sábado, 28 de marzo de 2009

¿Por qué escribimos?


Jorge Majfud (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Desde Uruguay me piden que responda en veinte líneas la antigua y nunca acabada pregunta ¿por qué escribes? Reincidiendo en un viejo defecto, en diez minutos excedí al límite sugerido y me tardé casi una hora tratando de comprimir y recortar por aquí y por allá. Imagino que otros medios que tantas veces me han tolerado excesos peores, reciban bien la respuesta original. Aquí va, así era.

Cuando comenzó el Renacimiento en Europa terminó en España. Este detalle se pasa por alto por los países que reivindican ser la cuna del Renacimiento y por España misma —o lo que quedó de España— por su afán de negar grandes méritos a la realidad anterior a Fernando e Isabel, por querer negar que la Reconquista no fue un simple período de transición a un estado de satisfacción política, moral e ideológica sino una montonera de siglos sobre los cuales se desarrolló una cultura renacentista en su sentido humanista, científico, multirracial, multirreligioso, multicultural y progresista de la palabra. Aunque ninguno de estos méritos posmodernos llegaba al ideal sin frecuentes contradicciones, lo cierto es que luego fueron aniquilados por los venerados Fernando e Isabel y sus sucesores. Sus efectos sobrevivieron hasta Franco. No pocos investigadores entienden que España no tuvo Renacimiento y que su continuación de la Reconquista europea en la Conquista americana fue, en realidad, la exportación de un espíritu renacentista con una mentalidad medieval. Pero no sólo el hombre renacentista fue aventurero, conquistador y dominador. También lo fue el hombre medieval, tal como lo prueban las cruzadas. La diferencia radica en el rasgo secular y capitalista del nuevo hombre renacentista. Con la Reconquista castellana se liquida la diversidad y la inquietud intelectual de la España centrada en Córdoba, en el hemisferio sur de la península, y se instala una cultura medieval que ya abandonaba el resto del continente.

Para inmortalizar tantas matanzas promovidas por la nobleza, muchas veces como un deporte en tiempos de aburrimiento y llevada adelante por la milicia —los “de a miles” que procedían de las clases de campesinos y carniceros—, aparecieron los biógrafos. Estos escritores casi siempre vivían del mecenazgo de la nobleza.

Un descendiente de judíos, como Fernando del Pulgar, en 1486 alabó a un noble viejo diciendo que el conde Cifuentes “era ijodalgo, de limpia sangre”. Es decir, sin abuelos judíos. Antes, en 1450, Fernán Pérez de Guzmán, había tenido la lucidez de reconocer que ese oficio de escribir estaba implícitamente bajo la influencia del poder de los reyes, razón por la cual se pasaban por crónicas las exageraciones adulatorias.

De cualquier forma este oficio de contar sobre otros pronto se convirtió en un oficio de contar sobre uno mismo. Mucho antes de los aventureros en América —quienes escribían sus relaciones a modo de cartas como parte de su búsqueda de fama y favores del rey— otros practicaron la confesión literaria. Estos escritores hablaban sobre ellos mismos y sobre los demás, pero en gran medida eran los árabes y judíos que iban quedando, ya que la nobleza no consideraba digno exponer su interioridad. Tampoco era digno trabajar con las manos o con el intelecto. Salvo las guerras promovidas por príncipes, duques y obispos, actividad eminentemente noble, fuente inagotable de honores, casi ningún otro trabajo era digno.

En tiempos de Cervantes la escritura ya era un oficio y un negocio, como lo demuestra Lope de Vega. Un buen oficio y un mal negocio para muchos, como hoy. En el siglo XX, en casi todo el mundo, la exposición del yo, de la interioridad del individuo se convirtió en un requisito de la literatura, de casi todo el arte. Como lo demuestran los mass media, los reality shows, ahora hay otras formas de exponer el yo individual. Incluso cuando la norma es que el yo ha dejado de ser individual —si alguna vez lo fue— para ser una repetición del mismo individualismo, una repetición estandarizada de un mismo yo. El valor ético y políticamente correcto es “ser uno mismo”, como si en eso hubiese algún merito y alguna diferencia.

Ernesto Sábato también exaltó el valor y la particularidad del yo como materia prima, al mismo tiempo que descubría que esa particularidad de la ficción moderna era lógica expresión de la soledad del siglo. Ese yo decía que escribía porque no era feliz; Borges, porque era feliz, al menos mientras escribía. Cortazar porque quería jugar. Onetti porque quería leerse a sí mismo.

Muchos otros escritores menores tenemos razones igualmente diversas. Ante la pregunta de por qué escribo quizás tenga muchas formas de responderla y ninguna definitiva. Podría decir, por ejemplo: empecé a escribir de niño para alegrar a mis abuelos que vivían lejos en el campo y no tenían televisión. Seguí escribiendo para reproducir la emoción que me provocó el descubrimiento de la literatura fuera del salón de clase. Después porque quería escapar del mundo. Hoy en día escribo porque sufro y me apasiona la complejidad del mundo que me rodea. Escribo porque quiero batalla con este mundo que no me conforma y escribo porque a veces quisiera refugiarme en algo que no está aquí y ahora, algo que está libre de la contingencia del momento, algo que se parece a un más allá humano o sobrehumano. Pero todo lo que escribo surge a partir de aquí y ahora, de mi inconformidad con el mundo, de una sospechosa necesidad de olvidarme de mí mismo al tiempo que, no sin reprochable contradicción, no me niego a que difundan mis trabajos, al tiempo que espero justificar mi vida a través de algunos lectores que han encontrado algo útil en lo que hago. Uno siempre puede hacer otra cosa, pero quien se siente escritor de verdad, sea bueno o sea malo, no puede dejar esto, esa obsesión de luchar contra la muerte sin saberlo.

Pero si las razones personales son suficientes para justificar lo que uno hace, nunca son suficientes razones para explicar por qué uno hace lo que hace. Desde una perspectiva más amplia, por ejemplo y retomando las reflexiones iniciales, vemos que finalmente no fue la nueva Edad Media española la que venció en el siglo XIX y en el XX sino el Renacimiento centroeuropeo, con su ambiguo foco en el humanismo y en el individualismo, en la nueva libertad del antiguo villano, otrora sumiso obediente, y la creciente tiranía del capital. No fue el odio que Santa Teresa profesaba a la libertad, su amor a la obediencia ciega a la jerarquía política y eclesiástica la que venció entre los escritores e intelectuales modernos, sino la herejía utópica de Tomás Moro y de humanistas como Erasmo de Róterdam. Todos aquellos escritores que creemos ejercer la libertad de pensamiento también somos, casi completamente, productos históricos, productos de esas batallas políticas, ideológicas y culturales. (También los más ortodoxos reaccionarios que se creen intérpretes de la palabra de Dios lo son.) La libertad intelectual está siempre en ese “casi”. Sabemos que somos prisioneros de nuestro tiempo, que nuestro tiempo es producto de una larga y pesada historia. Pero la sola sospecha funciona como una llave. A veces esa llave no puede abrir ninguna puerta, pero nos indica por donde mirar. Y basta el ojo de una cerradura para convertir esa “casi libertad” en una de las más vertiginosas aventuras humanas: la libertad de conocer, de formularse preguntas que logren cuestionar, si no desarticular, la gran prisión, la que no debe ser obra de ningún Dios bondadoso sino pura construcción humana —a veces en su nombre.

Jorge Majfud es uruguayo residente en Estados Unidos.


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A la Sombra de la Catedral


Andrés Bianque

Incaica baranda humana que entibia los adoquines gigantes laterales, de una mole que sólo duerme y observa el centro de la capital.

Esperan, conversan, se sonríen y se fríen de sombra helada estival o invernal. Los señores locales pasan en sus carruajes, intentando elegir a los más fuertes y obedientes, para luego llevárselos a sus mansiones de sirvientes y obreros, donde éstos, jamás obtendrán un dinero extra por enseñarle al patrón y a su familia, a pronunciar correctamente las eses, las erres y las de.

Que inmenso perímetro, carpa gigante al aire libre y contaminado, como circo de rarezas y toda clase de criaturas extrañas se pasean y merodean desde todas las bancas. Esta ciudad se ha convertido en un sartén de concreto que va cocinando humanos como hormigas en un horno de adoquines y de espejos que reflejan el sudor constante de ambiciones en ciernes. Pareciera que desde aquí comienza todo, pareciera que este fuese el epicentro que destila ciertas lilas y lirios que lloran o adornan los contornos.

Que claro tañe la campana gaussiana sobre los hombros y los hombres. Un repicar de historias injustas, hambrunas, y hembras de hematomas heredados, resuena. Las mujeres valen menos. Los ricos valen más. Los hombres ganan más, cualquiera sea su condición social.

Y hay estatuas humanas disecadas al sol, pero que recuperan la vida por una moneda solidaria. Lisiados que son millonarios disfrazados y los menos, que suplican postrados en posiciones penitentes todo un día por salario.

Sujetos en Necesidad de Atención, convertidos en Objetos en Necesidad de Compasión.

Humoristas que explotan bien la vena yugular de la estupidez de los presentes y transeúntes. Bromas xenófobas, clasistas, sexistas y racistas son la delicia de la audiencia que arroja monedas, entre excitados y satisfechos, al ver sus propios complejos y trancas representados tan “graciosamente” en un escenario al aire libre. Es decir, se aplauden a si mismos. La confirmación de la proyección sobre el objeto. O sujeto que representa su reglamento interior.

Y la imagen de la virgen erigida en un altar, mientras otro tipo de vírgenes se sientan cada noche sobre las bancas buscando pesebres transitorios y pagados, donde poder pernoctar. Si se pone suficiente atención se puede observar claramente como florece una docena de arbustos en lo alto de la catedral, situación que es el corolario de la manera de ser de un país.

El pedir dinero por distintos motivos, es una especie de idiosincrasia central. Pedir dinero, sin más ni más, alegando únicamente ser pobre y estar en cierta desgracia, supuestamente pasajera. Una moneda para el bus, para comer algo, para ir al estadio, o a la disco, para beber algo, para pagar cierta deuda, para ir en ayuda de un supuesto alguien, etcéteras. Entre experimentados y conocedores en carne propia de la pobreza, una gran mayoría, accede y concede una dádiva que va muy de acorde al catolicismo paternalista ancestral pegado al pellejo onírico que muchos dicen poseer.

Es interesante observar que la pasajera desgracia de aquellos necesitados, no termina nunca, como así también, el nulo pudor para limosnear. No sólo los banqueros y las grandes empresas tienen el monopolio de pedir y pedir dinero, una ayuda o una cooperación, cuando en algo les va mal.

Ciertos economistas, aduladores del sistema, deberían reunirse al aire libre algún día, y entre café y loores al modelo, contar cuántos seres humanos, les piden las sobras para comer.

Aquí el tamaño de los platos es más pequeño, si se compara con otros lares. Así se engaña a la pobreza.

Aquí a las mujeres y a los niños se les llama Carga. Probablemente, los hombres deben ser igual de agradables que un cargo fijo. Aquí las ratas caminan a sus anchas por bares y restaurantes cuando cae la noche y es territorio de nadie. Ratas de dos y cuatro patas.

Las calles son pequeñas y fueron construidas para una carreta y media. En la actualidad, sigue el mismo modelo colonial, con la pequeña diferencia que ahora hay vehículos enormes y ya no pasa la diligencia repartiendo encomiendas y cartas. Viajar en metro, es una tortura acústica, un sauna ambulante. Vapor de sudor que empuja los carros. Viajar en bus, espaldas mojadas subvencionadas por el estado.

Religiosamente se debe pagar el permiso de circulación, pero no hay descuentos por el cauce de río seco que lleva el nombre de calle o avenida. No se descuenta el arreglo de la suspensión, amortiguadores o frenos, mucho menos la tensión constante de estar evadiendo obstáculo tras obstáculo. El permiso pagado sólo incluye ciertos sectores, los otros, pertenecen a la empresa privada donde corren otros gastos aduaneros.

La prueba para obtener la licencia de conducir aquí, es para personas bastante limítrofes. Digamos que el test es muy poco exigente, para no ofender a tanto buen conductor lector. Lo de mal gusto, lo de pésimo gusto, es que esos mismos conductores al ser sancionados con alguna infracción, comentan sueltos de cuerpo: “Tengo un teniente, compadre, amigo que me saca el parte, cabo, capitán, juez de policía local, la alcaldesa, concejal, un santo trabajando en el ministerio de transportes”, etcéteras.

Bastante decidor sobre algunos que no saben perder, y que recurren a cualquier estafa, fraude o mentira para salirse con la suya. Así vemos a los mismos conductores cometiendo las mismas faltas e infracciones una y otra vez. Así mismo, lo hacen en la vida misma, siempre buscan la manera sucia de ganar en todo. Seres inferiores que piensan que la derrota no es un instante de reflexión, superación y mejorar en algo. No, aquí todos son ganadores, y si se tiene que timar al propio hermano, no lo dudan ni un segundo y después se pasean campantes y radiantes como si nada o dueños del mundo. ¿Dime cómo manejas y te diré quién eres?

Las calles son extremadamente largas, extensas, muy extensas y sólo se encuentran locales comerciales en ellas. Se puede caminar horas y horas ante el mismo escenario. Bazares, bares, zapaterías, farmacias, carnicerías, restaurantes y supermercados. La cultura, un museo, una pinacoteca, un centro cultural, galerías, teatros, exposiciones, sabe a carie incómoda entre medio de tanto colmillo blanco del comercio.

Y si se encuentra alguna pintura, alguna muestra tierna de cultura adosada a las murallas o a las mesas, no son más que anzuelos alternativos para gente “alternativa” es decir, otra vez lo mismo. La cultura se paga, el guitarreo, el malabarismo, la pintura, el arte, no es una actividad para sacar al mundo del oscurantismo, es la otra cara del mercantilismo cultural de algunos, que cobran lo mismo o más caro, incluso, que los mismos ambiciosos capitalistas.

En esas mismas calles, las veredas han sido abandonadas a la suerte de los vecinos. Florece la maleza a sus anchas, emergen las cañerías y las raíces viejas. El tendido eléctrico parece una vieja boa inmensa empolvada, manguera de mineros abandonada, por donde, Increíblemente, atraviesan ratas color smog por las noches, sin que nadie se espante siquiera.

Habría que demandar a la Facultad de Arquitectura por egresados tan mediocres. Sus cubos monótonos, sus cuadrados repetitivos, sus acuarios de vidrio ahumado imitando un edificio, sus gallineros de aluminio y las terminaciones que lamentablemente terminan siempre en lo mismo. Se nota a la lejanía y cercanía de que clase provienen esos originales creadores de cajas de concreto sin ninguna gracia o garbo.

Cerca de ahí, muy cerca de todo, atraviesa el Río Mapocho, acequia, urinario gigante custodiado por roedores de todos los tamaños y pelajes. Eternamente sucio, repugnantemente vivo, como gusano de vergel que se arrastra infinito y repetitivo. Hay de gentes soberbias y petulantes que se jactan del desarrollado y desplante del país, Donde los pobres no son pobres y menosprecian a los verdaderamente pobres, donde los ricos menosprecian todo y a todos y, prefieren navegar sus veleros en lagos artificiales o humedecerse el cutis plástico en algún caudal europeo y evitar ver como viven sus compatriotas debajo de los puentes.

En el bicentenario, deberían ahorrarse un par de monedas en fueguitos artificiales e intentar, erradicar, cambiar, mejorar, limpiar, la horrenda vergüenza de ver pasar esa acequia asquerosa por entre medio de la ciudad. El río ése, tiene la elegancia de un baño de pozo, sin puertas, instalado en el jardín de la entrada de una casa. Mapocho, color calco de la ciudad, estamentos y sedimentos de la sociedad.

Sin embargo, se ve difícil eso, muy difícil. Aquí todo está sucio, aquí la basura es sagrada y no se toca, se acumula del tamaño de una vaca adulta en las esquinas y rincones y ahí ya es canonizada, inmaculada. Y muy bien alimentada por todo el mundo. Donde quiera que uno mire, camine o vaya la basura está en todos lados.

El escudo nacional debería ser una mosca, una botella de plástico ó una colilla de cigarrillo abandonada, todo esto adosado sobre la delicada y fina piel de una bolsa de basura arrojada a la calle.

Los pobres, obviamente, maltratados por la injusta distribución de los medios de producción y las ganancias, es que se comportan de tal forma, así la capa media, así los ricos que pagan a los pobres para que limpien sólo sus hermosas calles.

El sabor a hollín en la boca es algo habitual, los problemas respiratorios, son descuidos netamente personales y no colectivos. Camisas, blusas, cuellos y manos cenicientas son meros impuestos del desarrollo. El color gris lo domina todo, grises son las hojas de los árboles, grises son las paredes, las calles, los rostros. Una sensación de suciedad se palpa fácilmente en el ambiente.

Hay algo de oráculo envenenado y ahumado en todo esto, y al parecer, el único suspenso, en esta historia de polución de urnas concluida, son los puntos suspensivos que flotan en el aire. Certeza y corteza de objetos tirados en un devenir undívago, como de olas muertas y contaminadas a la orilla de la playa.

Quizás aquí no hay cultura del reclamo, quizás esa es la causa de todos nuestros males. Porque aquí se es valiente cuando se está alcoholizado, contra las mujeres y niños, en grupos o patotas, sean de derecha, izquierda o los once neuronas por lado y también, y quizás la más característica, es cuando se es una rata anónima que esconde la pezuña cuando se tira la piedra envuelta en acusaciones, mentiras, invenciones, añagazas, críticas, cotilleos o cuentos y se sienten a resguardo en el anonimato.

Pero, Sí se está solo… “No importa, déjelo así, ya fue, ya me estafaron, no es para tanto. “Es lo que hay”. El vaso no está tan roto. Para qué nos vamos a poner a pelear o a discutir. No es tan malo y peor es nada. Me saltaron en la fila de llamados, el servicio es pésimo, pero por lo menos hay. Me cobraron de más, me atendieron horrible. Nadie avanza en la escalera mecánica”. Policías, doctores, diputados, concejales, profesores, alcaldes, senadores, son servidores públicos que se comportan como reyes ante sus tribunos. Ratafustanes que creen portar armiño en vez de pedigrí de quiltro trasquilado de complejos y arreglos varios.

Algunos hace poco que conocen los beneficios de un alcantarillado o les han pavimentado las calles y ya son otros. Una soberbia que cuesta bastante entender, los posee vertiginosamente. Ya son parte del futuro de la humanidad, y contra el prójimo son valientes, pero contra las compañías ahí son comprensivos y tolerantes.

Titiriteros, tarotistas, tramposos y trotamundos. El tráfago aúlla en cada esquina, su encierro de metros cuadrados.

Aquí la gente se compra colonias caras para enmascarar el hedor interno. Se compra gafas onerosamente oscuras para que nadie sepa bien cuando están mintiendo. Los pantalones en lo posible de tela y estilo banquero. La camisa lisa, azul, blanca o rosada y estrictamente alisada indica ser superior a la gran masa de civil y poleras que camina.

Si se tiene el cabello largo, sé es poco serio y elegante. Si el cabello es corto, indica formalismo de mojigato adaptado al sistema. Si se usa pantalón planchado se es un mentecato, si se viste de mezclilla y zapatillas, obviamente se prepara un asalto. Da lo mismo la vestimenta, formal o informal, dama o bataclana. Aquí se discriminan, de una forma brutal, todos entre sí.

Pobres, ricos, acomodados o misérrimos. Gordos, delgados, educados, iletrados, altos, chaparros. Indios o blancos, da igual a la hora de burlarse y discriminar a los demás.

Al parecer, la burla como mecanismo de defensa en contra de tanta adversidad bajo dictadura, funcionaba como válvula de escape y se quedó definitivamente en el exquisito sádico sentido del humor y bilis de nuestro pueblo. Hipótesis tirada al voleo, pero, menos inicua que consentir aquello de “la raza es la mala”

¿Humano?, ¡Sí! Pero, ¿de qué marca?

Es un gran país de payasos, actores, farsantes, poseros, y arribistas de todos los colores y posiciones.

El compadrazgo o nepotismo, es una institución. Los acomodos, los tíos, los amigos precisos y correctos, el primo, sobrino, novio, esposo en la institución, es carta fija de algún beneficio “extra” para la familia y los cercanos. Funcionando las cosas así, no cuesta mucho entender la mediocridad de todo un país.

Raído el ambiente todo. Aquí son casi todos microparticulares del tráfico de influencias, son todos o casi todos calcetines percudidos del lavado de dinero ó de las influencias ó amigos bien posicionados. Después, en las calles o en sus casas o plazas posan de capaces e influyentes.

Y la gran plaza de la farsa ofrece sus actos ininterrumpidamente. Perros abandonados, vendedores, palomas, evangelistas, prostitutas, ajedrecistas, pedófilos y proxenetas. Predicadores histéricos sermoneando en trance. Filas de indigentes (eufemismo que usan los tecnócratas por no decir Indecentes) apilándose por un plato de comida y un mendrugo de pan que devoran con fruición.

Sin olvidar, el elegante y refinado gusto de este país por las Palmeras, reivindicando que no somos más que un país bananero.

Y como para agregarle más pimienta a la salsa, aparece un regimiento de alelos que han invernado un par de años dentro de los genes y ahora salen en pleno auge y apogeo. Sentados en la banca recesiva de la herencia, salen en masa a ubicarse dentro de las masas. Ha ganado altura la nueva generación, es más fácil mirar para abajo a los demás. Los ojos verdosos, azules, pardos y cabelleras claras o rubias naturales, florecen por doquier, otorgándolo obviamente al portador, sendas ventajas de ciertos paradigmas foráneos, entre tanta aceituna negra o tanta canela común y silvestre.

Quizás mis lentes tienen demasiado aumento o ¿los pechos de incontables damiselas, últimamente se ha vuelto un tanto difícil de obviar? El vulgo insiste que son los pollos con hormonas los responsables de este calvario mamario.

Las farmacias lucen cada vez más saludables. Los adictos a la codeína jamás tienen problemas en conseguir su porción diaria, aún sin receta. Lo genérico, sigue siendo otro producto alternativo. Boticas que son una verdadera cruz sobre los consumidores.

En la calle los menores de edad venden películas pornográficas y todo el mundo se sobresalta y espanta, pero por los precios, por la calidad de la película pirata que se les vende, que no los vayan a estafar como es costumbre entremedio de estas cumbres.

Taxistas ojos de halcón, porteros de remoliendas sofisticadas y modernas. El único país donde se estila un tipo de geisha que sirve el café con leche siempre tibia.

Aquí los arreglos momentáneos son sagradamente por años. Poco orden y mucho al lote de jotes que gobiernan las instituciones. Los parques son verde-blanco. Verde de hierbas, blanco de papeles tirados. La gente aún cree que los álamos, sauces y pinos son productos nacionales.

El medio lingüístico de comunicación aquí, es un engendro metamorfoseado del castellano. De cosecha desconocida, y de cierto buqué auditivo que avinagra los oídos. Orgullosamente hecho en casa.

En otro idioma de imágenes hirientes, juegan de noche docenas de niños esperando a sus padres, tutores o captores. Juegan a la ronda en un campo minado de hombres, donde la gente prefiere mirar para otro lado. Porque la solidaridad fue amputada de cuajo hace rato. Primero uno, segundo uno y así sucesivamente. ¿Un país de salvajes Hunos que blanden sus hachas y sierras en contra de cualquiera? Amputado el interés social, en sus mejores ratos sólo renguea zigzagueante. Es de esperar que las condiciones den a luz, contra lo que se nos da de oscuridad y nazca o brote una nueva pierna, brazo o cadera a la Salamandra social decapitada.

Mientras tanto, el hombre elefante del forestal, el de pestañas albinas, recorre las esquinas estirando su mano descomunal por las ventanas de los autos, pidiendo una moneda para paliar su tratamiento olvidado. Sólo los valientes, dejan caer una moneda sobre su mano deformada.

Dúctil columna vertebral del pensamiento que todo lo tolera, que todo lo soporta en esta normalización de la pobreza y las necesidades. Mientras el coletazo de gárgolas agiotistas asquea el ambiente y pareciera que sólo unos pocos lo sienten.

Aroma de sombras camina pujante por entre los ojos de millones de espectadores, que esperan cierto eclipse de sufrimientos, a razón de este crepúsculo electo intencionalmente a puño y letra expectante, dibujada sobre cierta esperanza que, bien sabíamos, se diluiría más rápido de lo que “accidentalmente” apareció.

Una sociedad primitiva que hace poco conoce el tibio fuego de los celulares, pero es soberbia como sólo los imbéciles pueden serlo, como sólo los ignorantes se atreven. Una sociedad que no estaba preparada para recibir tanto avance tecnológico, especialmente, cuando el desarrollo interno, no pasa de andar todavía en cuatro patas.

Porque aquí son todos vivos, no hay lerdos, ni ineptos. Los tontos son siempre otros. Aquí hay sólo zorros, astutos y ladinos, no importa de que lado salga o se esconda el sol. Estamos como estamos, porque son otros los responsables. De noche, babean por igual, los dos extremos del pensamiento, especialmente, porque sólo a los débiles, e inseguros, les atraen las luces y la fama, y en eso, los dos polos ideológicos se parecen bastante.

Pactos, votos, compromisos, promesas y juramentos, son siempre negociables. Esto, más que país, es un gran teatro-rotisería, con actores y actrices de todas las layas y tallas.

(Fragmento)

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A mis hermanos de la vida

Miguel Longarini (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yo no sé si te sirvo hermano mío
para calmar la sed de la esperanza.
Solo sigo los pasos de mi sangre
y arremeto con fuerza a la nostalgia.

Pasarán cual agua clara mis palabras
refrescando la dureza de lo humano.
Resistir es la consigna que te ruego
por un suelo de todos y de hermanos.

No seré un solitario sin destino.
Creo en vos y en mí como bandera.
Un estrella te pido como guía
para el sueño que nazca en primavera

Será tiempo para amar lo que es olvido.
No hay barreras que puedan con el viento.
Caerán los dioses armados de tristeza,
con los pueblos detrás de sus tormentos

Habrá paz y sonrisas en las plazas.
Los niños ríen mientras nace la mañana.
Vino y pan florecerá en las mesas,
con la suma de canciones esperadas.

Te convoco a la lucha impostergable,
por los tiempos del fin de soledades.
La poesía, la canción y una palabra,
harán un coro de caricias fraternales.

Buscaré y buscaremos los poetas
que celebren el canto de la gente.
Los jóvenes despertarán del llanto,
con un grito libre… ¡Hasta la muerte!

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La novela como espacio creativo de resistencia


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El entretenimiento (entre ruido y luces de neón) ha inundado todos los espacios humanos. Y la literatura no ha escapado de esta epidemia de simplismo. No se trata de que entretener sea algo negativo, ni de que para hacer buena literatura haya que diseñar moralejas o panfletos. Pensar que sólo existe uno u otro camino sería caer en el chantaje del sistema de consumo. Cualquier limitación sólo estaría negando las múltiples posibilidades que ofrece la literatura.

En este tiempo, cuando de forma sistemática y grosera se pretende banalizar la vida (y la sensibilidad), se hace necesario (y contundente) reivindicar la dimensión transformadora de la novela. Y revisar (escritores y lectores) aquella frase de Stendhal: “La política en una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una cosa grosera y a la que, sin embargo, no se puede negar cierta atención. Vamos a hablar de cosas fuertes y vulgares que, por más de una razón, quisiéramos callar; pero nos vemos obligados a abordar acontecimientos que entran en nuestro terreno, puesto que tienen por teatro el corazón de los personajes.”

¿Por qué entonces debemos aceptar la descalificación de la novela potente y transformadora? ¿Acaso en el mundo no se han multiplicado las cosas fuertes y vulgares? ¿Por qué debemos pacificar el espíritu rebelde del arte? ¿Quién dijo que la novela combativa está divorciada de la estética y de la inventiva? La ficción no es lo contrario de la realidad porque simplemente la realidad es una ficción legalmente constituida. No obstante, la ficción (no establecida) siempre es un espacio sublime que se le abre a la comprensión humana. Y, cada vez que se crea una historia (de características poderosas), se está construyendo una nueva perspectiva de la realidad.

Los mundos de la novela no pueden domesticarse; la ficción es la piedra que rompe los dogmas. Y nos muestra lo imperceptible. La literatura no tiene por qué copiar la realidad (establecida), pero sí debe enfrentar la realidad (absolutista) al abismo de la ficción y zambullirla, como si se tratara de un espejismo (de sombras y luces) que desde el fondo convoca al enfrentamiento de la existencia. El uno frente al uno para descubrir al otro.

La novela es un espejo ubicado frente a un camino de espejos. La novela entrega más preguntas que respuestas. La ficción es un espacio creativo de resistencia que una y otra vez (en la historia) descose la frágil realidad del poder.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Elogio de la mujer brava


Héctor Abad (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!!!!

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Algo de música: la flauta dulce


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La flauta dulce es un aerófono (es decir: instrumento de viento) de los más antiguos. Popular desde la Edad Media europea hasta finales del período barroco, fue quedando relegado su uso al desarrollarse la orquesta clásica, poblada de instrumentos más sonoros. A partir del Siglo XX retorna de los museos, en principio por el interés de interpretar la música renacentista y barroca con sus instrumentos originales, pero su difusión mundial se basa en las posibilidades didácticas que brinda como herramienta para la iniciación musical. Hoy día no goza de la popularidad que tuvo en otros tiempos, pero sin embargo puede encontrársela en numerosas presentaciones de música mal llamada “académica”.

De todos modos, más allá de este tipo de música al que habitualmente se le asocia, sus posibilidades son enormes. Si bien la mayor parte de la música que se le ha consagrado proviene de los períodos renacentistas y barroco, un virtuoso de la flauta dulce como el francés Pierre Hamon nos demuestra la versatilidad del instrumento. Así es que aquí presentamos, en interpretación de este flautista, tres obras por igual de significativas: por un lado, un muy vieja canción que se remonta al Siglo XIII europeo, cuando la Iglesia católica era el poder omnímodo, de autor anónimo: “La lai du chèvrefeuille”. Junto a ella, la “Canción de la mariposa”, del pueblo Laguna, indígenas de América del Norte de lo que hoy es Nuevo México, en Estados Unidos (originalmente compuesta para algún aerófono no muy distinto de la flauta dulce europea). Y por último, mostrando nuevas posibilidades de la flauta, del autor japonés Maki Ishii, de 1975 la obra “Intención negra”, en la línea de la música disonante.

Autor foto: Mussklprozz (WIKIPEDIA)








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Plástica: Gabriela Rivas, pintora argentina




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Presentamos hoy una breve muestra de una pintora argentina, Gabriela Rivas quien, según sus propias palabras: "junta el arte y la lucha, pues desde hace años me propuse llevar el arte a los lugares donde nadie se anima a llevarlo".

Se trata de cuatro obras: "Baja de imputabilidad", "Racismo y Prisión" (inspirado en su propia experiencia en la cárcel de Batan (Mar del Plata), "Libertad" y "Tranculturización".

En función de su propuesta artística, Gabriela intenta "llevar el arte a las barriadas más humildes para enfocarnos en "protestar" a través del mismo". No pretende desarrollar muestras de plástica sino que propone a los espectadores "que pinten, que se expresen, a puteen con cuadros para luego hacer una movida en la plaza frente a la catedral con los 'cuadros protesta'"

Imagen 1: Baja de imputabilidad
Imagen 2: Libertad
Imagen 3: Racismo y Prisión
Imagen 4: Transculturización


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Acerca de la 81º entrega de los premios Oscar: Hollywood y la “explotación cinematográfica” de la miseria


Demian Paredes (Desde Buenos Aires, Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No es ningún secreto para el marxismo que, en base a la enorme miseria de la abrumadora mayoría de la población (despojada de todo medio de producción, a excepción de su fuerza de trabajo) surja la gran riqueza de los capitalistas. Y esto es lo que ocurre, también, en la industria cinematográfica a escala mundial; lo mostró claramente Hollywood en su última entrega de premios.

En efecto, las últimas semanas han aparecido cientos de artículos analizando el significado del “reconocimiento” a los últimos films producidos; muchos han señalado, en alguna medida, cómo, la multipremiada película india ¿Quién quiere ser millonario? (Slumdog Millonaire), que se llevó 8 de los 10 Oscars a los que estaba nominada –incluyendo el de “mejor película”-, es una muestra de esto.

Los slumdogs (que hacen millonarios a otros)

En Argentina son conocidas como “villas miseria”; en Brasil son “favelas”; en Perú, “barrios jóvenes”. En la India son los “slumdogs” los pobres habitantes de los suburbios (el diccionario Espasa-Calpe de inglés dice que, en “sentido figurado”, un slum es una “pocilga”[1]). Allí fue donde se filmó la multipremiada y ganadora indiscutida en “la noche de los Oscar”, Slumdog Millonaire.

La película fue filmada en Dharavi, el mayor suburbio de Asia: apenas 175 hectáreas que concentran cerca de 1 millón de habitantes. Este barrio, uno de los más pobres del mundo, recibe a miles y miles de desplazados de Bombay (o Mumbay), capital financiera de India. Allí llegan musulmanes, bengalíes y otros, que forman una “industria local” que (sobre)vive del reciclaje diario de la basura, trabajando en las 15 000 pequeñas fábricas y los 30 000 talleres que se calcula hay. Ellos emplean las 6 000 toneladas diarias de desechos que produce Bombay[2] -una ciudad de 15 millones de habitantes-.

Pese a la “alegría” del presidente por los Oscar a la película que refleja (en parte) esta realidad, lo cierto es que el gobierno quiere esas tierras, ya que al estar en el distrito financiero son muy cotizadas: actualmente son las más caras del mundo. Hay 19 grandes capitalistas interesados en levantar una nueva y más grande “city hindú”, que le redituaría al gobierno unos 10 000 millones de euros.
Pero lo fundamental –negocios inmobiliarios aparte- de esta entrega de Oscars es cómo, la internacionalización capitalista opera en esta industria, haciendo surgir de la pobreza la riqueza (para unos pocos): Slumdog… ya ha recaudado 160 millones de dólares en el mundo, sólo de taquilla (venta de entradas).

Hollywood y su entrelazamiento (económico) “globalizador”

Un artículo explica así el fenómeno: la India, dice, es un “apetecible y además democrático subcontinente de 1 150 millones de personas que tiene una exitosa megafactoría cinematográfica, Bollywood, y hacia el que productores y actores norteamericanos miran sin disimulo. Y al revés: el magnate indio Anil Ambani inyectó el año pasado 600 millones de dólares en Dreamworks, la productora de Spielberg”[3]. Este “ida y vuelta” consiste entonces en cómo, Hollywood, ingresa a un enorme mercado de más de 100 millones de personas-consumidores, aprovechando que el cine es parte fundamental de la cultura popular de la India. Y cómo a su vez puede producir sus propias películas a bajo costo (en equipamiento, salarios del personal técnico, etc.) para vender otros productos al resto del mundo –lo que como vimos incluye una nueva élite india socia de Hollywood-. Lo “nuevo” en el caso de Slumdog Millonaire es que ahora se “exportan” (como una “muestra democrática multicultural”) los mismos actores y dramas indios… aunque el director y la producción son ingleses. Valga como ejemplo de la conveniencia de asociación esta comparación de costos: mientras que Titanic costó 280 millones de dólares, Slumdog… sólo 15.

Otro análisis dijo que el éxito de Slumdog… “es posible interpretarlo a la luz de cierta tendencia globalizadora que ha venido experimentándose en los últimos años: Hollywood se ha vuelto un poco ambulante: filma donde la inversión resulta más barata (con la vista puesta en mercados que todavía no domina), y en esa estrategia incorpora la dosis de osadía y novedad de la que carece su gran producción mainstream, con lo que genera el efecto ilusorio de una vivificadora renovación. Unas gotas de exotismo sin excesivo riesgo, al fin, porque por lo general no le imponen una mirada distinta sobre el mundo: sólo lo llevan a traducir a otras lenguas y a otros paisajes sus viejas recetas”[4]. Los habitantes de Dharavi se encontraron ante estos acontecimientos divididos: unos, ante el “estrellato” mundial por el reconocimiento de Slumdog… tenían la esperanza de recibir alguna ayuda (“Quizás ahora los políticos hagan algo con toda la atención que estamos recibiendo”, dijo una vecina del slum a la prensa); otros, más “realistas”, expresaban un escepticismo total: uno dijo “No veo ningún cambio en Dharavi y no veré ninguno en toda mi vida. Nuestros políticos no han podido cambiar nada durante sesenta años, entonces ¿qué harán estos cineastas? Vendrán, grabarán imágenes y sacarán dinero. Estaremos aquí hoy, mañana e incluso en los próximos sesenta años”[5].

La cultura amenazada (y utilizada)

Es evidente que la gran industria cinematográfica dominante se hace eco de la crisis mundial: “Hollywood, como nunca, tomó nota que la crisis subió a escena y que la factoría de sueños deberá replantearse su fisonomía y sus inversiones a la sombra del gran parate mundial”[6]. Y ante ello, Slumdog… busca funcionar como “un espeso y heroico melodrama de amor y supervivencia en la violenta Bombay. Su Oscar sugiere un camino: nada de cuestionamientos al sistema ni de tremendismos altisonantes ni de denuncias recargadas; el mundo -nos dice la Academia- sólo está para la esperanza”[7].

En momentos donde el mundo capitalista se encuentra en crisis, Hollywood se posiciona ante el “cambio” de la “obamanía”: una verdadera simulación de “apertura”[8], que es demagogia cinematográfica a gran escala, donde hay premios para producciones donde hay gays (Mi nombre es Harvey Milk[9]), actrices españolas (Penélope Cruz) y “milagros” donde cualquiera se hace millonario.

Sin embargo, la realidad podrá más que cualquier fantasía que difunda la clase dominante desde sus monopolios culturales y, ante la amenaza a la vida (y a la cultura y al arte) que representa el actual hundimiento económico capitalista, la lucha de clases, que surgirá como respuesta la debacle burguesa, será más fuerte que cualquier “magia”, impactando positivamente la retina (y la mente) de millones.

Notas:
1] Diccionario Espasa Concise © 2000
(http://www.wordreference.com/es/translation.asp?tranword=slum).
2] Una nota de la agencia DPE explica que esta es “una vital industria del reciclaje. Botellas de plástico, periódicos, muebles viejos, madera, neumáticos, repuestos: los habitantes de Dharavi hacen dinero con casi cualquier cosa. Se calcula que sus industrias domésticas y de reciclaje suman unos 500 millones de dólares al año” (“Los verdaderos ‘slumdogs’ de Bombay”, 24/2/09).
3] “Cuando Hollywood encontró a Bollywood” (www.lavanguardia.es, 24/2/09).
4] Diario La Nación, “a Nacie Slumdog al"ado irector y la produccial cine, que es parte fundamental de la cultura popular en la India. Algo de esperanza en tiempos de recesión” (24/2/09).
5] Diario Página/12, “Los indios ya no estaban tan cabreros” (24/2/09). Incluso aparecieron carteles con la leyenda “No somos perros de los suburbios”, expresando enojo por el título del film.
6] Diario El día, “Hollywood premió la esperanza y la modestia” (24/2/09).
7] Ídem.
8] Dice una crítica: “No son sólo las ocho estatuillas ganadas por Slumdog Millionarie, filmada en la India, con elenco íntegramente de ese origen y financiación, dirección y guión británicos, sino también las otorgadas a Kate Winslet (hija dilecta del poblado inglés de Berkshire), el australiano Heath Ledger y la madrileña Penélope Cruz. Además, la ganadora al mejor documental fue la británica Man on Wire (que tiene por protagonista a un equilibrista francés), el mejor corto live action es alemán (…) y el mejor corto de animación, japonés y ambientado en Francia. Todo ello, como colofón de una ceremonia que por primera vez condujo un extranjero, el también australiano Hugh Jackman. Y que contó con un número musical coreografiado por su compatriota Baz Luhrmann” (diario Página/12, “El nuevo perfil ‘cosmopolita’ de la entrega de los Oscar. El salto a la globalización”, 24/2/09).
9] Véase La Verdad Obrera Nº314, “Crítica al film Mi nombre es Harvey Milk. Cine para los tiempos de crisis (políticamente correcto)”.


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De izquierda

Rómulo Pardo Silva (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La palabra izquierda la levantan los revolucionarios
y sirve también a la derecha menos brutal:
no dice nada

Una solución es no usarla más los rebeldes,
que quede para las disputas burguesas

Podría ser reemplazada con una frase,
tal vez
El Programa de la Tierra
o
Por los millones de años de la humanidad

Así se excluye definitivamente a los empresarios
y se anuncia claramente la lucha por glaciares, océanos, las lombrices,
la flor
lo humano

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El mundo no está para dinastías

Darío Botero Pérez (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A pesar del atraso evidente en que sobreviven las mayorías humanas, incluidas las que disfrutan de comodidades materiales pero como víctimas de un consumismo irracional, altamente nocivo, que no se explica por la satisfacción de necesidades auténticas del ser humano, sino por el ansia de lucro de los empresarios ajenos a la vida, enceguecidos por su codicia...

No obstante que el capitalismo salvaje hizo de las suyas durante unos 40 años, convirtiendo el sistema productivo, al tenor de lo dispuesto por el financiero, en un casino especulativo; transformando el mundo en un basurero, y sumiendo a millones de seres humanos en la miseria y el atraso, arrebatándoles la posibilidad de progresar, mediante la imposición de políticas ruinosas dócilmente adoptadas por gobernantes sin dignidad en los países sometidos al imperio...

Sin embargo, las fuerzas productivas no han cesado de avanzar, alcanzado unos niveles que exigen sustraerlas de los mezquinos intereses privados que las frenan y hasta las envilecen; para ponerlas al servicio de todo el mundo, de modo que cada uno despliegue todo su potencial sin restricciones artificiales o sociales.

Más bien, cada uno, como una consecuencia natural de pertenecer a una sociedad civilizada y avanzada, podrá disponer a su conveniencia del patrimonio de la humanidad, para enriquecerlo con su singular aporte de ser único e irrepetible.

Para conseguir este objetivo que el mismo planeta reclama con urgencia, los lastres más pesados son los potentados estériles pero magos de la estafa y el engaño. Por eso no merecen ninguna segunda oportunidad sino castigos ejemplares.

Su destino debe ser hacerle compañía a Bernard Madoff los próximos 150 años, mientras la humanidad se apropia de las conquistas de la ciencia en beneficio de todos.

Así es posible encontrar la fórmula para que el genial y bien relacionado estafador pueda pagar su condena y vivir cientos de años más, pero controlado por la sociedad de la Nueva Era, libre de potentados y autócratas, armoniosa, solidaria, democrática, respetuosa de la vida y enemiga rotunda de la violencia que habrá proscrito definitivamente.

El cambio del paradigma del poder es tan indispensable como el cambio en las prácticas consumistas depredadoras que deterioran las condiciones de vida hasta un punto en que no habrá reparación posible. Y ese punto está acá cerca. O, tal vez, ya lo sobrepasamos.

En consecuencia, no podemos tolerar que las naciones sigan siendo manejadas por “especialistas” que, en las que se llaman democráticas, dicen representar a unos ciudadanos que perfectamente se pueden representar a sí mismos.

Y en las anacrónicas autocracias, como las dictaduras fundamentalistas de derecha o izquierda, no son más que déspotas totalitarios enemigos de la civilización y la humanidad.

Su función abusiva -expresión de una codicia sin límites por riqueza y poder, ajena al verdadero bienestar-, es privarnos a los demás del aporte que cada persona está en capacidad de hacer como la más natural manifestación de su existencia, si se le ofrecen los medios apropiados para desarrollarse plenamente, sin limitaciones arbitrarias.

Y valga la insistencia por la importancia fundamental de esta reivindicación para la construcción del nuevo mundo, que no será más que la inalcanzable utopía de siempre mientras la igualdad esencial no sea una conquista universal.

Es algo vital para todos, ante los desafíos que enfrentamos y cuya dimensión es tan enorme que la conformación deliberada, conciente y consensuada de la sociedad del conocimiento, plena y auténticamente democrática, no da más espera.

La dirección de la sociedad tiene que sustraerse de las ambiciones y expectativas de los políticos de oficio, acostumbrados a disputarse el ejercicio del poder para disfrutar sus privilegios, pero incapaces de concebir (o admitir) una manera diferente que les permita a todos los ciudadanos ejercerlo directamente, sin intermediarios, como lo requiere la Nueva Era.

Quienes se esmeren en revivir lo caduco, están perdidos.

Pero quienes comprendan que ya no es posible suplantar a los “representados” sino fomentar la búsqueda de mecanismos para permitir el ejercicio de la democracia directa, pueden cumplir un papel de transición y facilitación que, si son honestos, les permitirá seguir subsistiendo con el ejercicio profesional de la política, pero ya no hegemónico ni arbitrario ni indefinido.

Deben aceptar que son una “especie” que necesita extinguirse para que la humanidad encuentre la forma de sobrevivir en condiciones de armonía, tolerancia, dignidad y respeto universales, que garanticen un combate constante y victorioso contra las fuerzas disolventes de cualquier sistema, conocidas como “entropía” y que exigen un esfuerzo constante por vencerlas.

Las instituciones tradicionales y quienes las han manejado a su arbitrio y en su beneficio personal, ya no son capaces de oponerse a la entropía. Ya no aportan nada positivo. Han devenido en mensajeros de la destrucción y la muerte. Su vigencia ha concluido. Es necesario impedir que sigan mandando y disponiendo de honras, vidas y bienes.

Las circunstancias son propicias. Las vanguardias no pueden perder un segundo, y tienen que difundir su mensaje libertario en todos los confines, pues todos contamos para tener esperanzas de victoria y la posibilidad de un futuro.

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Por qué no me callo


Julio Herrera (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El amargo desconcierto que el nuevo rumbo de los procesos sociopolíticos mundiales deja en los espíritus solidarios y progresistas; la frustración de quienes han visto la esterilidad de sus sacrificios y de su vida, consagrada a la redención de la plebe alienada y subyugada; la tristeza infinita que la vileza del vulgo genuflexo deja en las conciencias inflexibles; la cólera inaudita de quienes han creído en el apostolado de los ideales, en el sacerdocio de la solidaridad, y ven de repente su credo y su evangelio pisoteados por los tumultos despavoridos ante el “!sálvese quien pueda!” de la hora actual; el desaliento invasor, la desconfianza que cae en el ánimo tras el naufragio de fortalezas sociopolíticas que creíamos monolíticas; la impotencia ante el despotismo; la nostalgia de tiempos épicos…, ...todo eso sume el alma en una quietud funeral..., todo eso tiende a arrojar el alma estupefacta en el limbo inmutable del desdén, ...del desprecio... y del silencio.

Pero el silencio no es la solución, porque el silencio no combate la decadencia ni la decrepitud de la humanidad. El silencio es el sello definitivo de la muerte, y la muerte, aunque nos libera de las miserias cotidianas de la vida, no combate la iniquidad ni la decrepitud de los seres vivientes. Es a causa del marasmo y del silencio que muere nuestro corazón en la hipertrofia y que los pueblos mueren en la ignominia de su muda resignación. Sólo el combate por una vida digna de ser vivída salva de la decrepitud y de los despotismos. Sólo el combate crea la vida, porque la vida es un combate: el de la supervivencia. Resignarse, es decir capitular, es morir.

Sí. Luchar o morir es el dilema de la hora actual. Pero si optamos por la vida no debemos concederle tregua al desaliento ni a la resignación. Es sólo cuando nos resignamos cobardemente a la derrota que estamos definitivamente vencidos. Porque aunque estemos intimidados por los sicarios de las tiranías para la acción justiciera, no estamos amordazados para decir la verdad acusadora.

Por eso no callo, porque callarse es abdicar, es capitular, cuando no es hacerse cómplice de los tiranos.

Por eso no callo, porque el combate de la verdad contra la falsedad es el deber ineludible de la hora actual, y porque es solamente ante una justicia real, ante una democracia auténtica, que le es permitido el silencio a un hombre honesto con su propia conciencia y solidario con los oprimidos.

¡No me callo porque hay que gritar la verdad desnuda a los cuatro vientos, y que ella resuene alto y sin miedo, como un clarín de guerra en ésta somnolencia de rumiantes que los cobardes llaman "paz". Que ella despierte en nuestra sangre latina el recuerdo de nuestros postulados ancestrales, de nuestros héroes y de nuestras epopeyas olvidadas; que ella denuncie ésta virtual libertad condicional del mundo, éste auténtico estado de sitio impuesto por el neoliberalismo depredador; que ella grite ALERTA! ante las seducciones neoliberales que son sólo emboscadas comerciales, y que, con su verbo colérico y sincero, ella derribe de sus altares y pedestales a los ídolos y dioses de la iniquidad!

Por eso no callo, porque hay que pregonar la fecundidad prodigiosa de la solidaridad y de los ideales progresistas a quienes huyen por la senda cobarde de la apostasía, y porque decir la verdad debe ser la divisa de las conciencias solidarias e insobornables, de los latinos orgullosos de serlo,…y de todos los hombres que crean merecer ese calificativo.

Por eso no me callo, porque decir la verdad es el deber prioritario de las conciencias inalienables, y porque el silencio cobarde es el conformismo, es el sedentarismo moral que elude la batalla.

No callo porque me rebelo a silenciar la voz de mi conciencia y la furiaroja de mi corazón, porque en mi conciencia solo manda mi corazón y en mi corazón solo manda mi conciencia; no callo porque, al igual que Fidel y Chávez, mi verbo rojo no se amedrenta ante perfumados monarcas hispanos ni ante azufrados emperadores yanquis; porque mi verbo es un sonoro ¡YO ACUSO! ante aquellos que venden nuestra América latina, ante aquellos que la compran y ante los proxenetas que la deshonran, la violan y la prostituyen!

Por eso no callo, porque decir la verdad, toda la verdad, y sólo la verdad ante el jurado de la humanidad es el deber primordial de la hora actual, aunque los victimarios de la humanidad se hayan constituido en los jueces de ella. Hay que gritar a los traficantes de pueblos que con su dinero podrán tal vez sobornar tiranos y comprar mercenarios, ¡pero que no lograrán comprar el veredicto final de los pueblos y de la historia!

El imperio de las tinieblas no tiene sino un sol que las disipe: la verdad. Es a la sombra del silencio y la resignación que prosperan el mal, las tiranías y los imperios. He ahí porqué callar en esta época de oprobio es agregar un oprobio más a la época infame. He ahí porqué todas las conciencias nobles y rebeldes a las tiranías tienen el deber de dar a los hombres la luz de ese sol de la verdad.

Decir la verdad luminosa en ésta época de tinieblas sociopolíticas es el deber de toda conciencia honrada. Y ése deber no se discute ni se delega: ¡SE CUMPLE!

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La vida de un genio

Anatoli Koroliov (RIA NOVOSTI)

La UNESCO declaró 2009 Año de Nikolai Gógol. El 1 de abril se cumple el 200 aniversario del natalicio de este clásico de la literatura mundial. La efemérides se celebrará (se celebra ya) por toda la comunidad culta de Europa, las Américas y Rusia.

Nikolai Gógol vivió una vida muy corta para un noble ruso acomodado: murió a los 43 años. El fallecimiento a esa edad de un hombre que no hizo de hecho ningún servicio público, viajó mucho, vivió en Italia una buena parte de su vida, aprovechando los ingresos que le aportaba su hacienda (de 400 siervos y más de mil hectáreas) es un enigma.

Nikolai era un típico niño mimado, el único a quien la madre amaba de verdad entre sus tres hermanas. María Ivánovna estaba fascinada tanto con los talentos de su hijo que hasta afirmaba que fue él quien había inventado el ferrocarril. El padre de Nikolai murió a una edad temprana. El muchacho crecía rodeado de la jugosidad de la vida ucraniana, con sus placeres sencillos y amenos paisajes. Nada predecía que él sería autor de "El Capote" o "Almas Muertas". Pero en ese entorno provincial había una ventana abierta al mundo de alto espíritu. La madre de Gógol era pariente lejana de Dmitri Troschinski, influyente cortesano de las épocas de Catalina la Grande, Pablo I y Alejandro I. El ex senador Troschinski decidió pasar el ocaso de su vida en Ucrania, cerca de Mírgorod, en su hacienda lujosa, a estilo de palacio reales franceses. El padre de Gógol sirvió de intendente durante un tiempo en esa hacienda. Precisamente allí Nikolai vio por primera vez escenario teatral, lienzos, estatuas de mármol, una rica biblioteca, unos siervos en pelucas y trajes guarnecidos con galones, así como otros atributos de la riqueza y la autoridad. Todo ello lo impresionó mucho.

La primera vocación que sintió Nikolai fue la de actor, pero no de escritor. Al llegar a San Petersburgo a los 20 años de edad, en 1829, Gógol intentó ingresar en la compañía del Teatro Imperial, donde presentó varias escenas ante el inspector Jrapovitski, que lo examinó. En aquel entonces estaba de moda un estilo teatral ampuloso, de declamación enfática y ademanes expresivos. Gógol no hizo nada de eso, jugó papeles con un realismo escueto, sin levantar mucho la voz.

"Sometido a prueba, Gógol resultó absolutamente inepto para ser actor, su figura parece absurda en el escenario", reportó el inspector al conde Gagarin, director del Teatro Imperial. Fue la primera guantada que le dio el destino.

La segunda se la pegará él mismo. A pesar de intuir que el quid del teatro está en el realismo, pero no en el énfasis, Gógol escribe su primer poema "Hanz Kuchelgarten. Estampas idílicas", con personajes que se desgañitan y gesticulan muchísimo. Lo edita por cuenta propia, sin indicar su nombre verdadero, bajo el seudónimo de Álov (en alusión al albor, o nacimiento de un genio). La obra no queda desapercibida, suscita muchas críticas. Gógol, atormentado con las burlas que llueven sobre él, recorre las librerías adquiriendo toda la tirada con la ayuda de su fiel siervo Yakim y la quema en el horno del apartamento que alquila.

Fue entonces cuando sintió Gógol la atración hacia el fuego y la inclinación a la autoquema.

Pero la siguiente jugada que él hizo fue de un gran maestro. Al visitar tiendas y ojear revistas, él notó que a los habitantes de San Petersburgo los atraían los exotismos ucranianos, especialmente las diabluras cómicas. Como un buen profesional, él dejó aparte sus preferencias literarias y escribió sus brillantes "Veladas de Dikanka", llenas de diabluras. El libro resultó ser una auténtica sensación. Lo valoraron altamente los eximios poetas Alejandro Pushkin y Vasili Zhukovski.

Pushkín desempeñaría en la vida de Gógol un papel casi paterno. Zhukovski, quien servía de preceptor del heredero de la corona, jugaría el de mediador entre Gógol y el emperador. Sin Zhukovski en el escenario ruso nunca se habría puesto "El Inspector", porque sólo Nivolás I podía autorizarlo, y lo hizo. Durante el estreno, que se ofreció el 19 de abril de 1836, el emperador se moría de risa, pero luego resumió: "Todo el mundo recibió lo merecido, ¡y yo más que otros!"

Gógol había llegado a San Petersburgo como un típico joven provincial, vestido según la moda de Poltava (ciudad ucraniana), con copete engominado en la cabeza y un andar parecido al de un ave. Pero actuó como una máquina que no repara en nada, al avanzar hacia la meta marcada. Pushkin hasta exclamó en una ocasión que se debía tener cuidado con ese "ágil ucraniano", quien logró recibir de él varias tramas para sus futuras obras, acomodó a todas sus hermanas solteras en San Petersburgo; en años contados - en siete solamente - se granjeó mucha fama y a la edad de 27 años fue a vivir al extranjero.

Ese ascenso vertiginoso de Gógol sigue sirviendo de dechado para los provinciales que se dirigen a conquistar capitales.

Los años de madurez del escritor fueron ensombrecidos por problemas del espíritu. El primero fue el de la mujer. Gógol la puso tan en alto, que todos los intentos de hacerla bajar del pedestal redundaban en dramas. El escritor nunca se casó, y hasta se cree que tampoco perdió la virginidad. Al poseer una sensitividad y una corporalidad cósmicas, aguantó los tormentos de idealista durante toda su vida. El psicoanalista Freud probablemente descubriría en ello rastros de una visita fallida a un prostíbulo. Hasta la madre de Gógol, al recibir un día su mensaje en que él la informaba de forma confusa que se había enamorado de una diosa y ahora se dirigía a Lübeck, llegó a la conclusión de que su hijo se había contagiado de una mala enfermedad y ahora salía volando para recibir tratamiento en tierra alemana.

Tras abandonar triunfante Rusia y recorrer toda Europa. Gógol se instala en Roma, en una casa de Vía Sistina. El autor de estas líneas pudo visitarla en una ocasión: es el lugar óptimo para la estancia de un viajero. A cinco minutos de ir a pie se ubica una de las siete colinas de Roma, de donde se abre una impresionante vista panorámica de la ciudad, con la silueta de la catedral de San Pedro en el horizonte. Desde un mirador que hay por allí, por la famosa Escalinata Española se baja hacia la Plaza de España. A la derecha se extiende un espacioso parque de la Villa Borghese, donde todo ansioso encontrará la calma y el frescor entre estatuas, alamedas y surtidores. Gógol se instaló en el mejor distrito de Roma. En la casa donde él vivió figura una placa de mármol que dice: "Gógol escribió aquí Almas Muertas". Precisamente la distancia que lo separó de Rusia le permitió dirigirle la mirada de un extranjero maravillado, lo que impregnó de una divina picardía su narrativa.

El segundo problema del genio fue su relación con Dios. Las dimensiones de este artículo no permiten tratar en detalle este tema. Pero puedo decir resumiendo que en su camino hacia Dios y la fe le sirvió de lazarillo el diablo... No un Mesfistófeles ni Satanás, sino todo el conjunto de los demonios que se arremolinaban sobre las heridas de San Salvador. Al describir esas jetas de cerdo, la funesta belleza de unas doncellas, a las brujas volando y todo ese desfile de las almas vendidas al diablo, Gógol esbozó contornos de un grandioso infierno, cuyas bóvedas difícilmente puede iluminar la luz de una vela pequeña que sujeta el Martirizado. Es un mundo en que la Luz y las Tinieblas gobiernan de igual a igual, en que entre Dios y el diablo por poco existe un anecdótico pacto (complot) apuntado contra los seres humanos.

La trágica muerte del preceptor Pushkin en cierto sentido entreabrió puertas hacia ese infierno. Al haber recibido de las manos del poeta la trama de "Almas Muertas", Gógol no resistió a la tentación de pintar bajo la máscara del avaro Pliushkin al padre de Pushkin, famoso por su patalógica cicatería. ¡El don recibido del hijo sirvió paradójicamente de pretexto para describir la avaricia del padre! ¡De estar Pushkin entre los vivos, podría lanzarle un desafío!

De la tormenta del alma surgió el final carbonizado de la vida.

Buscando un sosiego para el espíritu, Gógol se dirige en 1848 a Tierra Santa, a Palestina. Pero acostumbrado al confort, sólo siente las incomodidades del viaje. La visita al famoso monasterio ruso de Óptina Pustin tampoco le ayuda a vencer la angustia. Le invade el sentimiento de la culpa, de haber vivido una vida indigna. Pues en sus sueños exaltados él quisiera ser un Jesucristo para sus compatriotas. Ello provoca una psicosis. Gógol decide renunciar a la comida, para pagar de ese modo los excesos gastronómicos de antaño. Además, quema el segundo tomo de "Almas Muertas", por no haber creado una obra maestra de alturas inalcanzables. La enfermedad se agrava de modo fatal porque el doctor Over lo trata con unos métodos "espartanos": vierte agua helada sobre su cuerpo, aplica sanguijuelas a su nariz, mientras que Gógol implora: "Déjenme en paz"...

Nikolai Gógol murió el 21 de febrero de 1852, de hecho a causa de un ayuno voluntario. El genio de Gógol imprimió un brillo deslumbrador a la literatura rusa, pero el papel que él desempeñó en la Historia del país es algo sombrío. El filósofo ruso Vasili Rózanov, al valorar la influencia ejercida por Gógol, escribió con acierto: "Gógol destornilló algo en el navío ruso, tras lo cual empezó un lento, pero incontenible hundimiento de Rusia... Después de Gógol, Rusia ya no podía ganar la guerra de Crimea (1853-1856)".

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La perspectiva Nevski


Nikolai Gogol


No hay nada mejor, por lo menos para Petersburgo, que la perspectiva Nevski1. Ella allí lo significa todo. ¡Con qué esplendor refulge esta calle, ornato de nuestra capital!... Yo sé que ni el más mísero de sus habitantes cambiaría por todos los bienes del mundo la perspectiva Nevski... No sólo el hombre de veinticinco años, de magníficos bigotes y levita maravillosamente confeccionada, sino también aquel de cuya barbilla surgen pelos blancos y cuya cabeza está tan pulida como una fuente de plata, se siente entusiasmado de la perspectiva Nevski. ¡En cuanto a las damas!... ¡Oh!... Para las damas, la perspectiva Nevski es todavía más agradable. ¿Y para quién no es ésta agradable?... Apenas entra uno en ella percibe olor a paseo. Aunque vaya uno preocupado por algún asunto importante e indispensable, es seguro que al llegar a ella se olvidan todos los asuntos.
Éste es el único lugar donde la gente se exhibe, sin sentirse acuciada por la necesidad o el interés comercial que abraza a todo Petersburgo. Diríase que el hombre que se encuentra en la perspectiva Nevski es menos egoísta que el de Morskaia, Gorojovaia, Liteinaia, Meschanskaia y demás calles, en las que la avaricia, el afán de lucro y la necesidad aparecen impresos en los rostros de los peatones y de los que la atraviesan al vuelo de sus berlinas u otros carruajes. La perspectiva Nevski es la principal vía de comunicación de Petersburgo; aquí el habitante del distrito de Petersburgski o de Viborgski, que desde hace años no visitaba a su amigo residente en Peski o en Moskovskaia Sastava, puede estar seguro de que lo encontrará sin falta. Ninguna guía ciudadana ni ninguna oficina de información podrían suministrar noticias tan exactas como puede hacerlo la perspectiva Nevski. ¡Oh, todopoderosa perspectiva Nevski!... ¡Única distracción del humilde en su paseo por Petersburgo! ¡Con qué pulcritud están barridas sus aceras y..., Dios mío..., cuántos pies han dejado en ellas sus huellas! La torpe bota del soldado retirado, bajo cuyo peso parece agrietarse el mismo granito; el zapatito diminuto y ligero como el humo de la joven dama, que vuelve su cabecita hacia los resplandecientes escaparates de los almacenes, como el girasol hacia el sol; el retumbante sable del teniente lleno de esperanzas que las araña al pasar..., ¡todo deja impreso sobre ellas el poder de su fuerza o de su debilidad! ¡Cuánta rápida fantasmagoría se forma en ellas tan sólo en el transcurso de un día! ¡Qué cambios sufren en veinticuatro horas!
Empecemos a considerarlas desde las primeras horas de la mañana, cuando todo Petersburgo huele a panes calientes y recién hechos, y está lleno de viejas con vestidos rotos y envueltas en capas, que asaltan primeramente las iglesias y después a los transeúntes compasivos. A esta hora la perspectiva Nevski está vacía: los robustos propietarios de los almacenes y sus comisionistas duermen todavía dentro de sus camisas de holanda o enjabonan sus nobles mejillas y beben su café; los mendigos se agolpan a las puertas de las confiterías, donde el adormilado Ganimedes que ayer volaba como una mosca portador del chocolate, ahora, sin corbata y con la escoba en la mano, barre, arrojándoles secos pirogi y otros restos de comida. Por las calles circula gente trabajadora; a veces, también mujiks rusos dirigiéndose apresurados a sus tareas y con las botas tan manchadas de cal, que ni siquiera toda el agua del canal de Ekaterininski, famoso por su limpieza, hubiera bastado para limpiarlas. A esta hora no es prudente que salgan las damas, pues al pueblo ruso le agrada usar tales expresiones, como seguramente no habrán oído nunca ni en el teatro. A veces, un adormilado funcionario la atraviesa con su cartera bajo el brazo, si se da el caso de que su camino al Ministerio pase por la perspectiva Nevski.
Decididamente, puede decirse que a esta hora, o sea hasta las doce del mediodía, la perspectiva Nevski no constituye objetivo para nadie, y sirve solamente como medio: poco a poco va llenándose de personas que por sus ocupaciones, preocupaciones y enojos no piensan para nada en ella. El mujik ruso habla de la grivna o de los siete groschi; los viejos y las viejas agitan las manos o hablan consigo mismos, a veces entre fuertes gesticulaciones; pero nadie los escucha ni se ríe de ellos, con excepción acaso de los muchachuelos de abigarradas batas que, llevando en las manos pares de zapatos o botellas vacías, corren por la perspectiva Nevski. A esta hora, aunque se hubiera usted puesto en la cabeza un cucurucho en lugar de un sombrero, aunque su cuello sobresaliera demasiado sobre su corbata, puede estar bien seguro de que nadie se fijará en ello.
A las doce, en la perspectiva Nevski hacen invasión los preceptores de todas las naciones, acompañados de sus discípulos, que lucen cuellos de batista. Los Jones ingleses y los Coco franceses llevan colgados del brazo a los alumnos que les han sido confiados, y con la conveniente respetabilidad explican a éstos que los rótulos que se encuentran sobre las tiendas están allí colocados para que pueda saberse lo que se contiene en dichas tiendas. Las institutrices, pálidas misses rosadas eslavas, caminan majestuosamente tras sus ligeras y movibles muchachas, ordenándoles que levanten un poco más el hombro y se enderecen.
Para abreviar: a esta hora la perspectiva Nevski es una perspectiva Nevski pedagógica. Sin embargo, cuanto más se acercan las dos de la tarde, más disminuye el número de preceptores, pedagogos y niños. Éstos han sido desplazados de allí por sus tiernos padres, que pasan llevando del brazo a las compañeras de sus vidas, de nervios débiles y vestidas de abigarrados colores. Poco a poco, a su compañía se unen todos aquellos que han terminado sus bastante importantes ocupaciones caseras, tales como, por ejemplo, los que han consultado al médico sobre el tiempo o sobre el pequeño grano salido en la nariz, los que se han informado de la salud de los caballos y de sus hijos (que, dicho sea de paso, muestran grandes capacidades), los que han leído los carteles y un artículo importante en los periódicos sobre los que llegan y los que se van, y, por último, los que han bebido su taza de café o de té; a éstos se unen también aquellos a quienes el destino, envidioso, deparara la bendita categoría de "funcionario" encargado de importantes asuntos: se unen los que, empleados en el Ministerio del Exterior, destacan por la nobleza de sus ocupaciones y costumbres. ¡Dios mío! ¡Qué empleos y servicios tan maravillosos existen!... ¡Cuánto elevan y regocijan el alma! Pero..., ¡ay de mí!... Yo, por no estar empleado, he de privarme del gusto que me proporcionaría el fino comportamiento de los superiores...
Todo lo que encuentre usted en la perspectiva Nevski está impregnado de conveniencia. Los caballeros de largas levitas y manos metidas en los bolsillos; las damas de redingotes de raso blanco, rosa, azul pálido y sombrero. Aquí encontrará usted patillas únicas, a las que se deja pasar con extraordinario, con asombroso arte, bajo la corbata. Patillas de terciopelo, de raso, negras como el carbón, pero, ¡ay!, pertenecientes tan sólo a los miembros del Ministerio del Exterior. A los empleados de otros departamentos el destino les ha negado esas negras patillas, y con enorme disgusto se ven obligados a llevarlas de color rojizo.
Aquí encontrará usted maravillosos bigotes. Ninguna pluma, ningún pincel puede describirlos. Bigotes a cuyo cuidado se ha dedicado la mejor mitad de la vida, que son objeto de largas atenciones durante el día y durante la noche; bigotes sobre los que fueron vertidos exquisitos perfumes, aromas y las más raras y costosas pomadas de todas clases; bigotes que se envuelven por la noche en el más fino papel; bigotes a los que va dirigido el afecto más conmovedor de sus poseedores y que despiertan la envidia de los transeúntes.
Sombreros, vestidos, pañuelos multicolores y vaporosos, que a veces hasta dos días seguidos han logrado la preferencia de sus propietarias, podrían con sus mil clases diversas deslumbrar a cualquiera en la perspectiva Nevski.
Se diría que todo un mar de maripositas desprendiéndose de los largos tallos se eleva de repente, agitándose cual resplandeciente nube, sobre los negros escarabajos del sexo masculino. Aquí encontrará usted cinturas tales como nunca las habrá soñado: finitas, estrechitas; talles no más gruesos que el cuellecito de una botella, y al encontrarse con ellos se apartará usted con respeto, para evitar el poder tropezarlas por descuido con un codo descortés. De su corazón se apoderarán entonces la timidez y el miedo de quebrar con la desconsiderada respiración tan maravillosa obra de la naturaleza y el arte. Y ¡qué mangas de señora verá usted en la perspectiva Nevski!... ¡Ay, qué maravilla! Se asemejan un poco a dos globos de oxígeno, hasta el punto de que la dama podría elevarse en el aire si el hombre no la sujetara; porque alzar una dama en el aire resulta igual de fácil y agradable que llevarse a los labios una copa llena de champaña.
En ningún sitio, al encontrarse, se saludan las gentes con tanta nobleza y desembarazo como en la perspectiva Nevski. Aquí encontrará usted la sonrisa única, la sonrisa que es una obra maestra; a veces tal, que, por el contrario, se verá usted más bajo que la misma hierba, y a veces tal, que se sentirá más alto que el pararrayos del Almirantazgo y levantará orgulloso la cabeza. Aquí encontrará usted a los que conversan sobre el tiempo o el último concierto con una extraordinaria nobleza y el sentido de su propia dignidad. Aquí encontrará usted millares de caracteres incomprensibles y fenómenos. ¡Oh, Creador!... ¡Qué caracteres tan extraños encuentra uno en la perspectiva Nevski! Hay allí infinidad de gentes que al ver a usted le mirarán irremisiblemente a los zapatos, y si usted pasa sin detenerse, se volverán de fijo para mirarle a los faldones.
Todavía no he podido comprender por qué ocurre esto. Al principio pensé que se trataría de zapateros; pero luego resultó que no era así. La mayor parte estaban empleados en diversos departamentos; muchos de ellos podrían escribir de una manera perfecta una comunicación y dirigirla de un departamento oficial a otro, o pasearse o leer periódicos en las confiterías... O sea, que la mayor parte son gente como es debido.
En esta bendita hora de las dos a las tres de la tarde (que puede calificarse de capital movible de la perspectiva Nevski) tiene lugar la principal exposición de las mejores obras del hombre. El uno exhibe una elegante levita guarnecida del mejor castor; otro, una maravillosa nariz griega; el tercero usa unas magníficas patillas; la cuarta un par de bellos ojos y un asombroso sombrerito; el quinto, una sortija con talismán pasada al elegante meñique; la sexta, un piececito dentro de un encantador y diminuto zapato; el séptimo, una corbata que despierta la curiosidad, y el octavo, unos bigotes que sumergen en asombro. Pero... dan las tres y la exposición se termina y la muchedumbre disminuye... A las tres sobreviene un nuevo cambio.
En la perspectiva Nevski, de repente, se hace la primavera; toda ella se cubre de funcionarios de uniformes verdes. Hambrientos consejeros titulares de Corte y de otras clases emplean todas sus fuerzas en acelerar su paso. Los funcionarios jóvenes y los secretarios se apresuran a aprovechar un poco más el tiempo y a pasear por la perspectiva Nevski con un porte que no demuestra que se han pasado seis horas seguidas sentados en una oficina del Estado; pero los viejos secretarios y consejeros titulares de la Corte caminan de prisa y con la cabeza baja. No tienen tiempo de ocuparse en la contemplación de los transeúntes. No se sienten todavía liberados de sus preocupaciones. En sus cabezas hay un enredo y todo un archivo de asuntos empezados y sin terminar; ha de pasar mucho tiempo hasta que dejen de ver, en lugar de un anuncio, la carpeta llena de papeles o el rostro carnoso del jefe de la cancillería.
A partir de las cuatro la perspectiva Nevski queda vacía, y será raro que encuentre usted en ella un solo funcionario. Alguna costurerilla que, saliendo de la tienda, corre con la caja entre las manos por la perspectiva Nevski; alguna lastimosa víctima de la prodigalidad, vestida con un mísero capote; algún bobalicón a quien se encuentra de paso y para el cual las horas son iguales; alguna alta y larguísima inglesa con el ridicule y el libro entre las manos; algún cobrador, el ruso de levita de mezcla de algodón (cuya cintura descansa en mitad de la espalda) y de delgada barba, que vive una vida prendida con alfileres, en la que todo se tambalea -la espalda, los brazos, los pies y la cabeza- cuando respetuosamente circula por la acera; algún artesano... y a nadie más encontrará usted en la perspectiva Nevski.
Pero tan pronto como desciende el crepúsculo sobre las casas y las calles, y el farolero cubierto de esparto se sube en su escalera para encender los faroles, y a las vitrinas de los escaparates se asoman aquellas estampas que no se atrevían a asomarse durante el día..., entonces la perspectiva Nevski vive de nuevo y empieza a moverse. Ha llegado la hora misteriosa en la que las lámparas prestan a todo una sugestiva y maravillosa luz. Encontrará usted a muchos jóvenes, solteros en su mayor parte, vestidos de levita y cubiertos con un capote. A esta hora se percibe que las gentes persiguen un fin o al menos algo parecido a un fin, un algo excesivamente inconsciente; los pasos se hacen más rápidos y desiguales, las largas sombras se deslizan raudas por las paredes y el suelo de la calle y casi alcanzan con sus cabezas el puente Politzeiski. Los jóvenes funcionarios y secretarios pasean durante largo rato, pero los viejos consejeros titulares y de Corte se quedan en su mayoría en casa, bien porque sean casados o porque sus cocineras alemanas les preparan muy bien la comida. Aquí encontrará usted a los viejos respetables que con tan importante aire y asombrosa nobleza paseaban a las dos por la perspectiva Nevski. Les verá usted correr, lo mismo que a los jóvenes secretarios, con objeto de mirar bajo el sombrero de alguna de esas damas, cuyos gruesos labios y maquilladas mejillas tanto gustan a muchos de los paseantes y aún más a los cobradores y comerciantes que, vestidos siempre de levita al estilo alemán, circulan en tropel y cogidos generalmente del brazo.
-¡Para! -gritó en este momento el teniente Piragov, dando un tirón al joven vestido de frac y cubierto con una capa que marchaba a su lado-. ¿Has visto?
-He visto. ¡Maravillosa! Es enteramente la Biancca de Peruggini.
-Pero ¿de quién estás hablando?
-¡Pues de ella! ¡De aquella de pelo oscuro!... ¡Qué ojos!... ¡Dios mío, qué ojos!... ¡Todo!... ¡El contorno! ¡El óvalo del rostro! ¡Es un milagro!
-Te estoy hablando de la rubia. De la que pasó tras ella por aquel lado... ¿Por qué no sigues a la morena si te ha gustado tanto?
-¡Oh!... ¿Cómo hacerlo?... -exclamó el joven vestido de frac, ruborizado. ¡Como si fuera una de esas que pasan por el atardecer por la perspectiva Nevski!... ¡Debe de ser una dama muy principal! Solamente su capa debe de valer por lo menos 80 rublos.
-¡Bobo!... -dijo con viveza Piragov, empujándolo con fuerza hacia el punto en donde flotaba la capa de alegre colorido. ¡Anda, pánfilo, que se te va a escapar! Yo, mientras tanto, iré tras la rubia.
Y ambos amigos se separaron.
"¡Ya las conocemos a todas!", pensó para sí Piragov con una sonrisa complacida y vanidosa, convencido de que no existía belleza que pudiera resistírsele.
El joven del frac y la capa se dirigió con tímido paso hacia el punto en que ondeaba a lo lejos la capa de vivos colores, que tan pronto brillaba a la luz del farol, al pasar junto a éste, como se cubría inmediatamente de oscuridad al alejarse. El corazón le latía en el pecho, y sin querer apresuraba el paso. No se atrevía siquiera a pensar que pudiera tener algún derecho a la atención de la belleza que se le escapaba volando a lo lejos, cuanto menos a dar cabida en su pensamiento a la negra alusión del teniente Piragov. Sólo quería ver la casa..., fijarse en dónde tenía la vivienda aquella encantadora criatura, que parecía haber caído directamente del cielo a la perspectiva Nevski, y que seguramente desaparecería no se sabría por dónde. Marchaba tan de prisa, que empujaba sin cesar fuera de la acera a los respetables señores de canosas patillas.
Este joven pertenecía a una clase que entre nosotros constituye un fenómeno bastante raro, y que tanto podía pertenecer a la ciudad de Petersburgo como la persona que vemos en sueños al mundo real. Esta casta excepcional era muy extraordinaria en aquella ciudad, donde todos eran funcionarios, comerciantes o artesanos alemanes. Era pintor. ¿No es verdad que era aquél un extraño fenómeno? ¡Un pintor de Petersburgo! ¡Pintor en la tierra de las nieves! ¡Pintor en el país de los finlandeses..., donde todo es húmedo, liso, llano, pálido, gris y embrumado! Estos pintores no se parecen a los pintores italianos, orgullosos, ardientes como Italia y su cielo. Por el contrario, son en su mayor parte gente buena, tímida, que se turba fácilmente, despreocupada, apegada calladamente a su arte, que bebe té junto a sus dos amigos en su pequeña habitación, que habla modestamente del tema querido y no piensa en nada superfluo. Acostumbra llevar a su casa a alguna mendiga vieja y la obliga a permanecer allí durante seis horas con objeto de plasmar después sobre el lienzo su expresión lastimera sin sentimiento. Dibuja la perspectiva de su habitación, llena de fruslerías artísticas: brazos y pies de escayola, que el polvo y el tiempo han tornado del color del café; rotos y pintorescos caballetes, la paleta volcada, el amigo que toca la guitarra, las paredes manchadas de pintura, la ventana abierta, a través de la cual se ve pasar el pálido Neva y los pobres pescadores vestidos con camisas rojas. El colorido de sus obras suele ser gris y turbio, como si llevara impreso el sello del Norte.
Además, se aplican a su trabajo con verdadero deleite. Frecuentemente esconden dentro de sí verdadero talento, y si sobre ellos hubiera soplado el fresco viento de Italia, seguramente ese talento se hubiese desarrollado con la misma brillantez y libertad que la planta sacada de la habitación al aire libre. Por lo general son muy tímidos: la vista de una condecoración o de unas gruesas charreteras produce en ellos tal azoramiento, que sin querer rebajan al punto el precio de sus creaciones. Gustan a veces de elegantizarse; pero esta elegancia resulta en ellos demasiado chillona, y se asemeja un poco a un remiendo. Los verá usted a veces vestidos con un magnífico frac y una capa manchada, con un rico chaleco de terciopelo y una levita sucia de pintura, del mismo modo que verá usted la cabecita de ninfa dibujada en el fondo de la obra realizada anteriormente con deleite, si no se ha encontrado sitio mejor donde dibujarla. Nunca lo mirará directamente a los ojos, y si lo hace será de un modo vago; no lo penetrará con la mirada del observador o con aquella de águila del oficial de Caballería.
Esto sucede porque al mismo tiempo que sus rasgos está contemplando los rasgos de algún Hércules que se encuentra en su habitación o porque se está representando ante él el cuadro que se propone crear. Por eso, a menudo contesta de una manera descosida y a veces hasta incoherente, ya que todas las ideas que se mezclan en su cabeza aumentan su timidez. A esta clase pertenecía el joven pintor Peskarev, tímido y fácilmente azorado, pero cuya alma estaba llena de chispas de sentimiento dispuestas a convertirse en llama. Con oculto temblor se apresuraba hacia aquel objeto de su atención que tanto lo había asombrado, pareciendo extrañarse él mismo de su atrevimiento. La criatura desconocida que se había apoderado de sus pensamientos y de sus sentimientos volvió de repente la cabeza y lo miró. ¡Dios mío!... ¡Qué rasgos prodigiosos!... La maravillosa frente, de una blancura cegadora, estaba sombreada por el magnífico cabello. Una parte de los maravillosos bucles caía bajo el sombrero y rozaba la mejilla, teñida de un fresco y fino rubor producido por el frío nocturno. La boca parecía cerrarse sobre un enjambre de maravillosos ensueños. ¡Todos cuantos recuerdos conservamos de la niñez, todo cuanto nos conduce al ensueño o a la callada inspiración -como nos conduce la lamparita ante la imagen-, todo parecía unirse y reflejarse en su armoniosa boca! Miró a Peskarev, y el corazón de éste latió bajo aquella mirada. Lo miraba y un sentimiento de indignación se traslucía en su mirada por verse objeto de aquella persecución tan descarada; pero aun el mismo enfado era encantador en aquel rostro maravilloso.
Lleno de vergüenza y timidez, se detuvo él, bajando la cabeza; pero... ¿cómo perder de vista a esta divinidad sin saber siquiera dónde se hospedaba? Tales pensamientos llenaban la cabeza del joven soñador, que decidió seguirla. Sin embargo, para no hacerlo notar dejó aumentar la distancia que los separaba, mirando al parecer distraídamente a los anuncios, pero sin perder de vista ni un solo paso de la desconocida. Los transeúntes eran más escasos; la calle se hacía más tranquila; la bella volvió la cabeza, y a él le pareció que una ligera sonrisa brillaba en sus labios. Todo su organismo tembló, sin poder dar crédito a sus ojos. No. Era sin duda la linterna, que con su engañadora luz había hecho expresar a su rostro aquella especie de sonrisa. No. Eran sus propios ensueños los que se reían de él. Sin embargo, la respiración se detuvo en su pecho; todo latía en su interior; todos sus sentimientos ardían, y todo ante él se cubrió de una bruma. La acera pasaba volando bajo sus pies; las berlinas, con sus caballos al galope, parecían estar inmóviles; el puente se estiraba y se partía por el centro de su arco; las casas estaban invertidas; la garita le salía al encuentro, cayendo sobre él, y la alabarda del guardia, mezclada a las palabras y las tijeras dibujadas en oro, parecían brillar en las mismas pestañas de sus ojos. Todo esto lo había producido una mirada, el girar de la linda cabecita. Sin oír, sin ver, pasaba volando sobre las maravillosas huellas de aquellos piececitos, esforzándose en contener la rapidez de su paso, que marchaba al mismo ritmo que su corazón. A veces se apoderaba de él la duda. ¿Era verdad que la expresión de su rostro había sido benévola?... Entonces se detenía un momento; pero el latido de su corazón y la invencible fuerza e inquietud de todos sus sentimientos lo impulsaban hacia adelante. Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla. Sus rodillas temblaban, ardían sus pensamientos y sentimientos, un relámpago de alegría penetró con insoportable agudeza en su corazón. No. ¡Esto ya no era ensueño! ¡Dios mío! ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos!
Sin embargo..., ¿no sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida, y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera. No lo dominaba ningún pensamiento terreno; no se sentía excitado por la llama de la pasión terrena. No. En aquel minuto era limpio y puro, como el adolescente virgen que experimenta todavía la necesidad del amor espiritual. Lo que en un hombre vicioso hubiera despertado atrevidos pensamientos hacía los suyos aún más elevados.
Esta confianza otorgada por la débil y maravillosa criatura le imponía la promesa de austeridad del caballero. La promesa de cumplir como un esclavo todas sus órdenes. Deseaba únicamente que aquellas órdenes fueran las más difíciles e irrealizables para volar con mayor esfuerzo a su conquista. No dudó por un momento de que algún misterioso y al mismo tiempo importante suceso obligaba a la desconocida a hacerlo objeto de su confianza, de que le exigiría servicios de mucho interés, y sentía ya dentro de sí fuerza y decisión para todo.
La escalera ascendía, y con ella ascendían también sus fugaces ensueños.
-Vaya usted con cuidado -sonó la voz, cual un arpa, llenando nuevamente de temblor todas sus venas.
En la sombría altura del cuarto piso la desconocida golpeó en la puerta, que se abrió, y ambos entraron. Una mujer de exterior bastante agradable, llevando una vela en la mano, les salió al encuentro; pero miró a Peskarev de una manera tan extraña y descarada, que éste, sin querer, bajó los ojos. Entraron en la habitación. Tres figuras femeninas en distintos rincones se ofrecieron a sus ojos. Una de ellas hacía solitarios, otra estaba sentada ante el piano y tocaba con dos dedos una especie de lastimera y antigua polonesa, mientras la tercera, sentada ante el espejo, peinaba sus largos cabellos sin pensar en interrumpir su toilette por la entrada de una persona desconocida. El desagradable desorden que sólo se encuentra en la vivienda del solterón reinaba por doquier. Los muebles, bastante buenos, estaban cubiertos de polvo; la araña había llenado con su tela el friso tallado; por la puerta entreabierta de la habitación se veía brillar la bota guarnecida de espuela y el color rojo del uniforme, mientras una fuerte voz masculina y una risa femenina se dejaban oír sin ningún recato.
¡Dios mío!... ¡Dónde ha venido a caer!... Al principio no quería creerlo, y se puso a examinar con atención los objetos que llenaban la habitación; pero las paredes vacías y las ventanas sin visillos no revelaban la presencia de ningún ama de casa cuidadosa; los rostros gastados de estas lastimosas criaturas, una de las cuales vino a sentarse ante su misma nariz, mirándolo con la misma tranquilidad con que se mira una mancha en el vestido ajeno..., todo le confirmaba que había penetrado en el asqueroso cobijo donde tiene su morada el lastimoso vicio producto de la vana instrucción y de la terrible abundancia de gente de la capital, cobijo donde el hombre pisotea y se ríe de todo lo limpio y sagrado que adorna la vida; donde la mujer, esta gala del mundo, aureola de la creación, se transforma en un ser extraño y ambiguo, que al mismo tiempo que la pureza del alma perdió toda su feminidad, adquiriendo los repugnantes ademanes y el descaro del hombre y cesando de ser aquella débil criatura tan distinta de nosotros, pero tan maravillosa.
Peskarev la miraba con ojos asustados de pies a cabeza, como queriendo asegurarse de que era la misma que lo había hechizado, haciéndolo seguirla por la perspectiva Nevski. Ella, sin embargo, aparecía ante él igualmente bella. Su cabello era igual de maravilloso, y sus ojos continuaban pareciendo celestiales. Su frescura era radiante, tenía sólo diecisiete años y se veía que el temible vicio había hecho su presa en ella desde hacía poco tiempo, y que aún no se atrevía a rozar sus mejillas, frescas y ligeramente sombreadas de fino rubor. Era maravillosa. Peskarev permanecía inmóvil ante ella y ya dispuesto a olvidarse de todo, como se olvidaba antes; pero la bella, aburrida de tan largo silencio, le sonrió de una manera significativa mirándolo a los ojos. Esta sonrisa estaba impregnada de cierto lastimoso descaro. Era tan extraña a su rostro y le iba tan mal como la expresión beatífica al del usurero o el libro de contabilidad al poeta. Él se estremeció. Se abrió la linda boca y comenzó a decir algo, pero necio y trivial... Se veía que al hombre, al perder la pureza, le abandona también la inteligencia. No quiso escuchar nada. Se produjo de una manera risible y con la sencillez de una criatura. En vez de aprovechar tal benevolencia, en vez de alegrarse de esta ocasión, como lo hubiera hecho sin duda cualquier otro en su lugar, echó a correr como un cordero salvaje hacia la calle.
Con la cabeza baja y los brazos caídos permaneció sentado en su habitación, como el pobre que después de encontrar una perla sin precio la ha dejado caer al mar.
¡Tan bella! ¡Unos rasgos tan maravillosos..., y en qué lugar se encuentra!, era todo lo que se sentía capaz de articular.
Nunca, en efecto, se apodera tanto de nosotros la piedad como ante la vista de la belleza alcanzada por la respiración podrida del vicio. ¡Si fuera, al menos, la fealdad la que girara con él!... ¡Pero la belleza!... ¡La tierna belleza!... En nuestro pensamiento sólo puede unirse con la pureza y la limpidez. La bella que había hechizado al infeliz Peskarev era ciertamente un maravilloso y extraordinario fenómeno. Su presencia en aquel despreciable ambiente resultaba aún más extraordinaria. Todas sus facciones estaban dibujadas con tal nitidez, toda la expresión de su maravilloso rostro respiraba tal dignidad, que de ninguna manera podía creerse que el vicio hubiera dejado caer sobre ella sus terribles garras. Hubiera constituido una perla sin precio, el universo entero, el paraíso, la riqueza toda de un apasionado esposo, hubiera sido una prodigiosa y plácida estrella dentro de un círculo familiar, y un movimiento de su maravillosa boca hubiera bastado a dispensar dulces órdenes, hubiera aparecido como una diosa entre la muchedumbre de un salón, deslizándose sobre el claro parquet iluminado por el resplandor de las velas, recogiendo la callada devoción de la multitud de admiradores rendidos a sus pies... Pero, ¡ay!, por la voluntad terrible del espíritu infernal que desea destruir la armonía de la vida, había sido arrojada con risa grotesca en el abismo...
Destrozado de piedad se hallaba sentado ante la vela encendida; hacía tiempo que había pasado la medianoche, y cuando la campana de la torre dio las doce y media continuaba sentado, inmóvil, inactivo y desvelado. La somnolencia, aprovechando su quietud, comenzaba cautelosamente a apoderarse de él; ya la habitación empezaba a desaparecer; tan sólo la llama de la vela traslucía a través de los sueños, venciéndolo, cuando de repente un golpe en la puerta lo hizo estremecerse y lo obligó a recobrarse. La puerta se abrió, dando paso a un lacayo vestido de rica librea2. Jamás había entrado una rica librea en su solitaria habitación y menos aún a hora tan extraordinaria. Se quedó asombrado y mirando con impaciente curiosidad al recién llegado lacayo.
-La señora en cuya casa -dijo con un respetuoso saludo el lacayo- hace unas horas tenía usted la amabilidad de encontrarse, me ordena que le ruegue que vaya a visitarla y le envía su berlina3.
Peskarev estaba callado y sorprendido. "Berlina..., lacayo de librea... ¡No! Aquí hay seguramente una confusión...", pensó.
-Escuche, amigo -pronunció con timidez-: usted seguramente se ha equivocado de lugar. Seguramente la señora ha enviado a buscar a algún otro que no soy yo.
-No, señor; no me he equivocado. ¿No fue usted quien tuvo la amabilidad de acompañar a la señora a pie hasta la casa de la calle Leteinaia, habitación del cuarto piso?
-Sí. Fui yo.
-¡Entonces!... Dese prisa, por favor. La señora desea verle sin falta y le pide que vaya directamente a su casa.
Peskarev bajó corriendo la escalera. En efecto, en la calle había una berlina. Se sentó en ella, se cerraron las portezuelas, las piedras de la calle resonaron bajo las ruedas y los cascos, y la perspectiva de las casas, iluminadas con brillantes anuncios, pasó volando ante las ventanillas de la berlina. Peskarev reflexionaba durante el camino, sin saber cómo explicarse esta aventura. "Casa propia, berlina, lacayo de rica librea..." No podía relacionar nada de esto con la habitación del cuarto piso, las ventanas empolvadas y el piano abierto. La berlina se detuvo ante una entrada brillantemente alumbrada, asombrándole de súbito la fila de carruajes, las voces de los cocheros, las ventanas resplandecientes y el sonido de la música que llegaba hasta él. El lacayo de la rica librea lo ayudó a bajar de la berlina, acompañándolo en actitud respetuosa hasta el vestíbulo, provisto de columnas de mármol, en el que se encontraba un portero con uniforme guarnecido de oro, y se veían capas y pellizas diseminadas por diversos lugares, así como una brillante lámpara.
Una airosa escalera de refulgentes barandillas e impregnada de aromas conducía al piso superior. Ya estaba sobre ella..., ya había entrado en la primera sala, asustado y retrocediendo sus pasos a la vista de tanta gente. La extraordinaria variedad de rostros lo dejó completamente aturdido. Le parecía como si algún demonio hubiera desmenuzado el mundo en infinidad de diversos pedazos y que todos aquellos pedazos se hubieran mezclado allí. Los hombros resplandecientes de las damas, los negros fraques, las arañas, las lámparas, los vaporosos volantes de gasa, las etéreas cintas y el grueso contrabajo que asomaba por la barandilla..., ¡todo lo deslumbraba! Vio de pronto reunidos tantos viejos venerables y hombres maduros, de decorados fraques; damas que con tanta ligereza, altivez y gracia se deslizaban por el parquet o permanecían sentadas en fila; oía tantas palabras pronunciadas en francés o en inglés; era tal, además, la distinción de los jóvenes de negros fraques, hablaban y vacilaban con tanta dignidad, sabían tan bien lo que tenían que decir o no decir, con tal solemnidad bromeaban, con tal respeto sonreían, llevaban unas patillas tan perfectas, con tanto arte sabían mostrar sus impecables manos arreglándose la corbata, las damas eran tan vaporosas, estaban tan sumergidas en la propia complacencia, bajaban con tanto encanto los ojos..., que...
Pero ya la modesta actitud de Peskarev, apoyado temeroso en la columna, revelaba el aturdimiento en que se encontraba. La muchedumbre rodeaba en aquel momento el grupo de los que bailaban. Volaban entre éste transparentes creaciones de París y vestidos tejidos por el mismo aire; las bellas rozaban descuidadamente el parquet con sus piececitos y hubieran sido más etéreas todavía si no lo hubieran siquiera rozado. Pero una de ellas estaba vestida mejor que ninguna, más ricamente y con más brillantez. El gusto más exquisito podía apreciarse en toda su vestimenta, pareciendo al mismo tiempo que ella ni se preocupaba de ésta ni le concedía la menor importancia. No miraba a la muchedumbre de espectadores en torno. Sus maravillosas y largas pestañas bajaban indiferentes sobre sus ojos, y la resplandeciente palidez de su rostro sorprendía más cuando, al inclinar la cabeza, una ligera sombra cubría su encantadora frente. Peskarev puso en juego todos sus esfuerzos para, atravesando la muchedumbre, poder contemplarla, mas para mayor enojo suyo una inmensa cabeza de oscuro y rizado pelo le interceptaba sin cesar la vista. La muchedumbre, además, lo estrujaba de tal manera, que no se atrevía a avanzar ni a retroceder por miedo a empujar a alguno de los consejeros. Sin embargo, pudo al fin adelantarse, y miró su traje para arreglar su atavío. "¡Santo cielo!... ¡Qué era aquello!... ¡Tenía toda la levita manchada de pintura!" En la prisa por llegar se había olvidado de ponerse un traje conveniente. Enrojeciendo hasta las orejas, bajó la cabeza y hubiera querido que lo tragara la tierra...; pero esto era imposible. Los gentileshombres de cámara, de resplandecientes trajes, formaban tras ella una compacta pared. Deseaba ahora encontrarse lo más lejos posible de la bella de maravillosas pestañas y linda frente. Temeroso levantó la suya para cerciorarse de que no lo miraban, pero..., ¡Dios mío!, estaba ante él... "¿Qué es esto?... ¿Qué es esto?... ¡Es ella!", exclamó casi en voz alta. En efecto, era ella; la misma a la que había visto por primera vez en Nevski; a la que había acompañado hasta su vivienda.
Ella alzó los párpados y contempló a todos con su clara mirada. "¡Qué bella es, ay!...", pudo tan sólo murmurar con entrecortada respiración. La joven miraba a todo aquel círculo que deseaba atraer su atención; pero su mirada era cansada y distraída cuando sus ojos, apartándose de él, encontraron los de Peskarev. "¡Oh, qué cielo aquel! ¡Qué paraíso! ¡Que otorgue fuerzas el Creador para soportar su contemplación! ¡Una vida entera no bastaría a contenerle y destrozará y enajenará el alma!"
Le hizo una seña, pero no con la mano; fueron los ojos los que la expresaron, pero con tal fineza, que nadie pudo observarla y sólo él la comprendió. El baile se prolongó durante largo tiempo, la fatigada música parecía apagarse y morir, pero de nuevo crecía, chillaba y retumbaba. Por fin cesó. Ella se sentó; su pecho se alzaba con la respiración bajo el fino cendal de la gasa; su mano... (¡supremo Hacedor! ¡Qué mano maravillosa!) cayó sobre las rodillas, oprimiendo con su peso el vaporoso vestido que parecía irradiar música y cuyo fino color lila subrayaba aún más perceptiblemente su brillante blancura. "¡Tan sólo rozar aquella mano! ¡Nada más! ¡Ningún deseo más! ¡Cualquier otro pensamiento sería una osadía!..." Se encontraba detrás de su silla; pero no se atrevía a hablar..., no se atrevía a respirar...
-¿Está usted aburrido? -exclamó ella-. También yo me aburro. Observo que me aborrece usted -añadió después, bajando las largas pestañas.
-¿Aborrecerla yo?... ¿A usted? -intentó decir Peskarev completamente desconcertado.
Seguramente hubiera dicho muchas más incoherencias si en ese momento no se les hubiera acercado un chambelán cuya cabeza lucía un rizado tupé y que comenzó a hacer gratas e ingeniosas observaciones. Mostraba éste de agradable manera una fila de dientes bastante bonitos, mientras con cada una de sus sutilezas introducía un afilado clavo en el corazón del joven pintor. Alguien por fin, y en buena hora, se dirigió al chambelán para hacerle una pregunta.
-¡Qué insoportable es! -dijo la bella, levantando sus celestiales ojos-. Voy a sentarme al otro lado del salón. Vaya usted allí.
Después, deslizándose entre la muchedumbre, desapareció. Como un loco se abrió paso a empujones entre la muchedumbre hasta trasladarse al otro lado. "¡Conque era ella!" Estaba sentada como una reina, pero más maravillosa que ninguna, y lo buscaba con los ojos.
-¿Está usted aquí? -pronunció en voz baja-. Voy a ser sincera con usted. Seguramente le habrán parecido extrañas las circunstancias de nuestro encuentro. ¿Será posible que haya usted pensado que yo pertenecía a aquella clase despreciable entre la que me encontró? Le parecerá extraña mi actitud, pero le revelaré un secreto. ¿Será usted capaz -agregó, mirándolo fijamente a los ojos- de no traicionarlo nunca?
-¡Oh!... ¡Lo seré! ¡Lo seré!...
En aquel momento se aproximaba un caballero de edad avanzada, que comenzó a hablar con ella en un idioma desconocido para Peskarev, ofreciéndole después el brazo. La joven lanzó una mirada suplicante a Peskarev y le hizo seña de permanecer en el mismo lugar esperando su regreso; pero él, presa de impaciencia, no tenía ya fuerza para recibir órdenes, aunque partieran de aquella boca. Se dispuso a seguirla; pero la muchedumbre vino a separarlos, y dejó de ver el vestido de color lila. Intranquilo, se dirigía de una sala a otra, empujando sin miramiento a todos cuantos encontraba; pero en ellas sólo había gente sentada ante las mesas, jugando a las cartas y sumergida en silencio mortal. En el rincón de un aposento discutían varios ancianos caballeros sobre las ventajas del servicio militar sobre el civil; en otro, algunas personas vestidas con magníficos fraques desgranaban ligeras observaciones sobre el trabajo, en varios volúmenes, de un laborioso poeta. Peskarev sintió de pronto que un señor de bastante edad y respetable aspecto lo cogía por el botón de su frac, proponiéndole que opinara sobre su última, justa, observación; pero el joven lo empujó brutalmente sin fijarse en que aquél ostentaba en el pecho una condecoración en demasía significativa. Se dirigió corriendo a otro aposento, pero tampoco allí estaba ella; un tercero, y tampoco.
-¿Dónde está? ¡Démenla! -exclamó desesperado-. ¡Yo no puedo vivir sin mirarla! ¡Quiero escuchar lo que quería decirme!
Pero toda su búsqueda resultó vana. Inquieto, cansado, se apoyó en un rincón mirando a la muchedumbre. Sus ojos, forzada su vista, empezaban a verlo todo nebuloso. Por fin empezaron a aparecérsele con claridad las paredes de su habitación. Levantó los ojos; ante él estaba la palmatoria con su vela a medio consumir, cuyo sebo se derretía sobre la mesa.
¿Se había dormido entonces? Y ¡qué sueño aquel, Dios mío!... ¿Por qué se despertó?... ¿Por qué no esperó un minuto más?... ¡Seguramente que ella habría vuelto!... Una luz enojosa, como nimbo empañado y desagradable, se asomaba por la ventana. ¡La habitación estaba llena de un desorden tan turbio y tan gris!... ¡Oh, qué repugnante era la realidad!... ¿Cómo poder compararla con el sueño?... Se desvistió rápidamente y envolviéndose en la manta se echó sobre la cama, anhelando volver, aunque sólo fuera por un instante, a aquel sueño desaparecido. Éste no tardó mucho tiempo en llegar, pero no en la forma que él deseaba: tan pronto veía al teniente Piragov con una pipa en la mano, como a un portero de academia, a un consejero o la cabeza de la lechera a la que en tiempos hiciera un retrato, o cualquier otro absurdo semejante.
Hasta el mediodía permaneció echado en la cama intentando dormir, sin que ella apareciera. ¡Si tan sólo por un momento hubiera dejado ver sus maravillosos rasgos! ¡Si sólo un momento se hubiera oído el ruido de sus ligeros pasos, o hubiera pasado raudo ante él el brillo de su brazo desnudo!...
Rechazando toda otra idea, olvidándose de todo, permanecía sentado en actitud desconsolada y sumergido únicamente en aquel ensueño. Sin moverse, sin tocar ningún objeto, miraban sus ojos, vacíos de interés y de toda vida, por la ventana que se abría sobre el patio, en el que un sucio aguador vertía el agua que se hacía hielo en el aire, y la cascada voz de un vendedor pregonaba: "¿Venden ropa vieja?..." Todo lo real, todo lo cotidiano, hería de extraña manera sus oídos. Así permaneció sentado hasta la noche, en que se tendió otra vez, ansioso, sobre la cama. Durante mucho tiempo luchó con el insomnio, pero por fin pudo vencerlo. De nuevo el sueño, pero el sueño vulgar..., feo... "¡Dios mío, apiádate de mí! ¡Aunque sólo sea un minuto!... ¡Un minuto solamente, muéstramela!" De nuevo esperó la llegada de la noche, de nuevo se durmió, soñó de nuevo con algún funcionario que era a la vez funcionario y fagot. ¡Oh!... ¡Aquello era insoportable!... ¡Por fin surgió ella!... ¡Su cabecita cubierta de rizos... lo miraba!... Pero ¡qué breve había sido su aparición!... De nuevo la niebla, de nuevo un sueño disparatado.
Al cabo, aquellos sueños llegaron a constituir su vida entera, y desde ese instante su vida adquirió un giro extraño. Podía decirse que dormía despierto y velaba dormido. Si alguien lo hubiera visto sentado y silencioso, delante de una mesa vacía, o andando sin rumbo por la calle, seguramente lo hubiera tomado por un lunático o por un ser destrozado por el abuso de las bebidas alcohólicas. Su mirada no revelaba la existencia de ningún pensamiento, y su habitual distracción había ido en aumento, hasta el punto de borrar de su semblante todo rastro de sentimiento. Sólo cuando llegaba la noche volvía a la vida.
Tal estado llegó a agotar sus fuerzas, siendo por fin su mayor martirio la pérdida total del sueño. Deseando defender aquella su única riqueza, puso en juego todos los medios para recobrarla. Había oído decir que había algo para conseguirlo y que esto era tan sólo el opio. Pero ¿dónde procurarse este opio? Recordó que conocía a cierto persa que tenía una tienda de chales y que siempre que lo encontraba le pedía que le hiciera el dibujo de alguna bella. Decidió dirigirse a él, pensando en que sin ninguna duda podía procurarle el opio que buscaba. El persa lo recibió sentado sobre sus pies cruzados en el diván.
-¿Para qué quieres el opio? -preguntó. Peskarev le refirió su insomnio.
-Bien. Yo te daré el opio que quieres, pero tendrás que dibujarme alguna beldad. Que sea bonita, que tenga las cejas negras y los ojos grandes como las aceitunas y que me dibujes a mí echado a su lado fumando mi pipa. ¿Me oyes? Que sea bonita..., que sea muy bonita.
Peskarev lo prometió todo. El persa salió un instante del aposento y volvió trayendo un tarrito lleno de un líquido oscuro, del que cuidadosamente vertió parte en otro tarrito que entregó a Peskarev diciéndole que no había de emplear más de siete gotas disueltas en agua. Ansioso, cogió aquél el valioso tarrito, que ni por un montón de oro hubiera cambiado, y alocado volvió a su casa. Al llegar a ésta echó unas cuantas gotas en un vaso de agua, las bebió y se echó a dormir.
¡Dios mío! ¡Qué alegría!... ¡Ella!... ¡Otra vez ella! Pero ahora completamente en distinto aspecto. ¡De qué bella manera estaba sentada junto a la ventana de una alegre casita de campo! Su vestimenta respiraba aquella sencillez con que la revistió el pensamiento del poeta. El peinado... ¡Qué sencillo este peinado y qué bien le iba!... Un pequeño pañuelo estaba echado al desgaire sobre su esbelto cuello. Todo en ella era recato, todo revelaba un inexplicable sentido del gusto. ¡Qué grato y gracioso modo de andar el suyo! ¡Cuánta música en el sonido de sus pasos y en el de su sencillo vestido! ¡Qué linda su muñeca oprimida por un brazalete!... Le decía, con una lágrima temblándole en los ojos:
-No me desprecie... No soy la que usted cree... ¡Míreme! ¡Míreme fijamente y dígame!... ¿Puedo ser yo capaz de lo que usted piensa?
-¡Oh!... ¡No, no! ¡El que se atreva a pensarlo...!
Pero en aquel momento se despertó, conmovido, deshecho y con los ojos llenos de lágrimas. "¡Más valiera que no hubieras existido nunca! ¡Que no hubieras pertenecido a este mundo y fueras sólo producto de la inspiración del artista! ¡No me hubiera entonces separado del lienzo, y eternamente te hubiera mirado y te hubiera besado!... ¡Hubiera vivido, hubiera respirado de ti como de un maravilloso ensueño y hubiera sido dichoso! ¡No hubiera tenido otros anhelos! Te hubiera evocado como a un ángel guardián antes del sueño o la vigilia, contemplándote cuando tuviera que expresar algo beatífico. En cambio, ahora..., ¡qué terrible vida!... ¿De qué puede servirme vivir? ¿Acaso la vida de un loco puede ser grata para los parientes y amigos que lo quisieron en un tiempo? ¡Dios mío!, ¿qué vida es la nuestra? ¿Una eterna pugna entre el sueño y la realidad?"
Semejantes pensamientos se sucedían en él sin cesar. No pensaba en nada. Apenas comía nada, y sólo con la impaciencia y pasión del amante esperaba la noche y con ella la llegada de la tan deseada aparición. Aquellos pensamientos, siguiendo siempre un mismo curso, llegaron a adquirir tal dominio sobre su ser y su imaginación, que la deseada imagen se le aparecía ya casi cada día y siempre en un aspecto contrario a la realidad; tan límpidos e iguales a los de un niño eran sus pensamientos. A través de aquel ensueño el objeto que lo motivaba se hacía más puro, transformándose completamente.
El opio encendía más vivamente sus pensamientos, y no hubo nunca un enamorado hasta un último y mayor grado de locura; uno más impulsivo, terrible, arrollador y rebelde que este pobre infeliz.
Entre todos sus sueños había uno que lo alegraba particularmente sobre los otros. Soñaba con su estudio. ¡Se veía en él tan alegre!... ¡Con tanto deleite sostenía la paleta entre las manos!... Ella estaba sentada allí. Era su mujer. Sentada a su lado, apoyaba su codo encantador sobre el respaldo de su silla, observando su trabajo. Sus lánguidos y cansados ojos parecían cargados de dicha. En toda la habitación se respiraba un ambiente de paraíso. ¡Era todo tan claro, tan cómodo! ¡Oh, supremo Creador!... Ella inclinaba su maravillosa cabecita sobre su pecho... ¡Nunca había tenido un sueño mejor! Después de él, se levantó más despejado y menos distraído que antes.
En su mente nacían extraños pensamientos. "¡Quién sabe si ha sido empujada al vicio por alguna terrible e involuntaria circunstancia! ¡Quién sabe si su alma se siente inclinada al remordimiento!... Puede que ella misma quiera escapar a su terrible situación... ¿Será posible asistir indiferente a su perdición, cuando bastaría tenderle la mano para sacarla de ella?" Sus pensamientos iban cada vez más lejos. "Nadie me conoce -se decía-. ¿A quién importo yo y quién me importa a mí? Si da pruebas de un claro remordimiento y cambia de vida, me casaré con ella. ¡Debo casarme con ella! Y seguramente haré mejor que otros que se casan con sus amas de llaves y hasta a menudo con las más despreciables criaturas. Mi rasgo, en cambio, sería desinteresado y hasta puede que grande. Devolveré al universo su más maravilloso adorno."
Cuando hubo formado este proyecto sintió que el rubor encendía su rostro. Se acercó al espejo y se asustó de la demacración de sus mejillas y de la palidez de su rostro. Comenzó a vestirse esmeradamente. Se lavó, se peinó, se puso un frac nuevo y un elegante chaleco, se echó una capa sobre los hombros y se lanzó a la calle. Al respirar el aire libre sintió un frescor en el corazón como el convaleciente que sale por primera vez después de una larga enfermedad. El corazón le latía al acercarse a aquella calle que sus pies no habían vuelto a pisar desde el fatal encuentro.
Empleó mucho tiempo en buscar la casa, pues la memoria parecía fallarle. Dos veces pasó por la calle sin saber ante qué casa detenerse. Por fin, en una creyó ver la que buscaba. Subió apresuradamente la escalera y golpeó sobre la puerta, que se abrió y... ¿quién imaginan ustedes que le salió al encuentro? ¡Su ideal! ¡Su imagen misteriosa! ¡El objeto de sus ensueños, al que se sentía tan terriblemente ligado con tanto sufrimiento y a la vez con tanta dulzura!... ¡Ella! ¡Ella misma estaba delante de él!... Temblando, apenas podía sostenerse sobre los pies en su arrebato de alegría: ¡tal era su debilidad!
Estaba tan hermosa como siempre, aunque sus ojos parecían adormecidos y la palidez asomaba a su rostro, que comenzaba a perder algo de su frescura. Sin embargo, seguía siendo hermosa.
-¡Ah!... -exclamó al ver a Peskarev y restregándose los ojos; en aquel momento eran las dos de la tarde-. ¿Por qué huyó usted de nosotras aquel día?
Exhausto, él había caído sentado en una silla y la miraba.
-Acabo de despertarme. Me trajeron a las siete de la mañana. Estaba completamente borracha -añadió con una sonrisa.
¡Oh! ¡Más hubiera valido que fuera muda antes que pronunciar tales palabras!... Como en un panorama, toda la vida de aquella mujer se mostró ante los ojos de él. No obstante, resolvió probar si sus admoniciones eran capaces de ejercer algún efecto. Recobrando el ánimo, con la voz temblorosa y al mismo tiempo llena de pasión, empezó a dibujarle todo el horror de la situación en que la veía. Ella lo escuchaba con atención y con aquel sentimiento de asombro que despierta en nosotros lo inesperado y lo extraño. Sonriendo ligeramente, dirigió una mirada a su amiga sentada en un rincón, que, dejando de limpiar el peine que estaba limpiando, se puso también a escuchar con atención al nuevo predicador.
-Es verdad que soy pobre -dijo por último Peskarey, después de su largo sermón- pero trabajaremos, nos esforzaremos a cuál más en mejorar nuestra vida. Nada hay más grato que debérselo todo a sí mismo. Yo, ocupado con mis pinturas; tú, sentada a mi lado, inspirando mis trabajos, bordarás o te emplearás en otras labores manuales, y no necesitaremos de nada más.
-¿Cómo iba a ser posible eso? -dijo ella, interrumpiendo su discurso y con cierto desprecio-. Yo no soy ninguna costurera o lavandera... para ponerme a trabajar.
¡Dios mío!... ¡Toda aquella vida baja y despreciable, que el ocio y el vacío, los dos fieles compañeros del vicio, ocupaban únicamente, se revelaba en estas palabras!
-¿Por qué no se casa usted conmigo? -dijo con descaro, de pronto, la amiga, que hasta entonces permanecía callada en un rincón-. Si yo llego a ser su mujer, me pasaré la vida así sentada.
Y diciendo esto, su lastimoso rostro adoptó una necia expresión, que hizo reír mucho a la bella.
¡Oh! ¡Esto ya era demasiado! Para soportarlo no le quedaban fuerzas. Incapaz de pensar ni de sentir ya nada, echó a correr fuera de allí. Su cerebro se turbó. Estúpidamente, sin rumbo determinado, vagó todo el día por las calles. Nadie pudo saber nunca dónde pasó la noche, y sólo a la mañana siguiente el torpe instinto lo condujo a su casa, en la que penetró pálido, con terrible aspecto y síntomas de locura en el semblante. Se encerró en su habitación, sin dejar pasar a nadie ni pedir nada. Cuatro días transcurrieron y su cuarto continuaba cerrado; después, una semana, sin que éste se abriera.
Se acercaron las gentes a su puerta, empezaron a llamar a ella, pero sin recibir respuesta; por fin la forzaron, y encontraron su cadáver con un tajo en la garganta. Una navaja cubierta de sangre se encontraba en el suelo, mientras que por sus brazos convulsivamente extendidos y el rostro terriblemente contorsionado podía deducirse que su mano no había sido certera y que había sufrido largo tiempo antes de que su alma pecadora abandonara su cuerpo.
Así, pues, pereció, víctima de su loca pasión, el pobre tímido, modesto, infantilmente ingenuo Peskarev, dotado de aquella chispa de talento que quién sabe si algún día se hubiera trocado en brillante llama. Nadie lo lloró, nadie estuvo junto a su cadáver en aquella hora, fuera del acostumbrado policía y el indiferente médico municipal. Su ataúd, sin celebración de oficios religiosos, fue llevado a Ojta, y con la única compañía de un viejo guarda, antiguo soldado, quien no cesó de llorar durante el fúnebre acto, y esto porque había bebido demasiado vodka. Ni siquiera el teniente Piragov vino a contemplar el cadáver del infeliz al que en vida dispensara su alta protección. No tenía tiempo para ello en aquel momento, pues se había visto mezclado con un acontecimiento extraordinario. Vamos, pues, a ocuparnos de él.
No me gusta nada todo lo relacionado con los difuntos, y siempre me resulta desagradable contemplar el desfile de un entierro, con su largo cortejo que se atraviesa en el camino, y cómo un soldado inválido, vestido de capuchino, se ve obligado a tomar rapé con la mano izquierda, porque lleva la derecha ocupada en sujetar un hachón. La vista de una rica carroza fúnebre, con su ataúd de terciopelo, causa siempre enojo en mi alma, mientras que la caja rota y desnuda de un pobre diablo, tras la que se arrastra una mendiga que no tenía mejor cosa que hacer y que se cruzó con él en la calle, me produce, en cambio, una mezcla de enojo y compasión.
Me parece recordar que abandonamos al teniente Piragov en el momento en que se separaba del desdichado Peskarev, apresurándose tras la rubia. Era esta rubia una criaturita ligera y bastante atractiva. Se detenía ante todas las tiendas, miraba los cinturones, pañuelos, pendientes, guantes y demás chucherías, moviéndose sin cesar, mirando en todas direcciones y volviendo la cabeza hacia atrás. "Bien, bien..., palomita mía", decía con aire satisfecho de sí mismo Piragov, prosiguiendo su persecución y ocultando el rostro bajo el embozo del capote, por si encontraba a alguno de sus conocidos. No estará de más, sin embargo, dar a conocer a los lectores quién era el teniente Piragov.
Antes de decirlo, convendría también ocuparnos un poco de la sociedad a que éste pertenecía. Hay algunos oficiales en Petersburgo que constituyen una cierta clase media de la ciudad. En la comida ofrecida por un consejero que después de cuarenta años de servicios obtuvo su categoría, encontrará usted siempre a uno de ellos. Entre unas cuantas pálidas (y tan descoloridas como Petersburgo) hijas de familia, de las cuales algunas alcanzaron una excesiva madurez; junto a la mesita de té, el piano y en medio de los bailes familiares, inseparables de todo esto, verá usted brillar a la luz de la lámpara, entre la rubia formalita, su hermanito o el amigo de la casa, las inevitables charreteras. No es empresa fácil divertir ni hacer reír a estas señoritas de sangre fría, y es preciso para ello disponer de mucho arte o, mejor dicho, no tener ninguno. Es necesario hablar de una manera que no sea ni demasiado inteligente ni demasiado chistosa y que todo esté impregnado de aquella mezquindad que tanto gusta a las mujeres.
En su habilidad para ejercitar este arte, hay que hacer justicia a dichos señores oficiales. Estos tienen el don especial de saber hacer reír y de saber escuchar a estas bellas descoloridas. Exclamaciones ahogadas en risa, semejantes a éstas: "¡Ah!... ¡Cállese ya!... ¿No le da vergüenza hacer reír de esa manera?...", suelen ser para ellos la mejor recompensa.
En la alta sociedad no se les ve con frecuencia; mejor dicho, no se les ve nunca. Son arrojados de ella por los llamados aristócratas. Sin embargo, se les considera gente erudita y bien educada. Les agrada charlar de literatura, alaban a Bulgarin, Pushkin y Grech y hablan con desprecio y de manera punzante de A.A. Orlov. No dejan pasar ninguna conferencia sin asistir a ella, aunque ésta verse sobre la contabilidad o sobre selvicultura. En el teatro, sea cual sea la obra, verá usted siempre a alguno de ellos, a no ser que la obra representada sea Filatki o cualquier otra de este género, que tanto ofende a su refinado gusto. En el teatro se pasan la vida. Son el público más ventajoso para las empresas teatrales. De una obra les agradan especialmente los buenos versos; también les complace llamar a escena con fuerte voz a los artistas. Muchos de ellos, por tener un empleo de profesor en una institución del Estado o por preparar a los alumnos para una de esas instituciones, llegan a poseer un coche y un tronco de caballos. Su círculo entonces se amplía y consiguen por fin hasta casarse con la hija de un comerciante, que sabe tocar el piano y que tiene 100,000 (o cerca de 100,000) rublos de dote y un montón de parientes barbudos. Sin embargo, a este honor no pueden aspirar hasta alcanzar por lo menos el grado de coronel, porque aquellos barbudos, aunque todavía olieran a coles, no querrían de ninguna manera casar sus hijas más que con generales o por lo menos con coroneles.
Éstos son los principales rasgos que caracterizaban a dichos jóvenes. El teniente Piragov, sin embargo, tenía una serie de habilidades de su propiedad particular. Sabía declamar de excelente manera los versos de Dimitri Donskoi y de Gore ot Uma, tenía un arte especial para extraer sortijillas de humo de su pipa (logrando formar hasta diez, las unas dentro de las otras), contaba con mucha gracia la anécdota del cañón y el rinoceronte. En suma, resulta bastante difícil enumerar todas las facultades con que el destino había dotado a Piragov. Gustaba de opinar sobre alguna actriz o bailarina, pero no con el tono rotundo con que suele hacerlo un joven alférez. Se sentía contento de su graduación, a la que sólo hacía poco tiempo ascendiera, aunque a veces, tendido en el diván, solía repetirse: "Todo son vanidades... ¿Qué importa que yo sea teniente?" Sin embargo, interiormente le halagaba aquella distinción.
En las conversaciones solía aludir a su graduación, y una vez, habiendo encontrado en la calle a un escribano del ejército que le pareció descortés, detuvo a éste y en pocas, pero enérgicas palabras, le hizo entender que ante él estaba un teniente y no un oficial cualquiera. Se sentía además especialmente elocuente, pues en ese momento pasaban delante de él dos señoras bastante agraciadas. Por lo general, Piragov aparentaba sentir pasión por todo lo que fuera fino, y protegía al pintor Peskarev, aunque esto tal vez ocurriera porque sentía grandes deseos de ver reproducida sobre un lienzo su vigorosa fisonomía. Pero ya hemos hablado bastante de las cualidades de Piragov. El hombre es una criatura tan portentosa, que resulta imposible enumerar todas sus cualidades, pues cuanto más considera uno éstas, más aparecen otras nuevas, por lo que la descripción de todas ellas sería interminable.
Así, pues, dijimos que Piragov continuaba su persecución de la desconocida, dirigiéndole de cuando en cuando alguna pregunta, a la que ella contestaba brevemente y con sonidos poco articulados.
Después de atravesar la puerta de Kasañ salieron a la calle Meschanskaia, calle de los estancos, de las tiendas de ultramarinos, de los artesanos alemanes y de las ninfas prebálticas. La rubia apresuró el paso y entró volando por la puerta de una casa bastante sucia. Piragov la siguió. Ella subió corriendo la estrecha y oscura escalera y se adentró por una puerta, por la que también Piragov penetró valientemente. Se encontró en una gran habitación de negras paredes, cuyo techo estaba sucio de hollín. Un montón de tornillos de hierro e instrumentos del mismo metal -relucientes cafeteras y palmatorias- estaba encima de la mesa. El suelo aparecía sembrado de virutas de cobre y de hierro. Piragov comprendió en el acto que aquélla era la casa de un artesano. La desconocida se metió por una puerta lateral. Piragov dudó un momento sobre lo que debía hacer; pero luego, siguiendo las reglas rusas, decidió seguir adelante. Entró en una segunda habitación, que no se parecía en nada a la primera y en la que reinaba cierto aseo, por lo que comprendió que su dueño era alemán. Después, la vista de algo particularmente extraño lo dejó asombrado.
Ante él estaba sentado Schiller. No aquel Schiller que escribió Guillermo Tell y la Historia de la guerra de los Treinta Años, sino el célebre Schiller, maestro forjador de la calle Meschanskaia. Junto a Schiller estaba, en pie, Hoffmann. No el escritor Hoffmann, sino el hábil zapatero de la calle Ofitzerskaia, gran amigo de Schiller. Éste, borracho, estaba sentado en una silla, golpeando el suelo con el pie y diciendo algo apasionado. Quizá esto solo no hubiera bastado a asombrar a Piragov; pero lo que sí le extrañó sumamente fue la posición singular de las figuras.
Schiller, sentado y alzando la cabeza, levantaba su asaz gruesa nariz, mientras Hoffmann sujetaba ésta con dos de sus dedos y daba vueltas sobre su superficie, con la mano, a una cuchilla de zapatero. Ambos hablaban en alemán, por lo que el teniente Piragov, que únicamente sabía decir en esta lengua guten Morgen, no podía comprender de lo que se trataba. En realidad, las palabras de Schiller eran las siguientes:
-¡No la quiero! ¡No necesito para nada la nariz! -decía gesticulando-. Sólo la nariz me hace gastar tres libras de tabaco al mes... ¡Por cada libra tengo que pagar 40 kopeks en una mala tienda rusa..., porque en la alemana no tienen tabaco ruso!... ¡Los pago!... Eso hace un rublo y 20 kopeks... ¡Al año..., 14 rublos y 40 kopeks! ¿Lo estás oyendo, amigo Hoffmann?... ¡Sólo la nariz me cuesta 14 rublos 40 kopeks!... Además, añade que los días de fiesta tomo rapé4, porque esos días no quiero tabaco ruso malo. Me tomo al año 2 libras de rapé, que me cuestan 2 rublos cada una. Seis..., más 14..., son 20 rublos 40 kopeks... ¡Sólo en tabaco! ¿Es o no es un robo, te pregunto yo, amigo Hoffmann? ¿No es verdad?... -Hoffmann, también borracho, le contestaba afirmativamente-. ¡20 rublos y 40 kopeks!... ¡Soy alemán!... ¡Tengo un rey en Alemania!... ¡Yo no quiero mi nariz! ¡Córtamela! ¡Toma mi nariz!
Es indudable que sin la aparición del teniente Piragov, Hoffmann se la hubiera cortado, en efecto, sin más ni más, pues ya tenía cogida la cuchilla de la manera que se suele coger ésta cuando se dispone uno a cortar una suela. El que un desconocido, una persona extraña, viniera de pronto a molestarlos, produjo gran enojo a Schiller. A pesar de encontrarse bajo los vapores de la cerveza y del vino, sentía la inconveniencia de mostrarse en aquel estado y ocupado en tal operación ante un testigo. Mientras tanto, Piragov, inclinándose ligeramente, según su grata manera, dijo:
-Perdóneme...
-¡Fuera! -gritó Schiller, prolongando las sílabas.
Esto dejó perplejo al teniente Piragov. Tal conducta era completamente nueva para él. La sonrisa que empezaba a dibujarse en su rostro desapareció de repente. Con una expresión de dignidad afligida, dijo:
-Me parece esto extraño, señor mío... Seguramente no se ha fijado usted en que soy oficial...
-Y ¡qué importa que sea usted oficial! ¡Yo soy alemán de Suabia! También yo seré oficial alguna vez. Año y medio de junker, dos de teniente... Como quien dice, mañana seré oficial. ¡Pero no quiero servir! ¡A un oficial le hago yo así!
Y diciendo esto, Schiller sopló sobre la palma de su mano. El teniente Piragov comprendió que no le quedaba otra cosa que hacer más que marcharse. Esto, sin embargo, no se avenía con su rango y le resultaba desagradable. Mientras bajaba se detuvo varias veces en la escalera, como queriendo recobrar el ánimo y pensar en la manera de hacer sentir a Schiller su atrevimiento. Por fin decidió que se le podía perdonar, porque tenía la cabeza llena de cerveza y porque, además, su imaginación seguía ocupada en la bonita rubia, en vista de lo cual resolvió dar al olvido el asunto.
Al día siguiente, muy de mañana, el teniente Piragov se presentó en la forja del maestro. En la primera habitación le salió al encuentro la linda rubia, que con una voz bastante severa, que iba muy bien a su carita, le preguntó:
-¿Qué desea usted?
-¡Hola, guapita! ¿No me reconoce, picaruela? ¡Qué ojos tan bonitos!...
Y diciendo esto, el teniente Piragov intentó de graciosa manera levantarle la barbilla.
Pero la rubia, asustada, lanzó una exclamación, y con la misma severidad volvió a preguntarle:
-¿Qué desea usted?
-Verla nada más -dijo el teniente Piragov, sonriendo agradablemente y acercándose más a ella; pero observando que la asustadiza rubia intentaba deslizarse por la puerta, añadió-: Necesito, monina, encargarme un par de espuelas. ¿Podría usted hacérmelas? Aunque el que la quiera, más que espuelas necesitaría riendas. ¡Qué manitas tan lindas!
El teniente Piragov era siempre sumamente amable en esta clase de conversación.
-Voy a llamar en seguida a mi marido -exclamó la alemana.
Se fue, y a los pocos minutos el teniente Piragov vio aparecer a Schiller, con ojos adormilados y apenas recobrado de su borrachera de la víspera. Al mirar al oficial recordó como un sueño embrumado los acontecimientos del día anterior. No se acordaba de nada determinado, pero tenía el sentimiento de haber hecho alguna tontería, lo cual le hizo recibir al oficial con aire severo.
-Por un par de espuelas no puedo llevar menos de quince rublos -dijo, deseando deshacerse de Piragov, pues como honrado alemán le daba vergüenza encontrarse ante quien lo viera en situación inconveniente.
A Schiller le gustaba beber sin testigos, sólo en compañía de dos o tres amigos, y durante este tiempo se ocultaba a los ojos de todos, incluso de sus empleados.
-¿Por qué tan caro? -dijo Piragov, con cariñoso acento.
-Es un trabajo alemán -contestó Schiller con sangre fría, acariciándose la barbilla-. Un ruso llevaría por ello dos rublos.
-Muy bien. Para demostrarle que me inspira usted afecto y que deseo llegar a conocerle, le pagaré quince rublos.
Schiller se quedó parado un momento, reflexionando. En su calidad de honrado alemán, sentía vergüenza. Deseando declinar el encargo, declaró que antes de dos semanas no podría hacerlas. Pero Piragov, sin discusión alguna, manifestó su conformidad.
El alemán, pensativo, empezó a meditar sobre cómo efectuar el trabajo para que éste valiera, en efecto, quince rublos. En este momento la rubia penetró en la forja, poniéndose a buscar algo en la mesa llena de cafeteras. El teniente, aprovechando la meditación de Schiller, se acercó a ella y estrechó su brazo desnudo hasta el mismo hombro. Esto no gustó en absoluto a Schiller.
-Meine Frau! -gritó.
-Was wollen Sie doch? -contestó la rubia.
-Gehen Sie a la cocina!
La rubia se retiró.
-Entonces, ¿dentro de dos semanas? -preguntó Piragov.
-Sí... Dentro de dos semanas -contestó pensativo Schiller-. Ahora tengo mucho trabajo.
-Adiós. Ya vendré a verlo.
-Adiós -contestó Schiller, cerrando la puerta tras él. El teniente Piragov decidió no abandonar su empresa, a pesar de que la alemana le había dado pocas alas. No podía comprender cómo se le podía rechazar, cuando su amabilidad y brillante rango lo hacían acreedor a toda clase de atenciones. Hay que decir también que la mujer de Schiller, a pesar de su grato exterior, era muy tonta. La tontería, por otra parte, constituye el encanto principal de una esposa guapa; yo, por lo menos, he conocido a muchos maridos que se sienten encantados de la estupidez de sus mujeres y ven en ellas todos los síntomas de una ingenuidad infantil. La belleza hace en este punto verdaderos milagros.
Todos los defectos morales en una bella, en lugar de producir repugnancia, se tornan extraordinariamente atrayentes; el vicio mismo se respira en ellas con agrado; desaparece, en cambio, la belleza, y necesita una mujer ser por lo menos veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle, si no amor, por lo menos estimación. La mujer de Schiller, a pesar de su estupidez, era siempre fiel a su deber, y por ello había de ser bastante difícil a Piragov conseguir éxito en su atrevida empresa; empero, al vencimiento de los obstáculos va siempre unido un goce, y la rubia se le hacía cada día más interesante. Comenzó a venir con bastante frecuencia a preguntar por sus espuelas, cosa que acabó aburriendo a Schiller, hasta el punto de que empleó todos sus esfuerzos para terminarlas cuanto antes. Por fin quedaron hechas.
-¡Qué magnífico trabajo! -exclamó el teniente Piragov al ver las espuelas-. ¡Dios mío! ¡Qué bien hechas están! ¡Ni siquiera nuestro general tiene unas iguales!
Un sentimiento de satisfacción floreció en el alma de Schiller. Sus ojos adquirieron una expresión de alegría e hizo las paces con Piragov. "El oficial ruso es un hombre inteligente", pensó para sí.
-Entonces, ¿podría usted hacer también una empuñadura a un puñal o a cualquier otro objeto?
-¡Oh! ¡Claro que puedo! -dijo Schiller con una sonrisa.
-Pues entonces hágame una empuñadura a un puñal. Tengo uno turco muy bueno, al que quisiera cambiársela.
Esto fue como una bomba para Schiller. Su frente se frunció de repente. "Ahora esto...", pensó para sí, reprochándose el haber sido el causante de que le encargaran un nuevo trabajo. Rehusar le parecía una falta de honradez, y además el oficial ruso había alabado su trabajo. Movió ligeramente la cabeza, expresando su conformidad; pero el beso que Piragov al marcharse depositó con descaro en los mismos labios de la linda rubia lo sumergió en el mayor asombro.
No considero superfluo hacer conocer al lector más estrechamente a Schiller. Era éste un verdadero alemán, en todo el sentido de la palabra. Ya a los veinte años, en aquella dichosa edad en que el ruso vive como le viene en gana, había Schiller organizado su vida entera sin apartarse en ningún momento de aquel modo de vivir. Decidió levantarse a las siete de la mañana, comer a las dos, ser exacto en todo y emborracharse cada domingo. Decidió en el transcurso de diez años hacerse un capital de 50,000 rublos, y su decisión era tan firme y tan invencible como el destino mismo. Antes podría olvidarse un funcionario de dar la consabida vuelta por la portería de su superior, que un alemán faltar a su palabra.
En ningún caso aumentaba sus gastos, y si el precio de las papas era más alto de lo corriente, no añadía para su compra ni una sola kopeika, sino que reducía su cantidad, y aunque se quedaba a veces un poco hambriento, llegaba a acostumbrarse. Su exactitud se extendió hasta el punto de decidir no besar a su mujer más de dos veces en veinticuatro horas, y para no hacerlo ni una sola vez más no tomaba más que una cucharadita de pimienta en la sopa, aunque hay que decir que el domingo esta regla no se ejecutaba tan severamente, porque Schiller aquel día se bebía dos botellas de cerveza y una de vodka con cominos, que, sin embargo, solía ser objeto de su censura. Su manera de beber no era igual a la de un inglés, que en cuanto acaba de comer cierra la puerta con pestillo y se emborracha solo. Él, por el contrario, como buen alemán, bebía con inspiración; unas veces con el zapatero Hoffmann y otras con el carpintero Kuntz, también alemán y gran borracho. Así era, pues, el carácter del distinguido Schiller, que por esta vez se veía en una situación excesivamente difícil. A pesar de ser flemático y alemán, el proceder de Piragov despertaba en él algo semejante a los celos. No obstante, movía la cabeza y no podía encontrar la manera de deshacerse de aquel oficial ruso. Mientras tanto, Piragov, fumando su pipa en el círculo de sus amigos (porque quiere el destino que donde haya oficiales haya pipas), hacía alusiones significativas, envueltas en grata sonrisa, sobre la aventura respecto de la bonita alemana, con la cual, según sus palabras, tenía ya mucha amistad, aunque en realidad casi había perdido ya toda esperanza de inclinarla a su favor.
Un día, mientras paseaba por la calle Meschanskaia mirando a la casa sobre la que destacaba hermosamente el anuncio de Schiller, en el que aparecían cafeteras y algún samovar, percibió con la mayor alegría la cabecita de la rubia, que se inclinaba por la ventana para mirar a los transeúntes. La saludó con la mano y dijo:
-Guten Morgen.
La rubia lo saludó a su vez como a un conocido.
-Qué, ¿está en casa su marido?
-Sí; está en casa -contestó la rubia.
-Y ¿cuándo no está en casa?
-Los domingos no está en casa -dijo la tontita rubia. "Bien -pensó para sí Piragov-. Hay que aprovechar esto."
Al domingo siguiente, como un aguacero inesperado, apareció ante la rubia. Schiller no estaba, en efecto, en casa. La linda dueña se asustó; pero Piragov, procediendo esta vez con mucho cuidado, la trató con gran respeto y mostró al saludarla toda la arrogancia de su esbelto talle. Bromeó agradablemente y con gran consideración; pero la tontita alemana le contestaba de una manera lacónica. Al cabo, y viendo que nada podía divertirla, le propuso bailar. La alemana se mostró conforme al momento, pues a todas las alemanas les agrada mucho bailar.
Piragov basaba mucho en esto sus esperanzas; primeramente, porque le gustaría; segundo, porque le daría ocasión de lucir su silueta y su habilidad, y tercero, porque bailando podía uno aproximarse más, abrazar a la bonita alemana y empezar su conquista. En una palabra, en esto radicaría su éxito.
Comenzó por una gavota, sabiendo que con las alemanas hay que emplear cierta graduación. Ella se colocó en el centro de la habitación y alzó el maravilloso piececito. Tal actitud admiró tanto a Piragov, que se apresuró a besarla. La alemana se puso a gritar, lo que la hizo aún más encantadora a los ojos de Piragov, que la cubrió de besos. De repente, la puerta se abrió y por ella entró Schiller, acompañado de Hoffmann y el carpintero Kuntz. Todos estos dignos artesanos estaban borrachos como cubas.
Dejo a mis lectores juzgar del frenesí y la indignación que se apoderaron de Schiller.
-¡Bruto! -gritaba, presa de la mayor furia-. ¿Cómo te atreves a besar a mi mujer? ¡Eres un canalla y no un oficial ruso! ¡Qué diablos, amigo Hoffmann! ¡Yo soy alemán, por fortuna, y no un cochino ruso! ¡Oh!... ¡No consiento que me engañe mi mujer! ¡Agárralo por el cuello, amigo Hoffmann!... ¡No lo consiento! -prosiguió, gesticulando mientras su cara se semejaba al paño rojo de su chaleco-. ¡Ocho años hace que vivo en Petersburgo! ¡En Suabia vive mi madre, y mi tío en Nüremberg! ¡Soy alemán! ¡Desnúdenlo! ¡Amigo Hoffmann, amigo Kuntz!... ¡Cójanlo por los pies y por las manos!
Y los alemanes cogieron por los pies y por las manos a Piragov. En vano se esforzaba éste por luchar. Aquellos tres artesanos eran los más robustos de todos los alemanes de Petersburgo. Se portaron con él de una manera tan brutal y tan descortés, que confieso no poder encontrar palabras capaces de describir el triste acontecimiento.
Estoy seguro de que al día siguiente Schiller, presa de una fuerte fiebre, temblaría como la hoja del árbol, esperando la llegada de la policía, como también estoy seguro de que hubiera dado todo lo indecible porque lo ocurrido la víspera hubiera sido un sueño. Sin embargo, esto ya no tenía remedio. En cuanto al enfado e indignación de Piragov..., nada había que pudiera comparárseles. La idea sólo de tan terrible ofensa le producía frenesí. Consideraba a Siberia y a todos los látigos como el ínfimo castigo para Schiller. Marchó corriendo a su casa para desde allí, después de vestirse, dirigirse directamente al general y describirle con los más vivos colores la furia de los artesanos alemanes. También se proponía presentar una queja al Estado Mayor, pensando también en elevar ésta aún más alto si el castigo infligido era pequeño.
No obstante, todo aquello terminó de una manera extraña: durante el camino entró en una confitería, en la que se comió dos hojaldres; leyó alguna cosa en el diario Abeja del Norte y salió de allí más aliviado del enfado. Además, la tarde, fresca y agradable, lo invitó a dar un paseo por la perspectiva Nevski.
Hacia las nueve, y habiéndose ya tranquilizado, empezó a encontrar incorrecto el molestar al general en un domingo, pensando también que estaría ausente. Por tanto, se dirigió a una reunión que celebraba en su casa el jefe del Colegio de Inspectores, a la que acudía una sociedad muy agradable compuesta de funcionarios y oficiales. Pasó con gran gusto la velada, distinguiéndose de tal manera al bailar la mazurka, que maravilló no solamente a las damas, sino también a los caballeros.
"¡Qué mundo tan extraño el nuestro!", pensaba yo cuando pasaba hace tres días por la perspectiva Nevski, acordándome de estos acontecimientos. ¡De qué modo tan singular, tan incomprensible, juega con nosotros el destino!... ¿Conseguimos alguna vez lo que deseamos? ¿Alcanzamos aquello para lo que están dispuestas nuestras fuerzas?
Todo ocurre, por el contrario, al revés. Al uno otorgó la suerte maravillosos caballos y pasea con ellos indiferente, sin reparar en su belleza, mientras que otro, cuyo corazón arde de pasión por los caballos, camina a pie y se satisface tan sólo chascando la lengua cuando delante de él pasa un buen trotador. Aquél dispone de un magnífico cocinero; pero, desgraciadamente, su boca es tan pequeña que no puede pasar por ella más de dos pedacitos; otro la tiene, en cambio, del tamaño del arco del edificio del Estado Mayor y ha de contentarse con comida alemana hecha a base de papas. ¡De qué extraña manera juega con nosotros el destino! Pero lo más singular de todo esto son los sucesos que ocurren en la perspectiva Nevski. ¡Oh!... ¡No crea usted en la perspectiva Nevski! Yo, cuando paso por ella, me envuelvo más fuertemente en mi capa y me esfuerzo en no mirar nada de lo que me sale al encuentro. ¡Todo es engaño! ¡Todo es ensueño! ¡Todo es otra cosa de lo que parece!
Imagina usted que el señor que pasea vestido de levita tan maravillosamente hecha es muy rico... Pues nada de eso. Ese señor se compone sólo de su levita. Usted imagina que aquellas dos gordinflonas detenidas ante una iglesia están apreciando su arquitectura... Nada de eso. Hablan de la manera extraña con que dos cuervos se sentaron uno frente a otro. A usted se le figura que aquel entusiasta que gesticula está contando cómo su mujer tiró por la ventana una bolita a un oficial desconocido..., cuando de lo que está hablando es de La Fayette. Piensa usted que estas damas... Pero a las damas créalas usted lo menos posible. Contemple lo menos posible los escaparates de las tiendas. Las bagatelas expuestas en ellas son maravillosas, pero huelen a enorme cantidad de dinero..., y, sobre todo..., ¡Dios le guarde de mirar bajo los sombreritos de las damas!... Aunque a lo lejos vuele, atrayente, la capa de una bella..., por nada del mundo iré en pos de ésta a curiosear. Lejos..., por amor de Dios..., ¡más lejos del farol! Pase usted muy de prisa, lo más de prisa que pueda, delante de él. Tendrá usted suerte si lo único que le ocurre es que le caiga una mancha de aceite maloliente sobre su elegante levita. Pero no es sólo el farol lo que respira engaño.
En todo momento miente la perspectiva Nevski; pero miente sobre todo cuando la noche la abraza con su masa espesa, separando las pálidas y desvaídas paredes de las casas, cuando toda la ciudad se hace trueno y resplandor, y minadas de carruajes pasan por los puentes, gritan los postillones saltando sobre los caballos y el mismo demonio enciende las lámparas con el único objeto de mostrarlo todo bajo un falso aspecto.

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