viernes, 12 de junio de 2009

La leyenda de Holström


Marcelo Colussi

Cuando vio el primer borrador de guión Tom, el productor neoyorquino, –execrable obeso famoso por su condición de hostigador sexual, y por los millones de dólares que manejaba– no lo pensó dos veces:

–¡Perfecto! Este es el libro que necesitamos–

No era un buen lector; mucho menos, un intelectual –de hecho, escribía con abundantes faltas de ortografía–. Pero tenía un oportuno sentido de los negocios, y de un golpe de vista sabía si un libreto que llegaba a sus manos podía valer la pena o no. Entre sus producciones se contaban tres de los más recientes éxitos de Hollywood, todas películas caracterizadas por la grandiosidad, los efectos especiales y el escaso o nulo contenido argumental. Todas, por supuesto, daban mucho dinero.

–La gente quiere basura–, solía decir con aire de suficiencia.

Ante Tom era común que todos se amilanaran; enorme, de casi dos metros de alto y más de doscientos cincuenta libras de peso, su sola presencia impactaba. Pero más aún impactaba cuando abría la boca. Su vozarrón era atemorizador; y lo que decía –aunque nunca nada especialmente profundo–, como mínimo era hiriente. Tenía un modo impertinente de dirigirse; jamás pedía permiso ni perdón. Siempre se sentía dueño de la situación.

–¿Y quién es el autor de esto?– preguntó a su asistente.

Aunque Susan, la simpática jovencita texana, ya estaba acostumbrada a las brutales maneras de su jefe, siempre sentía un cierto temor ante las palabras de Tom Maverick. Nunca sabía cómo iba a reaccionar.

–Samuelsson, señor. El joven que vino por la oficina la semana pasada–, contestó no sin un secreto pesar, temerosa de alguna reacción inesperada.

–Samuelsson… ¿aquel sueco con cara de bobalicón?– espetó con altanería.

–Es noruego–, aclaró la secretaria.

–Bueno, no importa. Son todos unos blancos lechosos. ¡Llámalo inmediatamente, Susan! Quiero hablar con él–.

Dos horas más tarde el nórdico se presentaba en la oficina de Maverick. Más pálido que lo habitual –sin dudas por el nerviosismo–, a un mismo tiempo estaba alegre y preocupado. Sabía que podía haber buenas noticias, pero también deploraba trabajar con este productor. La propuesta, sin embargo, no le dejó espacio para la duda.

–¿Cómo le va, mi amigo Samuelsson? ¿Mucho frío por Suecia? Bueno, no importa; vamos al grano. Lo llamé porque me gustó su guión sobre ese faro embrujado. Ya lo tengo decidido: vamos a llevarlo a la pantalla–.

–¿De verdad, Sr. Maverick?–, preguntó con cara desencajada el buen noruego.

–¡Cómo! ¿No me cree lo que le estoy diciendo?– tronó rugiente la voz del productor.

–No, claro. Por supuesto que le creo. Pero…no me lo esperaba. ¡Gracias, Sr. Maverick!, muchas gracias–, agregó casi tartamudeando Samuelsson en un muy buen inglés.

–Bueno, bueno: sin sensiblerías, por favor. Y dígame... esa historia ¿tiene algo de real?–

–¿Por qué lo pregunta, Sr. Maverick?–, dijo atemorizado un tembloroso Samuelsson.

–¿Pero qué le pasa, mi amigo?–, respondió sorprendido el productor. –¡Tranquilo!, ¡tranquilo! Es que me parece muy imaginativa, realmente muy ingeniosa. ¡Mire si fuera cierto! La verdad es que lo felicito. Necesitamos guionistas así, creativos, que se dejen llevar por la fantasía. Bueno, hablemos de negocios...–

Luego de no más de un cuarto de hora donde Maverick apabulló a su interlocutor con datos, propuestas y afirmaciones tajantes, lo único que Samuelsson quería era huir de ese despacho. Sin pensarlo mucho –ya no tenía ánimo para hacerlo– aceptó todas las condiciones que el empresario le indicara. Por supuesto, obviamente, que ni siquiera sabía lo que estaba firmando.

Al día siguiente Maverick se dio a la tarea de poner en marcha el proyecto. Hacía mucho que en Hollywood no aparecía una película de esa naturaleza: –Hay que reflotar los fantasmas–, se dijo. Al poco tiempo la idea ya comenzaba a tomar forma, y el ritmo frenético una vez más marcaba la dinámica de todo su equipo. –A la gente le gustan estas estupideces–, se decía a sí mismo.

Ni siquiera se tomó la molestia de averiguar en algún atlas o en el Internet dónde quedaba Holström; en definitiva eso no importaba. La cuestión es que toda la historia sonaba bien, y hasta incluso el nombre (en noruego) tenía algo de intrigante para un mercado de habla inglesa, e incluso para otros. Todavía impresionado por la primera lectura –a partir de la que había tomado la decisión–, un par de días luego del encuentro con Samuelsson volvió a leer el guión, ahora más detenidamente. Y por primera vez luego de años pasó más de tres horas ante un libro sin poder despegarse. Más leía y más se sentía atrapado. Cuando se dio cuenta eran las tres de la madrugada; sólo, en el medio de su monumental mansión donde desde hacía un buen rato dormía ya toda la servidumbre, tuvo miedo.

–¿Pero qué te pasa, Tom?–, trató de darse valor a sí mismo. –Si las brujas no existen–.

El barco había naufragado hacía más de ciento cuenta años frente al faro de los fiordos de Holström en una furiosa noche de tormenta –según el relato de Samuelsson. Las circunstancias habían sido patéticas: el encargado del faro, Lars Peterson –viudo, profundamente enamorado de una joven quien no le correspondía en sus aspiraciones de matrimonio pero que, de todos modos, había quedado embarazada de él–, justamente por su desazón amorosa, la noche trágica había bebido como nunca. Tanto, que no estuvo en condiciones de prender las luces que debía poner a funcionar diariamente. Ante la falta de señalización, entonces, y dada la oscuridad más absoluta que caía sobre el mar, la embarcación no pudo orientarse y golpeó fatalmente contra unos arrecifes a escasos trescientos metros del faro. El naufragio sobrevino inmediatamente, y con las condiciones de tan mal tiempo que había, no hubo ni un solo sobreviviente.

Al día siguiente el viejo guardafaro fue removido de su puesto por motivo de la negligencia cometida. No fue tanto esto lo que lo afectó sino el saber que en la embarcación hundida iba su amada, Christina, embarazada de tres meses. Antes de zozobrar, la nave –que transportaba aceite de ballena y pólvora, y estaba a cargo del padre de Christina, motivo por el que ella estaba viajando en ese momento– ardió completamente, no pudiéndose nunca establecerse quiénes murieron calcinados y quiénes ahogados. El cuerpo de la joven no se encontró. Ya despedido, el viejo Lars pudo subir por última vez al faro que había cuidado por años, y desde lo más alto se arrojó contra los acantilados, encontrando así un final para sus insoportables tribulaciones. Cuenta la leyenda –según lo presentado por el guionista– que las noches oscuras y borrascosas salen en su búsqueda mutua los fantasmas de la joven Christina y del viejo Lars; pero como no desean ser vistos por nadie, si algún eventual observador tiene la desdicha de encontrarse en la escena, encuentra la más espantosa de las muertes a manos de los espectros. No quieren que su paz sea perturbada por nadie.

Fue curioso: después de recibido el cheque de pago por su guión, Samuelsson desapareció repentinamente y no se volvió a saber nada de él. De todos modos, una vez entregado el libro, su presencia no era importante para el rodaje. Maverick fue uno de los primeros en saber de la noticia, pero prefirió no decir nada al respecto. Incluso cuando fue entrevistado por dos agentes de la policía federal en el momento en que ya se comenzaba el rodaje –sin que nunca le quedara muy claro el motivo– el tema de la desaparición del noruego no se tocó.

Fueron elegidos para los papeles protagónicos George Kimberley –con un premio Oscar recientemente concedido en otra producción también de Tom Maverick– y la promesa ítalo-americana Betty Capriatti. El director –que para el caso era lo menos importante: como en general para todas las producciones hollywoodeneses hacía las veces de director de cámaras, y no más– fue un tímido pelirrojo, más conocido por su melena fosforescente que por sus dotes de cineasta, en todo caso personaje olvidable: Bill Matthew.

Aunque en principio el productor insistió con que toda la realización se podía hacer en suelo estadounidense, finalmente accedió y el rodaje se hizo en Noruega. En territorio de los Estados Unidos ya no era fácil encontrar un faro con las características del que se precisaba para el caso. Los fiordos de Hosltröm vieron así llegar una banda de ruidosos american girls and boys.

Estando en suelo noruego el productor fue informado que el cheque de pago dado a Samuelsson –que era una suma nada desdeñable para quien se suponía debía necesitar todo ese dinero– aún no había sido cobrado. No le importó mucho, pero tuvo la intuición que algo fuera de lugar estaba pasando. –Estos suecos son todos unos excéntricos– fue lo primero que se le ocurrió decir. Pero fue más lo que prefirió callar.

El viejo faro de Holström, todavía en actividad pero pronto a ser reemplazado por balizas satelitales, podría haber sido reproducido a la perfección en estudios; sin dudas, con efectos especiales se hubiera podido replicar fielmente cada uno de sus ladrillos mohosos, la espuma con sal y yodo que inundaba en forma perenne todo el ambiente, las neblinas polares. Pero la presencia real de esa reliquia arquitectónica tenía algo imposible de ser captada por una computadora. Tenía, aunque no se pudiera precisar por qué, un aire lúgubre. Maverick, aunque a nadie se lo dijo –para ese momento su asistente también hacía de pareja, pero tampoco a ella se lo comentó– tuvo una intuición que lo angustió.

–¿Pero qué me pasa? ¿De dónde estoy sacando esa locura?–, se dijo a sí mismo sin creer en lo que pensaba. En realidad no lo pensaba; más bien las ideas se le aparecían a su pesar. Un escalofrío lo sorprendió a la madrugada, cuando dormía entre los brazos de Susan, su secretaria-amante. –No, no es posible–, trató de razonar, e intentó seguir durmiendo, cosa que, por cierto, no logró. Una vez más tuvo que acudir a una fuerte dosis de tranquilizantes, como le pasaba cada vez que estaba ansioso –lo cual no era nada raro.

La primera semana de estadía en Noruega pudieron trabajar poco. En realidad esperaban tener mal tiempo, porque eso era lo que se necesitaba para mostrar el faro: la neblina, el mar encrespado, el viento. Pero nada del clima esperado se dio. Por el contrario resultaron unos días de sol espléndidos, y las noches eran claras como hacía años no se veían. Para poder llegar a Holström debieron hacer todas las gestiones del caso con la marina de guerra de Noruega, la que les facilitó la correspondiente logística. Desde el momento que en Oslo se supo del proyecto de una productora de Hollywood de filmar una película en los fiordos más septentrionales del país, no cesó la curiosidad. Incluso un par de canales de televisión le dieron cobertura al hecho mismo del rodaje.

Ya instalados en la localidad –era un grupo de más de veinte personas– algunos lugareños se acercaron a los bulliciosos visitantes. A veces en un precario inglés, otras valiéndose de una traductora especialmente contratada, los estadounidenses encontraron un clima algo extraño; no era rechazo en sentido estricto, pero tampoco era la mayor de las hospitalidades. Había una cuota de lejanía, de distancia. Un viejecito de gastada piel y casi ciego –apellidado Samuelsson, según luego se informó– esbozó una sonrisa insólita al saber del propósito de los extranjeros. Sonrisa que a Tom Maverick le volvió a hacer sentir el escalofrío de algunos días atrás.

Finalmente vino el tiempo que se estaba esperando: los días, y las noches en especial, de bruma cerrada, de ventiscas y marejada amenazante, llegaron para quedarse.

Todo el grupo dormía en un albergue –en realidad el único disponible– de la pequeña localidad de Holström. El pueblito era un lugar pintoresco, dedicado fundamentalmente a la pesca y con muy ocasionales visitas turísticas. La traductora había viajado con el equipo de actores, director y asistentes desde la capital del país.

Cierta noche, alrededor de las diez y cuando ya todos habían cenado dando fin a una intensa jornada de trabajo, el viejo Samuelsson, aquel de la sonrisa extraña, llegó hasta el hotel. Nadie estaba con muchas ganas de hablar con él; de hecho, no se comunicaba en inglés, por lo que fue la traductora –Sofía Franklin– quien se dignó atenderlo.
Conversaron poco, unos escasos minutos. Terminada esa improvisada charla en una esquina del salón del albergue, sigiloso como llegó desapareció el insólito anciano.

Algunos dicen que toda la noche permaneció prendida la luz del cuarto de Sofía –quien dormía sola. La escucharon levantarse cantidad de veces, ir al baño, caminar por su habitación. Hubo quien dijo haber escuchado algún sollozo. Al día siguiente, muy temprano, el encargado del hotel manifestó haberla visto salir; no le prestó mayor atención al hecho. Iba sin valijas, por lo que nada le hizo sospechar algo llamativo. Lo cierto es que desapareció súbitamente.

Había carretera que comunicaba el pueblito con el resto del país; pero no había servicio de autobús. El grupo había llegado por mar, con ayuda de la marina; y estaba previsto que de la misma forma se regresara. Nunca se supo más nada de la joven traductora.

Se tejieron las más esotéricas explicaciones; finalmente todos optaron por quedarse con la que terminó siendo la oficial: alcohólica recuperada como era, tuvo una recaída y no pudo con su vieja práctica. Si bien nadie supo de dónde provino esa explicación, todos la aceptaron. Para muchos fue casi simpático el hecho; para Tom fue terrorífico.

–¿Pero qué pasa que todos desaparecen?–.

Con carácter compulsivo corrió urgido hacia su computadora portátil; quería saber –no podía esperar más tiempo– si el cheque del guionista había sido cobrado. Y la angustia nuevamente volvió a apoderarse de él. No entendía por qué no se presentaba el documento.
–¡Tendría que haberlo cobrado ya! ¿Qué le habrá pasado?–

La caracterización de los actores principales –George y Betty– como espectros no podía estar mejor lograda. La actuación no era buena –casi podría decirse que era espantosa; pero no era eso lo que más contaba. Lo que se buscaba –lo que Tom realmente quería, y por tanto lo que buscaba el director Matthew– era crear un clima terrorífico; no importaba tanto la calidad estética del producto, y menos aún la hondura de su trama. Los actores y la dirección eran simples eslabones en la cadena de la producción; para el caso importaba más el faro que el argumento de toda la película.

Sin dudas el legendario faro asustaba por sí mismo. Soberbio sobre lo alto de un ríspido peñasco, su solitaria presencia transmitía una sensación tétrica que muy bien había sabido captar la cámara. De los actores-fantasmas lo que más resaltaba –quizá lo único– era su aspecto de seres sobrenaturales. La sensual ítalo-americana había confesado que le daba mucho miedo pensar que tenía que representar a un fantasma. Eso, que podía ser del peor gusto en cierto ámbito, para una película efectista como la que se estaba rodado –"La leyenda de Holström" llevaría por título– tenía un inestimable valor publicitario. Tom pensó que esta declaración, sumado a las llamativas desapariciones del guionista y de la muchacha que oficiaba de traductora durante la filmación, podían ser elementos que reforzaban el terror buscado, y que a la larga atraerían más público. De eso se trataba en definitiva: que muchos, la mayor cantidad posible, la humanidad completa si se podía, rindiera su tributo en la taquilla de los cines.

Esa tarde nevó. No era común para esa época del año, así que se produjeron algunas pequeñas complicaciones prácticas con los vehículos que transportaban al equipo los cuatro kilómetros que los separaban del faro. Por la noche se filmaría la escena –quizá la más romántica de toda la película– donde los fantasmas se besaban. Betty estuvo rara durante toda la sesión de rodaje. No debía hablar una sola palabra, solo actuar gestualmente.

La escena del encuentro de los espectros enamorados tuvo un patetismo memorable; si bien en el guión sólo estaba indicado que la joven Christina quería llevar a su amante, el anciano guardafaro, hacia el lugar del naufragio, no había mayores precisiones de cómo hacerlo. Eso quedaba librado a la dirección actoral, o al talento escénico de la protagonista. La forma en que Betty arrastraba a George –es decir: el viejo Lars– hacia las olas embravecidas era conmovedor: una mezcla de sensual pasión y fuerza endemoniada. Tan conmovedor, tan expresivo que en un momento el mismo actor pidió con gritos de desesperación detener la toma. Como todos pusieron interés en él –realmente se lo veía acongojado– nadie reparó en lo que hacía la diva. Al cabo de un rato, y ante la gran sorpresa de todos, saludaba agitando los brazos desde lo más alto del faro.

–Terminamos por hoy, volvemos al hotel–, gritó Bill invitándola a descender.

Como no regresaba, un ayudante de sonido decidió subir a buscarla. Convinieron en que todos los demás se adelantaban, y que el amable muchacho –Pit, joven de ojos inocentes y tatuaje en la frente–, luego de solicitar el correspondiente permiso a las autoridades del faro, volvería con Betty en el vehículo que les dejaban, el jeep más pequeño.

Si todos habían quedado sorprendidos ante lo recién vivido en los fiordos, más grande aún fue la sorpresa al regresar al hotel. El encargado, con rostro circunspecto, les dijo que ya había llamado a un médico de otra localidad –distante unos cuarenta kilómetros–, y que consideraba que la crisis de la señorita Capriatti seguramente se debía al exceso de trabajo y poco descanso.

Mirándose atónitos unos a otros, fue Tom el primero en rugir una respuesta:

–¡Por el jodido demonio! ¿Qué crisis?–

Algo atemorizado por la reacción, el conserje balbuceó con temor, tartamudeando:

–Es que…¿cómo?, ¿no lo sabían? Este…la señorita Capriatti tuvo una descompostura, está inconsciente. Yo pensé que ustedes habían decidido dejarla…no sé, por su trabajo. Fue ella la que me llamó hace un rato, mareada, un poquito perdida–.

No salían de su asombro. Repentinamente, George se puso lívido y cayó desmayado. Tom pensó, sin atreverse a decirlo: –"La leyenda de Holström", filmada con fantasmas de verdad–. Le pareció demasiado atrevido para expresarlo. En el mismo momento en que se le ocurría su sarcástica frase publicitaria, pensó en Pit y en el rescate de… –¿quién era entonces?–. Al instante tres varones del grupo corrieron hacia uno de los vehículos para regresar al faro.

Cuando llegaron, ahí estaba el jeep rojo. Luego de discutir un poco con los dos guardias navales que custodiaban el faro –apenas hablaban inglés–, quedó claro que Pit nunca intentó entrar a la instalación. En realidad les había llamado la atención a los dos custodios que dejaran abandonado uno de los vehículos sin decir una palabra, pero de todos modos no le habían dado mayor trascendencia al asunto. Del joven sonidista no se volvió a saber nada.

El material recogido era ya suficiente para permitir montar varias películas. Por lo tanto esa misma noche Tom decidió que regresaban. Se puso la denuncia formal de la desaparición de Pit, y por tres días la guardia costera y la policía noruega buscaron sin éxito alguna pista. De todos modos todo el personal tenía seguro de vida; –no hay nada de que preocuparse–, se dijo el productor.

Aunque nadie de los que había formado el grupo se lo propuso en forma explícita, el silencio sobre el asunto cayó sobre todos ellos. A la familia de Pit se le contó una versión creíble respecto a un accidente, y ahí terminó la cosa.

Si bien la veintena de personas que había tomado parte en el trabajo en Noruega –desde la pareja de actores principales hasta los diversos técnicos– tenía un contrato laboral que lo ligaba a esta producción, de buen grado todos hubieran dejado ahí el vínculo, sin importarles perder dinero. De una manera inexplicable, todos –incluido el productor Tom Maverick– prefirieron no mencionar más nada de todo esto. A nadie interesaba ya presentar la película terminada. Lo sucedido la última noche había sido demasiado.

En todo caso, fueron circunstancias externas y más bien fortuitas las que reflotaron la idea de finalizarla.

Betty Capriatti, la ya bastante famosa diva, había tenido un episodio patológico debiendo ser hospitalizada. Se trataba de un brote psicótico; fue ahí donde para Tom se hicieron claras anteriores conductas de la muchacha. Siempre la había visto algo rara, y ahora la historia clínica presentada por el psiquiatra tratante lo confirmaba.

–Se trata de una estructura esquizo-paranoide, con desdoblamiento de la personalidad. En el estado semi delirante que está cursando ahora insiste en un asesinato que cometió en un faro en el polo norte, en Noruega–.

–¿Qué más le dijo al respecto, doctor?–, se interesó Tom.

–Pues que estando en pleno rodaje de una película de terror tuvo un acceso delirante; dice no recordarlo bien, pero sabe que trepó a un faro, una noche de borrasca, luego bajó y, sin saber cómo, empujó a un compañero de trabajo –insiste en que el nombre era Pit– al mar. Se asustó, y en vez de socorrerlo, volvió al hotel donde se alojaba–.

–Doctor, ¿y puede ser cierto todo eso?–, se apuró a preguntar Tom, no sin angustia.

–Por supuesto. Mire, por lo que estoy viendo de la historia de esta muchacha, todo lo que ha contado, aunque suene estrafalario, es verídico. La angustia no miente, las alucinaciones son alucinaciones, pero no mienten–.

Asombrado por las explicaciones del médico, Tom creyó entender lo que había pasado en Holström.

–¡Por supuesto! Era la pobre Betty, loca como estaba. ¿De dónde sacamos que eran fantasmas?¡Qué estúpidos!–

Uno por uno fue entrevistando a todos los que habían tomado parte en el equipo de la filmación del faro, y a cada uno les explicó lo que en verdad había sucedido. Mientras, Betty seguía su recuperación en una prestigiosa clínica psiquiátrica, el resto del grupo estuvo de acuerdo en darle fin a la película. No se necesitaba rodar nuevo material; el existente alcanzaba. La actriz también aceptó. Era sólo cuestión de montar lo que había.

Y así se hizo.

Dos meses más tarde "El fantasma de Hosltröm" se presentaba en el medio de una agresiva campaña publicitaria. En las dos primeras semanas de exhibición ya había pasado a ser un éxito económico sin precedentes; tanto, que se llegó a hablar de una segunda película. "El retorno de los fantasmas", "El faro sigue con vida", "Los espectros no han muerto" fueron algunos de los títulos que comenzaron a pensarse como posibles para la continuación.

Si bien cinematográficamente la película no aportaba nada nuevo ni tenía una especial carga estética, había logrado impactar. Unos meses más tarde, habiéndose ya recuperado Betty Capriatti y teniendo decidido Tom una segunda entrega bajo el título de "Holström II", la película fue nominada para el Oscar.

La noche de entrega de los galardones, sin saber aún que "El fantasma de Holström" ganaría dos estatuillas, cuando estaba llegando la aristocracia de la farándula de Hollywood a la magnífica sala en que tendría lugar el acto de premiación, nervioso y apretujado por un traje de gala que le remarcaba de forma payasesca su gordura, Tom Maverick recibió de manos de una desconocida una carta que no quiso leer en el momento, pero que finalmente aceptó abrir a instancias de la insistencia de su amante-asistente.

Unos minutos antes que el director Bill Matthew fuera llamado al escenario, Tom pudo leer mientras sus manos le temblaban:

–Está loca, pero no fue ella. Y no soy sueco. Soy noruego–. Junto a la carta venía, partido por la mitad, el cheque por diez mil dólares nunca cobrado a nombre de Peter Samuelsson.

* Tomado de “Nosotros, los mediocres”, Guatemala, 2004 (Mención especial en el Concurso de Cuentos del Instituto Iberoamericano de Cultura Mario Vargas Llosa)


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Un mundo a la derecha


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A nadie debería asombrar que la derecha haya ganado las elecciones del Parlamento Europeo; sería ingenuo que alguien se escandalizara por las últimas ocurrencias privadamente públicas de Silvio Berlusconi. Eso (y más hacia la derecha) es lo que quiere buena parte del planeta. El mundo que tenemos (y, por ahora, no hay más) vive a la derecha de la vida. Así de simple, que nadie se espante.

Es posible que la mayoría de las personas se dividan en dos grandes (hay más) grupos de pensamientos. El mayoritario acepta el mundo como es: le gusta lo disfruta, lo goza, se resbala en el mar del cinismo; por su parte, el minoritario sobrevive estrellándose una y otra vez (y de nuevo) contra esta cosa llamada vida que no le agrada. Este escrito no va dirigido a los primeros, porque sé que a ellos les causa alergia todo lo que huela a pesimismo. Por ello me dirijo a los seres humanos de la acera de enfrente, la del fracaso, la de los perdedores. Y, entre ellos, me incluyo como si este texto fuese una confesión frente al espejo, ya que para nosotros los sacerdotes no son muy necesarios.

Amigos de la izquierda del mundo: ¿Qué nos ocurre? ¿En qué momento de la carrera nos quedamos dormidos? ¿Qué carajo nos pasa que ya no servimos ni para tirar piedras? ¿Es que aún no hemos despertado de la caída del muro de Berlín? ¿Es que acaso el mundo, de pronto, se convirtió en un lugar digno para la vida? Cuando me hago estas (y muchas otras) preguntas pienso que nadie lo ha dicho mejor que José Saramago: “La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive. Los partidos de izquierda no han estado a la altura de la crisis mundial.” Y que nadie ponga en duda la condición irrenunciable que el escritor portugués tiene con el comunismo. Saramago es el viejo rebelde que a mi algún día me gustaría ser. Es el niño eterno que no se cansa de recordar los pantanos del sistema. Y del antisistema. Y es, por los profundos pantanos del sistema, que no comprendo el silencioso accionar de la izquierda. Parece que efectivamente nos quedamos dormidos en algún lugar de la carrera. Y el capitalismo siguió creciendo, ya ni siquiera habla de derecha y de izquierdas, sino que se da el lujo de adoctrinar a las personas (a los individuos que acompañan nuestra vida) con una existencia invisiblemente consumista, y egoísta, y primitiva. No hay duda: cada día somos menos humanos y desde la izquierda no se está haciendo nada para evitar este acelerado deterioro. ¿Acaso no es a la izquierda, por su condición progresista, a quien corresponde impulsar un nuevo modelo de convivencia?

Sospecho que hay dos (y muchos otros) tipos de izquierda. La pasiva, la que ni siquiera se ha dado cuenta de que ya el librito de los dogmas no nos sirve para cambiar el mundo, y la oportunista, la que se alimenta de ser la pieza ridícula del sistema. Pienso que es urgente y necesario el surgimiento de una tercera fórmula de izquierda, la que debe atender el llamado de este tiempo, la que ni siquiera aterrice en el siglo XX (a donde aún no ha llegado) sino que empiece desde este instante presente, con el fino y estratégico empeño de ofrecer un nuevo proyecto de mundo. He ahí un gran problema: buena parte de los grupos políticos de izquierda (en el mundo) se dedican, en los distintos parlamentos, a debatir, con la derecha, cómo “mejoramos el sistema”. Eso es absurdo, eso es cuando menos ingenuo por no decir tramposo. ¿Cuándo carajo va la derecha a cambiar el mundo que parieron? ¿Quieren acaso los padres cambiar al hijo que engendraron por decisión propia? La única alternativa posible de esa fórmula de izquierda sería reinventar el presente y ofrecer un modelo opcional, desde la otra acera, desde otra realidad pragmáticamente tangible pero humana.

Lo más asombroso de este momento histórico es que, mientras reposa la izquierda, los ciudadanos de la calle del mundo se sienten molestos, incómodos, insatisfechos. Basta con observar las distintas realidades sociales: los pueblos están inconformes, ya nadie se deja engañar por lo que dicen ni los grandes medios de información ni los políticos convencionales. Me atrevería a asegurar que son pocos los que creen en las trampas del sistema, casi todos sospechan de la banca, de las gripes fantasmas y del cinismo del poder global. Sin embargo, no existe una fuerza visible que encause el disgusto ciudadano. ¿Será que con el tiempo la izquierda se convirtió en piedra?

Es cierto que el siglo XXI se inauguró con una nueva izquierda en América Latina. Pero, por ahora, habrá que esperar a ver si esa forma de izquierda le ofrece al mundo un modelo de convivencia distinto al capitalista. Me parece complejo que Europa y Estados Unidos atiendan las opciones de América Latina, cuando aún existen demasiados prejuicios sobre las actitudes (y aptitudes) de los latinoamericanos. No obstante, debemos seguir explorando los caminos regionales sin ninguna clase de complejos.

Ya sé que el debate no existe, la derecha nos ha hecho creer que hemos arribado al único sistema posible de felicidad. Ya sé que cuando todos terminen de leer este artículo cerraran los ojos y sonreirán ante el espejismo de dicha capitalista. Ya sé que, por ahora, el mundo camina hacia la derecha. Amén mister sacerdote.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Se anuncian voces todavía silencio


Eduardo Pérsico (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estimado público, sepan quienes recién llegan al espectáculo que los argumentos y representaciones que verán nos vienen de muy lejos, y no pocos conocieron en las generaciones anteriores. Así que para ilustrarnos todos un poco mejor, digamos que verán una escenificación ancestral y sin censuras que los seres humanos heredamos del mismo comienzo de las cosas. Esto significa una perpetua puesta en escena de lo inmemorial que prosigue en cada presente sin ningún corte, demora ni prohibición extraordinaria, y que si agudizan su imaginación verán cómo por el gigante proscenio que al fin resulta nuestro planeta, con diferentes atuendos y ropajes van, vienen, se actualizan, se disfrazan y reaparecen mágicamente muchas figuras de la historia. Hay ciertas referencias constantes: jefes de la manada, astutas majestades que convencieron a los demás de haber llegado del más allá, reyes en hábiles acuerdos con rabinos, ayatolas y papas de los lejanísimos cielos; y a estos últimos, público amigo, sin asombros ni pudores los sorprendimos al descender desde el mismísimo cielo con sus altos bonetes y zapatos colorinches, a bendecir majestades imaginadas por quién sabe. Pero acaso este sea otro de los debidos misterios del dios supremo para ordenar debidamente los reinados, según fuera debido y perdonen mi redundancia debida… Bien, desde aquí le aseguramos y reiteramos que nada de los sacrificios y lealtades sumadas hasta este venturoso presente merece ser discutido por la humanidad, en cuanto sin las majestades guiadas por el orden natural y divino el tiempo hubiera fatigado sobre él mismo, relojero y absurdo, y el universo entero se hubiera ennegrecido. Instante fatal que por ayuda de dios no hemos atravesado, y que hubieran usado los herejes para asaltar los místicos hogares del bien y la cordura. Además para violentar a gusto nuestros monumentos, sepulcros, sitios y palacios donde atesoramos cada insondable enigma del poder y de la fe, por siempre juntos, que sostienen día a día estos sagrados preceptos. Muy querido público, ninguno de quienes aquí estamos podemos darnos un momento de debilidad y si bien esta verdad es inviolable y eterna, olvidarnos un solo momento de dios es un olvido lacra, de condena y espanto, un olvido derrota para siempre. Cuestionar cualquier verdad del reino de los cielos en la tierra nos llevará a los arrabales de la absoluta sombra, hacia la penumbra del castigo sin retorno por donde marchan en columnas a ciegas y contra dios, en nombre del hambre y la injusticia, esos bárbaros que tanto tiempo y esfuerzo nos exige derrotar. Esos herejes contrarios a la naturaleza del hombre creado a imagen y semejanza de dios, hoy prometen decir palabras todavía silencio buscando sitiar con el olvido la ciudadela de la creencia divina. Pierden el tiempo en cuanto no pudieron lograrlo por los siglos de los siglos, amén, y hoy menos lo conseguirán si nuestra fe sigue enarbolando las venerables virtudes difundidas por siempre y para siempre. Tanto fue así que las bendiciones hechas a bombas y cañones, fueron y seguirán en defensa de esta libertad y estilo de vida y jamás por otros intereses. Sepamos eso bien. Y a propósito, estimado público, imaginamos qué dicen esas voces todavía silencio para inquietar la armonía del universo; es lo mismo que vienen gritando hace siglos, con aquello de repartir el pan y demás reclamos sin sentido que no los llevarán a ninguna parte.

Eduardo Pérsico es escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.


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La Alcuza


Nicolás Estévanez y Murphy

¿Qué trabajas, imbécil campesino,
mísero labrador?
¿Por qué en los surcos de tu campo viertes
raudales de sudor?

¿Qué trabajas, herrero ennegrecido,
con incesante afán?
¡Cadenas que tus hijos maldiciendo
después arrastrarán!

¿Por qué luchas, soldado generoso,
con épico valor,
si es mentira la gloria de una patria
esclava de un señor?

¿Por qué bajas, minero a los abismos,
tesoros a buscar,
si los tesoros que al planeta arrancas no puedes disfrutar?

¿Por qué navegas, cándido marino,
del polo al ecuador,
si eres vil instrumento como el barco
de infame explotador?

¿Por qué bordas, artista laborioso,
con rudo trabajar
matizadas alfombras palaciegas
que nunca has de pisar?

Navegante, marinero, y artesano,
soldado y labrador,
¡como cobardes mantenéis al mundo
sumido en el dolor!

Dejad los torpes instrumentos viles
y la pesada cruz,
trocando la herramienta por la alcuza
que engendrará la luz.

Esclavo negro que venganza pides
con natural rencor,
si es pesada tu negra servidumbre
la del blanco es peor.

No hay sociedad, ni patria, ni deberes,
ni gloria, ni virtud,
para el que vive y muere sin descanso,
ni nombre ni ataúd.

Nicolás Estévanez y Murphy es escritor canario, Las palmas de Gran Canaria, 1838 - París, 1914)


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¿Dónde están las tumbas de los dioses muertos?


Julio Woscoboinik (Desde Buenos Aires. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo”

Voltaire

“¿Dónde están hoy las tumbas de los dioses muertos? ¿Qué deudo tardío riega sus túmulos sepulcrales? Hubo una época en que Júpiter era el rey de los dioses y cualquiera que dudase de su poder era ipso facto considerado un bárbaro y un ignorante. Pero ¿en qué lugar del mundo hay un hombre que hoy venere a Júpiter?”

Así reflexiona H. L. Mencken en su notable ensayo Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos (1922), transportándonos a distintos momentos de la historia de la humanidad.

¿Qué se ha hecho de Sutekh, otrora dios supremo del Nilo? ¿De Venus, Diana de Efeso, Cronos, Marte? Eran dioses de alto rango, dioses de pueblos civilizados, en los que creían millones de personas. Los hombres trabajaron durante generaciones para construirles templos gigantescos. Interpretar sus caprichos ocupaba a miles de sacerdotes, obispos y arzobispos. Dudar de ellos equivalía a morir en la hoguera. Los ejércitos se ponían en campaña para defenderlos de los infieles. Quemaban aldeas enteras, masacraban a mujeres y niños, robaban el ganado. Y al fin… ¿Dónde están las tumbas de los dioses muertos?

La cultura azteca, con gran riqueza en distintas expresiones de la técnica y el arte, tuvo un marcado carácter religioso, cargado de agresión y de muerte. En las ceremonias de ofrenda a los dioses, en particular a Huitzilopochtli, dios de la guerra, se realizaban sacrificios humanos masivos. “En un solo año –y esto sucedió hace sólo cinco siglos- sacrificaron en su honor 50.000 jóvenes y doncellas. Hoy, nadie lo recuerda”.

(Información reciente comprobó que en las entrañas del Templo Mayor, centro ceremonial de la capital del imperio azteca, Tenochtitlán (actual Ciudad de México), se ha encontrado un entierro ritual de un niño que fue sacrificado al dios de la guerra. Los arqueólogos Ximena Chávez, Osiris Quezada y José María García descubrieron en el Templo Mayor los restos de un niño de cinco años, ataviado con cascabeles y caracoles junto a instrumentos musicales de cerámica. La ofrenda - dedicada a la consagración de la ampliación del templo realizada por Moctezuma- supone el primer hallazgo de un sacrificio infantil dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra.)

La lista es innumerable. Todos eran dioses omnipotentes, omniscientes, inmortales. Y, en efecto, ¿quién los recuerda? Pero eso sí: se renueva constantemente en el hombre la necesidad, el anhelo de un alguien -dios, líder, conductor, führer- a quien recubrir de cualidades excelsas que protejan de cualquier peligro y confieran seguridad. Que protejan del desamparo y ayuden a negar la soledad y el miedo.

También la cultura occidental actual crea nuevos cultos y personajes investidos de santidad. Ya han transcurrido por la vida y desde la muerte, emanan un poder mágico, salvador. Figuras que son difundidas tanto mediáticamente ante un gran número de seguidores como en la inmensidad de un camino erigiéndoles capillas y santuarios. Mientras ciertos predicadores llenan estadios con técnicas de sugestión de masas, en ciertos lugares se encuentran nichos venerando algún personaje santificado. Los muertos son así investidos de una magia protectora. De alguna manera es una negación de la muerte. La invocación a Dios lo es a un ser superior todopoderoso pero que en la religión católica es un muerto, Jesús, resucitado. De nuevo negación de la muerte. Y el planteo de la inmortalidad. “No hace falta un gran esfuerzo de reflexión -escribe Green- para advertir –lo atestigua la referencia al Nirvana-que pulsión de muerte e inmortalidad remiten la una a la otra.”

Desde el psicoanálisis un concepto fundamental –el narcisismo– trata de comprender todas estas alternativas. ”Un narcisismo no desarraigable lleva a creer que una civilización vale más que las otra” (Green). La barbarie tiende a ser justificada aduciendo los objetivos más nobles. Proveer a ello fue sin duda la función de ciertos ideales políticos, y la religión antaño, trastocada en fundamentalismo fanático inquisitorial. “A la inmortalidad de los dioses- agrega Green - respondió la inmortalidad de los héroes (guerreros, atletas, políticos, santos, filósofos, artistas y científicos).”

Ese casi responso ¿Dónde está la tumba de los dioses muertos? lo recuerdo con frecuencia. Pero, curiosamente, a la manera de un lapsus se me presenta la palabra “cuna” en lugar de “tumba”. Entonces pienso: ¿Sería posible encontrar en la cuna -a la manera de un símbolo- el origen de esa necesidad humana de creencia, de dependencia extrema, de veneración, de idealización a ultranza? Si Dios es una creación del hombre, en él se proyectará todo lo bueno, la capacidad de tolerancia y perdón que necesitamos para vivir. Aunque también y en razón de esa idealización extrema, ese mismo Dios omnipotente puede tornarse cruel y sádico. ¿Es la necesidad de un Dios -o sucedáneo- la cobertura adulta al desamparo original? ¿Es en esa necesidad de amparo y, por tanto, de dependencia donde nace el miedo que obliga a la obediencia ciega?

¿El estado de inermidad inicial (proto-trauma) supone la necesidad de investir una suerte de poder omnímodo en la madre? Es a partir de esa inermidad -Hiflosigkeit- que pueden suponerse vivencias de peligro, tanto desde el interior como del exterior. Así como la significación de las primeras experiencias de satisfacción. Y el odio que surge frente a las privaciones.

El psicoanálisis reconoce la presencia necesaria de una dinámica de desasimiento de esa primera dependencia absoluta. Dinámica que supone un montante de agresión, sin duda necesarios para crecer e individualizarse. El interrogante: ¿cómo diferenciar la agresión que acuerda con la pulsión de vida, el crecimiento, el enriquecimiento psíquico con aquella otra que trata de exterminar al otro, a los otros? Se abre un abismo entre una agresión útil en el desarrollo de la subjetividad y la crueldad, el odio exterminador hacia lo diferente.

“La civilización no es sino el resultado del equilibrio entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte”, concluye Green.

Pero:

-¿Es suficiente pensar en pulsión de vida y pulsión de muerte y en su defusión?

-¿Es suficiente la noción en sadismo? ¿Este concepto de sadismo no se queda corta, frente a ciertas imágenes de las guerras ? ¿O cómo sucediera entre nosotros cuando se esperarba el nacimiento de un hijo, para matar a la madre y robarle la criatura?

-¿Lo puede acaso explicar la pulsión de dominio?

Sí, en parte; cuando el aspecto perverso que lo habita, se alía al sadismo y al canibalismo de la pulsión oral.

Sí, cuando de pulsión de autoconservación se ha transformado en instrumento de dominio al servicio de la propia ambición. Con total indiferencia crueldad frente a la desposesión ajena. Cuando el poder del deseo es transformado en deseo de poder.

Cuando el cineasta francés, Alain Resnais filma Nuit et Bruillard, documento sobre las deportaciones de judíos franceses durante la ocupación nazi, fuerza a la cámara a recorrer las vías del tren llevando a miles de personas a los campos de concentración y exterminio. Una voz en off se pregunta: ¿Recorrerlas de nuevo? ¿En busca de qué?: Para intentar comprender lo incomprensible, para develar más claves del horror absoluto, para penetrar en las raíces del mal”. Resnais sabía que no investigar en sus mecanismos era ya una forma de preservarlos.

También desde la lingüística se ha planteado penetrar en las raíces de la maldad y el odio. Victor Klemperer (2001) aporta señalamientos importantes en su libro “L.T.I. la lengua del Tercer Reich”. Su hipótesis fundamental es que el lenguaje no constituye sólo un reflejo del estado totalitario; sino que contribuyó, más que las acciones brutales, a la creación misma del sistema. De allí el acápite que pone de Franz Rosenzweig: “El lenguaje es más que sangre”.

En sus desarrollos acerca del discurso nazi, Klemperer analiza el texto y el contexto. No sólo las palabras que van entramando argumentos narcisistas acerca del valor y la superioridad aria sino el escenario de gritos y manipulaciones sugestivas, movilizadoras de sentimientos instintivos arcaicos, e inmovilizadores del pensamiento y la razón. Klemperer jerarquiza en el discurso de Hitler, la palabra Rassenfremd. Designa lo extraño, lo ajeno a la raza. Serían los responsables de pestes, crímenes y drogas causantes de degradación y envenenamiento del pueblo ario.

También Haider -presidente hoy del partido nazi de Austria- hace girar su estrategia alrededor del término Fremd, lo extranjero, sinónimo de alimaña, de desecho. Este Fremd refiere la consideración nazi del otro, del otro como radicalmente distinto, despojado de todo rasgo de semejanza. No pertenece a la comunidad aria y, por tanto, debe ser expulsado. Todo lo Fremd debe ser eliminado. Los judíos del Tercer Reich fueron exterminados, no por enemigos políticos sino en calidad de despreciables alimañas. Haider pretende explicar lo inexplicable y habla de los campos de concentración como campos correccionales, negando el exterminio y afirmando la culpabilidad de los prisioneros, que debía ser expiada.

Primo Levi –“si esto fuese un hombre”, atrapado en Auschwitz- escribió algunas líneas decisivas sobre este punto preciso. Al interrogarse sobre la crueldad de los guardianes nazis en los campos de la muerte, descubre que uno de los “elementos esenciales del hitlerismo” se basaba en un principio: “antes de morir, la víctima debe ser degradada para que el asesino sienta menos el peso de su falta”. Violencia regocijante y cruel que alienta al encargado de realizarla para poder soportarse a sí mismo, para poder conservar de sí la imagen de un ser humano salvador del mal.

Jean Joseph Goux, psicoanalista francés, considera a “Moíses y la religión monoteísta” el libro póstumo de Freud: como un alegato. Es la palabra de un hombre sabio frente al delirio de Hitler. En efecto, es el libro de un iconoclasta, que cierra su vida, enfrentando, desde la humildad de su consultorio y desde la sagacidad de investigador, a todos los fundamentalismos. En ese momento, a la delirante rivalidad asesina de Hitler, que un día había exclamado amenazante: ¡"No puede haber dos pueblos elegidos! ¡Nosotros somos el pueblo de Dios! Estas pocas palabras lo deciden todo". Freud exclama “NO existen pueblos elegidos”.

Hitler no ignoraba que una fe se vuelve intolerancia absoluta y mortífera, desde el instante que hace de su causa, la causa de Dios. Que el antijudaísmo no se transformaría en una fuerza rabiosa y ciega de agitación popular, sino cuando fuese llevada al colmo; al punto en que toca el inconsciente. Es decir, cuando el fanatismo religioso agita y concentra la movilización de viejos prejuicios. Por eso, la acción fue ubicada en el eje de "los puros y superiores", contra los judíos, gitanos y homosexuales, verdaderas ratas, alimañas, demonios perversos e inferiores.

Actualmente el fundamentalismo asesino de uno y otro signo dice matar en nombre de Dios. Creo con Saramago que:

“No se adelanta nada diciendo que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es sólo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes juntó la leña para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invención, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque, ¿quién sabe? Tal vez ésa sea la manera de que no sigamos matándonos los unos a los otros”.

Los dioses han muerto. Los dioses no existen, los elegidos, tampoco. Pero, una vez más, frente a esta humanidad en llamas uno se pregunta ¿podrá ser esto así. Alguna vez?

Bibliografía:
Mencken H.L. Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos. Granica editor 1971. p. 60
Green André, Narcisismo de vida Narcisismo de muerte. Amorrortu, 1986. P.257.
Klemperer Victor, LTI,la lengua del Tercer Reich, apuntes de un filólogo. Minúscula. Barcelona, 2001.
Saramago José, “Dios como problema” Diario La Nación 10 de agosto de 2005.-
Woscoboinik Julio, “La razón de la sinrazón El poder del prejuicio”. Revista de psicoanálisis, Número Especial Internacional N*7.-
Woscoboinik Julio, “El fundamentalismo en la vida cotidiana”. Feria del Libro, Bs.As. 2001.
Woscoboinik Julio, “De la agresión al exterminio”. Diario La Nación, 22-6-97.-


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Entrevista a Yahvé


Wilmer Estrada Cruz (Desde Puerto Rico. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Había sido una mañana pesada, el consultorio estuvo atestado todo el día. Me sentía agotado y mi amigo el Prof. Lucas Samuel Cruz le había dado una asignación a sus chicos para me entrevistaran sobre la diferencia entre cliente y paciente, Lucas me viene jodiendo con esto hace años. Además de explicarle a sus discípulos tenía un compromiso con Lucas para dialogar sobre su tesis doctoral. La tarde transcurrió con mucha tranquilidad. A eso de las de 3:30 P.M. la secretaria me dice que hay una persona anciana esperando. Que pase fue la contestación.

El señor que hizo entrada era muy alto de cabello blanco, barba larga y descuidada, llevaba un bastón y vestía una túnica blanca casi transparente. Le impresionó su figura y solo pudo decir. Y aquí el dialogo entre este servido y Yahvé

¡Buenas tardes buen hombre!

-Buenas tardes. Contestó

¿En qué puedo ayudarlo?

-Soy Yahvé

¿Yahvé? Contesté entre asombrado e incrédulo. Sin dejar que saliera del asombro volvió a la carga.

-Si, soy Jahvé, ¿no me reconoce? ¿No le han contado de mí? ¿No me ha visto en retratos? ¿Hasta películas han hecho de mí? ¿En verdad no me reconoce?

¿Es usted....?

-Mírame, a la una, a las dos, a las tres, ta, ta, ta, ta Soy Jahvé, Jehová, El Señor, el Todopoderoso, Dios.

Me había quedado de una pieza. Tenía una sensación mixta, de alegría y molestia. Yo un principiante de ateo y marxista me toca de cerca entrevistar al tipo que más de la mitad del mundo lo da como un ente justo, amoroso, pacificador y que traerá la paz a todos. No salía del pasmo cuando me tiró su currículum vitae y en cuestión de segundos vi toda la historia (narrada por él por supuesto) y desbocado rápido le pregunté.

¿Y también Jesús?

-No, no, no. A Jesús y su estirpe lo inventaron durante el primer Concilio ecuménico que se celebró en el año 325 en Nicea por el Emperador Constantino y por orden del obispo San Osi de Córdoba. Esas son historias de caminos. ¿Tu abuelo no te contaba historias?

Aturdido todavía pero con un gran repertorio de preguntas sobre la mesa, hice la más estúpida de todas. ¿En que puedo ayudarle?

-Se rascó la barba. Me miró intensamente durante 10 minutos me observaba de arriba abajo y dijo

Creo que ambos pensábamos lo mismo, ¿quién carajos es este? Se dio cuenta de lo que pensaba y me preguntó.

-¿Estás dispuesto a escucharme?

Sí, pero tengo muchas preguntas, ¿no hay inconveniente?

-No, ninguno, dispongo de mucho tiempo, aunque la gente no nos entiende.

Lo interrumpí, usted dice y cito “no nos endienten” ¿A quién se refiere no nos entienden?

-A nosotros, los dioses

¿Hay muchos dioses?, pregunté.

-Hay mijo no tienes idea cuantos somos que los del Olimpo, ya hemos retirado a unos cuantos.

Para un aspirante a ateo y marxista la suerte toca a la puerta y pregunté ¿Porqué ustedes han cometido tantas atrocidades contra la humanidad?

-Nosotros no hemos hecho nada han sido algunos dioses como Jurarán que los azota todos los años.

Los huracanes son cosas de la naturaleza. Dígame de las atrocidades que han cometido.

-Se levantó endemoniado dio un fuerte golpe en el escritorio y blasfemó. Somos la tierra, el agua, el aire, el árbol, la semilla, somos todo ignorante Maldita sea la raza... Se volteó y mordió su pulgar, me miro fijo y preguntó ¿qué atrocidades?

Le voy a enumerar algunas para conocer su impresión:

• El diluvio universal, en donde murieron miles de niños, mujeres, ancianos, animales. Génesis 6-8 dice que este ser misericordioso exterminó a todos los seres humanos en un diluvio universal incluyendo a niños, bebes y animales ¿Eran todos pecadores? (Génesis 6; 2 Pedro 2:5). Aun seguía mirándome pero se volteó.
• ¿Por que se sienten poderosos y se hacen adorar tanto (Éxodo 14:4), (Deuteronomio 10:17), crítica (Levítico 26:28; Números 11:1). Respiró hondo hasta inflarse.
• ¿Por que se enfadan con los hombres? Éxodo 4:14, Éxodo 22:23, (Éxodo 32:10), (Levítico 26:28), (Números 11:1), (Éxodo 20:5). Meneó el pulgar en la negativa.
• ¿Por qué tienen una actitud antisocial? Acaso los derechos y los sentimientos de las personas, sean niños, mujeres, ancianos no cuenta. Mandaste a asesinar menores de edad y animales (Génesis 6; 2 Pedro 2:5), (Levítico 1-7), (Éxodo 12:29), (Ezequiel 9:4-6). Sus ojos se tornaron rojos y tenía una mirada fulminante.
• ¿Por qué destruiste a Sodoma y Gomorra matando niños, ancianos, animales merecían morir y encima convertiste a una mujer en estatua de sal? Se levantó y me dio la espalda.
• Eres ese ser justo que no castiga a los hijos por los pecados de los padres (Ezequiel 18:20), en 2ª Samuel 12:1-22 asesinó a un feto, por los pecados del Rey David. ¿Vas a seguir? Preguntó.
• Porqué al Dios de Israel le parece bien asesinar a las mujeres solteras que tienen el himen roto. (Deuteronomio 22:20-21)
• ¿Cómo es posible tanto crimen narrado en tu Biblia.

-¿Quién dice eso? Son herejes y paganos los que difunden esa blasfemia.

Está narrado en su Biblia, le recordé.

-Miró hacia suelo por largo tiempo y luego dijo, hijo son muchas preguntas y bien pocos, te digo, bien pocos podrán (sin atentar contra su vida) escuchar la verdad. Lo que dices es cierto y acá entre nosotros, hay todavía más. ¿Hay alguna otra cosa que quieras preguntar?

¿Cómo permitió que sucedieran eventos como:

• la inquisición, las cruzadas, la colonización,
• II Guerra Mundial, La Bomba Atómica
• Vietnam
• el bloqueo a Cuba
• Dictadores
• Irak
• Afganistán
• Gaza?

-Miró de frente, no se veía molesto ni angustiado con las preguntas. Se incorporó y susurrándome al oído me dijo, “los relatos de los libros antiguos son falsedades”. Volteó la vista como queriéndome decir algo más importante. Salió hacia la puerta observó hacia los alrededores y me dijo “Ni tampoco creo que nosotros seamos verdad”. La culpa no es nuestra es de ustedes por mendigos, ingenuos, cándidos, incautos, bola de... Se esfumó y desapareció.

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¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)


Ricardo Vicente López

«Me preguntan si creo en el big-bang y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no. Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde. La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro si o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el big-bang por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido». Me he tomado el atrevimiento de parafrasear el argumento del Sr. Jorge Majfud (ARGENPRESS CULTURAL 6-6-2009) que tiene muchísima razón cuando se opone a someterse a una pregunta tan ambigua sobre la existencia de Dios que esconde varias discusiones por detrás. «Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios. La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía».

No cabe, para mí, otra posibilidad que estar de acuerdo sobre esta inquietud. Puesto que la pregunta por la creencia en uno o varios dioses debe ir acompañada por la aclaración de a qué dios o dioses está haciendo referencia. Y al decir esto no estoy admitiendo que haya más de un dios, sino que la representación que los hombres de las distintas épocas y culturas se han hecho de él o de ellos difiere notablemente. Más aún, si nos detenemos en el estudio acerca de cómo se fue produciendo esa representación podremos comprender que se ha ido dando una evolución, una depuración, una sublimación, en la aproximación hacia una “verdad” muy difícil de obtener. Y podría tomarse como un logro de tantos esfuerzos el que en las culturas más desarrolladas, aquellas que se han denominado, con una palabra espinosa civilizadas, hoy no se habla ya de la existencia de dioses, sino de un Dios. El monoteísmo se ha impuesto y así ha sido aceptado en general. Debo agregar que no se trata de un tema de investigación fácil puesto que nos estamos enfrentando a un misterio. Por ello todo lo que se diga sobre el tema tiene tan solo el valor de una aproximación siempre esquiva. Digo antes que si la palabra misterio molesta ¿qué debe decirse del Muro de Max Planck con su extraña fórmula de 10 segundos a la -43 como barrera que no permite explicar nada antes de la explosión (big-bang)?

Vuelvo a la comparación que se desprende de mi propuesta comparativa. Entonces, con la misma autoridad se podría decir ¿Cuál teoría del big-bang? ¿La de cuál de los tantos físicos, cosmólogos y demás investigadores que han ofrecido algunas explicaciones sobre el tema? Esas preguntas tan simples pretenden obtener una respuesta igual de simple para un problema muy complejo. Sin embargo, mi comparación adolece, a primera vista, de una falencia. El tema del origen del universo está colocado en la órbita de las ciencias físico-matemáticas por lo que su investigación debe atenerse a prescripciones epistemológicas bien precisas. A pesar de ello las diferentes propuestas explicativas no logran satisfacer a toda la comunidad de científicos dedicados a este tipo de investigación. Lo que ha quedado aceptado es la existencia de una explosión originaria y la posterior expansión de la materia, lo que no logra acuerdo es la explicación sobre la causa de dicha explosión que habría sucedido hace unos 15.000.000.000 de años atrás, aproximadamente. Y al decir esto intento mostrar que en un terreno como el de la, tal vez, más sofisticadas de las ciencias, la física tenemos problemas similares respecto a encontrar una definición clara y distinta que no presente posibilidad de dudas. Y estas dificultades se tornan mucho más abstrusas cuando intentamos introducirnos en el campo de la física cuántica, en el que hay muchísimas más preguntas que respuestas aceptadas. Entonces ¿por qué pedírselo al concepto Dios?

El Sr. Majfud hace un sincero intento de tener algo de fe: «Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios». Por supuesto, sería lastimoso conformarse con un dios cualquiera, esto estaría muy cerca del fetichismo, y la inteligencia de nuestro articulista no lo merece. El problema radica en cuál es el tipo de indagación que abre esta petición y cuál es la lógica en la que deben sustentarse las investigaciones necesarias. Pues bien, desde muy antiguo unos hombres que se preguntaron cosas similares han ido perfilando una ciencia que evolucionó mucho a lo largo de más dos mil quinientos años que se denominó Teología. Debe entenderse por su etimología que se trata de un discurso, de una lógica (logos) sobre el problema de Dios (teo). Y a falta de una mejor es la que tenemos y que en su largo recorrido cultural ha desembocado en tierra americana en la Teología de la liberación. Si la respuesta ante esta oferta es la negación de acreditarle a esta disciplina la calidad de ciencia debo atenerme a la misma posición que él ha adoptado: «Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde».

Como dice el refrán: «quien calla otorga» lo que me permite seguir con estas elucubraciones. Para avanzar me voy a permitir una primera crítica: sus argumentos pecan de deshistorizar las diversas manifestaciones de los hombres de diferentes épocas respecto de sus creencias. «No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras». Parto de un primer acuerdo: yo tampoco puedo creer en semejante dios, pero ese modo de entender qué quiere Dios corresponde al Antiguo Testamento y a una etapa de la historia del pueblo hebreo que debemos ubicar antes del siglos X, cuya escritura comenzó alrededor del VIII a. C., cuando comenzaron a escribirse parte de los mitos que se habían narrado oralmente de una generación a otra a través de siglos. En su asentamiento en la Palestina, después de haber sido nómades mucho tiempo, encontraron justificación en un dios que les aseguraba la victoria sobre los canaaneos, posiblemente en siglo XIII a. C. Esta primera etapa se la conoció como la Confederación de las Doce Tribus. En una etapa posterior, con la aparición de la monarquía de Salomón se consolidó la división en clases y una jerarquía monárquica se hizo del poder, acentuó las diferencias, conquistó a pueblos vecinos que sometió a esclavitud. Una sociedad de clases, requería también una justificación divina para garantizar su poder. Nos lo ha advertido Carlos Marx, un judío que había estudiado mucho la tradición hebrea, que «Las ideas dominantes de una época son las ideas de las clases dominantes» y así deben ser leídos los textos de esa etapa.

«Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito». Debo corregirle porque está colocando en una misma aseveración siglos de historia, nuevamente deshistoriza: el Génesis dice que creo a los hombres y a las mujeres iguales y les otorgó el dominio de la Tierra a todos por igual. La sociedad de clases aparece mucho después en este relato mítico con la alegoría de Caín y Abel, el enfrentamiento entre los pueblos agricultores (Caín) y los pueblos todavía nómades y pastores (Abel) . Pero la historia del relato no afirma que eso fue querido por Dios, por ello la interpelación a Caín, sino que se llegó a eso como resultado de la “desobediencia” al plan divino que ofrecía (no le imponía) al hombre construirse a imagen y semejanza, es lo que se relata en el mal llamado “pecado original” . Es el hombre tentado por la soberbia el que erró (desobedeció) el camino propuesto por Dios, según lo que la tradición cuenta. La universalidad de su amor infinito recién aparece en el predicador de la Palestina Jesús de Nazaret, diez siglos después de estas historias. Se puede encontrar, entonces en Jesús una afirmación que responde a la pregunta que ronda en esta nota: «Dios es amor». Y en sus parábolas aparece la igualdad de los hombres, incluyendo a las mujeres, prédicas realizadas en medio de una sociedad imperial, patriarcal, machista y esclavista.

Debo disentir una vez más con su pregunta: «¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales». El Sr. Majfud cae en una confusión que coloca en «un mismo lodo todos manoseados» a Dios y a quienes se levantan como sus predicadores atribuyendo a Dios “lo que dicen en su nombre”. Me podrá contestar que él se lleva por lo que les oye decir a estos últimos, pues bien quéjese ante ellos pero no meta en la misma bolsa un tema tan sensible para mucha gente. Puesto que una cosa es la Teología, que como toda ciencia requiere la especialización de los estudiosos, y otra la “berretería parlanchina” de tanto “mercachifle de las religiones”. Si se tomara el trabajo de leer a teólogos de alto respeto y consideración académica como Enrique Dussel, Leonardo Boff, Andrés Torres Queiruga, José Ignacio Gonzáles Faus, para nombrar sólo a algunos que se presentan a mi memoria en este momento, podría escribir con una base más sólida y no caer en tanta confusión, que esparce entre sus lectores. No hay ninguna exigencia en ser creyente, pero no menosprecie a quienes lo somos y para sostener esa fe leemos, estudiamos y nos debatimos en un mar de preguntas y dudas.

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La batalla del mundo

Diego Libertad (Desde Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para los pueblos amazónicos que luchan en pos de la libertad

¡Oh hermano, el cielo está cuajado en sangre,
a dónde no has de remontar tu charco de dolor,
a dónde no has de remontar tu ira!

¡Oh hermano cayendo en la desgracia!
¡Oh hermano muriendo de fusil!
¡Oh los odios represivos que enlutaron tu cadáver!

¡Ay de mis hermanos!
¡Ay de la muerte compulsiva que trajeron a tu casa!
¡Ay de los odios represivos!
¡Ay de los odios infinitos,
de sus botas,
a costa de lanzar al mundo a la deriva!

¡Ay de los cómplices gendarmes!
¡Ay de la metafísica mentira!
¡Han segado los campos a balazos,
han caído mis hermanos,
sonoramente,
hasta la muerte!

¡Han caído sus hijos heroicos
y sus mujeres combativas!
¡Han repasado sus cadáveres mortales,
sus límpidas miradas,
sus cálidos abrazos!

¡Han torcido las luces de sus días,
de sus crepúsculos matinales,
de sus mañanas floridas!

¡Han quebrado la estatura de sus miembros,
de sus venas enjundiosas,
de sus glándulas renales!

¡Oh hermano,
es momento de unir las voces en tu nombre,
de partir al encuentro de tu estirpe,
de subir a tu montaña ensangrentada!

¡Ay hermano, cuánto dolor goteando de tu rostro,
cuánta lágrima tristísima en tus penas,
cuánto dolor alojándose en tu vientre,
cuánto amor languideciendo en tu costado,
combatiendo con arrojo
hasta el último estertor!

¡Cuánto amor en tus manos fraternales,
cuánta vida, cuánto dolor,
cuánta alegría sepultada en un balazo,
cuánto amor cayendo con sus ímpetus,
cuánta juventud muriendo con bravura!

¡Aquí nace la patria,
aquí nace el amor,
aquí nacen los pueblos para defender la vida,
aquí nace el Mañana,
aquí nace el Nuevo Mundo
edificado de utopías,
aquí nacen Nuevos Tiempos
edificados de ideales!

¡Oh hermano,
a dónde no has de remontar tus sueños!

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Algo de música: la dodecafonía


ARGENPRESS CULTURAL

La dodecafonía o música dodecafónica tiene algo de “travesura” estética: surge rompiendo todos los patrones tonales de la música occidental basando su razón de ser en una idea bastante sencilla: distintamente a toda la producción musical anterior centrada en una escala clásica de siete sonidos fundamentales (do, re, mi, fa, sol, la y si) –llamada escala diatónica–, la cual se acompaña de cinco secundarios (do sostenido, re sostenido, fa sostenido, sol sostenido y la sostenido) –con lo que se transforma en escala cromática–, su propuesta considera a cualquiera de esas doce notas como eje principales en sí mismos. Su nombre lo intenta expresar: los doce sonidos valen por igual, por eso lo de “dodecafonía”, con lo que se echa por tierra nuestra cultura tonal de siglos, creándose así una novedad que no pretende “sonar bien”. De hecho, la producción dodecafónica es especialmente atonal, disonante; es, dicho de otro modo, música que reniega de la definición tradicional de música: “arte de combinar los sonidos para agradar al oído”.

Sus expositores fueron Arnold Schönberg (Viena, Austria, 1874–Los Ángeles, EE.UU., 1951) y sus discípulos, amigos y compañeros Anton Webern (Viena, 1883–Mittersill, 1945) y Alban Berg (Viena, 1885–1935)

Esta particular y revolucionaria escuela estética fue desarrollada por Schönberg durante la Primera Guerra Mundial utilizando para ello unos cauces matemáticos que impidieran que el atonalismo ya vigente se sumiese en una anarquía. En el dodecafonismo los doce sonidos de la escala se suceden en un orden previamente fijado por el compositor, y ninguno de ellos puede ser repetido hasta que no hayan aparecido los once restantes.

No hay dudas que, como movimiento, el dodecafonismo significó un golpe a la estética tradicional. De todos modos su impacto en el tiempo queda por verse (¿será lo que fue el barroco a la música renacentista, o los italianos a la ópera? ¿Pasará sin mayor pena ni gloria?). Con los años podremos decir si representó un cambio significativo, llamado a perpetuarse en los tiempos futuros, o estará condenado a un pasajero momento, una travesura más intelectual que musical.

Aquí presentamos algunas obras para piano, en interpretación de Peter Hill.











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Prehistoria de una vocación


Rodolfo Bassarsky (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dios me mandaba esos murciélagos que despanzurraba vivos panza arriba previamente pinchados con las alas abiertas sobre una tablita verde. Caían al patio de mi casa natal en Buenos Aires desde el campanario de la cercana iglesia de Montserrat (monumento histórico), en el corazón del Barrio de Montserrat. Otras veces les hacía fumar un Camel que robaba a papá. Los murciélagos son excelentes fumadores.

Estas experiencias y la tortuga-pelota, me acercaron tempranamente –tenía yo unos 9 años– al mundo apasionante de la biología. Aquellas disecciones, aquellas fumatas y aquella tortuga que volaba lanzada por mi hermano, mi primo o por mí para que el otro la atajara, gestaron mi vocación por la medicina. Fue un primer contacto con la Anatomía y fue también una primera intuición de la Fisiología. Veía directamente el movimiento del intestino y el latido del corazón y de la aorta y me asombraba la actitud autoprotectora de la tortuga escondiendo la cabeza mientras era sometida sin compasión al stress aéreo. Me sentía orgulloso de no tener miedo a esos animalitos como otros chicos. También gozaba al comprobar mi capacidad para someterlos y mi valentía para abrir los murciélagos y lanzar la tortuga. Antes de mi primera intervención quirúrgica me imaginaba el corazón del murciélago bastante más grande de lo que es, de manera que comencé a aprender las proporciones de los órganos internos. Comparando el tamaño de un murciélago con el de una persona, podía darme una idea bastante precisa del tamaño del corazón humano.

Me sorprendí cuando supe que estos pequeños voladores (micromurciélagos) eran mamíferos.

No podía imaginarme cómo mamaban. Había visto mamar a terneros y a bebés pero que un murciélago también lo hiciera, me parecía casi imposible.

Después de la muerte –seguramente violenta– de la tortuga, comprendí que el impacto de un golpe sobre su duro caparazón podía afectar el cuerpo protegido. Intuí el mecanismo del contragolpe y la relación entre la intensidad del trauma y el efecto traumático.

Mis curiosidades, mi heroico sadismo, la decisión divina de enviarme desde el histórico campanario unos horribles pequeños seres, vertebrados y mamíferos como nosotros, me permitieron un aprendizaje extraescolar no desalentado por mis padres. Quizás papá vio en esta actividad despanzurradora de su hijito un talento digno de ser desarrollado. Y mamá me pedía que me pusiera sus enormes guantes de cocina para operar. Hasta tenía, no recuerdo su origen, una cajita metálica con pinzas y tijerita quirúrgicos. Nunca mejor dicho: las operaciones se hacían “a cielo abierto” y había que suspenderlas por lluvia. Recuerdo que me resistí a tirar la tortuga a la basura. Tenía un nombre propio que lamentablemente se borró de mi memoria. Como muchos sentimientos infantiles, mi afecto por la tortuga era contradictorio. Un cariño que no impedía el maltrato. Una agresión paradójica, diría, no exenta de amor infantil. El hecho de que escondiera la cabeza y plegara sus patas, la convertía en un objeto muy parecido a otros inanimados aptos para lanzamientos lúdicos. Guardé durante más de medio siglo una sensación que por pudor consideré siempre inconfesable. Ahora me dispongo a develarla. Arrojaba la tortuga no solamente en dirección a mis cómplices, lo hacía también hacia arriba (a veces muy muy alto) y desesperadamente rogaba no fallar al atajarla. Confieso que cuando veía caer en picada al animalito- pelota sufriendo la aceleración de la gravedad, sentía un apretón aquí, en la boca del estómago, como si fuera yo el que caía e imaginaba que la tortuga estaba sintiendo lo mismo. ¿Estaría sintiendo lo mismo?

Mucho tiempo después, estaba cursando el cuarto año del colegio secundario. Nuestro profesor de Higiene, un odontólogo de unos 50 años, nos hacía interesante una asignatura que enseñada de otra manera seguramente hubiera resultado aburrida. El Dr. Aranguren, a quien rindo un merecido y póstumo homenaje, nos hablaba además de su amor por la profesión que ejercía. Nos explicaba qué significa la vocación y nos decía que las profesiones relacionadas con la salud exigen una vocación de servicio. El convencimiento firme de que el cuidado de la salud del prójimo es un noble servicio y de que, en el ejercicio de la profesión debe prevalecer esta idea: una actitud de servicio cada vez que se asiste a un enfermo, que se atiende la consulta de quien preocupado y a veces angustiado, acude a pedir ayuda.

Los murciélagos disecados, la tortuga víctima de mis impulsos, el Dr. Aranguren y la necesidad ferviente y juvenil de testimoniar el afán de servicio que comenzaba a conmover mi alma aún tierna, fueron elementos determinantes a la hora de decidir a qué actividad dedicaría el resto de mi vida. Nunca me arrepentí de esa decisión que me condujo a ejercer la medicina en diversos escenarios económico-sociales, en mi país y en España asistiendo pacientes de diversa condición, procedencia y características. No estoy arrepentido. Desde hace 45 años me siento feliz de ser médico.

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Fundaciones de la historia


Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Oros y diamantes

Mirando una carta de póker nos detiene la pregunta. ¿Por qué el rombo es el símbolo del diamante? ¿Por qué cortar una piedra tan valiosa en una figura que deja tantos desperdicios? Esa forma conoidal multiplicaba los brillos en la corona de la piedra pulida. Para el ojo común, los brillos debían ser lo más importante de las piedras preciosas y ¿cuál más brillante y más dura que el diamante? Por siglos, el brillo, la alucinación del diamante no tuvo competencia. Solo el sol brillaba con más fuerza, pero esa piedra era demasiado popular y nadie podía poseerla ni guardarla en un cofre para la contemplación privada de los brahmanes, del emperador, del rey o del duque. Y algo que pertenece a todos, aunque la sociedad dependa de él, no tiene valor social porque no confiere poder a unos sobre otros.

Hoy en día casi todos pasan su mirada indiferente sobre los cuadros de Fray Angélico, pero en su tiempo esos primeros atisbos de perspectiva renacentista conmovían las sensibilidades desacostumbradas a cualquier sustituto de la naturaleza o de la arquitectura centenaria, que era como la naturaleza misma. Los visitantes se desmayaban ante tan conmovedor efecto que confundían con el arte o con una revelación divina. Algo parecido ocurrió con las primeras proyecciones de cine que hizo saltar a los espectadores de sus asientos.

Basta con imaginar una ínfima parte de esa antigua sensibilidad, construida en el tiempo lento de las sombras y las estrellas, de los espacios naturales y previsibles para comprender algo del asombro o la admiración que podía provocar la contemplación de las joyas, del brillo del diamante. Si bien el vidrio es tan antiguo como el código de Hammurabi, rara vez las técnicas disponibles lograban la claridad del agua. Cuando los cristales, como los de Bohemia o de Murano, lograron hacerlo se hicieron famosos. Y caros. Aunque de mayor utilidad que el diamante, la relativa facilidad de su producción lo hacía dudosamente escaso. Pero eran tiempos cuando los brillos artificiales no abundaban.

Hoy en día aburren a los jóvenes y a los viejos acostumbrados al vértigo y al brillo excesivo de las pantallas de plasma, de los aviones, de los ascensores panorámicos, de los automóviles bailando en los tréboles de autopistas y sumergiéndose a setenta millas por hora en los túneles de colores.

¿Cuánto valdría hoy un diamante si la humanidad lo hubiese descubierto a finales del siglo XX? Seguro no hubiese impresionado a muchos. Quizás no valdría gran cosa y sin duda valdría mucho menos de lo que vale hoy.

Hitos y mitos fundadores

Podemos pensar que la valoración de un objeto como el de una conducta, el valor material y el valor moral pueden ser variables y pueden depender de un tiempo histórico, pero lo más interesante es observar también opuesto: hay valores materiales y valores morales que han sido definidos y cristalizados, para bien o para mal, en un tiempo dado según las condiciones y el momento de desarrollo de la humanidad.

Por ejemplo, los textos sagrados como el Bhagavad Gita, la Biblia o el Corán. Desde una perspectiva laica, podríamos preguntarnos por qué algunos textos como algunos hechos históricos se levantan como hitos inmóviles y persisten, aún cuando las condiciones económicas, sociales, culturales y simbólicas han cambiado de forma radical y con frecuencia contradicen esa realidad, hasta el punto de adaptar la realidad a esos textos mediante la violencia física o ideológica o adaptar los textos a la realidad mediante el uso y abuso de la interpretación. Donde dice blanco quería decir negro, pero lo que dice sigue siendo sagrado.

Una vez impuesta o reconocida, la autoridad del texto como el valor del diamante persiste, de una forma o de otra, cruzando generaciones, avatares históricos, políticos y culturales; traspasando a veces civilizaciones y mentalidades. Aun asumiendo toda su variabilidad y relatividad de interpretaciones y contradicciones, la Biblia y el Corán establecieron un valor ético y sobre todo teológico que pesaría, modificaría y controlaría los movimientos de cientos de generaciones posteriores.

De no ser por estos hitos fundadores, deberíamos aplicar a rajatabla el precepto marxista según el cual las necesidades básicas, los métodos de producción, de sobrevivencia, en fin, todo aquello que conforma la base material de la vida humana son los únicos o los principales responsables de los valores morales y culturales. Aunque en esto ni Marx era tan marxista, lo que no invalida ni contradice sus descubrimientos sobre la evolución de la historia sino, quizás, lo complementa. Tendríamos así una suerte de psicoanálisis historicista según el cual hay momentos propicios y singulares de la historia donde —dadas las condiciones materiales, el número reducido de la población y la ausencia de una memoria histórica que relativice una experiencia “traumática”, significativa o conmovedora— un hecho o un texto se convierte en un capitulo fundador de toda una civilización.

Como el peso de la tradición simbólica en el valor del oro y del diamante, fijados como un trauma en una etapa X de la humanidad que aun pesa en los tiempos contemporáneos, así pesan ciertos textos, ciertos hechos, ciertos mitos o ciertas verdades en el inconmensurable universo de otras posibles verdades, de otras posibles manías, obsesiones y fijaciones que pudieron moldear a la humanidad de otra forma, ahora inimaginable.

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Elegía por las ballenas varadas


Jorge Ángel Hernández (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ah, ballenas varadas en las costas,
impotentes al pie de su agonía,
anunciación del fin que nos espía
depredando el Planeta. Sus angostas,
rugidas madrugadas, son orgía
del usurero cruel de la noticia.
¡Cuántas bestias hermosas la codicia
subasta en su bazar! Nos queda un día,
una noche, un susto, un noticiero
de cavar en la tumba en que vivimos.
Morirán en las playas, y en las plagas
será campana su grito justiciero.
Ah, ballenas varadas que perdimos,
metáfora de Dios en nuestras llagas.

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El ojo izquierdo de la cabeza derecha


Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Incoherente este título, ¿verdad?

Y usted, amigo lector, amiga lectora, que está leyendo éste texto para tratar de encontrar la lógica del título, seguramente se está preguntando si se trata de un feto fenómeno, o de un extraterrestre, o simplemente de la jerga demencial de un “escribidor” borracho.

No. Nada de eso.

Se trata simplemente de un nuevo estilo periodístico puesto en boga por los apóstoles de “las nuevas realidades” del neoliberalismo, los “periodistas democráticos”, “moderados” de la información socio-política que en la prensa hablada y escrita adoptan, en nombre de la “neutralidad periodística”, una retórica ambigua, abstracta y cantinflesca, -pero siempre indulgente-, cuando se trata de denunciar los atropellos oficiales, patronales o imperialistas contra la clase trabajadora o desempleada, a la que ellos llaman clase “menos favorecida”.

Después del café sin cafeína, de la cerveza sin alcohol y de los alimentos sin azúcar, sal ni colesterol, nos llega ahora el último invento de la ciencia neo-liberal: el periodismo sin sentido ni contenido, esterilizado, sin conciencia social pero con lenguaje colateral genéticamente modificado, el periodismo “junk food”, pero dietético, puesto que después de leerlo nos deja intacto el apetito de información al dejarnos una sensación de vacío, de decepción por su contenido irreal, tal vez bien presentado pero desnaturalizado, más estético que ético. Es algo así como los senos de silicona, que entretienen pero no logran satisfacer a los amantes de la autenticidad femenina.

Hay que admitir que, -al igual que a los defensores de los derechos humanos y las ONGs solidarias-, el tomar posición por el periodismo honesto y combativo equivale a tomar posición ante el paredón de los sicarios a sueldo de los ultraderechistas, opuestos a la divulgación de la verdad y la realidad. Pero por otra parte, la prudencia excesiva ante esos inquisidores no debe llegar por eso al extremo de atropellar la semántica ni disfrazar de bufón la sintaxis, ni de revisar y corregir la realidad social en defensa servil de las clases opresoras, o peor aún, de constituirse en los portavoces cotorriles de los jerarcas del neoliberalismo depredador.

Últimamente, a causa de la crisis financiera mundial, -que no es otra que la agonía del sistema capitalista,- las falsimedias han adoptado abstractos neologismos: a los despidos colectivos le llaman “Ajustes de rentabilidad”; a los desempleados les llaman “Recursos humanos disponibles”; a la oposición se le llama “Terroristas”; a la tortura la llaman “técnicas de interrogación persuasiva”, y a los desplazados por la miseria o el terrorismo estatal se les llama “turistas”.

Es obvio que a los panfletos exclusivamente publicitarios o a los de farándula no les puede pedir que tomen una posición socio-política a favor de las clases subyugadas. Pero el periodismo informativo, supuestamente popular, sí es condenable que tome como una farándula las penas y miserias de la clase trabajadora, las angustias de los desempleados, condenando tácita o implícitamente las reivindicaciones populares, las conquistas sindicales o las luchas sociales, verbigracia el actual proceso revolucionario en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, tras el sofisma de que éstas “son un lastre que obstaculiza el progreso de la democracia”.

Pretextando el absurdo de que la información sobre la delincuencia y la corrupción social solo sirven para incrementarlas aún más, esos proxenetas de este sistema social prostituido pretenden justificar su silencio ante la realidad social y las causas de la miseria. Pero nada hay más falso y contradictorio que ese pretexto: ésa es la política del avestruz, es pretender ocultar con la mano la luz del sol.

Para esos lacayos, profesionales del periodismo eunuco, como CNN, Globovisión y “Reporteros sin fronteras”, su abyección y su servilismo pro-imperialista no es una vergüenza: es una profesión. ¡Y la ejercen con orgullo!

No es de extrañar entonces que ellos se hagan voluntariamente ciegos y sordos ante las causas socio-políticas de las calamidades de los oprimidos, y en cambio le den amable y comprensiva acogida en sus panfletos a todos los tránsfugas, desertores y “disidentes” de la lucha popular.

Pero los problemas no se resuelven ignorándolos. Por el contrario, se agravan. Porque darle la espalda a la realidad a la vez que se le da fastuosa vitrina a lo superfluo y lo trivial es darle carta blanca a la corrupción y a la impunidad.

El primer deber del periodismo es denunciar, acusar, condenar a los violadores de los derechos humanos y laborales, así como a los violadores del derecho de auto-determinación de los pueblos.

Por último, y para comprender un poco la incoherencia del título de este artículo: es evidente que las “grandes cabezas” del periodismo corporativo y sus cipayos asalariados nunca tienen –ni quieren tener- una visión social ni humanista de los problemas socio-políticos, es decir una visión de izquierda… y menos aún los cabecillas de la ultra-derecha.

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Hojas en la Vereda


Miguel Longarini

Es apenas un par de minutos para observar este otoño que se va, y con él las hojas de mi árbol.

Yo no he podido para el viento; no he sabido cerrar el sur; el norte, el este o el oeste. …No supe…
¡Qué cosa esto de no saber parar el viento…!

Tal vez no sea tarea mía o me olvidé del asunto.

Me doy por hecho con salvar la raíz, las hojas se irán y crecerán otras nuevas: Es la vida misma.

Es tarde ya para encontrarle palabras al otoño que des-hoja; que camina amarillo hacia el horizonte.

La noche se acurruca oscura y desierta sobre mi ventana, mientras yo me desvelo de ausencias.

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Lidia Pausa


Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos los recuerdos son momentos.

Los momentos son pedacitos de ahora para un mucho después desde donde se encontrarán esos pedacitos, que estarán ahí, quietos en su antiguo ahora.

Fotografías repentinas, imprevisibles.

Los pedacitos son una cara, un gesto, una palabra, la forma de una sonrisa en la penumbra, una afirmación brillante entre murmullos, risas, cristales, humo, un encuentro, la manera de una despedida, una que fue una última palabra, una imagen entre la sombra, alguien meando alegremente en el medio de una cocina y Lidia diciendo “es lo más surrealista que vi”.

La cocina era antigua, grande, sucia, con olor a grasa ácida.

El meaba al lado de una heladera ruidosa y Lidia maravillada: era poético.

Un caserón en Belgrano. Grande, antigua opulencia, estancieros, le faltaba pintura, columnas partidas, pintura carcomida, paredes sucias, una fuente seca con un cupido roto, el pasto del jardín crecido, restos de una pérgola. Una fiesta ahí. Un grupo de Hot-Jazz. New Orleans. Blues. Some of this days you go to miss me honey. Saint Louis Blue. Boogie-Woogie. Lidia bailaba sonriendo, casi riendo, su pelo rubio era un fuego, una llamarada que chisporroteaba de un lado al otro, llevada, subida, bajada. Era el Boogie. Y el Hot-Jazz.

La había conocido así, poco antes, en el sótano de un café en la Avenida de Mayo. “Les Oignons” - las cebollas - franceses aporteñados? y porteños afrancesados se juntaban para hacer Hot - jazz. Free-Jazz. Improvisar y enloquecerse en el brillo de los clarinetes, en la fuerza de las trompetas, en los jadeos del saxo. Sexo, pero sugerido, esperando el gran amor. Elegido. Auténtico.

También podría ser gramófono. La diferencia no era mucha, aunque los discos de pasta se rompían de otra manera. Pero gramófono ya no era. Después el combinado. Pero ahí, ni eso. Hot Jazz al vivo y ella bailaba fluía su pelo dorado flameaba de un lado al otro, era la bandera de Saint Germain de Près, Juliette Greco, La Nausea, Beauville, Roquentín, elegir, la libertad, sus caminos, abría las piernas, giraba, subía, bajaba, era luz y sonrisa. Una luz en el clarinete y la trompeta, un giro en la batería, un balanceo en el saxo.

Y siempre su largo pelo rubio flameando. ¿Chispa? ¿Bandera?

Yo sentado con Cesar, hablando, en el borde de aquel café. Mi camisa con gruesas rayas negras y blancas, verticales. Ser gangster. Chicago en los años 20. Los viejos tiempos de Al. Era joven y sabía que era joven y que ese momento lo recordaría ahora.

¿Ahora?. ¿Qué momento habrá después, desde el que recordaré éste momento en que estoy recordando aquel momento que yo sabía que sería recordado éste momento? Que habría un momento - éste momento - en que recordaría ese momento.

Pero hay otro momento en que la cosa para y ya no se piensa que una vez se pensó en lo que se iba a recordar después. Hay un momento que no es para otro momento.

Hay un momento que deja de ser para siempre.

Y se pasa a la definitivez. Todos los pedacitos son únicos y definitivos. No hay vuelta y es inútil recordar porque ahí ya no se cierra el círculo. Está lleno de pequeños abismos. Todos son ahoras. Eterno presente lleno de pedacitos.

Ese caserón era para ser recordado. Como aquel café, cerca del Tortoni, la escalera al sótano de jazz.

En el caserón la fiesta seguía. Adentro luces y hot jazz. Afuera, entre las estatuas rotas y la fuente seca algunos nos mirábamos. ¿Qué pensaba cada uno que era todo eso?

Sentados en el pasto crecido Lidia, yo y dos rubios de ojos celestes.

- Y bueno, decía uno.

- Las cosas hay que pensarlas o reventarlas, decía el otro para impresionar a Lidia que estaba callada y sonreía.

Yo no sabía qué decir.

O podría haber dicho que aquel momento fotografía era sabido por los cuatro. Que sería recordado en los muchos años después. La distante sonrisa de Lidia mientras se acariciaba el largo pelo rubio, las altivas estúpidas palabras que esos rubios decían con orgullo para grabar una imagen. O posar para un cuadro de palabras pintadas. Y adentro del caserón, de la casa antigua donde antes se daban órdenes, se cumplían pequeñas ceremonias, se cuidaba el jardín, se limpiaba la pérgola y el pasto era cuidadosamente cortado, adentro del caserón se decía cualquier cosa, se puteaba, se cogía en algún baño, se escuchaba o podría haberse escuchado Chet Baker, Louis Armstrong, Stan Getz, Gerry Mulligan, el Rag de la Calle 12, Al Capone, las Thompson, charleston, Alexander’s ragtime band, Juliette Greco, la elección, la libertad, Malraux, Camus, La Peste, Sartre, nosotros los jóvenes. Ahora siempre todo joven. Y seremos felices. Pero sabíamos que todo eso, cada sonido música sonrisa palabra, eran solo para ser recordados.

Recordados en aquel caserón que después fue una casa de departamentos con su garage.

Y Lidia tan segura que viviría mucho me dijo aquella tarde en ese café de Las Heras cerca de Pueyrredón cuando le miraba las muñecas y quería convencerla que había que embalsamarse para no pudrirse, para que sus manos no se pudran, que los antiguos egipcios sabían, pero no te das cuenta que te vas a morir, que todo ésto se va a podrir, que eso es absurdo. Es que la muerte es absurda, me contestó con esa sonrisa de que sabía.

¿Sabía que dos o tres años después moriría estúpidamente? Murió como le podría haber salido un grano en la nariz, dijo César. Porque ella dijo -“Cerrá las ventanas que entran mosquitos”. Y con las ventanas cerradas el calefón largó el gas que la mató. Para que no entren mosquitos. La hubieran matado lo mismo, siguió diciendo Cesar, porque hubiera sido abogada de presos políticos. Y la hubieran torturado y la hubieran matado. O no. Vaya uno a saber. Porque ella decía que hay que poner una silla eléctrica en cada esquina, y sonreía. Una vez no se levantó en el club de cine cuando tocaron el Himno. Fue un escándalo. Así que la hubieran matado. Hubiera sido una torturada y desaparecida más, pero no hubiera muerto para que no entren mosquitos.

La última vez que la vi se había cortado el pelo. El largo pelo rubio que movía como llamaradas. Pelo corto. Channel. Moda. Me saludó de lejos. Sonrió rápido. Chau. Era la última vez. Si hubiera sabido le hubiera dicho que era la última vez y que chau, y los dos hubiéramos llorado y nos hubiéramos dado cuenta que las cosas son siempre la última vez y chau. A veces nos damos cuenta y a veces no.

Pero a veces uno recuerda algunas veces.

¿Recuerdos de una época? Boludez. Todo es época.

Ahora también es recuerdo, pero no sé desde donde será.

Foto: Café Tortoni. / Autor: Roberto Fiadone - WIKIPEDIA

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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