viernes, 5 de junio de 2009

Una luz al final del túnel (Historia de un adicto recuperado)


B.M. (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El siguiente relato nos llegó a la redacción de Argenpress Cultural como una colaboración más de tantas que llegan. No es quizá, en términos literarios, la mejor creación; pero tiene un valor intrínseco enorme: es el testimonio de un joven de 16 años que pudo recuperarse de la drogodependencia. Nos pareció muy importante incluirlo en esta edición como un hermoso aporte, más aún considerando la naturaleza de su autor.

Había una vez, hace mucho tiempo un joven común y corriente que era muy normal, salía a jugar fútbol con sus amigos, iba al colegio, etc., como cualquier joven, hasta que un día empezó a probar drogas y le empezó a gustar. Al principio no parecía afectarle, pero después de un tiempo ya no tenía el mismo efecto y entonces empezó a probar drogas más fuetes y ya se sumergió cada vez más en el asunto. Empezaba a notar que le estaba afectando, pues empezó a bajar las notas, se puso más delgado y tenía unas grandes ojeras y se llevaba mal con los padres.

Un día sus padres empezaron a revisar en su cuarto porque sabían que algo le estaba pasando, porque aparte de todo lo que le pasaba, también se desaparecía dinero en la casa, el cual él usaba para comprar drogas y entonces sus padres encontraron sus drogas y el dinero que había desaparecido y entonces decidieron hablar con su hijo acerca del tema. Cuando llegó a casa, los padres le empezaron a hablar acerca del mal de las drogas y él no quiso hablar con ellos y se enojó, así que decidió mudarse de la casa sin que los padres se dieran cuenta y se pasó a vivir al apartamento de un amigo que también se drogaba y dejó de estudiar.

Entonces todos los días se drogaba y ya se notaba que era dependiente y empezó a caer en la depresión y ya no era el mismo de antes. Ya era un caso perdido, hasta que un día que estaba tan drogado empezó a tener un mal viaje y empezó a recordar todos los momentos humillantes y tristes de su vida. Alucinó que sus padres estaban enfrente de él y le decían “qué decepción” y le daban la espalda y se iban y él los llamaba y no le respondían. Después alucinó de cómo iba a parar dentro de unos años y empezó a sentirse mal hasta que se desmayó y lo tuvieron que llevar al hospital y logró salir con suerte. Y después de que salió empezó a sentir deseos de seguir consumiendo, pero después de lo que había pasado ya no quería seguir haciéndolo y su fuerza de voluntad se impuso ante sus deseos y se disculpó con sus padres y volvió a vivir con ellos y siguió estudiando y se graduó y tiene un trabajo honrado y fueron gracias a su fuerza de voluntad que ahora es una persona de éxito y feliz.

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Arte tras el cristal antibalas


Jon Juanma (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace poco murió un buen amigo mío, pintor alemán afincado en la Costa Blanca. Pasaba de los ochenta, amante de todo lo bueno, vividor como él solo. Llegó a la Hispania moderna como tantos otros germanos amantes de los pinceles y los pigmentos: buscando plasmar en sus lienzos la poderosa luz que baña estas tierras con sabor mediterráneo. Claro, también vino aquí por la playa, el vino, la temperatura y todo lo demás, por supuesto.

La semana pasada, su hijo me telefoneó explicándome que había venido desde Berlín para completar la colección pictórica que tenía su padre en su residencia de Altea, aportando unas obras inéditas que había descubierto en su estudio de Essen. Amablemente me invitó a pasar una noche en su casa para conocer a su familia, y de paso poder apreciar las pinturas desconocidas de Philipp.

El encuentro fue muy grato, Franc, como se llama el hijo, es un culto profesor de universidad, de educación ejemplar y trato exquisito. La cena que preparó junto a su mujer estaba deliciosa y las obras de mi buen amigo traídas de Alemania eran realmente fascinantes. Pero al despedirnos, sucedió algo realmente embarazoso. Al salir de la casa, me indicó que la visita a la exposición costaba 20 euros, que fuera tan amable de pagarle y que no me preocupase que aceptaba tanto pago al contado como con tarjetas, Mastercard o Visa, daba igual. Aunque me pareció una broma de pésimo gusto, por no estropear la velada, sonreí y me dirigí al ascensor como restando importancia a la ocurrencia. Pero él me cogió del brazo y con gesto airado, me enseñó un documento un tanto arrugado. Era un contrato de la SGAE 1, basado en una reciente ley que afirmaba que a partir de ahora, las familias de los artistas se debían beneficiar obligatoriamente ante cualquiera (con la única excepción de los familiares de primer grado) de la explotación económica de la obra del desaparecido durante los 50 años siguientes a la muerte del susodicho, en concepto de “derechos de autor”. Me resultó extraño, porque mi amigo el único derecho que se me ocurría podía disfrutar ya era el del descanso (que no es poco). Aún así, yo, como atento cumplidor de la ley, saqué el billete de color azulado y aforé religiosamente.

Sin embargo y enlazado con lo anterior, mucho más asombroso fue lo que me ocurrió el pasado martes al visitar la biblioteca pública de mi ciudad. Hice propósito de leer una de esas novelas que toda persona “culta” que aspira a decir que lee sin sonrojarse, debe haber devorado, tanto del pasado como del presente. Así que me dirigí al edificio público con intención de sacarme un par de esos clásicos de ayer y de hoy. Llámenme “snob”, y quizás lo sea un poco, pero me cansé de ser un paleto “novelil” ante tanto ensayo filosófico, económico y sociológico almacenado en mi memoria que poco producto me rendía en mis relaciones sociales (salvando el Kamasutra claro). Las novelas lucen más, se lo digo yo, más distraídas y rentables de cara a adquirir capital simbólico con los demás. ¡Maldito capitalismo que todo lo cosifica y transforma en mercancía! 2

La cuestión es que me dirigí a la bibliotecaria y le pedí un ejemplar de “Otelo” de Shakespeare. Ésta me contesto que no estaba. Le pregunté por algo más sencillo: - ¿“Romeo y Julieta”?, -Nada señor, vaya a Reino Unido a leer uno-. Sorprendido, le pregunté si tenía “Los miserables” de Víctor Hugo. -Vaya a París, allí los tienen todos- respondió.- ¿”Guerra y Paz”?- dije desesperado, - Pruebe en Moscú- afirmó ella sin despeinarse. Ya me estaba mosqueando cuando le pregunté, no sin ironía, por “El Elogio a la Locura” de Erasmo de Rotterdam y eso ya fue demasiado para mi....-Si es tan amable, vaya a Rotterd...- ¡Ya está bien señora!-le dije alzando la voz. Un silencio (mayor) se hizo en la sala y los allí presentes se quedaron observándome inquisitivamente. -No entiendo nada, señora- le dije, con dulce y sosegada voz, como niño bueno que se retracta de haber obrado mal. -Verá caballero, a partir de la ley europea del 23 de marzo, ratificada por el Parlamento Europeo y propuesta por la Comisión, las reproducciones de los libros deben ser leídas en el país de origen del autor-. Ante la cara de higo pasado que se me quedó, la mujer, visiblemente preocupada, con intención de tranquilizarme, dijo: -Pero no se preocupe caballero, que todos esos libros estarán traducidos al castellano, no hará falta que aprenda ruso para leer a Tolstoi, sólo hacer un viajecito a Rusia.

Ficciones aparte, con las artes plásticas pasa algo parecido. Mientras los políticos y los popes culturales de modo paternalista afirman que el arte está alejado del pueblo, o más bien el pueblo del arte (pueblo tonto ya se sabe, culpable él solito de todos sus males), él mismo permanece preso en cárceles llamadas museos. Es cierto que no hay un interés tan grande de parte de los sectores populares por ver obras de Velázquez o de Rodin como de ver la última película de Brad Pitt o Jessica Alba. ¿Por qué? Quizás tenga algo que ver entre otras razones, además de los abdominales de Pitt y las curvas de Alba, la obligatoriedad de pagar para poder entrar a los museos como si se tratara del cine o Eurodisney (depende del estatus del museo) o que para ver “La Gioconda” tengamos que viajar a París del mismo modo que para ver “El Discóbolo” 3 haya que desplazarse hasta Gran Bretaña.

Haciéndome eco de lo afirmado por Óscar Tusquets en “Todo es comparable”, no tiene sentido que en la época de la reproductibilidad técnica, cuando se pueden tener reproducciones fidedignas de las pinturas e idénticas de las esculturas, haya que peregrinar a un determinado lugar para disfrutar de una pieza artística. Si podemos considerar “disfrutar” claro, a amontonarse tras un grupo de turistas ansiosos por echar fotos 4, que miran apelotonados a varios metros una obra protegida por un cristal de seguridad inmune a la metralla y a los ataques bacteriológicos, mientras la voz del guía narra en perfecto japonés 5 cuál fue el último propietario histórico de la insigne pieza.

Si de verdad hubiera voluntad de acercar el arte al pueblo, a los “ciudadanos de a pie”, lo primero que debieran hacer nuestros políticos sería tener claro que el arte es patrimonio de la humanidad y no negocio de unos pocos, para acto seguido desmitificar el fetiche de la obra original. Podríamos tener perfectamente museos de reproducciones fidedignas, con las piezas más importantes del arte universal, en cada país, incluso en cada comunidad autónoma. Tener un Discóbolo y una Gioconda en cada museo público, al lado de casa, del mismo modo que en cada biblioteca pública tenemos un ejemplar de “Otelo” o de “Los miserables”. Por ahora, claro.

Notas:
1) Siglas de la Sociedad General de Artistas Españoles, grupo de presión de los derechos de propiedad intelectual
2) Qué bueno esto de la crisis que a los marxistas, hasta hace muy poco marginados como “diplodocus” y demás bichejos pre-ordenadores portátiles, nos da de pronto la posibilidad de sacar a relucir nuestro pedigrí intelectual en todo círculo “cultureta”. Algo tenía que tener bueno, la jodida crisis.
3) Reproducción en sí misma ahora de gira “super star” por Alicante con el absurdo halo de “copia original”, si Walter Benjamin levantara la cabeza...
4) Inútiles por otra parte, ya que sin flash salen movidas.
5) Disculpe el lector pero todo japonés hablado me parece “perfecto” al no tener ni idea del mismo.

* Jon Juanma es el seudónimo artistico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, artista plástico, analista político y teórico del Socialismo.


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¿Cree usted en Dios, sí o no?


Jorge Majfud (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me preguntan si creo en Dios y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no.

Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde.

La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro si o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el dios por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido. ¿Le gusta usted Santiago? Perdone, ¿cuál Santiago? ¿Santiago de Compostela o Santiago de Chile? ¿Santiago del Estero o Santiago Matamoros?

Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios. Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios.

La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía. No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras. Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito.

¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales. ¿Cómo creer en un dios de corbata los domingos, que grita y se hincha las venas condenando a quienes no creen en semejantes aparato de guerra y dominación? ¿Cómo creer en un dios que en lugar de liberar somete, castiga y condena? ¿Cómo creer en un dios mezquino que necesita la política menor de algunos fieles para ganar votos? ¿Cómo creer en un dios mediocre que debe usar la burocracia en la tierra para administrar sus asuntos en el cielo? ¿Cómo creer en un dios que se deja manipular como un niño asustado en la noche y sirve cada día los intereses más repudiables sobre la tierra? ¿Cómo creer en un dios que dibuja misteriosas imágenes en las paredes húmedas para anunciar a la humanidad que estamos viviendo un tiempo de odios y de guerras? ¿Cómo creer en un dios que se comunica a través de charlatanes de esquina que prometen el cielo y amenazan con el infierno al que pasa, como si fuesen corredores de bienes raíces?

¿De qué dios estamos hablando cuando hablamos de Dios Único y Todopoderoso? ¿Es el mismo Dios que manda fanáticos a inmolarse en un mercado el mismo Dios que manda sus aviones a descargar el infierno sobre niños e inocentes en su nombre? Tal vez sí. Entonces, yo no creo en ese dios. Mejor dicho, no quiero creer que semejante criminal sea una fuerza sobrenatural. Porque bastante tenemos con nuestra propia maldad humana. Solo que la maldad humana no sería tan hipócrita si se dedicara a oprimir y a matar en su propio nombre y no en nombre de un dios creador y bondadoso.

Un Dios que permite que sus manipuladores, que no tienen paz en sus corazones hablen de la paz infinita de Dios mientras van condenando a quienes no tienen fe. A quines no tienen fe en esa trágica locura que le atribuyen cada día a Dios. Hombres y mujeres sin paz que se dicen elegidos por Dios y van proclamándolo por ahí porque no les resulta suficiente que Dios los haya elegido por su dudosas virtudes. Esos terroristas del alma que van amenazando con el infierno, con voces suaves o a los gritos a quienes se atreven a dudar de tanta locura.

Un Dios creador del Universo que debe acomodarse entre las estrechas paredes de casas consagradas y edificios sin maleficios levantados por el hombre, no para que Dios tenga un lugar en el mundo sino para tenerlo a Dios en un lugar. En un lugar propio, es decir, privatizado, controlado, circunscripto a unas ideas, a unos párrafos y al servicio de una secta de autoelegidos.

Luego la acusación clásica para todo aquel que dude de los reales atributos de Dios establecidos por la tradición es la de soberbia. Los furiosos predicadores, en cambio, no se detienen un instante a reflexionar sobre su infinita soberbia de pertenecer y hasta de guiar y administrar el selecto club de los elegidos del Creador.

Lo único que le pido a Dios es que exista. Pero cada vez que veo estas hordas celestiales me acuerdo de la historia, cierta o ficticia, del cacique Hatuey, condenado a la hoguera por el gobernador de Cuba, Diago Velásquez. Según el padre Bartolomé de las Casas, un sacerdote lo asistió en sus últimas horas tratando de ganarlo para el cielo si se convertía al cristianismo. El cacique le preguntó si se encontraría allí con los hombres blancos. “Si —respondió el cura—, porque ellos creen en Dios”. Lo que fue razón suficiente para que el rebelde desistiera de aceptar la nueva verdad.

Entonces, si Dios es ese ser que camina detrás de sus seguidores en trance, la verdad, no puedo creer en él. ¿Para qué habría el Creador de conferir razón crítica a sus creaturas y luego exigirles obediencia ciega, temblores alucinados, odios incontrolables? ¿Por qué habría Dios de preferir los creyentes a los pensantes? ¿Por qué la iluminación habría de ser la pérdida de la conciencia? ¿No será que la inocencia y la obediencia se llevan bien?

¿Y todo esto quiere decir que Dios no existe? No. ¿Quién soy yo para dar semejante respuesta? Solo me preguntaba si el creador del Universo realmente cabe en la cáscara de una nuez, en la cabeza de un misil.

Jorge Majfud es uruguayo residente en Estados Unidos.


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Sombra y fulgor


Agustín Díaz Pacheco

La bondad, reflejada en su curtido rostro, la piel herida por las huellas que implacablemente esculpe el tiempo tras largos años de resistencia, decidida lucha y penosos desencuentros y encuentros, despóticamente arbitrados los que condenan al exilio. Esto referido al prolífico y excelente escritor Mario Benedetti; más de 80 libros de poesía, cuentos, novelas, ensayos y guiones cinematográficos constatan una intensa y fecunda trayectoria. Algo importante a destacar: su humanidad, realzada por una digna sencillez y el estricto compromiso. De él se ha escrito con ternura: “Se fue una parte del Uruguay valiente. Gracias por el ejemplo, gracias por el fuego”; en palabras del escritor y profesor uruguayo Jorge Majfud (Lincoln University of Pennsylvania, EEUU).

Pero si la muerte intenta tender su callada sombra, la memoria irradia e impone homenajeadora luz, porque su talento, antes de su adiós, demostró ser firme baluarte de la literatura latinoamericana. Desde su actividad como periodista, hombre de acción (Movimiento de Independientes 26 de Marzo, integrado en el Frente Amplio, Izquierda Unida ha de perseverar), partícipe efectivo contra la dictadura, y exiliado a Argentina, Perú, Cuba y España. Ahora, en el territorio sin fronteras de la literatura -en el que nunca falta, al contrario, narcisismo, soberbia, desdén, abrirse paso a codazos, falsedades, trampas, y la siempre repugnante prepotencia-, el hombre nacido en Paso de Toros (Tacuarembó, Uruguay), se convirtió en cronista de una aciaga época para la libertad y el emancipador avance democrático; jamás mero espectador, siempre radicalmente ajeno a las comodidades, nunca escribió para satisfacer egoísmos personales y absurdas vanidades, abundante en numerosos mentecatos. ¿Qué pensaría Mario Benedetti ante lo manifestado por el adocenado Gabriel García Márquez: “Escribir es el trabajo más solitario del mundo”? Podría elevarse la hipótesis, posteriormente confirmada, de su mayúsculo soporte ético, que lo condujo a la resistencia, el exilio y a la doble soledad: el fallecimiento de su esposa Luz López, aquejada de Alzheimer, y la silenciosa hechura concretada en escribir para sobrellevar la ausencia de su amada mujer.

Adversario de los tiranos y víctima de éstos, elevó su actitud, escritos y voz frente al frío silencio de otoñales patriarcas. Nada fácil la difícil vida del escritor uruguayo, y es que la zozobra que pretende el dominante no encuentra acomodo en personas con principios. Puede valer que Uruguay -donde los canarios jugaron decisivo papel histórico- fue estimada la Suiza de Latinoamérica, y hoy es la demostración de un país cuyo gobierno -coalición Frente Amplio- amplía la proximidad del sueño despierto de un horizonte deseado. Adquiere justeza lo ya escrito: “Se fue una parte del Uruguay valiente. Gracias por el ejemplo, gracias por el fuego”, escrito por Jorge Majfud. Ha llegado el instante en el cual el fulgor vence a la sombra. Gracias, entrañable Mario Benedetti, has sido coraje e inmemorial fulgor.

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En torno a la propiedad privada (Parte III)


Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Intermedio de reflexión cristiana

El profesor Demetrio Velasco Criado se propone dejar bien en claro cuáles son los males que acarrea el capitalismo vigente, que Juan Pablo II había denominado “capitalismo salvaje”. Y para ello no ahorra conceptos ni definiciones como para que se entienda cómo se debe analizarlo y juzgarlo. «El capitalismo real de nuestros días, que nada tiene de democrático, se caracteriza por un control cada vez más oligárquico de los procesos socio-económicos y, por lo que hace a nuestro tema, por un proceso de acelerada “privatización del mundo”, que refleja las perores amenazas para el porvenir de nuestro ecosistema». Agrega ahora a sus críticas las consecuencias que tiene para el planeta el uso abusivo de una forma de propiedad que no repara en las consecuencias inmediatas, de mediano y largo plazo, por la imposición excluyente del “sagrado lucro”.

«El poder creciente y casi incontrolable de las grandes transnacionales para imponer esta lógica mercantilista (que lleva a esa carrera acelerada de macrofusiones), se refleja en la voluntad de apropiarse de todo lo que puede ser estimado como convertible y liquidable… De este modo, la apropiación privada de conocimientos científicos, de organismos y formas de vida que son fruto de la naturaleza, de procesos sociales de construcción de la realidad y, finalmente, de cualquier actividad que refleje el trabajo histórico y social de la humanidad, se convierte en el objetivo de dicho capitalismo global». Esto se va agravando porque se encuentra ideológicamente respaldado y legitimado por organizaciones internacionales cuya prédica se vale de los medios de comunicación para convertirla en doctrina incuestionable. La libertad de la persona, confundida sin miramientos por el liberalismo económico en libertad de los mercados, avala ese tipo de prácticas económicas que llevan adelante las multinacionales, sujetos excluyentes de la práctica de esa libertad que atenta contra la libertad de los más.

Es así que la apropiación de los bienes naturales, por el método que les sea más rentable, que no excluye el simple latrocinio, el saqueo, el desarraigo de poblaciones enteras, la eliminación de variedades de especies existentes, la deforestación, la desertificación de miles de hectáreas, la alteración climática que produce grandes sequías seguidas de inundaciones atroces, etc., son prácticas económicas avaladas por la Organización Mundial del Comercio, más aún, legalizadas y legitimadas por ella. Todo ello va acompañado por el requerimiento de la privatización de cuantos servicios públicos les apetezcan. Mientras las grandes empresas multinacionales impongan como ley la ley del mercado y desconozcan la existencia de tantas leyes vigentes que rigen el ámbito público en los países de la periferia, por debilidad o impotencia, desinterés, complicidad, desidia, colaboración, confabulación, de los niveles dirigentes y políticos, es muy poco lo que se puede remediar.

Pero de aquí no debe deducirse el escepticismo, sino la imperiosa necesidad de tomar conciencia de todo ello, convertirlo en debate público, transformarlo en militancia cotidiana, para detener e impedir el avance ideológico que sostiene este mundo capitalista. En ese debate se debe comenzar por aclarar que una ley de mercado, por más científica que aparezca en su enunciado, no puede estar por encima del funcionamiento político de los Estados. Decir que la ley de mercado no tiene carácter político es encubrir que se impone mediante las decisiones políticas de las grandes empresas y que dictatorialmente deben ser cumplidas por el público consumidor. Además muchas de esas decisiones condicionan, en el mejor de los casos, o imponen a muchos gobiernos limitaciones y definen la agenda política, social o económica, de acuerdo a sus intereses.

Estamos frente a consecuencias graves por la disparidad de fuerzas con que se enfrentan algunos Estados. Son mega-empresas cuyos presupuestos son mucho mayores que el producto bruto de ellos. El camino de la privatización sin límites es un desafío político para la estabilidad de sus gobiernos, para el funcionamiento de sus parlamentos y para las decisiones del poder judicial, como se ha podido apreciar en el plano internacional.

Llegados a este momento del análisis de la sociedad capitalista, y del papel que juega dentro de ella la propiedad privada, debemos detenernos para concedernos un momento de reflexión crítica. Si queda bien entendido lo ya dicho se nos impone conseguir para nosotros la mayor cantidad y calidad de argumentos para enfrentar un debate necesario, que se presenta como muy duro y extenuante. Debemos enfrentar la lógica que sostiene el pensamiento dominante, arraigado por la prédica de siglos, consolidado en el asentamiento de la sociedad burguesa como fundamento de ésta, y esto no es tarea sencilla. La necesidad de armarnos con una lógica diferente convierte la tarea en una exigencia ardua. Puesto que de aceptar la lógica dominante hemos concedido disputar en el terreno que nuestro enemigo ideológico nos ofrece. Esta es una de las razones por la cual va sumergiéndose nuestra conciencia en un escepticismo lacerante. Por lo que la primera premisa a pensar es: sólo la construcción de un pensamiento alternativo es condición imprescindible para entrar en el debate.

Aceptado esto debemos introducirnos en el terreno de la filosofía para encontrar allí los conceptos y criterios que nos habiliten a discurrir por otros senderos. Ya hemos visto que la propiedad ha adquirido diferentes formas a lo largo de la historia como necesidad de responder a los requerimientos de cada etapa y de cada sociedad. Cada una de ellas necesitó definir formas y modos institucionales que dieran cobijo a las prácticas sociales, políticas y económicas que emanaban de la actividad de los hombres. En ellas se expresaban modos de propiedad diferentes. A su vez, en la medida en que esos hombres se adecuaban en sus relaciones sociales a las normativas que regían esas prácticas iban moldeando paralelamente sus conciencias, sus caracteres, sus conductas, perfilando un modelo antropológico acorde y adecuado a ese orden social. De aquí se desprende, y no es difícil comprender, que siendo el modelo de propiedad la base de sustentación de las relaciones entre los hombres, éste incidiera en el perfil de hombre que imponía.

Pero, para cada uno de los hombres de esas sociedades, y esto es parte de una necesidad del proceso histórico, las normas, los hábitos, las conductas, se van moldeando en una matriz en la que ellos colaboraron como comunidad en elaborar a través de las generaciones, razón por la cual no aparece frente al individuo sino como algo exterior que se le presenta y se le impone. El proceso de producción de la historia, entendido en el sentido más abarcador del concepto, es el resultado de la obra colectiva y, sin embargo, esto se le oculta a cada uno de los sujetos participantes de la cultura individualista. Por ello, todavía hoy, decimos que los acontecimientos sociales, de todo tipo, le resultan ajenos a cada uno de los sujetos y, en tanto tales, extraños a su voluntad individual. Marx expresó este fenómeno particular, que es necesario dejar claro, con la siguiente frase: «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia», que podemos adecuar diciendo: «No son los hombre individuales, sino la sociedad en tanto tal, la que determina la Historia, sino que es la Historia la que determina a los hombres individuales».

Aquí aparece la propiedad ejerciendo su derecho a definir las acciones de los hombres. Cada sociedad, como quedó dicho, se ha estructurado en torno a un modelo de propiedad, la nuestra lo ha hecho a partir de la aparición de la sociedad capitalista y su forma de propiedad privada burguesa. Por lo que la relación de los hombres entre sí está determinada por el poseer o el no poseer, dejando en un segundo plano muy lejos de esta definición central las diferentes aptitudes, capacidades, modalidades de los hombres.

El sistema de propiedad emerge del sistema de producción. Siendo éste el modo en que cada sociedad se propone resolver la atención de las necesidades básicas de todo conglomerado humano. Por ello afirma Ignacio Ellacuría (1930-1989), filósofo jesuita, ex-Rector de la Universidad Católica de El Salvador, que: «Dentro de las fuerzas sociales, especial significado tienen lo que pudieran llamarse fuerzas económicas. Como hecho bruto es innegable –y hoy más que nunca- el creciente peso de lo estrictamente económico en la configuración de la sociedad y en la marcha de la historia». Esto no debe ser interpretado como un determinismo que anularía la libertad personal, sino que debe tenerse presente el condicionamiento que produce. Hay una relación recíproca entre la conducta de cada uno de los participantes y el peso de la estructura social, se condicionan mutuamente. «De ahí que, dado el carácter de las fuerzas en juego, es posible presumir no sólo lo que va a ocurrir, sino incluso cuál va a ser la dirección conjunta de las opciones personales, dado un determinado sistema de posibilidades».

En esta última frase quedan explicitadas las consecuencias que se pueden encontrar en las personas pertenecientes y participantes de una determinada sociedad, para nuestro caso la sociedad capitalista y su cultura burguesa, por lo que «es posible presumir no sólo lo que va a ocurrir», es decir cómo se van a configurar los perfiles de personalidad de ellos sino, también, «cuál va a ser la dirección conjunta de las opciones personales, dado un determinado sistema de posibilidades». Traducido a nuestro tema, qué tipo de conducta es esperable para el conjunto de los hombres, y para ellos individualmente, que nacen y se desenvuelven en este tipo de sociedad. Es aquí donde comienza a aparecer el papel de la propiedad privada burguesa. Sin olvidar que, dentro del juego de las libertades personales, no puede dejarse de lado la consideración de las opciones libres que pueden adoptar cada uno de ellos, en una línea que puede ir en contra de lo que las fuerzas sociales condicionan. Por ejemplo, las conductas solidarias, la abnegación y entrega en ayuda de los necesitados, el sacrificio y el heroísmo, etc., aparecen en todos los períodos de la historia como muestra de la capacidad humana para ir en socorro del necesitado.

Todo ello no obsta para poder observar que dentro de lo señalado el peso mayoritario de inclina a favor de los que ceden a la fuerza de esas mareas. Por ello es posible y necesario pensar y determinar con la mayor claridad posible la capacidad de esas fuerzas para configurar personalidades funcionales al sistema. La cultura, como una de las fuerzas que moldea las conductas, va troquelando las conciencias individuales conforme a un patrón dominante. Siguiendo el análisis del caso que nos ocupa, la propiedad dentro del capitalismo actual, la condicionalidad de labrar un camino personal de realizaciones económicas en la lucha contra los otros participantes dentro del marco de la competencia, acicatea las pasiones personales requiriéndoles el máximo de egoísmo para el logro del consabido éxito. Este enfrentamiento exige la utilización de las armas más eficaces para ese logro, por lo cual triunfa quien más vence y esto es premiado económicamente, pero también culturalmente por el reconocimiento social. Estos valores que se imponen se verán cultivados con especial dedicación en cuanto señalan la posibilidad de transitar los mejores caminos.

Nos estamos acercando a la comprensión de cómo funciona un sistema institucional que se manifiesta en diferentes dimensiones de la educación personal: la familia, el colegio, los institutos superiores, la universidad, las academias, etc. Todo ese abanico de organizaciones valora de acuerdo a la tabla imperante y premian a los mejores en esos torneos sociales. El egoísmo como valor institucional es la matriz de formación del hombre de la sociedad capitalista burguesa y esto puede encontrarse ya en los clásicos del pensamiento económico del siglo XIX. Esto no impide que se enarbolen en abstracto los valores de la solidaridad y el asistencialismo.

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El individuo desplaza a la persona

El gran logro de Occidente, respecto de las experiencias históricas distintas, anteriores o contemporáneas, ha sido la construcción del individuo, es decir el hacer posible el surgimiento de una identidad individual, anclada en la persona de cada ser humano. Diferente cada una, dentro de la matriz base de la identidad colectiva, compartida con otros seres humanos, en razón de su pertenencia a un espacio común determinado por condiciones de parentesco, étnicas, de lengua o de creencias. La multiplicidad de pertenencias que se va generando en la medida en que la sociedad se complejiza, dificulta e incluso imposibilita la identidad exclusivamente colectiva como lo fue antes, y hace posible el surgimiento de un individuo, con múltiples lealtades y referentes, entendido ahora como un sujeto autónomo gracias al reconocimiento progresivo de los derechos humanos y al ocurrir esto se produjo una ampliación del campo de libertades posibles para los seres humanos .

Este proceso a la vez construyó dos campos de existencia y de prácticas sociales diferenciados entre sí dentro de los cuales operan los seres humanos: uno el campo de la vida privada, en el cual se produce una enorme ampliación de lo posible, en relación hacia las anteriores formas de existencia humana, donde el control social era muy elevado; y el otro, es el ámbito de la vida pública, que continúa siendo un espacio en el cual el control social sigue teniendo una enorme relevancia y por tanto los grados reales de libertad son más reducidos.

«Es posible interpretar la evolución cultural descrita que, constituyeron estos dos ámbitos diferenciados, como un proceso de maduración humana colectiva, tal como sucede en los procesos de maduración individual en los niños, ya que el centro de decisión se traslada desde un control social externo: la comunidad cualquiera que ésta sea [podríamos hablar de ella como alteridad u otredad], a un control interno (los valores o la moralidad propia de cada individuo). Es decir un desplazamiento desde el hacer o no algo porque alguien me lo dice o recomienda (el temor al qué dirán), a hacerlo como resultado de mis propias convicciones. Es así como en la reflexión moral se habla actualmente del paso desde una tradicional ética del mandato y de la obediencia a una ética del deber, que es donde hoy estaríamos, y que requerimos transitar hacia una ética del compromiso y de la responsabilidad, esto es, una ética de la alianza».

El capitalismo trata de empujarnos a consumir reconociendo esta dualidad anclada en nuestra naturaleza por un largo proceso de enseñanza y adecuación al sistema. Por un lado nos trata de convencer apelando al juicio experto, a la domesticación publicitaria, al que dirán, a la aceptación por parte de terceros. Pero también busca infiltrarse e instalarse en el plano de nuestros deseos, de nuestros impulsos profundos, de nuestros temores y ansiedades, y también de nuestra permanente búsqueda de felicidad. Para ello dispone de un arsenal científico (marketing) en el manejo de las conciencias colectivas, lo que se conoce como el fenómeno de masas.

Habiendo colocado un gran dispositivo que apuntó al centro del proceso de individuación, este proceso se ha desviado hacia un individualismo extremo, en el cual cada sujeto tiene sólo como únicos referentes sus propios deseos, anhelos, ambiciones y apetencias, sin ninguna consideración por la necesidad de el o los otros. El cultivo del egoísmo, publicitado y promocionado por un monstruoso aparato mediático convertido en una de las fuentes importantes de educación masiva, ha logrado transformar un vicio en virtud.

El filósofo austriaco André Gorz (1923-2007), transcribe en uno de sus trabajos, declaraciones hechas hace ya más de treinta años por uno de los principales estrategas publicitarios del mundo, Stanley Resor (1879-1962), presidente de la J. Walter Thompson, una de las mayores agencias de publicidad de Estados Unidos. Resor afirma que: «cuando aumentan los ingresos, la creación de nuevas necesidades es lo más importante. Cuando se pregunta a la gente: ¿Sabe usted que su nivel de vida aumentará en un 50 por ciento en los próximos 10 años?, no tienen la menor idea de lo que eso quiere decir. No reconocen la necesidad de un segundo coche a menos que se les recuerde con insistencia. Esta necesidad tiene que ser creada en su ánimo y es preciso hacerles ver las ventajas que les procurará el segundo coche. Yo considero la publicidad como la fuerza de educación y de activación capaz de provocar los cambios de la demanda que nos son precisos. Mostrando a mucha gente un nivel de vida más elevado, aumentamos el consumo al nivel que nuestra producción y nuestros recursos justifican».

Esta afirmación nos aclara cuál es la situación del hombre de hoy sumido en el mar de mensajes que representa la sociedad mediática. Es posible afirmar, a partir de lo leído, que el consumidor es un individuo sometido a un bombardeo publicitario que lo coloca al servicio de la producción, para convertirlo en el demandante de las mercancías que el sistema produce. Es, entonces, el consumidor el que tiene que ir adaptándose a los requerimientos de las producciones que los cambios tecnológicos indican como las más rentables en determinadas circunstancias. Este es el mecanismo que ha logrado imponer como tecnología política indispensable para que la sociedad capitalista pueda perpetuarse. Perpetuarse significa consolidar y reproducir sus desigualdades jerárquicas y mantener incólumes sus mecanismos de dominación.

El sociólogo Antonio Elizalde Hevia acepta la innovación y la creación como un componente necesario en la evolución de toda la sociedad humana, pero lo que no es aceptable es que: «ella no puede ser al costo de una tan profunda destrucción ambiental, cultural y moral como acontece actualmente. Nuestra cultura en su desarrollo profundamente materialista va acelerando cada vez más los procesos mediante los cuales se introducen nuevos productos, ello al precio de generar permanente obsolescencia y desechabilidad».

Leonardo Boff, reflexionando sobre las crisis del capitalismo, afirmaba que los especialistas en economía siguen: «sin darse cuenta del cambio sustancial del estado de la Tierra ocurrido en los últimos tiempos. Por eso noto en ellos cierta ceguera al nivel profundo de su paradigma. Comentan la crisis que ha irrumpido en el centro del sistema y señalan el desmoronamiento de sus tesis maestras, pero siguen con la creencia ilusoria de que el modelo que nos ha traído la desgracia todavía nos puede sacar de ella. Esta visión miope les impide tener en cuenta los límites de la Tierra, que imponen límites al proyecto del capital. Tales límites han sido sobrepasados en un 30%. La Tierra da claras señales de que no aguanta más. Es decir, la sostenibilidad ha entrado en un proceso de crisis planetaria. Crece cada vez más la convicción de que no basta hacer correcciones. Estamos obligados a cambiar de rumbo si es que queremos evitar lo peor, que sería ir hacia un colapso sistémico seguro».

Lo grave que debemos recuperar de la cita es que la lógica por la cual se desarrolla este sistema se contrapone directamente a la lógica de la vida. Un sistema que se autosatisface en el logro del lucro, en el incremento del capital, también llamado la reproducción del capital, no puede reparar en cuales sean los daños que provoca, por ello Boff habla de ceguera, pero una ceguera que es suicida puesto que al final del camino nos espera la hecatombe y el fin de la vida.

El antropólogo Marvin Harris, en una investigación que sigue los mismos pasos que Boff, ha llegado a la conclusión siguiente sobre el modelo más avanzado de capitalismo que nos muestra la sociedad norteamericana contemporánea. En ella demuestra como la calidad de vida de esa nación se ha ido deteriorando debido a los procesos de producción de obsolescencia planificada. Harris afirma que los bienes que el público norteamericano consume: «tienen una vida útil determinada por los procesos productivos que raramente coincide con las expectativas respecto al tiempo de uso que los consumidores tienen respecto a dichos bienes. Los necesarios procesos de creación de servicios técnicos y los costos para el consumidor de las reparaciones que debe realizar a los artefactos de diversa índole que conforman su equipamiento hogareño o laboral, reflejan una inflación encubierta. Asimismo esta obsolescencia incrementa los niveles de derroche, desperdicio y refuerza la carga sobre el ambiente, mediante la producción de basura y de nuevas demandas de materias primas extraídas del medio natural».

Nos muestra la paradoja de que los bienes durables e incluso bienes de capital que proveen calidad de vida o riqueza mediante la creación de nuevos bienes, por la lógica interna del capitalismo se transforman en males, en problemas de difícil solución hoy ya que son transformados en chatarra o basura (valor social negativo), constituyéndose en una carga para el ambiente. «Pero además en sociedades que operan con esta lógica se van transformando en obsoletos y/o desechables también, todos aquellos seres humanos que por diversas razones no pueden constituirse en sujetos de crédito: personas con bajos o escasos niveles de ingreso (pobres), personas con esperanzas de vida limitada (ancianos y enfermos terminales), personas con capacidad de pago decreciente (enfermos crónicos y minusválidos), y así muchos otros grupos sociales. De forma tal que la exclusión se torna necesaria para mantener los niveles de competitividad alcanzada».

Elizalde Hevia agrega nuevas consideraciones a esta línea de reflexión: «La construcción de obsolescencia con relación a los bienes, con relación a las personas y con relación al tiempo: presente y también futuro, implica una imposibilidad para la solidaridad y para el desarrollo de proyectos colectivos. La solidaridad porque ésta implica presencia del otro, vale decir presente. Y por otra parte todo proyecto colectivo está referido a compromisos situados en un futuro posible, en un futuro a construir con otros. De allí entonces, que el consumismo compulsivo e inmediatista conduce inevitablemente a imposibilitar la solidaridad y el futuro, al imposibilitar los proyectos humanos que son los que al constituirse en promesas, en hipótesis y en utopías, esto es, en sueños compartidos, hacen que éste se constituya en referente fundamental para los seres humanos. Por otra parte sin futuro no hay proyectos y sin proyectos surge el desencanto».

De modo tal que queda demostrado que la sociedad capitalista, que impone el consumo masivo como modo imprescindible para el incremento del capital, ha ido transformando de una manera radical los valores propios de las sociedades tradicionales. «Ha destruido los valores de la cooperación y de la convivialidad, ha destruido los valores de la solidaridad y de la fraternidad, ha destruido también los valores de la sobriedad y la frugalidad. Ha fomentado el individualismo extremo y una suerte de consumismo patológico, lo cual ha comenzado a comprometer incluso el futuro de la especie humana». Es evidente que, si nos ha quedado claro que estamos frente a una crisis estructural, la sociedad burguesa por su modo de vida y de comprender y relacionarse con el mundo, está incapacitada para ofrecer salidas a la situación que ella ha creado.

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Del problema del ser al problema del tener

Debemos asumir que siglos de prácticas culturales y reflexiones filosóficas en torno al problema del ser, con las consabidas preguntas respecto del problema antropológico, todo ello ha sido suplantado en la sociedad de consumo, según parece, por el problema más sencillo, más superficial, más lineal, de un tener que definiría nuestro perfil de personalidad. Hemos pasado a ser lo que tenemos, por ello la marca de lo que llevamos puesto, que debe ir colocada siempre en el exterior, habla por nosotros, dice de nosotros, define más que las famosas mil palabras superadas por la imagen. El que nos mira puede saber quiénes somos con la simple tarea de hacer un balance de lo que llevamos puesto, vale nuestra apariencia. El problema de la apariencia, condición evanescente ha suplantado, suprimido, superado, el viejo problema del ser. Pero, en esa misma operación vació de contenido humano a la persona convirtiéndola en un portador de mercancías, somos casi un escaparate.

Al parecer hace ya mucho tiempo que la búsqueda del ser ha quedado tirada al costado del camino. Como muy bien lo señaló hace ya varios años, Erich Fromm (1921-1989), «estamos en una sociedad donde la búsqueda del tener se ha transformado en el móvil fundamental de nuestra cultura. Sin embargo, en las últimas décadas hemos avanzando más aún en este proceso de trivialización o banalización: hemos transitado desde una sociedad del tener a una sociedad del aparentar. Ya no importa tanto tener como si aparentar que se tiene». Este nuevo paso que supera el tener por el aparentar que se tiene se ve plasmado en una sociedad como la norteamericana en la cual algunos bienes como un automóvil, una casa, ropa para una fiesta, etc. se alquilan para mostrar a sus invitados lo que se tiene, aunque ese tener sea transitorio. Lo difícil de comprender de esta comedia es que todos saben que el juego es así, que no le pertenece y que terminada la fiesta devolverá todo, pero no se dice, y seguirá viviendo el nivel de vida de lo que realmente tiene. Sin embargo, ello no es un obstáculo para que se pretenda vivir ese sueño de Cenicienta.

En estos casos la obsolescencia de lo exhibido es tan efímera, “se termina a las doce de la noche”, que cuesta aceptar cómo es realmente “el juego del tener por un rato”. Se puede pensar que la obsolescencia ha calado tan hondo en la conciencia de esa gente que ha decidido que no vale la pena comprar lo que sólo se utilizará en algunas ocasiones. Algunas de estas prácticas ya se realizan entre nosotros, aunque estamos lejos aún de tamaña locura. De todo ello podemos concluir que la sociedad actual está generando una permanente obsolescencia del presente, ya que el consumo de aquello caracterizado por la inmediatez del instante es un modo de saciar el deseo en cuanto surge. No por ello el deseo desaparece, sino que se trasmuta en un nuevo que recorrerá el mismo camino. Los deseos se comportan dentro de un mundo de tiempos inmediatos que a muy corto plazo transforman lo deseado en obsoleto.

No es difícil comprender a esta altura las consecuencias psicológicas que acarrea el vivir un tiempo que imprime a los procesos vitales una velocidad de cambio que exige una metabolización casi instantánea. Un tiempo que tiene sólo la validez del instante desvaloriza la existencia, al convertirse en una sucesión de cuadros que se superponen, se anulan, en un caleidoscopio en el cual nada vale o todo vale lo mismo. «Es así como el presente se diluye ante un futuro que se torna avasallador, pero que tan pronto se transforma en realidad y en experiencia, estas ya están obsoletas. El presente se hace crecientemente obsoleto y por lo tanto pierde valor, queda aprisionado entre un futuro y un pasado sobredimensionados».

Todo este panorama que estamos analizando ha desembocado en la grave crisis financiera que no se sabe dónde termina. Además no debemos conformarnos creyendo que es sólo financiera. El teólogo y filósofo español José María Castillo, estudioso del sistema actual del mundo, se ha preguntado «¿Dónde está la raíz de la crisis económica que estamos padeciendo?» y su pregunta apunta al meollo del problema que nos ocupa. En su investigación aborda el tema de la codicia, que es un motor importante del capitalismo, y llega a la conclusión que esta motivación no es nueva, se la puede rastrear en por lo menos los dos mil años de historia de Occidente. ¿Qué es lo que ha incentivado a la codicia, para que ésta haya llegado a extremos insospechados? «Se dice que la explicación de este desastre radica en la codicia de los gestores de las grandes empresas. Cuando la economía mundial se ha organizado de forma que se ha convertido en una “economía electrónica”, no nos hemos dado cuenta, cuando todavía el desastre se podía remediar, que estábamos instalados sobre un polvorín que en cualquier momento podía estallar».

Encuentra el origen del proceso que desató esta hecatombe en una etapa del capitalismo, la década de los setenta, en que la actividad financiera subordinó a todas las demás actividades del sistema, en lo que se denominó el proceso de la financiarización del capital. Es decir, cuando los movimientos de los capitales van tras la ganancia rápida sin detenerse por las consecuencias de sus operaciones. «Cuando se crea una economía en la que los gestores de fondos, bancos, empresas o simplemente los millones de inversores individuales, pueden transferir cantidades enormes de capital de un lado del mundo desde el teclado de su computadora, a nadie se le debería haber ocultado que estábamos al borde de un precipicio cuyo fondo nadie conoce todavía. Si un individuo, con el simple gesto de apretar un dedo, puede desestabilizar lo que podían parecer economías fuertes, como ocurrió en Asia en la década de los 90, tendríamos que habernos dado cuenta de que la codicia de los más poderosos podía, en cualquier momento, desestabilizar al mundo entero. Y eso es lo que ha ocurrido».

Esto no debe ser interpretado, como algunos intentan convencernos, de que los grandes empresarios, que han causado este desastre, y los políticos que lo han permitido, son más codiciosos que el resto de los mortales. «Lo que ha pasado es que ahora se han dado las condiciones propicias para que la codicia de unos cuantos haya tenido la fuerza necesaria para desestabilizarnos a todos. ¿Por qué? Porque no ha existido una legislación y un derecho de ámbito mundial con el poder y las garantías necesarias para impedir que ocurriera lo que ha ocurrido». Cuando se impone el interés del más fuerte la economía cesa de ser un servicio para los ciudadanos y se convierte en «una fuerza salvaje, orientada exclusivamente a ganar dinero rápido a expensas de los consumidores».

Este fenómeno es el resultado de una ley de hierro del sistema, que se ha convertido en la manera de pensar del público en general que está persuadido de que «el beneficio es lo que cuenta». La codicia pasó de ser un vicio a ser una virtud perseverante y delicadamente cultivada. El profesor del Instituto Tecnológico de Massachustts Noam Chomsky afirma que esta “verdad” es un «fundamento constitutivo de la cultura de Occidente. Y esto como componente del Derecho que ha configurado nuestra cultura. Me refiero al Derecho romano. Pues bien, lo que siempre interesó a los creadores del Derecho romano (base del Derecho de Occidente) eran “las reglas que gobernaban la propiedad individual y las acciones derivadas de ésta”. Esto explica por qué los juristas de la antigua Roma dieron tanta importancia al Derecho privado y apenas se preocuparon de los asuntos públicos».

Si bien lo que disponía el Derecho Romano, respecto a la posibilidad del propietario de poder matar al delincuente que encontrara atentando contra sus bienes, hoy no aparece en nuestra legislación, sigue siendo una forma eficaz de enseñar que la propiedad privada está antes que la vida humana. Sigue el profesor: «la historia de nuestra cultura se ha encargado de dar cuenta fehaciente de que el poderoso Occidente ha tomado en serio que la propiedad es más importante que la vida. Ahora empezamos a comprender la atrocidad que hemos hecho, cuando a fuerza de agresiones a toda forma de vida, nuestro Derecho (y nuestra codicia) de propiedad está a punto de liquidar las fuentes mismas de la vida en el planeta».

Aquí aparece de nuevo el tema de la ideología, como esa matriz de ideas a través de las cuales comprendemos y nos comportamos en la vida social. Los pilares básicos de nuestra cultura, la llamada cultura de Occidente están signados por el Derecho Romano. Cualquier estudiante de abogacía debe cursarlo como una de las primeras materias de su carrera y esto estructurará su mentalidad profesional. Otro tanto puede decirse del estudiante de economía que da por sentado esa doctrina. Aunque nuestro derecho no diga cosas como las que acabamos de ver lo que es más grave está en lo que no dice. De ahí el vacío legal que ha hecho posible tantas estafas y defraudaciones financieras. Y lo más grave aún es que, después de lo ocurrido, los gigantes de la codicia, cuyos nombres y rostros se conocen, están todos en la calle disfrutando impunemente de sus asombrosas e inexplicables fortunas.

Es difícil no preguntarse cómo es que no se pudo haber evitado llegar a tales extremos. Es probable, dice José María Castillo, que «el vertiginoso crecimiento de la economía y el alarmante debilitamiento de la política han fomentado el logro de tanta barbarie. Me temo que estamos pagando los costos espantosos que ahora nos impone la matriz jurídica y cultural en la que nacimos y en la que nos han educado. Ya en el siglo XIX algunos advertían que la tradición de este cuerpo legal dio la máxima libertad a la propiedad privada y redujo al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios. Occidente ha redactado la Carta de los Derechos Humanos. Pero antes codificó el Derecho romano, por cuyos principios se ha configurado nuestra cultura».

Estamos frente a la consideración de uno de los elementos clave en la conformación de nuestra mentalidad occidental moderna. La ideología que nos sostiene se apoya en gran parte en todo lo dicho, y ello, sin que seamos totalmente conscientes de lo que pensamos y hacemos. Por eso se puede comprender la mentalidad brutal de tanta gente cultivada (profesores, académicos, intelectuales, periodistas, etc.,) que pueden afirmar barbaridades sin que se den cuenta de lo que están diciendo. Por ello afirma Castillo: «Por muy importante que sea el acierto de los economistas y la gestión de los políticos, me temo que el problema no tendrá solución si no cambiamos de mentalidad. Mientras sigamos pensando que lo mío es mío y que la ganancia es lo que importa, podemos estar seguros de que no salimos de la crisis. Y si es que levantamos cabeza, antes o después nos volveremos a hundir. Por no hablar de los más de mil millones de seres humanos que ya están abocados a una muerte cercana y sin remedio»

Hemos estado reflexionando en torno al problema de la propiedad y ya estamos en condiciones de afirmar que la mentalidad (si nos referimos al tema en términos de la psicología), la ideología (si lo planteamos desde el terreno de la filosofía), o el derecho a la propiedad (si lo hacemos desde el derecho), o como decidamos nombrarlo, pueden ser pensados desde una propuesta más abarcadora con la utilización de un vocablo, un tanto ambiguo por lo que requerirá algunas precisiones, que fue utilizado en los comienzos del desarrollo de la burguesía como estructura de clase. Este vocablo es propietarismo, y se lo puede encontrar en políticos o pensadores desde el siglo XVII en adelante como criterio en defensa de los gremios artesanales, y como forma de la cultura y de la producción propia de los pequeños productores o las de los pequeños propietarios. Personas como Thomas Jefferson (1743-1826) en los EEUU o Emiliano Zapata (1879-1919) en México adhirieron a este concepto, desde concepciones y políticas muy distantes, como propuesta de una igualitarista "sociedad de propietarios". Hoy en la Bolivia actual, su vice-presidente Álvaro García Linera propone un capitalismo de pequeños propietarios.

«El propietarismo ligero ha sido la doctrina que sostiene la necesidad de que cada persona acceda a la propiedad privada como forma de ejercer y asegurar su autonomía, siempre y cuando sea equivalente a su esfuerzo individual. Esta defensa de la propiedad particular está ligada a ideas anti-autoritarias, puesto que su origen es la defensa de la libertad, y la libertad política no está completa sin la libertad económica. La idea es que el individuo sea propietario de sus recursos y de sus productos». El filósofo, politólogo y teólogo Demetrio Velasco Criado afirma que: «A pesar de que, conforme a la lógica del jusnaturalismo racionalista, la igualdad y la libertad positiva están exigiendo una configuración democrática de la sociedad y una afirmación de los derechos y libertades de los individuos, la evolución histórica ha demostrado que, incluso en los momentos más prometedores para el propio proyecto democrático, la permanencia del individualismo posesivo y del propietarismo han minado la virtualidad del mismo y han amenazado la adecuada realización del sujeto humano en sociedad con otros».

Lo que se ha podido observar es que esa defensa del propietario se vio fuertemente transformada con la Revolución industrial en el siglo XVIII en Inglaterra. El desarrollo de los grandes talleres de producción sustituyó la manu-factura por la máquino-factura desalojando del mercado, en gran parte, a la producción artesanal. Pero, el discurso propietarista era totalmente funcional a la nueva dimensión que había adquirido el poder de la burguesía. En el siglo XIX se enfrenta en lucha los obreros contra el capital concentrado en pocas manos. Entonces la doctrina del socialismo y del anarquismo se vuelve necesariamente anti-propietaria y el tema del propietarismo queda confinado en las tesis del liberalismo imperialista, como defensa del capital explotador.

Por todo ello hablé antes de las dificultades del concepto. Sin embargo, avanzado el proceso de la concentración económica y los desastres ecológicos que ha generado este modo de producción, la defensa de los trabajadores apuntando, al mismo tiempo, a la defensa del medio ambiente encuentra en al viejo concepto nuevos elementos para colocar en el centro del debate el tema del propietarismo. Se abre la necesidad de repensar la posibilidad de desarrollar modos de pequeña propiedad que protejan las ramas de la producción que hoy pueden estar en condiciones de ofrecer un modelo de fabricación, protegido de la voracidad del gran capital, y que responda a la nueva situación mundial. Esto no supone una sustitución inmediata de modelos, sino el señalamiento de un camino de posibilidades para superar la crisis estructural del capitalismo. Comprendo la resistencia de mucha gente ante propuestas de este tenor. Es que no puede dejar de sorprender, aunque si comprender, la obstinación de la práctica política neoliberal que se observa en las maneras en que las elites globales niegan consistentemente todas las alternativas viables al orden global existente. Incluso ante una crisis de la profundidad de la actual, exhiben una ceguera para ver cualquier otra cosa que no confirme el sistema imperante.

Podemos ir cerrando este largo camino que hemos recorrido con la intención de aclarar, en alguna medida, el difícil problema de la propiedad privada. Un punto que nos habíamos fijado desde el comienzo fue no perder de vista el estado actual del mundo de hoy. Nos dice Velasco Criado: «El derecho de propiedad privada, tal como se ejerce y legitima hoy en nuestras sociedades, es un escándalo para la razón moral y para la fe cristiana. El que se pueda ser propietario de recursos ilimitados, sin graves reparos legales y morales, cuando una gran parte de la población mundial carece de lo necesario para vivir, es un hecho que refleja la “dialéctica criminal” que rige nuestro mundo. Pero, si esta situación es gravísima, no lo es menos la legitimación ideológica de la misma, que pretende presentarla como “normal” e incluso como “razonable”. ¿Cómo ha sido posible afirmar, durante siglos, que el derecho de propiedad privada es un derecho natural y sagrado al que se subordinan y del que dependen todos los demás derechos humanos, por fundamentales que sean?».

Ya sobre esto hemos analizado y reflexionado al respecto, pero creo que es necesario volver a escribirlo como resumen y cierre de lo dicho. Como una especie de justificación de las vueltas que he obligado al lector a dar recurro a las siguientes palabras de nuestro pensador: «Solamente, conociendo las raíces histórico-ideológicas de las que se sigue alimentando lo que vamos a llamar “el imaginario propietarista”, podremos saber cómo deslegitimarlo y cómo hacer viable una forma de apropiación y dominio de los recursos más acorde con la dignidad humana y más respetuosa del ecosistema que nos acoge. Entre las innumerables definiciones del ser humano, hay una que está latente en toda la historia del pensamiento, al menos del occidental: la de “animal propietario”. La connatural indigencia del ser humano para poder subsistir por sí mismo, se refleja en la necesidad de apropiarse de las cosas que lo rodean, con la ayuda de los demás o a sus expensas. El instinto de apropiación se evidencia cada día en la forma en que el niño, indefenso y carencial aprende a vivir y expresarse con las palabras “mío” y “mía”. Todas las disciplinas del saber humano han resaltado esta dimensión antropológica básica, que bien podemos calificar como un existencial humano actual, comparte con la propiedad el ser un arma de doble filo. A la vez que se manifiesta como una forma ineludible de realización humana, puede convertirse, y se convierte, en una amenaza tanto para uno mismo como para los demás y para la misma naturaleza que lo acoge como huésped».

Hemos podido comprender la profundidad de las dificultades que todo el tema ofrece, lo que extrema la necesidad de un esfuerzo mental, espiritual, político, filosófico y práctico para avanzar en reflexiones y propuestas que intenten encontrar salidas posibles a este mundo de hoy. Si hasta mediados del siglo XX esto se imponía como un deber de solidaridad con los más desprotegidos, hoy se nos presenta como una necesidad imperiosa para salvar la vida la vida de tantos marginados del sistema, así como la vida toda sobre el planeta. No está en juego sólo la justicia distributiva para atender a la equidad social, que no olvide a nadie, es que vamos a una velocidad que se acelera hacia un abismo frente al cual puede suceder que las soluciones lleguen tarde y ya no sirvan.

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Reflexiones finales

Hemos empezado nuestra reflexión por el concepto de "propiedad" y hemos hecho un breve recorrido histórico que nos ha informado acerca de las diversas formas que éste ha adquirido en las diferentes sociedades históricas. Ello nos ha colocado en una mejor situación respecto de la reflexión que se nos impone sobre cómo la propiedad funciona en el mundo de hoy y cuáles son las consecuencias de este modo de conductas institucionales que se desprenden de allí. Es decir, qué posición debemos adoptar ante la innegable injusticia en aumento que se cierne sobre la totalidad del planeta y que, además, pone en riesgo de desaparición a la vida humana. En el mundo actual hay unas desigualdades económicas flagrantes, que no son fruto del trabajo, sino de la cuna en que se ha nacido, o resultado de especulaciones, latrocinios, estafas, y toda una serie de mecanismos creados para multiplicar el capital.

Como cristiano creyente el Rector de la Universidad Bolivariana, Elizalde Hevia, se siente con derecho a decir: «Si las Iglesias no denuncian más esta enorme injusticia, es porque participan abiertamente de ella, a pesar de las protestas de muchos de sus fieles. En el tema de la propiedad, la Iglesia ha vivido y vive prácticamente en la blasfemia y en el pecado. Son palabras duras, pero más dura es aún la realidad que pretenden hacer presente… que los documentos eclesiales hayan repetido machaconamente la teoría citada tantas veces en palabras de Juan Pablo II, no quita que la institución como tal haya pactado plenamente con un sistema económico injusto, contrario a la posición radical cristiana».

Es necesario agregar aquí el pensamiento de un filósofo jesuita, Jean-Yves Calvez, quien en su libro reciente, Les silences de la doctrine sociale catholique, denuncia una carencia importante, un silencio en la doctrina, como reza su título, en la posición eclesial: «La Iglesia ha advertido acerca de algunas modalidades de propiedad y de capitalismo, pero, en cambio, prácticamente nunca ha tomado posición acerca del capitalismo mismo, entendiendo, por supuesto, que éste no se define sólo por el uso del capital, cosa que encontramos en toda economía moderna, ni tampoco sólo por el reconocimiento del derecho de propiedad en una sociedad, sino por algo mucho más específico: hay capitalismo allí donde el capital o bien los medios de producción están en manos de pocas personas, mientras que la inmensa mayoría de hombres sólo puede aportar su trabajo al proceso de producción. Esta situación, aun acompañada por un punto de vista, una ideología “economista” o materialista, de reducción del trabajo a simple mercancía, o de liberalismo extremo, contiene (…) por sí misma un gran peligro de injusticia y de división social. En consecuencia, ¿no habría que trabajar para superar esta situación? Esta es la pregunta a plantearse de manera indispensable… Incluso más de cien años después de fracasos en la búsqueda de soluciones, parece que esta pregunta tiene que ser retomada seriamente de cara al futuro».

Las dos citas anteriores permiten respirar un poco de aire fresco que se percibe entra por las ventanas abiertas de la propia iglesia católica y que recogen los hombres más comprometidos. Y este hecho es muy alentador dado que la fuente ética que ha brindado el cristianismo a lo largo de más de dos mil años, a los que debemos sumar la fuente hebrea, ambas ya analizadas, no pueden ser olvidadas puesto que hay allí un caudal de humanismo que no se debe desperdiciar. La historia nos ha mostrado que cuando el progreso liberal creyó poder arrojar al cesto de los desperdicios semejante riqueza y sabiduría emprendió caminos erráticos que nos han depositado en este mundo de hoy.

Las consecuencias que estamos padeciendo por la última crisis del capitalismo ha removido el piso duro de los mejores pensadores de la economía y la política. El monje dominico Frei Betto nos comenta una circunstancia que suena graciosa pero que se las trae: «El arzobispo católico de Munich, Reinhard Marx, sacó hace poco un libro titulado "El Capital". La cubierta lleva los mismos colores y tipos de letra que la primera edición de "El Capital" de Karl Marx, publicada en Hamburgo en 1867». Nada de esto puede entenderse como mera casualidad. «Marx no está muerto y es necesario tomarlo en serio», dice el arzobispo al presentar su libro. «Hay que enfrentarse con la obra de Karl Marx, que nos ayuda a entender las teorías de la acumulación capitalista y el mercantilismo. Lo cual no significa dejarse atraer por las aberraciones y atrocidades cometidas en su nombre durante el siglo XX». Y no puede dejarse de pensar que, por su investidura, se está dirigiendo a un público católico, primero y a uno más general después.

Todo ello me ha permitido abusar de las citas de Carlos Marx que he colocado en paralelo con la de los documentos eclesiales, pudiéndose comprobar la cantidad de coincidencias doctrinarias. Dado que el pensador alemán ha sido por lo general mal citado y peor comprendido (dejo los por qué para la interpretación del lector), y que ello ha enturbiado el debate sobre tan serio problema. Tomo una aclaración que ya leímos, pero que conviene tener presente. Ya en vida de Marx las malas interpretaciones abundaron y ello lo obligó más de una vez a insistir respecto de lo que pensaba sobre la propiedad: «no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros». Es decir, abolir el modo de apropiación ilegítima que se utiliza en la explotación del trabajador y esto sigue teniendo la misma validez que cuando fue escrito.

El poseedor del capital representa mucho más que ser el simple dueño de ese dinero (en la forma que se lo utilice) «es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad». Por lo que se puede comprender que la existencia de un capitalista conlleva una serie de responsabilidades éticas, políticas, sociales, económicas, etc. que éste no asume, dada la doctrina imperante del neoliberalismo. «El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social. Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal».

No ese trata de abolir la propiedad en general, sino aquella que se utiliza contra la sociedad de mil maneras diferentes. La propiedad burguesa es esa fuerza opresora que define la sociedad capitalista. Y agrega: «Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes!». Precisamente de esto se trata. De liberar al hombre del yugo del capital.

Ver también:
- En torno a la propiedad privada (Parte II)
- En torno a la propiedad privada (Parte I)



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Consejo honorario municipal de ancianos


Rodolfo Bassarsky (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I
La idea de Georges Clemenceau ( 1841–1929), hombre público francés, que dijo “…se es viejo cuando se comienza a actuar como viejo”, ha sido expresada por muchos de distintas maneras y es un lugar común escuchar expresiones que adhieren a este concepto por parte de intelectuales, políticos, gobernantes y … viejos.

No todos los viejos son viejos. Esto ocurre porque en realidad no son viejos solamente los que “actúan” como jóvenes, también los viejos que piensan y sienten como si no lo fueran. Para actuar, previamente es necesario pensar y sentir, entonces es más apropiado decir que se es viejo cuando se siente y se piensa como tal. Y esto puede suceder a cualquier edad: a los 25 o a los 90 años. De tal manera que hay viejos de 25 y jóvenes de 90.

La sociedad occidental contemporánea desalienta a los viejos-jóvenes. Deben dejar de trabajar oficialmente de manera forzosa cuando aún no piensan ni sienten que deben hacerlo. Dejan de ser hermosos o hermosas cuando aún el espejo rescata atributos bellos. Dejan de ser tenidos en cuenta, de ser considerados, a la hora de las decisiones o los consejos, cuando aún pueden decidir o aconsejar más sensatamente que muchos asesores jóvenes. Son discriminados por una sociedad que sobreestima la juventud y denuesta arbitrariamente a las personas mayores que entonces dejan de ser valiosas. Y aquí se aplica otro lugar común: los viejos suelen valer por lo que tienen y no por lo que son.

Es cierto que en unos países occidentales el “status” de los viejos es mejor que en otros. Puedo asegurar que en España los viejos están mejor considerados y protegidos y atendidos que en Argentina, por ejemplo. No obstante tanto en un país como en el otro son válidas en términos generales las reflexiones precedentes.

La situación de los viejos contemporáneos contrasta con la que tenían en otros tiempos en otras civilizaciones. Por ejemplo en China en la época de Confucio o en el Imperio Romano donde un senador era respetado y estimado. Senadores que nada se parecían a los argentinos de hoy en día, por ejemplo.

II

No es fácil identificar los factores –numerosos sin duda– que han conducido a esta situación de los viejos. Ni la actitud general de la sociedad ni la de sus gobernantes ni la de los poderes no políticos.

Una aproximación grosera que ayuda a situar el problema: el valor sobredimensionado de la imagen y del espectáculo; el incremento muy significativo de la expectativa de vida en los últimos decenios; la “velocidad” con la que se vive (la actividad se enlentece con los años); el mérito de la velocidad, mérito que no es tal realmente; los medios modernos de comunicación cuyo uso aprenden mejor los que no tienen tantos reflejos y experiencias almacenados como los viejos; la búsqueda del éxito inmediato; la cultura del menor esfuerzo; la indulgencia frente al error y la autocomplacencia; la precisión y el detalle no suelen tener prestigio; el mundo globalizado que relega el valor del ámbito local , los viejos prefieren las plazas, la casa, el parque , el barrio , su comarca, la aldea o el pueblo donde nacieron, su provincia; el mayor poder de la fuerza y la presencia difundida de la violencia, ambas condiciones que merman en los viejos ( sin considerar el posible aumento patológico de la violencia moral); la evolución veloz de las costumbres y el desprestigio de la tradición; la conversión del abuelo consejero, maestro extraescolar de la sabiduría de la vida en el abuelo-cuidador moderno a quien – en algunas sociedades – no es raro que sus hijos le paguen con dinero el servicio : estos abuelos son los agentes que cuidan en lugar de ser los sujetos dignos de cuidado como antaño; etc.

Este incompleto catálogo permite una precaria conclusión. Es muy probable que la situación adversa de los viejos en nuestra sociedad esté vinculada a una serie significativa de deméritos o desaciertos o condiciones que es deseable corregir y que la caracterizan.

Para balancear el panorama, es interesante destacar que los viejos como la sociedad en general, son beneficiarios de muchos (no de todos) de los sorprendentes y magníficos progresos de la ciencia y la técnica contemporáneos.

III

Por último una propuesta: Crear comisiones de gerontólogos de insospechada imparcialidad que admitan o rechacen a los viejos de más de 70 años que quieran constituir el CONSEJO HONORARIO MUNICIPAL DE ANCIANOS en cada ayuntamiento. Este organismo tendrá atribuciones de asesoramiento a las autoridades políticas. Podrán también recurrir a él las organizaciones sociales privadas y por supuesto también los demás viejos agrupados en asociaciones formales o no del estilo de “ Los viejitos de la Plaza mayor” o “Los respetables ancianos jugadores de petanca” o “ Los aburridos del Paseo Central”, etc. Con la esperanza que estos Consejos ayuden a rescatar el protagonismo de los viejos y hacerles ocupar el lugar que en opinión de muchos, nunca debieron perder.

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Algo de música: Frank Sinatra


ARGENPRESS CULTURAL

Francis Albert Sinatra (1915-1998), conocido mundialmente como Frank Sinatra, o "La Voz", es uno de los grandes mitos de la cultura audiovisual estadounidense del siglo XX. Fue hijo de un hombre de origen siciliano, boxeador y bombero de profesión llegado a la tierra americana a probar fortuna: Martin Anthony Sinatra, y de Natalie, mujer italiana de la ciudad de Génova.

De joven trabajó como auxiliar administrativo del periódico Hudson Observer hasta que en 1939 su talento como cantante le llevó a ocupar el puesto de vocalista en diferentes orquestas. Así comenzó a cosechar éxitos. El mismo fue aprovechado por la industria cinematográfica, en aquel entonces en franco auge en Estados Unidos, convirtiendo así a Sinatra en actor a comienzos de los años 40. Aunque en principio su destino en la pantalla iba a ser las comedias musicales, la capacidad interpretativa de Sinatra le llevó a protagonizar muchas películas alejadas del género, fuesen comedias, títulos bélicos o intrigas criminales.

En los años 50 su prestigio como actor se acrecentó, ya que consiguió el Oscar como mejor actor secundario por "De aquí a la eternidad" (1953), la película de Fred Zinnemann ambientada en Pearl Harbor. Con posterioridad volvió a optar a la estatuilla, ahora en la categoría de mejor actor principal, por su papel de drogadicto en "El hombre del brazo de oro" (1955), un título dirigido por Otto Preminger.

En los años 60 Sinatra dirigió su única película, el film bélico "Todos eran valientes" (1965).

Con la llegada de los años 70 abandonaría casi por completo el cine, regresando en muy contadas ocasiones a la pantalla grande.

Tuvo cuatro matrimonios, y en más de un caso –sin que ello se pudiera probar nunca fehacientemente– se lo asoció con la mafia siciliana en Estados Unidos. Pero fuera de ese dato (anecdótico para el caso) lo que deja como legado cultural es su inconfundible estilo musical, toda una tradición del siglo XX, inigualable por cierto.

Reproducimos aquí algunas de sus canciones más famosas.









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General


Manuel José Arce (Desde Guatemala)

General
—no importa cuál,
da lo mismo,
es igual—:
Para ser General,
como usted, General,
se necesita
haber sido nombrado General.
Y para ser nombrado General,
como usted, General,
se necesita
lo que usted no le falta, General.
Usted merece bien ser General,
llena los requisitos, General.
Ha bombardeado aldeas miserables,
ha torturado niños
ha cortado los pechos de las madres
rebosantes de leche,
ha arrancado los testículos y lenguas,
uñas y labios y ojos y alaridos.
Ha vendido mi patria
y el sudor de mi pueblo
y la sangre de todos.
Ha robado, ha mentido, ha saqueado,
ha vivido
así, de esta manera, General.

General
—no importa cuál—:
para ser General,
como usted, General,
hay una condición fundamental:
ser un hijo de puta,
General.

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La mosca


Edgar Borges

“Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.”

“La mosca” es un poema incluido en “Papeles inesperados”, el nuevo libro que contiene una extensa colección de textos inéditos de Julio Cortázar. Pero la mosca también es el monstruo más pequeño de todas las pesadillas cotidianas. Quién sabe si en realidad todas las moscas no sean más que una misma mosca que ha vivido a través de los tiempos burlándose de sus pretendidos asesinos. ¡La mosca! ¡Qué problema tan minúsculamente grande es la mosca! ¿Quién no se ha sentido desafiado por una mosca? Y cuando (por fin), con discreta puntería, la logramos derribar, al poco rato vuelve otra y ocupa el mismo territorio de reto del anterior enemigo. Incluso, me ha llegado a pasar que, cuando me acerco al suelo (con la excusa de que se cayó algo), jamás encuentro el cadáver del insecto terrorista.

No tengo la menor duda. Las moscas fundaron el más discreto y sofisticado sistema terrorista. Ellas no tienen otra función sino arruinarnos la vida. Y nos la arruinan casi sin darnos cuenta. A José Saramago le preocupa el indiscreto poder de Silvio Berlusconi; yo pienso que más peligrosas son las moscas que vuelan alrededor del primer ministro italiano. O la mosca que el otro día me paró en la calle y me dijo (con cara de mosca seria): “¡Tú a mi no me engañas; ya sé que esos papelitos que llevas debajo del brazo no sirven para nada!” Eso me recordó que muchos gobiernos fascistas quemaron libros. Y otros gobiernos, menos fascistas, en sus formas, callaron. Hoy, en este siglo XXI del resplandor tecnológico, la mosca sigue volando alrededor de la vida (y de la idea de evolución). Es posible que antes de los humanos estuvieran las moscas. O la mosca. Y que su maniático vuelo tuviera como objetivo milenario alborotarnos la rabia. Y recordarnos la basura (la ignorancia circular, el primitivismo).

Un amigo dice que tenemos un pasado poblado de dinosaurios. Eso es cierto, pero quizá la responsable de la reconocida amargura de los dinosaurios fuese la mosca. Especula una amiga que una mosca se fue persiguiendo a Arthur Rimbaud hasta África. Otra amiga cuenta que Mafalda odia la sopa por culpa de una mosca surfista. La mosca tiene el poder de estar en todos los espacios en un mismo segundo. Como si su misión fuera la de “cubrir de mierda” todos los tiempos. La ciencia debería estudiar el poder omnipresente de la mosca.

Hace poco (como cada cierto tiempo) aparecieron muertos varios mendigos. El cartero asegura que, un minuto antes de la muerte, cada víctima fue visitada por una mosca. Tal vez haya sido la misma mosca que se burló de la única vida de Julio Cortázar y que ahora, en este justo momento del impostergable café, se aproxima, en vuelo suicida, directo a mi consciencia.

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Cine: “12”, el regreso triunfal de Nikita Mikhalkov


Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nikita Mikhalkov, uno de los cineastas rusos más importantes de los últimos años, autor de trascendentales films como Ojos negros y El barbero de Siberia, emprende un interesante giro en su carrera y nos entrega su propio remake de Doce hombres en pugna, la célebre película del maestro norteamericano Sidney Lumet. Habría que agregar que existe, también, un nada desdeñable telefilme que William Friedkin realizó en 1997 sobre este argumento.

Pues bien, aquí está Mikhalkov, él mismo encarnando a uno de los doce ciudadanos que han sido elegidos como miembros de un jurado, el cual tiene que decidir la suerte de un joven, presunto asesino de su padrastro y a quien todas las evidencias en apariencia condenan.

Operático y a veces hasta fastuoso, el cineasta ruso convierte a su propia puesta en escena en un verdadero duelo de ideologías, de opiniones, de caracteres y temperamentos. La narración nos va mostrando progresivamente cómo los miembros del jurado van cambiando de opinión respecto a su decisión final, pero no de una manera arbitraria y abusiva sino muy creativa y original. Entonces, en ese espacio cerrado, que es un salón donde pueden ocurrir, y de hecho ocurren, muchas cosas, la decisión sobre la suerte del acusado se convierte en una ceremonia, en una celebración absolutamente cinética. Gran respaldo obtiene Mikhalkov, es necesario decirlo, de los doce maduros actores que dan vida a los hombres en pugna, y que representan a personas de diversos orígenes, etnias, oficios, condición social. Entonces, la película se plantea a sí misma como una lectura, política y arriesgada, de conflictos nacionales, independentistas, más profundos, marcados por el fuego cruzado y el horror de la violencia.

Es en esa certeza del permanente enfrentamiento, ya no sólo de la búsqueda del culpable de un crimen, sino del país en crisis y devastado, que 12 muestra imágenes crudas pero al mismo tiempo ofrece la ternura de un niño que ensaya una danza o se encuentra con guerrilleros. Y, sobre toda esa “otra” historia, planean, es cierto las heridas abiertas, con nombre propio: Chechenia, por ejemplo.

La habilidad de Mikhalkov, es bueno decirlo, se expresa en mostrar la convivencia de dos artes: el teatro al interior del cine. Y es que la actuación de los miembros del jurado, sus contradicciones y sus crisis, remite más bien a una puesta en escena teatral, nada contenida, al contrario, siempre desbordante, Y, sin embargo, al mismo tiempo, el gran sentido cinematográfico del autor aprovecha angulaciones, desplazamientos de cámara, primeros planos que muestran desencanto, angustia, dolor o hasta repentina alegría.

Asi, Mikhalkov consigue un producto de alta calidad donde un presupuesto ético y un valor fundamental -el de la vida de una persona- constituyen un tenaz leit motiv al que se trata directamente, sin evasivas. Hasta por momentos, el film se convierte en una curiosa y quién sabe obsesiva búsqueda de pruebas. Pero queda anotado que este es un trabajo que acerca, con fuerza, a infiernos temidos, reales y desesperantes.

En sus casi dos horas y media de proyección, 12 revela el ingenio de su director para trabajar con un material ya llevado a la pantalla, también con singular éxito, y para hacer de él una lectura personal, provocadora y original. En las imágenes de esta película, que vibra por sí sola al compás de su apasionante ritmo, encontramos a un cineasta que ha hallado la madurez y la disfruta, mostrándonos un cine complejo, veraz y virtuoso. Ese es el nuevo legado de Mikhalkov, quien nos habla de la posibilidad y la esperanza de la justicia, a partir de un caso personal, pero pensando todo el tiempo en una dimensión más ambiciosa y más global, y por ello, necesariamente, más humana.

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Melancolía


María Cristina Garay Andrade (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como olvidarte quisiera en mis últimas primaveras,
soñar que llama a mi puerta en forma repentina,
el amor que me deslumbre con su luz divina,
que emocione mi mente de ternuras y quimeras.

Despertar con el sol naciente de radiantes resplandores,
que vengan ruiseñores a contarme que hay amores
alborada que me espera con impaciente afinidad,
la conjugación de ese verbo tan difícil de declamar,
yo te amo, tú me amas, nos amamos de verdad...

El amor no se olvida cuando dejó grabado su estigma,
en el cuerpo y en el alma como nadie se imagina,
un adiós inesperado me fue dejando perdida,
sin esas horas en que el tiempo daba sentido a mi vida.

Encontrar otros brazos que sin hablar de fracasos,
estén dispuestos a amar pues no es pecado olvidar,
es buscar abrigar al alma que entregada,
te prodigó su pureza a cambio de no pedir nada...

Dejaré volar siquiera a este tonto corazón,
que un día perdió la razón cuando lo hechizó tu mirada,
y encuentre sin ningún resquemor la decisión elevada,
de sentirme en el delirio de otra vez enamorada.

Buscaré complacida un hueco en la noche estrellada,
donde mirando con calma ese lugar que elijo,
sea mi posición de cautivada la que fijo,
para identificar a tu alma en un paraje afianzada...

Te inventare en especial un beso de ternura,
y con inmensa dulzura que despierta mi pasión,
lo pondré en un buzón dentro de sobre muy fino,
que recorriendo el camino lo lleven torcazas al cielo,
haciendo que mi desvelo de este amor ya tan añejo,
un querubín muy travieso lo convierta para mí en lucero.

Aquella tarde moría, placentera de armonía,
sonando la melodía de una nueva canción,
canción de un nuevo amor que despierta de su agonía,
guardando tu recuerdo en el cofre de la melancolía.

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No sea apenas un consumidor ingenuo


Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No olvide una verdad elemental del mercado: el vendedor está siempre exaltando el supuesto valor de la mercadería y ocultando sus aspectos negativos.

De alguna manera todos somos consumidores en el sistema social imperante. Los pobres consumen menos que los ricos; parece obvio, los ricos y pobres consumen las mismas cosas, aunque los ricos sean un poco más refinados en algunos aspectos. Todos consumen imágenes de la propaganda, películas pésimas, programas de TV que son simples vomitivos, plegarias piadosas, discursos políticos, imágenes sexuales y otras drogas similares.

Todo lo que se ofrece en el mercado es mercadería: no olvide este punto. Y todo tiene el valor del mercado, siendo que en este plano es común que el envoltorio valga más que el el contenido. En el mercado, Lady Diana, esa simpática señora que murió con su amante en un tunel de Paris, con su bella apariencia Cristian Dior, vale más que Madre Teresa de Calcutá, que dedicó su vida entera al cuidado de los miserables de la tierra. En los medios la bonita apariencia vale más que la bondad y la solidaridad.

Hay un segundo aspecto aún más grave. Al volverse todo mera mercadería otros valores quedan como algo secundario, de menor o nula importancia. Si el valor de un emprendimiento, acción o cosa está determinado por el valor mercantil –de compra y venta- entonces un jugador de fútbol o un cantante de boleros es más valioso que un científico o un escritor laureado por el Nobel. Es lo que verificamos a diario viendo el destaque que hacen los medios de comunicación de estas figuras humanas. Si usted no está en la vitrina de exhibición y ventas no vale nada. Es un ente anónimo, un simple consumidor.

El problema proviene del hecho de que hay un sector de la población que vive en función del consumo, ya sea porque fomenta la adquisición de mercaderías, sea porque las consume en exceso. No hace bien a la salud mental llenarse la cabeza con tanta basura bien empaquetada. Es muy tóxico buena parte de lo que ofrece el mercado de la propaganda y de las diversiones baratas. Usted termina comprando cosas superfluas, tragando mensajes de aparente buena voluntad pero de un fondo ilusorio, engañoso.

Procure consumir –comprar, oír y ver –después de examinar lo que le están ofreciendo. No olvide que el vendedor siempre está exaltando el supuesto valor de su mercadería y ocultando sus aspectos débiles. Es comprensible que él opere de ese modo, pero a usted corresponde no dejarse engañar.

Una buena dosis de desconfianza y de cautela es bastante indicada en asuntos del mercado. Lo notable es que en nuestro tiempo casi nada escapa a la esfera mercantil. Hasta las cosas sagradas son comercializadas con los debidos disfraces para evitar críticas. El valor y el desvalor de una cosa lo determina la ley de la oferta y la demanda –la ley áurea del sistema económico dominante. Si el escritor Paulo Coelho vende por toneladas sus libros pasa en el mercado como un buen escritor y Drumond de Andrade es visto poco menos como un buen señor que escribe versos, para colocar en el presente el encanto de lo ausente. El primero es asediado por la masa, gana espacio a voluntad dentro de los medios de comunicación; Drumond deberá contentarse con los homenajes póstumos.

El problema es como neutralizar el asedio del mercado. Usted recibe por lo menos una llamada de teléfono al día para que acepte una tarjeta de crédito y corra a la tienda más próxima para que realice una de sus mini fantasías de idiota hipotecado en la máquina social. Compra un bello auto en 36 o 40 cuotas, sabiendo que así que termine de pagar ese lindo juguete que exhibe hoy la tienda será apenas un cachureo al final de la última cuota, valiendo la mitad de su precio actual. Pero usted cede a la tentación de esa y otras compras, pues como dice su enamorada: la buena suerte y la prosperidad corren en las ruedas de un bello auto.

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