. No es una lucha sólo nuestra, de la célula. Es una lucha popular, del pueblo uruguayo, también para vos–. Mireya encontró que se iba enredando con sus propias palabras y buscó con la mirada la ayuda de Juan.

–¿Y qué consiguen con esa lucha?– preguntó con honesta ingenuidad Rosa.

–No es fácil explicarlo en dos palabras– se apresuró a intervenir Juan. –¿Nunca escuchaste hablar de nuestras reivindicaciones?–

–Bueno, le soy… o te soy –¿te puedo tutear, no?–, te soy franca: la verdad que no sé bien por qué están peleando ustedes–.

–Por la igualdad de todos–.

–¡Y de todas!– agregó enfática Mireya.

–Sí, sí, claro: de hombres y mujeres. No hacemos distingos en ese sentido– dijo con aire profesoral Juan.

–¿Pero no es que en Cuba persiguen a los homosexuales?– preguntó el embajador, cuando parecía que el pobre ya no estaba en este mundo, perdido en sus temblores, demacrado, hecho un ovillo en el suelo.

–¿Y de dónde sacó eso?–

–Lo sé, lo sé … Todo se sabe–.

–Porque algún maricón reaccionario de la isla anda diciendo eso por ahí– interrumpió con vehemencia Santiago.

–¿Pero acaso los maricones no tienen derechos?– inquirió Jean-Luc.

–¡En Cuba no hay homosexuales!– agregó con aire triunfal Roberto.

–Ustedes perdonen que me intrometa en lo que están hablando, pero creo que lo que dice el señor embajador es correcto. Todos tenemos iguales derechos, también aquellos a quien dios condenó haciéndolos homosexuales– comenzó a explicar no menos profesoral Alberto, siendo tajantemente interrumpido por el embajador.

–¿Y de dónde saca usted que ser homosexual es una condena de dios?–
–Mire, señor embajador: con todo el respeto que usted me merece –y le confieso que me deja atónito con esta tendencia suya que no conocía–, pero… bueno, respetándolo en su desgracia… ¡por supuesto que la homosexualidad es una condena divina! Ya la Biblia lo dice clarito: ¡Adán y Eva! y no Adán y Esteban–.
–¡Pero qué reaccionario hijo de puta!– no pudo contenerse Mireya.

–¿Qué significa exactamente "reaccionario"?–, preguntó Rosa. –Siempre escucho esa palabra, pero la verdad que no entiendo bien qué quiere decir–.

–Bueno, eso que acaba de decir este boludo, tu compañero de trabajo. ¡Eso es ser un reaccionario! Alguien conservador, retrógrado, que está siempre a contracorriente de la historia, temeroso, pusilánime, tradicionalista. ¿Se entiende?– dictó cátedra Juan.

–¡Cuánto que sabés!– agregó no sin cierto coqueteo Rosa.

–¿Entendiste entonces lo que significa "reaccionario"?– preguntó con aire molesto Mireya, arrojando con violencia el cigarrillo ya casi terminado.

–Sí, sí, claro… ¡Muchas gracias!–. Y dirigiéndose especialmente a Mireya, con evidente malicia: –pensé que vos lo sabías y no iba a tener que ser él quien me lo explicara–.

Mireya recibió el golpe, agregando con voz firme: –da lo mismo quién lo explica. Insisto con lo que te decía: nosotros no hacemos distingos, somos todos iguales–. Y dijo "todos iguales" remarcando provocativamente esas palabras.

–Mire jovencita: si son todos tan iguales, ¿para qué piden diez millones de euros?– volvió a participar el embajador.

Mireya buscó nuevamente a Juan con la mirada.

–¿Pero de dónde saca esos razonamientos, compañero?– dijo sonriente Juan.

–¡Yo no soy compañero suyo!– se apresuró a responder Gamalier, poniéndose de pie, dejando ver bajo su minifalda una sugestiva ropa interior femenina, también de color rojo.

–¿Entonces lo es de este energúmeno?– dijo Roberto señalando con el arma a Alberto, que seguía agachado, esposado al mueble, –¿es compañero de alguien que lo desprecia por ser homosexual?–

–¿Y quién dijo que yo soy compañero de éste?– agregó casi con desprecio el embajador, siempre de pie.

–Mire, señor embajador: yo lo respetaba mucho, dada su investidura, y porque además me parecía una persona digna. Y le consta que nunca le falté el respeto. Pero entre esto que voy descubriendo de su condición sexual, más esto que acaba de decirme… yo ya no lo puedo considerar alguien de bien–, dijo Alberto, poniéndose también de pie.

–¿No? ¿Y acaso tú te consideras de bien por ser un obsecuente, por estar todo el tiempo como perrito faldero al lado de tu jefe? ¿Te crees que yo no me daba cuenta lo despreciable que eres? "¡Chupamedias!", como dicen ustedes aquí. ¿Qué es ser una persona de bien, me lo puedes explicar? ¿Arrastrarte mientras estabas esperando que te consiguiera esa beca para que tu hijo pudiera ir a estudiar a Canadá?–

–Pero yo, al menos, tengo hijos. Soy un varón normal– respondió Alberto con altivez. –Y aunque haga cualquier cosa pensando en el bien de ellos, eso no está mal. ¡Pero no ando disfrazándome de mujer por ahí! ¡Vergüenza debería darle! Y todavía va a misa… ¡Hipócrita!–

–Voy a misa porque mis obligaciones de embajador me lo imponen, pelotudó– la última palabra la acentuó como si fuera en francés (era evidente que no la había aprendido en el ámbito académico, dado que su español era perfecto).

–Nunca me hubiera esperado esto de usted, maricón de mierda– dijo con notorio desprecio Alberto.

–¿Y ustedes no sabían que su jefecito era homosexual?– preguntó Juan descomprimiendo la situación.

–Bueno… yo sí. Pero tenía que tenerlo en secreto– agregó Rosa, casi con vergüenza.

–¿Cómo? ¿Por qué en secreto?– preguntó con aire detectivesco Mireya.

–Es que…–, Rosa no parecía atreverse a seguir hablando. Miró como pidiendo permiso al embajador. Ante su silencio continuó: –es que, como yo lo sabía, me quiso despedir. Entonces …yo lo amenacé con contarlo. Y, esteeee... entonces llegamos a un acuerdo–. Parecía que le faltaban las fuerzas para continuar el relato.

–¡Puta madre, che! ¡Esto se pone bueno! Parece un novelón de televisión– dijo riéndose Roberto. –¿Entonces?–

–Una vez me invitó a una fiesta en su residencia…–. Se formó un silencio inquietante, sólo quebrado por la música del oratorio "La Creación" que seguía siempre como fondo.

–Yo no conocía a nadie ahí. Era un ambiente totalmente nuevo para mí: demasiado lujo, parecía una película. Y entre copa y copa me hizo probar un poco de coca–.

–¡¿De cocaína?!–

–Sí. Yo nunca había probado. La verdad que tenía un miedo que me moría, pero la situación, los tragos, la presión… En fin, ustedes entienden–.

–Claro, claro… ¿y qué pasó?–

–Terminé desnuda haciendo el amor ni sé con cuántos… ¡y cuántas!–

–¡Por dios, Rosa! ¡Eso no lo sabía! Nunca nos lo habías contado…– dijo con nada fingida sorpresa Alberto.

–No, claro… ¿Para qué lo iba a contar?–

–Y seguro que te chantajeó– agregó, doctoral una vez más, Juan.

El embajador volvió a echarse en el piso. Mantenía la vista baja, fijada en sus pies. Su rostro era una mezcla indescifrable de expresiones, pero en el fondo se dejaba ver una sonrisa perversa. Se colocó la peluca que aún mantenía en la mano.

–Sí, me chantajeó. Me filmaron, y luego me hizo ver la grabación. Lloré una semana seguida, créanme. No sabía qué hacer. No me atreví a contárselo a nadie. Finalmente, llegamos a un acuerdo.–

–¿Qué acuerdo?– preguntó Santiago con una curiosidad que lo carcomía.

–¡Parecés una vieja chismosa!– le retrucó Roberto.

–Es que parece una telenovela barata esto– respondió con una sonrisa infantil –y no me quiero perder el final–.

–Me compró mi silencio con esa filmación. Pero para quedarme callada, le exigí un doble sueldo, que puntualmente me pagan disfrazado como viáticos–.

–¡Ahora entiendo!– reaccionó Alberto. –Esa cantidad siempre me llamaba la atención, y no entendía por qué el embajador tenía que cobrar todos los meses una cantidad de viáticos similar al sueldo de Rosa. ¡Así era la cosa!–, concluyó triunfal.

–¡Ven la mierda que es el capitalismo!– intervino igualmente triunfal Santiago, con un tono que mostraba que ya estaba pasando la raya de lo manejable con la caña. La lengua algo estropajosa lo evidenciaba.

–¿Pero qué tiene que ver el capitalismo con esto? ¿Acaso entre ustedes, los "heroicos guerrilleros comunistas"?– pronunció estas últimas palabras con un aire burlesco –¿acaso no hay homosexuales?– espetó provocativo el embajador.

–Puede haber homosexuales, ¿por qué no?– se apresuró a contestar Juan –pero no corruptos como usted–.

–¿Y no es corrupto esto que están haciendo ahora?– volvió a decir desafiante, ahora con la peluca puesta.

–¿Corrupto? ¡Nosotros somos luchadores por la justicia, por la igualdad, y no violadores y chantajistas como vos, viejo explotador!– gritó Santiago, blandiendo su fusil con actitud amenazante. –Ustedes, los blanquitos del norte, se creen que pueden llevarse el mundo por delante. ¡Pero eso se va a terminar!–

De pronto volvió a escucharse un ruido similar al anterior. Fue un golpe seco, corto, e inmediatamente la sensación de tensión, de que algo importante podía suceder en el instante siguiente. El calor de la conversación había ido borrando el efecto del primero ruido. Pero nuevamente se hizo un silencio entre todos, quedando sólo un coro del oratorio como telón musical de fondo.

Nadie tomó la iniciativa de apagar el equipo reproductor, por lo que la música siguió adelante. Todos guardaron un nervioso silencio. Nadie se atrevía a tomar ninguna iniciativa. Los miembros de la célula comenzaron a observar hacia las ventanas, pero allí no había nada nuevo. En actitud de combate, Juan indicó a Roberto acercarse a la oficina del embajador, que había quedado vacía. Entraron armas en mano, pero allí no había nadie.

De pronto se apagaron todas las luces de la sede y se detuvo la música. Habían cortado la energía eléctrica de la embajada.

–Esto se pone feo, muchachos– dijo luego de un prolongado silencio don Carlitos. –Si cortan de la luz, ¿será que ya vienen por ustedes?–

–Lo que más me llama la atención es que no se han vuelto a comunicar. ¿Será que no quieren negociar?– reflexionó Juan.

–Che, ¿y si volvemos a comunicarnos nosotros?– preguntó casi con vergüenza Roberto.

–Algo tenemos que hacer. Ya está empezando a anochecer y nos quedamos a oscuras– razonó Mireya.

–Pero trajimos linternas– retrucó Juan, demostrando seguridad en lo que afirmaba.

–Claro, claro… Pero, no sé… como no nos llamaron más, ¿qué tal si probamos pasar de nuevo el comunicado?– volvió a sugerir Roberto con un dejo de ruego.

La larga espera sin ninguna llamada, los sospechosos ruidos en el exterior de la embajada, ahora el repentino corte de luz, todo conspiraba contra la misión. Imaginaban que, una vez presentadas las demandas, casi al instante se encontrarían negociando (Juan había llegado a pensar que con tres millones de euros era suficiente). Pero el hecho es que parecían haberlos dejado abandonados. Fuera de la llamada del comisario Rondón –intrascendente por lo demás– no había habido más contacto.

Atardecía ya. La sede diplomática empezaba a quedar en penumbras.

–Esto es una guerra de nervios. Los quieren quebrar– dijo de pronto don Carlitos.

–¡Pero no lo van a lograr!– respondió casi altanero Juan.

–Bueno… ojalá. Pero los quieren volver locos. Los están poniendo a prueba–. El chofer, que parecía el único entre los ocho que no perdía la calma, hablaba pausado, como meditando cada palabra. –¿Y tienen pensado algún plan de contingencia, muchachos?–

Los cuatro integrantes del MATE se miraron entre sí. Se hizo un repentino silencio.

–Eso no tenemos por qué explicárselo a nadie, ¿me entiende?– dijo soberbio Juan.

–No, no es para provocarlos, muchachos, no… Quizá me entendiste mal. O me expresé mal yo. Eso es lo más probable. Quiero decir: las cosas no siempre salen como uno las desea, ¿verdad? En ese caso, y por favor no se ofendan, ¿no saben qué harían? Me parece… bueno, digo yo, me parece que sería bueno para ustedes que tuvieran un plan B–. El tono de don Carlitos era paternal, sereno. La única cuota de serenidad en medio de ese mar de nervios en que se había transformado la embajada.

–¡Por supuesto que tenemos un plan alternativo!– rugió Mireya, con brillo en los ojos.

–Sí, claro, por supuesto que lo tenemos. Pero no hay por qué andar dando explicaciones a nadie ¿no?– volvió a terciar Juan, con aire doctoral, seguro de lo que decía.

En el preciso momento en que terminaba esas palabras, sonó un balazo de arma larga y Roberto, que estaba parado junto a una ventana, caía aparatosamente con la cabeza ensangrentada. Inmediatamente también, Juan gritó, casi excitado:

–¡Comienza el plan B!–

–¿Y con quién?– preguntaron al unísono Mireya y Santiago. –¿Con éste?– dijo ella, señalando con la punta de su arma a Alberto.

–Sí–, afirmó tajante Juan. –Es el más adecuado–. Para agregar unos segundos después: –Cuidado, no nos acerquemos a las ventanas. Se ve que han apostado francotiradores y nos están controlando–.

Alberto, que seguía esposado, intuyó que no eran buenas noticias las que le esperaban. Con decisión, Santiago comenzó a quitarle los grillos que lo mantenían al mueble; pero todo lo bebido le impedía poner con facilidad la llave en el orificio de la cerradura. Luego de un par de intentos fallidos y los correspondientes insultos, lo logró.

–Levantate lentamente, poné las manos en la nuca y caminá hacia la puerta. ¡Pero cuidadito con lo que vas a hacer!– indicó amenazante Santiago, con un aliento alcohólico ya considerable, que se podía sentir a una regular distancia.

Llegaron a la puerta de la oficina. Juan indicó a Rosa que abriera con el botón eléctrico, y a Alberto que comenzara a caminar hacia el pasillo. Cuando estaba terminando de atravesar el umbral y se encontraba ya fuera de las dependencias de la embajada, Juan le descerrajó un tiro en la cabeza. Mientras Alberto caía pesadamente, Juan corrió hacia la entrada para impedir que el cuerpo agonizante que se desplomaba, obstaculizara la puerta impidiéndola cerrar. Con el pie terminó de empujarlo, haciendo que quedara enteramente en el exterior, y de inmediato cerró la pesada puerta con toda su fuerza.

–Uno a uno– agregó con frialdad Santiago.

–Sí, uno a uno– repitió Mireya, –pero hubiera sido mejor no perder a este compañero. La muerte nunca es alegre–.

Rosa, la secretaria, en el momento mismo en que sonó el primer disparo, empezó a gritar. Eran gritos desesperados, angustiados, acompañados de un llanto incontenible, mezcla de terror e impotencia. El segundo muerto aumentó esa sensación.

Don Carlitos, luego de tratar de calmarla con la mayor dulzura posible, viendo que había entrado en una suerte de crisis aparentemente sin retorno, optó por un cachetazo. Fue tal la sorpresa de la acción –y seguramente la fuerza del golpe, porque le dejó la cara roja por un buen rato– que Rosa, de inmediato, cesó su desborde. Incluso, con voz tenue, pidió perdón.

–¿Estás mejor?–, se dirigió a ella don Carlitos con mucha ternura.

–Sí, sí. Gracias–. Curiosamente, llegó a esbozar una tenue sonrisa. –¿Puedo fumar?–, preguntó con actitud ingenua.

–No, mejor no. Estás muy nerviosa, se nota. Pero aguantate un poco, flaca. Ahora que estamos a oscuras fumar no es lo más conveniente–. El tono con que dijo esto Juan no dejaba lugar a dudas; no era una orden en sentido estricto, pero funcionaba como tal.

Su modo de hablar era siempre didáctico. Pausado, con detalles, explicaba todo y nunca se molestaba si se le volvía a preguntar. Todo eso era lo que tanto fascinaba a Mireya. Era un eterno profesor. Y eso también fue lo que encandiló a Rosa.

–Si vos me lo pedís, seguro que debés tener razón–, dijo Rosa, no sin cierto coqueteo, ya repuesta de la crisis.

–Che, Juan: ¿y si vamos sacando las linternas?–, preguntó Mireya bastante cortante, con evidente intención de romper el diálogo entre Juan y Rosa.

–Sí, sí… claro. Eso tenemos que hacer– agregó el jefe del grupo guerrillero.

–¡Ay, qué dolor!–, se quejó dramática Rosa. –Quedé toda contracturada…¡Ay, me duele mucho!–

–¿Pero qué te pasa?–, preguntó preocupado Juan.

–Es que me puso tan mal esto de las muertes que me agarró un dolor de cuello que no me puedo ni mover–.
–¿Dónde?–
–Aquí, en el cuello y en la espalda–, y se señaló la zona afectada.

–Dejame ver–, y por primera vez Juan dejó el arma un momento desde que habían ingresado a la embajada. La apoyó en el suelo, y reclinándose sobre la joven, que ahora estaba sentada en un sillón en la sala de espera, puso sus manos sobre sus hombros.

–¿Ahí?–

–Sí, ahí…–

En silencio, sin que nadie se atreviera a decir una palabra, se desarrolló una micro sesión de masajes. Fue el embajador el que rompió el encanto que parecía haberse creado:

–¿Y ahora te la vas a coger?–

–¿Pero qué te pasa, viejo de mierda? ¿Estás celoso?–, respondió Juan con violencia.

–¿Y por qué tendría que estar celoso este viejo maricón?– intervino intempestiva Mireya. –¿Acaso te parece que le estás dando motivos?–

–¿Motivos? ¿Y por qué?–, preguntó no sin sorpresa Juan.

–Bueno…, lo acabás de decir. Si hasta el viejo puto este te lo pregunta, será porque está en el aire, ¿no?–

–¡Uy, Mireya! No me vas a hacer una escena ahora, ¿no?–

El vómito de Santiago cortó la discusión. Fue un ruido gutural, grotesco. Todos se quedaron mirándolo. Inmediatamente, con los zapatos manchados, corrió hacia una ventana.

–¡No, no! ¡No abras!–, ordenó autoritario Juan. Pero su indicación llegó casi en el mismo instante en que Santiago ya había abierto buscando aire fresco para despejarse. Y casi al mismo tiempo, también, en el que un balazo de fusil le destrozaba la cabeza.

Una vez más, destemplados gritos de Rosa inundaron la habitación.

–¡Carajo!– fue todo lo que pudo gritar Juan. Y se hizo un silencio tenso donde sólo se escuchaba los gemidos sordos de Rosa.

–Bueno, nos guste o no, tenemos que seguir con lo planeado. Ojo por ojo…– dijo con decisión Mireya.

–Sí, sí… ya lo sé. Pero… ¡puta, che! Cuesta tomar estas decisiones, ¿no?–, agregó Juan con cierto aire de desconsuelo.

–Aunque cueste, mi amor, tenemos que hacerlo–.

–Sí, claro.–

El silencio se tornó más pesado. El embajador, don Carlitos y Rosa se miraron entre sí intuyendo que de ellos se trataba ahora. Todos parecían acusarse mutuamente con la mirada; todos parecían empujarse uno al otro diciéndose: "yo no, mejor él"…

–El embajador no por ahora. Mejor que a él lo conservemos para el final–, sentenció Juan.

–Estoy de acuerdo, claro. Entonces… la piba–, dijo con severidad Mireya.

–¡¿Rosa?!... Esteee…. No sé. Me parece mejor el viejo. Guardemos a Rosa para después, ¿no te parece?–. El comentario de Juan no tenía la fuerza de una orden. Era casi una súplica, suave y con voz entrecortada.

–¡Ni pensarlo, Juan! ¡Ni pensarlo! Si no lo hacés vos, lo hago yo ahora mismo–. La reciedumbre en la voz de Mireya no dejaba lugar a dudas. Y todo esto lo decían delante de los implicados, de los condenados a muerte. Porque era obvio que el "ojo por ojo" al que se habían referido un instante antes no contemplaba otra cosa que el ajusticiamiento de alguno de los rehenes.

–¿Pero por qué la muchacha? Me parece que sería mejor el tipo… ¿no creés?–

–No, para nada. No lo creo, y es más: me parece que perdiste la objetividad. ¿Qué te está pasando con esta minita, Juan? A mí nunca me hacés un masaje, y a esta, como dijo el viejo puto este del embajador, ya medio que te la cogés aquí, delante de todos–.

Mireya hablaba con decisión y de sus ojos parecían salir chispas.

–Bueno, compañero: hay que actuar rápido: o vos o yo, pero hay que devolver el golpe–. La decisión con que hablaba la guerrillera asustaba. Juan mismo pareció conmovido por esa fuerza. No atinó sino a balbucear alguna palabra incoherente, lo cual dio pie a que Mireya tomara una vez más la iniciativa, ahora con más determinación aún.

–Mirá, esto me lo enseñaste vos: en los momentos claves hay que tener sangre fría. Ahí es donde se mide a un verdadero revolucionario. Si no respondemos ahora según lo planificado, en dos minutos estamos muertos y fracasa la operación. Así que, Juan… ¡procedamos!–

–Sí, claro…, tenés razón–. Y dicho eso, sacó una jeringa hipodérmica de su mochila. –Tomá, encargate vos–, pasándosela a Mireya.

–¿Qué van a hacer, criminales?– gritó Jean-Luc, abatido como estaba, casi lloroso.

–Usted, mejor cállese– fue todo lo que dijo, lacónica, con cara glaciar, Mireya.

Con la suficiencia de una enfermera experimentada –y por cierto no lo era– inyectó a Rosa sin provocarle ningún dolor. La maniobra fue rápida, precisa. En unos breves instantes la secretaria comenzó a desvanecer. Entre Mireya y Juan la condujeron hacia la ventana a la que había intentado asomarse Santiago, que yacía ensangrentado junto a ella. Cargaron el cuerpo inerme de Rosa logrando subirla hasta el marco. Cuidando de no exponer sus cuerpos a las balas de los francotiradores, pudieron colocar a Rosa sobre la ventana. En el momento en que iban a dejarla caer (estaban en un octavo piso) el embajador se levantó enardecido corriendo hacia ellos. Un disparo al aire de Mireya lo contuvo.

–¡Hijos de puta! Miren lo que van a hacer. ¿Y ustedes hablan de comunismo y de igualdad? ¡Son unos bastardos asesinos!–

Dejando caer el cuerpo de la joven, cerraron rápidamente la hoja de ventana que permanecía abierta, y Juan se volvió hacia el encolerizado embajador.

–¿Pero qué mierda puede hablar usted, violador, tránsfuga? Nosotros estamos ahora en una acción de guerra, una guerra a muerte. Somos el pueblo en armas y en guerra, y en la guerra vale todo. Pero usted es una carroña que hace a diario estas cosas. ¿No fue usted el que la pervirtió? ¿Qué pueden hablar ustedes, los explotadores chupasangre, de moral? Ustedes, los blanquitos del norte "desarrollado" viven matándonos, torturándonos, bombardeándonos. ¿Por qué mejor no se calla, canalla explotador hijo de la gran puta? ¡No lo mato ahora de cinco balazos porque vamos a ver si lo podemos negociar!–

Las sombras de la noche ya habían ganado la embajada. Fue necesario comenzar a usar las linternas para moverse. Juan probó usar el teléfono, pero estaba cortado.

–Nos dejaron incomunicados–, dijo molesto.

El silencio volvió a adueñarse de toda la situación. Sin luces, sin teléfono y con dos cadáveres dentro, la embajada era tétrica.

–Muchachos, ¿y qué piensan hacer ahora?–, preguntó con aire paternal don Carlitos.

Juan y Mireya se miraron algo desconcertados. El chofer, en vez de estar nervioso, de tomar una actitud de hostilidad hacia ellos –tal como lo hacía el embajador– en ningún momento perdía la compostura. Y ahora parecía más bien un amigo consejero que un rehén.

–Eso va a depender de lo que ellos hagan, de cómo reaccionen– dijo amargamente Juan.

–Bueno, parece bastante claro lo que dicen, ¿no?– opinó con suficiencia el chofer.

Mientras hablaban entre los tres: don Carlitos, Juan y Mireya, el embajador parecía enfurecerse cada vez más. Con un aspecto demacrado, con el maquillaje totalmente esparcido por el rostro y la peluca mal colocada en su cabeza pronta a caer en cualquier momento, Jean-Luc profirió un grito espantoso, femenino en su tono, pero gutural y hombruno en su forma.

–¿Y ustedes todavía dudan de lo que tienen que hacer? ¡Deben entregarse, así de simple! ¿O quieren que nos maten a todos?–

–¿Entregarnos? ¿Pero qué estás diciendo? En todo caso, si nos quieren joder, te tenemos a vos para negociar. ¿Cómo te creés que nos vamos a entregar?– dijo con vehemencia Mireya.

–Mire jovencita: ante todo, tráteme de usted. Yo soy el señor embajador de la República de Canadá. Y por otro lado: si no se entregan ahora mismo y dejan de poner en riesgo nuestras vidas, yo comienzo a gritar–.

–Gritá todo lo que quieras, viejo maricón, pero ahora mismo dame el celular–, agregó con violencia Juan, encañonándolo con su arma.

–¿Y para qué van a hablar, si están totalmente rodeados?–

–¡Dame el celular y dejate de decir boludeces!– y Juan le arrancó el teléfono de las manos.

–Pero, flaco… de verdad–, intervino don Carlitos dirigiéndose a Juan. –¿Y qué piensan hacer ahora? Miren que están bastante jodidos–.

–¿Entregarnos? Pero… así nos matan. Por lo menos, si nos van a joder, primero jodemos a éste– dijo señalando al embajador que comenzaba a temblar, producto más de la cólera que del miedo.

De pronto, sorprendiendo a todos, Gamalier rompió en gritos desaforados dispuesto a no dejarse intimidar.

–¡Socoooorro! ¡Sáquennos de aquí! ¡Socoooorro!–

–¡Callate, viejo de mierda!–

Las amenazas de Juan y Mireya no lograban detenerlo. Por el contrario, los gritos eran cada vez más audaces. Había comenzado a tirar patadas desde el suelo, semi agazapado como estaba. La escena tenía algo de patéticamente cómica.

El mismo don Carlitos se sintió compelido a intervenir al ver lo absurdo de la situación.

–Tranquilícese, señor embajador, ¡tranquilícese! Así, lo único que va a lograr es que los muchachos se enojen más–.

–¿Los "muchachos"?– preguntó con asombro, casi con estupor, Jean-Luc Gamalier–. ¿Cómo los "muchachos"?¡Asesinos! Vulgares comunistas asesinos. ¿O acaso estás de su parte, chofercito de mierda?–

–Señor embajador, me parece que está muy alterado. Trate de tranquilizarse. Es por su bien que se lo estoy diciendo, ¡tranquilícese, hombre!– agregó con pasmosa calma don Carlitos.

–¿Y a vos qué te pasa?, merde! Est-ce que tu es avec eux?–

–Pregunta si está con nosotros– intervino doctoral Juan, traduciendo lo que había pronunciado Gamalier con una cólera incontenible, enrojecido, chorreando transpiración y maquillaje derretido.

En ese instante sonaron atronadoras varias bombas de gases lacrimógenos. La embajada se llenó inmediatamente de un espeso humo blanco mientras se quebraban los vidrios de varias ventanas. En cuestión de segundos un escuadrón de fuerzas especiales de la policía ocupaba el lugar abriendo fuego cerrado. Mientras Juan y Mireya caían abatidos, don Carlitos cubría con su cuerpo al del embajador. Cuando el humo comenzó a disiparse, el único que se levantó fue el chofer. Gamalier yacía desmayado junto a un sillón, con las marcas de dos poderosas manos que le habían oprimido el cuello hasta casi asfixiarlo, y señales de haber sido atacado repetidas veces con la jeringa con que habían inyectado a Rosa. Tenía la garganta llena de sangre.

Los policías se sintieron algo confundidos ante la escena. La rápida reacción de don Carlitos terminó de desconcertarlos.

En español, pero con un marcado acento francés, se dirigió a los ocho efectivos que habían ingresado a la sede diplomática:

–Merçi beaucoup, queridós amigós. Sin su oportuná participación estos asesinos nos hubieran matado a todós.–

Los policías se miraron entre sí, aún con las armas humeantes. El jefe del grupo preguntó secamente:

–¿Usted es el embajador?–

–Oui, mon ami. Y muchas gracias por rescatarnós. Todos los demás murierón, lamentablemente…–

–¿Usted es el único sobreviviente entonces?–

–Así es–, agregó con satisfacción el chofer.

Ante las cámaras de televisión que esperaban fuera, don Carlitos dio unas parcas declaraciones jugando su improvisado papel de embajador. Nadie lo contradijo. Misteriosamente, luego, fue desapareciendo de la escena, y cuando la policía quiso trasladarlo a una comisaría para tomarle declaraciones, no se lo encontró por ningún lado. Cuando Gamalier volvió en sí poco después, no podía hablar producto de las lesiones sufridas. Al querer hacer saber por escrito de su verdadera identidad, nadie le creyó. Le resultó sumamente difícil poder explicar la situación y por qué estaba vestido de mujer. Para cuando otro diplomático convocado por la policía pudo testimoniar identificándolo en la clínica donde fue internado, don Carlitos ya estaba lejos. Meses después del incidente, en Canadá a donde se trasladó en forma definitiva, Jean-Luc no había logrado recuperar enteramente el habla.

Uno de los policías contó días después del operativo que mientras estallaban los últimos disparos en el momento de irrumpir a la embajada, escuchó decir a alguien, en español: "misión cumplida".

Marcelo Colussi es argentino residen en Guatemala.


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