sábado, 26 de septiembre de 2009

Escritos Corsarios

Pier Paolo Pasolini
(Traducción de Juan Vivanco, facilitada como colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL, desde España)

El ventenio de Berlusconi ha causado estupor desde sus comienzos. ¿Cómo fue posible que un magnate de los medios de comunicación, en poco más de un mes, formara un partido político y ganara unas elecciones? ¿Cómo es posible que la sociedad italiana tolere, y premie electoralmente, la combinación perfecta entre los intereses empresariales del Cavaliere y su función pública?
Para encontrar una respuesta no inmediata y trivial, sino meditada y honda, podemos acudir a los Escritos corsarios de Pasolini. Este libro, recopilación de artículos publicados en los años 1970, poco antes de su asesinato, sostiene fundamentalmente la tesis de que Italia estaba experimentando una verdadera mutación antropológica, inadvertida por sus propios actores. 
Ojalá la agudeza de Pasolini pueda inspirarnos para vislumbrar la evolución del laboratorio italiano (¿europeo?), tan grotesco como inquietante. Publicamos un extracto de la nueva traducción española del libro, de inminente publicación.

Escritos Corsarios
Pier Paolo Pasolini
Traducción de Juan Vivanco Gefaell
Ediciones del Oriente y el Mediterráneo
colección encuentros – serie comunicación 5
Año edición: 2009
ISBN: 978-84-96327-72-6

11 de julio de 1974. Ampliación del «boceto» sobre la revolución antropológica en Italia*
Pier Paolo Pasolini
Los intelectuales siempre tendemos a identificar la «cultura» con nuestra cultura, y por lo tanto la moral con nuestra moral y la ideología con nuestra ideología. Esto significa: 1) que no usamos la palabra «cultura» en el sentido científico; 2) que así expresamos cierto racismo irreducible hacia quienes tienen, precisamente, otra cultura. La verdad es que gracias a mi vida y mis estudios, he podido librarme bastante de caer en estos errores. Pero cuando Moravia me habla de gente (es decir, prácticamente todo el pueblo italiano) que vive en un nivel premoral y preideológico, me demuestra que ha caído de lleno en estos errores. Lo premoral y lo preideológico sólo existen si se supone la existencia de una sola moral y una sola ideología histórica justa; que sería la nuestra, la burguesa, la suya, de Moravia, o la mía, de Pasolini. Pero en realidad lo premoral y lo preideológico no existen. Simplemente existe otra cultura (la cultura popular) o una cultura anterior. Sobre estas culturas se implanta una nueva opción moral e ideológica: por ejemplo, la opción marxista, o bien la opción fascista.

Esta opción es fundamental. Pero no lo es todo. En efecto, tal como observa el propio Moravia, no debe juzgarse en sí misma, sino por sus resultados teóricos o prácticos (el cambio del mundo). ¿Cómo es posible que ciertas opciones justas ―por ejemplo, un marxismo maravillosamente ortodoxo― den unos resultados tan horriblemente equivocados? Exhorto a Moravia a pensar en Stalin. Por mi parte, no tengo la menor duda: los «crímenes» de Stalin son el resultado de la relación entre la opción política (el bolchevismo) y la cultura anterior de Stalin (es decir, lo que Moravia llama, con desprecio, premoral o preideológico). Por otro lado, no hace falta recurrir a Stalin, a su opción justa y a su fondo cultural campesino, clerical y bárbaro. Hay infinidad de ejemplos. Yo también, según Maurizio Ferrara (que me hace en L’Unità la misma crítica que Moravia, es decir, me recuerda severamente el valor esencial y definitivo de la opción), he escogido una opción justa, pero la he aplicado mal, según parece a causa de mi irracionalidad cultural, es decir, de la cultura anterior en la que me he formado.

Ahora vamos a multiplicar por millones estos casos individuales. Millones de italianos han hecho su elección (bastante esquemática): por ejemplo, millones de italianos han optado por el marxismo, o al menos por el progresismo, mientras que otros millones de italianos han escogido el clericalfascismo. Estas opciones, como ocurre siempre, están incluidas en una cultura. Que es, precisamente, la cultura de los italianos. Pero mientras tanto la cultura de los italianos ha cambiado por completo. No, no lo ha hecho en las ideas expresadas, en la enseñanza, en los valores defendidos conscientemente. Por ejemplo, un fascista «modernísimo», es decir, motivado por la expansión económica italiana y extranjera, sigue leyendo a Evola. La cultura italiana ha cambiado en la vivencia, en lo existencial, en lo concreto. El cambio consiste en que la vieja cultura de clase (con sus divisiones netas: cultura de la clase dominada, o popular, y cultura de la clase dominante, o burguesa, cultura de las minorías selectas) ha dado paso a una nueva cultura interclasista que se expresa a través del modo de ser de los italianos, a través de su nueva calidad de vida. Las opciones políticas que se nutrían del viejo mantillo cultural eran una cosa, las que se nutren de este nuevo mantillo cultural son otra. Un obrero o un campesino marxista de los años cuarenta o cincuenta, en el supuesto de una victoria revolucionaria, habría cambiado el mundo de una forma; hoy, en el mismo supuesto, lo cambiaría de otra forma. No quiero hacer profecías, pero no oculto que soy desesperadamente pesimista. El que ha manipulado y transformado radicalmente (antropológicamente) a las grandes masas campesinas y obreras italianas es un nuevo poder que me cuesta definir, aunque estoy convencido de que es el más violento y totalitario de la historia, pues cambia la naturaleza de la gente, entra en lo más hondo de las conciencias. Por lo tanto, bajo las opciones conscientes, hay una opción cautiva, «ya común a todos los italianos», que no puede dejar de deformar las otras.

(…)

Fue la propaganda televisiva del nuevo tipo de vida «hedonista» lo que determinó el triunfo del «no» en el referendo. Porque no hay nada menos idealista y religioso que el mundo televisivo. Es verdad que durante todos estos años la censura televisiva ha sido una censura vaticana. Pero el Vaticano no ha comprendido qué debía censurar. Por ejemplo, debía censurar Carosello, porque es en Carosello donde se exhibe, omnipotente, nítido, tajante, perentorio, el nuevo tipo de vida que los italianos han de imitar. Y no es precisamente un tipo de vida en el que pinte algo la religión. Por otro lado, los programas de carácter específicamente religioso de la televisión son tan aburridos, tan sumamente inexpresivos, que lo mejor que habría podido hacer el Vaticano era censurarlos todos. El bombardeo ideológico televisivo no es explícito: está en las cosas, es indirecto. Pero nunca se ha podido propagar con tanta eficacia un «modelo de vida» como con la televisión. El tipo de hombre o mujer que cuenta, que es moderno, que debe imitarse y lograrse, no se describe o ensalza, ¡se representa! El lenguaje de la televisión es, por naturaleza, un lenguaje físico-mímico, el lenguaje del comportamiento. Que es trasladado sin más, sin mediaciones, al lenguaje físico-mímico y al lenguaje del comportamiento en la realidad. Los héroes de la propaganda televisiva ―jóvenes en moto, chicas al lado de dentífricos― proliferan en millones de héroes semejantes en la realidad.

Justamente por ser totalmente pragmática, la propaganda televisiva representa el aspecto acomodaticio de la nueva ideología hedonista, y por lo tanto es enormemente eficaz.

Si en todos estos años la televisión ha estado al servicio de la Democracia Cristiana y el Vaticano en el plano de la voluntad y la conciencia, en el plano involuntario e inconsciente, por el contrario, se ha puesto al servicio del nuevo poder, que ya no coincide ideológicamente con la Democracia Cristiana y no sabe qué hacer con el Vaticano.

(…)

Lo que más impresiona cuando se pasea por una ciudad de la Unión Soviética es la uniformidad de la muchedumbre: nunca se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. El «sistema de los signos» del lenguaje físico-mímico, en una ciudad rusa, no tiene variantes, es totalmente idéntico en todos. ¿Cuál es la proposición primera de este lenguaje físico-mímico? Es esta: «Aquí no hay diferencias de clase». Y es algo maravilloso. A pesar de todos los errores y las involuciones, a pesar de los crímenes políticos y los genocidios de Stalin (de los que es cómplice todo el mundo campesino ruso), el hecho de que el pueblo ganara en el 17, definitivamente, la lucha de clases, y lograra la igualdad de los ciudadanos, es algo que produce un profundo y apasionante sentimiento de alegría y confianza en los hombres. El pueblo conquistó la libertad suprema, nadie se la regaló. La conquistó.

Hoy en las ciudades de Occidente ―pero quiero hablar sobre todo de Italia―, al pasear por la calle, también impresiona la uniformidad de la muchedumbre: aquí tampoco se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes (sobre todo si son jóvenes) en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. Por consiguiente se puede decir que, como en el caso de la muchedumbre rusa, el sistema de signos del lenguaje físico-mímico no tiene variantes, es completamente idéntico en todos. Pero mientras que en Rusia es un fenómeno tan positivo que emociona, en Occidente, en cambio, es un fenómeno negativo y provoca un estado de ánimo que roza el disgusto definitivo y la desesperación.

La proposición primera de este lenguaje físico-mímico es esta: «El Poder ha decidido que seamos todos iguales».

El afán de consumo es un afán de obediencia a una orden no pronunciada. En Italia todos sienten ese afán, degradante, de ser iguales a los demás cuando se trata de consumir, de ser felices, de ser libres, porque tal es la orden que inconscientemente han recibido y «deben» obedecer para no sentirse distintos. Nunca la diversidad ha sido una culpa tan espantosa como en este periodo de tolerancia. La igualdad no se ha conquistado, es una falsa igualdad regalada.

(…)

Una de las principales características de esta igualdad que se expresa en la vida, además de la fosilización del lenguaje verbal (los estudiantes hablan como libros impresos, los chicos del pueblo han perdido la inventiva jergal) es la tristeza. La alegría siempre es exagerada, ostensible, agresiva, ofensiva. La tristeza física de la que hablo es profundamente neurótica. Obedece a una frustración social. Ahora que el modelo social ya no es el de la propia clase, sino otro impuesto por el poder, son muchos los que se ven incapaces de alcanzarlo. Eso les humilla tremendamente. Pondré un ejemplo, muy humilde. Antes el mozo de la tahona, o cascherino, como se llama aquí en Roma, estaba siempre, eternamente, alegre. Era una alegría verdadera, que le chispeaba en los ojos. Iba por la calle silbando y soltando ocurrencias. Su vitalidad era irresistible. Vestía de un modo mucho más pobre que ahora: llevaba los pantalones remendados y la camisa a menudo andrajosa. Pero todo eso formaba parte de un modelo que en su barrio tenía un valor, un sentido. Y él estaba orgulloso. En el mundo de la riqueza tenía, para oponerle, otro mundo igual de válido. Llegaba a la casa del rico con una risa naturaliter anarquista, que lo desacreditaba todo, aunque tuviese una actitud respetuosa. Pero su respeto era el de una persona profundamente ajena. Y lo que de verdad cuenta: esa persona, ese muchacho, estaba alegre.

¿No es la felicidad lo que cuenta? ¿No es la felicidad por lo que se hace la revolución? La condición campesina o subproletaria sabía expresar, en las personas que la experimentaban, cierta felicidad «real». Hoy en día esta felicidad ―con el Desarrollo― se ha perdido. Lo que significa que el Desarrollo no es en absoluto revolucionario, ni siquiera cuando es reformista. Lo único que produce es angustia. Ahora hay adultos de mi edad tan aberrantes que prefieren la seriedad (casi trágica) con que el cascherino lleva hoy su paquete envuelto en plástico, con melena y bigotito, a la alegría «tonta» de antes. Creen que preferir la seriedad a la risa es un modo viril de afrontar la vida. En realidad son unos vampiros que se alegran de que sus víctimas inocentes también se hayan vuelto vampiros. La seriedad y la dignidad son horribles deberes que se impone la pequeña burguesía, y los pequeñoburgueses se alegran al ver que los muchachos del pueblo también se han vuelto «serios y dignos». No se les ocurre que esa es la verdadera degradación, que los muchachos del pueblo están tristes porque han perdido la conciencia de su inferioridad social, dado que sus valores y modelos culturales han sido destruidos (…)

* En Il Mondo, entrevistado por Guido Vergani.

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De sofistas, pastores y rebaños

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No quisiera interrumpir vuestras adormecidas vidas ni crearles preocupaciones innecesarias. A pesar de todo lo visto, oído y leído a través de mi vida, persiste en mí el amor y la compasión hacia el ser humano, y hacia la creación toda, y nada me daría más paz que saber que todo va bien encaminado, que finalmente el mundo será un lugar lleno de justicia, luminosidad y ternura y que todo lo que ocurre es producto natural de una evolución en progreso.

Pero, así como me niego a llamarme a engaño, siento que todos estamos siendo engañados, que nuestras vidas se van vaciando de contenido, que la simple tarea de sobrevivir se ha convertido para la mayoría en algo que ocupa todas nuestras energías y nos impide reflexionar y darnos cuenta de dónde estamos y hacia dónde vamos.

Más allá del evidente orden económico injustísimo, del poder que las corporaciones sin rostro visible van teniendo sobre pueblos y gobiernos, de la proliferación de armamentos que a la par de un jugoso negocio es una manera de hacer que se maten los unos a los otros y quede más espacio disponible para los “elegidos”, del dominio de los laboratorios sobre el arte de curar propiamente dicho, con constante cambio de medicamentos cada vez más caros, estudios más complejos y la sensación de que nadie puede curarte realmente de nada sino tienes montañas de dinero a tu disposición, sentimos en nuestra nuca el aliento temible de lo que la destrucción de la naturaleza está produciendo en el planeta, como calentamiento global, constantes fenómenos de poderosa magnitud impredecibles e incontrolables, a los que dueños del poder se niegan a atender o a modificar conductas que pudieran revertir la hecatombe a la que nos dirigimos.

Más allá de guerras sin lógica que no sea la codicia, de la prepotencia imperial de la llamada super-potencia que se cree con derecho a opinar sobre intentos de modificar el rumbo y presionar o aniquilar sin miramientos a quien se oponga a sus oscuros designios, están también proliferando los pastores disfrazados de ovejas que aprovechan el desconcierto y la miseria de muchos para ofrecerles, por un módico diezmo, la certeza de que serán salvados cuando llegue el esperado combate entre las fuerzas del bien y del mal e Israel, de la mano de Jehová, sea glorificado junto con los que contribuyan a ello.

Estos pastores esgrimen la Biblia, recopilación de escritos de diferentes hombres en diferentes tiempos, plagada de contradicciones, amenazas y castigos, crueldades y arbitrariedades a pesar de llamarse evangélicos, que sería su antítesis, ya que el Nazareno justamente quiso con su prédica contrarrestar ese mensaje y hablar de “amarnos los unos a los otros”, de “poner la otra mejilla”, de si alguien pretendía despojarnos de algún bien, dárselo sin resistencia y aún más, proposiciones sin exclusiones, abarcativas de toda la humanidad.

Los pastores son una avanzada de los guerreros que atemorizan a los corderos y les prometen salvarlos y hasta les hablan de darles prosperidad económica a cambio de seguir sus prédicas, darles un diezmo de lo que ganan y estar dispuestos y hasta deseosos de que llegue el tiempo final.

Como si toda esta combinación fuera poca, también proliferan en todos los ambientes los sofistas, los que hablan, escriben y transmiten por todos los medios, insustanciales temas que pueden ir de “la sexualidad reprimida de los cocodrilos” a “los efectos de la testosterona en el comportamiento masculino”. Fácilmente los reconocerás por la vacuidad de sus dichos, de cómo hacen de un tema importante y vital algo que no nos explica nada, son los que disertan durante horas sobre los TLC, y la creación de puestos de trabajo, las ventajas de la privatización de los servicios, que cada día inventan alguna supuesta enfermedad sobre la que debemos prevenirnos, que se llenan la boca hablando sobre la educación, cuando lo único que importa, según ellos, es que hasta el último niño aprenda inglés y computación, aunque no sepa ni siquiera construir con propiedad una oración que refleje un pensamiento independiente en su propia lengua. La uniformidad ante todo, la aceptación de las “reglas de juego” sin chistar, el hacernos sentir insuficientemente preparados, no importa lo que sepamos o seamos capaces de crear, y miserables por no poder aspirar al “gran puesto” en la “importante empresa”.

Y en medio de slogans, emperadores enfermos de poder que repiten lo que otros le susurran al oído, sofistas cuyo rol es distraer de lo importante y llevarte al terreno de la trivialidad disfrazada de erudición, pastores que se creen elegidos para interpretar, según su pequeño intelecto, escrituras humanas aduciendo que fueron dictadas por un dios caprichoso y vengativo, personajes que amasan fortunas con la desdicha o la ignorancia ajena, convengamos en que atemorizados, casi diría aterrorizados, los rebaños han olvidado que tienen en sí el único elemento que podría ayudarlos a realmente vivir: la propia conciencia, la posibilidad de llegar a ser humanos por medio de la compasión y el amor, ante lo cual todo lo demás pierde sentido y se desvanece. Es realmente mucho más simple de lo que parece: basta con decir NO.

María Luisa Etchart es argentina residente en Costa Rica.

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Un rey con toda la barba

Francisco Javier González (Desde Gomera, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue hace ya muchos años. In illo tempore, como nos decían en misa cuando era en latín. Entonces fue por razones ideológicas. O eso creo, aunque ya no soy capaz de asegurar si perduró por esa razón o por pura y evidente comodidad, que ya sabemos que los canarios somos aplatanados, indolentes y perezosos. Al menos eso nos han ido inculcando durante generaciones los colonizadores, desde la escuela a los púlpitos, ninguneándonos, hasta que terminamos por creerles ahogando la rebeldía necesaria para romper la colonización. Ahorita mismo, desde hace muy poquitos días, han aparecido nuevas razones que me hacen replantear el problema integralmente y que, tal vez, me obligue a un cambio radical, aunque sea en contra de esas cosas que, para mi, siguen siendo importantes: la ideología y la comodidad personal.

Por supuesto que me refiero a mi barba. Bastante descuidada ella, hay que reconocerlo. La podo cada par de meses y luego la dejo a su aire. En aquella época, cuando me la dejé, pensábamos que no se podía intentar seriamente cambiar el mundo, o al menos el maltratado fisquito que nos toca de cerca, sin una barba por rala e incipiente que ella fuera, y sin un póster del Che en la habitación. Eran barbas de cronopios que mirábamos hacia otros cronopios armados. Supongo que por eso me la dejé. Luego, ya digo, aquello del cotidiano y sangriento sacrificio del afeitado se me fue haciendo cada vez más cuesta arriba. Luego vinieron otras barbas pero con acento de “famas” cortazarianas. Barbas cuidadosamente recortadas, aguzadas chivas, redondeadas sotabarbas, o barbas urbanizadas y dóciles, pero yo seguí con la mía y con el póster del Che, pero ahora más en el corazón que en la pared o en la pegatina. Y eso a pesar que desde el ámbito afectivo -familia o amigos- me decían: ¿Por qué no te quitas esa barba? Estarías más joven. ¡Como si eso fuera posible! Pero yo erre que erre hasta la fecha.

Hoy, ahora, estoy sopesando que tal vez me la deba quitar y por las mismas razones por las que me la dejé. Puramente ideológicas. Y es que, aunque sean de cortazianas “famas” como es la de un tal Rajoy, ¡he visto por la tele que el Rey de la España y sus colonias y su principesco hijo se han dejado la barba! La duda se me plantea porque, como aclaraba en el inicio del “Libro de Manuel” el propio Cortazar “este libro -esas barbas de famas, diría yo- no solamente no parece lo que quiere ser, sino que con frecuencia parece lo que no quiere”.

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Música: La salsa

ARGENPRESS CULTURAL

La confusión que se suele producir sobre la nomenclatura de la música afrocaribeña tiene que ver más con estrategias de mercado que con diferencias musicales. Luego de la Revolución del 59 y el exilio de muchos músicos cubanos en Estados Unidos, se produjo una separación entre el desarrollo musical de los dos países. Esta separación causó un extraño debate sobre la terminología que se utilizaba para describir la música de origen cubano en los Estados Unidos. La palabra “Salsa” creó mucha controversia desde su creación a principios de la década del 70. Muchos músicos cubanos insistían en que la salsa no existía, sino que era el son cubano disfrazado con propósitos comerciales, pero la salsa crearía un impacto mundial que terminaría dándole legitimidad. Aunque también debe tenerse en cuenta que los músicos portorriqueños (y de otros países latinos) tuvieron mucho que ver con la preservación y el desarrollo de esta música en los Estados Unidos, y que su interpretación realmente creó algo nuevo y distinto de lo que se tocaba en Cuba.

Mientras el ambiente musical latino en Nueva York durante los años 60 siguió más o menos con la tradición musical de la época pre-revolucionaria en Cuba, los músicos que se habían quedado en la isla experimentaban con los nuevos sonidos y estilos que provenían de los Estados Unidos, y mezclaron elementos del jazz, la fusión y el rock con la música popular bailable, además de alejarse de las limitaciones impuestas por la tradición para servir a un público bailador. Ya para los años 70, el invento de la palabra “Salsa” en la Costa Este de los Estados Unidos llegó en el momento cuando esta música vivía un período de enorme popularidad tanto como un crecimiento dentro de la industria discográfica. 

Algo que no se debe olvidar cuando se habla de Salsa o de alguno de las muchas músicas de origen afrocaribeño, es que todos estos ritmos están hechos para bailar. La importancia del baile en el área del Caribe no es ninguna novedad, y desde la llegada de los españoles todos los textos de cronistas y viajeros están repletos de referencias a la cultura festiva y bailadora de los habitantes de estas “nuevas tierras”. Para los cubanos especialmente, la música y el baile han ocupado siempre un lugar muy importante dentro de la sociedad, y de ello queda constancia en innumerables ensayos, artículos y tratados que estudian minuciosamente el tema. Sin embargo se puede considerar la segunda mitad del siglo XIX como la etapa crucial en el proceso de entrecruce y criollización de los géneros musicales y bailables provenientes tanto de África como de Europa. 

De Cuba la música llamada Salsa pasó luego a todos los países del Caribe; hoy día es un ritmo ampliamente difundido en numerosas sociedades, del Sur y del Norte, a tal punto que algunas de las más significativas orquestas salseras están en… Japón.

Aquí presentamos una breve muestra de un venezolano, famoso salsero: Oscar D’León. 




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Odisea en el supermercado

Samir Delgado (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“I touch your book and dream of our odyssey in the supermarket and feel absurd”

Allen Ginsberg 

Escritos del cibercafé II

Ahora que volvemos a cierta normalidad con el inicio del curso en las escuelas del rey, que vuelven a la parrilla horaria los reality shows de consumo masivo para la agonía definitiva de nuestra fe en la caja boba y que salen a primera línea periodística los escándalos de corrupción política acumulada en el verano de las islas, nada más recomendable para quien tenga ganas de hacerse un harakiri japonés que pasar una tarde de compras en una superficie comercial, nuestra particular odisea en el supermercado.

Y es que un sábado por la tarde mal empleado puede llevarnos a una frustración de graves consecuencias para la salud, con este ritmo competitivo en el que vivimos nadie quiere quedarse atrás, por eso cuando todo el mundo está disfrutando del merecido descanso en el fin de semana, con los partidos de fútbol en directo que mantienen la masa bajo el efecto catatónico de las gigantescas pantallas de plasma en los miles de bares que parecen conjurarse en el logro isleño de un récord guinnes, parecerá que no hay mejor ocasión para evitar las colas insufribles de entre semana en el centro comercial más cercano y que deberíamos meter un giro brusco de volante hacia los parkings gratuitos con ascensor garantizado, pero no valdrá la pena, una vez dentro estamos ya realmente saltando de cabeza a uno de los peores infiernos terrenales. 

Pero al principio, allí todo parece idílico, la gente está relajada en su peldaño de las escaleras mecánicas, todo nos lo pintan como el mejor de los mundos posibles, el lugar está embadurnado con la pátina del placer a precio de saldo, da igual que se escoja entre los almacenes de propiedad francesa que el puto Corte Inglés, da exactamente igual una isla que otra, son todas igualitas: una mole de cemento que vista a vuelo de pájaro debe parecer muy horripilante, los rascacielos de la isla brotando por la geografía capitalina para desfondar a las familias asalariadas que mal llevan los pagos de sus tarjetas que una vez les concedieron de forma instantánea por la gracia del capitalismo, esa religión tan profesada en el mundo.

Cuando entramos allí resulta muy difícil contenerse en los impulsos más elementales, hay un bullicio gelatinoso que se escucha a medias con el popurrí musical de moda que por arte de magia abarca todo el supermercado, los accesos están diseñados para amenizar las horas que pasaremos entre los nuevos productos de oferta permanente, la maquinaria del sistema que inicia su rodaje en gigantescos fletes desde algún puerto lejano hasta colmar un sinfín de estanterías etiquetadas por guapas patinadoras que en su día fueron seleccionadas por una empresa de trabajo temporal, decorando con su gracia los pasillos de perfumada ambientación para la vida en nómina de muchos jóvenes trabajadores, ataviados con sus corbatas de color vino tinto y los pantalones de pinza a juego con el mismo uniforme de taquilla. Es como un hormiguero humano, entrando y saliendo, los mozos del almacén cargando los stocks en su jornada diaria que hace del centro de trabajo un artificial destino de agonías existenciales con aire acondicionado. Y los tipos de la seguridad privada, con el peso de las horas a sus espaldas y formando parte del decorado con sus walkie talkies con pilas alcalinas, todo un clásico junto a las cajeras automatizadas del mundo en que vivimos.

Esta experiencia fatídica a nadie le resulta ajena, es casi universalmente compartida pero desde ángulos distintos que allí se entrecruzan con un metabolismo alucinante, desde la happy family tirando de un carrito con productos del gourmet hasta las parejas de adolescentes del barrio que comparten su tiempo muerto en contemplar la misma mierda todos los fines de semana, vagabundeando a media tarde en la planta superior con olor a pop corns y una veintena de salas de cine comercial, tipos solitarios que se pegan al teléfono móvil con un hambre atroz y más allá las madres que pasean en sus momentos de relax mientras los chiquillos practican globoflexia a lo bruto en las actividades planificadas por el propio establecimiento.

A veces nos encontramos de frente a muchas otras personas que jamás esperamos tropezarnos en nuestra aventura cotidiana en una superficie comercial, pero ahí llega el momento del encontronazo mientras hacemos como que tampoco va con nosotros estar allí metidos, donde nos vemos arrojados a una extraña complicidad y al acatamiento de las reglas del juego, pero es verdad que para quienes no hemos vendido nuestro alma todavía al consumismo bárbaro siempre será más digerible pasarse al menos un rato de la compra en la sección de la librería ojeando de pasada algún tostón de Stieg Larsson, pero siempre de pasada como los infumables relatos de Paulo Coelho y la bazofia lírica de Antonio Gala.

Y es que estos emporios atrincherados durante la última década en los mejores rincones comerciales de nuestras islas pueden acabar algún día con el simple deseo de salir a la calle para el deleite de ir de compras, parecen estar elaboradas casi científicamente para multiplicar las pulsiones de avaricia en el cliente, ofreciendo la mejor tecnología punta a precios módicos y cachivaches electrodomésticos sujetos a créditos de pago a plazos, algo que mantiene el vínculo anímico del comprador que durante todo el año se refugiará entre los escaparates de ropa pija y restaurantes de fast food que hacen las delicias del ciudadano globalizado. 

Pero aún bajo esta despótica economía de mercado, tan asfixiante y deshumanizadora, podemos llevarnos grandes sobresaltos en una aventura sin par muy digna de las novelas de ficción, como aquél poema beat del mejor Allen Ginsberg en un supermercado de California donde maldecía la teología escondida entre las cajas de fruta y mandaba a tomar por culo a la América de las bombas atómicas. Después de todo, casi siempre nuestras primeras experiencias del mundo nos catapultan a los años en que nuestras madres nos arrullaban en el trajín dominguero de los mercadillos tradicionales, ya luego crecíamos con los recados a la panadería de la esquina y finalmente nos hacíamos mayores al perdernos literalmente entre las piñatas masificadas de cualquier tarde de sábado en un maldito centro comercial. 

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Visitas en la estación vacía

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La tierra estaba de antes, señor

Armando Tejada Gómez

Al saber que gente desconocida acampara en la afueras, por unos días ese tema fue dominante en el pueblo. 

- Vinieron del norte y algo buscan. Gente extraña. 

La gran inundación del siglo anterior era la historia más recordada en el caserío de la Estación Vacía. Los desbordes de ríos y arroyos en los noventa pesaba sobre la memoria aún más que el levantamiento del ferrocarril, que no fuera asunto menor en la región. Cuando la empresa inglesa del Sudoeste desplazó sus rieles a diez kilómetros del caserío, techó toda la edificación aprovechable hasta nuevo aviso y clausuró los portones del galpón, ahí el paisaje quedó inmóvil para siempre. Adiós los trenes que traerían progreso, aunque igual, durante medio siglo en aquel ámbito de chacareros y productores rurales se asentarían muchos comisionistas y tenderos cuyos hijos también mudaban de ciudad ni bien podían. ‘En cada censo sumamos menos’ recitaban con el mismo orgullo pueblero que enarbolaban por hablar no solamente de cosechas, marcas de tractor o precios del forraje, y entre ellos agotaban temas imprevisibles. No siempre imaginarios aunque sin perfiles muy caseros. 

- ¿Leíste mis apuntes sobre la ética?

- Sí, me pareció confusa la diferencia con lo moral. 

- Te explico; ethos, lugar de residencia y moral… 

- Ahora no Juan, mañana – sólo sería una demora porque en Estación Vacía conversar era la convivencia. 

- Nuestra especie debe entender mejor sus migraciones. 

- Siempre fueron por hambre. Cada especie existe si come y se aparea. 

- Aunque los humanos ideamos artificios de inmortalidad. 

- Ciertos tipos se pierden la igualdad y entre riquezas y místicas se creen omnipotentes. Pobre gente. 

- Sí, ayatolas, papas y banqueros la juegan de inmortales y al fin no influirán. La infamia mayor es que la tierra no sea de todos. 

- La tierra estaba de antes, señor. Iban los ríos luz con la lengua húmeda subiéndose a los árboles. Lindo texto… 

- ¿Quién dijo, un pibe muerto de hambre es una derrota de dios?

- No me acuerdo y hay siglos de frases brillantes. Corten…

En Estación Vacía no era sólo oratoria y las ambigüedades eran insinuaciones entendibles. 

- Es saludable repasar que toda historia se reitera alterando apenas un renglón – se sonrió el dueño de una agencia de viajes en la capital que cada fin de semana volvía al pueblo, su lugar en el mundo.

Hoy llegaste muy hermético, David – y proseguían renglones para mantener la noche del viernes, hasta adentrarse en el galpón del que todos se atribuían saber algún secreto. El atajo de llegar sin atravesar el monte, la marca de los candados, el despliegue para abrir y bloquear la entrada, los baños sin puertas y el horrendo calor del mediodía bajo el techo de zinc. Y para afinar detalles murmurados en voz baja, siguieron al otro día. 
 
- ¿Cuántos serían? 

- Habría que estimarlo. Diez o doce de alto nivel, no más. 

- ¿Por qué tan pocos? 

- Una matanza tipo Auschwitz es una porquería. 

- ¿Vendrían juntos? 

- Sí.

- ¿Cámaras? 

- Suena a perverso. 

- Sin comprobaciones no hay resultado. 

- ¿Agua? Sin nada durarían tres cuatro días, no más. 

- Si demuestran egoísmos, enconos o alguna solidaridad, cumplimos. 

- Igual cuatro días son poco y pocos… 

- Y en una semana todo limpio, lo más desagradable.

- Igual del principio al fin. 

Después y en fecha incierta, seis pudientes parejas en edad promedio cuarenta años pagaron en efectivo ‘la diversión de habitar la inexplorada región del gaucho en libertad’. Quizá todo fuera imaginación pero algún mediodía al edificio de la Estación Vacía entraron una docena de personas que en principio, más que extrañeza o desapego al quedarse encerrados y solos, sintieron la falta de su teléfono portátil. Un reflejo formal, acaso, y a las seis horas el silencio de quienes unían sus manos entre paredes inaccesibles y hostiles, sellaban ese algo horrible que excitaba y aterraba a la vez. Sobre el anochecer una mujer lloró con ganas y su compañero, al calmarla, agitó un griterío convocador de la realidad que cambió todo el formato en un aullido. Una cámara se encendió, los modos y maneras de doce personas desvalidas y amontonadas pérfidamente fueran endebles, aunque al margen de sus trayectorias, - vidas estructuradas solemnes o dispendiosas, de visitar las aulas más costosas y soberbias, y cometer ciertas traiciones más humanizantes- en aquel encierro final fueran ellos de verdad. Apenas seres humanos. Y sin grandes ensayos de actuación y vestuario, los mediocres, impresentables y subalternos valores de la especie que naufraga por el mundo soportando la inmundicia del hambre fueron exhibidos por ese grupo de seres elegidos. Que sin decoro ni pudores, -ver videos- recrearon de forma impecable la repugnante marginación de cualquier villa miseria del mundo verdadero. 

- David, ¿supieron algo de los extranjeros?

- Nunca; porque a veces las conversaciones sólo son eso.

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Teatro: Excelente obra de Mauricio Kartun - “Ala de criados”: Aventuras (y drama) de la derecha nativa

Demian Paredes (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Esos que andan en lo de Vasena son los rusos. Los rusos son”

David Viñas, En la semana trágica 

Los grandes acontecimientos histórico-sociales han sido tratados más de una vez por el arte: desde los acontecimientos de 1919 (como ha hecho el escritor y ensayista David Viñas, o con las luchas de 1920 de los obreros rurales del sur Osvaldo Bayer, en Los vengadores de la Patagonia trágica, luego llevada al cine) hasta los enfrentamientos de los años ’50 (como en las pinturas de Luis Felipe Noé y su recordada Incendio del Jockey Club) y las décadas siguientes (con los murales de Ricardo Carpani, por ejemplo).

Recientemente estrenada –y al cumplirse 80 años de aquellos acontecimientos-, la obra teatral Ala de criados transcurre en medio de “la semana trágica” (o “semana roja”). En este caso la acción se desplaza -contemporáneamente- al Pigeon Club de Mar del Plata, donde tres primos, “niños bien”, toman sol, se aburren y enteran de las nuevas noticias: los obreros en huelga en la Capital no deponen la lucha ni los reclamos, y su “Tata” permanece allí, organizando “guardias blancas” -en este caso, la tristemente célebre Liga Patriótica -.

Este será el inicio de una acción -una serie de escenas- donde estos jóvenes demuestran su educación (europea y burguesa) contra la “indiada”, agitada por “los bolshevikis”: en la terraza de tiro del club, Emilito, Pancho y Tatana se animarán a planificar y concretar el ataque al club “Juventud Moderna”, demostrando ser dignos de aceptación en los lugares de la “alta alcurnia”; lograda su misión y destrozada la biblioteca, pretenden ofrecer a sus pares (y al “Tata”) como “trofeo”, las obras completas de Emile Zolá, en especial su novela Germinal -que relata los episodios de una huelga obrera-. Pedro, un comerciante palomero (y “colombaire”), será también de la partida, a la espera del regreso del “Tata” para cobrar por (todos) sus servicios.

Al escribirse la obra el año pasado, un diario informó la recreación de la época: Kartun comentaba la inclusión de “‘un tema cantado por Carlos Gardel que habla de cosacos atravesando la helada estepa rusa’. El hecho de que en la poesía popular tanguera aparezcan esas imágenes provienen –a su entender– de la influencia que en Argentina tuvo la Revolución de Octubre (...). ‘Agustín Magaldi hizo famosa otra canción, Nieve, sobre el imaginario ruso’, cuenta (Kartun). Una canción de Manuel Ferradas Campos que Magaldi cantó en un festival de solidaridad con las costureras presas de la casa Gatry” .

Ala de criados es una magnífica obra, con un potente guión y una actuación de sus cuatro actores igualmente fuerte y decidida, que recrea indirectamente los hechos de 1919 y el imaginario de la oligarquía -con todas sus contradicciones-. Investigada y muy trabajada por su director, Mauricio Kartun (quien leyó junto a dos grupos de 70 alumnos previamente “La Liga Patriótica, de Luis María Caterina; La Alta Sociedad de la Buenos Aires de la Belle Epoque, de Leandro Losada; Crónicas de la Semana Trágica, de Beatriz Seibel; Mar del Plata, el Ocio Represivo, de Juan José Sebrelli; La Semana Trágica, de Julio Godio; Una semana de holgorio; de Arturo Cancela” ), la obra no transcurre sin pasajes de humor y paradojas varias. Finalmente, Pedro, que no se identifica con ninguno de los dos bandos que se enfrentan (la oligarquía y el pueblo trabajador) terminará atrapado, preso, de la misma contradicción insoluble .

***

La obra está en el Teatro del Pueblo (Diagonal Roque Sáenz Peña 943), los viernes a las 21, sábados a las 22 y domingos a las 20 horas.

Fuente imagen: MUNDO TEATRAL

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La medida del mundo

Adrián Paenza (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Cómo medir el mundo? Los números son los únicos que nos pueden ayudar: a medir, contar, calcular, estimar, aproximar, evaluar. ¿Cuánto mide un niño? ¿Cuánto pesa una mujer? ¿Cuán alto es un edificio? ¿Cuántos litros de vino compro? ¿Cuánta nafta cargo? ¿Cuántos libros llevo a las vacaciones? ¿Qué talle de camisa usa? ¿Qué número de zapato? ¿Cuánto dura el viaje en tren? ¿Cuánto dinero cobra por mes? ¿Qué temperatura hay? ¿Cuántos minutos en el horno? ¿A qué velocidad va el auto? ¿Qué hora es? Y siguen las firmas...

Quizá sea una obviedad, pero sin números, sin poder medir, contar, calcular, estimar, la vida sería imposible. O mejor dicho, sería como vivirla en la Edad de Piedra.

Quiero, entonces, dar una “medida” del mundo hoy (*). Eso sí: antes de pelearse con las cifras, siga leyendo para tener una idea de lo que quiero contar. Después sí, si quiere, discútalas y enójese con ellas. Acá van:

Población mundial 6.791.511.711 
 
Nacimientos este año 95.609.989 
 
Nacimientos hoy 270.379 
 
Muertes este año 41.775.033 
 
Muertes hoy 118.189 
 
Incremento de la población hoy 152.190 
 
Países asociados a la ONU 192 
 
Automóviles producidos este año 35.691.977 
 
Bicicletas producidas este año 74.935.918 
 
Computadoras vendidas este año 196.414.520 
 
Libros nuevos publicados este año 690.019 
 
Diarios que circularon hoy 388.356.809 
 
Televisores vendidos hoy 408.443 
 
Teléfonos celulares vendidos hoy 2.419.445 
 
Dinero invertido en videojuegos hoy 86.235.708 
 
Usuarios de Internet en el mundo 1.634.472.180 
 
E-mails enviados hoy 149.733.606.480 
 
Blogs actualizados hoy 616.235 
 
Búsquedas usando Google hoy 820.875.857 
 
Hectáreas de bosque perdido este año 7.734.097 
 
Promedio de temperatura hoy en el mundo (Celsius) 14,565795802 
 
Especies animales que se extinguieron este año 95.296 
 
Kilómetros que la Tierra recorrió este año alrededor del Sol 645.088.226 
 
Gente obesa en el mundo hoy 339.525.109 
 
Gente que murió de hambre hoy 20.396 
 
Gente sin acceso a agua potable 1.414.725.498 
 
Muertes por enfermedades contagiosas este año 9.271.905 
 
Muertes de niños menores de 5 años 7.580.399 
 
Abortos este año 31.621.107 
 
Abortos debidos a peligros de muerte de la madre 866.333 
 
Muertes de madres en el parto 433.167 
 
Gente infectada con HIV/sida 32.165.836 
 
Muerte de gente infectada este año 1.401.297 
 
Muertes causadas por cáncer este año 5.219.671 
 
Muertes causadas por malaria este año 693.069 
 
Cigarrillos fumados hoy 10.884.183.972 
 
Muertes causadas por el cigarrillo este año 4.602.417 
 
Muertes causadas por alcohol este año 1.236.697 
 
Suicidios este año 736.387 
 
Dinero gastado en drogas ilegales este año U$S 274.716.058.798 

Muertes por accidentes de tránsito este año 872.837 
 
Por supuesto, desde que yo escribí este artículo (el 8 de septiembre de 2009 alrededor de las 8 de la noche hora de Buenos Aires) hasta el momento en el que usted lo está leyendo, han pasado horas... muchas horas, días quizá. Por lo tanto, todos los números que figuran más arriba son no sólo aproximaciones sino que son inexactos. Yo lo sé tanto como usted.

Pero lo interesante no es poder decir con precisión exactamente cuántas muertes o nacimientos hubo hoy, sino conocer el orden de magnitud de cada categoría. Es decir, para poder planificar cualquier política, hace falta saber que nacen por día unas 300 mil personas y mueren unas 100 mil. Ese dato es suficiente en términos macro. No importa si fueron 320 o 280 mil, pero seguro que no fueron 15 millones ni 10 mil. De eso se trata: de tener aproximaciones confiables.

Es decir, conocer los datos con cierto grado de precisión permite hacer predicciones y establecer estrategias. Sí, ya sé: ¿cómo es posible que en el mundo se muera gente por tener hambre, madres que dan a luz o niños? O, ¿cómo es posible entender que haya gente que no tenga ni luz ni acceso al agua potable?

Pero entender la magnitud de la brecha que hay entre los que sí tenemos y los que no tienen permite algo más que el dolor de estómago momentáneo: obliga a tomar conciencia de la tarea que tenemos por delante si queremos tener un mundo mejor, una sociedad más justa y con gente más solidaria.

*) Fuente: La organización “Real Time Statistics Project” (“Proyecto de Estadísticas en Tiempo Real”) está liderada por un equipo de investigadores y voluntarios cuyo objetivo es aportar estadísticas globales en forma tal que provoquen a la mente (sic) pero con la idea de hacerlo en tiempo real (o sea, “mientras” están sucediendo). Los datos son recolectados a partir de los organismos internacionales más confiables, que incluyen las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, Unicef, etc. Si uno accede a la página web del proyecto (worldometers.info) –y lo invito a que lo haga porque vale la pena–, advierte que los números que yo utilicé acá van cambiando como cuando uno pone nafta en un auto y mira el surtidor. Esto obedece a algoritmos que procesan las últimas (y más creíbles) estadísticas disponibles, coordinadas al milisegundo de acuerdo con un reloj interno de los servidores que contienen la información.

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La gestión de tu propia muerte

Alberto Moncada (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace unos meses, un médico norteamericano, el doctor Kevorkian, fue noticia porque había inventado una máquina para suicidarse. El invento no es demasiado sofisticado. Se trata de un motor eléctrico que bombea en vena una mezcla de sedantes y veneno que provoca una muerte tranquila durante un sueño inducido y que puede ser accionada a voluntad por el paciente. Con este procedimiento se suicidó una enferma terminal, que no soportaba seguir viviendo con dolores muy fuertes y que convenció a su marido y al médico de que la dejaran morir. En estos días, el doctor vuelve a ser noticia porque, después de muchas discusiones legales y médicas, acaba de ser acusado de homicidio. Al ser procesado Kevorkian protestó contra la hipocresía judicial. "Lo primero que requiere un homicidio -arguyó- es una persona que no quiera morir y yo me limito a proporcionar ayuda técnica para que la gente pueda tener control sobre su propia muerte". A Kevorkian le acusan de violar el juramento hipocrático pero, según su abogado, lo único que ocurre es que los médicos van perdiendo el control sobre la vida y muerte de la gente. "Es la rebelión de los consumidores", proclama. La verdad es que, en los países desarrollados, el tema de cuando acabar se está convirtiendo en complicado, tanto por esas otras máquinas de prolongar la vida artificialmente como por la toma de decisiones asistenciales al respecto.

Mucha gente se niega a mantener a sus seres queridos enchufados a máquinas de vivir y tratan de convencer a médicos y jueces para que los desenchufen. Sin embargo, la cultura sanitaria predominante, que es tan cicatera con la medicina preventiva y, sobre todo, tan discriminatoria económicamente, se niega a perder el control. En el fondo es una cuestión financiera. Al final duran más los pacientes ricos, siquiera sea porque la contabilidad hospitalaria está empezando a calcular las horas de vida artificial que se pueden costear con cargo a la seguridad social.

La creación social de la cuarta edad, los mayores de ochenta años, tiene esas complicaciones en países ricos, mientras en los pobres mueren diariamente miles de niños por causas tan obvias como el hambre, la deshidratación o la carencia de agua potable. Por eso no se entienden muy bien las ínfulas filosóficas o teológicas de los que se llaman, en abstracto, defensores de la vida, y menos, el falso escándalo de los profesionales de la medicina. La ética profesional tiene más ingredientes y es, a la vez, más comprometida. Pero el asunto rebasa los viejos escenarios del control de nuestras vidas por poderosos de uno y otro signo. Tal control está basado en una idea tan sencilla como ilegítima: “Tu vida no es tuya sino de Dios y en su nombre actúa el Estado y los médicos”. La autonomía de voluntades engendrada por la modernidad no acepta tal simplificación y declara el derecho a gestionar la propia muerte.

Como decía el abogado del doctor Kevorkian, la rebelión de los consumidores ha llegado a los hospitales y bastante gente piensa que, con el modelo de familia que tenemos en el mundo desarrollado, con el tipo de autonomía individual que nos concede la civilización tecnológica y urbana, -los viejos y los muy impedidos sobran en las ciudades modernas- no vale mucho la pena durar tanto y menos si ese último período está lleno de sufrimiento y de humillaciones. El único delito del doctor Kevorkian es haber sacado las consecuencias de todo ello. Para subrayarlo, el juez de primera instancia acaba de declararle inocente.

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Cine: Jean de Florette (1986)

Jesús María Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Género: Drama
Nacionalidad: Francia / Italia / Suiza
Director: Claude Berri.
Protagonistas: Yves Montand: Cesar Soubeyran/'Le Papet', 
Gérard Depardier: Jean de Florette
Daniel Auteuil: Ugolin
Elisabeth Depardieu: Aimee Cadoret
Ernestine Mazurowna: Manon Cadoret (niña)
Productor: Pierre Grunstein
Guión: Claude Berri , sobre la novela homónima de Marcel Pagnol
Fotografía: Bruno Nuytten
Música: Roger Legrand, Jean-Claude Petit
Idioma: Francés, subtitulada.
Duración: 120 minutes.
Estreno: 1986.

Es una película de Claude Berri, una adaptación de la obra El agua de las colinas de Marcel Pagnol  (1895-1974), una obra en la que el escritor evoca su juventud. 

La historia que nos cuentan en esta ocasión es la de un viejo, en la Francia rural, sobre un tema bastante campesino como es el de asuntos de linderos, en la que el anciano y el único pariente que le quedaba ponen sus ojos envidiosos en una finca colindante, ya que necesitan agua para regar sus cultivos de flores, pero ellos recurren a todas las argucias posibles para conseguir el agua que necesitaban sin consideración alguna por el vecino, de quien no se conduelen para nada, ni siquiera se preocupan por su salud, ni por el sufrimiento de su mujer y su hija. El filme que tiene continuidad en Manon de las fuentes, se basa en la novela de Pagnol, El agua de las colinas, y se desarrolla a principios del siglo XX, por allá en la década de 1920, en un ambiente bastante rústico y pintoresco.

La película empieza con el regreso de Ugolino (Daniel Auteuil) a su aldea natal, donde su tío César Soubeyran (Yves Montand), quienes son los únicos que quedan de la estirpe de los Soubeyran, una poderosa familia del pueblo. El viejo César nunca se casó, a pesar de que lo conocen con el mote de El abuelo y no tiene a quien dejar su herencia, de tal suerte que ve en Ugolino, la última esperanza de continuar la estirpe.

Si Ugolino ha vuelto es para dedicarse a la siembra de claveles, de tal suerte, que instala un pequeño dispositivo de tierra, donde hace el plantado y espera los resultados, propósito que mantiene en secreto hasta la primera cosecha, que ofrece a su tío, en quien vuelve a renacer la esperanza de volver a tener la fortuna, que siempre tuvieron los Soubeyrans pero ambos comprenden que para tener una gran producción necesitan más tierra, ya que los claveles requieren de agua para crecer y es precisamente en la finca vecina Les Romains, que hay una fuente olvidada, aunque los dos tienen conocimientos de su exitencia, por lo que van a hablar con el propietario de la tierra vecina, a quien le ofrecen compra de su propiedad, pero el dueño siente un gran rechazo hacia César, porque nunca se casó con su hermana Florette, por lo cual, lo recibe con insultos, lo cual desencadena todo un conflicto que culmina con la muerte del vecino, provocada por César, pero que ellos disimulan al poner el cadáver de tal manera que, más bien, parezca un accidente. Es entonces cuando llega el heredero de la finca de al lado Jean Cadoret, protagonizado por Gerard Depardieu, su sobrino, el hijo de la despreciada Florette. El joven viene con su esposa Aimée (Elisabeth Depardieu) y su hijita Manon (Ernestine Mazurowna) para dedicarse a la cría de conejos.

Empieza entonces toda una lucha entre los vecinos.

Los conejos crecen gordos y son tan fértiles, como todos los miembros sanos de su especie, lo cual genera toda la envidia de laos Soubeyrans pero el verano viene con un tiempo de sequía; el pozo se seca, de tal forma, que las mujeres tiene que hacer largas y frecuentes jornadas para conseguir el agua, lo cual ocasiona el derrumbe de Jean pues todos los conejos mueren y un incendio espontáneo arrasa su tierra. Cuando el ánimo retorna, Jean se dedica a la búsqueda del agua pero la salud termina por minarse tanto, que el hombre muere en medio de una explosión, lo que obliga a su mujer a vender la tierra al viejo César pero Manon se da cuenta de que los Soubeyron han sido unos tramposos, que sabían donde estaba la fuente, por la que el padre había sacrificado su vida, mientras César nombra a su sobrino el Rey de los claveles.

Es así que este maravilloso relato resulta bastante doloroso, como si estuviera signado por la fuerza del destino; es un filme que nos enfrenta con el sufrimiento humano, con el sadismo y la melancolía, en un mundo hobbesiano en el que el hombre es lobo para el hombre y no cuenta para nada la política del buen vecino.

La película fue muy bien acogida por la crítica internacional y se la comparó con la narrativa de William Faulkner, como si Yoknapatawpha se trasladara a la Provenza, toda una profundización en la psicología, que aportaba unas magníficas descripciones caracterológicas, en relación con la pasión por la tierra, que no duda en sacrificar seres humanos, todo un exponente del cine de época, un cine costumbrista, que era auspiciado por la Presidencia de la República francesa, ya que François Mitterrand y su ministro de cultura Jack Lang estaban muy interesados en promover estos géneros narrativos con el fin de resucitar el cine francés además de promover el turismo provincial, ya que mostraba de forma bastante auténtica el paisaje rural, que se describe de una manera bucólica.

Aquí nos encontramos con un Gerard Depardieu soñador mientras su antagonista Yves Montand hace la caracterización de un viejo egoísta con un estúpido y feo sobrino, interpretado por Daniel Auteuil.

El filme por la concatenación de los pecados y sus consecuencias se acerca a la tragedia griega, con una sorprendente sencillez narrativa pero cargada de profundidad, que se acerca a las complejidades del alma humana.

Es la historia de tres hombres, de tres vidas, de tres destinos, en una aldea, que sirve como metonimia de Francia, de una humanidad que va en declive, en un filme que es capaz de mover nuestras emociones y sentimientos, llevándonos a una fácil identificación con los protagonistoas buenos, ya que el filme tiene un toque bastante maniqueo y, por ende, melodramático.

A la muerte reciente de Claude Berri, Nicolas Sarkozy dijo que el director era la figura más legendaria del cine francés, el cual quedaba en un estado de orfandad; sin duda, fue uno de los mayores realizadores de la industria cinematográfica más doméstica, ya que pocas veces pudo conectarse con un mundo más amplio. Entre sus creaciones, Berri haría una adaptación cinematográfica del Germinal de Emile Zola y trabajaría con Roman Polanski en Tess (1977) además de colaborar con el rodaje de La Reina Margot de Patrice Chéreau, a la vez que trabajo con otros directores como Eric Rohmer y Jean-Jacques Arnaud

Se lo consideraba un hombre colérico y gruñón pero tierno y generoso; en realidad fue un director que supo combinar el cine de autor con el dedicado a grandes públicos.

Jesús María Dapena Botero es colombiano residente en España.

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Amigo capitán

María Cristina Garay Andrade (Desde Monte Grande, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Amigo capitán toma el timón de mi barco
Y enséñame sabiamente a navegar
Las rutas que abriendo caminos transito
los mares de la vida sin temor a naufragar

Olas de alegría, olas de tristeza que con fragilidad
Rompiendo espumadas en acantilados costeros
Los días que navegando en busca de luceros
Por el océano de mi tiempo iluminen la felicidad...

Canta dulcemente sirenita encantada, 
Canta que te escucharan presagiada
los mundos lejanos de amigos leales
en sus ventanas abiertas las auroras boreales
me indicaran el camino de cada ciudad

Elefantes marinos en costas doradas
Aplauden sonrientes al verme llegar
A tu muelle sereno buscando tu abrigo
exhausta, cansada de tanto remar y remar...

Y en cielos abiertos colmados de estrellas
Nuestras almas sencillas evocando nostalgias 
a lo lejos un canto marino buscando la huella
nos habla de amores secretos vividos con magia.

Sobre aguas serenas navega la balsa, 
La noche callada nos mira tranquila, 
hipocampos azules entran en danza
la ronda que bailan al compás de la vida...

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La fuga según Ramos Sucre

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estamos en un tiempo de fugas exteriores, de escapismos, de maquillajes del Yo. El sistema de consumo (o de autoengaño) nos ha invitado a huir de nosotros mismos. Y con altiva ignorancia hemos aceptado la invitación.

En medio de la celebración (el espejo mediático) del engaño, conviene revisar la obra poética que, desde la acera de enfrente, nos invita a transitar la fuga al revés: la del viaje interior. Es el caso de la poesía de José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, Venezuela 1890 - Ginebra 1930).

La obra de Ramos Sucre nos enfrenta al Ser; vía contraria a la abultada producción de la literatura idiotista (la que estupidiza al Ser) que nos pretende imponer (el gusto) la industria editorial. La palabra de Ramos Sucre rompe el maquillaje del espacio exterior y se asoma (desnuda y por necesidad) a los abismos de la existencia. Y el escritor proclama la razón de su viaje personal (que es la única vía para llegar a la comprensión del Otro) en su poema El fugitivo: "Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro. Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la borrasca. Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas..."

Hay en el arte la necesidad de desnudar al Ser. Y Ramos Sucre lo comprende. Hay en la industria cultural actual (y lleva tiempo en ello) la pretensión de desarmar al Ser, de desarticularlo, de despojarlo de todo grado de comprensión y trascendencia. He ahí cuando, para el sistema mercantilista, sólo es útil la cultura como artículo instantáneo de consumo. Llámese un libro de Dawn Brown o un discurso optimista de Barack Obama. Estamos en el reino global de la reacción; los seres reaccionarios son los mejores clientes del sistema. Y los jefes de la fábrica lo saben.

La poesía de Ramos Sucre confronta el dolor para alcanzar la luz. Sabe que no será trabajo fácil, pero asume el complicado camino de los pantanos interiores como única posibilidad de llegar (con comprensión) al territorio exterior. Como si de un viaje al fondo del mar se tratara, el poeta nos dice en El fugitivo que "Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos. Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado. Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita. Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios. Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura."

Ramos Sucre, como un observador de los tiempos, parece decir que todos los mundos (el primero, el segundo y el quinto) forman parte de una misma carrera falsamente iluminada. Y a punta de palabra ofrece su batalla interior como espacio de comprensión entre el Yo y los Otros.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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