viernes, 21 de agosto de 2009

A nuestra sangre…


Fernando Morales Escobar (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Llegaron con sus rayos y el fuego en sus manos
Manos asesinas, ropa de metal
En sus carros de carne de hueso, cuatro patas
Se robaron mis tierras
Nos matan
Me prohibieron hablar mi idioma, tocar mi música, usar mi ropa…
Han pasado más de 500 años…
Y una vez más, asesinan, pisotean la dignidad
Hablan de derechos humanos…de los suyos,
ignoran el de los otros, el nuestro.
Cómo decirte y exprimirte, querido hermano, el inmenso dolor que siento frente a tanta ignominia, a la traición de nuestra sangre.
Nosotros que somos parte de este pueblo que nació de la invasión extranjera.
Pueblo mestizo por tu cuerpo corre la sangre amerindia, Lautaro, Galvarino, Caupolicán, Fresia, Guacolda…
Chileno mestizo, siervo, lacayo de la Oligarquía, tus botas una vez más mancillan nuestro pueblo con su sangre.
Una vez más con tus rodillas a la altura de los pies y una vez más traicionas a tu madre a tu padre, a la vida, tu sangre, te traicionas a ti mismo y traicionas a tu pueblo…
Militar cobarde, vendido, mírate, ves en lo que te convertiste, mira tu sangre, tus hijos y di si tienes honor, dignidad. Di si respetas a nuestro pueblo. Tu código de honor es la muerte.
Lautaro, Galvarino, Caupolicán, Fresiua, Guacolda, hermanos amerindios…Perdón por este dolor, por la traición a vuestra, nuestra sangre.

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Acolmitzli Nezahualcóyotl: Príncipe de Texcoco, Poeta de Estaura Universal


Tarcisio Agramonte Ordóñez (Desde Bogotá, D. C. Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Figura legendaria de la Poesía y de la historia de América, Acolmitzli Nezahualcóyotl, príncipe de Texcoco, fue conocido durante mucho tiempo más por sus anécdotas y por las tradiciones que los indígenas mejicanos transmitían de boca en boca que por los hechos concretos de su vida y, menos aún, por un real conocimiento y valoración de su obra de legislador, de filósofo, de jefe militar y de constructor, de poeta y gobernante.

Debieron pasar muchos años, que demandaron múltiples indagaciones y pesquisas, la mayoría de las cuales conducían a la nada o a verdaderos callejones sin salida, la cotejación de los datos aportados por las tradiciones y por los historiadores indígenas, además de intensas búsquedas en los materiales de los historiadores del México antiguo, hasta cuando, a finales del siglo XX, se pudo tener una semblanza real y concreta de este hombre de talentos múltiples, a veces contradictorio, y en quien se daban cita brillantes y extraordinarias cualidades de guerrero, de gobernante y constructor, de legislador, de poeta y de hombre sabio y estudioso, entendido en todas las cosas divinas y humanas. Hombre de su tiempo y de su entorno, siempre estuvo más allá de su época.

Las indagaciones espirituales en las cuales ejercitó sus talentos, la avanzada estructura administrativa y legal que dio a su reino, al igual que la fundación de instituciones culturales permanentes como fueron los archivos de libros pintados, las escuelas, los consejos superiores de educación y de administración, las academias de sabios y poetas, las colecciones y estudios de flora y fauna, el cuidado y cultivo del idioma, a más de su personal Obra poética, bastarían para situarlo en un lugar de privilegio, y para que él, Acolmitzli Nezahualcóyotl, esté compartiendo el estrado en el que se sitúan los hombres más extraordinarios y más talentosos del mundo.

El, Acolmitzli Nezahualcóyotl, trascendió a su tiempo, y representó la tradición moral y espiritual de los toltecas, enseñanza y herencia de Quetzalcóatl, frente a la tradición de la fuerza, expresada en la concepción místico-guerrera de sus hermanos aztecas. El mundo de los aztecas pasó, pero él permanece unido a la inmortalidad y a la intemporalidad de esos valores esenciales que la Humanidad guarda y conserva como objetos preciosos y sin los cuales no sería posible ninguna noción de progreso humano ni sería posible para el hombre ningún intento de elevación espiritual; y con él, su desasimiento, su desinterés por las cosas mundanas, su indagación inteligente y en ocasiones airada frente a las cosas divinas, su culto de las flores, su humanismo y su cultivo de la mistad como un valor supremo.

Hacia un esbozo biográfico
Nacimiento y primeros años

Acolmitzli Nezahualcóyotl, futuro príncipe de Texcoco, nació el 28 de abril de 1402 o,
para escribirlo en términos indígenas, Ce mázatl o 1 Venado, del año Ce tochli o 1 Conejo, y ese nacimiento ocurrió en Texcoco, capital del señorío de Acolhuacan, situada en el nordeste del valle de México, y a la orillas del gran lago de Texcoco.

Hijo de Ixtlilxóchiltl Ome Tochtli o Ixtlilxóchitl el Viejo, hijo a su vez de Techotlala, ambos por sucesión señores de Texcoco, y de Matlalcihuatzin, hija de Huitzilihuitl y hermana de Chimalpopoca, también señores sucesivos de México-Tenochtitlan.

El nombre de Acolmitzli Nezahulcóyotl que le fue impuesto al niño significa, en sus partes constitutivas, brazo o fuerza de león y coyote hambriento o coyote ayunado, respectivamente. Cuando el niño nació, Acolhuacan ya era un reino prestigioso, y se le consideraba uno de los señoríos más antiguos del mundo nahua. Su población, antes nómada y procedente del norte, era tenida por sucesora de los antiguos toltecas. Hacia el siglo XII, y encabezados por Xólotl, se habían establecido primero en Xóloc, para de allí pasar después a Tenayuca, y finalmente establecerse en Texcoco, que sería después la capital de un extenso señorío.

De mentalidad abierta y de inteligencia despierta, transformaron sus costumbres al contacto con los antiguos pobladores del país, adoptaron el náhuatl como su lengua y aprendieron los hábitos y las tradiciones de los toltecas sobrevivientes, vasallos ahora pero cuya cultura y cuyas tradiciones sirvieron de modelo y de instrumento civilizador para la población conquistadora.

Gran alegría hubo en el hogar de Ixtlilxóchitl, sexto señor de Acolhuacan, por el nacimiento del niño. Con él se aseguraba la sucesión del señorío, ya que con la reina Matlalcihuatzin Ixtlilxóchitl sólo habría de tener tres hijos, Tozcuetzin, Atotoztzin y Nezahualcóyotl, y dos de ellos eran mujeres. Según los astrólogos, el futuro príncipe había nacido bajo un signo afortunado. Un príncipe nacido en Ce mázatl sería también noble y principal, tendría qué comer y qué beber, y dar vestidos a otros, y a otros joyas y atavíos. Pero no podía faltar el hilo negro en la madeja blanca de los buenos augurios, porque los astrólogos añadían que los nacidos bajo este signo eran también temerosos, pusilánimes y de poco ánimo, toda vez que era propio de los ciervos ser temerosos.

Para los nigrománticos, el príncipe nacido bajo aquel signo sería próspero y rico, abundante en mantenimientos, gran trabajador y aprovechador del tiempo, vería las cosas de adelante y sabría atesorar para sus hijos, y guardaría con circunspección su honra y hacienda.

Ixtlilxóchitl y Matlalcihuatzin comunicaron a la nobleza de Texcoco y a los amigos de los señoríos vecinos los nombres que habían dado a su hijo y recibieron de ellos los parabienes y regalos que la costumbre ordenaba. Entre estos regalos figuraron también la rodela y la macana, el arco y las flechas, que recordaban y anunciaban el destino guerrero del niño. Su cordón umbilical fue llevado a enterrar en tierra de enemigos, dando a entender con eso que el infante desearía hacerles la guerra.

Después de estas ceremonias, el niño quedó bajo el cuidado de su madre y de la servidumbre de la casa real. Más tarde, entre los siete y los acho años, cuando ya el niño tuvo uso de razón, fue enviado al cálmecac, y empezó para él la educación, disciplinada y severa, que estaba reservada a la nobleza. Por si faltara algo, su padre le asignó ayos, maestros particulares, “que convenían a su buena crianza y doctrina”. Uno de ellos, Huitzilihuitzin, considerado un gran filósofo en su tiempo, sería para el niño y luego para el joven Nezahualcóyotl un maestro y quizá el responsable de haber despertado en él la afición por el estudio del antiguo pensamiento tolteca, la sensibilidad poética y la piedad, y fue también para él un aliado, leal y heroico aún en los tiempos de las adversidades.

Muerte de Ixtlilxóchitl
La Orfandad y las Persecuciones

En aquellos tiempos ya habían comenzado los enfrentamientos entre Ixtlilxóchitl, señor de Texcoco, y Tezozómoc, señor de Azcapotzalco. La causa de estos enfrentamientos era que Tezozómoc creía tener derecho sobre el señorío de Texcoco por ser él nieto de Xólotl. Paro, aunque la tensión aumentaba, aún se vivía cierta paz. Sin embargo, los aliados de Texcoco empezaron pronto a dejarse atraer por la amenazas y por las pretensiones de Tezozómoc.

Los choques armados se fueron haciendo cada vez más graves y frecuentes, hasta el punto de que, ante el peligro que veía crecer contra sí mismo y en contra de su reino, Ixtlilxóchitl determinase, en 1414, que debía hacerse la ceremonia de propio juramento como señor de Acolhuacan, en donde él había reinado en paz por mucho tiempo y sin tener ninguna necesidad que tal ceremonia se hiciese, y que, de igual manera, en esa ceremonia se le tomara el juramento a Nezahualcóyotl como príncipe heredero.

Eran tiempos difíciles, y proseguían los preparativos de guerra. La ceremonia fue más bien sumaria, ya que aparte de los dos sacerdotes que oficiaban sólo estaban allí como testigos los señores de Coatlichan y de Huexutla.

La guerra se enardecía cada vez más. Los tapanecas, acaudillados por Tezozómoc, saquearon y quemaron Iztapalocan, aunque más tarde las gentes de Texcoco lograron algunos triunfos y llegaron hasta sitiar a Azcapotzalco. Se concertaron algunas treguas que sólo sirvieron para que Tezozómoc aumentara sus fuerzas y para que dispusiera nuevos planes en contra de Ixtlilxóchitl y en contra del reino de Texcoco. Pronto se reinició la guerra, y después de defender inútilmente a la ciudad de Texcoco durante cincuenta días el rey tuvo que abandonarla y refugiarse en el bosque de Cuauhyác, y luego en Tzicanóztoc.

Le acompañaban sólo su capitán general y el príncipe Nezahualcóyotl. Sus enemigos lo acosaban por todas partes. Los auxilios pedidos a sus parientes de la provincia de Otopan le fueron negados en forma ignominiosa. No le quedaba más camino que tratar de salir con vida y proteger al príncipe. Dejó a su familia y a sus criados escondidos en un bosque, y con sólo dos capitanes y su hijo Nezahualcóyotl se ocultó en una profunda barranca en donde pasó la noche. Al Amanecer del 24 de septiembre de 1418 le informaron que sus enemigos lo tenían cercado. Sólo le esperaba la muerte. Se dirigió entonces al príncipe y se despidió de él con las siguientes palabras:

“Hijo mío muy amado, brazo de león, Nezahualcóyotl: ¿a dónde tengo que llevarte que haya algún deudo o pariente que te salga a recibir? Aquí ha de ser el último día de mis desdichas, y me es fuerza partir de esta vida; lo que te encargo y ruego es no desampares a tus súbditos y vasallos, ni eches en olvido que eres chichimeca recobrando tu imperio, que tan injustamente Tezozómoc te tiraniza, y vengues la muerte de tu afligido padre; y que has de ejercitar el arco y las flechas; sólo resta que te escondas en estas arboledas porque no con tu muerte inocente se acabe en ti el imperio tan antiguo de tus pasados”.

Lágrimas hubo en la triste despedida entre padre e hijo. Nezahualcóyotl, cumpliendo la orden de su padre, fue a esconderse en la copa de un árbol y desde allí presenció el último combate y la muerte de Ixtlilxóchitl. Así, a los dieciséis años y desde aquel momento Acolmitzli Nezahualcóyotl era el nuevo señor de Texcoco, un reino invadido, desolado y cautivo.

Cuando los enemigos se retiraron fue posible recuperar el cuerpo del difunto rey. Totocahuan, uno de los capitanes que lo acompañaban, se dirigió al cadáver de Ixtlilxóchitl y le habló de la siguiente manera.

“Oh, Ome Tochtli Ixtlilxóchitl, ya llegó el fin de tus desdichas y principio de tu descanso; empiece ya el llanto de todo tu imperio, y goce de su orfandad… pues hoy le falta luz y padre: sólo me pesa en dónde irá a parar el niño Acolmitzli Nezahualcóyotl, mi príncipe y señor, y con él sus leales y desdichados vasallos”.

Con el auxilio de algunos leales, amortajaron a Ixtlilxóchitl, velaron su cuerpo esa noche y al día siguiente lo incineraron de acuerdo con los ritos toltecas y guardaron secretamente sus cenizas hasta que fuera tiempo para como era debido. Tezozómoc, informado de la muerte de Ixtlilxóchitl, recompensó a sus victimarios. Después, se hizo jurar señor de Texcoco, y se propuso borrar la memoria de Ixtlilxóchitl y la amenaza que representaba Nezahualcóyotl ofreciendo premios a quien le llevase al príncipe, vivo o muerto.

Comienza, entonces, al largo itinerario de una huída: por Tetzihuactla los condujeron a Chiauhtzinco; enseguida los trajeron y los vinieron a poner en los peñascos de Cuamincan. Ahí durmieron un poco; los hicieron levantarse y los vinieron a sacar por la quebrada de Teponazco: no más venían escondiendo a los niños Nezahualcóyotl y Tzontecohatzin. Después los condujeron, cuando hizo claridad, a Otonquilpan. Luego vino Coyohua a observar en Acolhuacan; se vino dejando a los niños encargados a Huahuatzin y a Xiconocatzin.

Coyohua había convenido con Itzcóatl, futuro señor de México-Tenochtitlan y tío abuelo de los príncipes de Texcoco, en que enviaría una barca para rescatar a Nezahualcóyotl y a Tzontecocahtzin. La barca llegó puntualmente, y en ella llegaron también diez de los hijos de Itzcóatl, comitiva que demostraba la gran importancia que éste concedía a rescate de su sobrino nieto. Al llegar la barca, se reconocieron los unos a otros con cautela, y la barca inició su viaje de regreso con los príncipes y con sus protectores.

Comienza entonces para Nezahualcóyotl una lucha que habría de durar diez años. Trasladándose continuamente de uno a otro de los señoríos vecinos y provocando con frecuencia a sus enemigos y, también hay que decirlo, contrariando los augurios que lo habían señalado como pusilánime y temeros, va preparando y logrando paso a paso la reconquista de su reino. Los señores de Tlaxcala, que eran sus tíos y lo habían criado, le dieron refugio; pero en cuanto se repuso de su orfandad se trasladó a Chalco, disfrazado de soldado, para estar más cerca de su patria.

En Chalco, la muerte de una mujer en cuya casa se albergaba delató la identidad del príncipe y estuvo a punto de conducirlo a la muerte. Existen dos versiones respecto de este incidente desgraciado: según una versión, la mujer, llamada Zilamiauh o

Tziltomiauh, quiso denunciarlo dando voces, de manera que Nezahualcóyotl tuvo que matarla tratando de proteger su identidad. Según otra versión, lo que ocurrió fue que Zolamiauh vendía pulque en su casa y allí iban muchas personas a embriagarse, lo cual era una grave violación a la ley y contrario a las buenas costumbres. El caso es que así hubiera sido para proteger su identidad o para proteger las buenas costumbres y el cumplimiento de la ley y para castigar aquel tráfico al que se le consideraba criminal, el hecho en sí, verídico, fue que Nezhualcóyotl sí mató a la mujer y que aquella muerte contribuyó a revelar su identidad. Cuando este incidente ocurrió, Nezahualcóyotl tenía dieciséis años, y este hecho tuvo lugar en 1419.

A raíz de este incidente que delató su identidad fue apresado por los chalcas, quienes lo llevaron ante su señor Toteotzintecuhtli, y allí fue condenado a ser puesto en una jaula dentro de una cárcel fuerte, y en su guarda a Quetzalmacatzin, hermano del señor de Chalca, con cantidad de gente, y se ordenó también que durante ocho días naturales no se le suministrase ningún alimento ni bebida, porque con esta muerte se quería servir al tirano Tezozómoc y vengar la muerte de aquella señora. Sin embargo, Quetzalmacatzin se apiadó de él, lo alimentó en seccreto, y cuando Toteotzintecuhtli decretó la muerte de Nezahualcóyotl lo ayudó a escapar cambiando con él sus vestidos y quedándose en su lugar en la jaula.

Quetzalmacatzin pagó cara su generosidad. Fue ajusticiado en lugar del príncipe y éste huyo, por el rumbo de Tlaxcala o Huexontzingo, hacia donde no pudieran capturarlo.

Hacia 1420 los habitantes de Texcoco comienzan a regresar a la ciudad y a las demás provincias del señorío, y lo hacen ahora despojados de sus bienes y haciendas. Tezozómoc, para tratar de impedir el regreso de Nezahualcóyotl decide repartir el reino de Texcoco tomando para si mismo y para sus allegados algunas provincias y ofreciéndoles otras a los señores de los reinos vecinos. Mientras Nezahualcóyotl seguía en Tlaxcala, las hermanas del señor de México-Tenochtitaln, que eran sus tías, pidieron al tirano la merced de la vida de su sobrino y éste la concedió a condición de que el príncipe residiese dentro del recinto de la ciudad de México, y sin salir de ella.

Ellas insistieron: Hasta que en una segunda ocasión, en 1426, lograron las señoras que el tirano autorizara el regreso del príncipe a Texcoco, en donde le fueron restituidos los palacios y casas de sus padres y abuelos y algunos lugares para que le sirviesen, con lo cual Nezahualcóyotl tuvo un poco más de libertad para poder tratar y organizar los asuntos que demandaba la restauración de su reino.

Entere los años de 1420 y 1426, es decir, entre sus dieciocho y veinticuatro años, el príncipe Acolmitzli Nezhualcóyotl tuvo una especie de período de paz forzada que pasó en su mayor parte en Tenochtitlan, y finalmente en Texcoco. En este período debió completar su educación y su formación militar, pero los hechos de los cuales había sido al mismo tiempo víctima y protagonista habían dejado honda huella en su sensibilidad y en su espíritu. Veamos al respecto cómo traduce en su poema Canto de la Huida las dolorosas circunstancias en medio las cuales le ha tocado vivir en los últimos años.
Canto de la huída de Nezhualcóyotl
Cuando Andaba Huyendo Del Señor de Azcapotzalco

En vano he nacido,
en vano he venido a salir
de la casa del dios de la tierra,
¡yo soy menesteroso!
Ojalá en verdad no hubiera salido,
Que de verdad no hubiera venido a la tierra.
No lo digo yo, pero…
¿qué es lo que haré?
¡Oh, príncipes que aquí habéis venido!
¿vivo frente al rostro de la gente?
¿qué podrá ser?
¡reflexiona!

¿Habré de erguirme sobre la tierra?
¿Cuál es mi destino?,
yo soy menesteroso,
mi corazón padece,
tú eres apenas mi amigo
en la tierra, aquí.

¿Cómo hay que vivir al lado de la gente?
¿Obra desconsideradamente,
vive, el que sostiene y eleva a los hombres?

¡Vive en paz,
pasa la vida en calma!
Me he doblegado,
sólo vivo con la cabeza inclinada
al lado de la gente.
Por esto me aflijo,
¡soy desdichado!,
he quedado abandonado
al lado de la gente en la tierra.

¿Cómo lo determina tu corazón,
Dador de la Vida?
Salga ya tu disgusto!
Extiende tu compasión,
estoy a tu lado, tú eres dios.
¿Acaso quieres darme la muerte?

En verdad que nos alegramos,
que vivimos sobre la tierra?
No es cierto que vivimos
y hemos venido a alegrarnos en la tierra.

Todos así somos menesterosos.
La amargura predice el destino
aquí, al lado de la gente.

Que no se angustie mi corazón.
No reflexione ya más.
Verdaderamente apenas
de mí mismo tengo compasión en la tierra.

Ha venido a crecer la amargura,
junto a ti y a tu lado, Dador de Vida.
Solamente yo busco,
recuerdo a nuestros amigos.
¿Acaso vendrán una vez más,
acaso volverán a vivir?
Sólo una vez pereceremos,
sólo una vez aquí en la tierra.
¡Que no sufran sus corazones!,
junto y al lado del Dador de Vida.

Pero los problemas políticos no daban lugar al descanso, y la tregua terminó con un acontecimiento inesperado y muy propio de aquel mundo que daba tanta importancia a los augurios y a los signos: después de mucho tiempo de olvido, Tezozómoc se acordó de Coyohua, el fiel criado de Nezahualcóyotl, le mandó a llamar y trata de atraérselo a su causa. Encomienda al fiel criado que induzca a Nezahualcóyotl a ocuparse sólo de sus asuntos personales, que se acerque a sus hijos, y finalmente le propone a Coyohua que él sucederá al príncipe. La condición es que Coyohua traicione al príncipe y le dé muerte. Que le meta una flecha en el pescuezo, que lo estrangule durante el sueño o que le destruya los testículos, o bien, que como jugando, sus compañeros le den patadas y lo hagan caer a un río o que le quiebren echándolo debajo de una azotea.

Una y otra vez Coyohua protege al príncipe, pero tiene que cuidarse de seguir manteniéndole a Tezozómoc sus ilusiones de librarse para siempre de Neazhualcóyotl.
Cuando Tezozómoc siente llegar el día de su muerte, recomienda a sus hijos Maxtla, Tayatzin y Tlatoca Tlizpaltzin que si quieren llegar a ser señores de su imperio tienen que matar a Nezahualcóyotl cuando éste venga a sus exequias.

Cuando finalmente muere, el 24 de marzo de 1427, y llega Nezahualcóyotl entre los señores que concurren a dar el pésame a sus hijos, éstos, aunque recuerdan la orden de su padre, consideran inoportuno cumplirla en una ocasión de tanta tristeza, de manera que deciden aplazarla. Aún así, y por consejo de su primo Moctezuma, Nezahualcóyotl regresa rápidamente a Texcoco en cuanto terminan las ceremonias fúnebres.

Maxtla se convierte en después en un tirano poderoso, y toma preso a Chimalpopoca, señor de México, a quien pone en una jaula. Nezahualcóyotl, con grave riesgo de su vida, va a Azcapotzalco para pedir a Maxtla la libertad de su tío. Maxtla permite a Nezahualcóyotl que se entreviste con su tío, al que luego dejará en libertad. Agradecido por la intercesión de Nezahualcóyotl y por el peligro que éste ha afrontado al socorrerle, Chimalpopoca le regala las joyas que llevaba consigo y le aconseja que para proteger su reino se alíe con su tío Itzcóatl y su primo Motecuhzoma, aconsejándole mutuamente, que ya que él, Nezahualcóyotl, habría de ser el bastimento y munición de los mejicanos y aculhuas.

Provocando el peligro, Nezahualcóyotl regresa a Azcapotlzalco con el pretexto de agradecer a Maxtla la libertad de su tío. Maxtla intenta matar al príncipe y, furioso por no haberlo logrado, ordena que se dé muerte a Chimalpopoca y a Tlacatcatzin, señor de Tlatelolco. Otras crónicas indican que Chimalpopoca se suicidó atemorizado o que los mismos mejicanos le diaron muerte para castigar su cobardía. Sea como fuere, el hecho es que a hacia 1427 o 1428 Itzcóatl sucede a Chimalpopoca, se medio hermano, en el señorío de México-Tenochtitlan, y Cuauhtlatoatzin es el nuevo señor de Tlatelolco.

En varias ocasiones, como en otras veces, Nezahualcóyotl escapa a la insidias de sus enemigos, como en una ocasión en la que Maxtla le ordena a Yancuitzin, medio hermano de Nezahualcóyotl, que lo mate en un convite al cual éste debe asistir. Lo salva su maestro Huitzilihuitzin, quien ordena traer a un joven de Coatépec, parecido al príncipe, a quien instruye en los usos de la nobleza y le viste como aquél, joven que finalmente perece asesinado y su cabeza es llevada a Maxtla en el momento en que éste visitaba a Itzcóatl para darle los parabienes por su elección. Grande fue la sorpresa y la estupefacción de los mensajeros al ver allí a Nezahalcóyotl, ocasión que aprovechó el príncipe para decirles que no se cansasen de querer matarlo porque el alto y poderoso dios le había hecho inmortal.

Tras varios intentos más de asesinarlo, Nezahualcóyotl se vuelve a quedar solo. Ordena a sus amigos más fieles que vuelvan a sus casas para que no vayan a perder sus casas y haciendas. En adelante, sólo estará acompañado por su hermano mayor Cuauhtlehuanitzin y por su sobrino Tzontecachatzin, quienes se niegan a abandonarlo. Con ellos proseguirá su lucha, porque ahora no sólo huye para salvarse porque al mismo tiempo sus mensajeros cruzan los caminos y le traen buenas noticias de alianzas y de ayudas concertadas con sus amigos para que él pueda recuperar su señorío.

La reconquista de un reino

Tezozómoc y Maxtla habían suscitado muchas enemistades por los agravios que habían infligido a la mayor parte de los pueblos de la planicie de México, y por otra parte, tenía muchos antiguos amigos y adictos la causa de aquel príncipe que había sido despojado de su reino tan injustamente. Fue por eso que a Nezhualcóyotl le resultó relativamente fácil concitar y concertar alianzas para luchar contra los tapanecas. Los pueblos de Zacatlan, Totototépec, Tepeapulco, Tlaxcala, Huexontzinco, Chololan y Chalco acuden al llamado de Nezahualcóyotl.

El cuartel general se establece en Calpolalpan, y allí los ejércitos aliados deciden atacar, por un lado, a Acolman y Coatlichan, en donde estaba la mayor concentración de tropas tepanecas y, por el otro, a Texcoco mismo, misión que se le reserva al propio Nezahualcóyotl. Fue fulminante el ataque. Los enemigos opusieron fuerte resistencia, pero pronto fueron desbaratados, saqueadas sus casas y ciudades y muertos sus principales jefes. Después de brindar socorro en los combates de Acolman y Coatlichan, Nezahualcóyotl entró en Texcoco, ciudad que se le rindió.

Decidido el primer triunfo, el príncipe dio las gracias a sus principales aliados, los chalcas, huexontzingas y tlaxcaltecas, así como a otros pueblos, les concedió el disfrute del botín de guerra y dejó convenida con ellos su ayuda para recuperar el resto de sus dominios. Ya conquistada la cabeza de su señorío, fortaleció la ciudad de Texcoco y restableció las fronteras que confinaban con tepanecas y mejicanos.

Pero aún faltaban muchas tierras por recuperar, y Nezahualcóyotl prosiguió la lucha para la reconquista de la totalidad de su reino. Itzcóatl, señor de México-Tenochtitlan, le ofreció ayuda, ya que los mejicanos sufrían también la tiranía de Maxtla. La alianza quedó concertad y los ejércitos de ambos pueblos combatieron juntos y sufrieron algunas derrotas. Pero Nezahualcóyotl sabía reanimar el valor de los soldados. Así se dio principio a la alianza del señorío de Texcoco con el señorío de México-Tenochtitlan, que pronto se convertiría en Triple Alianza al asociarse a ella en señorío de Tlaxcala.

La guerra se prolongó durante ciento quince días. Ambos bandos peleaban con ferocidad hasta cuando, finalmente, los aliados desbarataron el ejército de Maxtla, hicieron huir a sus gentes, tomaron prisioneros a sus principales jefes y entraron a la ciudad de Azcapotzalco, a la que destruyeron e incendiaron. Maxtla, que se había ocultado en un baño de su jardín, fue sacado en forma ignominiosa, llevado a la plaza y ejecutado. Nezahualcóyotl había castigado a un tirano y finalmente había vengado la muerte de su padre. Ixtlilxóchitl podía descansar en paz.

Muy grandes y fuerte debieron ser estos combates. La ilustración que acompaña al presente artículo, única en su género, y que fue tomada de la página 111 de la Historia Universal de los Ejércitos, nos muestra al príncipe Acolmitzli Nezahualcóyotl en plena batalla y luciendo las insignias de su mando. Armado de macana y rodela, lleva en su labio inferior el tentetl, insignia de su alto rango y de su condición de comandante, a la espalda un tambor, mediante el cual y través de toques previamente acordados, se daban las órdenes en medio del combate, y en todo él las huellas del esfuerzo y de la tensión del momento, la rapidez de la acción, y la angustia mortal de la guerra.

Posteriormente, el príncipe recuperó su propia ciudad de Texcoco y completó la pacificación de sus provincias, sujetando poblaciones como Xochimilco y Cuitláhuac, que no habían querido rendirle obediencia, acciones militares que se prolongarán hasta el año de 1430, año en el que Nezahualcóyotl se encontraba aún en la ciudad de México, en donde dirigió la construcción de varias obras civiles que tendrían una gran trascendencia. En el año de 1431, y a los veintinueve años de su edad, Nezahualcóyotl fue finalmente jurado señor de Texcoco. Habían pasado diecisiete años desde aquel día de 1414 en que su padre Ixtlilxóchitl lo había designado heredero del reino de Texcoco y trece desde la muerte del viejo rey, la mayor parte de los cuales habían sido para él de persecuciones, luchas, peligros y destierros.

La ceremonia se celebró aún en la ciudad de México o ya en Texcoco, y en ella, conforme a los acuerdos de la Alianza, Nezahualcóyotl fue coronado por Itzcóatl, señor de México-Tenochtitlan, acompañado por Totoquilhuatzin, señor de Tlacopan, y por los nobles de los tres reinos.

Obra poética

En la Poesía de Nezahualcóyotl, de manera general, domina el especulador sobre el imaginador, el filósofo sobre el poeta. Existen en su Obra poemas memorables por su lirismo y por su invención imaginativa, pero lo característico en él en su capacidad para concentrar sus meditaciones en torno a los tres grandes ejes temáticos que constituyen la columna central y la parte esencial de su Poesía: la divinidad, el destino del hombre y la Poesía en sí misma. La Poesía de Nezahualcóyotl acerca de la divinidad es una de las manifestaciones más importantes de la cultura indígena por el rigor, la hondura y la gravedad de la especulación intelectual.

En efecto, estos poemas constituyen por sí mismos una exaltación de la divinidad. Ya no son magia ni mística sino teología, razonamiento estricto, inclusive, lenguaje diáfano, desnudo de cualquier intención metafórica. Hay sí, en algunos de ellos, la alabanza propiciatoria y hermética. Veamos este breve ejemplo de Poesía:

Solamente el…

Solamente él,
el Dador de la Vida.
Vana sabiduría tenía yo,
¿acaso alguien no lo sabía?
¿Acaso alguien no?
No tenía yo contento al lado de la gente.

Realidades preciosas haces llover,
de ti proviene tu felicidad,
¡Dador de la Vida!
Olorosas flores preciosas,
con ansias yo las deseaba,
vana sabiduría tenía y…

La reflexión acerca de la divinidad y del destino trágico que ella reserva e impone a los hombres no lleva a Nezahualcóyotl al temor ni al fatalismo, ni lo lleva a actitudes de ciega adoración. En el poema Canto de la Huida, que ya hemos tenido la oportunidad de citar aquí, aparece esta interpelación:

¿Obra desconsideradamente,
vive, el que sostiene y eleva a los hombres?

Interpelación que a veces da lugar a la fría enumeración de los atributos divinos, y en donde la impotencia, la perpetua inferioridad e indefensión del hombre frente a Dios da paso al reclamo, a la queja sentida, al sarcasmo. He aquí, expuestas en forma extensa, las razones que estamos invocando, y para eso no habría nada mejor que leer al propio poeta.

Dolor y amistad

No hago más que buscar,
no hago más que recordar a nuestros amigos.
¿Vendrán otra vez aquí?,
¿han de volver a vivir?
¡Una sola vez nos perdemos,
una sola vez estamos en la tierra!
No por eso se entristezca el corazón de alguno:
al lado del que está dando la vida.
Pero yo con esto lloro,
me pongo triste; he quedado huérfano en la tierra.
¿Qué dispone tu corazón, Autor de la vida?
¡Que se vaya la amargura de tu pecho,
que se vaya el hastío del desamparo!
¡Que se pueda alcanzar gloria a tu lado,
oh dios… pero tú quieres darme muerte!
Puede ser que no vivamos alegres en la tierra,
pero tus amigos con eso tenemos gozo en la tierra.
Y todos de igual modo padecemos
y todos nadamos con angustia unidos aquí.
Dentro del cielo tú forjas tu designio.
Lo decretarás: ¿acaso te hastíes
y aquí nos escondas tu fama y tu gloria
en la tierra?
¿Qué es lo que decretas’
¡Nadie es amigo del que da la vida,
Oh, amigos míos, Águilas y Tigres!
¿A dónde iremos por fin
los que estamos aquí sufriendo, oh, príncipes?
Que no haya infortunio:
El nos atormenta, él es quien nos mata:
Sed esforzados: todos nos iremos
al Lugar del Misterio.
Que no te desdeñe
aunque ande doliente ante el Dador de la Vida:
él nos va quitando, él nos va arrebatando
su fama y su gloria en la tierra.
Tenedlo entendido:
tendré que dejaros, oh amigos, oh príncipes.
Nadie vale nada ante el Dador de la Vida,
él nos va quitando, él nos va arrebatando
su fama y su gloria en la tierra.
Lo has oído, corazón mío,
tú que estás sufriendo:
atiende a nosotros, míranos bien;
Así vivimos aquí ante el Dador de la Vida.
No por eso mueras, antes vive siempre en la tierra.

El fundamento crítico del pensamiento religioso de Nezahualcóyotl parte de una reflexión sobre el conocimiento humano y la acción de la divinidad: se afirma allí que las cosas terrenales, las cosas materiales y tangibles, son ilusorias. No existen en la realidad. Entonces, apostrofa a la divinidad: tú que dominas todas las cosas y eres el Dador de la Vida, eres verdadero, existes realmente? Este contrasentido es una arbitrariedad de dios que atormenta a los hombres.

En el poema Nos enloquece el Dador de Vida se encuentran los fundamentos de su concepción de la divinidad y de su relación con el hombre. Es éste el poema más importante del segmento de la Obra de Neazhualcóyotl que está centrado en la reflexión y en la búsqueda de dios.

Nos enloquece el dador de vida

No en parte alguna puede estar la casa del inventor de sí mismo.
Dios, el señor nuestro, por todas partes es invocado,
por todas partes es también venerado

Se busca su gloria, su fama en la tierra.
El es quien inventa las cosas,
él es quien se inventa a sí mismo: Dios.
Por todas partes es también venerado.
Se busca su gloria, su fama en la tierra.

Nadie puede aquí,
nadie puede ser amigo
del Dador de la Vida;
solo es invocado,
a su lado,
junto a él,
se puede vivir en la tierra.

El que lo encuentra
tan sólo sabe bien esto. Él es invocado;
a su lado, junto a él,
se puede vivir en la tierra.

Nadie en verdad
es tu amigo,
¡oh Dador de la Vida!
Sólo como si entre las flores
buscáramos a alguien,
así te buscamos,
nosotros que vivimos en la tierra,
mientras estamos a tu lado.

Se hastiará tu corazón,
sólo por poco tiempo
estaremos junto a ti y a tu lado.

Nos enloquece el Dador de la Vida,
nos embriaga aquí.

Nadie puede estar acaso a su lado,
tener éxito, reinar en la tierra.

Sólo tú alteras las cosas,
como lo sabe nuestro corazón:
nadie puede estar acaso a su lado,
tener éxito, reinar en la tierra.

Tema recurrente también, y que forma parte esencial de la Obra poética de Acolmitzli Nezahualcóyotl, es la angustia del mundo. Una persistente tristeza, que algunos comentaristas atribuyen a su ser indígena, atraviesa su trabajo poético y constituye una veta profunda entre los elementos esenciales que contribuyen a darle significación a su Obra. Hay en ella, es cierto, una visión deseperanzada de las cosas y un concepto de la vida como algo prestado, y como de algo transitorio y precario detrás de lo cual queda la muerte, una realidad de la que nunca podrá nadie escaparse.

Nuestra vida no es verdadera -nos dice el poeta en uno de sus primeros Cantos-, no hemos venido aquí para tener alegría. Todos somos menesterosos y la amargura rige nuestro destino. En varios Cantos volverá a parecer esta forma de angustia trascendente. Nunca veremos terminar la amargura, la angustia del mundo: sólo hemos venido aquí para vivir angustia y dolor. Esta no es “nuestra casa de hombres”, es una tierra prestada que pronto no es preciso abandonar, nos dice.

Es la angustia, el sentimiento trágico de la vida, que el poeta nos muestra en uno de sus Cantos más logrados, Como una Pintura nos Iremos Borrando, poema paralelo a aquel hallazgo admirable que es Nos Enloquece el Dador de la Vida, en el que expresa su concepto de la divinidad, poema que ya hemos citado en anteriores líneas y en el cual la divinidad aparece como ser que sólo pinta y colorea unas figuras para infundirles precariamente la vida, en el instante mismo en que tales figuras empiezan a ser devoradas por el tiempo.

Como una pintura nos iremos borrando

¡Oh, tú con flores
pintas las cosas,
Dador de la Vida:
con cantos tú
las metes en tinte,
las matizas de colores:
a todo lo que ha de vivir en la tierra!
Luego queda rota
la orden de Águilas y Tigres:
¡Sólo en tu pintura
hemos vivido aquí en la tierra!

En esta forma tachas e invalidas
la sociedad (de poetas), la hermandad,
la confederación de príncipes.
(Metes en tinta)
matizas de colores
a todo lo que ha de vivir en la tierra.
Luego queda rota
la orden de Águilas y Tigres:
¡Sólo en tu pintura
hemos venido a vivir aquí en la tierra!

Aún en estrado precioso,
en caja de jade
pueden hallarse ocultos los príncipes:
de modo igual somos, somos mortales,
los hombres, cuatro a cuatro,
todos nos iremos,
todos moriremos en la tierra.

Percibo su secreto,
oh vosotros, príncipes:
De modo igual somos, somos mortales,
los hombres, de cuatro a cuatro,
todos nos iremos,
todos moriremos en la tierra.

Nadie esmeralda,
nadie oro se volverá,
ni será en la tierra algo que se guarda:
Todos nos iremos
hacia allá igualmente:
nadie quedará, todos han de desaparecer:
de modo igual iremos a su casa.

Como una pintura
nos iremos borrando,
como una flor
hemos de secarnos
sobre la tierra,
cual ropaje de plumas
del quetzal, del zacuán,
del azulejo, iremos pereciendo.
Iremos a su casa.

Llegó hasta acá,
anda ondulando la tristeza
de los que viven ya en el interior de ella…
No se les llore en vano
a Agulas y Tigres…
¡Aquí iremos desapareciendo:
nadie ha de quedar!

Príncipes, pensadlo,
oh Águilas y Tigres:
pudiera ser jade,
pudiera ser oro,
también allá irán
donde están los descorporizados.
¡Iremos desapareciendo:
nadie ha de quedar!

Acolmitzli Nezahualcóyotl, rey, poeta y príncipe de Texcoco, cayó por primera vez enfermo en 1472, a causa “de los muchos trabajos que había padecido en recobrar su señorío, sujetarle y ponerle en mejor estado”. Alcanzó a despedirse de sus hijos, en especial del príncipe Nezahualpilli, su heredero, y quien entonces sólo tenía siete años, y a tomar una serie de medidas que debían asegurar la independencia e integridad de su reino. Ordenó también que para evitar la inquietud del reino y asegurar la tranquilidad de sus súbditos se dijese de allí en adelante que él había partido a lejanas tierras a descansar y que ya nunca más volvería.

Después de haber tomado todas estas medidas de gobierno, se despidió con lágrimas de sus familiares más cercanos y de los miembros más allegados de su corte, y cuando sintió ya cercano el momento, mandó a todos que salieran y ordenó a sus criados que no dejaran entrar a nadie para quedarse solo con su muerte. A las pocas horas murió, agobiado por el peso de sus dolencias y los años. Murió en una maña de 1472, en una fecha que ningún historiador se acordó de precisar. Tenía al morir 70 años, cuarenta y uno de ellos dedicados a crear una Obra poética y a edificar la paz, la prosperidad y la inmortalidad de Texcoco.

Cuentan que en el preciso instante de su muerte comenzó para él el largo viaje que le había hecho anunciar a sus amigos, a sus familiares, a sus deudos y a sus súbditos, y completamente solo emprendió un camino sin retorno hacia la inmortalidad, la Historia y la leyenda.

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Cartas amarillas


María Cristina Garay Andrade (Desde Monte Grande, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aroma húmedo de jazmines deslucidos
en el baúl del altillo arrumbados y envejecidos
suspiran nostalgias por tus miradas y viajo recordando
leyendo cartas que como reliquia voy acariciando

Espejo trasmutado acusando los años
frente a frente sonriente demostrando
una cronología que por magia en estrías
de vida transcurrida se fueron transformando

Riqueza de radiantes matices primaverales
también recuerdan tus besos los algarrobales
ecos de amor percibo a lo lejos silbados por el viento
junto con tus cartas amarillas desintegradas por el tiempo.

Almanaques de incontables días arrancados
acumularon retentivos momentos del pasado
ajados y marchitos de olvido sucumbieron agotados
solo tus escritos resistieron con intervalos anestesiados
el paso de un ayer esmeradamente guardado.

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Cine: Los girasoles ciegos (2008)


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No deja de resultar impresionante, para un retornado a la Galicia paterna, asistir a una película que tiene lugar en la vecina Orense, y que nos lleva, sin escrúpulos, a un universo encerrante, como aquél que servía de contexto a los sujetos que habitaban a una España, metida en una loca guerra, como lo son todas, en una situación, en la cual somos marionetas de un Poder y de unas Ideologías que nos exceden, muchas veces.

Ver una película de éstas en la propia terra do pái, en la tierra del padre, para decirlo en buen galego, nos deja con el corazón en la mano y, si, a la vez, se es colombiano, no puede uno dejar de pensar en aquella querida patria, que parece no cansarse, de tanta, tanta guerra.

Asistimos allí, a la confesión sincera de un viejo soldado, que asesinaba a sus enemigos, mientras cerraba los ojos para no ver aquellos, bien abiertos, que clamaban misericordia o lanzaban miradas de odio contra el adversario; también él, como los perpetradores del crimen de Granada, no osaba mirar a la cara a sus víctimas, como a los villanos que mataron a Federico, el del Romancero Gitano, ese que cantara los sentimientos de un pueblo desgarrado, del que, a lo mejor, había que decir que había muerto virgen, como lo ordenara esa Bernarda Alba, indigna representante del autoritarismo, que de ninguna manera puede dignificarse.

Ese diácono asesino, que había sido putero como ninguno, según comenta su camarada de guerra, en algún momento de la película, por más de que se lo convierta en maestro de párvulos, para darle un lenitivo a su alma, arrepentida de tanto, tanto crimen, no deja de ser un hombre aguijoneado por los apetitos carnales, que lo hacen desear a aquella hermosa mujer, sensual por naturaleza, comprometida con su marido, hasta, el absurdo que impone la guerra, a quien esconde a conciencia, para que no sea acribillado por aquellos que lanzan gritos de victoria y vinculan lo profano con lo sagrado, el Poder y la Gloria, para usar una expresión del católico Graham Green, pero que yo retomo para señalar esa confusión entre el Reino de Dios y el Poder temporal, que por tantos años, ha conducido a la Iglesia a ser cómplice de los más atrabiliarios y reaccionarios actos del ser humano.

Ella sabe del dolor, de la pena, que le ocasiona la partida de su hija hacia el exilio, embarazada de un poeta, que ha decidido hacer una lírica política, a la manera de Miguel Hernández; ella sabe del dolor, de ver a su brillante esposo, convertido en un rehén voluntario, en su propia casa, ya que mostrarse es condenarse a muerte; ella sabe de las contradicciones y mentiras piadosas, que su hijito, Lorenzo, ha de decir para enfrentar un Poder establecido y victorioso, por gentes, que proponen como mandamiento el no mentir y el no matar, pero a su vez obligan a mentir para mantener la vida, en un mundo que grita como Millán Astray en Salamanca: ¡Viva la muerte! ¡Y abajo la inteligencia!, como tantas veces se ha gritado en el país colombiano y bástenos recordar el sacrificio inútil de nuestro maestro Héctor Abad Gómez y tantos otros, porque, donde reina la barbarie, se exilia los hombres de la talla de don Miguel de Unamuno o de don Antonio Machado, presente en la película, con su sabia advertencia de que en amor, locura es lo sensato, o simplemente se los condena a muerte, como ocurriera con Federico García Lorca y Miguel Hernández.

Salvador, el pichón de sacerdote, a pesar de sus pecados de lesa humanidad, no deja de producirnos compasión, pues pareciera ser el portavoz de una tragedia, que nos mueve al terror y la piedad; ese cuerpo deseante, anhelante de amor, debe someterse a los efectos de una represión opresora, restrictora de la libertad, por la que ha luchado Ricardo, el marido de Elena, y, por ello, ha de recurrir al vicio solitario, para utilizar el término mismo de sus cofrades, y reventarse, partirse en dos, a la manera del doctor Jekyll, para actuar a la vez de cura y militar, ya que no puede hacerse responsable de un deseo, que proyecta en el cuerpo erótico, en el mejor de los sentidos, de la amorosa Elena, acudir a la denuncia más vil, y ser el inductor de la muerte de su imaginario rival, un Ricardo, que no encuentra otra opción, que lanzarse por la ventana, culpa que el pobre cura ha de arrastrar consigo por el resto de sus días, ya que si no nos asumimos responsables, hemos de cargar con un ominoso sentimiento de culpabilidad, así podamos asumir que somos víctimas de las circunstancias, ya que no es tan fácil despojarse de las ideologías, que se nos imponen de una u otra manera, así sea gracias a las candorosas velitas, que arden en los santuarios para ofrecernos acceder a la Ciudad de Dios, tantas veces utilizada como utopía por Poderes corruptos, abusadores de la buena fe de los creyentes.

¡Qué hermosa cinta nos regala José Luis Cuerda, sobre esa España de El Pardo y sacristía, de espíritu rezandero y oscurantista, que, afortunadamente, ha tenido su mármol y su día, para que cese su virulenta violencia! ¡Viva esta cinta!, basada en la novela de Alberto Méndez, ese narrador de historias de posguerra, casi con voz en off, como un susurro, que habla de las consecuencias irreparables, que quedan como saldo de la guerra, para dar cuenta del miedo, que opera como una angustia sorda, que acompasa la tragedia, y da cuenta del imperio de la muerte, para, a la manera de Santayana, señalarnos que bien vale la pena recordar la Historia para no repetirla, ya que, en contextos bélicos, todos somos los perdedores, así podamos hacernos la ilusión de ser los vencedores.

No puedo dejar de expresar mi gratitud, al director de La lengua de las mariposas y de La educación de las hadas, quien parece ir en la misma línea del primer filme al que aludo, para dar cuenta del terror impuesto por ideologías que se oponen al pensamiento y la conductas libres de los seres humanos, a ese gesto espontáneo que es la vida misma, la que no debemos ahorrarnos para ir en pos de otra ultraterrena, que si viene, bienvenida sea.

También he de dar las gracias a Maribel Verdú, por representar a esa buenaza de Elena, toda amor, sensualidad y compromiso, a Javier Cámara por ese personaje bondadoso, que sufre la opresión de todo un sistema, a Martín Rivas e Irene Escobar, por el papel que hacen para interpretar a la joven pareja, que sueña con una vida posible, que nunca encuentran, a Roger Princep, por su Lorenzo, evocador del niño de La lengua de las mariposas, sin tener que acudir, de una manera tan dolorosa, a la traición del querido maestro y a Raúl Arévalo por hacer el papel de un villano, que nos mueve a la piedad y a la compasión, pues su grado de conciencia y de libertad no era tanto como para ponerse a la altura de las circunstancias y, es obvio, a Rafael Azcona, el guionista, allá en la trasescena, quien si bien puede hacernos desternillar de risa con películas antibélicas como La vaquilla de García Berlanga, o llevarnos a los dramáticos universos de La Belle Epoque y La niña de tus ojos, también puede hacernos vivir el dolor de la guerra cuando de la mano de José Luis Cuerda nos conduce a mirar, con los ojos abiertos, testimonios una historia, que los seres humanos, no debemos olvidar, si algún día queremos dar, con Sábato, el grito de: ¡Nunca más!

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.


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Neruda y Juan Ramón, ambos tenían razón


Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“El mejor de los malos poetas”, dijo una vez Juan Ramón Jiménez de Pablo Neruda, cuyos versos no soportaba, así fueran de trasfondo romántico, metafísico o militante. Por ese entonces, los años treinta de la República, Neruda vivía en España, sumándose a los poetas de la generación del 27. Era un ambiente de creación y polémica. El mismo Juan Ramón había publicado una “antolojía” -así, escrito con jota, según sus propias reglas ortográficas-. Y bien, el libro estaba dedicado “A la inmensa minoría”. Sonaba bonito y original pero dejaba al autor hecho un elitista confeso y proporcionaba material polémico a Neruda. No faltaron críticas y la dedicatoria ya no aparece en una nueva edición que años después Losada publicara en Buenos Aires.

Así, Juan Ramón. Otro caso resultó Neruda versus el poeta cubano Nicolás Guillén. La controversia no versó ya sobre el sentido y contenidos de la poesía, sino que fue de orden militante. Ambos, el cubano y el chileno, eran comunistas y prosoviéticos, lo cual no impidió que la polémica descendiera al plano personal. Neruda, en las memorias que se publicaron póstumamente, habló de dos poetas que llevan el mismo apellido. Uno, “el bueno” es Jorge Guillén, de la generación del 27. Otro, “el malo”, es Nicolás. Éste reaccionó públicamente, diciendo que, en lugar de titularse “Confieso que he vivido”, las memorias debieron llevar por nombre “Confieso que he bebido”... Por entonces, ya muerto Neruda, allí quedó cerrado el episodio, el cual se había dado en el marco de las ardorosas peleas al seno de la izquierda en los años sesenta y setenta sobre cuáles eran las vías de la revolución latinoamericana, si armadas o pacíficas y donde, en cierto sentido, el Chile de Salvador Allende se contraponía a la Cuba de Fidel Castro.

Un trasfondo político que, a su vez, reconocía como disparador una colorida cuestión personal, según me contara Georges Fournial, quien por años fue el responsable para asuntos latinoamericanos del Partido Comunista Francés. Neruda era celoso de su siesta; nadie -había ordenado- podía interrumpirla. Y bien, estando en La Habana, “alguien” vino a saludarlo... Fidel Castro. Y nadie se atrevió a despertar al poeta. Se pueden imaginar... no valieron las excusas. Tiempo después, Neruda marchó a Estados Unidos a dar unas conferencias, y la Casa de las Américas le cayó encima. Del tema se ocupa también el poeta en sus memorias, particularmente de Roberto Fernández Retamar, a quien señala como el director del operativo: un manifiesto antinerudiano distribuido por el mundo entero, donde se le acusaba de poco menos de traidor. Ese manifiesto fue firmado por Nicolás Guillén y, al parecer, el chileno no se lo perdonó.

Neruda atraía las tempestades, fenómeno cuyo trasfondo era su militancia política. Llegó a ser senador por el Partido Comunista, conoció el exilio. Entre otros, tuvo un enemigo especialmente encarnizado, su compatriota Pablo de Rokha, poeta como él, hombre de izquierda, bien que adhiriendo al maoísmo. Recorrió el país ofreciendo recitales de poesía y sus libros en venta, que alcanzaban escasa circulación comercial; y sin olvidarse, aquí y allá, de ir dejando caer una mentada para Neruda. No se sabe bien porqué, aunque la psicología hace esta lectura: Pablo de Rokha llevaba la agresión contra quien él quería ser y se lo impedía ocupando -usurpando- el espacio merecido por Pablo de Rokha : el de un poeta famoso y reverenciado como Neruda. Los dos no cabían y su rival no daba muestras de cederle el paso. ¿Qué le quedaba? Aceptar la situación o desaparecer. Y fue lo que hizo: Pablo de Rokha se suicidó.

Final dramático, pues. No así el pleito con Juan Ramón, de uno y otro lado los dardos se multiplicaban deportivamente. En términos muy generales, uno defendía la “poesía pura” y el otro el “compromiso del escritor”. Neruda fue lejos en esos propósitos, llegando a editarse en su país dos tomitos azules de recopilación titulados “Poesía política”. El chileno con su pluma seguía la línea partidaria sin omitir los elogios en verso a Stalin y la condena a Tito de Yugoslavia cuando la ruptura de éste con el jefe soviético. En sus memorias, Neruda reconoce abiertamente: “el enemigo tenía razón”, refiriéndose a Stalin. En fin, no faltaron elementos para una polémica siempre renovada en torno a estética y realidad social, sin contar el factor personal, cuya presencia se hace sentir aquí con fuerza.

Juan Ramón, generacionalmente anterior, sintió que Neruda lo estaba robando: los jóvenes lectores de “Platero y yo” habían pasado a ser los adultos lectores en los años cuarenta y cincuenta del “Canto de amor a Stalingrado”, la ciudad emblemática, cuya batalla había cambiado el curso de la II Guerra Mundial. Vivíase otro momento histórico y aquellos lectores eran irrecuperables para la obra posterior de Juan Ramón, para su nueva poesía de “Animal de fondo” o de “La estación total” o de “Dios deseado y deseante”, y otros títulos que coincidentemente publicara por los años cuarenta y cincuenta.

Y en adelante, el español escribiría para gente de su generación como Victoria Ocampo de la revista argentina “Sur”. O bien para jóvenes habitantes de la torre de marfil, como el grupo de la revista cubana “Orígenes”, reunido en torno a Lezama Lima. Las multitudes se quedaban con Neruda, el polifacético. El romántico de sus comienzos, de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, cuya venta superó los dos millones de copias. ¿Quién no recuerda “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”? Neruda, el romántico, no quedó ahí, vino más tarde su poesía metafísica -“sucede que me canso de ser hombre”- abruptamente cortada luego de su experiencia de la guerra civil española, y de la cual da cuenta en su poema “Explico algunas cosas”. Y sigue su “Canto General”, publicado en 1950 y ampliamente difundido en los años sesenta como la épica del hombre americano, uno de cuyos ejemplares, según constata Neruda, llevaba en su mochila el Che Guevara cuando cayó en Bolivia.

Juan Ramón era el perdedor, aun cuando su Platero, imagen de la ternura, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”, aun cuando Platero, al trotecito, hacía entrada a las escuelas primarias de habla española como texto de clase. Y el pleito con Neruda llevó décadas. Ya éste, en 1935-1936, durante su estancia en España como cónsul chileno, había dirigido la revista “Caballo verde para la poesía”, donde publicara un manifiesto titulado “Sobre una poesía sin pureza”, aludiendo a Juan Ramón. Años después, el español tuvo ocasión de expresar sus puntos de vista en carta que dirigió al mexicano José Revueltas, a raíz de un artículo de éste, titulado “América Sombría”, publicado en “Repertorio americano”, 1942. Allí Juan Ramón se batía una vez más contra “el mejor de los malos poetas”, a propósito del “Canto de amor a Stalingrado” de Neruda. Y decía: “no es de amor ese canto, que igual puede estar escrito para cualquier otra ciudad de cualquier otra parte del mundo sólo con cambiarle algunos nombres propios”. (1)

Juan Ramón estaba en lo cierto. Y no lo estaba. Cierto, el hecho. No así, el reproche. Falta en el “Canto de amor a Stalingrado” la ciudad como tal. Pero no se trata de eso. Neruda no le escribe el poema a ella, sino al símbolo, al emblema en que ha devenido, el de la resistencia antinazi. Y esa ciudad desde entonces universal, abstracta y heroica, se la jugaba por todos y así, a todos representaba en nombre de la libertad. Poco importaban calles, monumentos o casas, la guerra mundial ocupaba todos los espacios.

Con el tiempo, el panorama se ensombreció. Millones habían caído en la guerra, a cuyo término en la URSS y en los partidos comunistas del orbe se reforzó la fórmula stalinismo = socialismo, y décadas debieron pasar antes que una airada repulsa se generalizara con los resultados conocidos: 1989 ¡adiós, Muro de Berlín! 1991 ¡adiós, URSS! Y bien, pregunto: ¿Qué queda hoy de Stalingrado? Ni el nombre, la ciudad ha sido rebautizada como Volgogrado. Así pasa, más de medio siglo después todo tiende a volver a la “normalidad”. A la memoria no le place evocar las horas difíciles; para preocupaciones, buenas las del presente. Y sin embargo, el ayer no calla. “Tengo el encargo de SM, el rey Jorge VI, de entregar a la ciudad de Stalingrado esta espada de honor que ha sido forjada por artesanos ingleses, la hoja tiene una inscripción que dice: ‘A los ciudadanos de corazón de acero de Stalingrado, regalo del rey Jorge VI en testimonio de homenaje del pueblo inglés.’” Corre 1943, es la conferencia de Teherán, y lo relata Elliot Roosevelt, hijo y a la vez secretario privado del Presidente de Estados Unidos, allí presente; las palabras citadas son dichas por uno de los más tenaces anticomunistas del siglo, Winston Churchill, por entonces premier inglés. (2)

El poema de Neruda responde a ese sentimiento universal. Y es tan auténtico como la historia de Juan Ramón y su burrito. Puede la poesía, y la literatura en general, abordar a ambos, el hecho de la guerra, el hecho de la paz. El canto a Stalingrado de Neruda, el Platero de Juan Ramón, dos actos de amor que se dan conforme el curso de la vida de cada uno, y la lectura que cada uno hizo del ancho mundo. Por eso escribo “sextasílabamente”:

Neruda y Juan Ramón, ambos tenían razón

Notas:
1) Jiménez, J.R. Cartas literarias, Bruguera, Barcelona 1977, p. 50.
2) Roosevelt, Elliott. Así lo veía mi padre, Sudamericana, Buenos Aires 1946, pp. 222-224, 2da. ed.

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Clara


Anónimo (Enviado por Rodolfo Bassarsky. Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Clara,
Tu has sido la luz de nostros dias oscuros cada dia de estos años. Ere la muller mas increïble dol mundo. Gracias por todo momento y ayuda.
Las mulleres de Margarita y diana te querremos y nunca te olbidaremos.
Nos has dado tanta alegria en nuestros corazones.
Clara, ere muy buena y te mereces todo lo bueno de este mundo.
Nunca olbides que nos tienes para lo que tu necessitas.
Que Dios te bendiga querida amiga. Te quiero,
Toas tus mulleres.

Este texto fue escrito por un grupo indeterminado de prostitutas que trabajan en la carretera y en los clubes Margarita y Diana. Clara ha sido durante 5 años la educadora social responsable del "Programa Carretera" que funciona en un Hospital público de Cataluña.

El programa procura asistencia social y sanitaria a las TSC, trabajadoras sociales de la carretera, eufemismo con las que denomina la Generalitat a estas mujeres. Yo soy el ginecólogo que las atiende una vez por semana, lo que me dio la oportunidad de conocerlas y de charlar con Clara.

Estas prostitutas son inmigrantes en su totalidad: rumanas, rusas, búlgaras y latinoamericanas (dominicanas, ecuatorianas, colombianas y brasileñas). Prácticamente no existen de otras nacionalidades. Es un mundo interesante, lleno de derivaciones de muy diversa índole y a veces insólito (por ejemplo es frecuente que mis pacientes tengan vergüenza de desnudarse). Existe una tendencia equivocada a hacer generalizaciones sin tener en cuenta que cada mujer es una individualidad, que existen pocas características comunes más allá de las propias de la actividad.

Probablemente parezca una exageración de mi parte pero me entusiasmó la mezcla del lenguaje en el que pueden detectarse influencias de los diversos idiomas maternos de estas mujeres. También el esfuerzo por escribir en el mejor español posible, característico de quien está aprendiendo.

Por supuesto el contenido tampoco tiene desperdicio. Es una carta plena de afecto, justamente la mayor carencia que padecen individualmente estas prostitutas. La sola presencia de Clara, aún si no fuera la intermediaria de ayudas concretas, hubiera sido importante en la vida de estas personas.

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Música: La música andina


ARGENPRESS CULTURAL

El término “música andina” se refiere a una muy extendida cantidad de géneros musicales, interpretados con una enorme y variada cantidad de instrumentos, con historias muy diversas y con estructuras melódicas, armónicas y rítmicas bien diferenciadas. En todo caso, si algo hay en común en toda esta producción popular, anónima en muchos casos, es el lugar geográfico donde se origina. Por ser los Andes de Sudamérica la zona donde aparece, lleva el nombre de “andina”. Esa zona corresponde aproximadamente a lo que fuera en otra época la Confederación Inca, es decir: los andes peruanos, el altiplano boliviano, los andes ecuatorianos, el sur de Colombia, el norte de Chile y el noroeste de Argentina. Pero fuera de ese rasgo común, la variedad entre todas las formas musicales que allí entra es grande.

Encontramos en la llamada música andina, por ejemplo: carnavalitos, huainos, huaylas, lamentos, kantus, llameradas, chayas, tonadas, albazos, cuecas. Es decir, hay de todo un poco: música alegre para bailar, evocaciones románticas, dolidos lamentos, composiciones tanto religiosas como profanas, música ceremonial, etc. Un elemento común a todas estas especies es que conserva profundas raíces autóctonas, en muchos casos antiquísimas, de las ricas y desarrolladas culturas que poblaron los Andes sudamericanos desde varios miles de años atrás, y que en más de un caso se mezclaron con los elementos traídos por los conquistadores españoles a partir del siglo XVI.

Entre los instrumentos que hacen parte de la música andina se cuentan:

Sicu: Instrumento de viento compuesto de varias flautas de diferentes diámetros y largos.

Tarka o pinquillo: Flauta (de grandes tubos de caña o de madera ahuecada sin nudos) con seis agujeros en hilera y uno lateral que produce la escala.

Quena: Flauta de caña hueca o bambú que produce sonidos dulces con aires melancólicos.

Toyo: Tipo de zampoña de tubos gruesos que produce sonidos graves.

Charango: pequeña guitarra hecha comúnmente con el caparazón del armadillo, con cinco cuerdas.

Chullo chullo: Patitas de cabra o caparazones de caracol anudadas entre sí que al chocar producen sonidos rítmicos y sirven para el acompañamiento.

Bombo: Tambor grande y chato

Anata: Cilindro de madera perforado en el centro a lo largo. Tiene seis agujeros. Anata significa "carnaval".

Erke: También llamado trompa o corneta, se construye con trozo de caña y cuero de la base de la cola del vacuno. Suena como lamento lejano.

Maracas: consisten en dos cascabeles hechos de calabazas disecadas, con semillas sueltas en su interior que suenan al agitarlas.

Para ilustrar esta música, presentamos tres clásicos; El cóndor pasa, Moyobamba y El poncho rojo.







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El niño dijo, “quiero pintar la luz”. Y Dios quedó perplejo


Eduardo Dermardirossian (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una escalera, un espejo y un pincel. Estas cosas recogió Iván esa mañana, nada más. Esperó a que asomara el sol y enderezó sus pasos hacia Oriente. Caminó y caminó y pronto llegó hasta donde estaba el sol, brillante, con destellos rojizos todavía. Lo encontró apoyado sobre la tierra luciendo su redondez y multiplicándose en las infinitas gotas de rocío.

Puso el espejo de espaldas al sol, con el pincel tomó un poco de su luz y la aplicó sobre la superficie brillante del cristal. Repitió la operación una y otra vez. Y otra vez más… Y cada vez tenía que levantar más su brazo porque el sol se elevaba en el cielo hasta quedar fuera de su alcance.

Entonces tomó la escalera, la abrió en caballete, subió y otra vez alcanzó al sol con su pincel. Siguió pintando con la luz sin cubrir toda la superficie del espejo. Y a medida que el sol se elevaba el niño subía: ahora un peldaño, luego otro, más tarde otro más. Se apresuraba a pintar para terminar la obra antes que la escalera agotara su estatura y el astro quedara fuera de su alcance.

El sol se elevaba y se elevaba y el niño subía y subía para recoger la luz con su pincel. La obra de luces avanzaba, las figuras nacían de la imaginación del pequeño arista y se plasmaban en el espejo sin quitarle su virtud, sin impedirle duplicar las cosas. El sol alcanzó el cenit y el niño, que todavía no había concluido su obra de luces, vio que la escalera, cuyos peldaños podía contar con los dedos de sus manos, lo había elevado hasta lo más alto del cielo. Entonces supo que esa escalera tenía tantos peldaños cuantos anhelos guardaba en su corazón.

Iván volvió su mirada sobre el espejo, examinó cuidadosamente la obra de sus manos y quiso contrastar las luces con algunas sombras, para que las imágenes se corporizaran y deambularan entre los hombres. Y como en ese momento el sol iniciaba su camino hacia el Poniente, hacia el país de las sombras, creyó que así como su pincel había recogido la luz del ascenso, ahora podría recoger las sombras del descenso. Y cuando lo levantó para tomar algunas sombras, le dijo el sol que no las tenía, que las sombras no eran su atributo, que podía darle algunos matices de su ocaso para que el niño cumpliera su deseo, pero que esos matices también eran de luz.

Así, cuando el sol se ocultó, cuando el niño concluyó su obra y la escalera recobró su estatura original, la luz no se ausentó en ese país porque el cuadro iluminó ese lado del mundo como no había ocurrido desde los días de la Creación. Fue por eso que cuando el niño dijo “quiero pintar la luz”, Dios quedó perplejo.

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Víctor Ramírez: reflexiones insobornables


Liberto (Desde Artevigo. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El escritor y profesor canario Víctor Ramírez (San Roque, 1944, Las Palmas de Gran Canaria), no sólo ha publicado excelentes novelas: "Cada cual arrastra su sombra", "Nos dejaron el muerto", "Siete sitios queda lejos" o "El arrorró del cabrero", también ha cultivado de forma magistral los relatos en libros tal que: "Cuentos cobardes", "Además lo primero", "Lo más hermoso de mi vida", "Arena rubia y otros relatos" o "La vez entre después y ahora", pero de lo que no cabe duda es que con sus reflexiones periodísticas es donde Víctor Ramírez ha aportado más al despertar de la conciencia nacional canaria, que han sido recogidas en diversos libros, desde el primero de ellos "Respondo" en 1993, "La escudilla" en 1994, "La rendija" en 1997, "Palabra de Amazigh" en 1998, "Desde el callejón sin salida" en 1999, "En la burbuja" en 2000 o "El fósforo encendido" en 2003, hasta que la Editorial Idea, recuperó todos los artículos (el prefiere llamarlos "Reflexiones periodísticas"), este año de 2009, con portadas en cada libro del genial Julio Viera, y que ha ido presentando a medida que se editaban --precisamente hace dos semanas se reeditó "Desde el callejón sin salida", en esta editorial y en esta colección; así como "El Paraíso podrido".

Todas estas reflexiones periodísticas, recogidas en libros, responde contundentemente a un mismo fin libertario, insobornable, aportar -como canario que siente la vergüenza de callar la miseria que nos rodea y como un aire aniquilador intenta poseernos- su grano de concienciación para el despertar de los canarios y canarias, que quieran vivir dignamente en libertad y justicia luchando por la Independencia de Canarias del Estado español por siempre jamás.

Víctor Ramírez, en cada uno de sus artículos, en cada uno de sus libros, se arroja desnudo, pero con argumentos irrebatibles, al terrero de la rebeldía en alta voz, para señalar y desenmascarar de una agarrada certera a los esbirros y mayordomos del poder colonial español en Canarias, a los cortesanos y a los que doblan el espinazo ante los viles personajillos que sólo son instrumentos perpetuadores de la ignorancia, la esclavitud y la sumisión de la gran mayoría del pueblo canario.

Por todo esto se atreve a encarar su destino con un mínimo de valentía que le permiten seguir rebelándose contra la opresión; por estos anhelos quiere Víctor Ramírez "dejar constancia escrita -formando un todo más manejable- del reflexionar sentido de un canario independentista que también a veces ejerce de escritor, y con la esperanza de que a otros sirvan para algo esas reflexiones".

Aunque la necesidad por "dejar constancia escrita" es imperiosa y obliga a un sentido y vivido compromiso diario ("el compromiso es para mi libertad, no pesada losa", te dice de plano mirando profundo y fijo), aunque la necesidad se imponga tozuda y obligue constante a una urgente respuesta, jamás descuida la forma. Víctor Ramírez no sólo medita y reflexiona lo que quiere decir, sino que atiende cuidadoso el cómo lo expresa. Esta poco común actitud de los que escriben en los periódicos, por perfilar estilísticamente sus textos o artículos de opinión, obedece, casi sin duda, a una doble querencia: tanto considera que es imperativo clarificar las ideas, los pensamientos, para ser más preciso y contundente "…pues así deben ser las opiniones…" siempre inspirado en el firme deseo de disipar las posibles sombras de la ambigüedad, que podrían ocultar o confundir el camino o la verdad que señala y que quiere compartir, como ve importantísimo el encontrar la forma más eficaz de comunicar sus razonamientos, para que no quepa la menor duda, sin ambages y sin medias palabras.

Como muy bien observa el periodista José Miguel Vargas "Víctor Ramírez perfila en párrafos cortos y entregas directas el quehacer de un observador multifacético que no dirige su mirada hacia un solo único punto del horizonte de la vida cotidiana, sino que otea desde su azotea de barrio todo aquello que le conmueve e indigna para proclamarlo o denunciarlo; aunque la censura, dice el autor existe implacable`".

Después de leer estas reflexiones periodísticas recogidas en estos libros, y en otros que prepara en estos momentos fruto de sus colaboraciones en el semanario "Liberación", uno ya no puede ser el mismo y se confirma la finalidad y el logro del intelectual como aquel que nos hace ver, sentir y comprender, lo que antes, tal vez, no veíamos, ni sentíamos, ni comprendíamos. Nuestro gran escritor Isaac de Vega describió perfectamente la actividad que nuestro autor adopta ante la realidad canaria que le circunda: "Sabida es la fijación de Víctor Ramírez por lo popular, no únicamente como más o menos caótico y de historia a mano para entretener -nos cuenta Isaac de Vega- sino como profunda comprensión y amor por las gentes que discurren sus vidas humildemente…Masas explotadas de donde sale toda especie de riqueza, toda clase de lujos, toda clase de soberbias de los otros menos, triunfantes en esta dudosa vida de todos los días, que se hacen sobre los que exprimen, asentados en una injusta democracia".

Otro gran escritor y periodista, Alfonso O´Shanahan dice que " a Víctor lo que le duele esencialmente es su Patria, Canarias, sin asomo de egoísmo isloteño alguno, pues toda su prosa periodística arranca de la universalidad del canario, pero del canario universal, es decir, del canario no colonizado".

El camino, lo sabemos de sobra, es largo, pero cada vez somos más los que nos paramos a reflexionar con los siempre iluminadores artículos de Víctor Ramírez.

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La ensalada


Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue una extraña muerte la de mi tío. No porque no comer sea extraño. No es la primera vez que alguien muere por no querer comer nada. O por querer comer solamente nada. Lo raro fue como apareció su enfermedad. Porque se sabía que era vegetariano. Pero no por ecológico y holístico. Era vegetariano porque se cuidaba. Las proteínas que comía eran solamente vegetales: porotos y soya. A veces, pescado. Pero de pronto, un día, dejó de comer todo. Ni tomates, ni lechuga. Y tomaba solo agua. Ni té ni café. Todos le preguntábamos por qué. Y fue así, de repente. Sonreía y no contestaba. O hacía bromitas. O se quedaba callado, serio. Todos le preguntábamos: los hijos, los sobrinos, mi papá, mi mamá. Nada. Dejó de comer. Cada vez más flaco. Parecía esos de los campos de concentración. Hasta que un día dejó de ir al trabajo. Ya no podía ni caminar. Era astrónomo. Mi mamá me contó que desde chiquito pasaba horas mirando el cielo, de noche. Y cuando le preguntaban por que tanto tiempo mirando, siempre respondía: -Porque ahí debe haber algo, en todo eso deben pasar cosas, alguna inteligencia. Después, adolescente, pasaba horas con un telescopio. Decía que era hermoso mirar ahí. Y que quería descubrir alguna cosa. Obviamente terminó siendo astrónomo. Se especializó en la captación de ondas intergalácticas. Detección de alteraciones electromagnéticas venidas del espacio negro. Por eso, más que mirar con el telescopio, escuchaba. Nos decía que trataba de descubrir si entre los miles (o millones) de ondas que recibía había una regularidad que podría ser un código. Algo que pueda ser un mensaje. Una emisión. Una intención en la regularidad de las alteraciones.

Poco antes de su repentino rechazo a cualquier comida tuvo un extraño síntoma, algo que nunca había hecho. A veces, cuando lo visitaba en su lugar de trabajo (y aprovechaba, claro, para ver por el telescopio), salíamos juntos. Y cuando pasábamos por algún mercado se paraba delante de las verduras y le caían lágrimas en silencio. No hablaba. Únicamente las miraba, ponía cara de gran tristeza y lloraba. Así delante de repollos, zanahorias, cebollas y zapallos. Y era mucho peor cuando estaban cortados en pedazos. Ahí, a veces gemía. Yo le preguntaba que le pasaba, por que lloraba, y el siempre me respondía (cuando me respondía): - Por nada, por nada, es que me estaba acordando de una cosa..... y seguíamos caminando en silencio

Cuestión que poco después de esa extraña tristeza de pronto, de un día para otro, dejó de comer. Ninguna conducta que los psiquiatras podrían diagnosticar como anormal.

Estuvo un tiempo con suero, alimentación endovenosa, esas cosas de ahora. Pero llegó un momento en que tampoco eso fue suficiente. Y murió sonriendo.
Me dejó su casa en Belgrano, cerca de Melian y Pampa. Cerca donde antes estaba el Buenos Aires English High School, el colegio de su infancia. Es un caserón con vueltas, vericuetos, laberintos. Hace años vivo ahí.

Una biblioteca de madera que parecía encajada en la pared era una puerta. Daba a otros cuartos, a los que se entraba abriendo espejos. Lo que parecía una escalera en espiral que extrañamente terminaba en el techo, daba a una tapa que se levantaba y seguía hasta la azotea. Y ahí, dentro de lo que parecía el tanque de agua había un hermoso cuarto con aire condicionado, luces de varios colores, una computadora y un sofá.

Y ayer esa sorpresa.

Yo solamente quería arrancar aquel clavo de la pared, que no tenía sentido. No había ningún cuadro colgado. Y además en ese lugar, al lado de Brueguel y Boticelli. Entonces, cuando hice fuerza con la pinza, salió para afuera la cajita. Adentro había un paquete rectangular, atado con muchas vueltas y nudos. Nada más. Lo abrí. Era un cuaderno con tapas de cuero. El papel era grueso, parecía pergamino. Hasta la letra parecía hecha con pluma de ave, en tinta china. Como esas antiguas que se escribían en latín.

Recordé que le gustaban cosas antiguas. Era su diversión. Sobre todo letras y dibujos. Decía que tal vez se pudiese descubrir en ellos algún mensaje, algo para la posteridad que, en ese tiempo, no se podía decir. Porque hubiera sido peligroso escribirlo claramente. La Inquisición quemaba vivos a los que decían o escribían esas cosas. Pero ese cuaderno no era antiguo. El material, el cuero, la pluma con que lo escribió, quizá. Pero lo que ahí estaba escrito no. Era un diario, que empezaba el 11 de Noviembre de 1994.

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Es hermosa. La amo. La deseo. No sé. ¿Qué es el amor? Me calienta. ¿Qué me calienta de ella? No sé. La piel. ¿Solamente la piel, su color, su suavidad? No. ¿El cuerpo, su forma?. ¿Su culo saliente, sus tetas altivas? ¿Algo de eso? ¿Todo eso? ¿Su boca lisa y grande?. ¿La forma de sus hombritos? ¿Su cuello suave? ¿Su sonrisa indecisa, ocultadora?. Nada de eso. O todo eso. No sé. Pero si es todo, tampoco es eso. O un ángulo, una manera, una forma de moverse. O todo eso junto que representa otra cosa, algo que ahí está pasando. Y me cago en el alma. Nada espiritual. Todo eso me dice que adentro, dentro de esa piel, de esa sonrisa, de ese culo, esas tetas, esas formas onduladas y chiquitas, adentro hay juguitos que se mueven. Cosas que pasan. Secreciones que entran y salen. Glándulas que trabajan, sangre que corre como un río. Y células que se unen o se separan. O nacen y mueren. Dentro de todas esas cosas lindas, dentro de la boca donde aparece su sonrisa, dentro de la piel suave de su cuerpo, en su culo, en sus tetas, en su olor dulzón de hembra hay cosas que pasan, que mueren y nacen. Y en cada una de sus células hay átomos. Y tal vez espacios siderales, galaxias. Planetas. Estrellas. La hermosura de toda ella o de cada una de sus partes, de sus pedacitos, oculta mundos de vida. Misterios. De toda ella o de todas sus partecitas. Cuando tiene esas sonrisas, esas suavidades, esas geometrías. “No son las cosas peores las que más nos avergüenzan. Una máscara oculta muchas veces otra cosa que perfidia. Hay tanta bondad en la astucia!”. F. Nietzsche. Mas Allá del Bien y del mal.

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Enero 1997

Por el telescopio también se ven colores. Diferencias, variaciones, la intensidad de un brillo. Una pequeña extensión (centímetros, milímetros) son mundos. Millones de kilómetros. Otros tiempos. Historias que ya acabaran pero que también están. Llega luz de un lugar que no existe. Espacios negros en lo que todavía (todavía) no podemos descubrir nada. Pero que algo tendrán. O tenían. Galaxias, sistemas solares. Planetas. Vidas.

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Julio 1998

Me está gustando más escuchar. Es infinita la variación de sonidos que llega a este radiotelescopio de última generación. Es la primera vez que se usa, tan sensible. Sé, me parece, que lo que se escucha son emisiones mecánicas de agujeros negros, galaxias, soles, polvo estelar, aerolitos, mundos que se hacen o deshacen. Nunca puedo escuchar una regularidad. Cierta variación reglada. Alguna intención. Un mensaje. Siempre causa eficiente, nunca causa final. Es absurdo suponer que somos, podríamos ser, la única vida inteligente en toda esa inmensidad infinita. Lo mismo que cuando se creía que todo el universo giraba en torno de la Tierra. La posibilidad de ovnis – que vengan por aquí – es anecdótica. Es cómico suponer que podría haberlos.

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Octubre

Ninguna regularidad. Contingencia absoluta. Además, tampoco una vuelta, un retorno, una respuesta. Son ruidos que aparecen en el espacio negro, no sé desde donde. O desde que. Y, hasta ahora, desde quién.

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Noviembre 2000

Frente a mi departamento había un pequeño bosque. Monitos, pájaros. Destruido. Cortado. Ahora una casa de departamentos. Pasaban cosas entre los monitos, los pájaros. Nidos, Pichones. Bichos. Ahora hay muchos departamentos, uno al lado del otro. Separados por una pared finita. Y cada uno con colores y luces diferentes. Decoraciones diferentes. Gente sentada que habla. Otros caminan. Silenciosos. As veces riendo.

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23 de Diciembre, 2001

¿Atrás de la máscara hay o no hay? La cara es una máscara de la calavera. Entonces, atrás de la máscara no hay nada. Entonces, ¿la calavera es la verdad de la máscara, la verdad que la cara ocultaba?

¿La última máscara? La calavera es de hueso. Los huesos son de calcio. El calcio tiene átomos. Son átomos en eterno movimiento que le dan consistencia, apariencia de hueso. Inmovilidad. No atrás, entonces. En la misma máscara, en la superficie hay mundos. Lo que no se ve está en lo mismo que se ve.

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Febrero 2001

Una orquídea. Que hermosa. Cada flor cinco pétalos. Cada pétalo un triángulo con lados curvos, redondos. Los bordes blancos, hacia el medio, violetas, rosados. Y líneas verticales que se bifurcan como ríos, de violeta más oscuro, parecen venas. O arterias. Y todos se unen en un centro de tres hojas rojas, que van a un centro amarillo. Tres hojas abiertas, cóncavas, como manos, y arriba un pequeño clítoris.

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1º de Noviembre, 2001

Desde la ventana de una sala del observatorio veo de lejos veo una calle. Y todos los días, temprano, a la misma hora, esa viejita yendo a misa. De un hombro cuelga su cartera. Con una mano aprieta fuerte – siempre fuerte – su negra biblia. Es chiquita, la cara ancha, cachetuda, el cuerpo flaco, liso. El pelo blanco recogido en la nuca, apretado. Siempre muy seria, decidida. Pasitos cortos y firmes. Todos los días, a las ocho y diez. Va a trabajar de rezadora.

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11 de Noviembre

“Tai fung”, en chino de Cantón, es el origen de la palabra “tifón”. Viento muy fuerte. Torbellino. Fue hoy. Se acercó despacio, inexorable. Parecía un hongo gigantesco. Cerramos todo el observatorio. Vino del otro lado, entonces vi por la ventana cuando se alejaba. Un gigantesco remolino que chupaba para arriba y hacía volar todo. Autos, sillas, plantas, perros dando vueltas por el aire. Ahora también, entre ellos, estaba la viejita. Giraba y giraba en el aire, como todo. Pero no soltaba la biblia. La apretaba fuerte y gritaba algo. Se persignaba continuamente y rezaba a los gritos. Después me enteré que el viento la estrelló contra la pared de la iglesia. Los sesos desparramados por el suelo, pero seguía agarrando fuerte su biblia negra.

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12 de Noviembre, 2.001

Varias veces volví a escuchar. O podía ser. No puede ser. Lo que busqué tantos años. Tanto tiempo, desde siempre. El espacio lleno de mensajes. Miles, millones de mensajes entrecruzados. De un punto sale algo, y de otro una respuesta. Por todos lados. Algunos mensajes parecen fórmulas matemáticas (o se los puede, en parte, decodificar así): el Teorema de Cantor, Gödell, Fermat. Fórmulas, y de vuelta esas formulas levemente modificadas. ¿Levemente? No sé. Tal vez nunca sepa. Respuestas. Y después otra fórmula. Y otra respuesta. Formulas matemáticas y códigos desconocidos. Millones cruzando el espacio negro. Ahora solo puedo programar el computador para ver si consigue descodificar. Porque algo es evidente: es un idioma. ¿Qué se dicen entre ellos y de esa forma? Entre billones y trillones de kilómetros. En un espacio casi infinito. Y además, quiénes son ellos? No puedo dejar de escuchar.

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14 de Noviembre

Puse un colchón en el suelo. Duermo en el observatorio.

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16 de Noviembre

Algo está pasando con el radiotelescopio. Está fijo. No lo puedo dislocar.

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18 de Noviembre

Subí a la azotea, donde están las antenas. No entiendo nada. La antena del radiotelescopio estaba doblada, inclinada para un campo de lechugas. El tifón la dobló. La arreglé con un técnico. Otra vez apunta al espacio. Se mueve. Pero ahora está todo como antes. Ninguna señal. Acabaron los códigos, las fórmulas matemáticas. Nada. No entiendo nada.

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20 de Noviembre

Quedaba una alternativa. Incliné el radio en dirección al campo de lechugas, como estaba antes. Y otra vez los mensajes, las fórmulas, las emisiones, las respuestas. No puede ser.

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21 de Noviembre, 2.001

Dirigí el radio a un campo de trigo. Otra vez los mensajes. Pero los códigos parecen diferentes.

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22 de Noviembre

Hoy fue al pasto. Solamente al pasto. Y de nuevo fórmulas u códigos. Emisiones, recepciones, mensajes devuelta. Y también los códigos parecen diferentes.

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24

Al repollo. Al tomate. A la lechuga. Siempre fórmulas y códigos, sonidos repetidos pero con variaciones regladas. Pero cada conjunto con un código general diferente. En las lechugas y tomates las variaciones pueden ser las mismas, pero se dan dentro de un código diferente. ¿Qué se dirán?

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28 de Noviembre

Hoy lo hice. Colgué una hoja de lechuga, solamente una hoja, delante del radiotelescopio. Mandaba señales. ¿A quién? ¿A qué? ¿A donde? Pero no recibía. Y a medida que se iba marchitando las señales se debilitaban. Lo mismo con los tomates y los repollos. Cuando se marchitan totalmente, silencio.

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1º de Diciembre, 2001

El código general de las flores - ¿su hardware?- es diferente. Los sonidos son casi continuos. No se interrumpen. Continúan, pero aumentando o disminuyendo de intensidad. Son como músicas. Músicas. Melodías. Sonidos ondulados según la flor. La melodía de las rosas es diferente de la de las orquídeas. Paso horas escuchando. Si supiera música, las escribiría.

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4 de Diciembre

Los capullos, antes de abrir, empiezan a enviar mensajes. ¿O música? Y en el momento que abren es más fuerte, mas acabada. Más linda.

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1º de Enero 2002

Admitir. Tengo que admitir, aceptar. Pensar todo de nuevo. La (ahora me doy cuenta) estúpida y cómica Teoría de la Evolución. Darwin. Antes se creía (se quería creer) que todo giraba alrededor de la Tierra. El sol, las estrellas, los planetas, el universo. Después, como resto de ese narcicismo grotesco, que la humana es la mas evolucionada de las especies vivas. O sea que primero, la vida vegetal (la más primaria), después la vida animal y, finalmente, de ella, el hombre. El animal inteligente. Para Nietzsche apenas un eslabón intermedio, un puente para el Super-Hombre. ¡Siempre mejorando! Pero ahora es evidente. No fue evolución: fue involución. Y sigue siendo. Lo más perfecto estaba- y sigue estando- antes. Desde el principio. No hubo caída. El paraíso continúa pero no nos damos cuenta. ¿El paraíso?. ¿Cuales serán las prohibiciones transgredidas, los goces, los castigos, las tristezas, las alegrías, las tentaciones, en esos mensajes, en esas músicas, en esa extraña matemática?

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27 de Marzo de 2002

El Super-Hombre de Nietzsche y Ouspensky habían sido las plantas. Se empezó desde ahí. Pobre Ouspensky. El Tertium Organum. Creía en una raza superior. Su hubiera sabido que la raza superior ya fue. Que fueron – y son – las plantas. Y que el ser humano, en comparación con ellas, es una raza inferior.

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1º de Abril, 2002

Arranqué una hoja de lechuga. Solo una. En ese momento todos sus sonidos fueron continuos. Un ruido. Después, poco a poco, pero más despacio, empezaron las intermitencias desde la hoja. Cada vez que corto o arranco (de lechugas, tomates, zapallos, cualquier vegetal, hasta pasto), la misma cosa: único sonido y después interrupciones, nuevos mensajes. Tengo que admitirlo: la continuidad es un grito. Les duele.

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16 de Abril

Ouspensky dice en el Tertium Organum que un animal solo ve dos dimensiones. Un caracol, solo una dimensión. Nosotros, los seres humanos, somos los únicos que percibimos tres dimensiones. Pero hay un mundo de 4 dimensiones. La 4ª es la dimensión espacial del tiempo, que nosotros no percibimos, aunque lo hará el Super-Hombre. Pobre Ouspensky. Nunca imaginó que el Super-Hombre ya fue y está siendo. El Super-Hombre es la Super-Planta.

*****

20 de Abril, 2002

La percepción y la memoria. El pensamiento. Son posibles por las neuronas. No están ni son. Solo son posibles. El Hardware y el Software. El programa viene siempre de afuera. Pero es evidente ahora que hay otro tipo de neuronas, hasta ahora inimaginables, mucho más sensibles y eficaces en las células vegetales. Tal vez en la composición atómica de lo que en el microscopio vemos como “retículos endoplasmáticos”, o en el lugar de la fotosíntesis. O en la misma pared de cada célula, el “citoesqueleto”.

*****

1º de Mayo

Ella me sirvió ensalada. Llena de hojas, tomates, cebollas. Todo cortado. Imaginé la continuidad de las emisiones. Los gritos. No pude morder. No pude comer.

*****

5 de Mayo

No sé que hacer. ¿Informo, comunico el descubrimiento? Llamar a los periodistas. ¿Decir que las plantas son más inteligentes y sensibles que nosotros? ¿Que informe de eso al mundo? ¿Qué pasará después? Millones de vegetarianos muriendo de hambre. Y otros, los que decidan seguir comiendo, muriendo de culpa. Y lo que quede de la humanidad, tristeza, humillación, melancolía.

*****

8 de Mayo

Y nuevas religiones que propondrán morir de hambre para no matar animales ni a la raza superior de los vegetales. No diré nada. Será un secreto mío. Nadie deberá saberlo.

*****

Fue lo último que escribió. Las letras apenas visibles, difíciles de entender. Ahora ya lo sé. Tenía razón. No hay que decir nada. Nadie debe saberlo. ¿Pero yo qué hago? ¿Como o no como la ensalada?

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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No es tarde


José Mazzella (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Atacan donde más duele. Cuando más duele.
A quienes más nos duele: A los jóvenes.
Como en otro momento de nuestra bendita historia argentina.
No a cualquiera. Solo a los solidarios.
A los aspiran a un mundo mejor.
A los que ayudan a los que necesitan ser ayudados.
A esos jóvenes maravillosos
A los que algún día cambiarán este mundo injusto e inequitativo.
A esos jóvenes para nada individualistas
A esos jóvenes que se comprometen con un cambio
que nos haga más humanos a todos.

Y cuando atacan -aún a cara descubierta-,
lo hacen con un fin muy claro: provocar terror, miedo, temor.
Los poderosos no deben ser molestados.
Si así fuera se enviarán mensajes intimidatorios
Se mostrarán autos sospechosos recorriendo las calles
Siempre por las noches, claro, alrededor del barrio.
Siempre tratando de ocultar algo.
Inconfesable, por supuesto.

Y va quedando cada vez más claro que
El que ultima, por ejemplo, no le teme a la Justicia.
El que mata, por ejemplo, deja el cadáver a la vista, sin procurar ocultarlo.
El que asesina, por ejemplo, pretende desviar la atención.
Siempre denostando a la víctima

Nada de esto es casual.
Está planificado para actuarlo sistemáticamente.
De manera perversa.
Eligiendo a quién, cuándo y cómo aniquilar.
Si: a-ni-qui-lar. Parecerá exagerado.
Pero sigamos observando la realidad
Y veremos cómo continúa éste “proceso”.

Mientras la comunidad no se siga movilizando
mientras no se de cuenta de lo que realmente está ocurriendo,
mientras se siga escondiendo en sus casas,
mientras no se comprometa a cambiar esta realidad,
mientras los vecinos sigan pensando que “en algo andarían”,
mientras sigan callándose la boca,
mientras todo esto ocurra,
seguirán apareciendo “mensajes” que pasarán cada vez más cerca.

Aunque claro, estamos a tiempo.
Aun no es tarde.
Todavía estamos vivos.

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