sábado, 14 de marzo de 2009

Entrevista a Jesús de Nazareth: El 98,5% se procura placer a sí mismo sin compañero sexual, masturbándose

Marcelo Colussi (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El periodista suizo Heinrich Unheimlich, famoso por su penetrante espíritu investigativo y por las osadas entrevistas que pudo conseguir en su dilatada carrera profesional, nos volvió a sorprender recientemente. Sin revelar nunca cómo lo obtuvo, pudo establecer contacto con Jesús de Nazareth, quien aparentemente estaba de incógnito en nuestro planeta, y forzarlo a responder algunas preguntas. Se dijo en un primer momento que el reportaje era apócrifo, pero la cinta de audio (un viejo cassette convencional de grabadora manual), sometida a las más rigurosas pruebas –en centros académicos del más alto nivel e incluso en la NASA–, demostró su autenticidad. No pudo tomar fotos (según contó luego Unheimlich, al querer fotografiarlo usando su teléfono celular, el mismo se bloqueó inexplicablemente… ¿Milagro?). De todos modos, aún quedando en las tinieblas los pormenores de la entrevista, lo importante es que la misma pudo realizarse y luego difundirse.

No pueden dejar de mencionarse dos aspectos importantes, aparentemente marginales al contenido específico de la nota periodística, pero que dan un talante de lo que allí está en juego: por un lado, la grabación del reportaje está hecha en alemán con acento de Zürich en su primera parte, cambiando luego al francés –cambio que inopinadamente hizo el entrevistado– para seguir más tarde en arameo, lengua que, al no ser comprendida por el entrevistador, hizo dar por terminado el reportaje en forma un tanto abrupta. Y un segundo elemento no menos significativo cual es el hecho que, dos días después del encuentro –aparentemente fue en un centro comercial de Ámsterdam, según una versión, o en un hotel en El Cairo, según dicen otros– Unheimlich perdió el habla, que no ha vuelto a recuperar hasta la fecha, y desarrolló un repentino cáncer de próstata.

Gracias a avatares del destino, hoy llegó a nosotros esta riquísima pieza, no digamos ya del periodismo sino de la producción cultural universal, que ahora ponemos a disposición de los lectores en idioma español. Entendemos que la ocasión es más que propicia, dada la cercanía de la cristiana fecha de la Semana Santa. Ustedes juzgarán.

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Heinrich Unheimlich: Jesús, ¿qué anda haciendo por aquí casi de incógnito?

Jesús: Bueno…. no es la primera vez que lo hago. Habitualmente suelo darme una vuelta por aquí a ver cómo están las cosas. Y permítame decirle que nunca antes me habían descubierto, por lo cual lo felicito: es usted muy perspicaz. En verdad me sorprende que haya podido identificarme. Dígame: ¿cómo lo hizo?

Heinrich Unheimlich: Mire, no se ofenda, pero ahora yo diría que vamos a invertir los papeles. Ahora, quien pregunta soy yo, ¿de acuerdo? Luego, después de la entrevista, si le parece, le cuento los detalles de cómo lo identifiqué. Pero, volviendo a lo que decíamos… ¿así que regularmente viene de incógnito por aquí? ¿Y cómo encontró las cosas ahora?

Jesús: Mal, muy mal. La verdad es que siempre le damos seguimiento a este planeta, nos interesa mucho…

Heinrich Unheimlich: Perdón que lo interrumpa: habla en plural. "Le damos seguimiento" dice. ¿Quién además de usted?

Jesús: Pues, mi padre. Fue él quien hizo todo esto. Y –se lo digo entre nosotros, en privado– a veces se arrepiente. A veces se reprocha por qué se dejó llevar por la pasión inventando esta especie tan rara que son ustedes, y se arrepiente. Pero ya es tarde, no hay marcha atrás. En más de una oportunidad, para reparar ese "error", como suele decir, pensó en eliminar toda la especie. De ahí que permitió que desarrollen las armas de destrucción masiva, fundamentalmente las nucleares. Pero nunca se termina de decidir si hacerlas usar. También considera muy cruel la extinción total. Si bien la especie humana es insoportable, absurda en algunos casos, incomprensible a veces, también tiene cosas muy lindas, muy simpáticas.

Heinrich Unheimlich: ¿Como cuáles?

Jesús: Bueno…muchas, numerosas, numerosísimas. Ustedes no son sólo estupidez; también han hecho cosas importantes, muy lindas. Además de hacer la guerra, por ejemplo, y entre otras cosas, hacen arte, aman a sus hijos, a veces se enamoran, a veces filosofan y dicen cosas bien interesantes, bien profundas. Claro que no hay que olvidar la contracara de todo eso: son egoístas, muy violentos, son muy conservadores, les asusta mucho el cambio, y en estos últimos tiempos han desarrollado una enfermiza cultura de apego a las cosas materiales que ustedes mismos producen. Hay que reconocer que a veces son realmente inteligentes. Yo me sorprendí mucho cuando en estos últimos años empezaron a inventar todos estos artefactos tan llamativos que les reportaron enormes cambios: máquinas para volar, que ustedes llaman aviones, máquinas para ir por debajo del agua, todos los aparatos para comunicarse a la distancia: el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión, el internet. No han logrado dominar aún la telepatía, pero no falta mucho para que lo hagan. Bueno, todo eso realmente me tiene sorprendido. Y a mi padre también. Porque de verdad que él no había planificado todo esto. Él solo dejó la posibilidad abierta; de ahí en más, fueron ustedes los que dieron estos pasos. Y de verdad que los felicito.
Por otro lado, como le venía diciendo, no hay dudas que todas esas cosas, cuando uno lo ve desde afuera, sorprenden gratamente. Y hacen pensar en que la humanidad no es tonta. Claro, después cuando empieza a profundizar… se agarra la cabeza. Tienen internet… ¡para ver pornografía! Me imagino que usted debe saber, bien informado como está al ser un destacado periodista, que una tercera parte de las consultas que se hacen en la red de redes, es para mirar pornografía. No es que esté mal tener apetitos carnales, no, por supuesto. Para eso mi papá les dio la facultad del deseo. ¿O acaso no es grato desear, derretirse de ganas por alguien? Pero, ¡qué pobreza espiritual tener que contentarse con mirar a alguien desnudo en una pantalla!, ¿no? Cosas como esas son las que me abren –o nos abren, mejor dicho– esas dudas: mi padre, a veces con una sonrisa bonachona y mesándose la barba, dice entenderlos y que él así lo quiso. Pero otras veces –y yo soy de esa idea también– piensa que son demasiado tontos, demasiado miedosos ante la vida. Prefieren ver un cuerpo desnudo en una pantalla en vez de tocarlo con sus propias manos. ¿Por qué ese miedo absurdo? Prefieren la mentira y la hipocresía en vez de buscar la verdad. No entiendo por qué esa pusilanimidad, no lo entiendo. Prefieren decir que está todo bien, mientras sufren como condenados.
Bueno, pero me voy por la tangente. Usted me preguntaba qué cosas buenas tienen los humanos. Mire: muchas. Por ejemplo, hacen música, que es algo hermoso, angelical. Y no importa qué música, de las innumerables variedades que tienen. Eso siempre es algo lindo, grato, que alegra el espíritu. La estupidez comienza cuando con esa fiebre enfermiza por el apego a lo material y ese insaciable afán de poderío que se ve tanto en estos últimos años de su historia, comienzan a vender musiquita empaquetada. Por eso le digo que siempre están oscilando entre lo genial (en música han hecho cosas geniales, de verdad. Mire el alemán van Beethoven; pese a estar sordo musicalizó una oda a la alegría, ¿no le parece genial? Bueno, o cualquier música: ¿escuchó alguna vez un ukelele sentimental? Se lo recomiendo, Unheimlich); pero para no irnos por la tangente, le decía que siempre basculan entre lo genial y lo ramplón. Hacen músicas hermosas, y al mismo tiempo componen enlatados estúpidos que se obligan a consumir pagando para escucharlos. Claro que, en eso, el jueguito es más complicado: son algunos pocos los que se aprovechan de la gran mayoría. Son unos pocos los que ganan dinero vendiendo basura, y la gran mayoría silenciosa agacha la cabeza y consume las modas. En música eso se ve con palmaria claridad. ¿Me entiende lo que le quiero decir? Al lado de creaciones realmente geniales ustedes hacen estupideces que no parecen posibles. ¿Por qué ese afán perpetuo de dominarse unos a otros? ¿Por qué esa lucha interminable por el poder?

Heinrich Unheimlich: ¿Y usted que cree? ¿Por qué su papá nos hizo así?

Jesús: Como le decía: a veces se arrepiente de haber hecho eso. Pero también tiene sentido que sean así, si uno lo piensa bien. Como son finitos, tienen los límites siempre a la mano (la muerte está siempre presente, envejecen, se ponen decrépitos o, para graficarlo de un modo muy evidente: al lado de la belleza que puedan tener, se tiran pedos, con lo cual todo se afea –y todos, varones y mujeres, se los tiran, todos…–), pues bien, como la finitud los inunda por todos lados, el poder es lo que les puede hacer sentirse menos frágiles, es la puertita hacia la plenitud. O es lo que, al menos, les provoca la sensación de plenitud. Todos ustedes están condenados a envejecer, a corromperse, a morirse, todos ustedes son siempre falibles, viven presa de los miedos, saben las cosas siempre limitadamente, irremediablemente tienen que decidir ser varón o mujer porque todo al mismo tiempo no se puede…; es decir: como la vida de los humanos está inexorablemente marcada por sus límites (viven tirándose pedos, en otros términos: comen manjares que luego se transforman en flatulencias), el ejercicio del poder los hace sentir menos limitados. De ahí que estén buscándolo perpetuamente. ¿A quién de ustedes no les gustaría ser dios? Tener poder –aunque sean cuotas mínimas: el varón sobre la mujer, el europeo –presuntamente civilizado– sobre los supuestos salvajes del África, el rico sobre el pobre, el adulto sobre el joven– tener poder es alejarse de los límites, aunque sea un poquito. El poder siempre hace sentir impune, absoluto, inmortal. Por eso viven inventando historias que les permita fantasear con todo eso: Superman actualmente, o cualquier héroe de las mitologías históricas en todos los pueblos que han pasado por el planeta. ¿A quién no le gusta ser como un actor triunfador de Hollywood, o como Schumacher, o como John Lennon, que llegó a decir que era más famoso que yo? ¿Me entiende?

Heinrich Unheimlich: Creo que sí. ¿Pero por qué su papá nos hizo así, tan limitados entonces?

Jesús: Vaya pregunta, mi amigo… ¿A quién no le gusta ser dios? Pregúnteselo a mi padre… Pero yo vine al mundo hace dos mil años para tratar de ayudar un poco a soportar esos problemas, para hacer más llevadera la vida pese a todos esos límites. Yo traté de enseñar a vivir sin tantas angustias, sin fascinarse tanto con la búsqueda del poder.

Heinrich Unheimlich: ¿Y qué dice: lo consiguió?

Jesús: ¿Me lo está preguntando en serio? Vamos, Unheimlich: ¡no sea estúpido! ¿No ve acaso cómo está el mundo? A veces soy yo el que se arrepiente de haber venido, me arrepiento de haberme hecho tantas expectativas. Con toda sinceridad le digo que yo pensaba que iba a ser más fácil la transformación ética de los seres humanos. Pero veo que eso no es fácil. No digo que no se pueda cambiar, no, por supuesto que no. Ahí está el socialismo como una promesa abierta. Y eso no ha terminado, créame que no. La historia sigue, y lo que se creía un triunfo absoluto de los grandes capitales hace unos años atrás, hoy se derrumba como castillo de naipes con la crisis financiera internacional. La gente es tonta, pero no tanto. Se deja explotar porque no le queda otra alternativa, pero llega un momento en que se rebela. "Pena sobre pena y pena hace que uno pegue el grito. La arena es un puñadito, pero hay montañas de arena". Creo que eso lo dice claramente: es un poema de un cantor argentino que quizá conozca: Atahualpa Yupanqui. No le puedo decir que fracasé en mi intento de hace dos mil años; pero veo que las cosas son más complicadas de lo que creía. Los que se suponía tenían que ser mis sucesores para seguir predicando ese mensaje de contestación contra el poder –que fue revolucionario en su momento, créame, por eso a mí me crucificaron los romanos–, los que tenían que seguir con mi ejemplo, es decir: la iglesia católica, mire cómo terminaron: una institución con el poder más descomunal durante mil años, dueña de riquezas y conciencias, que se permitió matar a cuanta persona se le opuso, y que ahora, aunque un poco debilitada, sigue siendo lo más contrario a lo que yo vine a enseñar. ¿Cómo podría entender usted que mis sucesores vistan ropas de oro y piedras preciosas si yo vine a combatir esas flaquezas? ¿Cómo puede entender que, en mi nombre, se quemó viva a tanta gente, en nombre del amor? Algo no funcionó ahí.

Heinrich Unheimlich: Habló del amor. Usted predicó aquello de poner la otra mejilla luego de ser abofeteado, de amarse los unos a los otros –bueno: John Lennon decía algo parecido, ¿no?– Pero si observamos detenidamente el mundo, lo que menos encontramos es amor. El amor eterno de los enamorados se termina muy pronto, después de la luna de miel, y las relaciones entres las personas no son muy amorosas que digamos precisamente (se venden más armas que libros, o que flores). ¿Qué pasó con su enseñanza?

Jesús: A veces me lo cuestiono, sí. Quizá fui un poco ingenuo, lo reconozco. Vez pasada hablaba con Quetzalcóatl en un encuentro de dioses que tuvimos en el monte Olimpo, y fue él quien me abrió los ojos al respecto. Yo pensaba que la gente respondería mejor a mi mensaje, que verdaderamente haría un acto de arrepentimiento y buscaría cambiar cuando se diera cuenta de su condición. Pero no sabía con exactitud cómo los había programado mi padre. Veo que la angustia ante la vida que tienen ustedes –que no he encontrado en los seres de otros planetas– es más fuerte de lo que me imaginaba, de ahí que la búsqueda del poder los tiene demasiado trastornados. Viven siempre pensando en sí mismos, siempre preocupados en ver cómo triunfan a costa del otro. Son demasiado individualistas, "narcisistas" para decirlo con un término que inventaron sus psicólogos y me parece muy bueno: viven fascinados y enamorados de ustedes mismos, por eso les cuesta tanto amar al otro. Piensan en primera persona, sueñan en primera persona, el otro les es un instrumento para conseguir sus fines, nada más. Yo creí que lo lograría, pero no sabía bien en la que me metía. Por eso, dos mil años después, rectificaría mi mensaje: no los llamaría tanto a amarse sino a respetarse, lo cual ya es muy mucho pedir.
Mire, Unheimlich: se lo voy a decir con una parábola. Ustedes se aman tanto a sí mismo, les cuesta tanto amar a otro, que está más que demostrado que el 98,5% se procura placer a sí mismo sin compañero sexual, masturbándose.

Heinrich Unheimlich: ¿Y el otro 1,5 por ciento?

Jesús: Es manco. (Risas)

Heinrich Unheimlich: Tiene buen sentido del humor, por lo que veo. Hablando de otra cosa, pronto está de cumpleaños. ¿Qué dice al respecto?

Jesús: Eso, de verdad, me tiene asqueado. Ahora, al menos en una buena parte del mundo, festejan mi cumpleaños, el número 2004para ser más exactos, tirando la casa por la ventana. Pero vea cómo lo celebran: ¡ni una imagen mía por ningún lado! En mi lugar vino a instalarse ese gordito con risa estúpida vestido de payaso, que no entiendo de qué vive riéndose. ¿Se da cuenta? ¿Entiende lo que le quiero decir? Todo el mundo dice ahora: ¡feliz navidad!, y creo que ni siquiera sabe lo que está festejando. Pregúntele usted a cualquiera que come como condenado en mi fiesta de cumpleaños y chupa como una esponja, quién es ese flaco ascético que andaba por ahí harapiento predicando la igualdad hace dos mil años atrás, y seguro que no lo va a saber. Pero seguro que compró regalitos y puso una imagen del gordito este que le mencionaba en su casa. ¿Por qué nadie me pone un pastel con velitas para que las sople? ¿Alguien me preguntó si no me gustarían mariachis para festejar mi cumpleaños? No, nada de eso… Yo hablé de valores espirituales, de lucha contra la ostentación y la frivolidad del poder, de solidaridad genuina, de igualdad para todos y todas –bueno, en mi época no importaba la cuestión de género, se hablaba sólo en masculino–, y ahora celebran mi cumpleaños olvidándose de mí y reemplazando mi mensaje por un consumismo voraz y por un imbécil que se ríe invitando a comprar locamente. ¡Es triste! Pero no hay que darse por vencidos. Yo sigo viendo luz al final del túnel, aunque cueste mucho.

Heinrich Unheimlich: ¿Ve luz? ¿De verdad? ¿Y cuál es el futuro de la humanidad entonces, Jesús?

Jesús: [A partir de aquí Jesús comienza a hablar en francés] Ah…, está pidiendo demasiado. Como me imagino que comprenderá, no puedo darle mayores precisiones. Lo que sí le adelanto es que la historia no está terminada. Aunque los que alientan el consumismo interminable que promueve Santa Klaus crean que ganaron la batalla, se equivocan. En ese sentido, parafraseando a ese buen pensador que tuvieron ustedes en el siglo XIX llamado Hegel, podríamos decir que "el amo tiembla aterrorizado delante del esclavo, porque sabe que inexorablemente tiene sus días contados". Por más parafernalia militar que los amos desarrollen para cuidar sus privilegios, la justicia se va a imponer. No hay espada –ni misil nuclear, digamos hoy día–, por más poderosa que sea, que pueda imponerse sobre la justicia.

Heinrich Unheimlich: ¿Se refiere a la justicia divina, al Juicio Final?

Jesús: ¡No, compañero! ¿De qué justicia divina me está hablando? Quiero decir que la gente, lentamente, va abriendo un poco más los ojos. Antes, cuando yo andaba correteando por los desiertos de Galilea –¡todavía me acuerdo la sed que pasaba ahí!– el emperador, el amo esclavista, eran casi dioses, intocables, impunes. ¿Quién osaba enfrentárseles? Y otro tanto pasaba en otras latitudes: los chinos no podían mirar a los ojos a su emperador. Lo mismo era con cualquier mandamás. Cualquier teocracia –en el Asia, en América– podía decidir con la más absoluta naturalidad sobre la vida de un súbdito. ¿Quién le ponía freno a esos poderes? Lo mismo podía hacer el varón con su mujer. ¿Quién iba a protestar por eso? Pero las cosas están cambiando, mi amigo. La gente va abriendo un poco más los ojos. No sé si habrá sido mi enseñanza, no lo sé. A veces, cuando visito cualquier centro comercial para esta época, unos días antes de mi cumpleaños, me sorprendo y pienso que todo mi esfuerzo fue en vano. ¿Cómo es posible que unos pocos, poquísimos, desde sus limusinas blindadas o desde un pent house que puede costar varios millones de dólares, decidan la vida de las grandes mayorías planetarias? ¿Cómo es posible que a las masas, igual que en mi época en el circo con los gladiadores y los leones, se las siga engañando de esa manera, ahora con todos los nuevos artificios tecnológicos? Parece que las cosas no cambian, y eso llevaría a la desesperanza. Pero no es tan así, Unheimlich: las cosas cambian.

Heinrich Unheimlich: Sí, claro … pero permítame decirle que la gente ya no se siente tan creyente como antes. Los católicos aún siguen los ritos, por ejemplo el de festejar la Navidad, o el de casarse por la iglesia o bautizar a sus hijos, pero la religiosidad va perdiendo importancia en el mundo moderno, más guiado por los jet supersónicos y las tarjetas de crédito que por un mensaje místico.

Jesús: Exactamente. Eso es lo que estoy tratando de decirle: la gente cambia. Y agregaría: ¡felizmente! Si no, aún seguiría en las cavernas. Pero no: hay cambios, siempre. La historia no está terminada. No quiero anticiparle para dónde seguirán esos cambios. Es más: nos pusimos de acuerdo con mi viejito que eso no lo vamos a revelar por ahora. Pero, aunque parezca que no, las cosas se mueven. Como dijo aquel italiano famoso que la iglesia casi cocina en la hoguera: eppur si muove.

Heinrich Unheimlich: Entonces, haciendo un balance de estos primeros dos mil años de su trabajo, ¿qué diría?

Jesús: [Comienza a hablar en arameo y el periodista corta la entrevista]

Marcelo Colussi es argentino residente en Guatemala.


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Los dioses antiguos eran buena gente

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

- …es que los dioses adecuarían su forma a voluntad. Ningún aspecto que le imagináramos los hombres serviría ni para diseñar una estampita de la comunión. A ratos de eternidad, esas deidades lucirían cabeza de serpiente o serían raudos vegetales voladores con tentáculos para sujetar la lluvia. Sin duda, dioses creativos y con ingenio para saltar de los cielos a la sombría fosa de los mares; equilibrando el qué comer y sin perder su tiempo, atender constante desde el desborde de los ríos, las alucinaciones que nos trajeran las tormentas y los apareos que fuera sumando cada especie. Así que no alcanzarían los números de siglos para averiguar los patrones de la fertilidad y hasta del hambre que imaginaran esos dioses.

- ¿Desde cuándo lo inquieta eso?

- No sé, pero ante los libretos que repiten quienes dicen ser intermediarios entre nosotros y dios, supongo que los dioses anteriores hicieron su tarea mucho más divertida. Sugiriendo cada tanto algún oráculo o acertijo para ir pasando el tiempo infinito pero sin dejar de perseguir a los millones de doncellas que andarían por el espacio.

- ¿Millones? Es una buena ocurrencia y nada más.

- Que esto fuera así es una idea que nadie afirmaría con días, fechas y lugares del hecho, por eso es religioso el asunto- pero vale que esos personajes también imaginarios fueron unos dioses visibles. Casi comunes, de compartir por ejemplo jolgoriosas borracheras con los primeros de nosotros, esta humanidad, sin reclamar en pago ningún rezo ni confesión sagrada. Bien sabían que no servía de nada y por eso eran dioses de verdad que sabían su oficio. .

- ¿Unos ricos tipos? .

- No, dioses dedicados a la felicidad, a propiciar los placeres merecidos y no ídolos a venerar en un lujoso templo con cualquier imagen siniestra detrás de cada arenga.

- Sí, de pibe nos aterraba el sangrante corazón de Jesús.

- Entonces imagine, funcionarios de la fe anunciando premios y castigos para controlarnos el sexo. Esa dicha de todas las especies.

- Si, un altar donde reza algún pedófilo queda lejos de esos dioses tan bromistas y humanos.

- ‘Nos pertenece sólo nuestro cuerpo, amor, y volveremos a amarnos debajo de la lluvia’, está escrito y los dioses antiguos festejarían esa emoción inigualable. En tanto los dioses que hoy convocan sirven a enjoyados actores en púlpitos publicitarios, donde los convirtieron en sirvientes de unos que usando sin rubores bonetes y capas, se burlan del mundo recitando preceptos ‘dictados por Dios’. ¿Eso y las metáforas de confesionario no son una procacidad?

- Eso lo sabrá usted.

- Por eso le digo, seguro que entre los antiguos dioses hubo menos mala gente.. .

- Lo dejo en paz, y dichoso que pueda imaginarlo.

* De su serie “Diálogos con el otro”


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Algo de artes plásticas: La pintura que Mao no presenció


Jon Juanma Illescas Martínez (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Del Libro Rojo a la pintura erótica tipo Playboy parece que sólo hay un paso, o dos. Si no que se lo pregunten a Hu Ming, artista china de 54 años que pasó de pintora del régimen a pintora del régimen, pero de otro, y sin salir de su país.

Hu Ming, hija de militares, trabajó en el ejército chino en la época de la Revolución Cultural. Allí se encargó primeramente de laborar en la biblioteca del ejército, de donde sin que sus superiores se percatasen, sustraía libros de dibujo de Miguel Ángel del que comenzó a copiar desnudos. Más tarde, la destinaron a la enfermería del campamento y como se desmayaba con tanta sangre aprovechó para cambiar por otro destino más “suave”: el tanatorio. Por lo visto no le daba tanta impresión como a los demás y siempre que podía se acercaba al lúgubre lugar (para otros evidentemente), deseosa de estudiar la anatomía humana. Ello la hizo una gran conocedora del cuerpo del hombre y la mujer, de sus curvas, recovecos y claroscuros.

Sin embargo, en la producción de Hu Ming no se ve ni un sólo hombre, ni por casualidad. Sus óleos se centran exclusivamente en cuerpos voluptuosos y poderosamente musculados de mujeres (quizás esto sí le quedó del genio capresaní muerto en Roma, de mujeres musculadas se entiende). Su dominio del dibujo anatómico es más que evidente, ocupando la centralidad de su obra. De fuerte colorido, sus cuadros evolucionaron, como se puede ver en las imágenes adjuntas, desde un cierto surrealismo mezclado con pop-art y ecos del tradicionalismo chino, hasta, cada vez más, centrarse en lo que vendría a ser la pintura pin-up China con el sello Ming. Por lo visto en la patria de Hu Jintao, ésta, últimamente, se cotiza mejor.

Los pin-up clásicos tuvieron su auge en Estados Unidos (otrora “tigre de papel”) en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial con la activación de la sociedad del hiperconsumo y el desarrollo de las técnicas de reproducción a color. Se basaban en fotos de modelos, o imágenes de chicas nacidas de la mente calenturienta del artista que quedaban siempre plasmadas ligeras de ropa en los lienzos, con amplias sonrisas concesivas y gestos provocativos. Del taller del artista pasaban al papel cuché en posters y revistas de contenido “adulto”.

Realizados con pintura al óleo tanto con pinceles como con aerógrafos (más utilizados a partir de los ochenta por conseguir mejor ese aspecto más brillante, pulcro y reluciente que tanto obsesiona a los artistas de esta temática), los pin-up inundaban entornos exclusivamente ocupados por hombres que permanecían sin ver a una mujer largas horas del día o quizás varios meses o incluso años (garajes de automóviles, militares, presos, etc.) Helo aquí la función que cumplían: de “compañía”, por decirlo suave.

Al margen de que la obra de esta artista nacida en Beijin, pueda gustar más o menos (como pasa con todos los autores por otra parte), lo interesante es percatarnos como dice Suzi Gablick de la función social de la obra, y en este caso, sin ser malpensados, me parece que queda bastante claro que se centra en la autosatisfacción sexual personal del público-propietario (que diría John Bergen). No sólo hombres por lo que parece. Los/las mecenas de Ming se encuentran entre esa nueva estirpe enriquecida de consumista “clase media” y ricos capitalistas chinos (con y sin carnet del Partido). La pintora cambió el público, el nuevo es más rentable. Llegados a este punto una morbosa pregunta recorre mi mente: ¿Qué pensaría el viejo Mao si volviese de excursión a la nueva China? Quizás le diese un infarto y seguro, no llevaría ni Mastercard ni Visa para pagarse los nuevos hospitales privados del gigante país oriental.

Imágenes: "Hu Ming" pintura China
- Alarma de invasión enemiga 2006
- Purificación 1996
- Las manoplas rojas 1998

- Costumbres sociales a través de los años 1998
- Enfermeras del ejército 2004
- La llamada del despertar 2006

* Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.


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Algo de música: desde Japón, para extasiarse...


ARGENPRESS CULTURAL

Para nosotros, occidentales, la música que nos llega de Oriente es algo misterioso, desconocido. Nuestra estética camina por otros senderos, y como sucede habitualmente con lo desconocido, lo miramos con cierto recelo.

La cultura japonesa, una de las más viejas del mundo, ha desarrollado una enorme producción musical. Entrar a estudiar en detalle ese enorme bagaje no es, en modo alguno, el objetivo de estas breves notas musicales que proponemos desde Argenpress. Quien pretendiera hacer eso tiene ante sí cantidades siderales de información. Poco o nada agregaríamos dando algunos datos, tal vez imprecisos, por lo que dejamos esa tarea a quien quisiera emprenderla por su cuenta, ya sea como aficionado curioso, o como riguroso musicólogo y estudioso de la antropología.

La intención es difundir algún material musical (en este caso tres obras) que provienen de una estética a la que no estamos habituados, con otros instrumentos, concebidas desde otra dimensión cultural. Y disfrutarlas.

Esperemos que les gusten.







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Conversación a la salida de la fábrica

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Pero este año
en cambio
haremos lo mismo

Si
Continuar haciendo lo mismo
generaciones tras generaciones

Veinte años son muchocincuenta más y más de cincuenta una eternidad

Esta vida no cambia
Moriremos y todo seguirá igual

Cuando alguien me recuerda que hubo milenios antes de nosotros
y que en ellos hubo gentes con preocupaciones similares
y que a pesar de todo las cosas sí han estado cambiando
hacia un poco más de comodidad para nosotros
y una mayor riqueza para ellos
me pregunto qué es la historia
o si en verdad estos cambios sí son cambios
o qué es lo que realmente existe
o qué es lo que nos queda después de quemar los fantasmas
conque nos engañaron tanto tiempo

Y qué es entonces lo que debemos hacer
y cuándo debemos empezar

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Unos gramos de filosofía personal

Jaime Richart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Erasmo de Rotterdam escribe en 1511 un opúsculo titulado "Elogio de la locura". En una serie de discursos solemnes hace un elogio de la demencia en el sentido de necedad y estulticia, a través de un examen satírico de la superstición y de las prácticas piadosas y corruptas de la Iglesia Católica, así como de la locura de los pedantes (entre los que se incluye el propio Erasmo). Viene a decir que si la sociedad humana funciona es gracias a la fortuna; que si la cegadora luz de la realidad no estuviese empañada o filtrada por la idiotez, no sería posible la vida social.

Partiendo de esa idea, y propias de esa demencia-estulticia de Erasmo, a mi juicio existen cinco palabras que son clave para llenar todas las bibliotecas de la historia: libertad, igualdad, justicia, felicidad y amor. Sobre esos cinco pilares se levanta la retórica de toda cultura y sociedad. El resto de los conceptos, sea en la política, sean en la filosofía, sea en la moral son derivaciones.

Pues bien, ninguna de las cinco ideas -como toda abstracción- existen… a menos que pongamos empeño. Mejor dicho, existen -independientes o combinadas- para algunos pero con la inconsistencia del oro sin aleación con otro metal, y en la medida que no existen para los demás -excepto el amor- usurpados por aquellos.

Veamos. La libertad supone independencia material. La igualdad presupone independencia, libertad y renuncia al privilegio. La justicia incluye, además, la voluntad popular sin los afeites de la cultura que violaron la justicia natural. La felicidad es un estado duradero de plenitud; mezcla de abandono psicológico y de tensión arterial perfectamente equilibrada. El contento y la alegría son ese mismo estado, pero fugaz. El amor, por el contrario, se paladea desde la “cultura” personal. Sin cultura, reducido al sexo impaciente o a la mera delectación, el amor es vacío. Aun así, real, vacío o volátil es de los cinco el único que está al alcance de toda la humanidad. El amor y el Arte son las dos únicas cosas que dan sentido a la vida.

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Diálogo con Gustave Flaubert


Rodolfo Bassarsky (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuento inspirado en las cartas que desde principios de 1852 hasta principios de 1854 envió Gustave Flaubert a Louise Colet, mientras escribía su “Madame Bovary”.

Yo caminaba por una callecita angosta empedrada de París, sucia y flanqueada por interminables edificios de fachadas similares y arruinadas. Paredes descascaradas, agrietadas, persianas rotas, balcones oxidados. El barrio fue declarado Antipatrimonio de la Humanidad. Nunca debieron construirse esas viviendas miserables, oscuras, húmedas y antihumanas. O por lo menos debieron destruirse al cumplir no más de 100 años. ¡¡Y ya tenían 400!!

Caminaba rectamente y sin mirar mi entorno, sumergido en pensamientos importantes que me entretenían. En el preciso momento de pasar frente a una desvencijada puerta de madera carcomida, se abre y aparece Gustave Flaubert. No supe si era él en persona o quizás su fantasma: flaco, pálido y sonriente, ojos soñadores, cabellera abundante de pelos lacios oscuros.

Cuando estuve a su lado me detuvo con un ademán. Alzó su mano derecha.

- Pare! -me dijo.

- A Ud le gustan mis libros. Le apasiona mi estilo de párrafos cortos. La ausencia de lugares comunes. Mi desprecio por los convencionalismos de toda clase.

No me invitó a pasar ni a tomar un café en la esquina para charlar un rato. Sospeché por eso que era un fantasma. Hablaba pausadamente y no abandonaba la sonrisita de buen ánimo.

- “Por cien francos al año guisaba y hacía el arreglo de la casa, cosía, lavaba, planchaba, sabía embridar un caballo, engordar las aves de corral, mazar la manteca y fue siempre fiel a su ama – que sin embargo no siempre era una persona agradable.”

Recordé que esa señora no muy simpática era madame Aubain de “Un alma de Dios”. Me di cuenta que Monsieur Flaubert podría repetir de memoria su cuento. Y me imaginé que semejante milagro se debía exclusivamente a su condición de fantasma poseedor de un misterioso cerebro fantasmagórico.

Yo ya estaba atrapado. Ese encuentro inesperado, súbito, comenzaba a conmoverme. Jamás había conversado con un fantasma tan tête à tête. Sí los había visto, distantes, en sueños adolescentes. Cuando soñaba. Pero a mis 65 años ya no soñaba con fantasmas y ya los había olvidado. Hasta ahora, que tenía tan cerca a uno sonriente y casi de carne y hueso. Su aspecto amigable y especialmente su actitud llana, afectuosa, me indujeron a tutearlo. Gustave Falubert de tête á tête y de tú a tú! Me sentí feliz y ya no sobre el empedrado, sino en el cielo de París.
Me tomó enérgicamente del brazo, a una cuarta de mi hombro derecho y me obligó a flotar con él. Poco después vimos a unos 30 metros, el Moulin Rouge de donde emanaban los célebres compases de su parisina melodía. Salía del espectáculo un apretado contingente de damas y caballeros con fino atuendo décimo-nónico, contemporáneos de mi cicerone

- Me evocas a Gustave Mahler. Un grande de la música del s XX, muerto prematuramente, cuya obra sinfónica es gigantesca como tu literatura. Gustave, háblame de tu mundo, de tus amores, de tu estilo.

- Mi vida ha sido poco coherente. Sin duda ni más ni menos coherente que la de muchos. A pesar de mi interés fuerte por la ciencia, comencé a escribir a los 15 años. Pocos años después abandoné mis estudios científicos y me entregué a la literatura. Me enamoré de mi arte, de mi estilo (yo inventé la fisiología del estilo) y de Louise.

Han coincidido en mí dos escritores. Uno apasionado por la literatura de altas consonancias líricas, de frases sonoras, el otro obsesionado por el detalle, por la verdad, por la realidad. Dos escritores, dos hombres en una síntesis individual. He sido capaz de elevar el alma mía a las más altas cumbres, he querido que mis lectores toquen el cielo y al mismo tiempo tuve el don de detenerme en el mundo real de las pequeñeces y miserias del hombre; sentí el placer casi morboso de la descripción del detalle mínimo. “He tallado las perlas de un collar. No olvidé más que una cosa: el hilo” (1). He concebido como la máxima expresión del arte de la literatura un libro cuyas palabras se funden con el pensamiento. Una obra tan inmaterial como el pensamiento mismo, de palabras leves, etéreas, que se sustentan por sí mismas casi sin necesidad de trama que las sostengan. La belleza surge más sublime cuanto menos materia la soporte.

Tuve la experiencia de la obstinación apasionada y excluyente por mi arte. He aprendido que nada se logra sin esfuerzo, sin sacrificio. Escribiendo “Madame Bovary”, durante largos meses pude hacer sólo 20 páginas por mestrabajando 7 horas diarias. Amé mi trabajo.

He construido un mundo personal y casi solitario. Louise (2) fue mi musa y mi confidente. Y ahora, tú Rodolfo, mi interlocutor. La luz eterna que me ilumina y permite que me veas, me la gané en la tierra. Mi mérito es mi obra. Flotamos sobre París. Quiero verte conmovido por “Madame Bovary”. Reléela.

- Querido maestro Gustave : oigo la música del carrousel de Montparnasse que sobrevolamos. Un carrousel repleto de niños y te adivino en uno de ellos: una imagen junto a los corceles y carruajes, junto a la luminosa y cargada decoración de columnas, techo y paredes del tiovivo. Miles de formas y colores, detalles de ángeles, ninfas y dioses paganos. Un conjunto bello que preanuncia al poeta, al escritor enjundioso. Gustave admirado, continúa.

- Más allá de mi tiempo el arte y la ciencia se encuentran. Yo lo predije y no fui ajeno a ese fenómeno. Me he muerto sin haber alcanzado llegar a la cima del estilo que soñé. En ocasiones, una noche entera no era suficiente para tan sólo una página. Amanecía con más tachaduras que palabras. Un trabajo doloroso que casi siempre culminaba en la decepción. Una meta que huía. Fui conciente de que para expresar algo con precisión es necesario despojarse de la pasión, no sentirlo, disecarlo con el escalpelo de la inteligencia. Sin embargo yo no pude lograrlo en la medida que quise. Lo intentaba repetidamente.

Sé que no tuve las mejores condiciones personales para escribir un libro como “Madame Bovary”. Sin embargo –yo solamente lo sé- parí la novela con dolor tras una gestación accidentada y frustrante. Sobreviví a mi persistente afición por las metáforas que casi infestan mi obra. Pude, con sufrimiento, suprimir las más superfluas. Sudaba y después de la crisis retomaba la pluma. Nunca pude sobrepasar la frontera del drama. Fui contrario a la exageración y partidario de la economía en mi estilo.

Sé que unas cuantas páginas de mi Bovary son perfectas : a costa de un quebranto del que la muerte me liberó.

Aprendí, mi querido Rodolfo, que la inspiración solivianta el alma del escritor : “Hay que escribir fríamente” (3). La fuerza muscular prevaleciendo sobre la pasión.

No siempre sufrí como con Bovary. Por ejemplo las 500 páginas de “ La tentation de Saint Antoine” fueron una vorágine de placer. Sin embargo el signo predominante de mi vida no fue precisamente el placer. No fui tampoco exageradamente infeliz.

- Reverenciado Gustave, quizás algo tardíamente me doy cuenta de que tu pensamiento transita andariveles superiores. Un alud de metáforas construidas con inteligencia extraordinaria y ubicadas maravillosamente. Desde el privilegio de nuestro lugar, contemplamos la Torre Eiffel que no tuviste la fortuna de conocer: expresa con elocuencia – entre otras cosas – el permanente afán del hombre por elevarse. De una manera similar a las formas góticas: una base ancha sobre la tierra que paulatina e inexorablemente se convierte en una fina estructura celestial : intento seguro de lograr un contacto divino, superior. Es la elevación materializada como en las cúpulas de las construcciones religiosas. Permíteme comparar la Torre Eiffel con tu gigantesca obra literaria. El alma inmortal de la humanidad está constituida por las obras de todos los hombres. Pero la participación en ella de cada uno no es pareja. Tu aporte ha sido notable: se destaca como la Torre Eiffel. Tu obra está vigente al cabo de un siglo y medio. Le auguro una vida eterna. Has sido un testigo clarividente de la realidad social de tu tiempo. Sin embargo tu testimonio tiene la virtud de lo universal. Además es bello. El arte del arte que penetra el mundo y lo enaltece. La sociedad desnuda sangrando, vomitando su miseria y a la vez exhibiendo el espectáculo deslumbrante y sorprendente de la inteligencia del hombre.

- Rodolfo, interlocutor mío de hoy, me embriaga el detalle y por ello mi detalle es terrible para mí. Logré con lágrimas tallar las piedras del collar, pero es el hilo el que hace el collar. No siempre pude ensartar todas las perlas en el hilo.

Poco antes de culminar mi Bovary, tuve la sensación de “clarificar la mirada” (4) : un tormento fecundo que me agradecí.

Mi amada Louise fue mi fortuna : en mis cartas estaba yo mismo. No mis personajes con los que permanentemente lidiaba y me doblegaban con demasiada frecuencia. Fui un guerrero que conoció victorias y derrotas que enriquecieron mi vida. Reconozco que mi constancia ha sido la virtud de mi estilo. Fueron años largos de persistir con terquedad en la línea. Muchas veces mi mayor problema era la meta, no el camino. Cuando ella desaparecía en el horizonte, me invadía la angustia desesperada de la frustración. En el descanso le escribía a Louise.

Hoy soy un ángel asexuado, un fantasma parlante, un bicho raro frente a un amigo: tú. Te pido que registres mis confesiones de hoy. Unos momentos más sobre el cielo de París, un recorrido sobre el Sena y volveré a mi refugio. Yo, Gustave Flaubert, seguiré habitando el barrio Antipatrimonio de la humanidad para redimirlo. Buscando entre sus sucios rincones, en las grietas de sus adoquines, en los agujeros de sus ruinosos tejados, en las inscripciones inmorales de sus muros descascarados, bajo los escombros de sus viviendas espontáneamente destruidas, en las asquerosidades de sus antiguas letrinas –lugares todos ellos a los que tengo fácil acceso- la perfecta conjunción de la materia y la abstracción. Del estilo y la realidad. De las alturas y las profundidades. Lo haré con el mismo ardor, con idéntico sufrimiento y estimulante desánimo con los que escribí una y mil frases de mis obras.

Escuché el ruido lejano y prolongado del portazo de la puerta de madera carcomida.

Notas:
1) Oración textual de G.F. e idea que utiliza recurrentemente
2) Louise Colete, su amante
3) Textual
4) Textual


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Matusalén y yo


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Séptima generación de Adán, que murió a los 930 años, tataranieto de Quenán, que murió a los 910 años, bisnieto de Mahalalel, que murió a los 895 años, nieto de Iéred, muerto a los 962 años e hijo de Henoc, que no murió porque fue llevado por Dios sin pasar por la estación fúnebre, Matusalén, el más anciano de cuantos vivieron, murió cuando contaba 969 años sobre su osamenta. Su hijo, Lamec, murió joven, a los 777 años, y su nieto, Adán, elegido de Dios para sobrevivir al diluvio, alcanzó los 950 años. Así lo declara el Libro del Génesis.

Voltaire nos trae esta noticia de Moseri: “Hay setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada, a pesar de que ésta la dictó Dios mismo” Y se entristece: “¿Qué hilo puede guiarnos en el laberinto de las disputas entabladas desde el primer versículo de la Biblia hasta el último? La resignación. El Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que nos sometiéramos a él no pudiendo comprenderle” .

Y yo, menos protestón que ese francés, menos cauto también, me resigno a la cronología y a la noticia bíblica y declaro que cuando escribo esto (abril de 2009) llevo vividos 832 años, casi tantos como Mahalalel. Por eso, creo que el título no es una desmesura. Aún más: creo que si bien mi nombre no será recordado en el Libro del Origen, tengo algunas chances de batir el récord de Matusalén.

Por otra parte, ¿qué son los años sino formas arbitrarias de medir el tiempo? ¿Y si en vez de tomar el giro de la Tierra alrededor del sol eligiéramos su rotación umbilical? ¿O la duración de la preñez humana o algún otro ciclo de la naturaleza? Dice Borges (Einstein ya lo había dicho con autoridad científica) que el tiempo es una delusión y que todos los tiempos se resumen en un solo instante. Y que ese instante es la eternidad, la negación del tiempo.

Por eso yo elijo tener tantos años, para medir mi edad con el patrón bíblico, el que midió las edades de Adán y de Matusalén y de Noé. Pero no me resisto a ser más joven y, entonces, medirla con el patrón solar, en cuyo caso aquellos patriarcas también deberán contentarse con dos dígitos para sus edades: Adán con 77 años y medio, Matusalén con poco menos de 81 y Noé con poco más de 79. Y podré decir que algunos porteños que hoy recorren las calles de Buenos Aires son más viejos que Matusalén.

La luna es bondadosa porque en su deriva alrededor de la Tierra nos regala más edad que el sol, que, artero, al tiempo que nos ilumina acorta nuestras vidas. Quizá por eso el Cronista Divino eligió el año lunario para anotar las edades de aquellos patriarcas. ¿De qué se quejaba entonces el ilustre Voltaire, si, de acuerdo a la medida del Génesis, el vivió más que Matusalén?

No sé si con estas lucubraciones yo he viajado a los tiempos de Matusalén o le he traído a él hasta nuestros días. Quizá eso importe menos que el haber conciliado nuestras edades con las de aquellos precursores de la humanidad. Y haber hecho un aporte a la credibilidad del libro más eminente entre todos los libros. Aún más: quizá estas razones sirvan para creer en la bondad del Creador que, si bien una vez nos expulsó del Jardín del Edén, nunca más nos castigó desde entonces, no acortó nuestras edades y hasta consintió que emuláramos en eso al propio Matusalén.

Como ves, amable lector, las perplejidades bíblicas son solubles en agua y pueden resolverse si se las confronta con la ciencia y se las mira con bondad. No es verdad que Abraham fuera incestuoso ni que consintiera en sacrificar a su hijo; estas cosas vienen de un malentendido bíblico que puede aclararse en beneficio de la fe. Si mi pluma me es dócil y mi entendimiento se aclara y se expurga de la prédica de los apóstatas, alguna vez escribiré sobre estos temas.

Libro eminente

La apostasía te descalifica frente a los que necesitan verte calificado, frente a quienes quieren creer lo que la ciencia no ha atestiguado todavía. La apostasía es un pecado capital equiparable a la traición, pero con el agravante de que el apóstata, ungido para decir el Verbo Divino, lo niega. Charles Darwin no fue un apóstata porque su débito no era con Dios sino con la ciencia; pero quienes ahora, después de la carta de Juan Pablo II sobre la evolución de las especies , lo desacreditan y lo devuelven a los viejos tiempos, esos sí son apóstatas porque exponen las enseñanzas bíblicas al escarnio de una ciencia que ya ha echado bastante luz sobre el asunto. Quiero decir que así como yo quise sentarme a la misma mesa con Matusalén, los custodios actuales de la fe debieran amistar con quienes han encontrado caminos de concilio entre la fe y el saber.

Un diálogo entre Adán y Darwin, imaginado por una mente más fecunda que la mía, podría esclarecer los secretos y las perplejidades del Libro del Génesis, de las que no he hablado en esta nota. Luego llegará el tiempo para hablar de las leyes y de los mandatos y de los milagros y de otras cosas más. Y los hombres tendrán paciencia y esperarán a que ese tiempo llegue, porque si supieron esperar desde el principio unos, desde hace dos mil años otros, y desde la Hégiralos que pueblan el Oriente medio y central, ¿por qué no habían de esperar los tiempos de la ciencia, infinitamente más breves?

La creación del tiempo

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana de un día” .

Dios acababa de crear el tiempo, su obra más importante, la que lo consagraría por encima del resto. Porque todas las otras cosas que creó, las bestias y el hombre entre ellas, son alhajas de aquella creación eminente. Las demás cosas no son, en verdad, obras dignas de Dios único y omnipotente, son industrias que los hombres han ido replicando y hasta perfeccionando con el correr de aquella primera creación, el tiempo. Después los hombres pusieron las medidas según convenía a sus apetitos. Pero no agregaron un solo instante al tiempo porque no poseían ese talento.

Por eso Matusalén y yo podemos medir nuestras edades. Porque más allá de cuál artificio usemos para contar nuestros días, él y yo somos tributarios de la muerte. Por eso, también, debiéramos contar nuestras edades con el patrón del Creador, y decir que llevamos tantos días sobre la faz de la tierra.

Excusa

No quiero terminar estas anotaciones sin reverenciar la fe de unos y de otros. Todos merecen mi respeto, cualquiera sea su creencia o la medida de su devoción. Pero nadie merece mi silencio o mi obsecuencia. He dicho algunas cosas con seriedad y hasta con gravedad, otras con ironía, pero ninguna con irreverencia. Y en lo que el lector pueda encontrar de juego en estas líneas, deberá consentirlo porque, después de todo, ese es el único oficio que nos hace dichosos a los hombres. En este sentido, creo que si alguna vez dejáramos de jugar Dios nos amonestaría por eso.

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Algo de cine: El extraño mundo de Jack (1993)


Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

DIRECTOR: Henry Selick
PRODUCCIÓN: Tim Burton Denise Thompson
PROTAGONISTAS Muñecos de espuma y trapo
GUIÓN: Caroline Thompson
FOTOGRAFÍA: Peter Kozachik
MÚSICA: Danny Elfman
VESTUARIO: Penny Rose
MONTAJE: Stan Webb
PRODUCTORA: Touchstone Pictures
DURACIÓN: 76 minutos
COLOR: Color

Muchas de las cosas que ves cuando eres niño permanecen contigo...
Pasas la mayor parte de tu vida intentando asimilar esas experiencias.
(Tim Burton)

Un hombre joven, en ese tiempo otoñal, que va del treinta y uno de octubre a la tercera semana de diciembre, se detiene ante un espectáculo cotidiano, que le resulta suficientemente interesante; mira como los diseñadores de una vitrina de un almacén gringo van transformando una escena de Halloween en una navideña, al gusto del consumidor; pero, esos ojos que miran una escena habitual, no son unos ojos cualquiera; son los de uno de los animadores que trabajan para Walt Disney Company, cuyas fiestas favoritas son precisamente esas dos.

Este señor no es un señor cualquiera. Tiene toda una historia: allá en los años de su infancia, se había hecho un fanático de las películas de terror, del cine fantástico, de la ciencia-ficción, con cierta atracción por el mundo gótico de Edgar Allan Poe, que tan bien protagonizara su admirado y bienamado Vincent Price.

Era un chico, introvertido y soñador, que con su hermano jugaba a unos juegos siniestros, de asesinatos y homicidios, con los cuales posiblemente trataba de lidiar con sus propios miedos, que lo llevaban a querer a asustar a los demás, hasta el punto que, un día cualquiera, se le presentara a uno del vecindario con un hacha en la mano, de una forma tan aterradora, que el buen vecino no encontraría otro recurso que llamar a la policía, por lo cual correría con el mote de Axe Wound, herida de hacha. Otras veces se deleitaba asustando a sus vecinos, a la manera de Orson Welles, con informaciones de que ya invadirían los marcianos; pero este; muchacho retraído y extraño tenía una pasión interesante: le encantaba el diseño, la pintura, el dibujo y el cine, aunque no parecía interesarse demasiado por las demás materias del colegio.

Esa vocación lo llevaría al Instituto de Artes de California, que había fundado el mismo Walt Disney, con innovaciones pedagógicas, que permitieran a los jóvenes aprender la animación y, como si fuera poco estudiar en aquella escuela de arte, más maduro Tim Burton haría parte de la nómina de la compañía del mago de los dibujos animados, en un momento en que la empresa andaba en crisis y contrataban personal barato. Allí, en aquella Meca de la animación, Burton empezaría a descollar, aunque, francamente, sus jefes no lograran comprender demasiado las propuestas de aquel trabajador extraño.

El joven al ver ese espectáculo de la sustitución de los iconos del Halloween por los navideños, empieza a soñar con hacer la película, la única, que él desearía ver; escribe un poema, hace algunas figuras pero archiva el proyecto, hasta decidirse presentárselo a la industria donde trabaja, que lo rechaza por resultarle un poco asustador para los niños y, tal vez pudiera ser una temática más interesante para los productores de cine para adolescentes, por lo cual lo remiten a su filial, la Touchstone Pictures.

Burton, quien ya ha hecho algunos pinitos en el cine de animación, llama a Harry Selick, un amigo, para su dirección, ya que confía que es el más hábil en el manejo de la técnica stop-motion, en la que se recurre a un trabajo fotograma por fotograma para lograr un conjunto animado y a quien conoce lo suficiente como para saber que es un hombre con una sensibilidad semejante a la suya, que podrá interpretar a cabalidad sus deseos y también incluye en su equipo al músico Danny Elfman, quien, hoy en día, es uno de los compositores estadounidenses más admirados por su frescura, su originalidad y sentido del humor y además cuenta con la colaboración, para el guión, de la escritora Caroline Thompson, la misma que hiciera el de la versión fílmica de El jardín secreto.

Burton está completamente convencido de la eficiencia del trabajo en equipo, al que agradecería el logro del primer largometraje en la historia del cine, rodado con la técnica de la stop-motion, una práctica que tendría sus antecedentes en la Rusia de principios del siglo XX, pero que sólo Burton y su grupo lograrían consagrar, con la realización de esta obra maestra de la animación, que les permitiría llevar a cabo, con toda una audacia conceptual, el apareaminto del terror y la ternura, en un filme donde se juntan lo siniestro y lo romántico; en fin, sería cinta que el productor más ama de toda su filmografía, ya que jamás pensó que la realidad fílmica superara con creces su propia fantasía.

Hacer realidad la historia soñada, constituía todo un desafío pues se corría el riesgo de que el descreste, que podía producir con la nueva técnica, se robara el show y echara por el suelo la poesía que el productor quería transmitir con el relato mismo; pero, el resultado final no traería para el equipo ninguna clase de frustración, ya que lo que lograron fue hacer una historia en positivo, ya que ninguno de los personajes era del todo un malvado, así fueran torpes y no hicieran sino producir desastres, una película que mezclaba el cine de horror con el espíritu esas cintas que pasaban por televisión en la época navideña, que tanto encantaban al Burton, como son Rudolph, el reno de nariz roja o Como el Grinch se robó la navidad, basada en el cuento del doctor Seuss , en una versión en dibujos animados, de 1966, en la que la voz del personaje la doblara el terrorífico Boris Karloff y que tendría un remake en el año 2000, bajo la dirección de Ron Howard, una especie de Míster Scrooge fantástico y, bien vale la pena destacar que Zero, el perro del protagonista, lleva la nariz roja como Rudolph, el reno de Santa Claus.

La técnica del sto- motion les permitía crear movimiento por movimiento, postura por postura y gesto por gesto, para obtener una verdadera película hecha a mano; ésta vez con títeres, con un armatoste de base rellenado con espuma de látex, con cierta rigidez, que sería superada por la técnica con plastilina, en la película inglesa Pollitos en fuga, que permite un mejor manejo de la gesticulación, pero en una y otras modalidades se precisa de una adecuada combinación con la ambientación y la iluminación.

De Burton podríamos decir que a la manera de Jack Skellington, su personaje protagónico, nadie podría negar que es un tipo singular, con un talento, por lo demás, sin igual, quien aburrido de que los años estén tan bien empatados, que ni siquiera se note el paso del uno al otro, logra crear una especie de Hamlet, que puede sostener su propia calavera en la mano, para dar cuenta de un sujeto deseante, que reconoce que dentro de sí hay una falta fundamental, un vacío interior, que lo lanza a una búsqueda bastante creativa.

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Einstein y el cambio social


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Deberíamos aprovechar esta crisis que nos inventaron (o nos impusieron) para estudiar en profundidad -y a nivel colectivo- el pensamiento del físico Albert Einstein aplicado a la transformación social. Su ideología es estudiable desde cualquier perspectiva sencilla, cotidiana, individual o comunitaria.

“No puede resolverse un problema pensando de la misma forma que cuando fue creado”, dijo Albert Einstein. Y es desde esa reflexión que me parece oportuno expandir el estudio del pensamiento social del científico más importante del siglo XX. Esta (repentina) crisis global que amenaza el final de la primera década del nuevo milenio es analizada (mediáticamente) desde dos ángulos. El poder establecido (y promotor directo, con intereses ocultos, de la crisis) dice andar ocupado en diseñar las soluciones de este nuevo virus del capitalismo; mientras, los llamados sectores progresistas pronostican la caída del sistema. Es posible que Einstein (atreviéndome a la suposición) se hubiese sonreído (o sacado la legua como aparece en una famosa foto) ante las dos consideraciones.

El creador de la teoría de la relatividad pensaba que la única crisis existente era la de la incompetencia. Y también decía que la educación mundial era mediocre porque se basaba en el aprendizaje por repetición y no por imaginación. En su conocido (y muy presente) artículo “¿Por qué el socialismo?” puso las palabras en su justo lugar para hablar de la “anarquía económica de la sociedad capitalista”. Y en esa anarquía andamos: divididos, desconfiados, comiéndonos los unos a los otros. El esquema global (psicológicamente construido) nos ubica –una y otra vez- en el lugar de la carrera que a sus coordinadores les conviene. Y corremos a paso nervioso; o no corremos y entregamos la memoria (y la voluntad), según lo dicte la competencia.

Albert Einstein creía que cada ser humano debía encontrar el camino hacia una determinada verdad, sin limitaciones mentales, sin dogmas. Y esto lo reafirmaba –con especial interés- cuando hablaba de ciencia o de religión. Sobre este último tema escribió que “en su lucha por el bien ético, las personas religiosas deberían renunciar a la fuente del miedo y la esperanza, que en el pasado puso un gran poder en manos de los sacerdotes. En su labor, deben apoyarse en aquellas fuerzas que son capaces de cultivar el bien, la verdad y la belleza en la misma humanidad. Esto es de seguro, una tarea más difícil pero incomparablemente más meritoria y admirable… Mi religión consiste en una humilde admiración del limitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente…” Para el científico la curiosidad por el misterio era el único intermediario confiable entre el ser humano y el universo. Y dijo que “la más bella y profunda emoción que nos es dado a sentir es la sensación de lo místico. Ella es la que genera toda la verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto.”

En su tiempo (1879 -1955) a Einstein se le profesó una admiración similar a la que hoy se le muestra a los líderes del fútbol (cuando meten goles). Los medios de información celebraron tanto su Teoría General de la Relatividad como su Teoría de la Relatividad Especial; difícil será que algún político (actual) del planeta no reconozca (como lo hicieron otros en su momento) la genialidad del físico. No obstante, como siempre, el esquema promueve los mitos y congela las ideas.

Vivimos un momento estelar para descongelar las ideas de Albert Einstein. El siglo XXI no puede ser un cascarón vacío, pero su contenido tampoco lo puede ofrecer un formato de poder que (desde tiempos lejanos) ha subestimado (a conveniencia) a los millones de individuos del mundo. En este instante (de desgaste conceptual) es necesario abrirle espacio público a nuevas formas de pensamiento, como por ejemplo las que se puedan brindar desde la ciencia o el arte. Junto a las matemáticas los niños tendrían derecho a disfrutar de las ideas de Albert Einstein. Útil (para la vida) será la educación cuando la tarea que los maestros le soliciten a los niños sea (por ejemplo) investigar (con paradoja incluida, como lo hacía Einstein) por qué el entendimiento de la física nos permite comprender (y compartir) el espacio donde vivimos.

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Hijos del globo-bobo

Miguel Longarini (Desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Adonde vamos a ir sin dinero;
Sin nada que lo compre todo.

Asusta, meten miedo las ofertas
sin poder comprarlas;
Sin saber dejarlas.

Yo no sé lo que pasará
cuando la vida sea vida,
y la muerte espere cansada
con su mortaja vieja.

No hay salida, dicen los medios
con las patas temblando;
Con las manos sudando.

Ahora somos los hijos del globo-bobo;
Globoludísimos des-capitalizados;
Des-materializados, des-humanizados.

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Haciendas y pueblos de Lima


Jorge Zavaleta (Desde Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La historia no oficial de nuestras ciudades trae frustrantes sorpresas para los que viven del pasado. Respecto a Lima, llamada aún “La Tres veces coronada villa”, acuciosas investigaciones revelan que la capital del Perú, en tiempos de los conquistadores y virreyes violentó las mínimas normas y pautas de la admirable arquitectura europea, a tal punto que fue comparada como un arrabal de los extramuros de Roma.

Por ello, la actual inmigración acelerada hacia Lima de los pueblos del ande y de la selva provoca desencuentros entre las tendencias conservadoras y las masas que huyen de las zonas rurales para edificar un lejano sueño.

Lima no es la conflictiva urbe de indios nativos y descendientes de anglosajones. Es hoy una ciudad multicultural, multiétnica y la más desarticulada de América Latina. Una viva estampa de esta realidad, el turista puede observarla los domingos y días festivos en la Plaza Mayor, espacio tomado por los provincianos, en tanto una minoría vive amurallada en barrios exclusivos y en el verano en una centena de clubes, artificio jurídico para excluir a la población de las mejores playas. Esta forma de ocupación también se va replicando en pequeñas y medianas ciudades del litoral.

Aunque para las más antiguas familias el retorno andino es incomprendido, y el Centro Histórico lo mantienen en el olvido, recientes informes indican que empresarios de México, España y Chile están comprando inmuebles abandonados, en la perspectiva de hacer de la Lima virreinal un atractivo negocio inmobiliario.

Pase lo que pase, la Lima de las próximas décadas tendrá un sello multicolor. Algunas de las negociaciones para invertir en el Damero de Pizarro, tienen lugar a pocos metros de Palacio de Gobierno, en los salones del centenario Club Unión, ahora una organización que aglutina a pobladores serranos, liderada por hijos del Callejón de Huaylas, que ganaron una lampa de oro en la década del sesenta y que siguen cantando a sus nevados, lagunas, lagunillas y a sus mágicos paisajes.

Para entender mejor este irreversible giro social del Perú, resulta interesante conocer los antecedentes de las haciendas y los pueblos de Lima, que nos trae un libro recientemente publicado por el Fondo Editorial del Congreso Peruano y la Municipalidad Metropolitana. Se trata de un trabajo, fundamentado en los archivos nacionales, cartografías y libros de la época. Su autor, Fernando Flores – Zúñiga (1968), egresado de las universidades Católica y San Martín de Porres, anuncia que toda su investigación será dada a conocer en cinco tomos.

El primer tomo es esencial, porque incluye la historia del Valle del Rímac, de los actuales distritos de La Victoria, Lince y San Isidro, parte del Valle de Huatica. Aborda la formación de los grupos étnicos prehispánicos, la reducción de indígenas, la movilización de yanaconas y la fundación de asentamientos que fueron configurando la actual capital de República.

Cada página del libro nos lleva al conocimiento de los linderos de los cultivos de frijoles, pallares y otras especies, crianza de camélidos, organización religiosa y los conflictos entre los Gualcas, grupo étnico formal del Valle Huatica. Los Gualcas se asentaron en lo que fue la hacienda Limatambo, hoy distrito de San Borja, y que fueron reubicados alrededor de lo que hoy se llama Orrantia y Magdalena del Mar.

Los mismos elementos los encontramos en la historia pre hispánica y colonial de los grupos originarios asentados en Sullco, que después formaron Santiago de Surco y Cruz de Lati, hoy Ate. Camino semejante siguieron Los Hatun Marangas del hoy San Miguel y Pueblo Libre. Con respecto al Callao, resalta la participación de las principales sociedades de pescadores arcaicos, los influjos trasandinos y la presencia de Huari e Inca.

Este espacio, después de la decadencia virreinal, da paso a la presencia republicana de británicos, estadounidenses, germanos e italianos, tras la polémica era de la explotación del guano de las islas. Luego viene la independencia de los chinos, la evolución de los asentamientos, los combates contra España del 2 de Mayo de 1866 y la Guerra del Pacífico de 1879 y la incidencia en la formación de los conglomerados urbanos.

La investigación del Valle del Rímac nos lleva por sus chacras y pueblos, gentes y canales de regadío. De allí que una de las conclusiones del trabajo mencionado es que la Historia del Perú “no es exclusivamente aquellas de las marcas doradas y de las charreteras batientes al ritmo de epopeyas e imaginación”.

Y el autor insiste que “Lima no es tampoco la historia de los partidos ni de las ideas gaseosas, ni de las mezquindades de los ambiciosos, ni de los encajes y oropeles de los tradicionalistas trasnochados y ya somnolientos y a los aburridos de su propia conseja”.

El Valle del Rímac encierra planes y miserias de una colectividad exenta de grandiosidades y ambiciones paladines. Fue una sociedad atenida al día de sus necesidades, apatías, entusiasmos y esperanzas por durar en esta tarea dura, buena, fértil que es el Perú. Lima no nació para someter al campo sino, a lo sumo, para valerse de él. Fue en 1535 una suerte de arrabal que ocupaba una zona marginal del Rímac. Lima no alcanzaría la categoría de Villa a la altura del medio decenio de 1530, atenta por el entorno agrario.

La Ciudad de los Reyes, ante todo, no fue más que una fijación en la mente de alguien como Francisco Pizarro, “Sancho perfecto extraído de la novela cervantina para ser trasplantado a la Virgen y bravía realidad”. Mantener ambiciones o recuerdos de haciendas y hacendados, en una sociedad que abandona definitivamente la zona rural y participa de la revolución informática, solo cabe en mentes anquilosadas, que necesitan una urgente terapia social.

Los cuatro tomos de Lima, Historia de haciendas y pueblos, que aún no salen a luz y otros trabajos en esa misma dirección, serán, sin duda atractivas herramientas para proyectar el futuro de nuestras ciudades, siguiendo pautas urbanísticas, planificación de largo plazo y permanente concertación de voluntades. Una ciudad es una creación colectiva, mutualista, de convivencia armoniosa entre espacio público y privado. Fuera de este marco, no es viable una ciudad moderna, ni atractiva para vivir y menos para pretender un intenso flujo de turismo. La Carta de Atenas y la Carta de Machu Picchu, son valiosas referencias en plena vigencia, entre otras, para soñar en espacios de mejor convivencia.

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Patrimonio cultural de Colonia: Ultima esperanza

Hans-Peter Frick (DEUTSCHE WELLE. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Parte del acervo histórico que se hundió con el Archivo de Colonia fue reproducido en microfilmes. Éstos se encuentran almacenados en una antigua mina cerca de la ciudad de Friburgo.

Aún no se sabe la dimensión exacta de la pérdida de documentos históricos tras el derrumbe del archivo de la ciudad de Colonia. El jefe de la sección de cultura de esa urbe, Georg Quander, supone que se perdió un noventa por ciento de ese acervo.

Pero hay una pequeña esperanza: existen copias fílmicas de muchos documentos que se remontan a la Edad Media almacenadas en una mina cerca de la ciudad de Friburgo. Esta institución colabora con los Archivos Históricos Municipales de toda Alemania.

“Barbarastollen”: la mina de la esperanza

En la mina Barbarastollen, monumento protegido por la UNESCO, se depositan microfilmes desde el año 1974. La idea de crear depósitos especiales para archivar microfilmes con contenidos históricos nació en los años cincuenta del siglo pasado.

Según la Convención de la Haya de 1954, aquellos albergues subterráneos tienen que estar fuera de los centros urbanos y está prohibido sobrevolarlos tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz.

Historia conservada

Hay aproximadamente 1.400 recipientes de metal almacenados en la estantería de la mina. Su contenido tiene mucho valor, ya que se conservan alrededor de mil millones de fotos archivos en microfilmes.

Afortunadamente, el Archivo Histórico de Colonia también participó en las adopciones fílmicas de los ejemplares únicos más importantes.

“Gracias a Dios existen 638 filmes de Colonia” que están conservados en varios recipientes, según dice Ursula Fuchs, miembro de la Agencia Federal de la protección civil y responsable de la adaptación fílmica y el almacenamiento.

Es seguro que el recipiente con el número 1799 contiene copias del Archivo Histórico de Colonia. Entre ellas hay una copia del plano de construcción de la Catedral de dicha ciudad. Lo que todavía no se sabe es qué tipo de copias habrá exactamente y la cantidad de éstas, según Fuchs.

Aún no ha llegado el momento óptimo para averiguarlo. Primero habrá que ver si será posible recuperar algunos documentos debajo de las ruinas del Archivo Histórico. Pero la lluvia y las inundaciones dificultan los trabajos de rescate.

Lo que sí se sabe es que los ejemplares únicos que el Archivo Histórico adquirió recientemente no existen en microfilme, como el legado del Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll.

La resistencia de los microfilmes

Es cierto que el microfilme es un medio del pasado. Pero es más resistente que un soporte de datos moderno, ya que puede conservarse durante 500 años almacenándolo correctamente.

Según dice Ursula Fuchs: “El microfilme es el único medio que aguanta tanto tiempo sin tener que modificarlo. Los soportes de datos más modernos, como los DVDs, no sobreviven tanto tiempo”.

Pronto sabremos en definitiva cuántos de los documentos de Colonia están a tan buen resguardo.

Un artículo de DW-World, la página web de la Deutsche Welle.

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Plácido en el aniversario 200 de su nacimiento

Roberto Pérez Betancourt (Desde Cuba, Servicio Especial de la AIN. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Este 18 de marzo se conmemora el bicentenario del nacimiento de un patriota y artista indispensable en la poética cubana: Gabriel de la Concepción Valdés, más conocido como Plácido y cuyos 35 años de existir transcurrieron en escenarios de tres provincias, hasta morir fusilado a manos del despotismo colonial español el 28 de junio de 1844.

La Habana, Matanzas y Las Villas conocieron en el siglo XIX los andares y vivencias de este lírico romántico y festivo en quien no faltó la inspiración por el ansia libertaria de su Patria, al extremo de costarle la vida cuando apenas comenzaba a crear.

“Huérfano” de padres vivos, artesano de la imprenta, la madera, el carey y la plata, aunque no sufrió los rigores de la esclavitud de la época, arrastró consigo dos de las “calamidades” más señaladas de entonces: hijo bastardo y mulato, mirado con ojerizas por blancos de almidón y negros de barracones.

Debió de haberse llamado Gabriel de la Concepción Ferrer y Vázquez, pero fue fruto de amores clandestinos entre la blanca bailarina Concepción y el mulato Diego, peluquero.

A pocos días de su nacimiento, la madre decidió que su mulatico pesaría demasiado en sus ambiciones faranduleras y lo colocó en la Casa de Beneficencia y Maternidad habanera, donde todos los internos adoptaban el apellido Valdés por el obispo fundador de la institución.

Meses después, quizás abrumado por la conciencia, el padre se hizo cargo del chico, quien ingresó en la escuela a los 10 años de edad y dio sus primeras muestras de talento poético a los 12, cuando redactó su soneto “A una hermosa”.

Marchado el progenitor a México, lo dejó al cuidado de la abuela. Estrecheces económicas impelieron al muchacho a probar suerte en el aprendizaje de oficios.

Con singular habilidad moldeaba conchas de carey para hacer artísticas peinetas, artesanía que lo llevó por vez primera a la ciudad de Matanzas en el año de 1826, donde se desarrollaba un fuerte movimiento literario.

Allí Plácido enriqueció su cultura y desarrolló aptitudes hasta que en 1832 retornó a La Habana, ocasión en la cual entró en contacto con otros poetas y se enamoró de Rafaela (Fe), hija de una negra esclava. La muchacha falleció víctima de cólera. Al año siguiente el bardo obtuvo premio con su poema “La Siempreviva”.

En 1836 estableció relaciones con una joven de piel blanca, pero debía mantenerse en el anonimato. Él la nombró Celia en sus inspiraciones. A ella le dedicó su poema: “A una ingrata”, uno de cuyos fragmentos dice:

Basta de amor: si un tiempo te quería
ya se acabó mi juvenil locura,
porque es, Celia, tu cándida hermosura
como la nieve deslumbrante y fría.(...)

Ruptura amorosa, problemas económicos, y Plácido retorna a Matanzas en ese mismo año, cuando hace nuevas relaciones con literatos, colabora como redactor en el diario La Aurora y se sorprende con la agradable visita del poeta José María Heredia, conocedor de su obra.

Uno de los atributos que más destacan especialistas al considerar la creación del artista es su espontaneidad versificadora, que lo lleva a reflejar la cotidianidad y ganar simpatías entre populares amantes de la poesía.

Correspondiente al período del romanticismo, sin desdeñar su finura expresiva, algunos críticos resaltan que Plácido captó el espíritu de lo cubano surgente, y de él expresó el eminente literato cubano José Lezama Lima: “Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo.”

La poesía de Plácido ha despertado siempre controversias entre quienes se afanan en ubicarlo dentro de determinados parámetros socioculturales, subrayan lo que consideran “debilidades y ausencias de enfoques ideológicos”.

Otros analistas resaltan la naturalidad de sus expresiones y recuerdan que, un siglo después de redactados, los poemas de Gabriel de la Concepción seguían siendo recordados incluso por quienes desconocían al autor, y en pleno siglo XIX era el de mayor aceptación y divulgación en Cuba, donde se le consideraba como uno de los poetas de mayor sensibilidad.

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