viernes, 10 de julio de 2009

Sobre la consulta de la semana pasada

ARGENPRESS CULTURAL

Estimadas/os lectoras/es:

Les agradecemos mucho sus respuestas. Para nosotros es indispensable ese tipo de retroalimentación; gracias a estos diálogos podemos ir mejorando la calidad del suplemento respetando lo que ustedes desean leer, incorporando mejoras y atendiendo a sus sugerencias.

Es interesante destacar, y de hecho nos alegra mucho este dato, que las notas sobre música son algo muy ponderado por prácticamente todas y todos quienes respondieron.

A título demostrativo, y sin poner los respectivos nombres, dejamos aquí algunas de las recomendaciones que nos hicieron llegar:

Habría que ampliar el espectro, porque la expresión cultura puede tomarse en un sentido más amplio que abarque la historia, los ensayos, la ideología y, por cierto, la literatura.

Sugiero ir intercalando reflexiones de los grandes clásicos. Todo lo que se pueda hacer para reencontrarnos con la cultura perdida anterior al oscurantismo, será bienvenida. Especialmente teniendo en cuenta que la primer gran batalla perdida fue la cultural y a partir de ella todo lo demás.

Incluyan caricaturas de Latinoamérica.

Me gustaría mas espacio para información sobre artes plásticas latinoamericanas.

Pueden hacer algún agregado que tenga que ver con la participación de los lectores. Crear algo así como una columna de lectores/escritores.

Nos sentaremos ahora a ver cómo atender estas inquietudes para seguir mejorando. Una vez más, entonces, muchas gracias.

Los Editores

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Algo muy grave va a suceder en este pueblo (a propósito de la gripe...)


Gabriel García Márquez

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:

-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

-¿Y por qué es un tonto?

-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:

-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:

-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.

Entonces la vieja responde:

-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.

Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.

-Sí, pero no tanto calor como ahora.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:

-Hay un pajarito en la plaza.

Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.

-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.

-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:

-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:

-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:

-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

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Afeita tu cuello, Micheletti


Gregorio Echeverría (Desde El Talar, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una mañana de estas —no entre sombras— ha de llegar
el canto hasta tus ventanales / como de piches amarillos
entretejiendo sus ramillas y unas briznas de pasto / también
ha de trepar a tus balcones un perfume de pasifloras
y de nardos / guárdate de esos trinos y del aroma sospechoso
no vayas a manchar con tus manos la corona que acompaña
a los desterrados y a los muertos / no corras al espejo turbio
porque el espejo nada querrá saber de tus ojeras de cadalso
ni preguntes a tus esbirros por qué cantan los que cantan
que las bestias no entienden de pentagramas ni poemas
vístete como Dios manda para tus entenebrecidos funerales
el barón de Samedy anda suelto por las calles / atraganta
tus orejas con tapones de cera / sella con tu excremento
y tus orines los ojos que no supieron ver al campesino
y al obrero / atornilla tus labios y calcina tu lengua que no tuvo
palabras para el hambre / enjuaga tus calzones cagados
que los verdugos no vayan a decir que al llegarte la hora
tu cobardía pudo más que tu vergüenza / muérete como mueren
los bastardos / con dos arrobas de estiércol en las manos
unta tu cara y adoba tus entrañas / púdrete en el infierno.

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¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte IV)


Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Voy a dejar de lado al Sr. Jorge Majfud, y dejar de lado no significa adoptar ninguna actitud peyorativa hacia su persona. Todo lo dicho antes no apunta a su persona, sólo lo tomo como un representante de una cultura, la moderna occidental en su etapa decadente, que se va desprendiendo de los valores que la fundaron. Por ello él piensa y escribe (y tiene todo el derecho a hacerlo y así lo acepto y lo respeto) desde el horizonte cultural en que está metido. Dicho de otro modo, espero no equivocarme mucho, y esto ya lo mencioné, desde el clima particular que la modernidad ha adquirido en los EEUU con una fuerte incidencia del cristianismo fundamentalista. Y si he tomado como eje sus afirmaciones es porque estoy pensando en que pueden ser sus lectores personas que viven la angustia de la soledad y la pobreza espiritual, acosadas por la masificación que genera la cultura mediática actual. Ello me impone la obligación que siento de dirigirme a ellas con otro mensaje. Esta cultura del norte muestra una extraña particularidad, como decía el sociólogo estadounidense David Riesman en su obra La multitud solitaria (1950), «el hombre se siente solo en medio de la multitud». El hombre tradicional sentía la soledad en medio de la naturaleza, por la falta de contacto humano, pero se sentía acompañado por una voz interior que el reconocía como la de Dios, hoy el hombre-masa vive amontonado en medio de esa multitud y encerrado en una cápsula psíquica. Cualquier ciudad de mediano tamaño hacia arriba de nuestro mundo globalizado puede ser un laboratorio de estudio de este fenómeno.

Bien, ese hombre medio, impactado por un discurso instalado, destituyente de Dios, desvalorizador de la dimensión espiritual por su apego a una materialidad cotidiana de mercado; empujado a vivir la instantaneidad de un tiempo presente que se desvanece constantemente; que, aunque no lo sepa, le han destruido el futuro con el cuento del fin de la historia y el de la muerte de las ideologías; que ha degradado el valor de la utopía por ser una creencia de viejos románticos en tiempos de un pragmatismo rampante; que tiene que vivir en una historia presente que desconoce el pasado, porque le es negado, y sin futuro, porque no es más que la simple perpetuación de este hoy. En fin, que le queda muy poco a que aferrarse para encontrarle sentido y alguna esperanza a la vida. Ese hombre está necesitado de una espiritualidad que revivifique sus raíces y le posibilite pararse sobre sus propios pies arraigados en una tierra espiritual sólida. Es la primera vez que la historia lo pone delante de tal situación. Y debe enfrentar esa realidad evanescente, volátil, inconsistente, inhabitable, inhumana. Tiene hambre de un modo de comprensión más amplio, sustentable, trascendente, que le levante la mirada hacia un horizonte esperanzador, para superar la estrechez que le ofrece el desierto imperante de una modernidad agotada.

Porque cuando la mirada que se arroja hacia ese mundo está sostenida por una conciencia que ya ha naturalizado esta cultura cotidiana que le sirve de prisma, la consecuencia de ello es una aceptación sumisa, aletargada, acrítica, complaciente que impide intentar la búsqueda de otras vías posible de acercarse a esa realidad desde otra perspectiva. Es esa misma imposibilidad, que está alentada por el escepticismo, la que vacía de contenidos humanos el alma del mundo moderno en esta última etapa de senectud cultural. Es que se vive en un vacío interior y la solución que se le ofrece es llenarlo de mercancías. Es, entonces, que el clamor sin voz que se expresa en la desesperanza, en la desidia, en el abatimiento, en la depresión, en el sinsentido, en la tristeza, se hunde en la angustia, en la desesperación, o asume el camino de la violencia o la droga en todas sus diversas manifestaciones. La alternativa a la mano es el suicidio abrupto o paulatino. Todo ello nos está hablando desde un silencio doloroso, con un grito callado, del malestar de los hombres y mujeres de hoy, sean pobres o ricos.

La impotencia de romper el cepo de una vida que se desliza hacia la nada por ese presente perpetuo, que vive el tiempo que transcurre sumida en una paradoja que le muestra que el tiempo que pasa es siempre igual, y por ello no puede reconocerle un pasado y está yermo para pensarle un futuro. La vida dentro de ese marco, impide despegar de esa chata realidad para elevarse y proyectarse hacia una trascendentalidad que le hable de nuevos tiempos, de nuevos mundos, de nuevos hombres y mujeres. El no ver más que siempre lo mismo es la razón por la que no encuentra otra salida que la aceptación esclavizante. Entonces, como aceptar que tanta gente se vaya sumergiendo en ese mar de la nada cuando puede ofrecérsele otros modos existentes del pensar que abren horizontes diferentes. No es que la vida sea así, es que por mirarla así se la ve de ese modo. Es la miopía a que nos ha sometido una cultura desfalleciente que se regodea con su cinismo y su escepticismo.

Pero no hay ninguna obligación en someterse a ella, si se apela a la sagrada libertad de buscar otros caminos, u otros modos de caminarlos. Se impone la necesidad de abandonar esa actitud solipsista, el cultivo de un individualismo continuamente promovido por una competencia animalizante. Si, como otra manera de vivir, se es capaz de tomar la mano del prójimo e intentar caminar juntos para apoyarse, para escucharse, para aprender del otro y dar cada uno lo que se pueda tener. ¿Es tan difícil todo esto? ¿Qué es lo que impide recuperar lo que fue actitud normal de los hombres y mujeres de otros tiempos? De historias que hoy existen contemporáneamente fuera del mapa espiritual del occidente moderno, en las culturas en las que todavía se le rinde culto a la vida, por lo que ella mismo vale, aferradas a un modo de vivir comunitario que resiste empecinadamente los embates del mercado asesino de lo humano.

Entonces, vuelvo a repetir la frase ya citada: «Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde». Y esta respuesta que puedo ofrecer está condenada a la herejía de intentar hablar de teología positiva en el mare magnum del fárrago de los medios de comunicación. Digo “positiva” porque de teología negativa se habla con bastante frecuencia y esta página que me cobija publica con cierta frecuencia reflexiones enmarcadas en esa corriente de pensamiento. No debe creerse que cuando se adoctrina desde el ateísmo o el agnosticismo no se está en terreno de la teología. La sola negación es al mismo tiempo el reconocimiento de la existencia de una problemática que no está agotada y que, pese a tanta palabrería que circula en su intento detractor, el permanente emerger del tema Dios es síntoma de su imbatible vitalidad. Llevamos más de dos siglos observando y padeciendo una persecución pertinaz con pretensiones de aniquilar su sobrevivencia. Su terquedad, una y otra vez, la incita a pararse sobre sus verdades y ofrecer una batalla interminable.

Muchos alzaron sus voces alentados por la muerte de Dios que anunciaba Friedrich Nietszche (1844-1900), y esas voces provenían de dos bandos contrapuestos: los que desde las iglesias anquilosadas se escandalizaron con semejante atrevimiento y los que desde la algarabía de tal anuncio festejaban el final de una vieja disputa. Ninguno de esos bandos entendió al filósofo alemán. En su texto La gaya ciencia dice inmediatamente: «nosotros lo hemos matado». Los hombres sólo pueden matar a un dios que sea creación de ellos, al dios que es Dios, por el sólo hecho de serlo (hasta se diría: por definición, exista o no exista) no hay poder humano que pueda hacerlo. La tarea que le atribuyó el filósofo sólo fue posible realizarla porque se trataba de matar al dios burgués, a ese que Charly García le reconocía el trabajo «de atender detrás de un mostrador» las operaciones comerciales de cambiar pedidos por promesas. A quien fue señalado como asesino de ese dios menor lo denominó «el último hombre» ese que se iba desvaneciendo al compás de la cultura burguesa. Gran parte de la munición que se dispara contra ese dios «es gasto de pólvora en chimangos», porque ese dios sólo existe en la imaginación de los pobres hombres necesitados de la magia fetichista para que tranquilice sus conciencias culpables. El aristocraticismo de Nietszche lo llevaba a mirar con desprecio a esos pobres hombres. No debe incluirse dentro de esta categoría a la fe de la gente humilde, de los «sencillos» o de los «pequeños» de Jesús, porque el filósofo alemán no los tuvo jamás en cuenta, sino a ese hombre que corre detrás de las pequeñeces y mezquindades que le ofrece el dios dinero.

Entonces, después de este recorrido que nos ha llevado por algunos caminos que para los hombres de esta época pueden resultar incómodos, aburridos, inútiles, absurdos, sin sentido, debo detenerme a analizar el problema de Dios. Y digo, antes que nada, que lo hago desde mi fe, mi modo de abordar el tema, mis dudas que no son pocas y desde la confesión de mi pobre competencia en el tema. Me alienta también que una personalidad académica, de indudable versación y prestigio, como el jesuita José Ignacio González Faus diga que el problema de los teólogos es que «saben demasiado de Dios». Esta afirmación contiene la idea de que se está ante un misterio frente al cual debemos partir de la certeza en la ignorancia que impone la limitación humana con respecto al infinito. Sin embargo, un tema de tanta importancia exige el mayor esfuerzo para aproximarnos a él, contando con que se podrán obtener ciertas prefiguraciones que deben ser cribadas por la exigencia de una racionalidad rigurosa. Por ello, sólo me empuja a seguir la convicción de poder prestar alguna ayuda a tanta gente que no puede creer por los modos que han dominado la presentación, enseñanza, demostraciones, de temas como éste, que aquellos y aquellas que se hacen cargo de tal tarea ofrecen institucionalmente.

Esto exige un nuevo modo de aproximarse a las Escrituras desde una conciencia crítica y, al mismo tiempo, impregnada de la intención de acceder por vía de la sabiduría a comprender lo humano: su misterio, su razón de ser, su ubicación frente al cosmos, sus capacidades y sus limitaciones. Y si bien dirá el hombre actual que Sigmund Freud (1856-1939) nos explicó bastante qué es lo humano, el mismo Freud se encontró parado ante el misterio del alma humana que lo obligó a hablar de ella en términos míticos, lenguaje teológico, (complejo de Edipo, de Electra). Es, precisamente, ese misterio que por serlo invalida el lenguaje lineal del discurso cientificista, y el genio de Freud lo sabía perfectamente. Por eso es que el problema no desaparece y no es posible soslayarlo puesto que nos enfrenta cotidianamente, dentro de nosotros y en las personas de nuestras relaciones que nos ponen ante la misteriosa unicidad e irrepetibilidad de cada ser. Y el creador del psicoanálisis, pese a su ateísmo, era muy consciente de ello. Es que el problema de Dios, algo ya quedó dicho, es al mismo tiempo el problema del hombre. Ambos son dos caras del mismo problema que encierra un misterio similar. Por lo que acercándonos a cualquiera de ellos nos vamos acercando al otro. Ricardo Forster dice al respecto: «El viaje místico hacia Dios se convirtió en el viaje del Yo hacia, primero, los confines de su interioridad y, luego, hacia comarcas insólitas, hacia promesas incumplidas construidas en el interior de un lenguaje hecho a la medida de los sueños itinerantes del hombre moderno… que penetra en el laberinto del alma hasta alcanzar la certeza del cogito».

Desde estas palabras podemos avanzar diciendo que el hombre de la modernidad terrenalizó el problema teológico quedándose con una de las caras de él: la interioridad humana. Pero esta fragmentación no desbordó el terreno teológico en el cual el problema estaba planteado, porque era imposible hacerlo. Más adelante vamos a ver como en la cosmología el tema no es muy diferente. El que comprenda esto se podrá admirar y sorprender por la genial intuición de los rabinos del Antiguo Testamento que imaginaron al hombre como hecho a imagen y semejanza. Es a ese modo de aproximarse a la comprensión del problema lo que se denomina el camino de la sabiduría, que opera de modos diferentes a los que utiliza la racionalidad científica, sin abandonar la necesaria razonabilidad. Esto me lleva a volver a tratar un tema ya mencionado de un modo un poco más extenso.

El triunfo de la ciencia sobre las otras formas del saber, que el hombre había cultivado durante siglos (filosofía o teología, por ej.), coloca a la cultura moderna en una posición excepcional puesto que da lugar a un ateísmo que no conoció ni conoce ninguna otra cultura. La modernidad occidental logró una sustitución de Dios por el hombre. Éste ocupó el centro del pensamiento, por ello teocentrismo fue sustituido por el antropocentrismo. Véase si no como la omnisapiencia pasó de Dios a la ciencia y su capacidad de saber sobre el futuro (predictibilidad), la omnipresencia al concepto de humanidad y luego al de globalización con conciencia planetaria, y la omnipotencia a las capacidades del hombre para someter a la naturaleza (y a otros hombres) y viajar por el cosmos. Este hombre prometeico se sintió dios y desplazó a Dios. Se logra así superar las limitaciones de tiempo y espacio que sometían al hombre tradicional. El hombre dejó de sentirse imagen de Dios para pasar a sentirse ser Dios. Se consolida así un modelo de conocimiento que se caracteriza por su poder de predicción y, sobre todo, por su utilidad práctica. La burguesía se apodera de un saber que puede ser convertido en posibilidades tecnológicas, apetecible por los beneficios que aporta a la producción masiva, propia de la etapa industrialista.

Se opone a una concepción del conocimiento más adecuada a los saberes humanos o sociales (filosofía, historia, psicología, etc.). Por tal razón, en la filosofía, la historia o algunas otras ciencias sociales como la sociología, la ciencia política, etc., la fundamentación (validación) del conocimiento se ve obligada a apelar necesariamente a la comprensión mucho más que a la explicación, por las características específicas y únicas del objeto que se propone estudiar. Y, tal vez, la fundamental diferencia emerge de la irrepetibilidad de los fenómenos humanos (individuales y colectivos) que dificulta, sin duda, la homogenización de los procesos que tienden a ser definidos por su relación causa-efecto (falta de libertad), sólo aplicable a los fenómenos naturales (pero no a todos). Una afirmación que corre en boca de muchos, con aires de saber, es que la «historia se repite» y esto es falso. La historia como el tiempo de la vida corre en el sentido de una flecha irreversible y nada de lo que sucede después es igual a lo que ya pasó. Puede el investigador encontrar rasgos comunes, pero es su esfuerzo el que plantea la igualdad, no son los hechos sino el recorte que de ellos hace, lo que define esa repetición. Cabe decir acá que el tiempo cíclico era una creencia de los griegos clásicos que fueron profundamente pesimistas respecto de la libertad humana, sometida a la tiranía de los dioses. La idea del tiempo histórico, de novedad y de libertad del hombre, es un aporte de la sabiduría hebrea que, por primera vez, se expresa en la originaria redacción del Génesis (probablemente siglo X a. C.). Los días de la creación, días sucesivos siempre nuevos y distintos, transcurren en una dirección irreversible: la creación del hombre.

Por otra parte, si el científico es consciente de la epistemología que sostiene su investigación, sabe que el acercamiento a las cosas está condicionado siempre por la hipótesis que guía su búsqueda, la cual funcionará necesariamente como un criterio selectivo: valorizará unos datos más que otros, aquellos que aporten a la demostración que se propone. Esa hipótesis es un prisma que resalta aquello que le permite avanzar. Por lo que siempre ese saber está expuesto a la falsación de investigaciones posteriores, sobre lo cual Karl Popper (1902-1994) ha escrito abundantemente. Los hechos por sí mismos dicen muy poco, es la interpretación que de ellos se haga la que le otorga sentido explicativo. Por lo tanto, ahora se puede ver que no son las simples observaciones y mediciones las que demuestran la verdad, sino la coherencia con que se expone la relación entre los elementos (la lógica interna), la que da lugar a una interpretación de los fenómenos. Esto permite comprender que la concepción heliocéntrica del clérigo católico Nicolás Copérnico (1473-1543) fue el resultado de una re-interpretación de gran parte de las mediciones que se habían realizado desde Claudio Ptolomeo (90-170) hasta su época, y esto le permitió formular una nueva teoría que desmentía lo que se sabía hasta entonces: la sustitución del geocentrismo por el heliocentrismo.

Ver también:
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte III)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte II)
- ¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte I)


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Cuentos chalados


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿A quién asesinaste, mujer?

Es un cuadro habitado por dos hombres que caminan por un prado soleado, en cuyo fondo ves unas casitas con tejados rojos. Pintado al óleo y sin firma de autor, está colgado en mi cuarto, en la pared que enfrenta la ventana.

Uno de los hombres, el de la derecha, permanece siempre ahí, inmóvil, mudo, con expresión reflexiva, tal como lo pintó su autor. El otro, de rostro severo y ataviado con un abrigo azul, va y viene, unas veces lo veo en el cuadro junto a su compañero, otras veces no.

Suelo mirar el cuadro cuando permanezco en mi cuarto leyendo, escribiendo o simplemente sentado junto a mi perro, fumando. Y tal como te digo, algunas veces veo al del abrigo azul y otras veces no. El otro está ahí sin faltar nunca. Los miro y me pregunto cuál de los dos cumple el deseo del pintor, el que se queda o el que a veces se ausenta. No lo sé.

Pero sé (y no me preguntes, lector, cómo lo sé) que el que se queda siempre ahí piensa, siente, tiene ensoñaciones y anhelos que guarda para sí. A nadie le cuenta qué cosas pueblan su mente, qué deseos habitan su corazón, qué anhelos dan alas a sus sueños; en su silencio y parquedad hay algo inquietante, tanto como en el ir y venir de su compañero. Y algo más sé. Sé que él jamás piensa ni siente cuando su compañero lo acompaña, jamás. Su corazón late y su mente trabaja sólo en ausencia del otro.

El del abrigo azul (también lo sé de cierto) no tiene pensamientos, no está habitado por anhelos ni sentires. Él sólo deambula. Ahora está en la tela con su carnadura de óleos; luego, quizá, estará ausente, habrá partido hacia un lugar incierto.

Ayer me visitó una dama, bebió vino conmigo y habló poco; palabras de mera urbanidad, cosas banales dijo. Aseó mi cuarto, puso orden en mis enseres, no quiso leer mis borradores y antes de partir se detuvo ante el cuadro y dijo: “Al del abrigo azul lo he asesinado”.

Dos lunas

Construyó dos marcos ovalados de buen tamaño, mandó cortar sendos cristales según su medida y pidió que fueran prolijamente biselados. A uno lo hizo espejar para que copiara fielmente cuanto había enfrente. Todo lo armó y los puso juntos, frente a sí. Y vio que su propósito era cumplido: a través de uno de los cristales vio lo que había adelante, y en el reflejo del otro vio lo que había detrás. Todo a un tiempo y sin voltear su cabeza. Dentro del primer marco vio lo que sus ojos podían atrapar sin mediación, y dentro del otro se vio a sí mismo y también vio cuanto le había sido negado hasta entonces.

Así lo hizo en las habitaciones de su casa y en cuantos lugares solía frecuentar, tal que un par de marcos ovalados, uno con el cristal espejado y el otro no, poblaron desde entonces y para siempre su vida. Y su universo se duplicó y el horizonte lo rodeó en un círculo sin fin. Todos los misterios le fueron develados y fue, desde entonces, omnipresente, y por eso también omnisciente. Y aún –no lo sé de cierto- quizá omnipotente.

Cierto día, cuando Dios miró en dirección al mundo, lo vio. Lo vio mirando el universo todo sin que nada le fuera ignoto o vedado, sin que cosa alguna se ocultara a sus ojos. Esto vio Dios y supo que su tiempo era llegado. Dirigió entonces sus pasos hacia el hombre hasta alcanzarlo, se hincó a sus pies, besó su diestra e incorporándose le entregó su cetro y su manto. Por fin, enderezó sus pasos hacia un olivo añoso y se acostó a su sombra para descansar de sus fatigas. Ahí durmió y cuánto duró su sueño no se sabe.

Caperucita en el regazo del viejo Heráclito

No sé si esta Caperucita es para los niños. Sé que es para aquellos que, resistiendo la erosión del tiempo, pueden mirar con perplejidad el mundo que los rodea. De ahí que la publico entre los Cuentos chalados.

Dicen algunos que el azar les prodigó esta aventura e hizo que se encontraran en algún lugar del tiempo. Yo no lo creo así, creo que no es preciso buscar azares donde no los hay. Creo que alguna oculta deliberación quiso reunirlos para que juntos jugaran una rayuela en los entresijos del tiempo y que para eso se encontraron en esa infinita dimensión; más cerca de ella o de él, no lo sé. Y no me preguntes más de cuanto te diga, lector, porque quiero ser veraz y no suplir con mi imaginación lo que no conservo en mi memoria.

Ella conocía lugares y lugares, distantes unos de otros, algunas veces alejados de su casa y también de la de su abuela, a quien frecuentaba cada semana. Valles y montañas, ríos y lagos, prados, bosques y hasta el mar, esto y aún más había conocido Caperucita a su corta edad, que entonces era de cinco años. Había cruzado a la ribera opuesta del río que divide al mundo en dos, el misterio de las estrellas que cortejan a la luna en el espejo del río no le era ignorado, tampoco los mundos de diferentes colores que ruedan en el cielo. Había conocido a hombres y mujeres de todas las edades, de distintas condiciones, sabios unos e iletrados otros, animales de diferentes especies y hasta seres fantásticos que nacen de los dibujos y se corporizan del aire. Todavía más guardaba la niña en el cofre de su memoria. Pero bien sabía ella que más era lo ignorado, lo que escapaba a sus sentidos y a su imaginación fecunda. Caperucita sabía que no sabía, que aún le eran desconocidos muchos secretos de la vida. Los secretos del tiempo, entre ellos.

Y es así que decidió emprender un viaje a través de las edades y de los siglos para ver otros aconteceres. Quería conocer a los habitantes de otros tiempos, pasados y por venir, conversar con ellos, escuchar sus historias, narrarles sus propios cuentos. Los misterios que yacían ocultos bajo las cenizas azuzaban su conciencia blanca. Y no pudiendo ya resistir su curiosidad, fue al encuentro de su padre que trabajaba en el huerto: “Papito, partiré hacia otros tiempos, conoceré las edades, seré las horas y los días y los años. Seré siglos en una y en otra dirección. Y cuando el ave que ahora sobrevuela nuestra casa aún no haya posado sus patitas en la tierra, antes de que hayas terminado de recoger el verdeo que estás segando ahora, regresaré y te encontraré aquí, en el huerto. Dame tu permiso, dime tu bendición y besa mi frente”.

Bien sabía el papá que Caperucita haría ese viaje. Que sin desobedecerle pero sin cejar en su propósito emprendería el viaje. Sabía que su niña se nutría de pan y de amor, sí, pero también de su curiosidad irresistible. “Ve, hija, que sea fácil tu travesía”, le dijo y besó su frente.

En otro tiempo del tiempo y en otro lugar del mundo, un hombre viejo y sabio, flaco y barbado hacía aprontes para un viaje: pan, agua y un raro calendario era cuanto tenía como equipaje. Cuánto distaba Éfeso, su ciudad, de la casa de la niña, no importa ahora; pero sí el tiempo, que era de unos dos mil quinientos años, nada menos. Su nombre, Heráclito, era bien conocido por sus contemporáneos, y el mismísimo rey Darío de Persia había querido aprender de su ciencia.

Heráclito había hurgado en sus adentros los misterios de la vida, que son los misterios del tiempo. Había inquirido al río que discurre y al fuego que se prende y apaga medidamente, para verse espejado en ellos. Lo eterno y lo no eterno, lo concorde y lo discorde son uno, decía. Severo escrutador de la naturaleza humana y divina, su cuño aristocrático le distanció de sus compatriotas, que merecieron duros reproches de él. Luego, allá en la Grecia de los filósofos, fue alabado y reprobado por sus pensamientos y alguien de merecida fama lo motejó El oscuro.

Amanecer primero

Se encontraron, como te digo, en algún lugar del tiempo. Si fue su anhelo que los transportó, si algún poder que les fue dado, si un duende travieso quebró el secreto de las edades y los reunió, no lo sé. Tan sólo puedo decir que así Caperucita como Heráclito atravesaron los días y los siglos en la dirección de sus anhelos.

Y se encontraron al pie un árbol que repartía su sombra sobre el cauce de un arroyo y una casita azul. Se encontraron la niña y el sabio y se miraron curiosos de saberse mutuamente. Ella vio en él a un hombre adusto, casi severo, que por su edad podía ser el padre de su padre; con barba entrecana, mirada melancólica y honda y vestido con un manto. Él la vio niña, con una capucha que cubría parte de su cabellera larga y rizada, vestida con atuendos que le eran desconocidos. La vio vivaz e inquisidora. Se saludaron y se sentaron sobre una peña que emergía de la ribera, clavados sus ojos sobre el curso del arroyo que apresuraba ruidosamente sus aguas hacia la parte inferior de la quebrada. Soleado por momentos, por momentos umbrío bajo el follaje de los árboles, haciendo remolinos en los estanques, serpenteando y precipitándose en pequeñas cascadas, el curso del agua parecía desmentir aquel encuentro que había transportado al viejo hacia adelante en el tiempo y a la niña hacia atrás.

Unas cabras pastaban en las inmediaciones y multitud de aves rasgaban el cielo, todas en la misma dirección, norte o sur no lo sabía la niña, quizá sí el viejo. Y entre esas aves Caperucita vio a la que sobrevolaba el huerto de su padre, la vio y al pronto pudo reconocerla. No por su diverso plumaje ni por su tamaño, que en esto era igual a las otras, no; la reconoció por su modo de volar, porque merodeaba el sitio sin buscar el horizonte. ¿Era la bendición de su padre? ¿Su emisaria?

“Me llaman Caperucita, tengo cinco años, mi padre es hortelano y mi madre cuida de nosotros y prepara ricos dulces”, inauguró el diálogo la niña. “Lo sé”, y el viejo paseó su nudosa mano por la cabellera canela de la niña. Un largo silencio siguió y sólo el canturreo del agua les acompañó en sus cavilaciones. El sol ya estaba alto en aquella mañana y su tibieza terminaba de recoger las últimas perlas de rocío que la noche había sembrado. La casita azul lucía curiosamente bella, mitad resguardada por sus muros y sus enseres, mitad abierta al fervor de las plantas y a la luz del sol.

De pronto el viejo levantó su mirada al cielo y sentenció: “El sol es nuevo cada día”, y a partir de entonces el astro padre pareció reavivar sus llamaradas, inquietarse y hasta apresurar su tránsito hacia el cenit. El agua cristalina del arroyo brilló y brincó entre las pulidas piedras como nunca lo había hecho antes y la casita azul adquirió un nuevo esplendor. El anciano dijo que cada jornada es en sí misma todas las jornadas habidas y por haber, y que todas las jornadas pasadas y presentes son una.

“¿Qué dices, Heráclito –dijo la niña que de sobra conocía el nombre de aquel sabio–, dices que hoy es siempre?”. “Lo es”. El hombre se expresaba con seguridad, sí, pero también con un dejo de misterio en su voz. Eso le hizo dudar a la niña sobre tan audaz afirmación, porque, se preguntó, si hoy es siempre ¿qué hay de la esperanza que precisa un mañana para manifestarse o para desvanecerse en el desencanto? Acaso ¿no fueron muchos hoyes y mañanas los que la transportaron a su edad de cinco años? “Dime qué haré con mis anhelos, qué con mis sueños y con mis esperas si no hay mañana?”. Heráclito tomó a Caperucita con sus manos rudas, la sentó en su regazo, acarició nuevamente sus pelos color canela y le dijo así: “No sientas temor por tus anhelos y no creas que se frustran tus esperas. No mires más allá del arroyo, porque en él verás todo cuanto hubo, hay y habrá. Lo que anhelas está presente en tu anhelo, así como ya está en tu casa lo que aún esperas. Ayer, hoy y mañana son uno, como lo es el río, como lo eres tú. Y Dios. Él es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hartura y hambre; pero adopta diversas formas al igual que el fuego”. Calló por un momento. Luego agregó: “Si miras bien, si atiendes no a mí, sino a la razón, estarás de acuerdo en que la sabiduría consiste en que lo uno es todo”.

La niña escuchaba al sabio con mucha atención y se esforzaba en entender cuanta cosa salía de su boca, aún sus gestos y su mirada escudriñaba para asir su saber completamente. Los movimientos de sus manos rugosas, el énfasis que se insinuaba en algunas de sus expresiones, todo esto leía ella con afán de tomar para sí cuanto podía enseñarle el anciano. Pero, a decir verdad, ciertas cosas le eran difíciles de comprender. Por ejemplo, si es nuevo el sol cada día, ¿no es porque hay muchos días? Esto preguntó y aguardó respuesta. Él insistió en que el todo es uno y que el uno es todo, que ayer es hoy y también mañana, que un ave es todas las aves; más cosas de esta clase dijo Heráclito a Caperucita. Y, repentinamente, ella comprendió. Que de algún ayer venía él al encuentro y de algún mañana venía ella, que el ave que sobrevolaba el huerto de su padre era, a un tiempo y a pesar de las edades, la misma que había surcado el cielo en el momento del encuentro. Y hasta llegó a comprender que nada es de algún modo si otra cosa no es de modo diferente. Que lo uno es en lo otro, eso comprendió.

Ambos volvieron sus miradas sobre el agua del arroyo y así permanecieron largo rato. Luego el viejo tomó pan de su alforja, lo partió dando a la niña un trozo y él comió el restante. También compartieron el agua que él llevaba consigo. Y cuando aún el sol habitaba el cielo, él se incorporó, tomó la mano de la pequeña y dirigiéndose a la casita azul, le dijo: “Ea, vamos ya, debemos descansar de las fatigas de este día. Durmamos, niña, que el sol que vendrá, desde ahora nos está esperando”.

Amanecer segundo

El sol temprano de la mañana los despertó a ambos. A Caperucita la encontró en un lecho mullido y a Heráclito en un rincón, tendido sobre el piso y cubierto con unas mantas azules. Como las paredes, como el vano de la puerta inexistente, como los pocos muebles y cortinas que ornaban la casa, como la guitarra de seis pares de cuerdas que descansaba en otro rincón, azules todos. También como el cielo.

Ambos lavaron sus rostros en el arroyo, alisaron sus pelos y partieron aguas arriba para recoger frutos. Fresas e higos hallaron en abundancia para su desayuno, y mientras los comían la brisa fresca de la mañana acariciaba las copas de los árboles haciéndoles hablar un idioma que la niña no conocía. Ella sabía que algo se decían los árboles y las matas, que tales melodías no eran vacuas, que por alguna razón quebraban el silencio de aquellas montañas. “Dime, Heráclito, de qué hablan las plantas, qué se dicen las unas a las otras; dime también por qué no puedo yo entender su lengua”.

“Ellas, las plantas y los árboles, las flores y sus frutos, también los peñascos y las bestias hablan la lengua del tiempo. Que es la lengua del río que siendo el mismo, muda incesantemente, es otro cada vez que te sumerges en él. Porque, dime, pequeña, mira con tus ojos, pero también con todo tu entendimiento y tu corazón y dime, ¿por qué había de estar ahí el río todavía si ya le has conocido antes y no ha mudado? ¿Por qué causa ha de seguir siendo aquello que no alienta esperanza? ¿Por qué tú habías de hablar conmigo, por qué inquirirme, si todo fuera como ayer y nada hubiera cambiado? Mira el curso del río, cómo discurren sus aguas; mira también cómo los árboles se agitan y murmuran al compás del viento, y hablan de cosas, diferentes las unas de las otras.” Heráclito calló. Y en ese momento el ave que sobrevoló el huerto del padre de la niña, la misma que surcó el cielo en el anterior amanecer, vino cerca de ellos, revoloteó sobre el lugar y finalmente se posó en el hombro del viejo. Éste no pareció sorprenderse y quedamente recogió uno de los frutos que aún tenía a su alcance y le dio de comer. “He aquí que me habla y yo le entiendo y le respondo. Mira y ve, Caperucita, cómo no son necesarias las palabras que empleamos los hombres, aún los filósofos, para entender a las aves. También para entender a las plantas y al río no ha menester de palabras. Y yo creo que, en verdad, tampoco los hombres precisamos de ellas para decirnos las cosas que más importan en nuestras vidas. Quizá ahora también tú puedas entender la lengua de los árboles, de las aves, del universo.”

Caperucita acarició la barba desordenada del anciano, besó su diestra y luego, lentamente, se acercó al arroyo para sentarse a su vera y fijar la mirada en sus aguas cristalinas. Heráclito no la acompañó, la dejó sola. Y como la niña no regresaba a su lado, no abandonaba la ribera ni quitaba sus ojos del agua que corría incesantemente, partió solo de regreso a la casita azul y allí la esperó sin ansiedad y sin temor. De sobra sabía que ella regresaría.

El sol acariciaba el poniente cuando el viejo vio a Caperucita que llegaba con unas nueces en su falda. Sonrió la niña al verle, pero él no, porque sus ojos aún estaban colmados de lágrimas. ¿Qué pensamientos le acompañaron durante su estancia a solas en la casita azul? ¿Qué recuerdos, si los tenía, habían castigado su soledad? No sabía la niña dar respuesta a estas preguntas y él calló. En la casita azul, sobre la mesa robusta quebraron una a una las nueces, separaron las cáscaras que dieron al fuego para alentar sus llamas, y comieron el fruto con fruición, porque ambos estaban hambrientos. Luego, Heráclito fue al monte próximo y regresó con unos leños secos para alimentar el fuego, que prometía acompañarlos durante aquella noche fría.

Las llamas danzaban sobre los leños. Sus formas ondulantes y caprichosas se alternaban con chisporroteos que de cuando en cuando arrojaban estrellas a los pies de la niña y del viejo. La casita estaba tibia y la guitarra devolvía los reflejos del fuego; sus cuerdas, en pares, querían vibrar y lo sabían ellos pero ¡ay!, no sabían arrancar melodías de esa caja azul. Sin embargo las cuerdas vibraban, primero unas, luego las otras, siempre en pares, cada vez más, y ellos aguardaban que algo ocurriera. No esperaron mucho, porque unos acordes comenzaron a brotar desde el vientre del instrumento, una armonía extraña, diríase que la suma de sonidos discordes producían un resultado armonioso. Heráclito escuchaba y miraba el extraño calendario que había traído consigo y que, desenrollado, descansaba sobre la mesa cubriéndola enteramente. Y por primera vez sonreía. La niña le miraba y se complacía de ver al anciano feliz.

Ignoro cuánto tiempo escucharon esa extraña y elemental melodía, pero puedo decirte con certeza que mientras su sonido ocupaba los rincones de la casa y el fuego ardía en lenguas multiformes, Caperucita y Heráclito emprendieron juntos un viaje. Partieron primero en dirección al ayer, más lejos todavía que el tiempo que le vio nacer al viejo, mucho más lejos. Vieron cielos y mares, aves y animales rapaces, hombres y mujeres ataviados con ropajes no vistos por ellos hasta entonces. Vieron ríos y hogueras, vieron monarcas opulentos y súbditos menesterosos, vieron nacer a unos y morir a otros, vieron luces y sombras. Tomados de ambas manos y mirándose el uno al otro continuaron el viaje hacia el ahora, discurriendo por las tierras de Heráclito y sus vecindades y allí un hombre los detuvo, amigablemente les miró a los ojos y les obsequió una sonrisa y un trozo de pan untado con miel, que comieron los viajeros. Heráclito le dijo al hombre que al siguiente día fuera a la casita azul para retribuir su hospitalidad, para hacerle conocer el arroyo y para que le enseñara su saber a la niña. El hombre asintió y continuaron ellos su viaje en dirección al mañana.

Y, en efecto, recorrieron muchos aconteceres más allá del tiempo en que el papá de Caperucita trabajaba en su huerto; pero de lo que vieron en esa parte de la travesía nunca hablaron. Y por eso, lector, no sé decirte nada a su respecto.

Cuando por fin regresaron a la casita azul, la guitarra dijo sus últimos acordes y calló y el viejo arrolló el calendario que aún cubría la mesa, mientras el fuego seguía ardiendo en llamaradas. La niña se sumergió entre las sábanas, se cubrió con abrigos para que fuera reparador su sueño y pronto se durmió. Mientras, Heráclito ocupaba su rincón en el cuarto y desde ahí miraba el fuego que no cesaba de danzar.

Amanecer tercero

“Para el Dios todas las cosas son hermosas y buenas y justas; pero los hombres sostienen que algunas cosas son injustas y otras justas”, dijo Heráclito desde su rincón, cubierto aún por las mantas que le abrigaban en aquel amanecer fresco. Caperucita le oyó, porque ya había despertado y desde su lecho miraba amorosamente al viejo. “¿Por qué así, Heráclito, por qué son distintas las cosas para Dios y para los hombres, siendo que Él las hizo una, según me enseñaste?”

He aquí la cuestión –dijo para sí el viejo. Si sobre su conciencia blanca la niña puede escribir esa pregunta y también la respuesta, entonces habrá hallado el camino y ya nada podrá perturbarla. “Tengo la pregunta. Dame tú la respuesta y ya no seré perturbada mientras transite por la vida”, dijo ella, que misteriosamente había leído el pensamiento de Heráclito. Él la miró, la tomó por sus hombros y dulcemente la sentó en su regazo como lo había hecho en el primer amanecer, y le dijo así: “El Uno es atributo de Dios, no de los hombres. El Uno es bello en sí y por sí. Por su condición es bello, y no le está dado al hombre verlo con sus sentidos. Los hombres vemos lo múltiple, y, por eso, vemos los opósitos y nos bañamos en las aguas del conflicto.” Caperucita pudo comprender que la desventura viene al hombre por causa del conflicto y que el conflicto no puede manifestarse si las cosas son una. Pero aún así, sintió que algo no comprendía, y no podía discernir qué era. Miró al anciano y él supo leer en los ojos de la niña. “Algo de cuanto decimos te estará vedado, y es el conocimiento del Uno, que es el conocimiento de Dios. Tú, yo, todos los hombres, sólo podemos concebirle con nuestra perplejidad. Mirando el discurrir de las aguas del río, o el caprichoso llamear del fuego en la hoguera, o sopesando lo uno respecto de lo otro. Pero si comprendemos que en esa duplicidad que ven nuestros sentidos la divinidad se manifiesta en su unidad, entonces sabremos que no hay conflicto. Y esta es la respuesta que has de escribir en tu conciencia. Y saber que sólo la perplejidad podrá responderte cada vez que inquieras lo insondable.”

Caperucita fue a sentarse a orillas del arroyo para fijar nuevamente sus ojos en las aguas que corrían en dirección al valle.

Heráclito regresó de un paseo que había dado por las inmediaciones del arroyo, aguas arriba, con unos frutos para el almuerzo, porque esperaba que su invitado llegara pronto. La niña le esperaba en la casita azul, con la mesa arreglada para tres comensales. Ambos se sentaron sobre un tronco que los años habían derribado y la niña le contaba al anciano sobre un amigo que había tenido y que cierta vez, mirando el revolotear de unos pájaros, los siguió con su mirada hasta que, habiéndose ocultado ellos tras las copas de los árboles, sin proponérselo él también voló y los alcanzó y danzó con ellos por los aires. Le dijo que otra vez su amigo sanó las heridas de un ave y luego, cuando hubo partido para no regresar más, en algún sitio vio a un anciano de barbas blancas que irradiaba luz y que tenía una cicatríz en el mismo lugar del ave que él había sanado. Que su nombre era Jacinto y que él le había enseñado el secreto de las estrellas que cortejan a la luna en las aguas del arroyo. Más cosas le dijo Caperucita a Heráclito acerca de su amigo Jacinto. Y estaba ella hablándole aún, cuando vieron llegar al griego barbado que habían conocido en el anterior amanecer.

“Eres bienvenido”, le recibió Heráclito y le ofreció un lugar en la mesa. Demócrito, que éste era el nombre del recién llegado, compartió con ellos el alimento, y cuando Caperucita retiró las pocas vajillas que habían usado, dijo: “Encontré vuestra casita azul bordeando la margen derecha del arroyo, en dirección al curso de sus aguas. Y desde las tierras altas pude ver que ella está situada en el lugar más escondido de esta quebrada. ¿Por qué lo elegisteis? ¿O fue el azar que determinó que vuestro encuentro fuera en este lugar?” “El infinito universo –respondió Heráclito– no tiene un sitio que los hombres podamos elegir, y el tiempo, mi querido amigo, es un niño que juega con los dados. Henos aquí, entonces, por una voluntad que no es la nuestra. Mas sí la tuya, que queriendo venir aquí y ahora, enderezaste tus pasos con rumbo cierto. Tal certeza te da alegría y pone en tu alma y en tu boca esa sonrisa que quiero le transmitas a la niña. Porque no es bueno que al comenzar su tránsito por la vida emparente conmigo, que soy de lágrimas prontas; es mejor que, habiendo ya aprendido los enseres primeros del mundo, transite de tu mano el sendero de regreso a su morada.” Dicho esto, el viejo Heráclito tomó a Caperucita de su mano, acarició nuevamente sus cabellos color canela, y así le dijo su legado: “Sé la luz, toma la mano tibia de mi amigo Demócrito y ve con él para llevar la risa a los hombres. Y honra a los dioses porque en ellos hallarás sabiduría”.

La niña miró a su nuevo compañero y vio que otro era su rostro, que no había tristeza en su mirada y que una dulce sonrisa se dibujaba en su boca. Miró hacia atrás para ver a Heráclito por otra vez, pero él había vuelto su rostro en dirección al arroyo que discurría hacia el valle, siempre hacia el valle. Y como el arroyo, ella eligió descender acompañando el curso de las aguas, hasta llegar al huerto donde todavía el ave revoloteaba en el cielo y su padre no había terminado de cosechar el fruto verde de la tierra.

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Los compromisos de Fred Vargas


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Si los hombres hacemos arte no es para repetir la vida, para hacer un doble de la vida. Y eso ya era así cunado vivíamos en cavernas. Creamos a partir de lo real pero lo desfiguramos, lo exageramos, lo miniaturizamos o le damos un carácter grotesco. Eso nos permite ver la realidad bajo otro prisma…” Quien así se expresa es Fred Vargas, la escritora francesa de los enigmas, de la novela policiaca asumida como hija milenaria de la literatura épica. ¿Y puede haber una hija milenaria? Pues, en la ficción toda historia, creíblemente contada, es posible. Y así lo confirma, en palabra y obra, la Fred Vargas de los compromisos.

Una Fred Vargas vive (y escribe) comprometida con la ficción cuando asegura que “la novela de enigmas es un libro que intenta identificar un peligro. Es una novela de vida o muerte. Cuando no puedes resolver tus angustias, tus temores, los representas en una novela. La ficción te permite reconocerlos. Saber. Avanzar para volver al mismo tiempo pero tranquilizado”; en paralelo, otra Fred Vargas, en comunión con el espacio exterior, asume su compromiso con la palabra (y la consciencia) en la tierra. Y defiende cualquier causa colectiva que haya que defender.

Cierta fiebre de realismo nos ha hecho creer que la ficción es una forma de escapismo, cuando todo parece indicar lo contrario. La ficción es el acto individual más revolucionario que conozco; la ficción posibilita la realidad de un ser en comunicación interior con los otros; la ficción es un atentado creativo (y pacífico) contra la realidad absoluta que nos impone el orden establecido. Y eso lo tiene muy claro la Fred Vargas que escribe novelas como “Que se levanten los muertos” o “La tercera virgen”, pero también la que toma distancia de un Sarkozy que asume públicamente su “poca vocación lectora”. Y la escritora admite su lógica: “Pero es que yo no soy realista. Me preocupo por la realidad, eso sí”.

Fred Vargas, arqueóloga e historiadora, une su compromiso interior (palabra, estética) al colectivo (actitud, acción) para manifestar su solidaridad a las pequeñas editoriales que le apoyaron en el comienzo de su carrera. Y lo celebra a los cuatro vientos: “Si cuando eres un autor desconocido sólo te publican los pequeños, cuando empiezas a ser conocido debes aportar tu éxito al editor que te ayudó a arrancar. Si queremos editores independientes, los escritores debemos comenzar por querer serlo también nosotros”.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Junto al mar con tu recuerdo


María Cristina Garay Andrade (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cae la tarde serena sobre el mar que esta tranquilo,
Templada la arena se cubre con olas de espuma aguamarina,
Al galope lento recorro la belleza del paisaje que perfilo,
Con la pasión de cabalgar por la playa desierta que me fascina...

El jadeo del animal se va sintiendo en movimientos rítmicos,
Jugueteando charcos al cruzar algunas olas presumidas,
se desdibujan salpicando cristales sus pisadas atrevidas,
en el anfiteatro perdurado en instantes bellamente místicos.

El muelle piernas abiertas con sus pies siempre en remojo,
observa a la pleamar pasar pasiva atento y de reojo,
una suave brisa cálidamente roza la orilla,
dejando ondulaciones de arena que me maravilla.

Mis brazos se convierten en alas aladas,
El viento pega fuerte en mi cara acalorada,
El alma se magnetiza con energía positiva,
Y la libertad preconiza su independencia permisiva,
De estar a solas en plenitud conmigo misma cautiva

El rumor del mar acompaña el galope acompasado,
Con el regreso del atardecer en el horizonte rojizo dibujado,
Paseo mi mirada en los últimos rayos de luz que se agotan,
Estampida de gaviotas a mi paso alzando vuelo se alborotan.

Escenario de magnitud que me cautiva y me enamora,
Convierte a las horas placenteras y encantadoras,
Se va adelgazando sobre la arena mi sombra
Acosándome como una espigada alfombra,
Agazapada y sin respiro colgada del estribo.

Crepúsculo de embrujos y quimeras,
Recuerdo aquellas jóvenes primaveras,
La luna cordialmente me saluda blanca y desnuda,
Bañando mi figura con todo su esplendor,
Pregunta que me hace indiscreta y en forma directa:
¿Acaso inmenso como el mar es el amor?...

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Emociones y gripe: Bioética desde la sabiduría popular


Leonardo Belderrain


“Las opiniones de los especialistas (más allá de la información parcial de los medios) van desde sostener que la gripe A no existe (que es una variación de la gripe de todos los años con un porcentaje ínfimo de casos mortales) y que se usa para evitar la quiebra de los laboratorios, hasta los que predicen una peste imparable”. (Tucho, presidente de la sociedad argentina de teología). Pareciera que se ve la realidad según el miedo que se tiene y hay miedos reales que nos alertan y los hay paranoicos.

La sabiduría vedico, observa que para la prevención de la enfermedad lo principal es buscar el equilibrio de la mente.

Si la mente está saturada de impresiones y pensamientos, le resta capacidad de resistencia al cuerpo y lo predispone a la enfermedad. Si la mente esta clara, calma meditativa y armoniosa, la resistencia del cuerpo es mayor. Incluso está demostrado por el doctor Simenton, que los padres que meditan con sus niños, participando con ellos en rituales, es mucho menor la propensión a la gripe.

John Curtis, Maestro de Reiki, es un clásico de la psicosomática que explica cómo algunas enfermedades tienen que ver con las energías que convocamos, y superamos la crisis que genera, cuando se logra recuperar los valores que estaban en juego antes que se diera la enfermedad.

En general, muchos libros de autoayuda sirven para tomar consciencia de la relación que existe entre las emociones y los estados y enfermedades somáticas.

Sin embargo, en muchos artículos hay cierto determinismo y reducción unilateral. La causalidad de los males por las disposiciones anímicas es poco confiable si se desconocen otros factores como por ejemplo el genético y la situación familiar. Curtis ve a la gripe y otras enfermedades de la siguiente manera:

Resfriados y gripe: Puede subyacer en la base de esta dolencia un conflicto crónico subiendo a la superficie. Es una manera que tiene el cuerpo de purificarse, liberándose de productos químicos de la comida, bebida, aire etc. que se ingiere. El tejido enfermo se toma la oportunidad para descansar y dejar que el cuerpo se regenere.

La enfermedad es también un problema político, y las tendencias ideológicas parecen demostrarlo ya que para las derechas, el problema más serio es que no se crece económicamente si uno se enferma y, para la izquierda es la injusticia y lo mal que se distribuye la riqueza lo que produce la enfermedad.

Las gripes pueden llevarnos en la crisis, a pensar cómo crecer económicamente compartiendo más. El “lavarnos las manos” reiteradamente es emblemático y deberíamos concientizarnos para hacerlo desde lo físico y no desde lo espiritual, desterrar la idea del "sálvese quien pueda" y buscar ser solidario con cada próximo necesitado.

Deberíamos interrogarnos en este momento si podemos aprender con la crisis de la gripe a crecer en comunión y participación.

En "La Peste", decía Camus, se ve más claro la grandeza y la bajeza de la condición humana y la necesidad de limpiar.

También podemos reflexionar sobre otro tipo de circunstancias/enfermedades:

Accidentes: Todo puede ocurrir por una razón, ¡hasta los accidentes! A veces, ocurren para hacernos reflexionar sobre el curso que esta tomando nuestra vida. Los eventos "mala suerte" tienen siempre un significado mas profundo.

Alergias: Puede acarrear una reacción desproporcionada de nuestro cuerpo a un elemento que se considera como un invasor. Luchar contra un enemigo de nuestra propia creación es un acto de agresión, una lucha subconsciente contra una parte de nuestra vida que nos asusta o no deseamos. La resistencia es lo contrario al amor, ya que amar significa aceptar.

La sustancia que desencadena la alergia puede verse como un símbolo del aspecto de la vida contra lo que se esta luchando o intentando evitar. Examinar los aspectos de la vida en lo que se esta en conflicto puede ser también la posibilidad de sanar y resolver la crisis.

La vulnerabilidad a las enfermedades esta marcada por:

- la marginación afectiva
- el complejo de insignificancia
- la dependencia
- el odio hacia sus progenitores y hacia sí mismo por el apego adictivo, y
- los inevitables sentimientos de culpa

Revertir estos procesos crea enclaves de salud.

Dolores de espalda:

La espalda suele representar temas de apoyo. Problemas de espalda podría estar indicando un exceso de una responsabilidad no registrada en el plano conciente. Se considera que no se recibe el apoyo que uno merece.

Dolores en la parte superior de la espalda pueden representar una falta de apoyo emocional una falta de entrega emocional de otro significativo.
Dolores en la parte central de la espalda pueden verse relacionados con sentimientos de culpabilidad en el pasado.

En la zona lumbar, pueden ser correlativos a sentimientos de faltas de apoyo material u económico. Puede tratarse de un miedo al futuro relacionado con el dinero.

Abrir el corazón al amor y al apoyo del Universo en lugar de cargar con pesos indebidos suele ser el concejo de la sabiduría popular.

Presión Alta: Una presión alta es el resultado de la sangre presionando sobre las paredes de las arterias durante las diferentes fases de bombeo del corazón. Puede darse cuando uno no expresa sus sentimientos y emociones durante un largo periodo de tiempo. Se vive constantemente al borde del conflicto, sin llegar a conclusiones, bajo una presión constante. Al contrario, una presión baja es consecuencia de evadir problemas. Ocurre cuando se sufre una falta de energía vital y uno no es capaz de manifestarse. También puede indicar un intento de evadir o no reconocer la vida sexual y afectiva.

Se suele recomendar observar las emociones dentro de uno. No juzgarse rápidamente. Se trata de ser honesto y afrontar los problemas en pos de una nueva calma (presión alta) o una nueva energía (presión baja). Las ganas de cambiar puede alertarnos si tenemos pena (nostalgia por una perdida de lo valiosa) tristeza (dolor acumulado por ideas displacenteras en relación con datos reales o imaginarios) depresión (acumulación de ideas disconfort con uno mismo).

Bulimia o Bulimia Nerviosa: Esta enfermad puede estar ligada a sentimientos que revelan una necesidad de vivir, ser amado y recibir "alimento emocional". Puede haber una sensación de vacío que se intenta llenar desesperadamente. Puede que uno se sienta inseguro y con miedo a la perdida. Se trabaja sobre el estatus inmunológico que se posee aceptando lo que uno es, así se acepta mejor lo que los otros nos pueden dar y se comprende mas fácilmente lo que nos merecíamos. Hay una fuente sin límites de amor y la salud deviene cuando se descubre que el alimento espiritual ya está dentro de uno.
Cáncer: Rabia que te consume, un deseo de auto-destrucción. La energía vital no nutre el chakra base al ser bloqueada por sentimientos de remordimientos, miedo y rabia interna proveniente de temas arraigados relacionados con el ego que no han sido perdonados. Cuando el perdón sea total, se favorece la sanación.

Estreñimiento: Muchas veces está relacionado con la avaricia, el no querer "soltar" (normalmente posesiones materiales). También puede convivir con creencias negativas. Cuando uno deja de reprimir por miedo los resultados afloran a la superficie.
Se tiene que aprender a soltar. Se debe aprender a que la vida fluya y se reconozca que es otro el hacedor y uno encuentra la seguridad y la riqueza que se busca si se entra en comunión con esa fuente inagotable. Lo que verdaderamente sustenta viene de Dios y no de fuentes externas.

Diabetes: Indica un deseo de ser amado, combinado con una inhabilidad para dejarse amar. El resultado es "hiperacidez" o sea, los que no aman, se vuelven ácidos. Falta el dulzor de la vida y se añora el amor que no se puede dar. Se trata de no esperar esa pareja ideal imaginaria, y dejar que el amor llegue de todas partes. Soltar el pasado y reconocer que el amor, el disfrute y el afecto son elementos fundamentales de la vida.

Cansancio (Síndrome del Cansancio Crónico): Posiblemente causado por un bloqueo en el chakra garganta. Se siente una falta total de motivación y una seguridad que todo irá mal. Suele darse en adictos al trabajo.

Se necesita estimularnos y ponernos metas, sin quedarnos anclado en pensamientos angustiosos sobre el presente o el pasado.

Problemas cardíacos: Indica una falta de compasión o el hacer cosas sin mucha convicción. Un exceso de emociones y una necesidad de luchar por la supervivencia también son indicaciones de este tipo de dolencia. En las crisis de las enfermedades nos preguntamos si el corazón y la cabeza o en otras palabras las emociones y el intelecto están en equilibrio. Para esta postura aunque parezca simplista si se vive en contacto con el corazón no se tiene problemas del corazón.

Tabaquismo: Los pulmones simbolizan la idea de libertad y comunicación, que se intenta crear fumando. Pero como esas creaciones no son reales, terminan esfumándose con el mismo humo que se ha producido.

Darse cuenta de lo que realmente se quiere y concretar proyectos a corto plazo habla de mucha salud psíquica. La verdadera comunicación solo puede ocurrir en un ambiente de claridad, y no rodeado por una cortina de humo.

Úlceras: Las úlceras pueden darse con sentimientos de miedo y una fuerte convicción de que no se es valioso. Lo que nos corroe por dentro puede relacionarse con la rabia no expresada y pensamientos negativos que literalmente "pudren por dentro".

Se necesita entrar en contacto con la fuente de nuestro estrés y rabia para canalizar esos sentimientos de una manera positiva. Quien sabe al finalizar esta gripe y el habernos recluido en casa nos ayude a salir de nuevo a lo público con un alma más solidaria y empresaria. La diferencia entre un hombre normal y un chaman, decía Naranjo. Es que el hombre común se enferma y se recupera como puede en cambio el chaman sabe que se enferma por algo y que cuando se sane habrá crecido humanamente. Esta mañana pensé decirle a las personas que vienen a limpiar la capilla que no vengan por que se reducían nuestros ingresos con la gripe, y que, además, no seguiríamos con la construcción del sum parroquial. Me quede un ratito en silencio vi ellos estaban más expuestos que yo, y dije si, y confié. Al instante alguien golpeó la puerta y me dijo que era un albañil, que la Virgen le había concedido un pedido y como promesa, me venía a ofrecer con su empresa terminarme el sum. Pude decir en aquel momento: feliz gripe..., qué hermosas oportunidades son las enfermedades para crecer ver que valores estaban dejerarquizados y ser más solidarios.

Sun Tse en su obra “Los trece artículos sobre el arte de la guerra”, aconsejaba:

“Por más críticas que puedan ser la situación y las circunstancias en que te encuentres, no desesperes de nada; justamente en las ocasiones en que hay que temerlo todo, no hay que temer nada; cuando uno está rodeado de todos los peligros no hay que temer ninguno; cuando se carece de todos los recursos hay que contar con todos; cuando a uno lo sorprenden hay que sorprender al enemigo mismo.”

....comenzando por el propio, dentro de uno mismo.

Deberíamos atender más a la sabiduría popular que nos enseña una vida longeva con calidad, con esta simple receta:

“Vida sana y ordenada,
tomar muy pocos remedios,
no tomarse nada en serio,
y no enojarse por nada.

Disfrutar el silencio del alba que da el sentido al canto,
compartir sueños y llantos,
ir por donde indica el alma.
Comida muy moderada,
alegría y distracción ,
no tener nunca aprensión,
salir al campo un buen rato,
amigos, mucho trato,
y continua ocupación”

Este artículo está traducido de http://www.meanwell.com.au/html/body_illness.htm y es un enfoque alternativo a la "razón" de las enfermedades o en otras palabras, la relación entre nuestros pensamientos y emociones y las manifestaciones físicas de los mismos.

En inglés, la palabra "enfermedad" es "disease". La palabra "ease" significa "estar a gusto" por lo cual "dis-ease" es "disgusto". Muy a menudo, las enfermedades físicas son el resultado de un "disgusto" presente en el conjunto mente/cuerpo/espíritu de la persona.


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La teoría del inodoro II: Los campos minados de mierda mental


Enrique Campang Chang (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Pido disculpas por usar palabras “profanas” que son parte del lenguaje reconocido por la RAE.

Unos hogares, oficinas, centros de trabajo, calles, estadios, colegios o autobuses parecen campos con minas fecales listas para estallar ante la menor provocación, una palabra, bocinazo, mirada, tener un celular o movimiento en falso es suficiente para que algún sujeto lleno de m, lo haga m a uno.

Las noticias traen con frecuencia titulares con las palabras tiroteos, vandalismo, agresiones, etc., que tienen como común denominador un componente emocional de resentimiento, odio, o mierda mental (mm), asociado a otros componentes racionales como problemas económicos, abusos o provocación. Casos de personas que matan a sus padres, compañeros de trabajo, estudio y maestros de colegio, se están volviendo demasiado comunes en todo el mundo.

Las masacres en colegios, universidades, centros laborares bajo tensión como las oficinas de correo, restaurantes de comida rápida tienen el potencial de convertirse en inodoros mentales para que unos descarguen toda su frustración en forma de balas.

En los colegios varios actos de bullying que se inician con un simple “me cae mal”, terminan en masacres como en Columbine, hace 10 años, el Virginia Tech, hasta Azerbaiyán. La lista es demasiado larga en todo el mundo; donde la m. que traen de la casa o el medio social es descargada sobre los que no se pueden defender o son designados inodoros o mierda de la clase.

Las aristocracias estudiantiles de las bonitas, populares, los cara chiiisshh, de apellido, con dinero, “la caquerada”, ropa fina, atléticos o machos, son capaces de actuar con crueldad insólita contra otros grupos marginales como Emos, góticos, feos, destrabados, nerds, flacos o gordos. La envidia y arrogancia de unos sobre otros es un detonante de riesgo a la violencia escolar. Unos agraviados le dan salida a su humillación por medio de las armas.

En el hogar, la violencia doméstica sigue sumando víctimas en las personas que no pueden evitar ser la cloaca de la m del macho en contra de la mujer y los niños; o de la mujer frustrada contra sus hijos.

Se dan situaciones en que el ambiente familiar es tan tóxico y saturado de m., que tienen descargas explosivas de cólera (acting out) sin dar señales evidentes; los hijos terminan asesinando a sus padres y hermanos; los esposos o a su pareja. El drama termina cuando ahogado en su propia m, el homicida se suicida.

En otros casos la persona parece una letrina a punto de rebalsar sin tener otro lugar a donde descargar su ira que la calle contra los peatones que tengan la mala suerte de estar en el camino de su m.

La Teoría del Inodoro (E.C. 2004) plantea que toda persona y sociedad produce a lo largo de su vida ideas que dejan de ser útiles, recuerdos negativos, resentimientos que de no eliminarse adecuadamente se pueden volver contra sí mismo o las personas que le rodean. La gente vive atormentada de sus recuerdos del pasado y se los pasa a los demás Todos deben contar con los mecanismos para liberar estas ideas problemáticas en lugares que no hagan daño ni causen molestia; como aprende cualquier niño a ir al baño. Unos no se dan cuenta de que producen desechos mentales, ni aprenden a manejarla, dejando sus graves secuelas en las vidas de otros. Es darse cuenta de que todos producimos desechos mentales que debe n procesarse adecuadamente.

La m. mental puede tener varias salidas: la boca que ofende, grita o denigra; el puño que golpea, los pies que patean a la víctima, el dedo que jala el gatillo disparando un arma asesina o el botón para detonar una bomba suicida en Israel o Bagdad. La furia con que se ataca y destruye a la persona o la propiedad no se puede explicar solamente con causas racionales. En las calles no es solamente una protesta en contra del desempleo, las injusticias o el gobierno; entre los manifestantes también se infiltran personas cargadas de m, que buscan soltarla bajo cualquier pretexto.

Es cuando las protestas y juegos de fútbol degeneran en vandalismo, actos de pillaje o destrucción a la propiedad, muy frecuente en el fútbol europeo con los temidos Hooligans. Es difícil prever cuando sucederá un episodio explosivo de violencia fecal. Unos dejan pistas en Internet, e-mail, Talk o Reality Shows, Facebook en los chats, blogs, mensajes de texto o en las comunidades electrónicas; unos ya notan los signos preocupantes de riesgo.

Se debe estimular una cultura que identifique el malestar y provea los medios de desahogo controlado. No se puede tolerar la burla de ningún tipo, fomentando el respeto a la dignidad de la persona, sin importar su raza, condición económica, orientación sexual o credo religioso. En Japón se canaliza el enojo de los empleados golpeando monigotes que representan a sus jefes.

Los hogares, oficinas o colegios deben proveer lugares privados para el desahogo o inodoros mentales que pueden ser jardines, capillas, buzones de quejas, reuniones o espacios donde se permita la expulsión controlada no letal de la cólera, y resolver los agravios en forma dialogada. Otros la canalizan en forma en arte, deporte o literatura.

Las manifestaciones populares del Primero de Mayo, los desfiles bufos como la Huelga de Dolores [en Guatemala], carnavales, juegos de fútbol, el graffiti, pintas en las paredes o el cáustico humor chapín son formas que actúan como válvulas de escape a la presión interna.

Unos divulgan chismes o se dedican a hablar mal de a la gente liberando su frustración, como en el “peladero” del Parque Centenario y la URL. Otros lanzan dardos contra la foto de la suegra, pero no la matan o practican Vudú en contra del ex novio. Son prácticas sociales que pueden evitar males mayores. Los medios de comunicación dan espacios al público para que puedan expresar su malestar en cartas o comentarios al aire. Otros que no saben o no tienen como, desahogarse, van a la cantina, o entran en procesos autodestructivos; se intoxican en su propio conflicto con alcohol o drogas.

Se debe tener mucho cuidado al soltar la mierda mental, puede ser peligroso; es como la pasta dental, una vez sale del tubo es muy difícil volverla a guardar…

El conflicto entre Israel y los palestinos no se puede resolver mientras las masas sean incitadas por grupos fanáticos (Hamas y radicales judíos) a descargar su m en forma de bombas o cohetes. Mientras la región no maneje una mejor higiene mental no hay posibilidad de paz. La dificultad en resolver conflictos raciales y religiosos está en los líderes que insisten en conservar los resentimientos y odios del pasado.

La televisión, cine y videojuegos son la exaltación de la descarga fecal comercializada; su atractivo y rentabilidad está en función de que el espectador se identifica en ellos; se emociona disparando desde el “joystick” a la pantalla; que en unos casos confunde a los jóvenes y pasan la línea de la ficción a la realidad.

A los productores no les importa el efecto que tenga sobre el público. Varios de los asesinos escolares eran aficionados a estos juegos.

Hace años, le expliqué la Teoría del Inodoro a una señora que trabaja en un puesto del mercado de la Placita, la entendió bien, de modo que ya no libera su enojo contra su hijo que antes maltrataba. En unas reuniones y centros de trabajo ya varios saben que no son lugares para sacar su m. La Teoría no es compleja ni del otro mundo, es lógica y evidente La sociedad ha fallado en su meta de crear una civilización no violenta en paz. Ha cumplido con construir los edificios más altos o desarrollar la más sofisticada tecnología. Pero en el manejo de los desechos mentales y la violencia, queda muy mal.

La represión, encierro o ejecución de los violentos no resuelve el problema si familia y la sociedad no aprenden a manejar el círculo vicioso de la m. mental. Si los padres, esposos, jóvenes o personas violentas supiesen de las consecuencias de esto, se estaría hablando de otro panorama con menos conflictos prevenibles. La perpetuación del odio racial, cultural, el recuerdo morboso de momentos dolorosos es como regurgitar la m que impide la cicatrización de las heridas. Es un interés fecal de mantener viva la culpa de las generaciones anteriores o recordar la m de otras épocas. Las conmemoraciones de eventos trágicos del pasado se deben manejar con cuidado, con espíritu de reconciliación y reconstrucción.

La educación continuada, extendida, generacional con una dinámica cultural hacia la higiene mental es una de las bases para un mundo mejor. No esclavizado de su pasado conflictivo.

Desde que escribí el primer ensayo sobre la Teoría del Inodoro en 2004, unos la han tomado en serio y otros la han reído y ridiculizado como “poco científica. Sin embargo la suma de incidentes sangrientos derivados del mal manejo de la m sigue creciendo cada día. Los argumentos académicos, técnicos y elegantes sobre la violencia en serie, se meten en laberintos del según…, que no aportan soluciones; prefiero el lenguaje directo, comprensible y efectivo.

No se ha llegado al fondo en la cuestión de la violencia. La historia es el registro de sociedades fallidas, erráticas en su sentido del bien y del mal; que no reconocen sus errores y los vuelven a repetir. Las escuelas, colegios y universidades no logran producir un ser humano pleno, consciente de la dignidad del prójimo. Es una meta que ninguna sociedad ha logrado.

Creo en un mundo mejor, más limpio física y espiritualmente, menos violento; es cuestión de tener agallas para reconocer que todos producimos mierda mental que debe descargarse en lugares y momentos adecuados sin ofender ni lastimar a los demás.

Para ver el ensayo original de la Teoría del Inodoro I, visite: www.enriquecampang.bitacoras.com


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Herminia de la Pincoya


Andrés Bianque (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Resulta que ella podría ser perfectamente el resumen preciso y certero de la vida de una mujer americana, de las nuestras, muy nuestras, dedicada a combatir, desde las más diversas trincheras, aquello que oprime todas las quimeras.

Intento afinar de manera exacta la cuerda en que reposan los recuerdos, voy trepando lento hacia la década de los ochenta, hasta que le veo allí azuzando con ceño de brazos cruzados el fuego que crispa el agua de un fondo de comida, mientras en silencio de harina, el pan amasado espera somnoliento su estirón de levadura sobre un tosco mesón, que han construido los hombres cesantes de sueños.

Aparecen de rato en rato ciertos vecinos buscando respuestas a las más diversas preguntas. Niños enfermos, ¿Tendrá algún remedio para la fiebre?, Quisiéramos participar en la olla común, ¿Cómo lo hacemos? Necesitamos una mediagua, una casa para poder vivir ¿Sabe dónde o cómo se puede conseguir eso?

Qué dulces eran los damascos esos veranos en aquella mítica esquina de trigales y gardenias, que olor exquisito a tierra recién regada y barrida en tono de alfombra popular para quien llegara a la casa.

Qué tibias eran las tardes de invierno amobladas por la respiración tierna de agrupaciones de sueños hermanadas en aquella casa, cuartel general de mujeres generales de insignias y medallas invisibles que colgaban y cuelgan sobre sus pechos que sostuvieron el mundo que se vino abajo, después de aquello de lo septiembre verde.

Qué olorosa era la canela junto a Iván, que de cañerías fracturadas y enyesadas por Don Fernando, y la hermosa señora Gladys y su jalea de hospital, el seductor eterno de Mauricio dando clases de cómo abordar a las féminas. Tantos seres anónimos que el oleaje del tiempo se lleva tiempo adentro…

Qué gran familia popular pululaba en aquella casa, que de niños felices entrando y saliendo por las puertas que siempre estaban abiertas. Detalle que dibujaba de cuerpo entero su esqueleto de vigas vigorosas, de enjambre de vidas divididas entre lo que se dice y entre lo que se hace.

Y las chocolatadas, y las tizadas y los juegos, y los parches contra los balines…

Herminia tenía el sabor a abuela en aquellos tiempos, inspiraba ternura a pesar de su carácter serio y decidido. La conocí sencilla de hablar, segura de ideas, la recuerdo humilde, a pesar que ella sabía lo suyo, pero prefería siempre caminar por las barriadas y las poblaciones a habitar en las nubes de intelectuales.

Me llamó la atención la manera diestra en que interpretaba las heridas, las de adentro y las de afuera. Pienso en lo difícil que se hace el describir el semblante curtido de una mujer de pueblo que vive para el pueblo y que pareciera, conociera todas sus vertientes y posibilidades. Parida, nacida y curtida en la lucha.

Y su característica voz ronca de tanto grito contra la hiedra que llena la casa y las cuadras, yo pinto callado el borde de un lienzo, mientras observo atento, como decenas de personas le preguntan qué hacer hasta en los más domésticos y fáciles ejercicios cotidianos que realizar.

Por aquellos años, Toño, el indio Toño aparecía con su bandera de sonrisas e historias lindas a alegrar a cada uno de los que allí estábamos, alargaba su cuerpo de Arauco sobre el umbral y sonreía con los ojos ante cualquiera que le mirara. Estaba la Panchita, Mapuche pequeña pero de corazón gigante, como no he visto hasta el momento.

Y aquí debo, debo detenerme en esa mujer de greda, porque me aborda el deber de contar que después de terminar las tardes faenando palos, harina, panes y sales, ella se iba a su otro hogar. Tomaba su carretón de mano, anclado a la orilla de aquella morada. Se daba su pausa líquida en algún garito oculto de aquellos años, algunas veces, y continuaba su viaje hasta su casa, la que quedaba en la misma dirección que la mía.

Muchas veces, comenzaba a murmurar en voz alta palabras incomprensibles, el murmullo se hacía arroyo más claro, hasta que el agua del molino de su boca se transformaba en canción sonora y persistente.

Cantaba en Mapuche, coreaba sus nombres y ciertos nombres en Mapudungun…

¡Canta Panchita, canta! Le decíamos, le decía, y ella cantaba como un pájaro herido sobre las ramas de una araucaria herida y primera vez en mi vida que escuchaba una canción mortal, terrible, profundamente intensa y hermosa en el límite impuesto por los señores de la noche, cantaba en los ochenta, cuando era quizás, un solo grupo al que le importaba la causa de los peñis.

Y ahí parada frente a una barricada artesanal, ella se paraba, cruzaba sus manos en el bajo vientre y como una niña de escuela, le cantaba a sus ancestros. Palos, pañoletas, piedras y otros para nosotros, y ella simplemente suspendida entre el humo y la noche, cantándole a los pájaros, a los niños que éramos nosotros accidentalmente, y un escalofrío colectivo nos erizaba la piel y los lamentos y , carajo, lanzábamos las piedras más lejos que nunca..

Nosotros con miedo de gritar libertad aquellos años, y ella, cantando el lenguaje prohibido de los pehuenes, los montes y los lagos.

Muchas veces la escuché y no entendí nada, nada, absolutamente nada, y yo miraba su rostro partido de arrugas tempranas y se me encogía el pecho y las costillas se me rompían como ramas secas y alto y hermoso aleteaba mi corazón ante el llamado de sus tierras.

Herminia de la Pincoya, le susurraba el orgullo de ser Mapuche a la Panchita, en forma constante, le hablaba de corrido del indomable e indómito pueblo aquel, del cual sentirse eternamente orgulloso.

Ay Herminia linda, como has desafiado los años, y por sobre todas las cosas, los daños. Y sólo fue ayer que he visto tu paso lento con el lienzo entre las manos y tu grito pequeño en contra de todo lo malo.

Y me entero que sin querer, estuve sentado a la mesa con una leyenda, que desde los 50, que desde los 60, que desde los 70, que desde siempre, la matriz de nuestra clase te regalo como defensora de tus otros hermanos y hermanas para toda la vida.

Y cómo no recordar aquella tarde en que te vi vestida de verde oliva defendiendo la tierra de Sandino en una fotografía, y tu humildad de mujer sabia, y tu silencio y tu mejor hagamos, a estar sentados escribiendo discursos infinitos.

Ahora, el coma entra en la redacción de tu vida, y en vilo, tanto yo, como muchos de aquellos que han tenido el honor de conocerte, sienten el filo del precipicio de la muerte.

Si supieran aquellos que tienen un hogar gracias a tus desvelos, si supieran algunos, que de cicatrices les curaste. Si supieran de las marchas que conocen tus pies hermosos, si supieran que adorno has sido las noches de tomas en terrenos hambrientos de dinero. Fuiste adoptando fantasmas sobre la hamaca de tu pelo, fuiste amparando el tiempo de harina colectiva sobre tus sienes.

Mujer entre las mujeres, dirigente honesta dentro de los honestos, combatiente del conjunto de disciplinas que acarrean vida a las calderas humeantes de nuestro pueblo, pudiste haberte ido hace años, pudiste haber vivido plácida en muchos lugares, pudiste haber adquirido un sueldo substancioso y un buen puesto por servicios prestados a la clase. Pero no, ahí andabas, ahí andas de la mano con otros que nada tienen. Enseñándole a los jóvenes ciertas cosas que no aparecen ni en los estatutos de ciertos partidos, ni en los decálogos de filántropos de ateneos.

Herminia Concha, dirigente, abuela de combatientes, mujer, nana de cachorros en ciernes, madre, compañera de noches amargas, siempre ahí, siempre allí.

Estas letras no son más que un pálido remedo que no alcanzan la estatura de tu semblante sereno.

Mejórese, véngase con nosotros, la estamos esperando, hacen falta miles como usted.

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Algo de música: el canto lírico


ARGENPRESS CULTURAL

Se entiende por canto lírico o música lírica aquella actividad donde la voz humana tiene preeminencia sobre los aspectos instrumentales, utilizando técnicas vocales especializadas que permiten un volumen sonoro mucho más grande y refinado que no necesita de medios auxiliares (micrófonos) para llenar grandes espacios, tal como sucede en el canto popular. Para lograr su efecto, este canto utiliza resonadores naturales situados entre el pecho y la cabeza del ser humano, sin que por ello se deje de comprender el contenido de lo que se canta. Esto implica que el cantante lírico debe tener una formación especializada nada fácil; de hecho es una carrera de conservatorio que dura varios años (comúnmente entre cinco y ocho años) y en muchos países termina con un grado académico. El manejo de la voz así logrado es realmente fabuloso, pudiéndose superar la maestría de muchos instrumentos musicales.

El término “lírico” deriva del instrumento lira, arpa de siete cuerdas que servía para acompañar al cantante en concursos de canto en Grecia clásica. Fue ahí donde este canto tuvo su origen, en las tragedias clásicas, donde se lograron juntar la palabra y la música en una unidad, pero como género musical propio con todas las luces se estructura en Italia a mediados del siglo XVI gracias a músicos como Vincenzo Galilei (padre de Galileo), Nicola Vicentino y Claudio Monteverdi, y es en la Europa de los siglos XVIII y XIX donde alcanza su máximo desarrollo. Los más grandes compositores académicos le han dedicado páginas memorables.

En la actualidad se compone de tres ramas: la opera, la opereta y la zarzuela.

La ópera, expresión por antonomasia del canto lírico, surgió como una forma de expresión muy estilizada y refinada para las clases dominantes de Europa; desde sus inicios se constituyó como el género escénico musical dramático, por lo que resulta ser la manifestación artística más completa. Circunstancias históricas, políticas, sociales y musicales en los distintos países que se desarrolló, hicieron que se dividiera en subgéneros como la ópera seria, ópera bufa, ópera cómica, ópera de números, y ciertos derivados como la opereta y la zarzuela, que más tarde pasaron a tener vida propia.

Presentamos aquí una breve selección de obras de canto lírico:

1) Un tenor: “Largo al factotum”, de la ópera “El barbero de Sevilla”, de Rossini;


2) una soprano: “Der Hölle Rache”, de la ópera “La flauta mágica”, de Mozart,


y 3) también de esa ópera de Mozart un duetto de soprano y tenor: “Papagena, Papageno”


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Isaac de Vega o el hombre desamparado


Liberto (Desde Artevigo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Uno de los libros para mí más estremecedoramente turbador, e incluso, quizá más difícilmente angustioso escrito jamás en Canarias -su nacimiento hay que situarlo en los años 50-, del escritor canario Isaac de Vega ha reaparecido bajo el nombre de “Cuatro relatos” en la siempre interesante editorial Benchomo (desde hace más de 20 años siempre sensible a la mejor prosa y a los mejores textos que se han escrito y escriben en Canarias para rescate y difusión de sus contenidos con sus siempre escasísimos medios), para oportunidad de los que hemos tenido la suerte de aprender y aprehender con el arte literario, sea canario o foráneo en una tierra donde el 90% de nuestros paisanos jamás ha leído ni leerá un libro.

Son cuatro textos con nombres tan sugerentes como: La Persecución, La Posesión, Miguel y su enano maligno o Mari-. Totalmente independientes entre sí, tienen en común un mismo tema que sobresale en todos ellos: El destino adverso y fatal de unos personajes que sobreviven en un mundo para ellos indeseable y caótico, al que acusan de su vacío y desesperación. No encontrando ningún tipo de salida por donde escapar a tanta desgracia y fatalidad, terminando con el imparable derrumbe de su mundo interior y conviviendo con el infierno que dicen sentir a su alrededor.

Estos cuatro relatos, escritos hace más de 30 años, el paso del tiempo -ese juez implacable-, no les ha restado ni un ápice de interés ni por su contenido, emparentado con lo mejor prosa de Poe, Rimbaud o Kafka, ni por su estilismo formal, frases cortas, cortantes, no te permite siquiera un respiro, acaso un engaño para no hacer tan terrible el drama que viven sus personajes encerrados en unas vidas indecibles, terribles, amargas…

Por ejemplo, en el primer relato, La Persecución, el protagonista llega a decir que “la gran liberación está en no oír a los demás, en no verlos, en no sospechar su contacto cercano”. Así, “los demás”, los otros, el resto de las personas, se irán convirtiendo en la fuente de todos sus males, el origen de todas sus desgracias. En este relato y, también, en los restantes, ésta será una constante que determinará negativamente las desgraciadas vidas de los personajes protagonistas, en mayor o menor medida.

Los cuatro relatos están poseídos por una atmósfera asfixiante, enrarecida, pesada, en el que los personajes van mostrando sus miedos, sus fantasmas, sus caóticos y enfermizos mundos interiores, y lo peor todo, tal vez, es que en lo más profundo llegan a intuir, alcanzando un grado de consciencia contra la que nada puede hacer, que su miserable realidad no va a cambiar jamás.

En estos relatos pareciera que la historia que cuenta Isaac de Vega, lo narrado por los personajes, es mera anécdota que nuestro escritor de hoy, el todavía vivo (ronda los 87, ahí es nada) y Premio Canarias de Literatura -compartido con otro de nuestros mejores escritores vivos, el también genial y no menos provocativo Rafael Arozarena (autor de la famosa novela llevada al cine "Mararía"), quizá por ser uno de los cofundadores de un movimiento literario, que llaman Fetasa, y que sus propios creadores afirman rotundos cuando se les pregunta por tal fenómeno que ni ellos mismos saben muy bien el verdadero alcance porque surgió en unos momentos muy dramáticos para Canarias, y quizá, en estos momentos no sólo no se entienda, sino que habría que hacer un auténtico y muy riguroso análisis económico, político, cultural, educativo, sanitario, etnográfico, psicológico y hasta antropológico de las Canarias de aquellos años, de Tenerife, y por último, del espacio por dónde discurría la vida de sus cofundadores - utiliza genialmente para introducirnos en un mundo de profundas, pensadas y sentidas reflexiones acerca de la vida del hombre en el mundo y de su, hasta ahora, indefectible, incierto y adverso destino, de las actitudes que le plantean lo patético y absurdo de sus existencias.

Así, en uno de estos relatos llegará a decir: “Somos seres ciegos, que la tierra irá produciendo hasta que se enfríe la luz del sol”. O, también: “Esos futuros hombres se irán extinguiendo, sintiendo su vacío y su oscuridad interna, llenos de terror y locura”. Con lo que concluimos que sus personajes están solos, se saben solos, abandonados en este mundo al que no le encuentran ningún lógico sentido, sin amparo en religiones redentoras, ni fe en una vida mejor después de la muerte, ni en vanas ilusiones amatorias o de felicidad.

Sus personajes ni se lo llegan a plantear siquiera: se saben solos en medio del universo infinito con la conciencia de que sólo son “motas de corta vida” y que, después de la muerte, no hay nada, sólo el más absoluto vacío. Y este sentimiento los va trastornando, confundiendo, arrastrando a un mundo de desesperación y oscuridad sin límite ni concierto.

Los personajes que habitan estos cuatro relatos seres solitarios, extraños, esclavos de un mundo exterior que no alcanzan a comprender y con un mundo interior confuso, perdido en la inmensidad del abismo que los habita.

Isaac de Vega nos hace ver que todos, cada uno de nosotros, podemos estar condenados al extrañamiento inmediato y permanente, al desconcierto y a la locura, por causa de determinados acontecimientos cotidianos adversos al entrar en contacto con nuestro mundo interior: este es el destino oscuro y tenebroso que tiene el ser humano en estos relatos. Y en la vida real. Este es el destino que tiene el hombre para Isaac de Vega: así de cruel y despiadado ve al hombre nuestro autor y no existe siquiera la compasión, la misericordia, la redención. Nada.

El protagonista del segundo relato, paralizado por un miedo hacia todo lo que le rodea, afirma que lo “envuelve el fantasma de toda la miseria del hombre, de toda la podredumbre de sus espíritus, de toda su falta de hombría y valor”, con esto, podemos hacernos una idea del mundo tétrico y sombrío en el que vive enteramente poseído y del que no puede -ni acaso quiere- escapar.

En Isaac de Vega, Premio Canarias de Literatura en 1988, junto con Rafael Arozarena, como ya apuntamos, tenemos un buen ejemplo de la buena literatura que se hace en Canarias, una literatura como ésta que hoy nos convoca, metafísica y existencial, donde el adverso destino del ser humano es el protagonista principal, es la pura metáfora de la soledad y la incertidumbre del hombre en lo infinito del cosmos y preso de las pasiones humanas, casi siempre vanas.

Así nos ve Isaac de Vega y, quizás, así seamos en verdad: seres caóticos, solitarios, extrañados, en un mundo que no alcanzamos a comprender y que continuamente se nos está escapando de la mano, que permanentemente nos huye…de la luz que esperamos ilumine nuestra existencia y siempre nos es negada.

Aquí, siempre aparece "el otro", el obstáculo, la sombra que lo oculta todo, el sueño desvanecido en la nada, el sentimiento de que indefectiblemente estamos abocados al fracaso de un verdadero entendimiento con la esencia de la vida, con nuestro yo más profundo y con la representación de los otros en nuestras existencias. Nada. Menos que nada. Peor que el vacío y la más absoluta oscuridad. Esto es parte de lo que nos transmiten sus textos. Pero siempre hay más. Algo más que cada uno, independientemente, debe encontrar, esto es sólo una invitación a sus otras muchas lecturas.

Isaac de Vega -nacido en Granadilla, (Tenerife), en 1920- es un maestro en el arte de contar, de irte metiendo poco a poco en la historia que cuenta. Son unos relatos en los que nos muestra un mundo oscuro, caótico y desgarrado, que ahoga a los personajes hasta casi hacerlos desfallecer en una lenta agonía; son personajes que se encuentran, antes que nada, desamparados en la vida: es el hombre desamparado y sólo frente a su fatal destino, que por momentos termina siendo el nuestro, que es el nuestro.

El profesor y ensayista Africo Amasik (Pablo Quintana), afirma que “Isaac de Vega es uno de los pocos novelistas iguales y legibles que han cultivado nuestro idioma en todo el Estado español después de 1936.”

Isaac de Vega ha publicado un buen puñado de libros, tanto de relatos como novelas, de los que destacamos “Fetasa” (1957), “Antes de Amanecer” (1965), “Cuatro relatos” (1968), “Parhelios” (1977), “Conjuro de Ijuana” (1981), “Viento” (1982) “Pulsatila” (1988), “Tassili” (1992) y “Gehena” (1997).

Isaac de Vega, de palabra comedida y secreta sólo se expresa a través del Universo mágico y ensoñador de su irrepetible e inigualable literatura: personajes solitarios, entregados a alucinantes y alucinados mundos interiores que van mostrando sus anhelos y debilidades, sus locuras, sus inútiles vidas que pueden ser las de cada uno de nosotros a poco que te dejes ir.

Y aunque no esté convencido plena, totalmente, estoy por asegurar que Isaac de Vega no podría vivir sin la Literatura; una forma de enfrentarse al hecho literario, única, intransferible, personal, terrible, mágica y al mismo tiempo real, pero que para nada tiene que ver con el llamado realismo mágico de muchøs escritorøs tanto Canariøs, como Hispanoamericanøs.

Como Isaac de Vega dijera en cierta ocasión refiriéndose a la Literatura de Víctor Ramírez --otro de nuestros grandes y geniales escritores de todos los tiempos y geografías-- Yo también digo que la obra de este tinerfeño Universal, muy bien podría no estar influenciado por ningún otro escritor, y que ya desde el principio se mostró así: auténtica, verdadera, única: la diferencia esencial entre Isaac de Vega y Víctor Ramírez, en el estricto ámbito literario, es que mientras el primero tortura, maltrata, asfixia, oprime y somete a sus personajes a cualquier tipo de aberración, sin apenas insinuarle alguna señal, cualquier motivo que lo lleve a pensar que terminara escapando o a la muerte segura o al evitable sufrimiento, el segundo trata a sus personajes de una manera cándida, sensible, tierna, amorosa… Lo que une a los dos escritores tan diferentes en tantísimas cosas, pero muy similares en otras tantas es que ambos dos saben que ninguno de sus personajes literarios terminan finalmente redimidos.

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