viernes, 4 de septiembre de 2009

Chavín, piedra sobre piedra





Jorge Zavaleta (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La arqueología, es arte y tradición para el desarrollo. Así lo entienden algunas autoridades de Anc
ash - una de las regiones peruanas con más vestigios pre incas - que van demost
rando la necesidad de aumentar el canon minero para ampliar y consolidar los proyectos de la cooperación internacional. El discurso más elocuente y que recobra actualidad proviene de Julio C. Tello (Huarochirí 1880 - Lima 1947) y Antonio Raimondi (Milán 1824 - San Pedro de Lloc 1890), que nunca fueron “profetas en su tierra”.
 
Tello, famoso médico y arqueólogo que descubrió las culturas Chavín y Paracas y creó el Museo de Arqueología Peruana, en su país natal la sociedad pretendió ignorarlo por su origen andino; y el sabio Antonio Raimondi, autor de “Perú” en 20 tomos, formó familia en Huaraz, después de dejar su Italia natal, cuando en Europa dominaba el absolutismo del poder monárquico y las revueltas populares eran perseguidas por la represión armada.

En las últimas décadas, en el Valle de Conchucos, en la vertiente oriental de la Cordillera Blanca, se aprecia una cálida transformación, a través del conocimiento del pasado. En Chavín, a 85 Km al noreste de Huaraz, con los escasos fondos públicos y de varias organizaciones ac
adémicas, principalmente italianas y peruanas, siguiendo el legado científico y moral de diversos investigadores, trabajan con las antiguas comunidades para hacer de la arqueología base del turismo y de la economía local.

La Cultura Chavín (1200 a.C. - 500 a.C.), identificada por Tello como «cultura matriz del Perú», corresponde al primer momento de unificación de las culturas de los Andes peruanos, pero más tarde se descubrió la de Caral, más antigua aún, en la costa ancashina de Barranca. 

Desde hace año y medio y hasta noviembre del 2010, la italiana ARTS se propone revalorizar en las comunidades de Yacya y de Acopalca, la tradición de la alfarería y textilería, a través de financiamientos que den apoyo para crear puntos de venta, local, regional, nacional e internacional a través del comercio solidario y en tiendas de museos. 

Las primeras señales se aprecian en tejidos de oveja lugareña, teñidos en vivos colores naturales. Y en cuanto a la cerámica, el Instituto Francés de Estudios Andinos y otros de la Cooperación Española, ratifican el valor etno-arqueológico de las materias primas como el “shashal”, un temperante (carbón) de piedra pizarra molida, agregado a una tierra arcillosa amarilla, que es muy bien aprovechado por los pueblos vecinos de San Luis-Chacas. (El porcentaje de car
bón determina si se trata de lutita negra, antracita o grafito)

En Ancash, la cooperación puede mostrar logros ya conocidos como el de la Fundación Mato Grosso, que ha transformado el pueblo de Chacas y distritos vecinos, en una tierra de diestros talladores de madera, cuyos motivos religiosos y utilitarios, se encuentran en exclusivos centros comerciales. Chacas, que en el pasado fue importante ruta de acceso a la Amazonía, tiene, además, un museo de sitio, escuelas técnicas de arqueología y de guías de turismo, un moderno hospital y una cadena de albergues para los audaces andinistas. 

Esa lección quiere ser emulada por ARTS, facilitando personal calificado para organizar cooperativas, rehabilitar trochas y caminos para acceder a las fuentes de las materias primas. Pero más que dinero se aprecia la mística de los jóvenes cooperantes, convocados por “Circolo Amerindiano, Instituto Italo-Latinoamericano, Museo del Castello Sforzesco de Milán, Università di Bologna, cancillería romana, Instituto Italiano de Cultura de Lima, Municipalidad Provincial de Huari y los Consejos de Comunidad San Bartolomé de Acopalca y San Juan de Yacya.

Precisamente, el municipio de Huari, al constatar la trascendencia de los proyectos, considera que la minería debería conceder porcentajes más altos en el canon, que en la actualidad ese gravamen es demasiado pequeño, y se ha reducido aún más con la brusca baja de precios de los metales. 

Huari ofrece al turista sus costumbres y tradiciones, a partir de la Ciudadela de Chavín de Huántar, de Marka Jirka y los pueblos rodeados de lagunas, cataratas, quebradas y nevados. El elocuente testimonio viene de los encuentros de escritores y poetas de Ancash, Huánuco y Ucayali, ferias agropecuarias, academias de guitarra, modernización de colegios y el fondo editorial municipal, que respaldan el proyecto de integración interoceánica con Brasil. 

La cooperación internacional, entendida como fusión del trabajo entre familias campesinas y las misiones técnicas, está rompiendo tabúes y prejuicios sobre la vibrante cultura andina, y poniendo a la luz de la opinión pública la necesidad de una urgente profunda reforma del Instituto Nacional de Cultura y otras entidades del Estado para impulsar la regionalización, la descentralización política, económica y social del Perú, porque hay mucha tarea por hacer.

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¿Cree usted en el big-bang, sí o no? (Parte VII)

Ricardo Vicente López (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Quiero decir con lo que llevamos hasta acá, que la creencia de una gran parte de la gente sobre qué es el saber científico luce de tal modo que lo convierte en un saber casi perfecto, inconmovible, omnipotente, insustituible en la interpretación general del mundo, que desvaloriza a los otros modos del saber. Poder comprender que la vigencia de muchas teorías se mantiene mientras no sean refutadas, relativizaría en el saber popular su validez absoluta, pero éste tiene poco acceso a estas variaciones y novedades. Por ello, la ideología del cientificismo los presenta como el saber por excelencia y arroja a las otras formas al desván de los trastos viejos. La enseñanza, en los niveles primario y secundario, que configura la plataforma de muchos saberes de la gente a lo largo de la vida, pese a la publicitación de documentales que hacen algunos medios, está sostenida por esa ideología en la que se basa el saber no profesionalizado. Entonces, insisto, la estrecha relación que se ha dado desde sus comienzos entre la cultura moderna y la ciencia es lo que avala lo dicho. Un historiador e investigador de la talla del estadounidense Immanuel Wallerstein sostiene: «Hace mucho que se aceptó la idea de que el ascenso de la ciencia moderna y el del sistema mundial moderno eran fenómenos coordinados y estrechamente ligados. La ciencia, tal como la hemos conocido, es la expresión intelectual por excelencia de la “modernidad”». Esta lógica, que creó la mentalidad moderna, es el marco a partir del cual se disparan las críticas que recibe un pensamiento que se aleja tanto de ella como es el tema de Dios.

Por ello aquellas disciplinas que no comparten esa lógica quedan en un nivel inferior y son poco apreciadas. Este proceso de la conciencia moderna da lugar a dos posibilidades de enfrentar el tema divino: los que se aferran a las explicaciones mágicas de los diversos catecismos se conforman con las respuestas de la ortodoxia dominante, y, aquellos que tienen una mayor exigencia de racionalidad acorde a los postulados de la modernidad, son los que exigen pruebas imposibles y se aproximan al grave riesgo de caer en el escepticismo. Salir al cruce de esta falsa alternativa es lo que voy intentando en estas notas, para ayuda de aquellos que todavía se mantienen con ciertas expectativas de encontrar otro camino superador. Esta tarea me impone seguir los meandros que elijo para llegar mejor equipados a una comprensión más satisfactoria y, para ello, recurriré a personalidades académicas de prestigio internacional. La necesidad es tal que nuestro historiador afirma: «Tal vez debamos recuperar aquella parte de la tradición aristotélica dedicada a la búsqueda de las causas finales. Puede que incluso tengamos que admitir que existe un conocimiento distinto y anterior al conocimiento científico. La ciencia tal como la conocemos es una invención de nuestro mundo moderno».

En consonancia con lo expresado, y desde la acera opuesta las palabras de González Faus vienen a cuento de la necesidad de abrirse a otros modos del conocimiento: «Los hombres del siglo XX, deslumbrados por la eficacia dominadora de las ciencias, creyeron que podrían apresar el misterio del hombre reduciéndolo a un problema. Con ello, el misterio dejó de ser efectivamente misterio, pero, a la larga, el hombre iba dejando de ser hombre. Y la tierra fue dejando de ser casa, y la vida fue dejando de ser vida. Pero todo esto era también obra del hombre». El teólogo alemán Johan Baptist Metz agrega: «El así llamado “hombre actual”, es decir, el hombre de nuestro mundo burgués tardío, tensionado entre desesperación y compromiso, apatía y amor mezquino, entre autoafirmación sin contemplaciones y solidaridad débilmente desarrollada, desorientado y más inseguro de sí que hace algunas generaciones, al punto que no quisiera ser su propio descendiente» es este hombre el que, aunque no tenga plena conciencia de ello, requiere una comprensión más profunda de sí y las ciencias no se la ofrece, porque no puede. 

Volvamos a González Faus: «Trascendencia e inmanencia, distancia y cercanía, escondimiento y contacto, van manteniéndose así inseparablemente ligados en todos los desarrollos que aluden a la presencia de Dios en el mundo y a la relación del hombre con él». Porque se comienza a comprender lo que quiso expresar Atahualpa Yupanqui al decir: «Dios es aquello que sólo el silencio nombra». Pero si esta definición pudiera ser aceptada por el creyente que va tras la búsqueda del encuentro con Dios, no da respuesta para aquel que se siente sólo y abandonado de la “mano de Dios”. Por tal razón, por la necesidad de abrir vías mas cercanas de acceso, otro teólogo, Urs von Balthasar (1905-1988) criticaba con estas palabras a muchos teólogos que no ofrecen esas respuestas posibles: «Representantes de una cobardía que es pasar de largo ante toda la angustia y el extravío de la época, sordos a sus llamadas quejosas, para seguir desarrollando una teología de sonriente serenidad, desprendida del presente». Entonces, la teología es el estudio del hombre «que consiste no tanto en mirar a Dios cuanto en mirar el mundo con la mirada de Dios». Esto puede sonar a palabrería vacua, lo que se propone decir es que el intento de aproximarse a Dios no logra su apresamiento, sino que es una experiencia que percibe la transparencia de las cosas al ser vistas con otra mirada.

La cita de Yupanqui, de claro origen oriental, coloca el acento en la imposibilidad de hablar de Dios y esta imposibilidad radica en el concepto misterio, es decir aquello que es imposible conocer. Pero, la cultura moderna (perdón por las reiteradas veces que vuelvo a ella, pero es la referencia obligada), alucinada por los grandes avances de la ciencia en el terreno de la física, creyó poder descartar la posibilidad de una dimensión vedada al conocimiento humano, convencida y amparada en la máxima galileana que reza: «todo lo que se pueda conocerse debe conocerse, todo lo que pueda producirse debe producirse», dejando lo que no se lograse hoy al seguro develamiento posterior. Esta operación de la conciencia logró expulsar la fe como modo de conocimiento, pero la terrenalizó en su dimensión temporal hacia un futuro que no quedaba demostrado racionalmente como certeza de conocimiento. La fe vertical y teológica quedó convertida en fe científica, pero fe al fin. Y en última instancia, si persistiera el misterio, se debería a un problema mal planteado o inexistente como tal. Este clima de certezas soliviantó la conciencia de los hombres a partir del Renacimiento y llegó a su máxima expresión en los ilustrados del siglo XVIII.

Si la tradición oriental, probablemente el budismo como uno de sus modelos más cercanos a remitirse al silencio de Dios, entendió y aceptó esa imposibilidad de decir algo acerca de ese misterio, la tradición judeo-cristiana lo planteó de otro modo reconociéndole al humano, imagen y semejanza, la capacidad de desentrañar parte de ese misterio. Por lo menos, intentar una interpretación de él, tomando como referencia ciertas manifestaciones, iluminaciones, aperturas de la conciencia humana, que los rabinos entendieron como una revelación, como ya dije anteriormente y remito a ello. La tradición oriental ha mantenido un gran desprecio por la vida terrena y una sobrevaloración de una vida posterior, se manifieste de cualquier manera que sea según las diversas corrientes religiosas. A diferencia de esta, los hebreos valorizaron mucho la vida terrena y dentro de ella su forma privilegiada: la humana. El hombre había sido el fin de toda la creación y la obra cumbre. Esta primacía, que no se encuentra en la cultura helena tal vez por su origen ario, abría el campo de la reflexión sobre el tema del hombre, diríamos hoy con lenguaje moderno a una antropología, disciplina de origen y cultivo occidental heredada de la vertiente semita. El tema del hombre y de la vida en la tierra como legado de Dios otorgó a este pensamiento un papel central en la sabiduría. Cabe agregar que el humanismo renacentista es hijo directo de esta concepción judeo-cristiana, fue por ello esencialmente un humanismo cristiano, que no se ha podido encontrar en otras culturas de la época, ni anteriores a ella .

Sin embargo, la dificultad que encierra el tratamiento del tema Dios no escapa a la conciencia de nuestros mejores teólogos, sobretodo el problema del lenguaje humano y sus limitaciones, lo que lleva González Faus a decir: «podemos añadir tranquilamente que, por supuesto, la mente humana no puede pensar ni hablar de Dios más que categorizándolo. Los hombres no podemos superar esta limitación, pero al menos podemos ser conscientes de ella y detectarla cuando actúa». Esta toma de conciencia debe funcionar como una advertencia respecto a no excederse en lo que se dice. Si se recuerda la afirmación de este teólogo, respecto al conocimiento exagerado de otros, se entenderá mejor lo afirmado. 

Por lo dicho hasta ahora partamos de la afirmación de González Faus: «Yo vengo de una cultura que tiene más preguntas que respuestas. Sólo tomando en serio esas preguntas tiene sentido la esperanza, porque para las preguntas para andar por casa basta con el optimismo de la razón. Y eso ya sabemos a dónde nos lleva». Nos está empujando a hacernos cargo del menosprecio de la modernidad respecto de muchas de las preguntas que fueron tiradas al cesto de la basura, por inútiles, sin sentido, inservibles, improductivas, infecundas, y, por todas estas razones, abandonadas. Pero la conciencia humana guarda en lo profundo exigencias de modos de comprensión más abarcadores que la linealidad de la razón científica. La filosofía y la teología, digo una vez más, se hicieron cargo durante siglos de la búsqueda de respuestas posibles que tranquilizaran esa conciencia, y las respuestas encontradas, con todas sus limitaciones, obraron como un bálsamo. Entonces, el avance arrollador de la ciencia impuso un solo modo de responder y éste no podía hacerse cargo de esas preguntas. Por eso dice nuestro teólogo «Y eso ya sabemos a dónde nos lleva», sobre esto ya algo quedó dicho.

Volvemos a encontrarnos con la tarea que desarrollan los que intentan dar esas respuestas hoy desde la ortodoxia dogmatizada, en gran parte de los casos, para las que se hace necesario los esfuerzos sobrehumanos para aceptarlas. Entonces, ese hombre de hoy que sigue preguntando debe acallar la conciencia ante la experiencia de una ortodoxia vetusta, que sigue hablando sin darse cuenta que ya llegamos a los comienzos del siglo XXI, y que los argumentos medievales carecen de sustentabilidad y que la magia es poco creíble. Siento que toda esa gente está desamparada en su búsqueda de una trascendencia que no se estrelle contra el avance de la ciencia, ni deba cobijarse en un pasado fundamentalista. Es necesario que la fe se desentienda de ambas cargas y enfrente desde su profunda sabiduría un modo distinto de creer mucho más humano. Debemos tomar como punto de partida una doble intromisión que González Faus la plantea así: «Si los teólogos habían querido absorber el campo de decisión científica, los científicos invadieron muchas veces el campo no sólo de la teología, sino de la filosofía, al erigir la ciencia en única forma de conocimiento y única posibilidad de afirmación para el hombre». Es decir, si durante siglos la Biblia fue la única explicación aceptada sobre el funcionamiento del cosmos y de la naturaleza, los últimos siglos la ciencia intentó ser la única explicación del mundo de lo meta-físico (de lo que está meta=más allá; físico=mundo material). Ambos excesos nos han dejado ante la profunda duda de qué debemos aceptar y creer. Optar por una de las dos posibilidades, como únicas posibles, es la razón de la encrucijada en que se encuentra el hombre de hoy.

Superar esa dicotomía nos exige comprender y aceptar la dificultad que señala nuestro teólogo: «El drama de la teología es que a la fe le interesa lo meta-físico, pero este campo de interés no puede expresarse sino con lenguajes físicos. Y el drama de la ciencia es que a ella le interesa lo físico, pero este campo de interés no puede expresarse sino con implicancias metafísicas». Veremos más adelante como la ciencia física ha llegado a un límite en el que el lenguaje clásico no le alcanza para hablar de lo que va descubriendo, pero otro tanto le ocurre al lenguaje teológico. Entonces, me parece oportuno recurrir a la siguiente reflexión que nos ofrece el sacerdote español, Enrique Martínez Lozano, psicólogo y teólogo: «Hemos llegado, pues, al punto decisivo, para éste y para otros tantos asuntos. Y, a mi modo de ver, la solución pasa por abandonar la arrogante pretensión de poseer la verdad absoluta, para percibirnos todos como buscadores de la misma. ¿Esto provoca inseguridad? Sólo a quien se aferra a una seguridad cerebral. Pero, por otro lado, ¿no es necesariamente insegura la condición humana? Bajemos de los púlpitos, para empezar a descubrir que la verdad no es algo que se tiene en la cabeza -en fórmulas aprendidas y en dogmas repetidos- sino algo que se vive en un comportamiento humano de calidad». Lenguaje llamativo pero que apunta hacia una salida posible de esta discusión que se ha quedado encerrada en los moldes del siglo XVIII francés, el de los Iluministas.

Sigue nuestro pensador: «Si lo que ocurrió con la Modernidad fue que todo lo espiritual fue reprimido, la salida pasa por la des- represión. La Modernidad lo reprimió porque el nivel mítico de Dios era terrible y el daño provocado por la Iglesia en nombre de ese Dios, espantoso; la Ilustración lo rechazó. “Recordad las crueldades”, era el lema de Voltaire. El error grave de la Modernidad consistió en que identificó todo lo religioso con aquella divinidad mítica institucionalizada en la Iglesia medieval. Ello condujo a una descalificación de lo espiritual y, consiguientemente, a un tremendo empobrecimiento de lo humano». Debemos reparar en estas palabras, volverlas a leer para recuperar una sana crítica a las verdades en las que quedaron encerradas tanto la defensa del nuevo paradigma de la modernidad frente a la defensa cerril de una iglesia que se negaba a ver el nuevo camino que se abría para el hombre.
Creo que hemos llegado a un punto de nuestro recorrido en el que se nos torna imprescindible hablar de un concepto que se puso de moda a fines de los sesenta con el libro de Thomas S. Kuhn (1922-1996), destacado epistemólogo estadounidense, quien sostuvo la necesidad de analizar toda respuesta científica dentro del paradigma dentro del cual fue formulada. Un paradigma puede ser definido como una especie de teoría general que, por su amplitud, cobija dentro de sí una gran parte de los fenómenos conocidos y puede proporcionar respuestas útiles dentro del contexto en el que son formuladas. Funciona como una especie de filtro a través del cual se seleccionan los datos que aparecen como coherentes para comprender una realidad, aquella que queda configurada por ese paradigma. Ya vimos como el famoso giro copernicano significó toda una reestructuración del saber cosmológico y alteró el marco de verdades válidas hasta entonces. Otro tanto sucedió siglos después con la teoría cuántica y su principio de incertidumbre del físico alemán Werner Karl Heisenberg (1901-1976). 

Pero, en un sentido más abarcador, podemos utilizar este concepto para comprender los diferentes modos con los cuales la conciencia humana dio respuestas a sus interrogantes a lo largo de la historia humana. Una cultura, en el sentido más amplio, es un paradigma, es decir es un marco conceptual que nos brinda respuestas aceptables para cada época a las preguntas de los hombres de esas etapas de la evolución. Esto nos está advirtiendo, entonces, acera de que lo que entendemos por verdad es una aproximación histórica (situada en un tiempo y en un espacio geográfico) necesaria y aceptable para el nivel de los conocimientos de esa cultura. Esto significa que la verdad es siempre relativa (no confundir con el relativismo) a la situación histórica dentro de la cual se plantea la pregunta y se encuentra la respuesta. La historia nos da abundante material para comprobar lo dicho. Esa es la razón que debemos tener en cuenta cuando sostenemos nuestra verdad, que es, por lo tanto, relativa en varios niveles: lo es en cuanto a mi biografía personal, a la cultura a la que pertenezco, a la historia dentro de la cual se ha desarrollado esa cultura. Nosotros nacemos en una situación que no depende de nuestra voluntad y que, a partir de nuestro nacimiento, funciona como marco de referencia de los valores y perspectivas que tendremos como límites de nuestro pensar y saber. Cuantos más seamos conscientes de esta limitación, más libres seremos puesto que ignorar estas limitaciones nos empuja hacia un fundamentalismo insano. El sabernos limitados nos impone la necesidad de ser humildes, pero al mismo tiempo críticos a nuestros saberes y creencias. Todo saber, para todos los humanos, funciona sostenido por un cimiento de pre-supuestos que son culturales, históricos, que de no ser detectados impiden comprender el contenido de relatividad que contienen.

Ver también:

Narcohistorias de mujeres en Chile: Todo queda en familia

Javiera Carmona Jiménez

Si el narcotráfico no fuese una red que hoy cubre todo el planeta y que se instala en la vida cotidiana de millones de personas, en miles de ciudades, Gema Silva no tendría sus propias narcohistorias que contar. Son los relatos de las mujeres de su familia, que de una u otra forma, voluntaria o de manera inconsciente, contribuyen a perpetuar un sistema criminal que cobra vidas en todo Chile.

“Aunque mi hermana sufría de cáncer y tenía problemas con el alcohol, cuando me avisaron por teléfono que estaba muerta yo pensé que había pasado algo raro”, recordó Gema Silva mientras sus ojitos verdes se perdían en el agua oscura de la taza de té. La policía dijo que Begoña Silva, de 70 años, murió de un ataque al corazón, a las 8 de la mañana, el sábado 5 de abril de 2008. La encontraron a eso de las 9, sentada en una esquina del patio delantero de su casa, con una botella de vino en la mano.

Begoña vivía en la población Tristán Matta, en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, al sur de Santiago. En el sector sur de la capital es donde ocurren la mayor cantidad de homicidios de todo Santiago. “Esto es el Brooklyn”, dijo una vez el jefe de Delitos Sexuales y Violentos de la Fiscalía Sur de Santiago, Pedro Orthusteguy. En el 2007 hubo 610 homicidios en todo Santiago, y 216 sucedieron en la zona sur. Pero el barrio en el que vivía Begoña no es conocido como un lugar peligroso.

Según la policía, Begoña se levantó temprano ese sábado de otoño. Sin abrigarse, salió al patio con la botella en la mano. Estando afuera se sintió mal, se recostó en la pared y lentamente se agachó por el dolor en el pecho, hasta quedar sentada en el piso, sin soltar la botella. La muerte de Begoña es un caso cerrado.

Pero para Gema “las cosas a veces no son como parecen”: Begoña no era buena para madrugar (como bebía mucho, por lo general se acostaba y levantaba tarde), rara vez salía al patio, y menos aún sin chaleco a esa hora de la mañana. “Begoña prefería ganar la plata fácil”. Gema lo dijo como reprochándoselo a la muerta. Pero Begoña no podía trabajar porque pasaba borracha. A veces se quejaba de fuertes dolores al tragar pues llevaba un par de años sin controlarse el cáncer a la tiroides que padecía desde los 17 años. Había perdido mucho peso y Gema sufría al verla borracha y disminuida. Begoña ya no era la mujer grandota de antes. Tal vez el vino le ayudaba a soportar el malestar, o puede que fuera parte de su propia terapia de resignación para olvidar que de todas maneras se estaba muriendo.

Begoña recibía 30 mil pesos mensuales (casi 55 dólares) por cuidar en su casa a Rebeca, la hija de su pareja. Rebeca era una joven de unos 25 años, flaca, delgada y con retardo mental, lo que la hacía comportarse como una niña de 8 años. En realidad, no eran muchas las opciones de Begoña para sobrevivir: alquilar habitaciones en su casa (arrendaba una), dedicarse al comercio ambulante (no le interesó), la prostitución (estaba muy vieja) o entrar al microtráfico.

Como si en el té que sorbía mirara un álbum de fotos, Gema vio a su hermana. “La Beña era la hermana que más quería. Ahora sí me siento sola”.

1. Es peor en la casa que en la vía pública

El funeral de Begoña fue el domingo, al día siguiente de su muerte. Se presentaron al velorio una decena de vecinos y familiares. El único hijo de Begoña llegó manejando el taxi con el que trabaja. También estaba Raúl, la pareja de Begoña, y su hija Rebeca a la que todos miraban con lástima y se preguntaban –incluyendo el propio Raúl– quién la cuidaría ahora.

En un principio, Gema pensó que a Begoña la había matado Raúl. “Como el hombre siempre le pegaba, y la dejaba toda moreteada, yo pensé que esta vez se le había pasado la mano”. Begoña nunca denunció a Raúl en Carabineros. Tal vez pensó que no le iban a creer porque era alcohólica y todos lo sabían, hasta la policía.

Gema en cambio ha denunciado a su marido unas cinco veces. “Un día me cansé de que Alfredo me pegara. Agarré a mis dos chiquillos y me fui a la casa de mis papás. Eso fue hace más de 40 años. Después viví sola con mis hijos y nietos. Cuando éramos novios no nos veíamos en la noche sino durante el día. Yo no sabía que Alfredo bebía hasta que nos casamos. Ahí supe cómo era él en realidad. Salía todas las noches, pasaba días sin llegar a la casa, se gastaba su sueldo en juergas. Lo peor es que cuando está borracho se vuelve loco y le da contra mí”. Alfredo ha vivido los últimos 10 años en la misma casa que Gema, pero en una habitación aparte.

Una noche del 2006, mientras Gema veía la telenovela mexicana “Rubí”, Alfredo rompió la puerta del dormitorio y entró con una pistola para matarla, como si saliera de la propia televisión. Temprano, uno de sus nietos le había dicho a Gema que su abuelo tenía un arma en el patio y ella se lo contó a su hijo. Pero nadie hizo nada. Cuando en la noche Alfredo atacó a Gema con el arma, Alfredo hijo entró en la habitación de su madre, tomó la pistola y llamó a la policía. Alfredo padre estuvo unos días detenido por porte ilegal de arma y regresó a la casa “como si nada”, cuenta Gema.

La noche de Año Nuevo de 2007, Alfredo y Gema quedaron solos en la casa y él de nuevo la atacó. Esa vez le fracturó una mano y Gema estuvo seis meses sin trabajar. “Justo esa semana me había dicho que cuando se muriera me iba a dejar todos sus ahorros. Pero el día anterior yo fui a pedir hora para operarme las cataratas y me enteré que el infeliz me había sacado de su plan de seguro de salud”. El tribunal dictaminó que Alfredo no se podía acercar a menos de 100 metros de Gema, pero siguió viviendo en la casa con ella. “Es que a mí me da pena que esté tirado en la calle ¿dónde más podría vivir?”, se preguntaba Gema.

En marzo de 2009, Alfredo llegó borracho a la casa y con machete en mano le gritó que ahora sí la iba a matar. Gema se encerró en su cuarto y buscó desesperada su teléfono celular para llamar a los Carabineros. “Nunca había sentido tanto miedo.

Temblaba sin parar, sentía que el corazón se me salía del pecho y lloraba. Marqué el 133 y me contestó una señorita que no entendió nada de lo que yo decía. Así estaría de nerviosa. Me dijo ‘señora cálmese y dígame qué pasa’. Yo no pude decir nada. Así que puse el teléfono en la ventana para que ella misma escuchara lo que me gritaba el hombre. Luego la señorita me dijo ‘no se preocupe que ya salió una unidad para allá’. A los cinco minutos llegaron dos patrullas y el hombre se fue a esconder a su dormitorio. Los Carabineros me dijeron que si no encontraban un arma o algo que demostrara que me estaba agrediendo no se lo podían llevar preso. Alfredo se hacía el tonto. ‘¿qué pasa señores Carabineros?, ¿qué buscan?’, decía el desgraciado. Yo me di cuenta que él estaba muy parado junto a una mesita, casi sin moverse. Así que me acerqué, un policía lo corrió y yo pude revisar hasta que encontré envuelto en un trapo el machete y se lo mostré al Carabinero. ‘¿Qué es esta guevá?’ dijo sorprendido el oficial. ‘Esposen a este hombre’, mandó el policía y así se lo llevaron”. Gema hizo su declaración y por fin comenzó el juicio contra Alfredo. Ahora no puede acercase a ella a menos de un kilómetro. Alfredo hijo lo sacó de la casa y se lo mandó a su hermana Adela que vive en Valparaíso. En tanto, Gema espera que el juicio avance, pero estos casos se dilatan. Las audiencias preparatorias demoran entre seis y ocho meses, lapso en que a veces ya han muerto las denunciantes. Además, los jueces interpretan de manera muy dispar una ley que ya es alambicada, sostiene el abogado Alejandro Lecaros.

Carlos Flores trabaja hace más de una década litigando casos civiles y sostiene que con la actual legislación “los delitos cometidos dentro del hogar quedan prácticamente impunes, lo que no sucedería si los mismos ataques, entre las mismas personas, se perpetraran fuera del hogar. Las personas que sufren la violencia en sus propios hogares están más desprotegidas que si estuvieran en la vía pública, lo que constituye un absurdo”.

En el año 2005 aparecieron en Chile los nuevos Tribunales de Familia para instruir juicios de divorcio y causas por violencia intrafamiliar de manera eficiente, especializada y humana. A los tres meses los tribunales colapsaron. De las 160 mil causas con que comenzaron pasaron a más de 400 mil y dejó en evidencia un diseño defectuoso, implementación deficiente y recursos insuficientes. Para gente como Gema, la reforma procesal penal fue un acto de gatopardismo: cambiar todo para que no cambie nada.
“No sé si Begoña creyó que mi esposo me mataría a mí primero, pero yo sí pensé que a ella la mataría Raúl. Mira las cosas que a uno le pasan por la cabeza. Por eso, cuando me dijeron que la Beña estaba muerta yo pensé en Raúl. Después fue que lo relacioné con el asunto de las drogas”.

2. Culpa, crispación y disimulo

Adela, la hija mayor de Gema, vistió el cuerpo de Begoña. La peinó con esmero y le puso un poco de rubor en las mejillas. “Ella fue la que se dio cuenta que la cara de mi hermana estaba llena de moretones. También vio que tenía un corte en la cabeza. Pero lo que más le llamó la atención fue lo hediondo del cuerpo de Begoña”. La muerte siempre huele mal.

“En el funeral de Begoña la que más lloraba era Adela”, comentó Gema. Era posible que Adela se sintiera un poco culpable de la muerte de Begoña. Cinco años atrás, el marido de Adela, Fabián, le pasó a la Beña unos papelillos para que los vendiera. Ella siempre necesitaba dinero y él la ayudó a resolver su problema. “A lo mejor Fabián pensó que con meterla a vender cocaína le estaba haciendo un favor.

Pero fue peor el remedio que la enfermedad”, piensa Gema. “Además, mi yerno es un delincuente y no puede pensar en otra forma de ayudar a alguien que no sea haciendo cosas malas. A él tampoco se le da la gana de salir a trabajar aunque mi hija se lo pida todos los días”. Fabián es drogadicto desde los 13 años.

Ni vecinos ni parientes le contaron a la policía que la noche del viernes escucharon a Begoña discutiendo con un hombre. Tampoco mencionaron que la puerta de la calle estuvo abierta toda la noche y la madrugada. Gema tampoco relató que al llegar a la casa de su hermana revisó su habitación y encontró unos papelillos de falopa que tiró en el baño.

Gema Silva y los habitantes del barrio tienen una teoría sobre la muerte de Begoña distinta a la de la policía, y que es más o menos la misma explicación para decenas de muertes violentas que ocurren en Santiago cada año: esa noche llegó un muchacho a la casa de Begoña pidiendo cocaína, pero sin dinero para pagar. Begoña estaba un poco borracha, y no le dio lo que pedía. Descontrolado, el hombre entró a la fuerza buscando drogas y algo de dinero. Begoña lo enfrentó, forcejearon un poco y el hombre la mató. Después la dejó sentada en una esquina del patio, con la botella en la mano, para que pareciera un accidente típico de alcohólica. De paso, le robó la poca plata que tenía pero no encontró el escondite en el que guardaba los papelillos.

Muchas veces Gema le dijo a la Beña que se dejara de vender droga porque era muy peligroso. Ella le contestaba, con su voz ronca por el cáncer, “qué me va a pasar si es muy poquito lo que vendo”. La Beña más o menos percibía el riesgo del negocio, por eso sólo le vendía a conocidos, como si esa medida ofreciera alguna garantía.

La policía simplificó lo suficiente el caso de Begoña como para dejarlo en la estadística nacional sobre enfermedades y problemas relacionados con la salud, en lugar de agregarlo al registro de muertes vinculadas al narcotráfico. Las nóminas oficiales suelen ser más oficiales que reales.

En Chile no hay coincidencia entre las estadísticas sobre muertes violentas entre el Ministerio Público, División de Seguridad Pública del Ministerio del Interior y el Servicio Médico Legal. Cada uno recolecta la información de manera distinta y concluyen de manera contradictoria en alzas y retrocesos de las muertes violentas del país para un mismo período, reveló un estudio del 2008 del Centro de Investigación e Información Periodística (CIPER). Según las fiscalías de la Región Metropolitana en el 2007 hubo una baja de 2,4 por ciento en las muertes violentas reportadas en Santiago, en comparación con el año anterior. Pero el Servicio Médico Legal revela que los homicidios aumentaron de manera sostenida en los últimos diez años, alza que llega a un 25.5 por ciento a nivel nacional.

El estudio del CIPER muestra, por ejemplo, que en los recuentos del Ministerio Público hay casos que dejan dudas; primero aparecen en la categoría de “muerte y hallazgo de cadáveres” pero en el transcurso de la investigación se concluye que hubo participación de terceros y no cambian de categoría. También están los casos de “lesiones graves”, tan graves que al llegar al centro de atención de salud terminan en muerte, pero quedaron registradas como lesiones graves y no como asesinatos. Como la muerte de Begoña, deben haber más casos que al escarbar un poco conducen a una narcohistoria; relatos que no aparecieron en la prensa al día siguiente y que quedaron cristalizadas entre las “muertes naturales” del 2008. Chile está muy lejos de los 5 mil asesinatos relacionados con narcotráfico que se registraron en México en el 2008. Sin embargo, las 600 muertes anuales en Santiago indican que ya no hay lugares totalmente libres de la narcoviolencia.

“Yo pienso que a la Beña no le parecía tan malo lo que hacía porque en nuestra familia, por el lado de mi papá, siempre ha habido alguien metido en drogas. Yo no sé cómo mi papá no cayó en eso. En todo caso, por suerte, yo salí más parecida a mi mamá”. Aunque no lo diga, Gema también se da cuenta de que el tema de las drogas ya no sólo viene del lado del “papá”. Si el narcotráfico no fuese una red que hoy cubre todo el planeta y que se instala en la vida cotidiana de millones de personas, en miles de ciudades, Gema no tendría sus propias narcohistorias que contar.

3. Casi una tradición familiar

Gema Silva cumplió el 21 de abril 75 años. Es una señora bajita –no pasa del metro y medio–, rellenita, de ojos verdes, pelo castaño claro entrecano y con una pequeña nariz respingada. Es bastante guapa, aunque le faltan casi todos los dientes de arriba. Su aspecto es el de una abuelita clase media alta, pero sus manos ásperas son las de mujeres que llevan años lavando platos y desinfectando baños. En la mano izquierda sigue usando su argolla de matrimonio con Alfredo. “Es que es la única joya que tengo y me parece bonita”, explica.

Desde que en los años 70 quebró la fábrica de brochas que le pertenecía a su padre y en la que trabajaba, Gema ha sido empleada doméstica, igual que su abuelita.

“Cuando tenía entre 3 y 4 años mi abuelita me llevaba a las casas donde limpiaba mientras mi mamá trabajaba o estaba embarazada de alguno de mis hermanos. Yo acompañaba a mi abuelita todo el día, ella me daba almuerzo, después la leche y un pancito con mantequilla. Así pasaban los días hasta que entré al colegio”.

A veces Gema sale a trabajar con su nieta Diana, la hija menor de Adela que tiene cinco años. A Diana le gusta ayudar a Gema echando todo lo que encuentra en el lavaplatos. Por lo general todo lo que tira adentro se quiebra y Gema le pide que mejor la ayude a sacudir y nada más. Diana es igual a Gema; tiene la misma nariz, la cara redonda y regordeta como su abuela, pero con los ojos oscuros y el pelo negro.

Es la versión de Gema en miniatura, y blanco y negro. La pregunta que ronda en el aire es si su vida seguirá tan parecida a la del resto de las mujeres de su familia.

Diana y sus dos hermanos, Fabiola de 16 y Andrés de 12 pasan largas temporadas en Santiago con su abuela cuando su papá “se pone loco” con la cocaína. Los niños interrumpen el colegio, dejan Valparaíso, y huyen de Fabián y Adela. “Yo me acuesto y me levanto pensando cómo estarán esos tres niñitos. Voy cada 15 días a verlos al puerto. Los llevo a comprar un helado, les regalo algo de vestir, le doy dinero a mi hija Adela para que compre comida y me regreso a Santiago. Ellos son para mí una angustia constante. Es como un hoyo que tengo en el corazón”, dice Gema.

El año 2006 Gema estuvo a punto de denunciar a Fabián a la policía. Desde un teléfono público llamó al 135, la línea de denuncias de Carabineros, pero cuando le contestaron le dio miedo y colgó. “Lo que pasa es que aunque uno no diga su nombre esta gente siempre sabe quién los acusó. Si el hombre sabe que fui yo es capaz de mandarme a matar. Y si yo me muero ¿qué será de los tres niños?”, se pregunta Gema, con tanto miedo aún como para contar su historia con su verdadero nombre. 

Los residentes del pasaje también sabían que Begoña vendía drogas en su casa, pero nadie la delató aunque hay un convenio entre la Municipalidad de Pedro Aguirre Cerda y el Centro Jurídico Antidrogas para apoyar y proteger a los vecinos del sector que denuncien a los traficantes en forma anónima. Según Gema, los vecinos la estimaban y hasta lamentaron su muerte. Begoña nunca tuvo problemas con nadie, a diferencia de Angélica, la otra hermana de Gema, alcohólica y adicta a la pasta base, a la que los vecinos viven denunciando por agresión, robo, ingesta de alcohol en la vía pública, amenazas, etc.

“Cuando viví con mis hermanas y mi madre viejita cada tarde regresaba del trabajo con el corazón apretado pensando en que algo malo le habría pasado a mi mamá.

De repente la encontraba tirada en el piso de su dormitorio porque Angélica le había pegado y después mi mamá no había podido levantarse. Ella podía pasar toda la tarde en el piso, mojada de pipí y con hambre, sin que nadie la ayudara. Angélica dormía de día y de noche se drogaba o emborrachaba y salía a robar. Begoña pasaba borracha también, así que tampoco era mucho lo que colaboraba. Yo vivía angustiada en esa casa hasta que mi mamá murió en el 2001 y me fui donde mi hijo Alfredo. Yo creo que Angélica se volvió loca de culpa con la muerte de mamá. Veía su fantasma por toda la casa y le lloraba pidiéndole perdón”, recuerda Gema. 

En 2005, por orden del tribunal Angélica estuvo un año en el Hospital Psiquiátrico, por pegarle en la calle a un vecino y a su novia. Después cayó presa en la Cárcel de Mujeres por robo en un supermercado y así entró a las estadísticas de reclusión femenina por robo, pero no por drogas. Ahora que murió Begoña, Angélica volvió a la casa. Sigue bebiendo y aspirando pasta base. “Yo no la visito ni le hablo. Sólo estoy esperando que se venda la casa para no verla más”, dijo Gema con desdén, como si hablara de un fantasma. En cambio, a Fabián todos le temen en su cuadra. Según estudios del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes (CONACE) el 97 por ciento de las personas que en Chile no denuncia a los traficantes que conoce es por temor a represalias, como Gema.

Unos meses después del intento de Gema por denunciarlo, la policía lo detuvo con unos papelillos en un operativo en las calles de Valparaíso. Fabián pasó tres meses preso porque además, la policía revisó la casa, a vista y paciencia de los tres niños y Adela, y halló mucha más droga.

En el año 2008, la policía informó 38.274 detenciones por infracción a la Ley de Drogas en todo el país. La mayor cantidad fue por porte (60.4 por ciento), seguido por tráfico (28.2) y consumo (8.5). A Fabián lo procesaron por porte y tráfico de drogas. En comparación con el año anterior, las detenciones aumentaron en un 52.1 por ciento, lo que equivale a 13.103 detenciones más que en el 2007. De las mujeres presas por drogas, las estadísticas indican que en Chile la mayoría está recluida por porte y tráfico.

De acuerdo al catastro anual de la Dirección Nacional de Gendarmería sobre los reclusos en las cárceles de Chile, más del 50 por ciento (incluyendo mujeres y hombres) están presos por razones asociadas a la venta ilegal de drogas. Del total de 56.986 presos en todo Chile para el 2008, 7.087 corresponden a casos por drogas.

En tanto, la población penal femenina del país alcanza las 4.030 mujeres, y 1.858 de ellas están presas por drogas, seguido por 1 mil acusadas de robo. Pero a estas alturas todas las cifras (de robo, homicidios, violencia) conducen a las drogas.

Adela le pidió a Aura, su hija mayor, que le diera nombres de abogados o le consiguiera alguien que pudiera representar a Fabián en el tribunal. Pero Aura, a punto de graduarse de abogada, no movió ni un dedo. Mientras, Gema le pedía a Dios que Fabián no saliera de la cárcel.

En 2006, Aura fue por última vez a visitar a sus tres hermanos en la casa de Valparaíso. Mientras tomaban un té Fabián le dijo en tono de burla “que bueno que tendremos una abogada en la familia para que me ayude por si me pasa algo”. Aura le contestó “ni pienses que te voy a ayudar. Yo voy a ser una abogada que defiende a gente decente y no a delincuentes como tú. Si pudiera te metería preso ahora mismo”.

Desde ese día Aura no pudo entrar más a la casa de sus hermanos en Valparaíso. En adelante se encontraba con ellos en una plaza o en casa de algún vecino.

Adela conoció a Fabián en los años 80, en la fábrica de zapatos en la que trabajaban. Ella era jefa del taller y él modelista de calzado. Nadie entiende cómo Adela se enamoró tan frenéticamente, al punto de dejar a su hija Aura de un año. “Mi hija entró al mundo de las drogas con ese hombre. Cuando lo conoció se transformó.

Ella fue siempre muy trabajadora pero con él empezó a drogarse y se perdía por días. En la noche él la iba a buscar a mi casa y yo en la ventana le tiraba agua con un balde, pero no se iba hasta que Adela saliera. Yo me hice cargo de Aura legalmente. Después Adela se fue a Valparaíso con él y tuvo tres hijos, pero nunca más se ocupó de Aura y ahora que es una mujer no se lo perdona a su madre y lo único que quiere es salvar a sus hermanos”.

Mientras Fabián estuvo preso, Adela vendió casi todos los muebles de la casa y pagó la fianza de 900 dólares. Al mes siguiente se hizo el juicio y lo sentenciaron a tres años de cárcel. Fabián no se presentó en el tribunal ni en las citaciones posteriores. Estuvo escondido en casa de unos amigos y después regresó a la casa de Valparaíso donde lo esperaba Adela con los niños. Nadie se explica por qué la policía todavía no ha ido a buscarlo si está prófugo.

4. Cosas de mujeres

En el verano, Fabiola (16) se cortó las venas y pasó su recuperación con Aura en Santiago. A la semana volvió a su casa de Valparaíso y sus padres estuvieron cariñosos con ella hasta que al cabo de un mes volvieron a beber, les pegaron a los dos hijos mayores y en medio de la noche los sacaron a empujones de la casa. Esta vez Fabiola se decidió a vivir con Aura y juntas fueron a la policía a denunciar a Fabián por maltrato. Aura (22) ya se graduó de abogada y pidió la custodia de sus tres hermanos. Pero ella bien sabe que puede pasar mucho tiempo antes que el tribunal decida. 

“Adela sabe que va a perder a sus hijos y eso la tiene triste. Sabe que tarde o temprano la policía atrapará a Fabián y se quedará sola. Yo le pedí tantas veces que lo abandonara y viviéramos juntas con los niños y Aura. Pero ella nunca lo quiso dejar, lo quiere. Ojalá que el hombre drogado no la mate antes que llegue la policía a buscarlo”, dice Gema, entre serena y resignada.

Las autoridades insisten con que Chile no es una “especie de paraíso de los narcotraficantes”, aunque ya está considerado entre las naciones “plataforma” de drogas desde Argentina hacia México y EE.UU. Según el informe anual del Departamento de Estado estadounidense, en el 2008 Chile tuvo la categoría de “país corredor para el narcotráfico”. Pero entre los “ires y venires” por el pasadizo intercontinental, más de algo se queda para los narco intermediarios locales.

En Chile el narcotráfico es una amenaza real mas no un hecho de alarma para las autoridades. En marzo de 2009 se dio a conocer el último informe de la Dirección de Seguridad Pública e Informaciones (DIPSI), organismo dependiente del Ministerio del Interior, en el que de manera escueta se indica que el narcotráfico en Chile está “en expansión”: hay mayor incautación de drogas, aumentó el volumen de cocaína que ingresa al territorio, se incrementó la oferta consistente de estupefacientes y el mercado está en crecimiento. El narcotráfico es inquietante en el mundo entero, y Chile no está blindado ante los “efectos colaterales negativos”, de la globalización, como es el narcomundo.

La policía chilena considera como microtraficante a una persona detenida a la que se le incauta una cantidad de droga que no supera los 999 gramos o unidades, según sea el caso. Desde este punto de vista, Begoña era apenas una pequeña microtraficante. Dentro del narconegocio, por lo general las mujeres ocupan los eslabones más bajos de la jerarquía criminal: son repartidoras, “burreras” (“muleras”) o abastecedoras minoritarias dentro de las cárceles y en la calle. Aunque hay pocos estudios sobre delincuencia femenina, en Chile se observa la misma tendencia de toda América Latina. La mayoría de las mujeres encarceladas es por uso, transporte y venta de drogas, afirma la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en un informe del 2008 titulado La cárcel: problemas y desafíos para las Américas.

Son pocos los casos de mujeres que logran llegar a la cima y dirigir una banda, como la mexicana Sandra Ávila Beltrán, conocida como “la Reina del Pacífico”, o la chilena Jessica Pérez Carranza, “la Keka”. A fines de 2004 “la Keka” acaparó las portadas de los diarios. Lideraba al menos tres bandas de ladrones y secuestradores de narcotraficantes en Santiago sur. Plagió a capos de la droga para luego exigir un rescate en dinero, joyas y drogas que volvía a traficar. A la Keka la llamaban también “la viuda negra” y la “mujer de los mil disfraces” porque varias de sus parejas murieron de manera extraña, y por su habilidad para hacerse pasar por detective de la policía para secuestrar a sus víctimas.

El día que la detuvieron, la Keka se paseaba por las afueras de la Penitenciaría de Santiago en una camioneta robada al municipio de San Joaquín, haciéndose pasar por abogada. Iba a visitar a alguien en la casa para pedirle un “encargo”.

“¿Se acuerda Usted de la tal Keka que cayó presa hace un año? Esa es una sobrina mía, pero por parte de padre”, explica Gema.

Javiera Carmona Jiménez nació en Santiago de Chile. Periodista, Magíster en Arqueología (Universidad de Chile) y Doctora (c) en Historia (Universidad de Chile). Ha hecho periodismo deportivo, científico y social en radio, prensa y televisión. En la actualidad es académica de la Universidad de Santiago de Chile. Este artículo fue publicado en el libro "¡Sin nosotras se les acaba la fiesta" [América Latina en perspectiva de género], publicado en Bogotá, 2009, por el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, Friedrich Ebert Stiftung y Artemisa Comunicación.

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Camino de un conflicto entre el conservatismo religioso y un director de cine (2008)


Jesús Dapena Botero (Esp
ecial para ARGENPRESS CULTURAL)

Director: Javier Fesser

Actores: Nera Camacho como Camino 
Carmen Elías como madre
Mariano Venancio como padre
Manuela Vellés como hermana

Guionista: Javier Fesser

Productor: Luis Manso, Jaume Roures

Música: Rafa Arnau, Mario Gosálvez

Fotografía: Alex Catalán

Montaje: Javier Fesser

Mi llegada a España está signada por una noticia: los obispos protestan por la presentación de un auto sacramental el día del Corpus Christie, en Toledo; están disgustados por la acción de los ateos, social-comunistas, del Ayuntamiento, que se han tomado la procesión con sus diablos y putas; consideran que son muchas las ofensas a la Iglesia ante la pasividad de tantos y algunos responden desde una posición antitética, que se quejan de las arbitrariedades del Poder Eclesiástico, en fin, una historia de nunca acabar.

Luego aparece otra situación polémica con el rechazo por parte de la Iglesia a la Educación para la Ciudadanía, como protesta porque se consideren asuntos para la discusión democrática, temas como el matrimonio homosexual y el aborto. Los ánimos se caldean. Unos están del lado de la Iglesia y protestan porque sus hijos reciban esta asignatura; otros dicen que sólo los enemigos de la democracia rechazan la Educación para la Ciudadanía.

Más adelante nos informan a los padres de familia del colegio, al que asiste mi hijo, que si hay tan sólo dos niños que reciben doctrina cristiana en el salón de aulas, no se puede dictar otra materia alternativa para los hijos de los incrédulos, sino que hay que darles una hora para hacer tareas.

¡Huele mal la cosa! Pareciera que se va gestando todo un clima de intolerancia en España, asunto que no deja de ser muy preocupante. 

Y en este contexto se estrena la película de Javier Fesser, presentada en el Festival de San Sebastián, el 17 de octubre del 2008, con gran ovación del público asistente, la cual el director declara que ha sido casi una obsesión que ha tenido desde largo tiempo atrás, desde cuando leyó el libro escrito por una monjita teresiana sobre una niña, que ahora anda en proceso de canonización, como ejemplo de virtud, promocionada por el Opus Dei.

Fesser mismo nos dice que llevaba muchos años tratando de madurar la historia y de contarla; que la cinta nacía de la necesidad de contar, en tanto y en cuanto, le interesan las personas, que ven la vida de una forma distinta a la suya. El cineasta piensa que en ocasiones tenemos que explorar lugares que no conocemos; yo se lo creo; parto de su buena fe para enfrentar un problema, tan delicado, como es la muerte de un adolescente, cosa que a los ojos de un incrédulo resulta absolutamente absurda. El director asegura que su propósito era hacer, con su paso de la comedia a la tragedia, un homenaje a una niña, quien le parecía un ser humano extraordinario, rodeado de sufrimiento, de dolor y capaz de morir en paz. ¡Vale!, como suelen decir tanto los españoles.

Pero, para continuar con términos hispánicos, ¡qué follón se ha armado! 

Y lo que pareciera tener un propósito respetuoso, objetivo y cariñoso de parte del cineasta, como lo ha declarado él mismo, ha terminado en su satanización; el mayor pecado de Fesser, como lo señala, el propio hermano de la niña, cuya agonía hace parte de los hechos reales en los que se basa la ficción cinematográfica, ha sido que al final, el cineasta le dedique a ella su película, cosa que perfectamente hubiera podido evitar si hubiese pensado que se puede acudir a la alusión, y que hay cosas que, por sabidas es mejor callarse, como reza el dicho.

Yo creo que sí; tal vez, ese fue su gran pecado; perfectamente hubiera podido omitir el nombre de la chica para no hacer público lo privado de una familia, que tanto sufrió con la enfermedad y la muerte de su niña; por ello, prefiero omitir el nombre de la pequeña. La defensa de Fesser ha sido argüir que en realidad, de verdad, basarse en hechos reales no es hacer una biografía. Y según el propio director lo que ha hecho es una ficción, que condensa varias historias de muchos niños que murieron, en aparente “olor de santidad”.

Yo pienso que hacer público lo privado de una familia resulta un tanto perverso, si lo miramos desde una perspectiva psicoanalítica. La posición que asume esta familia puede estar movida por mociones inconscientes, en contraposición con la actitud, a todas luces consciente de los sacerdotes vinculados con el Opus Dei, que quieren hacer de la niña un modelo de santidad, de acuerdo con los ideales de la Obra, toda una la resignación a los padres, que encuentra eco en la madre y en la hermana pero no en el padre, un hombre bastante afectuoso, más libidinoso y carnal, que su mujer alienada en una práctica religiosa, que termina por congelarla pues no podría decirse que en la madre y en la hermana no hubiera afecto; tal vez, de una forma un tanto patológica, ambas encuentran en el bastión de su religiosidad, una defensa contra el dolor generado por la impotencia ante la muerte de casi una niñita, una púber, quien apenas si empezaba a decirle adiós a la infancia, cuando llena de vitalidad empieza a sentirse atraída por otro muchachito, al que nunca pudo declarar su amor. El deseo no realizado la lleva entonces a soñarse como una niña vestida de rojo, quien satisfacer su vanidad, algo completamente comprensible en una adolescente, llena de deseos de amar y vivir.

Pero esa madre y esa hermana, impregnadas por la mentalidad de la Obra de Monseñor Escrivá de Balaguer, ¿qué otra cosa podrían ofrecerle a la pequeña para brindarle un sentido a su enfermedad y su muerte?

La chiquilla estaba condenada indefectiblemente a morir, por encima de los adelantos científicos, ya que las neoplasias óseas son de las más agresivas en los seres humanos.

De todas maneras, nadie se niega a los tratamientos posibles, ni siquiera la institución religiosa, la cual, aún ofrece sus recursos hospitalarios pero lo que resulta problemático es el furor santificador de los religiosos, quienes, a lo mejor también de buena fe, creen ofrecerle un premio a la familia, que tanto está sufriendo y a la que tanto aprecian, a costa también de hacer público lo privado, quienes, por su concepción religiosa, no pueden pensar que el vínculo con la divinidad es un asunto sumamente personal, un ejercicio del cristianismo más íntimo, que no busca los oropeles de la cristiandad establecida, sino en una ejercitación del cristianismo más existencial, a la manera del Søren Kierkegaard que condujo a Miguel de Unamuno, a la agonía del cristianismo, como parte del sentimiento trágico de la vida.

Bien pareciera ser suficiente entrar en la Iglesia triunfante como para que se haga público el supuesto encuentro con Dios. 

No pareciera resultar demasiado sancto destinar a una niña agonizante a ser un paradigma de santidad para los adolescentes de su edad, para hacer pura propaganda sectaria.

Pero lo cierto del caso fue que se creó una gran tensión entre los representantes del Opus Dei y el director, quien al final terminaría por defenderse con tanta fiereza como se sintiera atacado, para hacer emerger entonces el lado oscuro de su corazón, al asegurar que la película ha resultado tan irritante por mostrar de una forma nítida e inusual, la realidad de la institución creada por el santo español, sus contradicciones y el insostenible discurso de dicha institución religiosa.

Como en el Medioevo, todos empiezan a lanzarse anatemas. Fesser no puede comprender que los religiosos consideren que el tumor maligno sea voluntad de Dios y tal vez tampoco que la madre, en el momento en que la niña ha de dormirse, le rece al Ángel Guardián, esa figura tan cara a Monseñor Escrivá de Balaguer, para que no la desampare, ni de noche ni de día, para que no vaya a perderse, para que evite su condenación y la libre de sueños impuros y molestos. El ángel de la guarda pareciera que debería impedir que el demonio se apodere de ella pero esos trozos de oración operan como restos diurnos de angustiosas pesadillas, en las que el supuesto personaje bondadosa se convierte en una especie de ángel exterminador, como un superyó cruel que la persigue, para sancionar ese erotismo que empezaba a brotar de ese cuerpecito en conflicto con una moral invocadora de la Santa Pureza, que sanciona a la chica con el lanzamiento al hueco negro de la aniquilación. 

Fesser sí pareciera estar dispuesto a comprender el alma adolescente, como lo demuestra cuando se hace rapar la cabeza para volver lúdico, el procedimiento al que debe someterse la actriz protagónica, o cuando contiene la ansiedad de los niños, quienes, al ritmo de Tchaikowski, han de darse el primer beso de su vida. 

Lo que pasa es Fesser no puede entender de esas rigideces presentes en el mundo que rodea a su protagonista, ya que él mismo es padre y fue adolescente; él no puede comprende que el mundo adulto haga caso omiso y desoiga las terribles angustias de los muchachos y muchachas ante los cambios experimentados en esa unidad, que son la mente y el cuerpo, en la que de un lado despiertan las hormonas pero de otro se dan toda una serie de pérdidas, mientras el deseo puja por salir afuera del mundo familiar, hacia exogamia, situación representada con la presencia del chiquillo, ese otro Jesús profano, de carne y hueso de la confitería.

Tal vez, otra cosa que Fesser no pueda comprender que el padre sea descalificado como falto de fe, cuando se resiente por las circunstancias, ante la amenaza la pérdida de su querida niña.

El mismo director nos dice que él se identifica con ese hombre, aparentemente de poca convicción religiosa, permisivo con el amor, un hombre bastante natural, de carne y sangre y hueso, quien no se deja alienar en el rígido discurso espiritualista, en el que están atrapadas su mujer y su otra hija y que muere de una manera accidental, tal vez culpabilizado por un superyó cruel, ya que bien sabemos los psicoanalistas que muchos de esos accidentes absurdos tienen mucho que ver como una forma de dar solución a terribles conflictos internos.

Pudiera ser que se me juzgue de conciliador pero, lo que me preocupa es que de uno y otro lado de los protagonistas del conflicto, Fesser y el Opus Dei y, por ende, de la Iglesia Católica, lo que triunfe sea la polarización y la intolerancia, que empiezo a percibir en España, sin que se de una apertura al diálogo y al pluralismo y tal vez, es ahí, donde encuentro una explicación a mi reacción ante la película, que llegué a pensar que estuviera diseñada desde un estilo narrativo al estilo brechtiano, productor de un distanciamiento del espectador, lo cual entraba en contradicción con la del simpático y popular personaje de Cándida, esa otra creación del hermano de Javier, Guillermo Fesser, que nos dice en la televisión que lloró muchísimo al asistir a esta peli, ya que, yo también soy un espectador de llanto fácil, cosa que no me avergüenza, pero no lograba conmoverme sino que permanecía indiferente, a pesar de todo el despliegue tecnológico de la cinta, de sus ricas imágenes, de la magnífica dirección de actores, y de estar frente al drama y la tragedia de una familia. 

Me sorprendía mantenerme impertérrito, hasta tener que luchar contra el adormecimiento, pero ¿no sería que, más allá de la historieta del argumento, e ignorante del follón que se estaba armando, me preocupaba lo que a partir de la cinta pudiera producirse con este filme? El cual, por momentos me evocaba a Belleza Americana de Sam Mendes, con su gusto un tanto kitsch, ya fuera en las escenas oníricos o de la imagen del Monseñor Escrivá de Balaguer de la capilla, que contrasta con el gusto exquisito de los integrantes de su Obra y de otro lado con algo del tono siniestro de El código da Vinci. 

Jesús Dapena Botero es colombiano residente España.

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Fronteras y muros entre las personas

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay gente cuyos muros son tan gruesos que no experimentan una pizca de compasión; peor aún: confiesan que desprecian a los condenados de la tierra, los pobres. Alegan que los miserables merecen su destino, que ya sus genitores eran unos desordenados irresponsables: sólo podían generar miseria.

No se engañe: el muro siempre está ahí, marcando el límite, su límite y también el impuesto por los otros. Su propio muro tal vez sea más duro y grueso, una capa de polvo y plomo. No es insólito que lo impuesto por los otros tenga otra particularidad: presenta un foso protector. Entonces manos a la obra. Primero es necesario aliviar el muro personal; precisa ser algo más sutil, como si usted no precisase de ninguna armadura para ser un caballero andante, esos nobles que combatían las injusticias del mundo en otra época. No intente eliminar el muro más liviano; es parte de su piel, mas déjelo poroso; así facilita su propia respiración. Forma parte de sus fronteras naturales. Déjelo móvil, poco visible, como si formase parte de esa polvareda siempre suspendida en el aire que rodea el entorno de las personas. Estamos tan acostumbrados a esa polvareda ambiental que ya nos sorprendería ver a una persona sin esa neblina gris. Además, basta esa polvareda que impregna el ambiente para que usted permanezca a distancia de su próximo. 

Cuidado: jamás coloque un foso antes de sus fronteras: quedaría aún más aislado, un náufrago perdido en la inmensidad del océano. Es verdad que el prójimo se importa poco con usted, y cuando lo hace no siempre tiene las mejores intenciones, mas si los trata con respeto y gentileza acostumbran comportarse de manera similar, salvo si son matreros, sin consideración ni por el sufrimiento del buen Cristo -lo que no es insólito. El amor del prójimo, como usted ya sabe, tan invocado por el Nazareno, es un diamante raro, que todos buscan y pocos encuentran. ¿O usted ama a su prójimo? No, gusta de algunas personas, esas que le inspiran simpatía. La inmensa mayoría le es indiferente, ¿verdad? Sale de su indiferencia en aquellos momentos en que precisa compartir con sus colegas y los pocos amigos que honran su atrio interior. También en determinadas situaciones experimenta eso que enseñaba Buda y Cristo -compasión; sobre todo por los niños y por esos seres que el sistema social y su propia ignorancia condena a la esclavitud. Hay gente cuyos muros son tan gruesos que no experimentan una pizca de compasión; peor aún: confiesan que desprecian a los condenados de la tierra, los pobres. Alegan que los miserables merecen su destino, que ya sus genitores eran unos desordenados irresponsables: sólo podían generar miseria.

Quiero pensar que su muro protector es liviano, sutil, elástico, nada que tenga atrofiado su sensibilidad y su buena voluntad por el próximo. Porque si usted cierra sus fronteras con un muro macizo, pétreo, se tornará un cautivo de sí mismo.

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Música: desde España, Paco de Lucía

ARGENPRESS CULTURAL

“Paco de Lucía” es el nombre artístico de Francisco Sánchez Gómez, nacido en Algeciras, Cádiz, España, el 21 de diciembre de 1947. Cabe decir que es uno de los más grandes guitarristas de la música flamenca española, e igualmente un virtuoso de la guitarra como instrumento. Si hoy lo evocamos, en realidad es por su contribución al flamenco, del que fue un verdadero renovador. 

Como dice la enciclopedia virtual Wikipedia: “La mejor contribución de Paco de Lucía al flamenco es la de haber conseguido popularizarlo e internacionalizarlo, aunque ello haya supuesto muchas veces una merma de la pureza en el toque. Considerado como un espléndido intérprete por su virtuosismo y su personalísimo estilo que se puede definir como vigoroso y rítmico. Este estilo se manifiesta en la calidad de numerosas obras del artista. Entre ellas "Entre dos aguas" (rumba), "La Barrosa" (alegrías), "Barrio la Viña", "Homenaje al Niño Ricardo" (soleá), "Almoraima" (bulerías), "Guajiras de Lucía" y "Río Ancho" (rumba). Es meritorio además el esfuerzo que ha realizado este artista por dar a conocer el flamenco al público de fuera de España y por haberse atrevido a "darle otro aire" mezclándolo con otros estilos, que, aunque de estructuras melódicas y rítmicas diferentes, pueden congeniar bien con él. Paco de Lucía ha abierto el camino para este tipo de experimentaciones y fusiones del flamenco con diversas músicas, lo cual es sin duda encomiable”.

Justamente por esas innovaciones, para muchos “ortodoxos” de la música tradicional española, Paco de Lucía no es un verdadero representante del flamenco. Pero eso no quita que su obra haya significado un sustancial aporte a la cultura hispánica. Por lo pronto, y como reconocimiento a su legado, en el año 2004 recibió el Premio “Príncipe de Asturias de las Artes”. 

Su producción discográfica es vasta. A través de años de carrera artística ha grabado:

En Solitario:

1965. Paco de Lucia y Ricardo Modrego. Dos guitarras flamencas.
1965. Paco de Lucía y Ricardo Modrego. Dos guitarras flamencas en estéreo.
1965. Paco de Lucía y Ricardo Modrego. Doce canciones de García Lorca para guitarra.
1967. Paco de Lucía y Ramón de Algeciras. Dos guitarras flamencas en América Latina. 
1967. La fabulosa guitarra de Paco de Lucía.
1969. Hispanoamérica.
1969. Fantasía flamenca.
1971. Recital de guitarra.
1972. El duende flamenco.
1975. En vivo desde el teatro real.
1975. Fuente y caudal
1976. Almoraima
1978. Interpreta a Manuel de Falla.
1981. Castro Marín.
1981. Al Di Meola, John McLaughlin & Paco de Lucía. Friday night in San Francisco.
1981. Paco de Lucía & Sextet. Solo quiero caminar.
1983. Al Di Meola, John McLaughlin & Paco de Lucía. Passion, grace and fire.
1984. Paco de Lucía & Sextet. Live one summer night.
1987. Siroco.
1990. Zyryab.
1991. Concierto de Aranjuez.
1993. Paco de Lucía & Sextet. Live in America.
1996. Al Di Meola, John McLaughlin & Paco de Lucía. The guitar trio.
1998. Luzia.

Luego, con el “cantaor” flamenco Camarón de la Isla:

1969. Al verte las flores lloran.
1970. Cada vez que nos miramos
1971. Son tus ojos dos estrellas.
1972. Canastera.
1973. Caminito de Totana.
1974. Soy caminante.
1975. Arte y majestad.
1976. Rosa María.
1977. Castillo de Arena.
1981. Como el agua.
1983. Calle real.
1984. Viviré.
1991. Potro de rabia y miel.

Además de sus discos en solitario y los que grabó con Camarón de la Isla, Paco de Lucía ha colaborado con multitud de artistas en grabaciones y directos. La lista incluye a Fosforito, Enrique Montoya, El Lebrijano, Pepe de Lucia, Antonio el Sevillano, Chato de la Isla, Niña de Bretes, Pedro Iturralde o Vicente Amigo. 

A nivel internacional ha colaborado con músicos como Al di Meola y John McLaughlin, con los que ha hecho varias giras, o Bryan Adams. 

Para mostrar algo de su enorme producción, aquí ofrecemos tres obras: algo de flamenco, lo más típico de su toque por cierto; y dos obras igualmente españolísimas, pero de ámbito más académico, donde Paco de Lucía igualmente sorprende por su virtuosismo. 




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