sábado, 7 de marzo de 2009

De Cristo a Castro


Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Desde el comienzo de la era cristiana hasta nuestros días tal vez no ha habido un personaje político más controversial que Fidel Castro.

Ciertamente han habido en la historia de la humanidad numerosas personalidades trascendentales, determinantes del curso de la historia mundial: cuestionados como Carlos Marx, repudiados como Adolf Hitler, caudillos exaltados como Bolívar, José Martí, Benito Juárez, José de San Martín, entre otros, pero ninguno tan polémicamente polarizante como Fidel Castro.

Satanizado hasta la histeria por unos, admirado hasta la veneración por otros, según el grado de alineación o de conciencia social que respectivamente tengan, la realidad es que Castro no es el “opresor de su pueblo”, como lo pintan los bajos fondos de la Gran Prensa, patrocinados por la lucrativa industria de difamación del imperio.

Y es que es ya mundialmente consabido que los déspotas pro-imperialistas, infiltrados en las páginas de la historia por las alcantarillas de la propaganda servil, para su indulgencia en la posteridad, han tenido siempre la bajeza de deshonrar la historia y sus héroes, revisando y corrigiendo a su antojo y conveniencia las páginas de las epopeyas históricas, pero sin jamás lograr honrar los despotismos ni sus sicarios. La canonización de los genocidas es la pasión del imperio y sus secuaces y es la misión de sus esbirros de la Gran Prensa, -auténticas armas de desinformación masiva,- mientras que los grandes rebeldes populares son para ellos grandes criminales.

Es por eso que Fidel Castro, como todas las personalidades trascendentales de la historia, requiere de la perspectiva del tiempo para ser comprendido, lo cual es utópico en ésta época de indignidad y de vileza en que el servilismo ante el imperio y la incomprensión de la gleba alienada no ama ni respeta a los hombres de principios sino a los hombres de ambiciones. Las conciencias de rumiantes de los McDogmas del paradigma capitalista, mercantilizadas y envilecidas, veneran solo el éxito financiero de los magnates, no el mérito moral de algunos caudillos populares como Fidel. La virulenta castrofobia engendrada por el imperio por medio de la Gran Prensa servil, es superada solo por la yanquilatría predominante en el planeta como una religión.

Porque lo cierto es que Castro, aunque tuvo durante su gobierno la fama y la fuerza de un dictador, se negó siempre a serlo, digan lo que digan esos grandes empresarios de la difamación y la desinformación, las falsimedia y los autodenominados “disidentes” cubanos, tránsfugas desvergonzados que sólo son desertores de su patria, esos crápulas que al declararse “exiliados por la libertad” deshonran el exilio, puesto que siendo incapaces de defender el derecho de autodeterminación de su patria se empeñan en combatirla coaligándose con el enemigo de ella

Sinceramente, ¿Cómo llamar “antidemocrático” un gobierno donde la educación y la salud son gratuitas, y que a pesar del infame bloqueo yanqui dispone de más médicos por habitante que cualquier otro país del hemisferio, y que además ha alcanzado un índice de mortalidad infantil muy inferior al de los países desarrollados, con un presupuesto infinitamente menor al de cualquiera de éstos? ¿Cómo, sin faltar a la verdad, puede acusarse de “opresor de su pueblo” a quien ha realizado la hazaña, casi el milagro, de multiplicar los panes y los peces en las mesas populares, embargadas y confiscadas por los monarcas de la santa sede imperialista en Washington? ¿Cómo calificar de “dictador” a ese artífice de la grandeza moral de la resistencia cubana que, de ésa isla que era solo un feudo yanqui, hizo una fortaleza de titanes y que es hoy la última catacumba de rebeldes al imperio? ¿Qué hubiera sido del pueblo cubano, en el oscurantismo ideológico de la moderna inquisición neoliberal, sin la antorcha de su líder, lo bastante luminosa como para alumbrar muchos siglos de historia, y en la cual vienen a encender las suyas las almas solidarias y antiimperialistas del mundo?

Origen de la castrofobia

El gran delito de Fidel Castro no ha sido, -como generalmente se cree,- haber establecido un gobierno de ideales socialistas en un hemisferio donde el imperio solo tolera gobiernos de intereses capitalistas. No. Lo prueba esto el hecho que el imperio yanqui mantiene relaciones diplomáticas y comerciales más o menos cordiales con países socialistas como China, Vietnam, e incluso con Corea del Norte. El gran delito de Castro ha sido de negarse a ser una ramera más en el harem de mandatarios en Washington, un perro de caza más en la gran jauría del Pentágono, es decir un “aliado” más de la pandilla vandalista y apocalíptica del imperio yanqui.

De allí proviene la soberbia de la aristocracia imperial, exasperada hasta la epilepsia por un hombre íntegro, erguido en medio de ese rebaño mundial de genuflexos que buscan en la “paz” un refugio contra la dignidad, y en el “orden establecido,” es decir en la sumisión, una disculpa para su cobardía, un pretexto para su servilismo.

Y es que el gesto viril de permanecer erecto es un acto subversivo, y peor aún, intolerable por ser ejemplar, en un mundo vil, doblegado ante sus amos.

En consecuencia, es observando en la manipulada y deshonrada historia de los pueblos esa incesante auto-divinización de los déspotas, que se hace inevitable sentir un justificado desprecio por los tiranos, las religiones… y los dioses.

Por eso, -aún a riesgo de convertirme en el Salman Rushdie del fundamentalismo imperialista yanqui,- me atrevo a opinar que no es exagerado afirmar que Castro ha sido superior a Cristo, aunque por este “sacrilegio” me linchen las almas convencionales, fanáticas de nuestra bien llamada "democracia judeo-cristiana occidental", que se persignan a la sola evocación del nombre de Fidel Castro.

Veamos porqué opino así:

1- Cristo, con su utópico evangelio de “justicia y equidad,” predicaba a los pueblos: "Dad al César lo que es del César", pero jamás dijo a los césares "Dad al pueblo lo que es del pueblo", como sí lo ha hecho Castro durante medio siglo.

2- El ideal cristiano de “Amaos los unos a los otros”, es una ingenua utopía y es, además de absurdo, obsoleto, ante la ley del más fuerte impuesta como una condena inapelable por el despiadado sistema capitalista. En contraste, el ideal socialista de Castro no es ni “anacrónico” ni “arcaico,” como afirman los contrarrevolucionarios, antes bien, es prematuro, ante los atavismos y paradigmas actuales del neoliberalismo;

3- Cristo predicó el perdón y la humildad como único medio de “salvación de las almas”; en contraste, Castro proclama la dignidad, la solidaridad y el humanismo socialista como único medio de liberación de los pueblos;

4- Cristo predicó la resignación, es decir la sumisión, Castro enseña la rebelión, es decir la justicia revolucionaria, como el más honorable medio de liberación de los oprimidos, pues no hay que olvidar que es a causa de la humildad y la resignación cristiana que los oprimidos del mundo han sido tradicionalmente presa fácil de los tiranos y explotadores.

5- Cristo enseñó a los hombres a ser siervos arrodillados; a “poner la otra mejilla” ante los bofetones de los agresores; Castro enseñó al mundo a ser hombres inflexibles en sus principios de solidaridad y dignidad humanas.

6- Cristo, con su abyecta mansedumbre de cordero de holocausto ante el imperio romano mereció su corona de espinas; mientras que Fidel merece su corona de laureles, puesto que ante su firmeza monolítica el águila yanqui ha mellado sus garras y la muerte su guadaña.

7- Cristo soportó el peso ignominioso de su cruz como un mártir; Castro lleva el peso desmesurado pero honroso de su revolución social como un héroe;

8- Por su funesta y vil humildad ante el imperio romano Cristo mereció su crucifixión; por su estoico coraje ante el imperio yanqui Castro merece la inmortalidad. ¡No se puede ignorar que en medio siglo de Revolución Castro ha abofeteado, con su tenaz dignidad, a 11 presidentes yanquis que sucesivamente, pero en vano, se han ensañado implacables contra la insobornable integridad de su conciencia! ¡Y más aún: es tan grande su estoicismo, tanta su honra y tan alta su dignidad, que de seguro, tras su muerte, Castro llegará hasta el mitológico cielo, pero no para rendir cuentas al Todopoderoso, sino para pedirle cuentas por las crueles iniquidades e ignominias que “el Todopoderoso” toleró al imperio perpetrar contra su pueblo!

Y sueñan despiertos los sonámbulos anticastristas y contra-revolucionarios del mundo que con la muerte de Castro morirá también el castrismo. ¡Vano ensueño! Eso equivale a creer que tras la muerte del Papa morirá también el cristianismo! ¡NO! ¡Tras la muerte de Castro el cristianismo vil y estéril de hoy será desplazado y tarde o temprano sustituido por el castrismo, es decir, el socialismo fecundo de mañana! ¡No se entierra al labrador con su cosecha! ¡El imperialismo morirá de la cosecha mundial del ideal castrista! ¡Esa será la revancha y la gloria póstuma de Castro! ¡Gloria pura, porque no será compartida ni contaminada por la caravana mundial de mandatarios lacayos del imperio que, -excepto Chávez, Correa y Evo-, hoy se disputan el célebre puesto dejado vacante por Mónica Lewinsky!

Por eso, así como el sueño libertador de Bolívar logró hacer de cinco países la Gran Colombia, el destino inexorable tiene reservado al ideal castrista la gloria de establecer en los cinco continentes el humanismo socialista, es decir el humanismo globalizado, ¡el auténtico Nuevo Orden Mundial! ¡Y la epopeya castrista de hoy será cantada en los siglos venideros como una Marsellesa mundial, inspirada en los acordes de la actual marcha triunfal del glorioso pueblo cubano hacia su soberanía y su emancipación antiimperialista!

¡Gloria a ti, compañero comandante! ¡La historia te absolverá… y te glorificará!

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Nuestro hombre del futuro

Marcos Winocur (Especial para Argenpress Cultural)

La vida es sueño, escribió Calderón de la Barca. La vida será juego, dice el homo ludens, asumiendo lo que vendrá. ¿Juego? Claro, soy importante ejecutivo de importante compañía, pero todo es de mentiritas: ustedes son las visitas, yo les sirvo humeante té, es invierno, y hablamos de cosas serias e importantes como si fuéramos la gente grande de antes. Que, si nos vieran, dirían que somos unos niños, que no hemos crecido, así Peter Pan. Muy bien, lo lúdico. Es decir, no exaltamos el ocio como el disfrute de no hacer nada, tal cual Paul Lafargue en su libro “El derecho a la pereza”. No. Le damos contenido a ese ocio, lo hacemos creativo, lo lúdico ha de reinventarse una y otra vez. Sólo que, antes de proseguir, un detallito: ¿cómo se hace para vivir sin trabajar? Muy sencillo. Me lo permite la automatización y el haberme tocado pertenecer a uno de los enclaves futuros donde no haya hambre.

Así, pues, no son planes para para hoy, cuando las necesidades no dan tregua, sino para los sobrevivientes de un mañana: aceptar la vida como algo regalado, que ni vale la pena tomar en serio, como monedita que corre y dejamos ir. La vida, sin causa ni finalidad algunas, sin otra justificación que ésta: ha de terminar porque comenzó, y para eso comenzó: para terminar. Es como el perro tratando de morderse la cola, que da vueltas y vueltas sin jamás alcanzarla. Así se dispuso y nosotros le bailamos al son que nos toca.

A pesar de todo, tiene su lado positivo: devaluada la vida, devaluada la muerte. Para ésta, de todos modos, contamos con tratamiento lúdico, los abuelos lo enseñaron. Para comenzar, hay que hacer como en México. Llamarla Pelona (o doña NOOjos, como la he bautizado) con irreverencia. Y anunciarle que va a ser comida como pan y calavera de azúcar, que a sus muertos los haremos bajar en días de celebración. Con esas precauciones, doña NOOjos queda conjurada. Como siempre, no hay que dejarse llevar por delante. Valga el consejo... pues al homo ludens no se le ha quitado el miedo que le tiene a la muerte.

OK, prosigamos si estamos de acuerdo. Y si no, también. Insisto en que la vida lúdica no es simplemente el juego, sino una actitud filosófica, o casi, al menos un comportamiento sabio. Que se construye desde la humildad. Yo, uno al seno de la especie humana, soy poca cosa. Y la especie humana, que alguna vez creyó ocupar el centro del universo, al seno de éste, es poca cosa. Así que soy una poca cosa de una poca cosa. Perfecto. Y esta actitud, lejos de devaluarme, me protege: no pretendo lo que no puedo, estoy al abrigo de inútiles ansiedades.

Vuelvo la espalda a la sociedad dando un paso fuera de ella; y doy la cara al cosmos desde dentro de él. Epicúreo antes que estoico, quedo, por propia decisión, fuera de la partida. Fuera, si se trata de valores sociales consagrados. Y dentro, si se trata de seguir el ejemplo de la lacónica Mamacita Naturaleza. Ella no da explicaciones, no le preocupa justificarse ni pierde su tiempo. Es, simplemente. Así, el homo ludens, de cara al cosmos y de espalda a la sociedad de hoy, anticipando la de mañana.

Por lo demás, su principal trabajo consiste en cantarse y celebrarse a sí mismo, como el poeta Walt Whitman. Para vivir lo más plenamente posible, controla su salud, se diría un tanto hipocondríaco. Y un tanto bon vivant. Y un tanto narcisista. Y un tanto anarquista y un tanto pragmático, está convencido de lo siguiente: la gran lección es que no hay lección, y lo único absoluto es que todo es relativo; ninguna ciencia suplirá los silencios de Mamacita Naturaleza, a la cual el hombre continuará ligado. El disfrute del homo ludens está en competir por el placer de competir midiendo sus fuerzas entre sus semejantes, no en derrotar al adversario, no en demostrar a un público que él gana.

Vivir nunca es aburrimiento, es la invención de nuevos juegos; y tampoco es irresponsabilidad -en el peor sentido de la palabra-; solamente que no se comparte la seriedad de las personas serias que ejecutan en serio tareas serias. Sabiendo que no lo son, sabiéndose una nada, o casi, el homo ludens ratifica su decisión de seguir adelante porque el valor de la vida consiste en vivirla, y nada hay dentro o fuera de ella que supere a la vida misma, aun cuando sea barata, regalada, nada seria: no tenemos otra cosa que esa pobre cosa. Por lo demás, todo es gastable, todo es perecedero, todo tiene su tiempo de existir y su tiempo de extinguirse. Tal vez sea necesario insistir en la distinción entre irresponsable como tipo que todo le importa un carajo e irresponsable como lúdico. No, al primero; sí, al segundo. No derramaré petróleo en el mar y trataré al prójimo, que es mi compañero de juegos, como a mí mismo; cuidaré de las otras especies, especialmente las que se encuentran en vías de extinción, como de mí mismo; y con causa: corro el peligro de ser, yo, el hombre, una de ellas.

Y lo haré sin creerme el rey de la creación, sin soberbia hacia las otras especies, menos evolucionadas; sin pensar que robótica, ingeniería genética, clonación, electrónica, informática, cibernética, astronáutica, cirugía de trasplantes, energía nuclear, etcétera, y armas de destrucción masiva, consagran al hombre como amo del sistema solar o le otorgan el derecho de dar rumbo a la evolución sustituyendo a Mamacita Naturaleza. Todo eso es parte de un juego: irresponsable en el mejor sentido, responsable en el mejor sentido. Y ese juego se acompasa a la vieja receta: vivir y dejar vivir.

Es una moral paralela al universo; percibo la fugacidad y la asumo: soy objeto entre objetos, inteactúo, y la muerte es parte del juego. ¿Implica esta actitud la espera de que el tiempo hará lo suyo sacando del medio a doña NOOjos, o bien, sin poderlo precisar, que algo importante de verdad suceda, algo que revele los porqué y los para qué?

Tal vez el juego sea el modo de sobrellevar la espera.

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Vida de fe

Wilfredo Weigandt (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Disparo de duda que asoma,
vacilación primera
que golpea mi existencia.
Vida,
vida conmovida:
posibilidad y peligro
en ese mismo instante de violencia.
Flaqueza,
necesidad
de una incipiente certeza,
tibia
pero concreta.
Necesidad de un provisorio equilibrio,
de un contingente descanso,
necesidad de tu mano cerca.

Fe de principiante la mía,
pero fe que se arriesga
para ser fundamento
y nido de nuevas vivencias.
Fe que madura
en días oscuros y noches de insomnio,
junto a rostros de amigos
y a tu Palabra que es vida plena.

Crisis tímidamente resuelta:
certidumbre de primavera.

II

Palpar
palpar la daga certera,
sentir que mi mudo se quiebra
y que ya no sirven las recetas
por mágicas que parezcan.

Salir,
salir a buscar estrellas
respuestas
senderos
y fuentes
en libertad y conciencia.

Entender,
entender que algo está creciendo
desde mi dolida existencia:
un nuevo brote despunta,
una superlativa vivencia se adueña
de los ojos que ya no sueñan.

Tal vez,
tal vez sólo esto sea:
asumir la debilidad de mi esencia,
crecer desde el grano de mostaza,
construir desde el fracaso y la culpa,
dejar hacerme vasija
por tu alud de vida nueva.

III

Sentir
sentir que tu mano me cura
mientras me regalas un nombre:
“sueño de fértil pradera”;
mientras me llama tu gracia
a enfrentar –otra vez– la vida
desde tu vida eterna.

La vida:
camino en el cual te conozco.
Camino de conocerme y amarte:
camino de seguir tu huella.

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Crítica al film “Mi nombre es Harvey Milk”: Cine para los tiempos de crisis (políticamente correcto)


Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Flamante ganadora de 2 premios Oscar, Mi nombre es Harvey Milk es una película concisa y dinámica, centrada en la trayectoria política(1) del primer norteamericano electo para un cargo de gobierno declarado públicamente gay.

Dirigida por Gus Van Sant (también gay, director de Mi Idaho privado, En busca del destino, Descubriendo a Forrester, Elefante) y la producción de quienes ganaron el Oscar por la puesta en escena de Belleza Americana, Dan Jinks y Bruce Cohen, el papel protagónico lo realiza Sean Penn, quien concreta con bastante habilidad el libro de Dustin Lance Black(2).

El film comienza con un joven Harvey renunciando a su trabajo formal, y yendo con su pareja a instalarse en 1972 a la ciudad de San Francisco, en la Castro Street (en ese entonces un sector de gays y lesbianas), donde pone un comercio, que pronto se transformará de un lugar de “moda” a un “foco” de organización solidaria y después política. Ante la discriminación que comienza a sufrir en el barrio por parte de los comerciantes de la zona y las constantes razzias policiales en la ciudad, Harvey comenzará a ser un referente de la resistencia, lucha y movilización contra la discriminación y los abusos, transformándose en un conocido referente por su activismo político. Luego de varios intentos frustrados conseguirá, en 1977, ser electo para un cargo comunal. Sin embargo a menos de un año sufrirá un trágico final (un “colega” –ex policía-, White, le dispará a él y al alcalde Moscow, luego de renunciar a su cargo(3)).

De las calles al palacio

El joven Milk comienza siendo solidario con los suyos ante cada ataque policial; integra grandes movilizaciones que cantan “¡derechos civiles o guerra civil!” ante las furiosas embestidas de la derecha: como la llamada “proposición 6”, que buscaba despedir a los maestros y docentes homosexuales de los establecimientos educativos. Esta biopic además muestra –unificando el trabajo de los actores con la historia real- distintos programas y noticieros televisivos, donde aparece la cantante publicitaria Anita Bryant del Estado de Florida, que dice que hay “fuerzas del mal a nuestro alrededor que quieren destrozar el núcleo familiar que mantiene unido al país”.

Para cuando gane las elecciones, el flamante supervisor –que hasta ese mismo momento denunciaba en los debates a los otros políticos por pertenecer a “la máquina” política, alejada de la gente- se transformará en un importante mediador: un ejemplo de esto lo tenemos cuando, ante los reiterados ataques de la derecha y la furia y descontento de la movilización gay, Milk dejará a un colaborador a la cabeza de una manifestación mientras él se adelanta en una moto; va al edificio del Ayuntamiento –donde está la policía apostada- para contener a los manifestantes cuando lleguen. De hecho Milk, que fue veterano de guerra en Corea, se inició como político en 1964 como asesor de un republicano de derecha. En toda la película lo vemos, cuando comienza su carrera como candidato gay, negociar con distintos sectores (abogados, sindicatos, otros partidos) por los votos que le permitan llegar a un cargo.

Esperanzas (vanas)

Con un presupuesto de 15 millones de dólares, esta película sale en momentos donde, a la par de la crisis económica mundial –con epicentro en los Estados Unidos- gana las elecciones presidenciales un afroamericano: otra de las minorías (como los homosexuales) oprimidas por el sistema.

El vago lema “Yes, we can” (sí, podemos) de Barack Obama, se traduce en el film como “Hope” (esperanza) en Milk(4). Lo que hubo desde fines de los ’70 a esta parte, fue una política de cooptación desde el Estado hacia sectores acomodados de las minorías (mujeres, homosexuales, asiáticos, afroamericanos, etc.) en detrimento –hasta quedar en el olvido absoluto- de las demandas laborales. Obama es de algún modo la “coronación” de esta política que todo el “campo del reformismo progresista” festeja hoy (denominada “actitud afirmativa”(5)).

Es que en momentos donde terminaba la efervescencia de las grandes luchas radicalizadas de los ’70 –lo que incluyó movilizaciones enormes, que debilitaron al imperialismo yanqui, haciendo que se retire de Vietnam-, el sistema, con la típica política “de garrote y zanahoria”, fue aceptando las luchas y los reclamos, siempre y cuando fueran parciales (“sectoriales”) y encauzadas como “movimientos civiles” (no es casualidad que en Brasil se tradujera la película con el título de Milk, la voz de la igualdad).

Mientras no se cuestionara “la igualdad” que todos tienen en común: ser explotado laboralmente en el capitalismo, el sistema aceptó (y acepta) reclamos e -incluso- cambios parciales; en muchos casos “cosméticos”, de fachada, como ocurre con el nuevo presidente yanqui.

En todo caso, “la máquina” (de sueños) que es Hollywood “refleja” este proceso, mostrando que el establishment cultural acepta en algún grado de los “cambios”… siempre y cuando no cambie lo esencial.

La máquina Hollywood puso a Penn en el papel protagónico porque, como cuenta el director “había muchos discursos políticos que uno podía oírlo pronunciar... (Y) pensaron que él podía hacer esa parte de la película, la de orador político”(6). Penn fue un reconocido activista contra la guerra a Irak y el impulsor de un pedido de impugnación a Bush(7).

Por otra parte bastante se ha analizado esta nueva película del creador Van Sant. Y no son pocos los que dicen que el director –acostumbrado a criticar la realidad desde personajes outsiders, fuera del sistema- hiciera esta vez una “prolija” y “limpia” película aceptada por un Hollywood “multicultural” -que la premia, como a la española Penélope Cruz o la multiganadora película india ¿Quién quiere ser millonario?-. Si bien Milk tiene buenos momentos de denuncia (como las imágenes históricas de los operativos policiales en bares y lugares gay), pasajes emocionantes con las vivencias de sus personajes y muestra el desarrollo del movimiento gay luchando en las calles por derechos elementales de reconocimiento y la no-discrminación; Van Sant muestra acríticamente las luchas de un sector social por reformas. Desde el punto de vista político este es el principal límite que tiene.

Recordemos que la película sale en los mismos momentos en que, por ejemplo, en el Estado de California se votó la “proposición 8”, que prohíbe los matrimonios gays. Lo que muestra a las claras que los reaccionarios que estaban en esa época en los palacios del poder, continúan activos.

Notas:
1) El director dijo a la prensa que originalmente quería hacer una biografía completa de Milk; pero que era “demasiada cosa”; además de “arriesgado” mostrar más facetas de su vida. Optó por hacer escenas de sexo “más alusivas que literales” (“Diretor de ‘Milk’ diz que filme o influenciou a ‘sair do armário’.”, Folha Online, 20/2/09). “‘En realidad, ‘Secreto en la montaña’ facilitó la concreción de ‘Milk’’, dijo el director. ‘Generó algún clima de aceptación con respecto al tema que nos animó a dar un paso más’.” (Diario Los Andes, 19/2/09).
2) Por otra parte, ya hubo un premio Oscar para esta historia: The Times of Harvey Milk de Rob Epstein, lo ganó en 1984, en la categoría “mejor documental”.
3) Con una escopeta –aunque la película utiliza un revólver-. A White le dieron apenas 5 años: el abogado hizo defensa aduciendo que White estaba desequilibrado por “ingerir demasiada comida chatarra” (!). Al salir de prisión, dos años después, se suicidó.
4) Un análisis completo del fenómeno que llevó a Obama a la presidencia, las contradicciones y límites del proceso se encuentra en Claudia Cinatti: “Obama, candidato del ‘cambio’, presidente de la continuidad”, revista Estrategia Internacional Nº 25.
5) Un diario de centroizquierda (que hace alguna crítica evidente, como cuando dice que el film tiene mucho de previsible) se entusiasma y dice que la película muestra cómo, un activista, “de pronto decidió tomar la política por asalto” (“Cuando la biografía es también cine político”, Página/12, 12/2/09).
6) “Experiencia política ayuda a Penn con ‘Milk’” (El diario de Yucatán, 10/2/09).
7) Se puede ver en Internet el informe del 24/2/09 de la agencia AFP, “Sean Penn, un rebelde en Hollywood con muchas causas”.


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La materia poética de Arthur Rimbaud


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El poeta Arthur Rimbaud, como tantos otros artistas, tropezó con la dureza de su tiempo. Y se lanzó a vagabundear por el mundo, decidido a convertir el alma poética en materia (tangible, caminante, en movimiento), quizá visualizando la elegancia macabramente correcta que estaba por venir.

“El hombre está maleado, dijo Rimbaud, y advirtió que “hay que cambiar la vida”. Y se derramó en vómito sobre las mesas donde “arreglaban” el mundo (entre vino y sonrisas complacientes) los literatos de salón. Porque Rimbaud era definida e irremediablemente un poeta de calle, de los miserables, de los que atraviesan el fuego interior. Y desde las catacumbas de la existencia sienten el insoportable dolor de los otros.

Antes de los veinte años Arthur Rimbaud había escrito la obra que hoy le celebramos. La influencia del poeta francés se hace determinante en el arte moderno, igual la asume la literatura como la música. Para Rimbaud “el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos. Es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras.” No conforme, Rimbaud pensaba que “esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida.” Y fue para cambiar la vida que escribió “Una Temporada en el infierno” (“Entre tanto, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades…”), “Iluminaciones” y “Cartas del vidente”. Luego abandonó la escritura deseoso de encontrar el estado vivo de la palabra. Entonces se convirtió en el viajero (de la existencia) que fue hasta el momento de su muerte el 10 de noviembre de 1891 a la edad de 37 años.

Paul Verlaine (poeta y compañero) definió a Rimbaud como “un joven con la cabeza de niño, con cuerpo adolescente aún en crecimiento y cuya voz, tenía altos y bajos como si fuera a quebrarse.” Y Rimbaud sabía que la sensibilidad estaba a prueba. Te la quebramos o te la estupidizamos; he ahí el dilema. Y el poeta renunció a una y a otra opción convirtiéndose en literatura. Si el sistema de deshumanización nos impone dureza (el todos contra todos), nuestra respuesta (desde la sensibilidad) ha de ser fuerte y estratégica. No hay contrasentido en belleza y resistencia. Por ello Rimbaud implosionó la palabra y resurgió de sus cenizas. Esa desde siempre fue su inquietud: ser él, en conciencia y cuerpo, poesía en movimiento, libre pero tangible, hecha persona.

Hoy la realidad (que nos impone el sistema de consumo) es mucho más dura que ayer. La vida la regula un ultracorservadurismo internacional disfrazado de democracia. El fascismo se ha puesto traje de “señor correcto y legal”. Y gobierna el mundo. Es un instante para que los inconformes nos implosionemos, como Rimbaud, resurjamos de las cenizas convertidos en materia poética y entremos a las ciudades dispuestos a defender la vida.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Remembranzas de un Jurado: Casa de las Américas, una fortaleza de la cultura

Hernán Uribe

Participar como jurado en el Premio Casa de las Américas fue un honor inmerecido que intento divulgar para quienes no han tenido tal privilegio pues me atrevo a proclamar que esa institución cubana, única y múltiple, no tiene un parangón continental en el fomento de la cultura literaria en todas sus fases.

Los galardones otorgados para 2009 (febrero) tuvieron de algún modo mayor relevancia al cumplirse en la fecha el cincuentenario de esta entidad creada sólo cuatro meses después de consumarse el triunfo de la Revolución Cubana (RV) cuando se iniciaba enero de 1959. Transcurridos tres meses desde su nacimiento por la ley 299 se convocó al entonces llamado Concurso Literario Hispanoamericano y el primer Jurado se constituyó en 1960 para evaluar las 575 obras presentadas. Aunque ha sido víctima de una suerte de bloqueo cultural por extensión del económico, Casa ha venido ampliando su labor bajo la dirección de Roberto Fernández Retamar, notable poeta, quien es además, un ciudadano del accionar político como integrante del Consejo de Estado, el más elevado organismo gubernamental de Cuba.

He aquí una puntualización del crecimiento antes aludido:

1964: Se abre el concurso y premio para Brasil, léase lengua portuguesa;
1970: Ingresa Literatura Testimonial;
1975: Literatura para niños y jóvenes;
1976: Literatura caribeña en lengua inglesa;
1979: Literatura caribeña en lengua francesa;
1980: Acceso de Brasil a todos los géneros;
1992: Se incorpora Lenguas Indígenas Americanas;
1994: Creación del Programa de Estudios de la Mujer y convocatoria del Premio Extraordinario de Ensayo sobre esa temática;
2009: Premio Extraordinario de Estudios sobre los latinos en Estados Unidos.

PREMIOS 2009

Novela: El exilio voluntario, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Bolivia)
Testimonial: Mañana es lejos (memorias verdes de los años rabiosos), de
Eduardo Rosenzvaig (Argentina)
Niños y jóvenes: La prometida del señor de la montaña o La doncella del
Huillallaco,
De Yoli Fidanza (Argentina)
Brasileña: Réquiem, de Lédo Ivo (poesía)
Estudios Latinos: Bugalú y otros guisos, de Juan Flores (Puerto Rico)
Premio de Poesía “José Lezama Lima”: El alternado paso de los hados, de Carlos Germán Belli (Perú)
Premio de narrativa “José María Arguedas”: La Ceiba de la memoria, de
Roberto
Burgos Cantor (Colombia)
Premio de ensayo “Ezequiel Martínez Estrada”: Globalización e identidades nacionales y postnacionales, de Grinor Rojo (Chile)

Testimonio: género en debate

A nosotros nos correspondió integrar el jurado para el género Literatura Testimonial con la grata compañía de José Ignacio López Vigil, nacido en La Habana aunque su patria de adopción es Ecuador, profesional radial y teólogo y de Paco Ignacio Taibo II, mexicano; (sí leyó usted bien: segundo en números romanos, al estilo de los Papas o reyes…”. Cada uno debió leer y evaluar cuando menos 20 originales de libros o proyectos de ellos. Para los miembros de esta juraduría fue una tarea intensa porque también se discutió acerca de una definición del género.

Para dar testimonio, primero debe ser uno testigo, palabra que el diccionario de la Real Academia define como “Persona que presencia o adquiere directo y verdadero conocimiento de una cosa”. En realidad tenemos 13 acepciones y otras 14 relativas al Derecho. Según el texto de la RAE, testigo significa también testículo (1) Mas, naturalmente ese no es el problema el cual consiste en cómo el testigo presentará los hechos, cómo hará su testimonio.

He sostenido que el testimonio es primo hermano del periodismo y que la relación de la literatura, por ejemplo, con el reportaje, debe entenderse en el marco del buen uso del lenguaje, en la aplicación de las categorías de la estilística, pero no en la utilización de la esencia literaria que es la ficción. Silvia Adela Kohan apunta que el testigo es un “narrador que observa la escena con ninguna o mínimas alusiones a sí mismo” (2) Creo que exagera puesto que el periodista o testigo puede y debe interpretar los hechos y para ello debe procurar una valoración objetiva que es distinto a la evaluación subjetiva como es la opinión.

Ese límite entre la ficción y la realidad es tenue, debe manejarse con honestidad y sabiduría y mediante el uso de la retórica mecanismo consistente en el “arte de bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia para deleitar, persuadir o conmover” (RAE). En mi anotación inicial luego de la lectura del trabajo premiado, “Mañana es lejos” escribí: ‘ Escrito en primera persona es tanto autobiográfico como testimonial al recoger (narrar) sucesos históricos contemporáneos’.Luego, el jurado concluyó al justificar su fallo: “Debido a la inmensa capacidad para sintetizar la tragedia de la generación rebelde argentina a lo largo de veinte años, la calidad literaria del lenguaje, el brillo de las imágenes y metáforas, y su notable habilidad para narrar que la masacre no sólo afecto a muertos y desaparecidos, sino que destruyó el tejido social de todo un país, en un sorprendente ejercicio de reflexión y memoria sobre un tema crucial en la América Latina”.

La cruda y en veces brutal realidad de Latinoamérica se manifiesta en la mayoría de los trabajos de Testimonio. Así es como la única Mención del jurado correspondió a “Hay que saberse alguna poesía de memoria. (1974-1980: testimonios de una mujer argentina) “. Escrito por Patricia Miriam Borensztejn acerca de el anoté: ‘Relato de una vivencia de seis años de cárcel y de su efecto luego de lograr la libertad. Escritura fina, atrayente y objetiva para narrar una terrible tragedia que fue la de muchas mujeres argentinas en las etapas dictatoriales’. Cuando fue apresada la autora tenía 21 años.

La intensa actividad en Casa de las Américas precedió a la inauguración de la Feria Internacional del Libro que, inaugurada en la capital, recorrería todo el país. La Habana era una fiesta, Hemingway dixit?

Notas:
1) Dice la leyenda que los romanos al dar testimonio judicial posaban una mano sobre esa pieza masculina…
2) Silvia Adela Kohan. Como escribir relatos, Barcelona ,Plaza y Janes, 1999 Santiago de Chile, 5/3/09

Hernán Uribe es periodista y escritor chileno.


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Derribando Barreras en la Literatura: George Sand


Marcela Cantero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Corría el año 1804 cuando Amandine Aurore Lucile Dupin, quien más tarde sería conocida por su seudónimo George Sand, nacía en París el 1 de Julio. Hija de padre aristocrático y madre de clase media, fue educada durante gran parte de su infancia por su abuela paterna en la localidad de Nohant, en el condado de Berry, Francia, lugar que luego aparecería en algunas de sus novelas. En 1822, contrajo matrimonio con el Barón Casimir Dudevant, y tuvieron 2 hijos, Maurice, nacido en 1823 y Solange, nacida en 1828. En 1831, se separó de su esposo llevándose a sus dos hijos y se instaló en París. Cinco años después obtiene el divorcio.

Su primera novela, Rosa y Blanco ("Rose et Blanche"), fue escrita en 1831 en forma conjunta con su amante el novelista Jules Sandeau bajo el seudónimo común de Jules Sand. Después de esta primera novela todas sus publicaciones las hace bajo el seudónimo de George Sand.

Luego de abandonar a su esposo, Aurore comenzó a preferir el uso de vestimentas masculinas, aunque continuaba vistiéndose con prendas femeninas en reuniones sociales. Este "disfraz" masculino le permitió circular más libremente en París, y obtuvo de esta forma, un acceso a lugares que de otra manera hubieran estado negados para una mujer de su condición social. Esta era una práctica excepcional para el siglo XIX, donde los códigos sociales eran de gran importancia.

Estuvo relacionada tormentosamente con el poeta francés Alfred de Musset durante el verano de 1833. Musset posteriormente le dedicaría un libro: Confesión de un hijo del siglo.

En 1838 entabló relación con el compositor polaco Fréderic Chopin a quien había conocido en París en 1831. En Mallorca, aún puede visitarse la villa de Valldemosa -que por su invierno cálido y seco convenía al compositor- donde Sand pasó el invierno de 1838 con sus hijos y Chopin. Este viaje fue luego descrito en su libro Un invierno en Mallorca (Un hiver à Majorque), publicado en 1841.

Dentro de su círculo de amistades se encontraban el compositor húngaro Franz Liszt, el pintor Eugène Delacroix, el escritor Heinrich Heine así como Victor Hugo, el novelista Honoré de Balzac y Julio Verne entre otros.

Su producción literaria se divide en cuatro etapas. Las novelas del primer periodo (1832-1836) como Indiana (1832) que es la primera firmada como George Sand, Valentine (1832) y Lélia (1833) eran idealistas y románticas, además exaltaban el amor libre de las trabas impuestas por el matrimonio convencional. El segundo periodo (1840-1848) se caracteriza por novelas como Consuelo (1842), en las que expone sus ideales socialistas y humanitarios; El compañero de Francia (1841) -fue la primera novela cuyo protagonista es un obrero-, El molinero de Angibault (1845) y El pantano del Diablo (1846). Tras la Revolución de 1848 se retiró a su casa de campo de Nohant, donde escribió las novelas de su tercer periodo (1848-1860), basadas en la vida campestre y que ya había iniciado con El Pantano de Diabloentre las que destacan François el Champi (1848), La pequeña Fadette (1849) y Los maestros soñadores (1853). Sus últimas novelas del llamado cuarto periodo (fines de 1860-1876) que suponen una vuelta a cuestiones sociales de carácter más amplio, están consideradas lo mejor de su producción. Entre estas cabe destacarJean de la Roche (1860), El Marqués de Villemer (1861) y Laura (1864).

En 1873 escribe Contes d'une grand'mère, una colección de cuentos escritos para sus nietos.

Entre sus obras de teatro y autobiográficas se encuentran Historia de mi vida (Histoire de ma vie, 1855), Elle et Lui (1859) donde cuenta su relación con Musset; Journal Intime (obra que se publicara póstumamente en 1926), y Correspondencia. Además, escribió varios textos acerca de críticas literarias y políticos.

Aurore Dupin falleció en Nohant en Francia, el 8 de junio de 1876 a la edad de 72 años.

Sin lugar a dudas, “George Sand” fue una escritora enormemente prolífica que expresaba en sus obras una honda preocupación por los problemas humanos y los ideales feministas.

Algunas de sus Frases Célebres:

"Dios pone el placer tan cerca del dolor que a veces lloramos de alegría."

“La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma”.

“Hay que juzgar los sentimientos por los actos, más que por las palabras”.

“El tiempo no duerme los grandes dolores, pero sí los adormece”.

“Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado”.

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Algo de música: El canto gregoriano


ARGENPRESS

El canto gregoriano es el canto oficial de la Iglesia Católica. Es una música vocal, monódica (a una sola voz) y "a capella" (sin acompañamiento de instrumentos). El canto gregoriano es una enorme colección de obras vocales puesta bajo la advocación del papa San Gregorio I Magno (590-604)), por una leyenda que falsamente le atribuye su invención. Pero el canto gregoriano no es obra de un solo hombre, ni siquiera de una sola generación, ni apareció en un solo lugar concreto. Es la obra acumulada de muchos cantores, en muchos lugares y durante muchos tiempos; sin embargo cristaliza en un repertorio muy unido que se extiende por todo el occidente cristiano medieval. El canto gregoriano es la expresión musical de fe de la Iglesia, manifestada en su liturgia y que se ha mantenido durante siglos. Pero también es un patrimonio inmaterial de la humanidad, digno de ser oído como auténtica obra de arte.
(Tomado de Wikipedia)

Aquí ofrecemos una muestra con dos obras representativas: Tractus y Responsorium-graduale, ambas interpretadas por la Nova Schola Gregoriana, grabadas en Mantua, Italia.





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El expreso polar (2004)


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

DIRECCIÓN: Robert Zemeckis
PRODUCCIÓN: Robert Zemeckis, Steve Starkey, Gary Goetzman, William Teitler, Jack Rapke, Chris Van Allsburg
VOCES DE: Tom Hanks, Michael Jeter, Peter Scolari, Nona Gaye, Eddie Deezen, Charles Fleischer
GUIÓN: Chris Van Allsburg, Robert Zemeckis, William Broyles Jr.
MÚSICA: Alan Silvestri, Glen Ballard
VESTUARIO: Joanna Johnston
FOTOGRAFÍA: Don Burguess, Robert Presley
EFECTOS ESPECIALES: Sony Pictures, Ken Ralston, Jerome Chen
PRODUCTORA: Warner Brothers
DURACIÓN: 99 minutos
COLOR: Colores

Un niño de ocho años, en el proceso de empezar a descreer en Santa Claus, se sorprende cuando un tren enorme, con un número infinito de vagones, produce casi un terremoto y se detiene ante su ventana; es un mágico ferrocarril, que lleva a toda una pluralidad de pasajeros camino del Polo Norte, a la casa del viejo Noel, al taller donde este amable anciano fábrica sus juguetes navideños, lo cual constituye toda una jornada bien larga y riesgosa, una historia basada en un libro de literatura infantil, que nos presentan en una versión cinematográfica movida y descomplicada, con una excelente técnica de dar vida a la animación digital, una película sumamente divertida para todo el grupo familiar, realizada por un director que se ha destacado en el cine fantástico, una realización encantadora, que sí puede fatigar un poco, por la omnipresencia de Tom Hanks para la representación de muchos de los personajes(el Niño-Héroe,el conductor del tren, el Rey del Polo Norte, San Nicolás, y Ebenzer Scrooge, el protagonista del Cuento de Navidad de Charles Dickens), lo cual de todas maneras hace una buena cinta de cine de live action, en la que actúan comediantes de carne y hueso, a diferencia de lo que sucede en las películas de dibujos animados, como también sucede en aquellos filmes en los que interactúan seres humanos con caricaturas, con almacenamiento y captura de los movimientos de los actores (1), para animar modelos digitales en animación tridimensionales (3D) con base en un libro para niños, escrito e ilustrado por el escritor e ilustrador estadounidense Chris Van Allsburg (2) en 1985, quien fuera el mismo autor de Jumanji, la historia de un juego de mesa que transporta a mundos fantásticos, que también fuera llevada al cine, con la maravillosa actuación de Robin Williams, que, en 1981, recibiera el premio nacional del libro al mejor ilustrado.

La cinta logra una magnífica factura con delicadas texturas, luces y sombras o reflejos, que gracias al 3D producen la sensación de que la nieve, los cascabeles, las telas o la punta de la locomotora podrían ser tocadas por el espectador, efecto que aún no logra darse a la piel.

Tom Hanks y Robert Zemeckis ya habían colaborado en Forrest Gump y El naúfrago, aquí se propusieron lograr un espectáculo mágico y lleno de colorido con gran cuidado de la edición, del sonido, de los encuadres y de la velocidad de las tomas para obtener un producto bastante ingeniosos y novedoso, una verdadera obra maestra de este tipo de cinematografía.

El recorrido al que asistimos es un viaje de ida y vuelta, cuyos pasajeros son niños que han empezado a descreer del espíritu de Navidad, quienes tienen que conformar un sólido equipo de trabajo para solventar la cantidad de problemas que se van presentando en la travesía y lograr el objetivo de llegar al Polo Norte, donde podrán conocer a Santa Claus, a sus colaboradores duendes y ser los primeros en recibir regalos en aquella Nochebuena.

En el viaje acompañaremos no sólo al Niño-Héroe sino también a la Niña-Heroína, con su capacidad natural para el liderazgo, su solidaridad y su templanza, el niño solitario, un niño pobre, bastante tímido, quien al fin de la película logra disfrutar del gran regalo de la amistad y el niño sabelotodo, un niño competitivo y egoísta que al final podrá llevarse el regalo de la humildad y la capacidad de colaboración.

En el Polo, conoceremos a su Rey, un fantasma de un vagabundo, que vive en el techo del tren, quien protege el ilusorio recorrido como si fuera una suerte de ángel de la guarda.

También tendremos la oportunidad de participar con los duendes que ayudan a San Nicolás en la fabricación de sus regalos, quienes, por lo demás se encargan de señalar qué niños se han manejado mal durante el año, para castigarlos y dejarlos sin obsequios navideños y un Ebenzer Scrooge, quien se encargará de tratar de hacer que los niños no recuperen su fe en el Espíritu de la Navidad.

Al asistir a esta película asistimos a una muestra de buen gusto en el cine infantil, que se aleja bastante a la chabacanería de Los Simpsons y gran cantidad de filmes para niños que se dan en la actualidad, para lograr una deliciosa fantasía.

Notas:
1) Para lograr capturar los movimientos se coloca a un actor un montón de sensores, conectados a una computadora, que transforma el movimiento de animación, que mimetiza a la perfección el movimiento humano.
2) Van Allsburg se levantó en la región de los Grandes Rápidos en Michigan, y fue a la universidad del Estado a donde fue a estudiar leyes pero terminaría graduándose en escultura, para luego trasladarse a Providence, en Rhode Island, donde siguió sus estudios de diseño, siempre influenciado por el surrealismo.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.


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Lejos es un doble silencio

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La soledad es una flor de trapo, afiche de rostro lengua afuera, torpe burla a uno mismo. Aguachenta nostalgia que pretende, ilusoria, recuperar esa calle que tendría una ventana con el misterio invicto de aquella mujer pálida que miraba la tarde con sus ojos de agua. Porque yo soy de ahí, mi calle era esa calle sin vereda de enfrente. Un umbral de los trenes sin anuncios siquiera que cada desmemoria es una sombra astuta. El tiempo que transcurre es intuición difusa de ronda planetaria, negadora de nombres, borradora de rostros. En aquel lugar lejos me parió algún silbido vértice de una estrella, y hoy ni llega a tristeza esta nave perdida mar arriba. Duele ser cautivo de esta memoria amotinada, intrusa que desecha conciliar con el olvido. Y más cuando allá afuera esa sombra que crece repite un tango lloviznoso, y un rostro ya lejano se suma a esta nostalgia de trago y cigarrillo. Agobio, diálogo con la nada, licor del solitario

-No quiero molestarlo pero, ¿eso no es muy repetido?

-Si, es el regodeo en reiterarse; pocos eluden palabras que a veces nunca fueron un hallazgo.

-¿Eso no le suena a cuento?

-Hay algo siempre imbatible. Es esa constante en participar de un tablero gigantesco, de movidas elípticas y veloces.

-…de movidas confusas que se enciman y contradicen. Ya lo escuché….

-Es que del juego de contradicciones y memoria se encima lo vivido con lo imaginado. ¿Me permite seguir?

-Por supuesto.

Fue muy breve mi tiempo de jugar a la vida y hallarme en este exilio sin una sola llave de violentar cerrojos.

Se va yendo la tarde y su sombra que asedia se borra en ella misma. Lo demás es constante; de algún techo lejano en mi lugar del mundo, esa calle que busco, volarán al ocaso unos gorriones pardos clausurando el paisaje. Postal presurosa que apenas imagino y es doble mi silencio.

-¿Usted no presiente que abruma con eso del exilio?

-Todavía no. El desarraigo y la nostalgia le dejan una marca al trasterrado, y si eso sólo fuera una invención de escriba jamás existiría.

-¿Quién impone el contar?

-Sería una larga historia, pero la humanidad podría interpretarse en sus migraciones por hambre. Es eterno el gentío que huye del hambre, perdidos en la inmensidad detrás de una comida. Esa constante estableció maneras, convivencias y luchas, y a esa reiteración histórica primaria hoy mismo, quienes comen y cada día, le fijan reglamentos. Nosotros aquí y los hambrientos allá; una aceptación de que la especie persiste en la animalidad.

-¿Me dirá alguna teoría sobre la evolución?

-Ni soñando. ¿Le permite seguir a mis reiteraciones?

-Naturalmente, son suyas.

-Gracias.

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Pronto me echarán del trabajo

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ya no sé a dónde ir

A quienes algo pueden hacer he recurrido
pero las respuestas son parciales
los resultados siempre fragmentarios

Sigo igual Yo mismo con mi situación

No me preocupa mucho que será de mí
a la postre lo sé
sino qué es de mí en estos momentos
qué es de todos nosotros

Verdad Qué pasará con todos nosotros
que no nos reunimos con nuestros fragmentos
y construimos un todo

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Tolstoi visto por Jaurés


Jean Jaurés

Nos recordó - dice - el sentido moral y el alcance de la vida

El 28 de agosto de 1928 se cumplió el primer centenario del nacimiento de León Tolstoi, el atormentado y genial escritor ruso, una de las más altas cumbres de la literatura universal de todos los tiempos.

Jaurés — noble y luminoso espíritu — analizó la vida y la obra de Tolstoi; con la belleza y la profundidad con que él sabia hacerlo, en una conferencia pronunciada en Tolosa (Francia) el 10 de febrero de 1911, y que publicamos como homenaje al autor de "Resurrección", a la vez que con el propósito de difundir el hermoso trabajo del inmortal orador francés.

Anuario Socialista, 1929

Grande sería mi compromiso si en el espacio de tiempo de que dispongo tuviera que desarrollar, ni aun siquiera intentarlo, todo el sentido de la obra y el pensamiento del gran Tolstoi, todas las complicaciones de su vida. Su obra es vasta y su personalidad es a la vez muy alta y compleja. Este hombre, que ha influido sobre el espíritu y la vida de todos los pueblos, es hasta el último momento un esclavo, particular y profundamente ruso, y su pensamiento no puede encontrar sitio en el radio del pensamiento occidental.

Ningún partido, ninguna creencia, ninguna clase— puede reivindicar enteramente para sí a este hombre, que ha removido las más nobles pasiones; y él, que ha predicado como dogma fundamental el amor universal, la profunda comunión de las almas, ha pasado toda su vida en un aislamiento absoluto, feroz. Es un cristiano revolucionario, un revolucionario en lucha contra todos los partidos de revolución organizados, un cristiano en rebeldía contra los milagros y contra la Iglesia, y, en cierto sentido, un innovador prodigioso, al lado del cual aun el mismo socialista revolucionario parece algunas veces tímido y rutinario. Y, al mismo tiempo, es, por diversos rasgos de su pensamiento y de su alma, un hombre del pasado, haciendo recordar a los místicos de los primeros siglos de la época cristiana, a esos herejes que, pretendiendo anunciar el próximo retorno de Cristo resucitado, rompían todas las ligaduras de la vida común. Yo no pretendo, pues, hacer un análisis sutil de esta alma compleja, limitándome ahora a esclarecer lo que ha sido el trazo esencial, la fuerza de aspiración moral y religiosa, el deseo que le ha soliviantado y atormentado. A mi juicio, por esto ha conmovido Tolstoi a la raza humana, la que ha visto en él, más que un hombre de letras, más que un artista, un manipulador de ficciones, un potente y magnífico creador de almas; mas también un apasionado, atormentado, como todos los que, para estudiar el problema del destino humano, profundizan en la vida, sin resbalar estúpidamente por la superficie. Y por esta razón, quienes han sentido que en los últimos días del gran apóstol místico se traicionaba un drama interior profundo, se conmovieron por la tragedia de sus últimas horas. ¿Qué ha pasado en los últimos días de Tolstoi? ¿Qué ha motivado la evasión de ese drama interior del lugar donde había permanecido durante tan largo tiempo?

¿Dónde quería ir Tolstoi? ¿Qué deseaba hacer?.

Parece que en esto existe un secreto, difícil de penetrar en toda su integridad, y tal vez ciertas conveniencias, esas mismas conveniencias que Tolstoi, enamorado de la verdad absoluta, detestaba, contribuyeron a crear este misterio. ¿Hubiera querido, antes de morir, lo que durante treinta años predicaba: el completo aislamiento y la pobreza absoluta? ¿Hubiera deseado romper con todo lo que restaba de su vida: compromisos, costumbres de otros tiempos, y llevar al desierto los bienes terrenales, renunciados por él, para colocarlos entre él y el Dios desconocido en cuya busca marchaba? Es posible, porque Tolstoi dijo siempre que por su doctrina, por su predicación, no se comprometía a destruir de golpe todas las cosas que le rodeaban; pero sí a vivir en su condición misma, en un espíritu de aislamiento y pobreza. Tal vez haya tenido también que luchar en estos últimos tiempos con resistencias cada vez mayores surgidas a su alrededor. Un francés, M. Boullanger, que parece haber sido testigo bastante cercano de los últimos años y de los últimos días de Tolstoi, cuenta que éste empezaba a deprimirse por las continuas dificultades de orden doméstico que encontraba para adoptar disposiciones que habían de cumplirse después de su muerte. Prolongaba sus paseos a caballo a fin de recobrar la calma en la soledad. Cualquiera que haya sido la causa inmediata y precisa de la ruptura, esta ruptura, este cambio, es la consecuencia directa o indirecta del ideal de renunciamiento y de austeridad que había predicado. Cosa trágica, cruel, es el destierro que se impone de los lugares en los cuales había puesto su pensamiento, donde había amado, escapando de Yasnia-Poliania al igual que un prisionero se evade de su prisión. Oyendo a uno de sus familiares cavar, en tanto él estaba enfermo y acostado en su gabinete de trabajo, cree que ello puede ser para sorprender un testamento que le inquieta, y toma la resolución de partir, que lleva a la práctica durante la noche, a través del jardín familiar, dirigiéndose hacia las cuadras a fin de preparar una caballería que le conduzca a la estación próxima. Tropieza con un árbol del jardín, cae y se ve obligado a volver a tientas a la casa para buscar una linterna sorda y poder huir, él, el gran espíritu libre, con las mismas precauciones que hubiera tomado un prisionero que se fugase de su calabozo. Es el espectáculo, es el sentimiento del drama moral, del drama de pensamiento, del drama místico; es el sentimiento de la contradicción trágica entre la idea que exaltaba a este hombre y las condiciones del medio en que vivía, lo que ha atraído la atención y producido la emoción de los hombres. Mas esta crisis de los últimos días no puede sorprender, ya que es el fin de la profunda crisis moral y religiosa que hace una treintena de años, hacia 1880, había trastornado y cambiado el alma y la vida de Tolstoi. ¿Cómo se ha producido esta crisis, que es, en cierto modo, el centro de su vida? Todo lo que precede parece prepararla, y todo lo que sigue es, en cierto modo, la conclusión.

Tolstoi tenía entonces cincuenta años.

Había vivido, al menos aparentemente, la vida de gran señor, perteneciente a la aristocracia rusa, criado en una de sus casas más poderosas y ricas, habiéndose librado, por lo menos en gran parte, de la existencia desordenada y fácil de la juventud de San Petersburgo. Asqueado de esta clase de vida, marchó al Cáucaso para estar entre hombres sencillos, en un medio a la vez sublime y familiar; entre hombres a quienes los refinamientos de la civilización, de la falsa civilización, según él, no habían contaminado todavía. Después asistió, tomando parte en ellos y demostrando su valentía, a los dramas de Sebastopol. Vuelto a Moscú, contrajo matrimonio y disfrutó durante quince años de una vida familiar tranquila y dichosa, produciendo durante este tiempo algunas de sus obras maestras más célebres, sus narraciones sobre el Cáucaso y el sitio de Sebastopol y su gran novela nacional "La guerra y la paz"; la riqueza afluía a su hogar y vivía feliz, rodeado de sus hijos y mimado por la gloria. Su renombre era universal, y su salud inalterable. Se ha dicho por algunos historiadores suyos que tal vez la brusca crisis de misticismo que se apoderó de él era efecto de uno de esos secretos desfallecimientos orgánicos que atacan inesperadamente al hombre en el curso de la vida, cuando ésta comienza a declinar. Tolstoi afirmaba que esto no era nada, que nunca había estado mejor ni más fuerte, y que se sentía capaz en esos momentos de trabajar en su despacho, de escribir, de componer, durante ocho horas consecutivas sin sentir la menor fatiga, y deseando que no fuera conocido el efecto de la crisis moral que se había producido en él, dice súbitamente: "Yo soy dichoso; tengo todas las alegrías del mundo en tal intensidad que pocos hombres las poseerán como yo, y me parece que hasta aquí he vivido en un sueño nefasto, en una vida de egoísmo y de ficción, sin percibir el verdadero sentido de la vida y sin ajustar mi conducta a un ideal superior. He podido hasta ahora no pensar en estas cosas, porque la vida hervía en mí y me comunicaba su embriaguez; pero ahora, no estando enfermo ni fatigado y siendo rico, me siento, no obstante, súbitamente desilusionado, y me pregunto: ¿Qué es la vida? Será devorada por la muerte, y mi recompensa, a pesar de ser yo uno de los más felices y brillantes entre los hombres, es bien miserable. ¿Qué valen las alegrías y las riquezas, que desaparecen ante la tumba? Yo deseo una solución al problema de la vida. ¿Y qué me dicen los sabios y los filósofos? Me enseñan el resultado de las cosas entre ellos; pero no me enseñan lo que a mí únicamente me interesa: el estado de mi alma, de mi yo, de mi vida interior y profunda, en relación con el universo infinito y misterioso. Y esto es lo que yo quería saber. Mi vida no tiene razón de ser, no tiene recompensa, si no está ligada a algo superior y eterno. Los filósofos me dicen que el infinito trabaja, que el mundo labora, preparando tal vez alguna cosa grande y divina, y yo digo — exclama Tolstoi—-que esta respuesta es vana, que para mí no existe el universo ilimitado, y aun para los mismos sabios no es más que una colosal y discordante aglomeración de mundos y de átomos que se ruñen y se disipan".

Cuando se le decía a Tolstoi que, al menos, confundiera su alma con la humanidad que va hacia un nuevo ideal, contestaba: "Para saber lo que será esta humanidad, para intentar siquiera entreverla, sería necesario que yo la conociese íntegramente, y no la conozco ni en sus orígenes ni en su término". Y después exclama, con el acento imperativo del aristócrata eslavo: "Me hace falta una solución decisiva, concluyente; una solución para mí". Y hablaba y se exaltaba con esa especie de egoísmo del místico. Los místicos tienen la pasión de la vida, el frenesí de la propia vida, y no se crea que están prontos a perderla, a darla. Y el quietismo, funesto en todo, están dispuestos a aceptarlo si creen que es en beneficio de un dios bueno. Este egoísmo del místico, que quiere que su yo irradie, se salve, bien en armonía con el universo, ya convencido de que sus pensamientos, sus obras, sus actos, sobrevivirán en algo eternamente, trastornaba a Tolstoi, y no encontrando la respuesta inmediata que demandaba, llegaba al punto de buscar un refugio en la muerte por medio del suicidio, viéndose obligado para apartar de sí esta tentación, para no acabar con su vida, ya que estaba bien seguro de no encontrar con ello la explicación del enigma, a apartar de sí las armas de fuego para no alojarse una bala en la cabeza y a que en la habitación donde dormía no hubiera cuerdas que pudieran servir para ahorcarse.

En esta crisis se agitó durante dos o tres años, saliendo de ella diciéndose: "Yo no puedo vivir, porque la vida, no conociendo su sentido, me parece demasiado dura, y viendo que alrededor de mí, al lado de los centros de privilegiados, donde mi alma ha vivido hasta ahora, existen millones y millones de hombres desvalidos". Desde hace siglos ha habido millones de hombres que, sufriendo un trabajo duro, soportando pobrezas, padeciendo enfermedades, han sabido por sí mismos encontrar el secreto de llevar la vida sin vacilaciones ni desalientos, y Tolstoi, inclinándose ante estas multitudes, decía: "Han vivido, han podido vivir, porque eran resignados, porque eran piadosos, porque una gran tradición acumulaba en ellos la fuerza cristiana; pero yo no quiero aceptar todos sus prejuicios, no quiero asociarme a todas sus supersticiones. No creo ni creeré nunca en sus milagros; no creo ni creeré jamás en las leyendas que existen alrededor del cristianismo. Que no se me hable de un nacimiento milagroso de Cristo ni de una resurrección imposible; que el sacerdote no me diga cuando me ofrece la hostia que me ofrece la sangre y el cuerpo del Salvador. Esto son símbolos infantiles, leyendas pueriles; pero de estos símbolos, de estas leyendas, yo quiero apartar y recoger el espíritu de fe, de resignación, de amor, de unión de los hombres en Dios y por Dios, que es la esencia y el fondo mismo del cristianismo, y sin preguntarme cuáles son las nubes de capricho, de locura o de leyenda que refleja el gran río de la tradición cristiana, yo me sumergiría, me bañaría en este río para buscar la pureza, la fuerza y la vida". Y entonces Tolstoi proclama que toma como norma de su vida el evangelio; pero no el evangelio de los ortodoxos, no el evangelio de los sacerdotes, sino el evangelio instintivo y eterno de los pobres, y para creer como ellos se dice a sí mismo: "Es preciso que yo sea igual, que interprete el evangelio en su rigurosa moralidad. Hasta ahora, los hombres, por cobardía o por egoísmo, no han cumplido con el evangelio. Este les dice que sean pobres, y ellos se imaginan que pueden continuar siendo cristianos poseyendo riquezas; que Dios vela sobre los hombres y los pájaros, y tiene palabras de amor y de paz. Hay millones y millones de hombres que, llamándose cristianos, despojan y hacen sufrir a sus hermanos, proclamando de clase a clase o de nación a nación la destrucción de los hombres. Pues bien — dice Tolstoi: —yo quiero que por encima de las leyes, por encima de los sacerdocios, los hombres cumplan este evangelio, y no les diré que se sometan, como tampoco les aconsejaré nunca que se rebelen por la fuerza; yo quiero que obtengan e impongan la paz por medios pacíficos, sin que los humildes, los oprimidos, viertan la sangre de los poderosos; quiero que su acción quede limitada a la resistencia pasiva, a negar obediencia a los poderes injustos. Y el día en que sin violencias, sin imitar las salvajadas de los poderosos, sin revolución trágica a la moda occidental, los millones de pobres nieguen su corazón y sus brazos a la obra de injusticia, de guerra y de muerte, las viejas representaciones de la mentira y de la represión desaparecerán". He aquí a que doctrina, a que anarquismo, a la vez tradicional y revolucionario, llega Tolstoi.

Pero esto no tendría fácil explicación imaginándose que esta crisis ha sido consecuencia de una especie de improvisación, y si se quiere buscar el origen del drama de conciencia, del drama moral y religioso que se ha desarrollado en el alma de Tolstoi hacia 1880, si se desea hacer luz en este drama, es preciso leer sus obras anteriores, las obras de su época mundana, si se me permite esta palabra, y se verá que toda la obra de este noble y extraño espíritu tendía ya hacia este fin, anunciaba esta crisis, encontrándose en seguida en ella esta pasión, esta especie de frenesí de la vida que es la característica de la misticidad.

Cuando Tolstoi, contando apenas veinte años, marcha al Cáucaso, nota la superabundancia de vida interior que existe en él, y dice a este respecto: "Lo que yo sentía era un amor profundo y ferviente por mí mismo, por todo lo que en mí había de bueno y de bello susceptible de desenvolvimiento". Y, al mismo tiempo que tenía esta pasión de la vida, aceptaba seriamente, trágicamente, todos los sistemas que tendían a explicarle el sentido de la vida; y no lo hacía como lo hacen nuestros estudiantes bachilleres, nuestros futuros filósofos como una fórmula que apenas deja huella en el espíritu. Cuando Tolstoi leía las obras de los estoicos o los resúmenes de la filosofía estoica, se decía: "Es preciso que yo también sea estoico". Y durante semanas y meses, en tanto que vivía bajo la influencia de esta idea, se sometía a privaciones, pruebas y flagelaciones voluntarias. Después leyó en los filósofos ingleses o alemanes que el mundo no era más que una fantasmagoría; que lo que nosotros creemos ver y entender no es más que una gran alucinación; que, en realidad, el mundo no es sino una ilusión producida por el yo, que se difunde y manifiesta exteriormente, y en seguida se obsesionó con esta idea en forma tal, que de repente modificó su pensamiento de manera brusca, en la esperanza de que su yo no hubiera tenido tiempo de proyectar otras imágenes y que pudiera encontrar la nada universal en su estado primitivo.

"Un héroe: la verdad”.

Yo cito esto, que puede parecer infantil, porque ello indica la pasión extraña, singular, que el alma de Tolstoi, siempre joven, ponía en el estudio del problema de la vida. Después muestra su amor apasionado e intransigente por la verdad cuando habla de los sucesos de Sebastopol, cuando muestra la mezcla de grandeza y debilidad de las almas, diciendo: "En mi obra no hay héroes; todos son buenos y todos son malos; yo solamente he tenido un héroe: la verdad." Y al mismo tiempo se despertaba en su alma la pasión de la simplicidad, el odio hacia la vida de salón, las complicaciones, factores de la existencia; y esta simplicidad primitiva, esta belleza grandiosa y simple de la Naturaleza, es la que él va a respirar al Cáucaso. ¡Ah! En su libro sobre el Cáucaso hay una página sorprendente y admirable, donde se puede sorprender la identidad de lo que yo llamo la pasión de la vida y el espíritu de sacrificio.

Una vez, Tolstoi, yendo de caza en un caluroso día de verano, se pierde en medio de un bosque desconocido para él; se sienta a descansar al pie de un árbol y es envuelto por una nube de mosquitos que le molestan, le pican y le exasperan. En el colmo de su cólera se dice súbitamente: "Los nombres que viven aquí soportan estas cosas y viven entre ellas; ¿por qué no las he de soportar yo?" Y las picaduras de los mosquitos le parecen de repente menos incómodas, y piensa en toda esta fecundidad en toda esta pululación de la vida en la selva, diciéndose que cada uno de los muchos mosquitos decía: "Yo", como el mismo Tolstoi, decía "Yo" y que el zumbido que producían, su silbido, tal vez pudiera ser los clarines de batalla de todo este ejército de seres minúsculos llamando al ataque de la presa colosal que descansaba en el bosque. Y sintió que él no era más que un átomo viviente en el innumerable ejército de los átomos, un yo minúsculo, efímero y miserable, perdido en los millares de conciencias efímeras, miserables y limitadas, como la suya. No tenía de momento más que un medio para librarse de tal situación: levantarse y seguir la marcha, y entonces pensó: "La vida no tiene otro- objeto que sacrificarse por los demás. Por un estrecho egoísmo, el individuo humano está perdido en la inmensidad de los otros egoísmos. Si aprendiera, por el contrario, a sacrificarse, sería superior a todos, los envolvería y dominaría, aferrándose por encima de ellos a algo imperecedero y eterno". Y he aquí cómo en la selva del Cáucaso, a los veinticinco años, Tolstoi se sintió ya influido por los fermentos de la gran crisis mística que había de adquirir pleno desarrollo veinticinco años después.

Hay que hacer resaltar la influencia que la selva tiene en la obra de Tolstoi, porque no es solamente en su libro sobre el Cáucaso donde habla de las inspiraciones encontradas en los bosques, sino que también lo indica en su obra "Mi confesión". ¿Por qué es esto? Porque la selva tiene una admirable potencia simbólica, juntándose en ella a la vez la pululación de la vida y el misterio. Tolstoi, desde entonces, está agitado por esta gran aspiración religiosa, y por ello escribe con amor los grandes espectáculos de la guerra, porque la guerra pone, por decirlo así, al hombre en ese instante en plena fuerza de la vida, sobre si mismo y al límite del misterio; y se ve en sus estudios sobre Sebastopol, en su libro "La guerra y la paz", cómo en todo momento las emociones de la guerra hacen surgir en él Mas grandes concepciones de misticidad y de esperanza religiosa.

Hasta en el carácter literario de Tolstoi se encuentra esta dominante inspiración moral. No se interesa por las cosas sino para interesarse por las almas. No puede comparársele ni a Balzac, ni a Jorge Sand, ni a Flaubert, ni a Zola. Balzac, tan idealista, tan espiritualista a su manera, se interesa por las cosas por ellas mismas, y al mismo tiempo que describe las viejas familias como si fuesen seres autónomos, se interesa por ellas, por sí mismas, y no solamente en razón del drama humano que han de cumplir. En Jorge Sand hay magníficas efusiones líricas, en las que el alma se confunde con la Naturaleza y olvida, por decirlo así, el problema de su destino. En Flaubert hay un cuidado de la forma, un dominante cuidado artístico, y una especie de aspereza despreciativa y triste para la pobre y mediocre raza humana. En Zola los espectáculos son algunas veces evocados; pero en un estado superficial en relación con el alma. Recordad el pasaje de "Una página de amor" en que la muchacha mira algunas veces desde lo alto de la colina del gran París a los tejados de las casas humildes. Es una visión que entra en el alma, pero que no se incorpora a ella. Y cuando muestra la ola de la vida turbia que pasa por los bulevares de París, como un río que arrastrara sordamente pasiones carnales, las almas son arrastradas por esa corriente, sin que puedan librarse de ella. Tolstoi, por el contrario, no se interesa por las cosas más que en la proporción que están unidas a la vida de las almas y de cada alma. En su obra hay poco de pintoresco, y por ello, en "La guerra y la paz" lleva a los ejércitos a través de Europa y conduce a sus héroes al pie de la colina donde, en una noche de diciembre, el fuego alumbra en el campo de batalla de Napoleón los muertos en Austerlitz. No se entretiene jamás en la descripción, y no evoca la naturaleza exterior de las cosas sino cuando quiere encontrar las almas. Esto se evidencia en los personajes de su obra, como en el jovencito que, estando en el puente sobre el Danubio, bajo la amenaza de los obuses, entrevé súbitamente la dulzura del horizonte y contrasta en su alma la serenidad de la vida luminosa y la sombra misteriosa y dominante de la muerte, e igualmente en aquel príncipe Andrés que, sentado en un montículo de Praizen, soñando con proyectos de ambición y de gloria, entrevé por primera vez el cielo azul, el cielo profundo, lleno de misterio; el azul de ese cielo donde flotan obscuras nubes.

Siempre son las almas lo que interesa a Tolstoi, y aún describiendo lo frívolo y mediocre de la vida ficticia de los salones, jamás rebaja su concepto del alma humana.
En la descripción del sitio de Sebastopol muestra a los soldados y a los oficiales que, olvidándose algunas veces de sus deberes, juegan, beben y riñen, y dice: "Es imposible que la chispa sagrada brille siempre en las almas; pero en todo momento está pronta a reanimar e iluminar con su claridad las acciones humanas". Y cuando en la falsa vida de la sociedad mundana ve a los niños, el alma de Tolstoi aspira con deleite la candidez, el encanto, la vida plena que de ellos emana. Hay en toda su obra, con respecto a las almas humanas, hasta cuando se derrumban y escapan bruscamente hacia el misterio que en ellas suscitan el dolor y la muerte, una perpetua savia de esperanza religiosa, y a pesar de ser esa obra tan minuciosa y vasta, me parece como un bosque en que todas las ramas de los árboles, verdes o secas; todas las hojas, frescas o marchitas; todos sus nidos, llenos o destrozados, estuvieran saturados por la dulzura del azul del firmamento y por el misterio de las noches estrelladas.

Esto es lo que hace que en toda la obra de Tolstoi se anuncie o se prepare la gran crisis de misticidad de que he hablado antes, y la cual no ha creado elementos nuevos, sino solamente destacado elementos místicos que hasta entonces habían permanecido diluidos en el gran torrente de la vida y de las impresiones naturales. El misticismo fanático surgido en el alma de Tolstoi hacia 1880 es como un sol terrible que hubiera secado el Océano, no dejando subsistente más que el salitre del mar, que estaba ya en el Océano, así como todos los elementos rudos y acres de esta inteligencia fuerte y amarga estaban ya en la obra del maestro.

Y, sin embargo, después de esta crisis, ¿a qué solución llega Tolstoi? ¿Qué nos deja? ¿Adonde nos conduce?

Si se somete su obra, su filosofía religiosa y social desde 1880, a un análisis intelectual severo, no creo "que pueda subsistir en su forma presente. Abundan las contradicciones, y es desde luego una cosa dolo-rosa, terrible, ver que, por haber querido afirmar, por encima de las exigencias de la vida real, un ideal absoluto y abstracto, Tolstoi, que anhelaba conducirnos a la paz, sostiene consigo mismo una lucha dolorosamente angustiosa y rudamente contradictoria. Y, después de todo, ¿qué es su cristianismo y cómo puede tenerlo? Por una parte ha querido hundirse en la tradición; pero en esta tradición, el cristianismo al que pide se sometan todas las voluntades es un cristianismo arbitrario, hecho solamente por él. Es severo con los orígenes del cristianismo; no quiere que se hable del Antiguo Testamento, olvidando que tanto éste como el Nuevo Testamento han salido como la flor sale del tallo. Propaga el anuncio mesiánico del reinado de Dios y no deja subsistir más que un cristianismo extraño al tiempo y al espacio.

Si el cristianismo se resume en el amor de las almas para los hombres y para Dios; si el cristianismo no es más que esto; si los Evangelios, como ha dicho Tolstoi, son frecuentemente una colección de leyendas inútiles y perniciosas, ¿en qué lugar queda la autoridad casi sobrehumana con que Tolstoi nos manda y nos inspira? Y si el cristianismo no es más que esto, ¿en qué se diferencia de las otras grandes religiones humanas: la de Brahma, la de Buda y la de Mahoma?. Tolstoi no tiene otro remedio, en efecto, que reconocer a todas estas religiones las mismas virtudes religiosas que al cristianismo. ¿Cómo, sin embargo, distinguirlas entre sí? ¿Cómo dar la fuerza y la autoridad necesarias a sus diversas declaraciones? Es preciso que intervenga la razón, y por eso a la revelación tradicional sucede necesariamente el esfuerzo incierto, incompleto, pero indispensable, de esta razón que Tolstoi ha querido envilecer y humillar. Y después, ¡qué contradicción en su amor por el pueblo! Se siente atraído por él, le ama, quiere ayudarle, levantarle; imita su piedad, su resignación. ¿Por qué hace esto? Porque el pueblo se le figura resignado y dulce. Sin embargo, Tolstoi sabe perfectamente que este pueblo, desde hace siglos, es víctima de grandes injusticias y que no podrá mejorar su situación si no reacciona, y surge entonces esta terrible contradicción: Tolstoi, que ama al pueblo, que le admira, se apartará de él si no se resigna o si no se adapta a los medios inútiles y pacíficos que, para su mejoramiento, él quiere imponerle.

¿Cuál es el ideal que propaga?.

En definitiva, un ideal arcaico. Tolstoi ha vivido con el pensamiento de Occidente; conoce a nuestros escritores, no ignora la ciencia moderna, y de todos los escritores europeos, al que ama más, al que más admira, es a Rousseau, porque éste aconseja la sencillez, desconfiando de las complicaciones de la civilización moderna; y a pesar de conocer Tolstoi el Occidente, no se fía de él, le condena, no quiere nada de la democracia. Juzga a ésta simplemente como la democratización de la antigua corrupción, limitada antiguamente a las oligarquías.
Tolstoi no siente por la ciencia, por sus inventos y mecanismos, más que una admiración muy mediocre, y envuelve en el mismo desdén, en la misma condenación, en la misma frase, que nos parece caprichosa, a los acorazados y al telégrafo, a las bombas y a los ferrocarriles eléctricos, y a los demás inventos, tan imbéciles — dice Tolstoi — como perniciosos.

Yo sé perfectamente que es necesario luchar contra todas las supersticiones, incluso la superstición de la ciencia; que es preciso recordar a los hombros que muy frecuentemente los inventos, aun los más admirables, de la ciencia han sido desvirtuados por el espíritu de lucro y han servido de pretexto para opresiones y explotaciones, contribuyendo a aumentar las miserias e injusticias; que es digna de aprecio la acción de los que, a través de las ciudades, llenas de impurezas, infortunios inmerecidos y miserias injustas, hacen pasar, como a modo de aire saludable de los bosques primitivos, el aire puro de la simplicidad evangélica que pasa sobre los risueños lagos de Galilea. No ignoro nada de esto; pero también sé que si queremos progresar, si queremos avanzar, no hay que rechazar a la democracia ni a la ciencia, sino elevarlas, reformarlas, extenderlas, haciendo que la democracia política se convierta en democracia social.

Tolstoi, que es un oriental, deplora que la revolución rusa se haga con las normas de la revolución occidental. Tiene miedo, igual que a la democracia, al desarrollo industrial, y no querría más que una producción agrícola a base comunista. Pero es imposible detener la revolución mundial; las industrias progresan, y en Oriente, en la misma Rusia, es el proletariado industrial quien hace despertar de un sueño demasiado largo a la masa campesina; y en Persia, en la India, en el Japón, China, en todo el Oriente, hasta ahora dormido, es la fiebre de la actividad europea, con sus defectos, con sus maldades, con sus crueldades, pero también con sus grandezas, la que se esparce por el mundo, y cada vez más estos pueblos se despiertan y se liberan, y no es renunciando a la producción industrial, sino organizando toda la producción sobre las bases de una justicia nueva, como aseguraremos el equilibrio en el progreso creciente.

Mas sean cuales fueren las discrepancias que surjan de mis críticas, todos los que luchamos, o más bien, si se me permite la palabra, todos los que vivimos, debemos una singular gratitud a Tolstoi, al hombre que nos ha recordado, cualquiera que sea nuestra función y condición, el sentido moral y el alcance de la vida.

Todos estamos expuestos, en la vida estrecha y oscura que llevamos, a olvidar el sentido profundo y misterioso de la existencia. En casi todas las condiciones, en todos los oficios y clases, el patrón es absorbido por el negocio, bien sea la ganancia o bien las responsabilidades de la dirección; los obreros son hundidos en los abismos oscuros de la miseria, y de sus cerebros y de sus labios no salen más que gritos de auxilio y de protesta. Nosotros, políticos, perdidos en las batallas cotidianas y ahogados en la intriga diaria, podemos olvidar que, ante todo, somos hombres, es decir, conciencias a la vez autónomas y efímeras, extraviadas en un universo inmenso lleno de misterio, y al no recordar el alcance de la vida, desdeñando el buscar su verdadero sentido; estamos expuestos a no conocer perfectamente los verdaderos bienes, la calma del corazón, la serenidad del espíritu. Tolstoi nos ayuda a levantar los ojos hacia el firmamento lleno de astros, a volver a encontrar el sentido de la simplicidad, de la fraternidad, de la vida profunda y misteriosa. Y al mismo tiempo nos advierte. El, que no es el revolucionario banal, violento y destructor que solemos encontrar algunas veces; que es el hombre de la paz, del amor, del cristianismo renovado, advierte a los conservadores que el sistema seguido por la sociedad presente no puede subsistir, y que está condenada, no sólo por las irritadas reivindicaciones de los explotados, de los que sufren, sino por la protesta íntima de las más nobles conciencias, que se sienten oprimidas por lo que esta sociedad lleva en sí de indignidades, de angustias y de miserias.

Y recordando un texto de los salmos, ya que hablando de Tolstoi puede ser permitido recordarlo, yo digo a todos: Preveníos, meditad, trabajad, preparad instituciones fraternales para que la inevitable revolución social sea pacífica; pero así como el salmista decía, refiriéndose a Dios: “ Le encontraréis en las alturas del cielo y en las profundidades de la tierra, en Oriente y en Occidente, y no escaparéis a su mirada", yo digo que la revolución está allá, está aquí, está en todas partes: en la organización de los que sufren y en la alta protesta de los que piensan.

Los aires que llegan de Oriente y de Occidente, los ecos iracundos del proletariado de Occidente y la misticidad oriental de Tolstoi, todo ello forma un torbellino de tempestad alrededor de esta vieja sociedad, roída y podrida como el hueco tronco de una vetusta y enferma encina. Preparad, pues, una nueva sociedad más justa.

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Sinfonía poética dirigida

Victoria Lucía Aristizábal (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Llena de gloria al visitar mi alma
con impulsos celestiales y mi anhelo
me ciño a dirigir lo que me dice el cielo
para escribir los versos en la calma

Por el amor puro que en mi existe
en la certeza de saberme tan humana
reviso dentro de mi cada día y semana
por lo que todavía en mi persiste

Siempre los versos tienen al amor
aun en el sufrimiento o en la soledad
es el poeta con la pluma que en verdad
impulsa al compensarse en el valor

Parece el poeta un mágico orador
que en su aliento al escribir se crece
y en cada suspiro su palabra así florece
buscando proyectarse total al lector

Como poetas somos protectores
del mundo interno del alma que visita
es interpretación emocional que habita
pues somos en la escritura actores

Nunca la poesía silencia al poeta
por el contrario fluye desde el corazón
quizás nunca tenga para otros razón
es el encanto de mágica alfabeta

Tiene en sus arcas vida repleta
identificado en un amor y sentimiento
o es la ruptura emocional al momento
o instinto pasional que no se agrieta

O es la paz interior o las querellas
o la sombra de una estrella fascinante
o es la entrega feliz de aquel amante
que percibe vibraciones y centellas

Es la contraposición o variabilidad
de los ciclos naturales que en sí siente
es la musa feliz que llega de repente
en notas de sabiduría y sensibilidad

Es una influencia interna decisiva
que se extiende en alma y en la mente
es tan sutil su ingreso como remitente
al describir su historia tan activa

Es herencia, talento o es cuento
que describe de forma breve y natural
o es la integración de cultura popular
que su expresión da forma y aliento

Es ideología anticuada o moderna
o un paralelismo de detalle conocido
que traspasan épocas o es bienvenido
el compendio de una vida eterna


Es para mí ersonalmente ¡Dios!
que mi pluma dirige espiritualmente
es mi Director de vida integralmente
y me dicta vislumbrando un adiós

Y en mi condición actual concebida
en esta soledad de alma transparente
me siento con El agradecida y ferviente
porque el dolor patrimonió mi vida

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Odisea en el norte


Jack London

I

Los trineos dejaban oír su eterna queja, a la que se mezclaba el chirriar de los arneses y el tintineo de las campanillas de los perros que iban en cabeza. Pero los hombres y los animales, rendidos de fatiga, guardaban silencio. Una capa de nieve reciente dificultaba la marcha sobre la pista. Estaban ya muy lejos del punto de partida. Los perros, arrastrando una carga excesiva de ancas de alce congeladas, duras como el pedernal, se apalancaban con todas sus fuerzas en la blanda superficie de la nieve y avanzaban con una terquedad casi humana.

Caía la noche, pero nadie pensaba en acampar. La nieve descendía suavemente por el aire inmóvil, no en copos, sino en diminutos cristales de dibujos delicados y sutiles. La temperatura era bastante alta -sólo veintitrés grados bajo cero- y los hombres no sentían frío. Meyers y Bettles habían levantado las orejeras de sus pasamontañas y Malemute Kid incluso se había quitado los guantes.

Los perros, aunque fatigados desde las primeras horas de la tarde, empezaron a dar muestras de un nuevo vigor. Entre los más sagaces reinaba cierta desazón. Se impacientaban ante las limitaciones que imponían a su marcha los arreos; sus movimientos eran rápidos, pero indecisos; olfateaban nerviosamente y levantaban las orejas. Estos canes se enfurecían ante la flema de algunos de sus congéneres y los estimulaban con continuos e insidiosos mordiscos en los cuartos traseros, proceder que las víctimas imitaban en perjuicio de otros. De súbito, el perro que abría la marcha en el primer trineo lanzó un agudo gemido de satisfacción y, casi echándose en la nieve, descargó todo el peso de su cuerpo sobre el collar. Todos los demás perros hicieron lo mismo, de modo que se tensaron los arreos y los trineos dieron un salto hacia adelante. Los hombres se asieron con fuerza a las varas y aceleraron la marcha para no ser atropellados por las otras traíllas. El cansancio de la jornada les abandonó y empezaron a alentar con sus gritos a los perros, que respondieron con gozosos ladridos. El avance a través de las crecientes tinieblas cobró gran vivacidad.

-¡Arre, arre! -gritaban los hombres cuando su trineo abandonaba de pronto la pista principal, escorando por efecto de la tracción de una sola fila de perros, como lugres que reciben el viento de costado.

Luego emprendieron con frenesí la carrera final para cubrir el centenar de metros que los separaba de la ventana iluminada, cubierta por un pergamino, que indicaba la presencia de una acogedora cabaña, con su llameante estufa del Yukon y sus teteras humeantes. Pero el anhelado refugio estaba ocupado. Sesenta perros esquimales de cuerpo peludo llenaron el espacio con sus gruñidos de desconfianza y se arrojaron sobre la traílla que tiraba del primer trineo. En esto la puerta de la cabaña se abrió de par en par y apareció un hombre que vestía la guerrera escarlata de la Policía del Noroeste. El policía se internó en aquella masa de enfurecidos perros que le llegaba a las rodillas, y, manejando con la mayor equidad el mango de un látigo especial para este género de animales, restableció la calma.

Después, los hombres se dieron la mano. Así fue recibido Malemute Kid por un extraño en su propia cabaña. Stanley Prince era quien en realidad debió salir a recibirle, pero estaba muy ocupado, pues tenía que atender a la estufa del Yukon, a las teteras y a sus huéspedes, que, en número aproximado de una docena, formaban el grupo más abigarrado que jamás había servido a la Reina y que se cuidaba de repartir el correo y de imponer el respeto a las leyes. Aquellos hombres eran de los más diversos orígenes, pero la vida que llevaban les había dado un sello común característico: todos eran hombres delgados y fuertes, de piernas endurecidas por las caminatas, rostro curtido por el sol y almas apacibles que se mostraban en sus miradas francas, nobles y enérgicas. Conducían los perros de la Reina, inspiraban temor a los enemigos de Su Majestad, comían lo que la soberana les asignaba, que no era mucho, y se sentían felices y contentos. Habían visto la vida cara a cara, y, aunque ellos no lo sabían, habían realizado verdaderas hazañas y corrido aventuras novelescas.

Estaban como en casa propia. Dos de ellos, tendidos en la litera de Malemute Kid, entonaban canciones que ya cantaban sus antepasados franceses cuando ocuparon las regiones del Noroeste y se unieron a las mujeres indias.

La litera de Bettles había sufrido una invasión similar: tres o cuatro fornidos voyageurs habían introducido los dedos de los pies entre las mantas y escuchaban el relato de otro que había servido en la brigada flotante de Wolseley, cuando logró llegar a Jartum peleando desde sus barcas. Luego tomó la palabra un vaquero y empezó a hablar de las cortes, los reyes, las damas y los caballeros que había visto cuando acompañó a Búfalo Bill en su viaje por las capitales de Europa. En un rincón, dos mestizos, antiguos camaradas de armas en una campaña que había fracasado, remendaban arneses y hablaban de los días en que reinaba Luis Riel y las llamas de la insurrección se alzaban en todo el Noroeste.

Se oían rudas chanzas y bromas más rudas aún y se referían las más extraordinarias y arriesgadas aventuras -ocurridas en la pista y en el río- con la mayor naturalidad, como si sólo merecieran recordarse por alguna nota de humor o algún detalle ridículo. Prince se sintió subyugado por aquellos héroes anónimos que habían asistido a la formación de la historia y medían por el mismo rasero lo grande y romántico que los pequeños incidentes de la vida cotidiana. Les dio de fumar con despreocupada esplendidez, y entonces se aflojaron las cadenas enmohecidas de los recuerdos, y, para deleite suyo, se rememoraron odiseas olvidadas.

La conversación decayó al fin. Los viajeros llenaron las últimas pipas, desataron las pieles fuertemente arrolladas y se dispusieron a dormir. Entonces Prince se volvió hacia su camarada para pedirle más noticias.

-Ya sabes quién es el vaquero -respondió Malemute Kid, empezando a desatarse los mocasines-; y no es difícil adivinar la sangre que corre por las venas de su compañero de cama. En cuanto a los restantes, son todos hijos de los coureurs du bois, mezclados con sabe Dios cuántas otras sangres. Los dos que ahora entran son mestizos corrientes, boisbrûlés. Ese muchacho que lleva una bufanda de tela de pantalones (observa sus cejas y la caída de su quijada) demuestra que un escocés lloró entre el humo que llenaba la tienda de su madre. Y aquel tipo tan apuesto que se está colocando el capote como almohada es un mestizo francés, como habrás notado al oírle hablar. No tiene la menor simpatía a los indios que se disponen a acostarse a su lado. Ya sabes que cuando los mestizos se alzaron acaudillados por Riel, los pura sangre no tomaron parte en la lucha; desde aquel día no se ha prodigado el amor entre ambas comunidades.

-Pero dime: ¿quién es aquel individuo de aspecto fúnebre que está junto a la estufa? No debe de saber inglés: no ha dicho esta boca es mía en toda la noche.

-Te equivocas. Habla el inglés perfectamente. ¿No has visto cómo miraba a uno y a otro durante la conversación? Yo sí que lo he advertido. Pero no tiene parentesco alguno ni amistad con los demás. Cuando ellos hablaban en su argot, él no comprendía ni una palabra. Me he preguntado quién será. Vamos a averiguarlo.

Y Malemute Kid, levantando la voz y mirando fijamente al desconocido, le ordenó:

-¡Echa un poco de leña a la estufa!

Éste se apresuró a obedecer.

-En algún sitio le han inculcado la disciplina a palos -comentó Prince en voz baja.

Malemute Kid asintió y, después de quitarse los calcetines, se dirigió a la estufa, sorteando los cuerpos tendidos. Cuando estuvo junto al fuego, colgó sus húmedas prendas entre una veintena de calcetines puestos a secar.

-¿Cuándo crees que llegarás a Dawson? -preguntó al desconocido.

Éste le observó un momento antes de contestar.

-Dicen que está a unos ciento veinte kilómetros. Yo creo que tardaré unos dos días.

Apenas se le notaba acento extranjero y hablaba sin dificultad alguna.

-¿Habías estado en esta región?

-No.

-¿Y en el Noroeste?

-Sí.

-¿Naciste allí?

-No.

-Pues ¿dónde demonios naciste? Tú no eres como ésos -Malemute Kid señaló a los conductores de los perros, incluyendo a los dos policías que se habían acostado en la litera de Prince-. ¿De dónde eres? He visto caras como la tuya más de una vez, aunque no recuerdo dónde ni cuándo.

-Yo te conozco -dijo el misterioso individuo sin que viniese a cuento, como si quisiera esquivar las preguntas de Malemute Kid.

-¿De dónde? ¿Nos habíamos visto ya?

-Tú y yo, no; a quien vi fue a tu socio el sacerdote, hace ya mucho tiempo, en Pastilik. Me preguntó si te había visto, Malemute Kid. Me dio de comer. No estuve allí mucho tiempo. ¿No te habló de mí?

-¡Ah! ¿Tú eres aquel que cambiaba pieles de nutria por perros?

El hombre asintió, golpeó su pipa para vaciarla y se envolvió en sus pieles como prueba de que no se sentía inclinado a seguir conversando. Malemute Kid apagó de un soplo la lámpara de sebo y se introdujo bajo las mantas con Prince.

-Dime, ¿quién es ese hombre? - preguntó éste.

-No lo sé. Esquivó mis preguntas y después se cerró como una ostra. Sin duda es uno de esos tipos que despiertan la curiosidad. Ya había oído hablar de él. Su nombre corría por toda la costa hace ocho años. Es un individuo misterioso. Bajó del Norte en pleno invierno, de un punto situado a muchos miles de kilómetros de aquí, siguiendo la orilla del mar de Behring y caminando como si el diablo le pisara los talones. Nadie supo jamás de dónde había partido, pero seguramente llegaba de muy lejos, pues estaba deshecho por las penalidades sufridas durante el viaje cuando el misionero sueco de la bahía de Golovin le dio de comer y le indicó el camino del Sur. Yo me enteré más tarde. Después abandonó la costa y se internó en el estuario del Norton. Allí lo recibió un tiempo infernal: ventiscas y fuertes vendavales. Pero consiguió salir con vida de aquel lugar donde cualquier otro habría dejado la piel. Pasando por Pastilik, no por St. Michael, volvió a la costa. Lo había perdido casi todo y estaba muerto de hambre. Pero aún le quedaban dos perros. Ansiaba seguir adelante. El padre Roubeau le proporcionó víveres, pero no pudo prestarle ningún perro: tenía que salir de viaje y, para partir, sólo esperaba que llegase yo. Nuestro amigo Ulises tenía demasiada experiencia para continuar la marcha sin perros, y durante varios días permaneció allí. Estaba en ascuas. En su trineo llevaba un buen montón de pieles de nutria magistralmente curtidas..., de nutria marina, por supuesto, que es una piel que vale su peso en oro.

»En Pastilik residía entonces un mercader ruso, un émulo de Shylock, que tenía gran cantidad de perros. En la entrevista que tuvo con él, el forastero no perdió demasiado tiempo regateando, y cuando regresó al Sur, de su trineo tiraba una hermosa traílla de perros. No hay que decir que el Shylock de Pastilik se había apropiado las pieles de nutria. Yo vi esas pieles. Eran estupendas. Hice un cálculo y llegué a la conclusión de que los perros le habían resultado a nuestro hombre a quinientos cada uno como mínimo. Sin embargo, todo parecía indicar que el vendedor sabía perfectamente lo que valían las pieles de nutria. Desde luego, era indio, y lo poco que decía dejaba entrever que había vivido entre hombres blancos.

»Cuando el mar se desheló, de la isla de Nunivak llegó la noticia de que nuestro forastero se había presentado allí en busca de comida. Luego dejó de saberse de él y ésta es su primera reaparición después de ocho años de ausencia. Y yo me pregunto: ¿De dónde es? ¿Qué hacía en su patria? ¿Por qué ha venido? Es indio, nadie sabe dónde ha estado y le han metido la disciplina en el cuerpo, lo cual es muy raro en un indio. Otro misterio del Norte que puedes aclarar, Prince.

-Muchísimas gracias, pero de momento ya tengo bastantes problemas por resolver -contestó Prince.

Malemute Kid respiraba ya con la profundidad del sueño; pero el joven ingeniero de minas, aunque estaba echado, tenía los ojos abiertos y miraba hacia arriba como si quisiera perforar las espesas tinieblas, en espera de que desapareciese la extraña excitación que lo agitaba. Y cuando se durmió, su cerebro siguió funcionando. Esta vez también él vagó por la blanca extensión desconocida, avanzando penosamente con los perros por pistas interminables y viendo cómo los hombres vivían, luchaban y morían como hombres.

A la mañana siguiente, unas horas antes del amanecer, los conductores de perros y los policías continuaron su marcha hacia Dawson. Pero las autoridades que velaban por los intereses de Su Majestad y regían los destinos de los súbditos más modestos concedían poco descanso a los correos, los cuales aparecieron una semana después en el río Stuart con la excesiva carga de la abundante correspondencia destinada a Salt Water. Verdad es que llevaban perros de refresco; pero los perros eran siempre perros.

Los hombres deseaban encontrar un lugar de descanso. Por otra parte, Klondike, la nueva región del Norte, les seducía: ansiaban ver aquella Ciudad del Oro, donde el polvo amarillo corría como el agua y en la que había salones de baile donde el bullicio y la alegría eran continuos. Antes de acostarse, pusieron a secar sus calcetines y fumaron sus pipas con el mismo placer que en su viaje anterior. Dos de aquellos hombres, llevados de su temeridad, convinieron que era posible una deserción para cruzar las inexploradas Montañas Rocosas que se alzaban en el Este, y regresar, siguiendo el curso del Mackenzie, a los terrenos de la región de Chippewyan, donde habían triturado mineral. Otros dos o tres estaban decididos a regresar a sus hogares por aquella misma ruta, una vez terminado el servicio, y empezaron a trazar planes, ansiosos de acometer la arriesgada empresa que para ellos era, poco más o menos, lo que para un hombre de la ciudad una excursión de un día a la montaña.

El de las pieles de nutria daba muestras de gran intranquilidad, aunque apenas desplegaba los labios. Al fin, se llevó a Malemute Kid a un rincón y estuvo un buen rato conversando con él en voz baja. Prince les dirigía miradas llenas de curiosidad y todo aquello le pareció mucho más misterioso cuando ambos salieron de la cabaña después de ponerse los guantes y las gorras.

Cuando volvieron a entrar, Malemute Kid puso sus balanzas en la mesa, pesó sesenta onzas de oro y las echó en el saco del forastero. Entonces el jefe de los conductores de perros se incorporó a la reunión y participó en algunas transacciones. Al día siguiente, el grupo se fue río arriba, pero el hombre de las pieles de nutria se aprovisionó de víveres y emprendió el regreso a Dawson.

-No sabía cómo complacerlo -dijo Malemute Kid en respuesta a las preguntas de Prince-. El pobre hombre quería que le diese de baja en el servicio con cualquier pretexto. Sin duda, tenía para ello alguna razón importante, pero ni siquiera me insinuó cuál era. Verás, es como en el servicio militar. Él se había alistado por dos años, y el único medio para dejarlo era pagar como si fuese un soldado de cuota. Si desertaba, no podía quedarse aquí, cosa que deseaba por encima de todo. Dice que tuvo esta idea cuando llegó a Dawson. Pero no tenía un céntimo y allí no conocía a nadie. Yo era la única persona con la que había cambiado algunas palabras. Habló con el teniente gobernador y éste le dijo que yo le daría dinero..., prestado, como es natural. Me ha dicho que me lo devolverá dentro de un año y que, si quiero, me proporcionará algo que vale la pena. Ignora lo que es, pero sabe que vale la pena.

»Óyeme: cuando me hizo salir, estaba a punto de echarse a llorar. Entre ruegos e imploraciones, se arrojó a mis pies, sobre la nieve, y no se levantó hasta que yo le obligué a hacerlo. Hablaba como si se hubiese vuelto loco. Me ha asegurado que para llegar hasta aquí ha tenido que luchar durante varios años y que no podía sufrir tener que volverse a marchar. Yo le pregunté qué quería decir con eso de poder llegar hasta aquí, pero él no quiso explicármelo. Dijo que tal vez le destinaran a la otra mitad del recorrido, por lo que estaría dos años sin poder ir a Dawson, y que entonces sería ya demasiado tarde. Nunca había visto a un hombre tan fuera de sí. Y cuando le dije que le prestaría el dinero, tuve que levantarlo de la nieve por segunda vez. Le advertí que le hacía el préstamo que necesitaba para equipo y provisiones, a cambio de una participación en sus beneficios si descubría alguna mina. ¿Crees que aceptó? Pues no. Me aseguró que me daría todo lo que encontrase, que me enriquecería mucho más de lo que pudiera soñar el hombre más avaro, y me hizo otras promesas parecidas. Pero no cabe duda de que un hombre que prefiere exponer su vida y perder su tiempo a conceder una participación en sus beneficios, no es lógico que entregue ni siquiera una mitad de lo que encuentre. Óyelo bien, Prince: detrás de todo esto hay algo. Oiremos hablar de ese hombre si se queda en la región.

-¿Y si no se queda?

-Entonces habré de arrepentirme de mi generosidad y perderé sesenta onzas de oro.

Con las largas noches volvió el frío. El sol reanudó su antiguo juego de atisbar por encima del nevado horizonte meridional, donde nadie había oído hablar de la proposición de Malemute Kid.

Una tenebrosa mañana de principios de enero, una caravana de trineos excesivamente cargados se detuvo ante la cabaña enclavada más allá del río Stuart. El hombre de las pieles de nutria llegaba con ellos y a su lado iba uno de esos seres que ya apenas existen: Axel Gunderson. La gente del Norte nunca hablaba de suerte, de valor ni de dinero, sin mencionar este nombre. Junto a las hogueras de los campamentos no se podían referir actos de fuerza y audacia ni temerarias aventuras sin citar a Axel Gunderson. Y si la charla languidecía, bastaba mencionar a la mujer que compartía su suerte, para que los contertulios se animaran.

Axel Gunderson era uno de aquellos hombres que nacían cuando el mundo era joven. Rebasaba los dos metros de estatura y vestía de un modo tan pintoresco que se le podía tomar por un rey de Eldorado. Su pecho, su cuello y sus miembros eran los propios de un gigante. Al tener que soportar ciento treinta y cinco kilos de hueso y músculo, sus esquís superaban en un metro la medida de los corrientes. Su rostro de toscas facciones, frente recia, mandíbulas poderosas, ojos azules, claros y penetrantes, revelaba que era un hombre que no conocía más ley que la de la fuerza. Su cabello, sedoso y amarillo como el trigo maduro, presentaba mil incrustaciones de escarcha, cruzaba su frente dando la impresión de que el día atravesaba la noche, y caía abundantemente sobre su chaqueta de piel de oso.

Una especie de aureola marinera parecía rodearle cuando bajaba por la estrecha pista precediendo a los perros, y al golpear con el mango de su látigo la puerta de la cabaña de Malemute Kid, dio la impresión de ser un vikingo que llamase con fuertes golpes a la puerta de un castillo para pedir alojamiento durante una de sus correrías por el Sur.

Prince se arremangó, dejando al descubierto sus brazos de formas femeninas, y empezó a amasar pan ázimo. Mientras se dedicaba a esta tarea, dirigía continuas miradas a sus huéspedes, tres viajeros que tal vez no volverían a hallarse bajo aquel techo en toda su vida.

El forastero al que Malemute Kid había puesto el sobrenombre de Ulises seguía fascinándole, pero el interés de Prince se concentraba en Axel Gunderson y su compañera. Ésta acusaba el cansancio de la jornada. Cierto que había descansado en cómodas cabañas desde que su esposo se había adueñado de las riquezas que ofrecían aquellos helados caminos, pero la fatiga había acabado por apoderarse de ella.

Apoyó la cabeza en el ancho pecho de Axel, como una flor que descansara en un muro, y respondió perezosamente a las amables bromas de Malemute Kid, mientras hacía hervir de vez en cuando la sangre de Prince con la mirada de sus ojos oscuros y profundos. Y es que Prince era un hombre sano y vigoroso que había visto muy pocas mujeres desde hacía mucho tiempo. Aquélla era mayor que él y, además, de raza india; pero era distinta a todas las mujeres indígenas que había conocido. Aquella mujer había viajado por diversos países, sin excluir el suyo, según se deducía de su conversación. Estaba impuesta de todo aquello que conocían las mujeres de su raza y, además, de otras muchas cosas que no era natural que éstas supiesen.

Sabía preparar una comida de pescado secado al sol y hacer una cama en la nieve. No obstante, les explicaba el modo de servir un banquete de numerosos platos, y los ponía en evidencia y provocaba discusiones al hablarles de antiguas recetas culinarias que ellos casi habían olvidado.

Conocía las costumbres del alce, del oso y del pequeño zorro azulado, así como la vida de los salvajes anfibios que poblaban los mares del Norte. Dominaba la ciencia de navegar por los arroyos, y las huellas que dejaban los hombres, las aves y los animales terrestres sobre la blanca superficie de la nieve, eran para ella como las páginas de un libro abierto.

Prince la vio parpadear con un gesto de comprensión cuando oyó las reglas del campamento, obra de Bettles, que las había dictado en una época en que su sangre hervía y que eran notables como notas de humor espontáneo y sencillo. Prince volvía el cartelito de cara a la pared cuando sabía que tenían que llegar mujeres al campamento; pero quién podía imaginarse que aquella visitante indígena... En fin, el mal ya no tenía remedio.

Ésta era la esposa de Axel Gunderson, aquella mujer cuya fama rivalizaba con la de su marido y se extendía, como la de él, por todo el Norte. Cuando se sentaron a la mesa, Malemute Kid la provocó con la confianza que le permitía su antigua amistad con ella, y Prince se sobrepuso a la timidez propia del primer encuentro y se unió a las bromas. Pero ella supo salir airosa de la lucha desigual, mientras que su esposo, más tardo de entendimiento, sólo se atrevía a aplaudirla. ¡Qué orgulloso estaba de ella! Esto se veía claramente. Todas sus miradas, todos sus actos revelaban el gran espacio que ella ocupaba en su vida. El hombre de las pieles de nutria comía en silencio, olvidado por los protagonistas de la alegre contienda, y cuando ya hacía rato que los demás habían terminado de comer, se levantó y se fue a hacer compañía a los perros. Pero, por desgracia, sus compañeros de viaje se pusieron demasiado pronto los guantes y las chaquetas de piel con caperuza y le siguieron.

No había nevado desde hacía muchos días y los trineos se deslizaban por la endurecida pista del Yukon con tanta facilidad como si corriesen sobre hielo resbaladizo. Ulises conducía el primer trineo; con el segundo iban Prince y la mujer de Axel Gunderson; Malemute Kid y el gigante rubio conducían el tercero.

-No es más que un presentimiento, Kid -dijo Axel-, pero creo que acierta. Él nunca ha estado allí, pero su relato es convincente y además exhibe un mapa del que yo ya había oído hablar hace años, cuando estuve en la región de Kootenay. Me gustaría que tú vinieses; pero es un hombre extraño y dijo rotundamente que lo dejaría todo si venía alguien más. Pero cuando yo vuelva tendrás opción antes que nadie. Tu puesto estará inmediatamente después del mío. Además, puedes contar con la mitad del terreno de la ciudad... ¡No, no! -exclamó, cuando el otro trató de interrumpirle-. Esto lo llevo yo y, antes de haber terminado, necesitaré contar con otro. Si todo sale bien, ese lugar será un segundo Cripple Creek. ¿Comprendes lo que esto significa? ¡Un segundo Cripple Creek! Para que te enteres, se trata de cuarzo, no de un «placer», y si lo explotamos bien nos haremos los amos, pues tendremos millones. Yo ya había oído hablar de ese sitio, y tú también. Construiremos una ciudad... Millares de obreros... Buenas comunicaciones fluviales... Líneas de vapores... Grandes empresas de transporte... Vapores de poco calado para llegar a las fuentes del río... Tal vez tendremos una línea de ferrocarril... Y tendremos serrerías, central de energía eléctrica, una banca propia, una compañía comercial, un sindicato... ¿Qué te parece? Pero tú, calladito hasta que yo vuelva.

Los trineos se detuvieron al llegar al punto en que la pista cruzaba la desembocadura del río Stuart, mar de hielo que se extendía hasta perderse en el Este misterioso. Desataron las raquetas de nieve, que llevaban en los trineos. Axel Gunderson estrechó las manos a los demás y se situó a la vanguardia. Sus grandes raquetas se hundían medio metro en la superficie algodonosa, que apisonaba para que los perros no se atascasen. Su esposa marchaba detrás del último trineo. Evidenciaba una larga práctica en el uso del engorroso calzado de nieve. El silencio fue rasgado por alegres gritos de despedida; los perros gimieron y el de las pieles de nutria hizo restallar su látigo para estimular a un can recalcitrante.

Una hora después el convoy parecía un lápiz negro trazando una larga línea recta sobre una inmensa hoja de papel.


II

Una noche, muchas semanas después, Malemute Kid y Prince resolvían juntos problemas de ajedrez que figuraban en una hoja arrancada a una vieja revista. Kid acababa de regresar de sus propiedades de Bonanza y había decidido descansar antes de emprender una larga cacería de alces. Prince había pasado también casi todo el invierno siguiendo arroyos y pistas y anhelaba la paz y el sosiego de una semana en la cabaña.

-Salta el caballo negro y da jaque al rey. No, eso no sirve. Vamos a ver esta otra jugada.

-¿Por qué avanzas el peón dos casillas? Así te lo como y, con el alfil tan mal colocado...

-¡Eso es malo, hombre! Te descubres y...

-No, este lado está protegido. ¡Adelante! Verás como da resultado.

Cuando más enfrascados estaban en la solución del problema, llamaron con los nudillos a la puerta. Hubieron de llamar dos veces para que Malemute Kid dijese: «¡Adelante!» La puerta se abrió. Alguien entró tambaleándose. Prince miró hacia el recién llegado y se puso en pie de un salto. El horror que había en su mirada movió a Malemute Kid a volverse vivamente. También Kid se sobresaltó, aunque estaba acostumbrado a ver cosas desagradables. Aquel ser se acercó a ellos sin verles y con paso vacilante. Prince se apartó y se dirigió al clavo del que pendía su Smith & Wesson.

-¡Santo Dios! ¿Qué es esto? -preguntó en voz baja a Malemute Kid.

-No lo sé. Parece un caso de congelación y de hambre -repuso Kid apartándose hacia el lado opuesto-. ¡Cuidado! Puede estar loco.

Advertido esto, fue a cerrar la puerta.

El extraño ser avanzó hacia la mesa. Sus ojos abotagados advirtieron la alegre llama de la lámpara de sebo. Aquello pareció divertirle y dejó escapar una especie de cloqueo que quería expresar alegría. Luego, de pronto, aquel hombre -pues era un hombre- se echó hacia atrás y, dando un tirón a sus pantalones de piel, empezó a canturrear una tonada parecida a la que cantan los marineros al dar vueltas al cabrestante mientras el mar brama en sus oídos:

El barco del yanqui baja por el río.
¡Hala, muchachos, hala!
¿No quieren saber quién es su capitán?
¡Hala, muchachos, hala!
Es Jonatán Jones de Carolina del Sur.
¡Hala, mucha...!

Se interrumpió de súbito, se acercó, tambaleándose y lanzando gruñidos de lobo, a la alacena donde estaba la carne, y, antes de que Kid y Prince lo pudieran evitar, se apoderó de un jamón y empezó a devorarlo, desgarrándolo con los dientes. Malemute Kid se abalanzó sobre él y los dos empezaron a luchar como condenados. Pero la fuerza de loco que asistía al recién llegado lo abandonó tan súbitamente como lo había asaltado, y entregó el jamón sin ofrecer resistencia. Entre Kid y Prince lo sentaron en un escabel, y él se echó de bruces en la mesa. Una pequeña dosis de whisky lo reanimó y entonces pudo introducir una cucharilla en el bote de azúcar que Malemute Kíd puso ante él. Una vez hubo calmado un poco su apetito, Prince le ofreció una taza de caldo muy claro de carne de buey.

Los ojos del hombre brillaban con sombrío frenesí, que llameaba y se desvanecía a cada cucharada. Tenía casi todo el rostro desollado. Su cara, chupada y macilenta, apenas recordaba un semblante humano. Una helada tras otra la habían roído profundamente, al formarse una serie de capa de costras sobre otra de llagas, producidas por las heladas y todavía a medio curar. Aquella mascarilla de sangre negruzca, reseca y dura, estaba cruzada por horribles grietas que dejaban ver la carne viva de color rojo.

Su traje de pieles estaba sucio y hecho jirones. Además, se observaban quemaduras en uno de sus costados, lo que demostraba que el hombre se había caído en una hoguera. Malemute Kid señaló un lugar donde la piel, curtida al sol, había sido cortada a tiras, dramática prueba del hambre que había pasado su dueño.

-¿Quién eres? -preguntó Kid con voz lenta y clara.

El desconocido no le hizo caso.

-¿De dónde vienes?

-El barco del yanqui baja por el río -contestó el extraño ser con voz cascada.

-Ya sé que ese pordiosero bajó por el río -le dijo Kíd, zarandeándolo para ver si lograba que hablase con más coherencia.

El desgraciado lanzó un grito y se llevó la mano al costado con un gesto de dolor. Luego se puso lentamente en pie, y quedó apoyado en la mesa.

-Ella se rió de mí... Me miraba con odio... Y no quiso... venir...

Su voz se apagó, y se dejó caer de nuevo en el escabel. Malemute Kid le aprisionó la muñeca y le preguntó:

-¿Quién? ¿Quién no quiso venir?

-Ella, Unga. Se reía y me pegó. Y después...

-¿Qué?

-Y después...

-¿Qué?

-Después estuvo mucho rato tendida en la nieve, sin moverse. Aún sigue allí..., en la... nieve.

Kid y Prince se miraron con un gesto de impotencia.

-¿Quién está en la nieve?

-Ella, Unga, Unga. Me miró con odio, y después...

-Después ¿qué?

-Después sacó el cuchillo..., y me dio una, dos... Estoy muy débil... He venido muy despacio... Hay mucho oro allí, muchísimo oro...

-¿Dónde está Unga?

Malemute Kid se dijo que tal vez aquella mujer se estuviese muriendo a un kilómetro de allí. Sacudió furioso al hombre, repitiendo una y otra vez:

-¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga?

-Está... en... la... nieve.

-¡Habla!

Kid le retorcía cruelmente la muñeca.

-Yo... también... estaría... en... la nieve..., pero... yo... tenía... que... pagar... una deuda. Ha sido... un fastidio... esto de tener... que... pagar... una deuda...

Interrumpió su penosa cantinela para rebuscar en su bolsillo y sacar una bolsa de piel de gamo.

-Una... deuda... que... saldar... Cinco... libras... de... oro... Participación... Mal...e... mute... Kid...

Exhausto, dejó caer la cabeza sobre la mesa. Esta vez, Malemute Kid no pudo hacérsela levantar de nuevo.

-Es Ulises -dijo con voz queda, tirando la bolsa de polvo de oro sobre la mesa-. Creo que Axel Gunderson y su mujer están listos. Bueno; metámoslo entre las mantas. Es indio; por lo tanto, vivirá. Y entonces nos lo contará todo.

Cuando cortaron sus ropas para quitárselas, junto a su tetilla derecha vieron los orificios, de bordes duros y amoratados, de dos puñaladas sin cicatrizar.


III

-Les contaré las cosas a mi manera; pero estoy seguro de que ustedes me entenderán. Empezaré por el principio y les hablaré primero de mí y de la mujer, y después del hombre.

El de las pieles de nutria se acercó a la estufa, cosa muy explicable, pues, de haberse visto privado del fuego, temía que este regalo de la naturaleza pudiera desvanecerse en cualquier momento. Malemute Kid colocó la lámpara de sebo de modo que iluminase las facciones del narrador. Prince se levantó de su litera y fue a reunirse con ellos.

-Yo soy Naass, jefe e hijo de jefe, nacido entre la puesta y la salida del sol, a orillas del mar oscuro, en el umiak de mi padre. Durante toda la noche los hombres manejaron con afán los canaletes y las mujeres achicaron el agua que nos enviaban las olas. Así luchamos con el temporal. La espuma salada se heló sobre el seno de mi madre, que exhaló su postrer aliento cuando amainó la marea. Pero yo..., yo levanté mi voz con el viento y la tempestad y viví... Nuestra morada estaba en Akatan...

-¿Dónde? -preguntó Malemute Kid.

-En Akatan, isla de las Aleutianas; en Akatan, que está más allá de Chignik, y de Kardalak, y de Unimak. Como digo, nuestra morada estaba en Akatan, que se halla en medio del mar, al borde del mundo. Recorríamos los mares salados en busca de peces, focas y nutrias, y nuestros hogares se amontonaban en la lengua rocosa que se extendía entre la linde del bosque y la playa amarillenta donde teníamos nuestros kayaks. No éramos muchos y nuestro mundo era muy pequeño. Hacia el Este había tierras extrañas, islas como Akatan, lo que nos hacía creer que todo el mundo eran islas, y no queríamos saber nada más.

»Yo no era como los míos. En las arenas de la playa se veían los hierros retorcidos y las maderas deformadas por las olas de una embarcación distinta de las que construía mi pueblo. Recuerdo que en la punta de la isla que tenía tres lados en contacto con el océano se alzaba un pino que no podía haber crecido allí naturalmente, pues era alto y de tronco liso y derecho. Se decía que dos hombres se turnaron para vigilar desde allí durante muchos días, a las horas de luz. Estos dos hombres habían llegado en el barco que yacía en la playa hecho pedazos. Eran como ustedes, y tan débiles como las crías de las focas cuando están lejos sus madres y pasan cazadores que regresan con las manos vacías. Yo sé estas cosas por los viejos y las viejas, que las supieron por sus padres y sus madres. Aquellos extraños hombres blancos no se adaptaron de momento a nuestras costumbres, pero el pescado y el aceite les dio con el tiempo vigor y temeridad. Y cada uno de ellos se construyó una casa. Luego eligieron lo mejor de nuestras mujeres y, andando el tiempo, tuvieron hijos. Así nació el que había de ser padre del padre de mi padre.

»Como he dicho, yo era distinto de los míos, pues por mis venas corría la sangre fuerte y extraña de uno de aquellos hombres blancos que llegaron por el mar. Se dice que nosotros teníamos otras leyes antes de la llegada de estos hombres; pero ellos eran feroces y pendencieros y pelearon con nuestra gente hasta que no quedó nadie que se atreviese a enfrentarse con ellos. Entonces se erigieron en jefes, desecharon nuestras viejas leyes y nos dieron otras. A partir de entonces el dueño del hijo fue el padre y no la madre, como había sido siempre entre nosotros. También decretaron que el primogénito heredara todos los bienes de su padre y que los hermanos y hermanas se las compusieran como pudiesen. También nos enseñaron nuevos modos de pescar peces y matar los osos que infestaban nuestros bosques; y nos acostumbraron a acumular grandes reservas de víveres en previsión de las épocas de hambre. Y los nativos vieron que todas estas cosas eran buenas.

»Pero cuando se erigieron en jefes y ya no tuvieron a nadie sobre quien descargar su ira, aquellos extraños hombres blancos lucharon entre sí. Y aquel cuya sangre corre por mis venas clavó su arpón de cazar focas en el cuerpo del otro, tan profundamente que la herida tenía el largo de un brazo. Sus hijos continuaron la lucha, y también los hijos de sus hijos. Y siempre hubo gran odio entre ellos, y alevosas acciones que han llegado incluso hasta mis días. A consecuencia de ello sólo sobrevivió un vástago de cada familia para transmitir la sangre de su estirpe. De mi sangre sólo quedaba yo; de la familia del otro hombre sólo una muchacha, Unga, que habitaba con su madre. Su padre y el mío no volvieron de la pesca una noche; pero después la marea los arrojó a la playa estrechamente abrazados.

»La gente se preguntaba la causa del odio entre las dos casas, y los viejos sacudían la cabeza y decían que la lucha continuaría cuando Unga tuviera hijos y yo engendrara los míos. Me lo decían cuando era niño y, a fuerza de oírlo, llegué a creerlo y a considerar a Unga como una enemiga, como la madre de unos hijos que lucharían contra los míos. Pensaba en estas cosas todos los días, y, cuando ya era mozo, pregunté la razón de ello. Los viejos me contestaron: "Nosotros no lo sabemos, pero así obraron los padres de ustedes." Y yo me maravillaba de que aquellos que tenían que nacer hubieran de luchar por aquellos que habían muerto, y no veía la razón de ello. Pero mi pueblo decía que así debía ser, y yo no era más que un mozo.

»Y dijeron que debía darme prisa a tener hijos para que crecieran y se hiciesen fuertes antes que los de Unga. Esto era cosa fácil, porque yo era jefe y mi pueblo me respetaba por las hazañas y las leyes de mis antepasados y por mis riquezas. Cualquier doncella hubiera venido a mí de buen grado, pero yo no encontraba ninguna de mi gusto. Y los ancianos y las madres de las doncellas me daban prisa, porque los cazadores ya hacían excelentes ofertas a la madre de Unga; y si los hijos de ella crecían y cobraban fuerza antes que los míos, los míos morirían, a buen seguro.

»Al fin, una noche, al regresar de la pesca encontré a la mujer soñada. El sol estaba bajo y me daba en los ojos; el viento desatado y los kayaks competían en velocidad con las olas espumantes. De pronto, el kayak de Unga pasó junto al mío y ella me miró, mientras sus negros cabellos flameaban al viento como una nube oscura y la espuma mojaba sus mejillas. Como he dicho, el sol me daba en los ojos y yo era muy joven; pero, de pronto, lo vi todo claro y comprendí que aquello era la llamada de igual a igual. Cuando ella me adelantó, se volvió para mirarme entre dos golpes de canalete. Me miró como sólo podía mirar Unga. Y de nuevo comprendí que era la amada de mi casta. Los demás gritaron cuando pasamos velozmente junto a los perezosos umiaks y los dejamos atrás, muy atrás. Pero ella manejaba el canalete con brío y celeridad, y mi corazón, henchido como una vela, no la alcanzaba. El viento se hizo más fresco, el mar se cubrió de espuma, y nosotros, saltando como focas hacia barlovento, avanzábamos sobre la áurea senda del sol.

Naass estaba encogido, casi saliéndose del escabel, en la actitud del hombre que maneja un canalete, y le parecía participar de nuevo en la carrera. Al otro lado de la estufa creía ver el cabeceante kayak de Unga y su cabello ondeando el viento. En sus oídos resonaba la voz del viento, y el olor salobre del mar penetraba de nuevo en sus pulmones.

-Pero ella consiguió llegar a la orilla antes que yo y echó a correr por la arena, riendo, hacia la casa de su madre. Aquella noche tuve una gran idea, una idea digna del jefe de todo el pueblo de Akatan. Y cuando la luna salió, fui a casa de la madre de Unga y vi los regalos de Yash-Noosh, amontonados junto a la entrada. Yash-Noosh era un gran cazador que quería ser el padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían depositado sus regalos allí (al fin se los tendrían que llevar), y cada uno de ellos había hecho un montón mayor que el anterior.

»Yo me eché a reír mirando la luna y las estrellas y volví a mi casa, donde guardaba mis riquezas. Hube de hacer muchos viajes, pero, al fin, mi montón excedió al de Yash-Noosh en un palmo de altura. Puse allí pescado secado al sol y bien curado; cuarenta pieles de foca velluda, y veinte de las ordinarias; y cada piel estaba atada por la boca y llena de aceite. Añadí diez pieles de oso cazados por mí en los bosques, cuando hicieron su aparición en primavera. Había allí, además, cuentas de colores, mantas y telas de color escarlata, que yo obtenía comerciando con pueblos que estaban más al Este, los que, a su vez, conseguían comerciando con otros pueblos más orientales. Y al contemplar el montón de Yash-Noosh, no pude contener la risa. Yo era jefe en Akatan y mis riquezas eran mayores que las de todos los jóvenes de allí, y mis antepasados habían realizado grandes hazañas, habían legislado y los labios de mi pueblo repetirían eternamente sus nombres.

»Cuando vino la mañana, volví a la playa, mirando de reojo la casa de la madre de Unga. Mi oferta seguía intacta. Y las mujeres sonrieron y se dijeron cosas al oído. Yo me extrañé, porque nunca se había ofrecido semejante precio por una mujer. Aquella noche añadí más cosas al montón y puse a su lado un kayak de pieles bien curtidas que aún no había surcado los mares. Pero al día siguiente seguía allí, convertido en objeto de mofa para todos los hombres. La madre de Unga era astuta y yo me encolericé: me irritaba que me avergonzasen ante todo mi pueblo. Aquella noche llevé más cosas al montón, que se elevó a gran altura, y arrastré hasta ella mi umiak, que valía por veinte kayaks. Y a la mañana siguiente el montón había desaparecido.

»Entonces inicié los preparativos para la boda y vinieron gentes incluso del Este para asistir a la ceremonia y participar en el festín y en el reparto de presentes. Unga era mayor que yo: me llevaba cuatro soles, que así llamábamos nosotros a los años. Yo no era más que un mozo, pero también era jefe e hijo de jefe, y no importaba mi juventud.

»Pero aparecieron las velas de un barco en el horizonte. A impulsos del viento, se acercaban y parecían mayores. Por sus imbornales arrojaban agua clara y sus hombres manejaban afanosamente las bombas. Sobre la proa se alzaba la figura de un hombre fornido, que miraba hacia abajo y daba órdenes con voz de trueno. Sus ojos tenían el color azul pálido de las aguas profundas y su cabeza ostentaba una melena semejante a la de un león marino. Su cabello era dorado como el trigo que cosechan en el Sur y el hilo de abacá que los marineros trenzan para hacer cabos.

»En los últimos años habíamos visto alguna vez un barco a lo lejos; pero aquél era el primero que arribaba a la playa de Akatan. Se interrumpió el festín y las mujeres y los niños se refugiaron en las casas, mientras los hombres esperamos con nuestros arcos y nuestras lanzas apercibidos. Pero cuando el tajamar del barco tocó la playa, aquellos hombres extraños no nos hicieron caso, sino que siguieron enfrascados en sus afanosas tareas. Durante la bajamar, carenaron la goleta, la calafatearon y taponaron un gran agujero que tenía en el casco. Entonces las mujeres salieron sigilosamente y reanudamos el festín.

»Cuando subió la marea, aquellos aventureros de la mar fondearon en aguas más profundas y entonces vinieron a visitarnos y a entregarnos regalos para demostrarnos su amistad. Yo les ofrecí sitio entre nosotros y, generosamente, les obsequié con presentes como a todos mis invitados, porque celebraba mis esponsales y yo era el jefe de Akatan. El de la melena de león marino también estaba allí. Era tan alto y fuerte, que uno esperaba que la tierra temblase bajo sus pies. No apartaba los ojos de Unga. La miraba de hito en hito con los brazos cruzados, y se quedó con nosotros hasta que el sol desapareció y salieron las estrellas. Sólo entonces regresó a su barco. Después de esto, tomé a Unga de la mano y la conduje a mi propia casa. Y hubo allí cantos y risas, y las mujeres se dijeron cosas al oído, como suelen hacer siempre en tales ocasiones. Pero nosotros no les hacíamos caso. Después, todos nos dejaron y volvieron a sus casas.

»Apenas se apagaron las últimas voces, el jefe de los aventureros del mar se acercó a mi puerta. Llevaba consigo unas botellas negras, y bebimos y nos alegramos. No olviden que yo no era más que un mozo y que mis días habían transcurrido hasta entonces en la orilla del mundo. Mi sangre pareció convertirse en fuego y mi corazón se hizo tan ligero como la espuma que el viento arranca al oleaje para lanzarla contra el acantilado. Unga permanecía sentada en silencio en un rincón entre las pieles, con los ojos muy abiertos, como temerosa. Y el de la melena de león marino no hacía más que mirarla. Entonces entraron sus hombres cargados de presentes y amontonaron ante mí riquezas nunca vistas en Akatan. Había allí armas de fuego, grandes y pequeñas, pólvora, perdigones y cartuchos, hachas brillantes, cuchillos de acero, finas herramientas y otras cosas extrañas que yo no había visto jamás. Cuando me dijo por señas que todo aquello era mío, yo, ante tales muestras de generosidad, pensé que era un hombre extraordinario; pero entonces él me indicó que Unga debía acompañarle a su barco... ¿Comprenden...? ¡Unga tenía que irse con él en el barco! La sangre de mis antepasados se encendió de súbito en mí e intenté atravesarlo con mi lanza. Pero la bebida de sus botellas había quitado la fuerza a mi brazo y él me asió por el cuello y me golpeó la cabeza contra las paredes. Yo me sentía débil como un recién nacido. Mis piernas se negaron a sostenerme.

»Unga profirió gritos de desesperación y se aferró a todo cuanto la rodeaba, haciendo caer las cosas, cuando él se la llevó a rastras hacia la puerta. Luego la levantó con sus potentes brazos, y cuando ella tiró de sus cabellos dorados, él se rió con bramidos semejantes a los de una gran foca marina en celo.

»Arrastrándome, conseguí llegar hasta la playa y llamé a los míos. Nada conseguí, pues todos estaban atemorizados. Sólo Yash-Noosh demostró ser un hombre. Pero ellos lo golpearon en la cabeza con un remo y él cayó de bruces en la arena y allí quedó inmóvil. Entonces desplegaron las velas, entonando sus canciones, y el barco se alejó impelido por el viento.

»Mi pueblo dijo que esto era lo mejor, pues, así, se habría terminado para siempre la guerra de linajes en Akatan. Yo callé y esperé a que llegase el tiempo de la luna llena. Entonces cargué cierta cantidad de pescado y aceite en mi kayak y me alejé hacia el Este. Vi gran número de islas y multitud de gentes, y como yo había vivido siempre en el límite del mundo, comprendí que este mundo era muy grande. Conseguí hacerme entender por señas; pero nadie había visto una goleta ni un hombre con melena de león marino, y señalaban siempre hacia el Este. Dormí en sitios extraños, comí cosas raras, vi rostros distintos de los que conocía. Algunos se reían de mí, porque me creían loco; pero a veces los viejos volvían mi cara hacia la luz y me bendecían, y los ojos de las jóvenes se llenaban de ternura al preguntarme por el barco extranjero, por Unga y por los hombres del mar.

»De este modo, a través de mares embravecidos y grandes borrascas, llegué a Unalaska. Había allí dos goletas, pero ninguna de ellas era la que yo buscaba. Hube, pues, de continuar hacia el Este, y vi que el mundo se ensanchaba cada vez más. En la isla de Unamok nadie había oído hablar del barco, y tampoco en Kadiak ni en Atognak. Así llegué un día a una región rocosa donde los hombres abrían grandes agujeros en la montaña. Allí había una goleta, pero no era la que yo buscaba. Los hombres cargaban en ella las rocas que arrancaban de la montaña. Esto me pareció cosa de niños, ya que todo el mundo está hecho de rocas; pero ellos me dieron comida y trabajo. Cuando la goleta se hundía en el agua por el exceso de carga, el capitán me dio dinero y me dijo que me fuese, pero yo le pregunté hacia dónde se dirigía, y él me señaló hacia el Sur. Yo le pedí por señas que me permitiese ir en su barco, y él, primero se echó a reír, pero luego, como andaba escaso de hombres, me aceptó para que ayudase en los trabajos de a bordo. Así fue como aprendí el lenguaje de aquellos hombres, y a halar las cuerdas, y a tomar rizos en las velas cuando se levantaba una súbita borrasca, y a hacer guardias en el timón. Sin embargo, aquello no me resultaba extraño, porque la sangre de mis antepasados era la sangre de los hombres del mar.

»Creí que sería tarea fácil encontrar al hombre que buscaba, una vez me hallase entre los de su propia raza, y cuando un día avistamos tierra y penetramos en un puerto, pensé que tal vez vería tantas goletas como dedos tienen las manos. Resultó que los barcos se apretujaban como pececillos junto a los muelles ocupando un espacio de varias millas, y cuando me acerqué a ellos, para preguntar por un hombre que tenía una melena de león marino, los marineros se echaron a reír y me contestaron en lenguas de muchos pueblos. Luego supe que procedían de los más distantes confines de la tierra.

»Entré en la ciudad para mirar las caras de todos los hombres que viera. Pero había tantos como peces en los bancos de pesca; no se podían contar. El barullo me ensordeció y la cabeza me daba vueltas al ver tanto movimiento. Pero yo continué por las tierras que cantan bajo los cálidos rayos del sol; donde los campos de trigo se extienden, opulentos, en las llanuras; donde hay grandes ciudades repletas de hombres que viven como mujeres, con falsas palabras en la boca y el corazón ennegrecido por el afán del oro. Entre tanto, mis paisanos de Akatan cazaban y pescaban, y se sentían dichosos al pensar que el mundo era pequeño.

»Pero la mirada que vi en los ojos de Unga aquel atardecer, al regreso de la pesca, no se apartaba de mi imaginación, y yo estaba seguro de que la encontraría un día u otro. Ella caminaba por los tranquilos senderos, invisible en la penumbra del anochecer, o huía ante mí por los ubérrimos campos, húmedos del rocío matinal, con los ojos llenos de aquella promesa que sólo Unga, la mujer única, podía hacerme.

»De este modo recorrí un millar de ciudades. En algunas fueron bondadosos conmigo y me dieron de comer, en otras se rieron de mí, y en otras me maldijeron. Pero yo me mordía la lengua y me adaptaba a las extrañas costumbres de aquel mundo y me acostumbraba a sus sorprendentes espectáculos. A veces, yo, que era jefe e hijo de un jefe, trabajé para otros hombres..., unos hombres que hablaban con aspereza y eran duros como el hierro, unos hombres que amasaban el oro con el sudor y el sufrimiento de sus semejantes. Sin embargo, no supe nada de aquel a quien buscaba hasta que volví al mar, como una foca que regresara a su cubil. Esto ocurrió en otro puerto, en otro país situado al Norte. Allí oí confusos relatos acerca del aventurero de áureos cabellos que recorría los mares, y supe que era cazador de focas y que entonces se encontraba en el océano.

»Al saber esto me embarqué con los perezosos siwashes en una goleta que iba a cazar focas, y seguí la invisible pista hacia el Norte, donde la caza mencionada estaba en su apogeo. La expedición duró una serie de meses, que fueron duros y fatigosos, y yo hablé con gran número de hombres de la flota, que me contaron infinidad de proezas y hazañas salvajes del hombre que buscaba. Pero no nos acercamos a él durante nuestro viaje de caza. Fuimos más al Norte, llegamos hasta las Pribilofs, y matamos focas por manadas en la playa. Llevábamos los cuerpos aún calientes a bordo, y llegó un momento en que nuestros imbornales vomitaban grasa y sangre y nadie podía permanecer en cubierta. Entonces nos persiguió un vapor de marcha lenta, que disparó contra nosotros potentes cañones. Pero nosotros largamos trapo hasta que la mar saltó sobre nuestra cubierta y la lavó, y nos perdimos en la niebla.

»Dicen que en aquellos días, mientras nosotros huíamos asustados, el aventurero de rubios cabellos tocó en las Pribilofs, desembarcó en la factoría y, mientras parte de sus hombres tenían a raya a los empleados de la compañía, los restantes cargaron diez mil pieles que estaban en salazón. Esto es lo que cuentan, y yo lo creo, porque durante los tres viajes que hice por los mares del Norte sin encontrarlo, no cesé de oír hablar de sus hazañas y de su osadía. Y, al fin, las tres naciones que tienen tierras en aquellas latitudes se lanzaron en su busca con sus naves. También oí hablar de Unga. Los capitanes se hacían lenguas de ella, y supe que le acompañaba siempre. Me dijeron que había aprendido las costumbres del pueblo de él y que era dichosa. Pero yo sabía que esto no era verdad, sino que ella suspiraba por volver junto a los suyos, a la amarillenta playa de Akatan.

»Así, después de mucho tiempo, volví al puerto que está junto a un paso que da a la mar, y allí me enteré de que él se había ido al otro lado del gran océano, al este de las cálidas tierras que descienden hacia el Sur desde los mares rusos, para cazar focas. Y yo, que me había convertido en navegante, me embarqué con hombres de su raza que iban a cazar focas, y fui en pos de él. A la altura de aquellas tierras nuevas encontramos pocos barcos y nos mantuvimos al costado de la manada de focas y la acosamos en su viaje hacia el Norte durante toda la primavera de aquel año. Y cuando las hembras iban a parir y cruzaron la línea de las aguas rusas, nuestros hombres gruñeron y dieron muestras de temor, pues la niebla era muy espesa y todos los días se perdían algunos botes con sus hombres. Se negaron a trabajar, y el capitán tuvo que emprender el regreso. Pero yo sabía que el aventurero de la rubia cabellera no conocía el miedo y no abandonaría la manada aunque tuviese que dirigirse a las islas rusas, visitadas por muy pocos hombres. Y una noche, cuando las tinieblas eran más densas y el vigía dormitaba en el castillo de proa, yo lancé al agua un bote y me dirigí solo a las tierras cálidas. Viajé hacia el Sur para reunirme con los hombres de la bahía de Yeddo, que son salvajes y no temen a nada. Las muchachas de Yoshiwara son menudas, graciosas y brillantes como el acero; pero yo no podía detenerme, porque sabía que Unga se balanceaba a bordo de un barco que mecía las aguas de los reductos septentrionales de las focas.

»Los hombres de la bahía de Yeddo habían llegado de todos los puntos de la tierra; no tenían dioses ni patria y se habían enrolado bajo la bandera de los japoneses. Yo fui con ellos a las ricas playas de la isla del Cobre, donde amontonamos piel sobre piel en nuestros compartimientos de salazón. En aquel mar silencioso no vimos ni un alma hasta que estábamos a punto de marcharnos. Al fin, la niebla se levantó, empujada por un vendaval, y vimos que poco faltó para que nos abordara una goleta sobre cuya estela se alzaban las chimeneas humeantes de un acorazado ruso. Emprendimos la huida con viento de costado. La goleta navegaba en conserva con nosotros, casi tocando nuestra borda y ganándonos terreno poco a poco. Y en la popa se alzaba el hombre de la melena de león marino, ordenando que izasen todas las velas y riendo con su risa llena de vitalidad. Y Unga también estaba allí -la reconocí inmediatamente-; pero él la mandó abajo cuando los cañones empezaron a hablar a través del mar. La goleta nos ganaba terreno imperceptiblemente, y al fin vimos alzarse ante nosotros su verde timón cada vez que levantaba la popa. Yo hacía girar la rueda del timón y maldecía, con la espalda vuelta a la artillería rusa. Porque comprendimos que aquel hombre nos había tomado la delantera, sólo para poder huir mientras nos prendían a nosotros. Nos derribaron los mástiles y, al fin, nos arrastramos por el mar como una gaviota herida. Él, en cambio, consiguió desaparecer en el horizonte... llevándose a Unga.

»¿Qué podíamos hacer? Las pieles frescas eran una prueba harto elocuente. Nos llevaron a un puerto ruso y de allí a un país desierto, donde nos pusieron a trabajar en unas minas de sal. Algunos murieron, pero otros conservaron la vida.

Naass apartó la manta que le cubría los hombros y dejó al descubierto su carne atravesada por las inconfundibles estrías impresas por el knut . Prince se apresuró a cubrir sus hombros, desagradablemente impresionado.

-Pasábamos muchas penalidades. Algunos penados se escapaban hacia el Sur, pero siempre regresaban. Los que procedíamos de la bahía de Yeddo nos levantamos una noche, nos apoderamos de los fusiles de nuestros guardianes y nos fuimos hacia el Norte. Aquel país era inmenso, y tenía llanuras cenagosas y grandes bosques. Pero vinieron los fríos. Había mucha nieve en el suelo, y nadie conocía el camino. Durante meses y meses avanzamos fatigosamente por el bosque interminable... No recuerdo bien, pero sí que teníamos poca comida y que con frecuencia nos tendíamos en el suelo a esperar la muerte. Mas, al fin, llegamos al mar frío. Ya sólo quedábamos tres para contemplarlo. Uno de ellos había zarpado de Yeddo como capitán y recordaba la configuración de las grandes tierras y de los lugares por donde los hombres pueden pasar de unas a otras sobre el hielo. Y él nos condujo (no lo recuerdo bien, porque fue muy largo), hasta que sólo quedamos dos. Cuando llegamos a aquel sitio encontramos a cinco de los extraños hombres que viven en aquellos parajes. Tenían perros y pieles y nosotros éramos muy pobres. Luchamos en la nieve y ellos murieron. El capitán también murió y yo me quedé con los perros y las pieles. Entonces crucé el hielo, que estaba resquebrajado. Una vez fui a la deriva hasta que una tempestad de poniente me arrojó sobre la costa. Y después de esto llegué a la bahía de Golovin, a Pastilik, y, en fin, adonde residía el sacerdote. Luego me dirigí al Sur, siempre al Sur, hacia los países cálidos y soleados que había recorrido primero.

»Pero la mar ya no daba casi nada: los que iban a ella a cazar focas obtenían míseras ganancias y corrían grandes riesgos. Las flotas se dispersaron y ni los capitanes ni sus hombres tenían noticias de aquellos que yo buscaba. Entonces abandoné el mar, siempre inquieto, y me interné en la tierra, donde los árboles, las casas y las montañas no se mueven nunca de su sitio. Viajé hasta muy lejos y aprendí muchas cosas, incluso el arte de leer y escribir, gracias a los libros. Esto me hacía feliz, porque me decía que Unga debía de haber aprendido también estas cosas, y así, cuando llegase el momento... nosotros... ¿Comprenden...?

»Fui a la deriva como barquillas que levantan una vela al viento pero que no se pueden dirigir. Sin embargo, mis ojos y mis oídos estaban siempre abiertos y hablaban con hombres que viajaban mucho, pues sabía que éstos podían haber visto a los que yo trataba de encontrar. Por último, conocí a un hombre que acababa de llegar de las montañas. Llevaba pedazos de roca en las que había granos de oro puro del tamaño de los guisantes, y éste sí había oído hablar de ellos. Incluso los había visto y los conocía. Me dijo que eran ricos y que vivían en un lugar donde sacaban el oro de la tierra.

»Este lugar estaba en un país salvaje y remoto; pero, con el tiempo, yo llegué a aquel campamento oculto entre las montañas, donde los hombres trabajaban noche y día sin ver el sol. Sin embargo, el momento no había llegado aún. Oyendo lo que decía la gente, supe que él se había ido -y ella con él- a Inglaterra en busca de hombres ricos para formar compañías. Vi la casa en que habían vivido. Parecía un palacio como los que se ven en los países antiguos. Por la noche me introduje por una ventana, para ver cómo había vivido ella con él. Pasé de una estancia a otra y me dije que así debían de vivir los reyes y las reinas, tan suntuoso era todo. Me dijeron que él la trataba como a una reina, y la gente se preguntaba, maravillada, de qué raza sería aquella mujer. Y es que no era como las demás mujeres de Akatan, ya que era una reina, y nadie lo sabía. Sí, ella era una reina; pero yo era un jefe e hijo de un jefe, y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, embarcaciones y cuentas de colores.

»Pero esto poco importa. El caso es que yo era un hombre de mar y estaba acostumbrado a la vida marinera. Los seguí a Inglaterra y de allí a otros países. Unas veces oía hablar de ellos; otras, leía cosas sobre ellos en los periódicos. Pero no conseguía verlos, porque tenían mucho dinero y viajaban por los medios más rápidos, y yo, en cambio, era pobre. Luego tuvieron ciertos reveses de fortuna y, al fin, su riqueza se disipó como el humo.

»Los periódicos hablaron mucho de ellos entonces, pero después el mayor silencio los rodeó, y yo supe que habían vuelto al país donde se podía arrancar el oro de las entrañas de la tierra.

»Parecían haber abandonado el mundo avergonzados de su pobreza, y yo tuve que ir de campamento en campamento. Así llegué, por el Norte, hasta el país de Kootenay, donde descubrí de nuevo su rastro. Habían pasado por allí y se habían ido, unos decían que en esta dirección, y otros que en aquélla. Pero algunos aseguraban que se habían dirigido a la región del Yukon, y hacia allí fui yo, y después a otro sitio, y seguí viajando de un lugar a otro hasta que empecé a sentirme fatigado y miré con aversión la inmensidad del mundo. En Kootenay recorrí una pista pésima e interminable con un mestizo del Noroeste, que murió de hambre. Había llegado al Yukon utilizando un camino desconocido a través de las montañas, y cuando comprendió que se acercaba su fin, me entregó un mapa y el secreto de un lugar donde me juró por sus dioses que había oro a espuertas.

»Después de esto, todo el mundo empezó a dirigirse al Norte. Yo era pobre y, por un sueldo, empecé a trabajar como conductor de perros. El resto ya lo saben. Los encontré en Dawson. Ella no me conoció. Cuando nos separamos yo era un mozo. Había pasado mucho tiempo, y era natural que no se acordara de aquel que había pagado por ella un precio incalculable.

»Después, gracias a ti, no hube de cumplir el tiempo que me faltaba de servicio. Volví para hacer las cosas a mi modo. Había esperado mucho tiempo y ahora que le había echado el guante no tenía prisa. Como digo, pensaba hacer las cosas a mi modo, porque veía toda mi vida abierta ante mis ojos como un libro en el que se contara lo mucho que había visto y sufrido. Me acordé, sobre todo, del frío y el hambre que había pasado en los bosques interminables que se extienden a orillas de los mares de Rusia. Como saben, me lo llevé hacia el Este (y a Unga con él), adonde muchos han ido y pocos han vuelto. Los conduje al lugar donde yacen los huesos y resuenan aún las maldiciones de los hombres junto al oro que no pueden tener.

»El camino era largo y la pista estaba cubierta de nieve blanda. Nuestros perros eran muchos y necesitaban gran cantidad de comida, y nuestros trineos no podían seguir viajando hasta la primavera. Debíamos regresar antes de que el río se deshelase. Por lo tanto, de vez en cuando nos deteníamos para ocultar provisiones, con el fin de aligerar la carga y evitar el hambre durante el viaje de regreso. En McQuestion había tres hombres; cerca de ellos escondimos víveres. Y en Mayo hicimos lo mismo. Había allí un campo de caza de una docena de pieles rojas que habían cruzado desde el Sur la línea divisoria. Continuamos la marcha hacia el Este, y ya no vimos ni un alma: sólo el río dormido, la selva inmóvil y el silencio blanco del Norte. Como he dicho, el camino fue largo y la pista mala. A veces, después de avanzar penosamente toda la jornada, sólo habíamos conseguido recorrer doce kilómetros. Avanzábamos dieciséis a lo sumo, y por la noche caíamos rendidos de cansancio. Ni por asomo supusieron nunca que yo fuese Naass, jefe de Akatan, el enderezador de entuertos.

»Entonces ya guardábamos menos cosas en los escondrijos, y por la noche yo volvía a la pista que habíamos dejado y cambiaba los depósitos de modo que se pudiese pensar que los habían descubierto los carcayús . Luego pasamos por un sitio donde las pendientes del río eran abruptas. Allí las aguas revueltas se habían llevado la parte de abajo del hielo que aparecía en la superficie. En este lugar el trineo que yo conducía se hundió con los perros y se perdió. Él y Unga lo atribuyeron a la mala suerte. En aquel trineo había mucha comida y sus perros eran los más fuertes. Pero él se echó a reír, porque era valeroso y estaba lleno de vida. Acortó las raciones de los perros que quedaban, y después los fuimos quitando de la traílla uno por uno y entregándolos a sus compañeros para que los devorasen. Él decía que regresaríamos rápidamente, deteniéndonos para comer de escondrijo en escondrijo, sin perros ni trineos, pues las provisiones que llevábamos eran ya tan escasas, que el último perro murió enganchado al trineo la noche en que llegamos al sitio donde estaba el oro junto a los huesos y los ecos de las maldiciones de los hombres.

»Para alcanzar aquel sitio (el mapa lo indicaba con exactitud), situado en el corazón de las grandes montañas, tallamos escalones en el muro de hielo que nos cerraba el paso. Esperábamos encontrar un valle al otro lado, pero no había tal valle: la nieve se extendía hasta muy lejos, lisa como los grandes campos de trigo, y a nuestro alrededor las altivas montañas alzaban sus blancos cascos hasta las estrellas. En el centro de aquella extraña llanura formada sobre un valle, la tierra y la nieve se hundían como si cayesen hacia el corazón del mundo. Si no hubiésemos sido gente de mar, la cabeza nos habría dado vueltas ante aquel espectáculo, pero nosotros nos detuvimos sin asomo de vértigo al borde de la cima tratando de descubrir el camino para bajar. Por un lado la abrupta pared se había desmoronado y aparecía inclinada como la cubierta de un barco cuando la vela más alta del palo mayor recibe el soplo del viento. Yo no sé por qué era así, pero así era.

»-Esto es la boca del infierno -dijo él-. Bajemos.

»Y bajamos.

»En el fondo había una cabaña hecha de troncos que su constructor había arrojado desde lo alto. Era una cabaña muy vieja en la que habían muerto hombres solitarios en épocas diferentes. Sus últimas palabras y sus desesperadas maldiciones estaban escritas en trozos de corteza de abedul, y pudimos leerlas. Uno murió de escorbuto; el socio de otro le robó los últimos víveres y la pólvora y huyó; un tercero fue gravemente herido por un oso gris de cara lampiña; otro se fue a cazar y pereció de hambre. Así murieron muchos. No querían dejar el oro, y murieron junto a él de una manera o de otra. Y aquel oro inútil que ellos habían recogido amarilleaba en el suelo de la cabaña como en un sueño.

»Pero el alma de aquel hombre era firme y su cabeza se mantenía despejada, aun después del largo viaje.

»-No tenemos nada que comer -dijo-. Sólo miraremos un momento este oro. Veremos de dónde procede y cuánto hay. Después nos iremos inmediatamente, antes de que nos entre por los ojos y nos haga perder el juicio. Y así podremos volver más adelante, con más comida, para cogerlo todo.

»Entonces vimos el gran filón. Atravesaba la pared del pozo de modo inconfundible. Lo medimos y lo señalamos por encima y por debajo, y clavamos las estacas que marcaban nuestra denuncia y quemamos los árboles para que se conocieran nuestros derechos. Entonces, con las rodillas temblorosas por falta de alimento, sintiendo un gran vacío en el estómago, y pareciéndonos que el corazón se nos iba a salir por la boca, escalamos la abrupta pared por última vez y nos dispusimos a emprender el regreso.

»En el último trecho arrastramos a Unga entre los dos y caímos varias veces, pero, al fin, llegamos al escondrijo. La comida había desaparecido. Yo había hecho un buen trabajo, porque él creyó que aquello había sido obra de los carcayús y los maldijo a ellos y a sus dioses. Pero Unga era valerosa, y sonrió, y puso su mano en la de él. Entonces yo tuve que volverme para no delatarme.

»-Descansaremos junto al fuego -dijo ella- hasta que llegue la mañana y nos alimentaremos con los mocasines.

Entonces cortamos la parte superior de nuestros mocasines a tiras y las pusimos a hervir. Las tuvimos hirviendo hasta media noche, para poder masticarlas y tragarlas. Y por la mañana comentamos nuestra mala suerte. El siguiente escondrijo estaba a cinco días de viaje. No podíamos llegar a él. Teníamos que encontrar caza.

»Y él dijo entonces:

»-Iremos a cazar.

»Yo respondí:

»-Sí, iremos a cazar.

»Y él dispuso que Unga se quedara junto al fuego para no fatigarse. Y salimos a cazar. Él fue en busca de alces y yo del escondrijo que había cambiado de lugar. Por la noche él cayó muchas veces mientras regresaba al campamento. Y yo hice ver que estaba también muy débil, dando traspiés, de modo que cada paso que daba pareciese que iba a ser el último. Y para cobrar fuerzas, seguimos comiéndonos nuestros mocasines.

»¡Qué hombre tan extraordinario! Su alma sostuvo su cuerpo hasta el final. Nunca se quejó en voz alta, y sólo se lamentó de la suerte que pudiera correr Unga. Durante el segundo día yo le seguí, para presenciar su final. Él se echaba a descansar con más frecuencia. Aquella noche ya estaba medio muerto, pero por la mañana lanzó un juramento con voz apenas perceptible y volvió a salir. Andaba como un borracho. Me pareció muchas veces que iba a rendirse, pero era fuerte como el hierro y tenía alma de gigante. Consiguió mantenerse en pie durante todo aquel día, a pesar de su extrema extenuación. Y cazó dos lagópodos. Se los podía haber comido sin encender fuego, y aquellas aves le habrían devuelto las fuerzas, pero no quiso hacerlo: sólo pensaba en Unga y en regresar al campamento con la caza. Ya no andaba: avanzaba arrastrándose sobre la nieve con las manos y las rodillas. Yo me acerqué a él y leí la muerte en sus ojos. Todavía no era demasiado tarde para que se comiera los lagópodos; pero él tiró el rifle, cogió las aves como un perro, y así continuó su avance.

»Yo iba a su lado, y él, cuando se detenía a descansar, me miraba, sorprendido de mi resistencia. Esta sorpresa la tuve que leer en sus ojos, porque él ya no podía hablar: sus labios se movían, pero de su boca no salía sonido alguno. Desde luego, era un hombre extraordinario y mi corazón se inclinaba a la piedad; pero volvía a ver el libro de mi vida abierto ante mis ojos, volvía a acordarme del frío y del hambre que me habían atormentado en los inmensos bosques del litoral ruso... Además, Unga era mía, y había pagado por ella un precio elevadísimo en pieles, embarcaciones y valiosas cuentas.

»Atravesamos la selva blanca. El silencio nos abrumaba como la húmeda niebla marina, y, entre tanto, los fantasmas del pasado flotaban en el aire y me rodeaban. Volví a ver la playa amarillenta de Akatan, y los kayaks que regresaban velozmente de la pesca, y las casas que se alzaban en la linde del bosque. También estaban allí los hombres que se habían erigido en jefes, los legisladores cuya sangre llevaba yo en mis venas y con la que, además, me había unido por medio de Unga... Y Yash-Nooss me acompañaba, con el cabello lleno de húmeda arena y en la mano la lanza, aquella lanza que él mismo había roto, al caer muerto sobre ella. Y recordé la promesa que percibí en la mirada de Unga.

»Atravesamos la selva blanca y, al fin, hirió nuestro olfato el humo del campamento. Entonces yo me incliné hacia mi compañero y le arranqué los lagópodos de la boca. Él se echó de costado para descansar, y vi que aumentaba la sorpresa que expresaban sus ojos, y que su mano se deslizaba lenta y disimuladamente hacia el cuchillo que llevaba en su cintura. Yo le quité el cuchillo, acerqué mi rostro al suyo y sonreí. Al advertir que ni siquiera entonces comprendía, repetí los movimientos que hice cuando bebí en las botellas negras, y cuando él amontonó regalos sobre la nieve, y reproduje todas las escenas de mi noche de bodas. No pronuncié ni una palabra, pero él, entonces, me entendió. Sin embargo, no demostró temor alguno, sino que hizo acopio de entereza y sonrió desdeñosamente, presa de una fría cólera.

»No estábamos lejos del campamento, pero la nieve era blanda y él se arrastraba con gran lentitud. Una vez permaneció tendido tanto tiempo, de bruces, que le di la vuelta y lo miré a los ojos. Me pareció leer la muerte, pero luego vi que él me miraba también. Esto ocurrió varias veces. Y cuando dejé de mirarle, él continuó su penoso deslizamiento.

»Al fin, llegamos junto a la hoguera. Unga acudió a su lado, y él movió los labios y me señaló, con el deseo de hacerle comprender lo que había ocurrido. Después quedó inmóvil y así permaneció largo rato. Aún está allí, tendido en la nieve.

»Yo asaba los lagópodos en silencio. Cuando hube terminado, hablé a Unga en su propia lengua, aquella lengua que ella no había oído desde hacía muchos años.

»Entonces ella se irguió, asombrada, con los ojos muy abiertos, y me preguntó quién era y dónde había aprendido a hablar de aquel modo.

»-Soy Naass -le contesté.

»-¿Es posible? -exclamó.

»Y se acercó a mí para poder examinarme mejor.

»-Sí -insistí-, soy Naass, jefe de Akatan, el último de mi estirpe, así como tú eres el último vástago de la tuya.

»Entonces ella se echó a reír. He corrido mucho mundo y he visto muchas cosas, pero nunca he oído una risa como aquélla. Al verme allí, en el silencio blanco, junto a la muerte y oyendo la risa de aquella mujer, un escalofrío recorrió mi alma.

»Creyendo que Unga desvariaba, le dije:

»-Cómete esto y vámonos. Akatan está muy lejos.

»Pero ella ocultó el rostro en los rubios cabellos de aquel hombre y siguió riéndose de tal modo, que yo creí que el cielo iba a desplomarse sobre nuestras cabezas.

»No comprendía la actitud de Unga: me había imaginado que experimentaría una inmensa alegría al verme y que se conmovería al recordar los tiempos pasados.

»-¡Vámonos! -exclamé, cogiéndola de la mano y tirando de ella fuertemente-. El camino es largo y oscuro. Tenemos que partir en seguida.

»-¿Adónde me quieres llevar? -me preguntó Unga, sentándose en la nieve y ya sin reír de aquel modo extraño.

»-A Akatan -respondí escrutando su rostro y esperando que le vería iluminarse al oír este nombre.

»Pero su semblante expresó una fría cólera semejante a la que había visto en el rostro del hombre. Y sus labios se torcieron en una sonrisa despectiva.

»-Sí -dijo mordazmente-, nos iremos cogiditos de la mano a Akatan, y viviremos en aquellas sucias chozas, y nos alimentaremos de pescado y aceite, y engendraremos hijos, de los que nos sentiremos orgullosos toda la vida. Nos olvidaremos del mundo y seremos felices. ¡Será magnífico! ¡Vámonos! Partamos ahora mismo. Volvamos a Akatan.

»Y empezó a acariciar los rubios cabellos de aquel hombre y sonrió de un modo que me mortificó. En sus ojos no leí ninguna promesa.

»Permanecí sentado en la nieve, en silencio, atónito ante el extraño proceder de las mujeres. Recordaba la noche en que él me la arrebató, y ella gritó y le tiró de los cabellos, de aquellos mismos cabellos que ahora acariciaba y de los que no se quería apartar. Después recordé el precio que pagué por ella, y los largos años que pasé esperándola. Y entonces la atenacé con mis manos y me la llevé a rastras como él se la había llevado aquella noche. Y ella se resistió como se había resistido entonces, luchó como una gata por sus hijuelos. Cuando la hoguera quedó entre nosotros y el hombre rubio, la solté y ella se sentó para escucharme. Le conté todo lo que había sucedido; le hablé de mis penalidades en mares extraños, de todo cuanto había hecho en tierras desconocidas, de mi agotadora busca, de mis años de hambre y de la promesa que ella me había hecho antes que a nadie. Sí, se lo conté todo, incluso lo ocurrido entre aquel hombre y yo.

»Y mientras hablaba, vi surgir en su mirada la promesa, plena y grandiosa como un amanecer. Y leí en sus ojos la piedad, la ternura de mujer, el amor..., el amor de Unga. Me sentí rejuvenecido, pues aquella mirada era la misma que yo había visto en sus ojos cuando corrió por la playa, entre risas, hacia la casa donde vivía con su madre. Mi horrible inquietud había terminado, y también el hambre, y la angustia de la espera. Había llegado el momento. Sentí la llamada de su pecho y me dije que ya podía apoyar en él la cabeza y olvidar. Unga me abrió los brazos y yo me acerqué a ella. Entonces, súbitamente, el odio llameó en sus ojos, su mano rozó mi cintura y sentí dos puñaladas.

»-¡Perro! -me dijo, como escupiéndome las palabras, mientras yo caía en la nieve.

»Luego rasgó el silencio con su risa y volvió al lado de su muerto.

»Sí, me apuñaló dos veces; pero estaba débil, hambrienta, y mi destino no era morir entonces. Me propuse quedarme allí y cerrar los ojos para el último y largo sueño, junto a aquellos seres cuyas vidas se habían cruzado con la mía y que me habían llevado a recorrer caminos que yo ignoraba. Pero me acordé de que tenía que saldar una deuda y entonces me dije que no podía descansar.

»El camino fue largo, el frío atroz, apenas tenía nada que llevarme a la boca. Los pieles rojas no encontraron alces y saquearon mi escondrijo. Lo mismo hicieron los tres hombres blancos, pero de poco les sirvió, pues, al pasar junto a su cabaña, vi que sus cuerpos resecos tenían la rigidez de la muerte.

»Después de esto no recuerdo nada, hasta que llegué aquí y encontré comida y fuego..., un buen fuego.

Cuando terminó su relato se encogió, pegado a la estufa, como si temiera perder aquel calor. Durante largo rato, las sombras proyectadas por la lámpara de sebo simularon trágicas representaciones sobre la pared.

-Pero ¿y Unga? -exclamó Prince, todavía bajo los efectos de la impresión que la presencia de esta mujer le había producido.

-¿Unga? No quiso comer. Se tendió junto a él, le rodeó el cuello con los brazos y ocultó su rostro en la rubia cabellera. Yo le acerqué el fuego para que el frío no la torturase, pero ella pasó arrastrándose al otro lado del cadáver. Entonces encendí en este lado una nueva hoguera. Pero de poco sirvió, pues Unga se negó a comer. A estas horas ambos deben de yacer aún en la nieve.

-Y ¿tú que vas a hacer? -le preguntó Malemute Kid.

-No sé, no sé... Akatan es pequeño y tengo muy pocos deseos de volver a vivir a la orilla del mundo. Sin embargo, no tengo ante mí muchos caminos. Podría ir a Constantina, donde me cargarían de cadenas y un día harían un nudo corredizo para mí. Entonces dormiría tranquilo. Pero no sé, no sé...

-Oye, Kid -dijo Prince-. Se trata de un asesinato.

-¡Silencio! -le ordenó Malemute Kid-. Hay cosas superiores a nuestra sabiduría... y que están más allá de nuestra justicia. Nosotros no podemos decir si esto está bien o está mal. No podemos erigirnos en jueces.

Naass se acercó aún más al fuego. Reinó un gran silencio y ante los ojos de aquellos hombres pasaron y se esfumaron muchas imágenes...

Jack London (1876-1916) aventurero y escritor estadounidense, autor de más de cincuenta libros de los que "Colmillo Blanco" y "El llamado de la selva" son, quizá, los más populares. Todos sus relatos están inspirados en aventuras que él mismo vivió.


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