jueves, 1 de octubre de 2009

Copla española (1780)

Anónimo

"Si triunfaran los indios
nos hicieran trabajar
del modo que ellos trabajan
y cuando ahora los rebajan
nos hicieran rebajar.
Nadie pudiera esperar
casa, hacienda ni esplendores,
ninguno alcanzará honores
y todos fueran plebeyos:
fuéramos los indios de ellos
y ellos fueran los señores".

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Vámonos patria a caminar

Otto René Castillo

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

Yo bajaré los abismos que me digas.
Yo beberé tus cálices amargos.
Yo me quedaré ciego para que tengas ojos.
Yo me quedaré sin voz para que tú cantes.
Yo he de morir para que tú no mueras,
para que emerja tu rostro flameando al horizonte
de cada flor que nazca de mis huesos.

Tiene que ser así, indiscutiblemente.

Ya me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.
Ahora quiero caminar contigo, relampagueante.
Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre
del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo.

Ay, patria,
a los coroneles que orinan tus muros
tenemos que arrancarlos de raíces,
colgarlos en un árbol de rocío agudo,
violento de cóleras del pueblo.
Por ello pido que caminemos juntos. Siempre
con los campesinos agrarios
y los obreros sindicales,
con el que tenga un corazón para quererte.

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

Autor foto: INDYMEDIA

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Al nacer lo nuevo, va muriendo lo viejo

Héctor Torres Toro (Santiago, Chile/ Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Señores golpistas, por favor su atención. ¡Atención! 
En la vida todo lo cambia, todo tiene que cambiar 
Despierten, ya es tarde, Uds. ya huelen a pasado 
se irán Como una noche que agoniza en su caso 
Un ocaso de sangre ajena como una mancha del ayer. 
Si, así reza sobre lo nuevo, la competente ajustadora 
La vieja savia, la nunca retardada (dialéctica.) 
¡Cuando lo nuevo nace!, lo viejo empieza a morir 
Si... inevitablemente honduras les reserva su panteón 
Toda su familia oligárquica tiene su lugar para morir 
Con un crespón negro y una corona de oprobio 
Sí, señor Micheletti, si señor Romeo Vásquez V 
Todo tiempo tiene su hora reservada para los karmas 
Así sucederá, vendrá para Uds. la oscuridad, el frio. 
Son síntomas terribles, los síntomas de la muerte. 
Acostúmbrense a irse, deben alejarse, entregarse, 
Acostúmbrese, a no resistir su muerte oligárquica 
Los ángeles de honduras son el pueblo y danzan. 
¡Si Ud. no apura su partida! otros lo empujaran 
Aquí viene la nueva patria naciendo a la luz, 
Cantando a la vida, a las primaveras que estallan en la voz 
Detrás de Uds. vine honduras marchando para vivir 
Ellos llegan para florecer, para construir lo nuevo 
Mientras lo que muere se va con Uds. se va extinguiendo 
Se va a la tumba del pasado, al más allá del olvido 
Los mal hechores se irán con el desprecio del mundo. 
¡Escuchen al pueblo como canta, como ríe, y baila! 
Hasta siempre señores golpistas descansen en paz.

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Entrevista a un tuareg

Entrevista realizada por Víctor-M. Amela a: Moussa Ag Assarid
 
No sé mi edad: Nací en el desierto del Sahara, sin papeles...! Nací en un campamento nómada Tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier- Estoy soltero. Defiendo a los pastores Tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo

- ¡Qué turbante tan hermoso...!
 
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

- Es de un azul bellísimo...
 
- A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...
 
- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
 
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los Tuareg, es el color del mundo.
 
- ¿Por qué?
 
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
 
- ¿Quiénes son los Tuareg?

- Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: señores del desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
 
- ¿Cuántos son?
 
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo luchó por preservar este pueblo.
 
- ¿A qué se dedican?
 
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...
 
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
 
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
 
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
 
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
 
- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..
 
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
 
- Saber eso es valioso, sin duda...
 
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
 
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
 
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
 
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
 
- Vi correr a la gente por el aeropuerto. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
 
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
 
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.
 
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
 
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...
 
- ¿Tanto como eso?
 
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos.... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
 
- ¿Qué pasó con su familia?
 
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...
 
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
 
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...
 
- Y lo logró.
 
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
 
- ¡Un Tuareg en la universidad. ..!
 
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.

- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
 
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
 
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
 
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...
 
- Fascinante, desde luego...
 
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...

- Qué paz....

- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

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Jotamario Arbeláez: saudade

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las historias individuales siempre están entretejidas con las idas y venidas de las otras historias, la de los otros, las que saludan desde la oscuridad de algún ropero o al doblar la esquina. Tienen que ver siempre con el cuento de los años idos, esos que incluso no alcanzamos a vivir. Porque aunque nos sintamos de cuando en vez con la soledad a cuestas, no estamos solos porque somos el resultado de lo que fue antes nuestro, aquí y allá. Esta vida que vivimos es gracias a los que estuvieron antes, a los que siguen estando y a los que ya no están, gracias incluso a esos anónimos que no registran los libros y ni siquiera alguna crónica roja local. 

Y esas historias mínimas, la de las vidas sin grandiosas hazañas y sin estatuas en los parques son las que cuenta poetizando Jotamario Arbeláez (Cali, Colombia, 1940), en Paños menores, libro ganador de la segunda edición del Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, publicado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, en 2008.

El jurado del premio galardonó este poemario por la “fuerza vital de sus imágenes, su poética contemporánea y la renovación que hace del lenguaje coloquial entretejiendo en el mismo la ironía y el humor”. Son sus recuerdos, el país que vivió, el que se le quedó adherido a la piel, el que surge con fuerza de la humedad del alma o las entrañas y se estampa terriblemente humano en las páginas de “Paños menores”.

“Padre / Con esta mano que me diste / Bendigo el mundo que me diste / Gracias te doy por la obra de tus manos / Y por la obra de tu amor / Desde mi nacimiento no tuvo paz tu pie sobre los pedales / Y la música de tu máquina de coser arrulló mi infancia / Y te debo no sólo el ánima que ambula con sus tejidos corporales / Sino el ropero que me has hecho” (Paño de lágrimas, fragmento)

Verso a verso y poema tras poema Arbeláez reconstruye su memoria, con algún que otro dejo de añoranza y sobre todo con la alegría divertida de haber vivido y tener la oportunidad de mirar hacia atrás y darse cuenta de que lo que fue ya no volverá. Es una poética de la memoria, de la propia y de la que se cruzó en sus veredas, la que salpicó de nomeolvides esto que día a día consumimos sin más remedio. Arbeláez deja en sus palabras el sabor de toda esta América Nuestra, de esta patria hecha de ganas y de hambres, de veredas rotas y escuelas sin banderas en los mástiles.

“En la vida política de esta tierra ha corrido mucha sangre / y mucho sancocho de gallina / y políticos del siglo de este poema / no han terminado de hartarse de la una ni de lo otro” (Carnal de violencia, fragmento)

Llueve la vida sobre Paños Menores. La que no claudica, la que está mientras estemos, la que conduce siempre al mismo lugar, al mismo silencio… la vida de Jotamario es la vida del hombre, con sus bemoles y sus aciertos y sus viceversas, es la vida también de la maestra, del padre, del que arregla los motores, del que irrumpe en la panadería por un trozo menos de hambre, es la vida, la de él y la de todos nosotros, que leyéndolo lo recreamos en nuestro propio imaginario.

“Estamos en la tierra desde que tenemos memoria, porque / la condenación comienza con el recuerdo. Y aquí / hemos podido hacer las nuestras. / menos mal que nos expulsaron del paraíso. Hubiésemos / terminado por destruirlo” (Destrucción del paraíso, fragmento)

Las preguntas son lo que somos y lo que hemos podido ser. Somos al final de cuentas más nuestras dudas, que nuestras certezas… y el poeta pregunta, como quién sabe cuál es el eco que desde la primera página lo inunda todo, para naufragar al cerrar las últimas.

“Mis antepasados entraron a sangre y fuego en América conquistando y arrasando / Mis antepasados se defendieron con los dientes de esta / invasión de bárbaros (…) Mis antepasados nos robaron la tierra / Mis antepasados no pudieron recuperarla / Cómo siento en el alma no haber estado en el cuerpo / de mis antepasados / ¿De parte de cuáles de mis antepasados me pondré contra cuáles?” (Antepasados, fragmento).

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Música: desde México, la ranchera

ARGENPRESS CULTURAL

La música ranchera constituye un género de canción popular acompañada por orquestas características que surgió por vez primera en México en los inicios del siglo XX, habiéndose internacionalizado hoy día, pero siendo siempre la música más distintiva de ese país, lo que la constituye casi en uno de sus símbolos patrios. La denominación “ranchera” deriva de la palabra “rancho”, explotación agrícola y ganadera característica de México, unidad económica que en otros países de la región latinoamericana recibe distintos nombres: finca, hacienda, estancia. 

La revolución de 1910 marcó en México un cambio profundo en la concepción política de esa nación y se acompañó de manifestaciones culturales novedosas. Así, la música ranchera nació como una reacción de fuentes populares ante los modelos aristocráticos europeos que predominaban en los ambientes acomodados, fruto de influencias españolas y francesas. 

Los conjuntos de mariachis, originarios de Jalisco y cuyo nombre provino de la degeneración del vocablo francés “mariage” (boda) atribuido por su costumbre de amenizar las fiestas nupciales, se encargaron de difundir en el México posrevolucionario la canción ranchera, autóctona variedad musical que simbolizó la aparición de una nueva conciencia nacional.

La música ranchera encontró inspiración en el espíritu de las danzas folclóricas mexicanas, cuyo carácter festivo, como en el caso del huapango, precursor de la bamba, se combina con un argumento narrativo de naturaleza lírica o épica. Durante los años revolucionarios proliferaron las crónicas cantadas de las gestas de hombres, mujeres y ejércitos. Posteriormente la ranchera fue evolucionando hacia una canción con letras más centrada en lo romántico y pasional. Hoy día sus letras evocan más que lo épico, lo sentimental. 

Son numerosos los intérpretes mexicanos que la popularizaron a lo largo de los años. Ente los más conocidos destacan: Jorge Negrete, Pedro Infante, Lola Beltrán, Amalia Mendoza y Vicente Fernández, de quien ofrecemos aquí una breve selección. 




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La vida en clave de paseo

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Quién tiene tiempo de pasear? ¿Cuándo fue la última vez que usted se dio el lujo de pasear un día cualquiera (lunes en la mañana, por ejemplo)? Sin duda, lo comprendo (por usted y por mí), en este tiempo de ir y venir sin saber para qué, pasear pudiera significar un acto de vagabundeo, pues ya ni los burgueses “pierden tiempo” recorriendo las calles con el simple propósito de descubrir los detalles más “insignificantes” de la vida. Sin embargo, en medio del caos de la prisa urbana (y de la carrera del no sé a dónde voy), el pasear puede representar la más personal (y complicada) de las opciones contestatarias.

La anterior interpretación me surge cuando leo la novela (breve y sabroso relato en clave de observación callejera) El paseo de Robert Walser. El personaje de esta obra no asume el paseo como un acto de escape, sino más bien como una necesidad de celebrar lo imperceptible; es el Charlot que un buen día sale de casa a contemplar los puntos pequeños del todo. Y se maravilla con la naturaleza pero también con los detalles humanos. El paseante es un poeta que, aunque pobre, no sufre las consecuencias de su situación. Por el contrario, a ritmo cordial avanza sonriente por la vía. 

Para el poeta el camino es un universo al alcance de sus pasos (y escribe): “Un montador en bicicleta, compañero del batallón de milicias 134/III, me grita al pasar:

-Me parece que vuelves a pasear en día laborable.

Yo le saludo riendo y admito con alegría que tiene razón si piensa que paseo.

‘Así que me ven pasear’, pensé para mis adentros, y seguí paseando pacíficamente sin molestarme lo más mínimo por haber sido atrapado, lo que habría sido una tontería.

Con mi traje inglés regalado amarrillo claro, me veía, he de confesarlo abiertamente, como un gran lord, grandseigneur, un marqués paseando arriba y abajo por el parque, a pesar de que donde me encontraba era sólo una zona pobre y carretera, medio rural, medio suburbial, sencilla, amable, modesta y de pocas aspiraciones, y no un distinguido parque…”

Son muchos los pasajes de la novela que nos presentan la visión que del paseo tenía Walser. Al respecto, Belén Gaché dijo que “Las caminatas eran el centro no solamente de los libros de Robert Walser sino también de su propia vida solitaria. El poeta suizo parecía apegarse antológicamente a la deriva, rebotando de una ciudad a otra, de un empelo a otro. Mientras lo hacía, miraba todo desde la perspectiva del que se encuentra fuera, con la fragmentación propia del que contempla las cosas solo de paso”. Y el propio Walser llegó a escribir que “al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico”. He ahí la declaración de principios de un paseante.

Son diversas las lecturas que se asoman en la prosa sencilla y tristemente amable (valga la irónica contradicción para identificar su estilo) de Robert Walser. Los personajes obedientes (los cero a la izquierda como Jakob Von Gunten) de sus novelas tienen la marca de “la ciudadanía industrial”, ellos ocupan un vacío entre la nada. No obstante, se comportan como “resignados al extremo”. Cada protagonista de Walser es un cínico de la rendición. Hay en su inexistencia un extremo de burla seca. Él se asume obediente pero cuenta, como brisa helada, la rutina de la sumisión: ¡Ya me tiene, soy tan inútil como usted soñó, no hay más! El poeta del paseo también asume su invisibilidad, pero, a diferencia de otros, lo hace desde la observación. El paseo puede ser un recorrido ingenuo, pero también un transito de protesta contra la voracidad del desarrollismo, contra la frenética carrera del progreso mal interpretado. Mientras los demás participan en la competencia del desasosiego, el poeta se detiene, respira, observa y piensa: “Los niños son celestiales, porque siempre están como en una especie de cielo, y caen desde la infancia a la seca y calculadora esencia y a las aburridas concepciones de los adultos”. O cuando puntualiza que “La naturaleza no tiene que esforzarse por ser importante. Lo es”.

El 25 de diciembre de 1956 unos niños encontraron el cuerpo sin vida de Robert Walser, entre la nieve, extraviado en quién sabe que otro punto de la observación. Para entonces, el escritor era un interno del sanatorio Herisau y recibía permisos para pasear. Hoy, cuando el progreso se nos anuncia en fiesta sin derecho a queja ni a pesimismo, siento que El paseo es un canto a la observación para descubrir los detalles mínimos de la belleza (y su trascendencia) en medio del manicomio global.

Robert Walser: Novelista, poeta y ensayista, de nacionalidad suiza. Nació en Biel, cerca de Berna, el 5 de abril de 1878. Después de abandonar la escuela, trabajó como empleado de oficina, al tiempo que escribía poesía, entre 1898 y 1905, cuando su hermano mayor, pintor e ilustrador, le invitó a vivir con él en Berlín. En esta ciudad escribió tres novelas, Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), que dan una visión irónica y desapasionada de la vida cotidiana de Berlín. En 1909 regresó a Biel y allí escribió las narraciones cortas recogidas en El paseo y otros relatos (1917), pero durante ese periodo sufrió una gran depresión, acompañada de alucinaciones. A pesar de los tratamientos durante dos años, en 1930 se aconsejó su internación en una clínica psiquiátrica de Herisau, donde pasó el resto de su vida. Murió el 25 de diciembre de 1956. Aunque su obra, que incluye además poemas, ensayos y numerosos relatos, fue admirada por otros escritores, como Robert Musil, Walter Benjamin y Franz Kafka, no llegó a un público más amplio hasta finales de la década de los cincuenta.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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Una buena madre

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando Klara Pölzl lo vio sabía quien fue aquel hermoso bebito. Tan chiquito, blanquito. A veces lloraba, a veces dormía. O sonreía. O reía. ¿Quién fue? ¿O quién sería? Klara no había leído aquel cuento de Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan. El cuento había sido escrito entre 1941 y 1944. Cuando Klara lo vio por primera vez fue el 20 de Abril de 1889. El día que lo tuvo. El parto no fue fácil (era su primer hijo) pero lo esperaba feliz. 

Cuando le daba el pecho tenía una extraña sensación. Casi una alucinación. Veía montañas de muertos. O chimeneas con humo y olor a carne quemada. Después, otra vez olor a bebito. Aquel nenito de ojos verdosos que chupaba su pecho y después dormía tranquilo mientras ella le cantaba antiguas canciones alpinas. Klara Pölz quería pensar que eso era como fantasías. Ensueños. Que no siempre eran de muerte. También de amor. Sexuales. Y ahora, con su bebito era así. Como pequeñas y fugaces pesadillas.

Klara Pölz era una campesina pobre, de antepasados serbios, una aldeana que vivía con Alois, su marido, al norte del Danubio. En la pequeña tierra que tenían, rodeados de bosques, con Alois cultivaba flores, repollo para chukrut, hongos, que cada tanto también buscaban entre los árboles, a orillas del Danubio.

Trataban de no hablar mucho con los jünkers, esos antiguos nobles austriacos del lugar. Solamente lo necesario cuando les vendían sus flores y repollo. Los jünkers los trataban con desprecio. Aludían siempre, entre sonrisas y cerveza, a la torpeza y estupidez, a la ignorancia de los aldeanos como ellos. Y entre trago y trago comentaban como ellos, los campesinos pobres e ignorantes, eran también borrachos.

Los veía casi todos los días en la cervecería en que empezó a trabajar. Porque Alois pasó ocuparse solamente de la pequeña granja y ella empezó a trabajar en una cervecería, cerca de su casa. Como moza. Aunque no podía quedarse ahí muy tarde, porque Alois Hitler era violento. Si llegaba después de las diez de la noche le daba fuertes bofetadas o trompadas. En el estómago, para que no queden marcas, comentaba después sonriendo.

Poco a poco Klara fue siendo conocida por una extraña costumbre: apenas alguien se sentaba a la mesa, ella sabía lo que pediría. Si salchichas con chukrut, puerco con puré de manzana, algún pastel alsaciano. Cerveza blanca o negra. Cuando la llamaban para pedir, ya aparecía con el pedido. 

Y no era telepatía. Todo eso ya lo tenía preparado en la cocina poco antes que entren. Antes que se les ocurra pensar en algo para pedir.

Una vez conoció alguien extraño. Diferente a los ruidosos jünkers que siempre aparecían en grupo gritando y dando risotadas. Era un joven de unos 22 o 23 años. Entró solo. Cuando lo vio, como siempre, supo lo que pediría. Y se lo trajo. Él la miró serio, sin sorprenderse como los otros. Como si hubiese sabido eso. Le preguntó: -“¿Sabes también que nos conoceríamos?”, -“No”, le respondió ella algo tensa porque con los clientes trataba de hablar solo lo necesario (Alois era muy celoso y cada tanto aparecía para observarla). –“Mi nombre es Gurdjieff. Hay otro tiempo que no es tiempo. Por lo menos, como lo conocemos nosotros. Ahí, lo que acontecerá ya aconteció. Y eso tú lo sabes. Sabes más de lo que crees. Recuérdalo”. Ella, callada, le dejó en la mesa las salchichas que sabía iba a pedir con la cerveza. Y siguió atendiendo, trabajando, anticipando. 

Volvió a casa y le dio el pecho al pequeño Adolf. Cuando ella no estaba la niñera le daba mamadera, pero no era lo mismo. Aunque hubiera tomado hace poco, se prendía de su pezón desesperadamente. Adolf tenía un mes. Cambió sus pañales sucios y encendió carbón para calentar agua. Cuando estuvo tibia lo empezó a bañar. Recordó las palabras de ese Gurdjieff. Metió con cuidado al pequeño Adolf en el agua tibia. Y volvió a ver montañas de muertos, hornos con humo de carne quemada. Y ahora, también, explosiones, guerras, muchos muertos destrozados. Y a Adolf grande, con un pequeño bigote hablando ante una multitud. Y extraños símbolos negros. Supo entonces, tuvo que reconocer, que Adolf, su hermoso, pequeño Adolf sería también todo eso. Entonces agarró su cabecita para meterla dentro del agua tibia y dejarla ahí, adentro. Pero empezó a llorar. Lo amaba mucho. Un bebito pequeño, frágil, de ojos casi verdes, que necesitaba de ella. Lo amaba. Era su madre. No pudo. Lo sacó, lo secó, lo envolvió y comenzó a cantarle una antigua canción de cuna. Klara también era una buena madre.

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Plástica: Teresa Mestres, la niña de la guerra


Jorge Zavaleta (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Trágica verdad. Las guerras dejan lecciones para nunca renunciar a la paz. Teresa Mestres Planas, niña víctima de la guerra civil española, dejó, junto con sus padres, su natal Villanova i La Geltru, para transitar por América y sufrir los avatares del exilio. Sin embargo, se convierte, con su poderosa imaginación y agudo pincel, en una de las mejores intérpretes del arte hispanoamericano, ahora admiradora del boom artístico que emerge de amplios sectores populares. 

Sus creaciones reconocidas en diversas latitudes, enriquecen galerías privadas y públicas de Europa, América y Austria, incluyendo el Palacio de la Generalitat, Barcelona. Es la única pintora de América, que estuvo presente en el homenaje a Antonio Gaudí (Barcelona, 2006). Se espera con expectativa la próxima muestra del Taller que lleva su nombre, en el Centro Español de Lima.

Teresa Mestres, como en la famosa novela América de Kafka, encontró en el Perú su fértil valle de Oklahoma, después que su padre, Pedro Mestres, canciller de la Generalite de Cataluña, su madre y ella, arribaran a Nueva York desde el puerto Havre e iniciaran su peregrinaje por Cuba, México, Argentina, Brasil y Perú, hasta convertirse en activo miembro fundador del Consejo Mundial de Autores Plásticos, entre otros méritos, que la prensa especializada le reconoce. 

Pedro Mestres, ingeniero de profesión, se dedicó a asesorar e instalar fábricas de papel a partir del bagazo de la caña de azúcar. En La Habana, el Che Guevara le pidió transferir a la revolución las acciones de la planta que había levantado con inversionistas extranjeros y locales. En Argentina, el peronismo no le prestó mayor atención a la agroindustria del bagazo, a diferencia de los barones del azúcar de los valles norteños del Perú que necesitaban innovación técnica y social en sus trapiches.

Esta niña de una guerra que expulsó a múltiples espíritus ilustres en artes, ciencias, literatura, filosofía y otras vertientes liberales como se diría en el Medievo, encontró en Lima un atractivo clima para continuar sus estudios, conocer el exagerado y aburrido halago en los salones de la oligarquía, hasta renunciar al matrimonio convencional y optar por la creatividad sin corsé.

Estudió química y literatura en Argentina y Perú; y arte con Teodoro Núñez Ureta, connotado representante de la plástica nacional. Y hoy no cesa de volcar sus conocimientos de artista a otras generaciones. Una fructífera lección se aprecia en el grupo multinacional del Taller que lleva su nombre y ha creado un estilo, integrado por la lingüista brasileña-japonesa Ritsuko Shima de Yoshimoto; la pintora chilena Valeria Susti de Musante; la peruana July Balarezo Alayo, profesora de Historia; y Lucy Gutiérrez Dongo, joven lingüista que interpreta el arte y los dialectos de las comunidades amazónicas.

“Diría que no hay rama del arte que no haya explorado: sus briosos caballos de paso, ya sean en acuarela, óleo o pastel, gozan de una belleza incomparable; sus bodegones son magníficos, a veces muestran frutas que ya quisiéramos saborear al instante. Así es la pintura de Teresa: vehemente, pura, sublime..., comenta a su alumna July Balarezo, con quien habla de la soledad, filosofía que la anima en su cotidianidad, y que le recuerda a Lope de Vega y su genial poema: “A mis soledades voy,/ de mis soledades vengo,/porque para andar conmigo/me bastan mis pensamientos”

Teresa sostiene que la libertad, es una forma de egoísmo que si no se usa bien puede herir a muchas personas. “La independencia es una responsabilidad y un sacrificio, aún más cuando no se dispone del dinero suficiente, ya que el dinero es una forma de esclavitud”

Señala que las galerías de arte están cerrando y que los centros culturales tomaron la posta. “Ahora todo vale. La originalidad y el atrevimiento llaman la atención. Las masas compran lo que la propaganda le sugiere. La tecnificación está inundando todos los planos del arte y la vida de las personas. Y justamente, ha surgido un campo muy competitivo y, el pueblo va imponiendo su arte, su manera de perennizarse por medio de la artesanía. Es el nuevo boom. Todos queremos trascender de algún modo”.

TALLER MESTRES

La obra docente de Teresa se conoce en diversos talleres de Lima, como la galería Borkas, La Hispania, Reducto, y ahora en el estudio que lleva su nombre, presenta a su excelente grupo multinacional: 

Ritsuko Shima: Recuerda que su padre - uno de los pioneros japoneses inmigrantes al Brasil, que trabajó en los alrededores de Sao Paulo, marcó su vocación por la pintura. Su progenitor, en las noches de luna llena, pintaba y escribía haikus, en láminas de papel de arroz. La pintura le sirve como medio de comunicación con sus ancestros, y la posibilidad de volcar lo mejor de sí. Sus lienzos son de colores muy intensos y representativos de su cuna del Imperio del Sol Celeste.

July Balarezo: Conoció el arte desde muy niña, cuando en Chiclín, a cuarenta kilómetros de Trujillo, se formaba una pinacoteca representativa del norte del país y el primer museo precolombino, hoy Museo Larco de Lima. Con sus estudios de historia, el ejercicio de la docencia y su infatigable estudio de la literatura y cine, llega al Taller Mestres para interpretar, principalmente, con motivos abstractos, una visión lírica del mar, los poblados cordilleranos y las caletas donde se conjugan algunos de sus personajes. 

Valeria Susti: Formada en el Museo de Arte de Lima, ahora profesora de acuarela, es también una apasionada organizadora y promotora de Concursos de Caballos de Paso, actividad que la acerca más a la naturaleza fresca, cubierta de rocío y encanto cotidiano. Ha participado en 46 exposiciones entre Perú y Honduras, como en Noche de Arte en la residencia de la embajada de EU en Perú y otros exigentes escenarios. Su creación incide en los corceles, chalanes e indumentaria, cuya crianza se ha convertido en evidente sincretismo iberoamericano. 

Lucy Gutiérrez: Acuarelista, lingüista egresada de la Universidad Católica del Perú, editora de “La Niña de la Guerra”, autobiografía de Teresa Mestres, ha decidido aprender algunas lenguas amazónicas, labor que enriquece su arte pictórico y literario y su creciente interés por conocer el rico y emergente país multicultural y multiétnico, ignorado y violentado secularmente.

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El anillo mágico

Julio Woscoboinik (Desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-Señores pasajeros tengan Uds. muy buenos días. Lamento distraer por unos segundos su atención. Perdón, sólo vengo a pedirles una ayuda. Lo que Uds. puedan dar. 

Quisiera poder caminar como ustedes. Caminar como un ser normal. Tengo 21 años y como Uds. ven, no puedo hacerlo. La operación que me devolvería a la vida cuesta 9.500 dólares, y no he podido lograr que ningún Ministerio, ni Fundación, ni diputado, ni siquiera Dios, me diera una mano. Por eso, y porque así, nadie me ofrece trabajo, vengo con vergüenza a mostrar mi discapacidad... Si Uds. me lo permiten, pasaré a dejarles un anillo. Y sin ningún compromiso, agradeceré lo que puedan darme.

Una sola cosa quiero pedirles. Cualquiera fuese vuestra respuesta, su posibilidad o su disponibilidad, ¡por favor! no me devuelvan el anillo. 

Quiero dejarles algo mío. Algo humilde pero, al fin de cuentas, una alianza. La que debiera unirnos... 

Gracias...gracias...No, por favor, el anillo es para Ud. Por favor, se lo ruego, quédese con el anillo. 

Baje del colectivo, el anillo en mis manos y mis ojos en ese joven. Conmovedor en su demanda. Me pruebo el anillo. Es chato como un cintillo. De lata, casi oro. Por los bordes parece una corona. ¿Guardará algo extraño? ¿Un zahir borgeano? De pronto me vi en las mil y una noche de los sueños. Alguien, que no conozco, me ha dejado algo que lo trasciende. Y trasciende al tiempo, al efímero instante de una presencia. ¿Tendrá conciencia este pobre joven deforme de lo que hace? Es ésta una ofrenda misteriosa y mágica. ¿Mensajero de Dios? ¿O tan solo una alucinación? 

Han pasado varios años y aún guardo ese anillo. Con celo de joya preciosa. Ha cambiado mi vida. Nunca he podido saber de ese extraño personaje. Cada vez que miro el anillo, pienso en la alianza... El dolor y la injusticia. Me tortura su evidencia. Siento culpa y vergüenza. Guardo algo de su maravilla. Profunda y mística. Me obsesionó hasta el espanto. 

Ahora soy monje. Trabajo en las villas y camino por el mundo. Pidiendo limosna, obsequiando alianzas...

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Cuando el caos se quiere teoría y resulta sólo fachada

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No, no vamos a hablar del mundo actual. Tampoco de las secuencias vividas en Manhattan luego del desplome de las Torres Gemelas. No, la teoría del caos anda por otros rumbos, está incorporada al acervo científico y significa una revalorización... ¡del orden! En efecto, los fenómenos tenidos como caóticos por antonomasia, es decir, las turbulencias ocasionadas en el agua y en el aire, sólo lo son en apariencia, responden a una estructura interna que los determina. Usted está tomando su café y vierte unas gotas de crema, verá como ese mundo quieto de la superficie líquida se agita en un bonito blanco sobre negro. Son turbulencias debidas al choque de densidades entre los dos líquidos, el agua coloreada y la crema vertida sobre ella, acabando por uniformarse en un color “café con leche” que está a medio camino entre el negro y el blanco. Cesan entonces las turbulencias. Claro, para el caso, su dilucidación no está muy urgida que digamos, se diría que fue “una tormenta en un vaso de agua” o, mejor, en una taza de café. Pero ¿si tiene por escenario la naturaleza? Es vital saber con la mayor aproximación posible el curso de la tormenta, tal vez originada remotamente, y ahora precipitándose como huracán sobre el Caribe.

Entonces ¿qué ocurre? Se ha producido un choque esta vez de velocidades entre corrientes frías (moléculas más lentas) y calientes (moléculas más rápidas) de los gases que forman el aire, y el resultado son las turbulencias, es decir, huracán a la búsqueda del acoplamiento de las temperaturas, a la búsqueda de un término medio, de su entropía, de su “café con leche”. Y mientras las corrientes de aire “arreglan sus diferencias”, nosotros a sufrir los efectos en tierra y en el mar.

Encontramos el fenómeno tanto en los sucesos de orden meteorológico como en las turbulencias aerodinámicas (causadas por un objeto en vuelo) o bien si se trata de la comunicación intercelular, es decir, en un medio líquido. Tras capas y capas de datos, a primera vista incoherentes, se descubre un orden profundo. La naturaleza desarrolla interacciones de mucha mayor complejidad de lo supuesto. Y el orden descubierto en las turbulencias fue bautizado como “teoría de los sistemas dinámicos no lineales”, prefiriéndose el nombre más familiar de “teoría del caos”.

Como ilustración, se ha manejado el “caso de la mariposa”: bate alas en París y causa un ciclón en el Caribe. Naturalmente, es un ejemplo figurado pero elocuente respecto al efecto multiplicador. Tomemos dos fenómenos climáticos tenidos como idénticos, cada uno de los cuales atiende la formación de vientos que toman como rumbo cruzar el Atlántico vía el Caribe. La más ligera variación que se introduzca en las condiciones iniciales de uno de ellos acaba por crear un abismo entre ambos fenómenos. En efecto, son tenidos como idénticos, pero en uno la mariposa introduce el aleteo y será huracán al llegar a las costas del Caribe, mientras que el otro, sin mariposa metiche, será suave brisa que refrescará a los turistas en las playas.

Ahora bien, nuestra mariposa puede introducir su aleteo en cualquier tramo del curso del fenómeno. Cuanto más cerca de las condiciones iniciales se encuentre, mayor seré el efecto multiplicador. Aquí cabe insistir en que no es factible considerar dos fenómenos absolutamente paralelos ni tampoco dar por sentado que es posible reproducir exactamente un fenómeno dado. Uno tendrá variación respecto del otro. No debe olvidarse que estamos hablando de nivel molecular y, si alguna vez llegamos a dominarlo enteramente, cabrá siempre la posibilidad de que una “mariposa” aletee y deje en la tormenta la semilla del caos huracanado. Es decir, la inviabilidad de blindar el suceso frente a lo que siempre nos rodea, la fuente de nuestros miedos: lo desconocido. “Algo” allí puede producirse y hacer variar las condiciones más cuidadosamente elaboradas sin que lo advirtamos.

Quisiera insistir al respecto. De ningún experimento, más: de ningún suceso puede asegurarse que se ha logrado reproducir las condiciones que le dieron lugar. ¿Por qué? Porque el infinito o bien su equivalente, lo finito desmesurado, contienen el gran disgregador, lo desconocido. Él gobierna el universo, no nosotros. Y carecemos de medios para prever su aparición ni mucho menos para evitarla. Para eso es lo desconocido. Ni siquiera sabemos si existe, su amenaza pendiente, eso es todo. Que la ingeniería genética y la clonación, la cibernética, la astronáutica y todo lo demás, no nos hagan perder la cabeza, el hombre apenas si está haciendo sus pininos. Es la sempiterna lucha contra la parte de la naturaleza que nos es dañina o, lo que es lo mismo, se pone en juego nuestra capacidad para adaptarnos como especie a los cambios. Un día el sol lanza al espacio unos lengüetazos de rayos gamma de magnitud no esperada, otro el virus del ébola nos mata en hemorragias mientras el del sida hace su enésima mutación. Hasta ahora como especie la hemos librado, ésta salió con heridas sin afectarse su sobrevivencia pero... ¿cuál será la próxima agresión que nos reserva Mamacita Naturaleza?

El factor (o efecto) multiplicador, el aleteo de la mariposa, fue subestimado hasta que en los años sesenta comenzó el boom de la computadora, herramienta indicada para cálculos de una complejidad inédita. De ahí que en esos mismos años se sitúen los orígenes de la teoría del caos, cuando el meteorólogo Edwar Lorenz, del Massachusetts Institute of Technology, al estudiar los movimientos en la atmósfera, se vio precisado a revisar el modelo matemático standard, que mostraba serias insuficiencias.

Estamos hablando de la actividad científica del siglo. Sin embargo, el efecto multiplicador era conocido desde la remota Antigüedad. Se cuenta que un rey quiso premiar al inventor del ajedrez, juego que tanto había contribuido a disipar su spleen, y le dijo: 

 ­Pide lo que quieras. 

A lo cual contestó el aludido: 

­Señor, sólo pido que se me dé la cantidad de granos de trigo que resulte de duplicar, a partir de uno, tantas veces como casillas contiene un tablero de ajedrez. La primera corresponderá a uno, la segunda a dos, la tercera a cuatro, y así de seguido. 

El rey sonrió, pensando: "Tan inteligente para inventar el juego de ajedrez, tan tonto para pedir la recompensa". Cuando el monarca supo la cantidad final, no lo pudo creer; el lector es invitado a hacer los cálculos. 

Trátase, pues, de aumentar nuestra capacidad predictiva a partir de una revaloración de las condiciones iniciales. En la anécdota, el rey subestima a la cifra “uno” con que comienza el cálculo. Así como, en sentido figurado, una mariposa causa un ciclón con su batir de alas. Conocer las condiciones iniciales con la mayor aproximación, y de ahí calcular las consecuencias, de eso se trata a los fines de la predictibilidad. Y digo aproximación, pues la exactitud nos está vedada en última instancia, es decir, en el microcosmos. Aun si dominamos el fenómeno turbulencia, lo que estamos haciendo son exteriores de las moléculas. Todavía no sabemos si el grado de incidencia de los niveles atómico y subatómico en el movimiento molecular se da al punto de involucrar específicamente a las turbulencias. Tal vez sea cero, tal vez no. De todos modos, estamos advertidos: las mediciones, cuando se llega al nivel de las partículas subatómicas, se detienen a las puertas del principio de indeterminación (o de incertidumbre), formulado en el pasado siglo por Werner Heisenberg, y que es uno de los grandes aportes teóricos en el campo de la Física. De su autor se cuenta que, estando próximo a morir, dijo: “tengo dos preguntas para Dios: por qué la relatividad y por qué la turbulencia. Seguramente, Dios tendrá respuesta para la primera pregunta”. Tal vez, aventuro por mi cuenta, la turbulencia fue invento de Satanás. 

Pues bien, Heisenberg tenía plena conciencia de la endiablada -precisamente- turbulencia, a pesar de no ser ésta su especialidad, sino la Física de partículas, sobre la cual había formulado, dijimos, el principio de indeterminación. Según éste, no es posible establecer la posición de una partícula en el espacio y simultáneamente su velocidad con la precisión que se quiera, sino sujeta a un condicionamiento: cuanto más exacta una, menos lo será la otra. Se relativiza entonces el conocer, pues la certeza buscada se disuelve en probabilidad estadística: la partícula, al momento de la observación, se encuentra en algún punto de una cierta área o bien su velocidad oscila entre dos valores. Queda, pues, comprometido el futuro, es vana la pretensión de predecir un suceso a nivel subatómico con la exactitud que se quiera. A más de su propia endiablada complicación, de todo esto tal vez tendrá que hacerse cargo un día la turbulencia.

Aquí, diría, la predictibilidad encuentra sus límites, al futuro no puede vivírselo por adelantado. Pero un día “nos alcanza”, como se titula un filme de ciencia ficción, y lo que tomábamos por caos es sólo fachada, la estructura interna está regida por el orden. Ahora bien, en ruta ha surgido una amenaza. No nos volvemos solamente contra la parte dañina de la naturaleza, sino contra toda ésta: la amenaza es el hombre depredador, sus “turbulencias” contra la parte benéfica que nos alberga, envenenando aguas, aire y tierra, tumbando bosques, en una palabra, atentando contra sí mismo en una redoblada furia destructiva que se parece al suicidio y que nos negamos a aceptar.

Marcos Winocur es argentino residente en México.

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Entrevista al escritor español Enrique Vila-Matas: “El camino hacia la estupidez ha aumentado mucho”

Ana Rodríguez

Soplan vientos de cambio para el connotado escritor español. Prepara la salida de su nueva novela, Dublinesca, que habla de la época del esplendor de la imprenta hasta el ocaso. Los personajes que cristalizan estos dos momentos serían, a su juicio, Joyce y Beckett.

Luego de 16 libros publicados al alero de editorial Anagrama, Enrique Vila-Matas anunció su partida a Seix Barral. La noticia sonó fuerte en el medio español: no pocos dijeron que ahora que el escritor había adquirido proyección internacional, abandonaba a su editor para ingresar, como si nada, al catálogo de uno de los sellos del grupo Planeta. Vila-Matas no ha querido referirse al tema y dice estar concentrado en la aparición de Dublinesca, que verá la luz a comienzos de 2010.

Como en Bartleby y compañía y Doctor Pasavento, el narrador aborda temas relacionados con la literatura, quizá su única obsesión a la hora de sentarse frente a la página en blanco. Por sus libros desfilan sabrosas e iluminadoras anécdotas de Franz Kafka, Marguerite Duras o Robert Walser, y su nueva novela arranca a partir de un poema de Philip Larkin. "Dublinesca tiene una atmósfera literaria situada en Dublín y habla de dos escritores irlandeses", comenta el autor a La Tercera. "Aborda el cambio que va desde la cumbre de la era Gutenberg, que representa Joyce, a la decadencia de la era de la imprenta, que encarna Beckett. A través de dos capítulos, la novela comenta este puente entre el apogeo y esplendor de una cultura de la imprenta y su final".

¿Qué caracteriza cada uno de estos períodos?

En el apogeo está la presencia de plenitud, que puede ser el equivalente de la existencia de Dios. Y al otro lado del puente, la época de la decadencia de Beckett, se vive la inexistencia de esplendor y de una figura divina. Un poco el comentario entre ser y no ser, entre el apogeo de la historia literaria y el final de esa historia, una etapa más de desecho. Basta ver un poco lo que leen los lectores de hoy, comparado con lo que leían los de la primera mitad del siglo pasado, para entender que ha habido un descenso en las ambiciones de los lectores y también de los escritores. Pero no es un descenso que sólo pertenezca al mundo de la literatura, sino a todo los demás aspectos de la humanidad.

¿Más superficialidad?

El camino hacia la estupidez, desde mi punto de vista, ha aumentado mucho. Lo predijo Flaubert en el siglo XIX, creyendo que ya conocía ese descenso a la estupidez y, sin embargo, ha continuado. De esto también habla 2666, de Bolaño. En otro sentido, en otra forma. Pero anuncia el desastre. Más que anunciarlo, Dublinesca comenta el desastre en el que estamos.

¿Es en esta especie de muerte donde se relaciona con el poema de Larkin?

El poema cuenta el entierro de una prostituta dublinesa al que sólo asisten sus compañeras de trabajo. Y es también una parábola sobre la vieja literatura, que sería la vieja puta que requiere un funeral. Y ese entierro, ese funeral, es la novela.

Se ha dicho que su cambio de editorial se debió a que pretende ascender a los 100 mil lectores.

No voy a entrar en el tema, que cada cual juzgue esta cuestión como quiera. Pero le diré que no ambiciono ni deseo ser un autor best seller porque, teniendo en cuenta cuáles son los best sellers que hay actualmente, sería muy grave que me pasara esto. Tendría que cometer algún error muy grande.

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Cyborgs. Sign out, log off, shut down and turn off

Jorge Majfud (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un día de 1997 me encontraba navegando en un pequeño barco de madera en el océano Índico. Iba con Joseph Hanlon, un viejo lobo norteamericano nacionalizado británico, reconocido escritor y periodista de la BBC y reconocido opositor al apartheid en Sud África. También iba su esposa y un nativo makua que conocía aquellas aguas.

Después de haber recorrido cuarenta países, mi capacidad de sorpresa y ensoñación se habían renovado. Era el fin del mundo, el lugar donde se unían el cielo y el mar, el paraíso y el infierno. Nada más parecido que volar en un barco de madera. Allí las aguas son tan trasparentes que uno puede andar horas viendo pasar los corales en el fondo del mar como si fuesen países vistos desde un avión. Con frecuencia los delfines seguían nuestro vuelo jugando como niños y los peces voladores planeaban sobre la superficie del agua como si fuesen pájaros de cristal brillando bajo el sol. 

Una tarde llegamos a una isla poblada por kimwanis. Nos alojamos en un antiguo edificio portugués. En Mozambique, después de la revolución de independencia y a pesar de que el gobierno era marxista, cualquiera podía comprar un extenso pedazo del paraíso por cincuenta dólares. El problema era habitar aquello.

Nosotros estábamos de paso y nos quedamos una o dos noches allí. 

Esa noche los jóvenes kimwanis me invitaron a una fiesta que tendrían en un local cerca del mar. Un remedo torpe de los bailes en el mundo moderno. De alguna forma alguien había conseguido un disco viejo de Madonna y unas pocas lámparas que eran alimentadas por un generador de barco que hacía más ruido que el pasadiscos. Las jóvenes salvaban la originalidad de su pueblo con la belleza de sus capulanas.

Al regresar a la villa atravesamos el centro de la antigua ciudad colonial, totalmente abandonada. La avenida principal estaba cubierta de una arena blanca que reflejaba con intensidad la luz de la luna. Entonces recordé el relato de uno de los jefes de cuadrilla del astillero donde trabajábamos. El jefe lo había enviado unos meses a Alemania para aprender carpintería y al entrar en un shopping center se mareó con las luces y se perdió en el alucinante laberinto del consumo. Finalmente lo encontró la policía, temblando escondido en un baño, no sé si de hombres o de mujeres. 

Para mí la experiencia era la contraria. Sumergido en ese cuadro surrealista casi no podía distinguir si caminaba sobre una avenida de arena o nadaba sobre las transparentes aguas del océano de corales. Las casas de aquella ciudad abandonada en una isla tropical fuera de todos los circuitos turísticos estaban ciegas y mudas, apretadas unas contra otras. Las sombras de los árboles y de los balcones eran de un negro impenetrable. Todo el paisaje era irreal, el silencio y los olores. Todo poseía una intensidad existencial imposible de encontrar en las ciudades modernas donde la sobreexcitación ha anestesiado toda sensibilidad. 

Uno de los defectos de nuestro mundo desarrollado es el haberse convertido en eso: una jaula de luces y sonidos cada vez más repetidos y anestesiantes. Las luminarias enceguecen, los ruidos ensordecen, las comunicaciones incomunican. 

No hace mucho un estudiante llamó a la puerta de mi oficina porque quería hablar conmigo sobre un curso. Venía hablando solo, por lo que pensé que debía llevar uno de esos teléfonos que muchos llevan incrustados en su cerebro por el lado del oído derecho. Un nuevo cyborg.

Por un momento dudé si realmente estaba hablando con alguien más al tiempo que me preguntaba por unos textos que debía leer para la semana. Llegando al límite de mi paciencia le pregunté si estaba hablando conmigo o con alguien más. 

“Con los dos”, me dijo. 

Traté de no perder las normas de civilidad y le dije que se desconectara o saliera de mi oficina. A lo cual se justificó con el cuento de la generación multiple-task. 

“Oh, la Generación de Tareas Múltiples. Muy bien. Ahora, ¿podrías resumirme la conversación que acabamos te tener? 

“Emm, so… Sí, usted me hablaba de un texto”.

“¿De qué texto?”

“Emm… I mean…”

Prolongué el silencio a propósito.

Desde el siglo pasado vengo argumentando acerca de las oportunidades históricas de una radicalización del humanismo en la expansión de la educación, la cultura y el poder político e ideológico de las clases populares a través de los nuevos sistemas interactivos de comunicación. Cada vez con más frecuencia debo desilusionarme ante estos groseros desvíos de una supuesta conscientização de la que hablaba Paulo Freire, de esa dulce utopía de la liberación de los hombres y mujeres sin poder a través de su independencia laboral y educativa. Cada vez con más frecuencia experimento esa frustración de que esta liberación es tan ilusoria como el conocimiento de alguien a través de una “sociedad virtual” como Facebook donde hasta las emociones vienen prefabricadas y empaquetadas. Los viejos vicios de las grandes cadenas de televisión, como el adoctrinamiento a través de la propaganda, se reproducen también en Internet. Con el agravante de que ahora la dependencia no tiene horario ni tiene barreras económicas. Basta con estar conectado.

Con el agravante de que ahora la alineación se confirma a sí misma con la orgullosa superstición de un individuo finalmente liberado.

Sólo queda una esperanza: que esos torpes balbuceos, que toda esa alienación no sea otra cosa que la expresión de una etapa infantil en preparación de otra más madura.

“OK, ¿podrías al menos decirme de qué hablabas con tu amigo?”, pregunté.

“Asuntos personales”, contestó. Otra frase prefabricada.

“Para asuntos personales está la cafetería. No me haga perder el tiempo con teorías del Pato Donald. La Generación de las Tareas Múltiples no es otra cosa que el nombre elegante de una Generación de Mutilaciones Múltiples. Vaya, haga algo por la humanidad. Arroje ese anzuelo a la basura. Agarre un libro, un diario, una manzana, algo que sientan sus manos. Salga a mirar la luna. Apague las luces de su apartamento. Por favor, haga sign out, log off, shut down and turn off. Desconéctese. Escuche ciento cincuenta veces el silencio antes de volver”.

Cuando el muchacho se fue, probablemente manejando su Ford Explorer y escribiendo en su iPod con el pulgar derecho a algún otro cyborg en Japón o en España sobre lo que le acababa de ocurrir con su profesor, comprendí que mi fastidio se había multiplicado por otra razón adicional. El muchacho era una caricatura de mí mismo, de todos nosotros, de la nueva sociedad anónima de ciegos insectos que van a morir abrazados por el fuego de las luminarias.

Entonces me desconecté y salí a respirar.

Jorge Majfud es uruguayo residente en Estados Unidos. 

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Momento irrepetible

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Del silencio a la sombra la luz teje su trama
prolija, minuciosa, sin dejar una hilacha. 
A bullicio los pibes van cubriendo la escena 
y al abrirse la escuela, ya entonces entra el día.

Convención de torcazas, vaivenes, revoleos
y atávico misterio a perderse lejano.  
Cada instante protege su perfil más oculto, 
con ecos y sonidos de rumor callejero. 

El momento es flamante, 
único, recién hecho,
con cielo más opaco y verdor melancólico.

Ahí cruza la vecina que ni siquiera mira
y ya se desmelenan las ansias por el barrio. 
Eso sí que es la vida, no jodamos. 

Sin respuesta probable me abruma el universo 
y hoy quizá necesite imaginarme dioses 
que certeros acierten tanto enigma y mis ojos.
Pero ninguno de ellos, aún, me ha convocado.

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La flecha que alcanza al buitre no alcanza al halcón

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“La mayoría de los hombres viven sus vidas en la quieta desesperación”. (*)

Los tecnócratas, servidores y gestores del sistema social imperante, piensan que la solución tanto de los problemas sociales como de los conflictos personales y subjetivos deben y pueden ser resueltos por medios técnicos. Esta es una propuesta muy bien aceptada y promovida en el mundo tecnológico-computacional en el cual vivimos, hoy dominante en los países ricos, y algunos otros. En el libro de A. Huxley. “Un mundo feliz” (1936), ya se proponía como remedio de los problemas sociales y subjetivos el uso de drogas de la felicidad. George Orwell, pensó que antes del siglo 21, nos tornaríamos autómatas gobernados por una docena de dictadores. El psicólogo Skinner idealizó una sociedad enteramente planificada, de tipo dictatorial, que si fuese el caso, eliminaría los conflictos sociales. Mediante fármacos o condicionamientos, se pretendería atenuar y cubrir los conflictos y controlar el comportamiento, evitando así cambios indeseables para el orden social dominante.

Los espíritus simples, esos que creen en casi todo lo que el Sistema Social les inculca, piensan que pueden administrar sus vidas aplicando dos o tres fórmulas que aprendieron en un viejo almanaque o que oyeron del cacique de la tribu. Siguen los preceptos de alguna secta o se conforman con leer el horóscopo del día. En la mejor de las hipótesis siguen las indicaciones de un manual técnico. Es sensato saber que cada plano y esfera de la existencia tiene su grado de complejidad. Sólo los asuntos más comunes son lineales y sin opacidades ni puntos obscuros. En ese caso, hasta se puede aplicar una receta que se ajuste el menú del día. Pero siempre es conveniente saber que cada área tiene sus peculiaridades. Lo que sirve para la esfera erótica no sirve para el plano laboral; lo que resulta una táctica infalible en los negocios puede ser un desastre en el plano emocional.

Los tecnócratas, servidores del sistema social imperante, piensan que la solución tanto de los problemas sociales como de los conflictos personales y subjetivos deben y pueden ser resueltos por medios técnicos. Esta es una propuesta muy bien aceptada y promovida en el mundo tecnológico-computacional en el cual vivimos. Fue implantada desde comienzos del siglo XX y hoy está en pleno auge. Los avances científicos en todas las esferas y sus aplicaciones prácticas en el campo técnico permiten un dominio de la naturaleza hasta un grado nunca antes visto. Dominio en términos, pues también implica una destrucción consecuente de los ecosistemas, con todas las catástrofes que estamos sufriendo. Implica también una apropiación cada vez mayor del poder por las elites, con deterioro de la situación de la gran masa de la población.

En el libro de Aldoux Huxley, “Un mundo feliz”, ya se proponía como remedio de los problemas sociales y subjetivos el uso de drogas de la felicidad. Huxley era un crítico de esta idea, pero reconocía que en un futuro próximo bien podría ser impuesta por los poderes oficiales. Que un tecnócrata sugiera esa forma de resolución de los problemas humanos es comprensible, pero que algunos psicólogos propongan soluciones similares, resulta bastante sorprendente. Sorprendente en razón de que se supone que la psicología es sobre todo una ciencia humanista, es decir, centra su interés en el cuidado y perfeccionamiento del ser humano, tanto en su aspecto comportamental como ético.

Extrañamente, no obstante, hay psicólogos que rechazan la propuesta humanista, propagando una alternativa tecnológica para enfrentar los problemas humanos.

Tal es el caso del bien conocido B. Skinner, un psicólogo muy respetado entre sus pares. De hecho, este investigador de la conducta ha realizado una contribución muy meritoria en el plano de la programación del comportamiento: es el llamado condicionamiento operante (C.O.), diferente del condicionamiento propuesto por Ivan Pavlov y sus famosos perros salivadores. El C.O. consiste en que una conducta tiende a mantenerse según sea el tipo de refuerzo que la condiciona. El concepto de refuerzo ha tenido una enorme fortuna en el campo de la psicología, especialmente en el área de las organizaciones y del control de la conducta. Con un poco de buen humor podemos afirmar que Skinner no tuvo dificultad en demostrar que entre un ratón entrenado en un laboratorio y el hombre común, apenas hay una diferencia esencial: el ratón siempre sale del laberinto de ensayo y el hombre inventa laberintos, ya sea para justificar determinadas situaciones (piense en las leyes), o por simple ignorancia (piense en las confusiones de sus años juveniles). 

De hecho, el ser humano es altamente manipulable mediante el llamado condicionamiento operante. Skinner demuestra que existe la manipulación del comportamiento mediante este este tipo de condicionamiento. Eso es innegable, y la experiencia común de todos nosotros lo confirma. Todas sus investigaciones demuestran como funciona ese tipo de condicionamiento. La conducta normal es altamente controlada de esta manera. Dicho de manera simple: mantenemos determinadas conductas por premios y castigos, por recompensa y puniciones. A veces por simple amenaza. Respetamos el semáforo para evitar una multa. La señora X respeta la fidelidad conyugal porque no ignora la reacción de su marido si se entera de sus encuentros secretos. Su patrón le aumenta su salario para que usted rinda más. Las flores con que periódicamente homenajea a su esposa refuerzan el cariño que usted quiere mantener. 

Lo que propone este psicólogo es dar algunos pasos más, afirmando que es mejor una sociedad controlada mediante condicionamientos dirigidos según procedimientos científicos, que una sociedad que opera sin planificación bien fundamentada. (**). Todo funciona mejor en una sociedad controlada y planificada. Los negocios prosperan y la gente vive sin mayores sobresaltos. Esa es la tesis básica del psicólogo.

Este psicólogo admite con todas sus letras que la democracia es una ficción, aunque el grueso de la población crea estar escogiendo a sus supuestos representantes. Skinner sabe que la conciencia colectiva es dirigida por la propaganda y los valores propiciados por el sistema social. Una sociedad planificada según el modelo de una ingeniería comportamental es una idea seductora, muy en consonancia con el capitalismo vigente.

Skinner escribió todo un libro exponiendo como sería el control en ese tipo de sociedad. ¿Más control aún? El ideal de los skinnerianos, de los burócratas y de los chiítas musulmanes (¿quién diría que estarían tan próximos?) es una sociedad controlada, planificada y manipulada según las fórmulas de una tecnología del comportamiento, dejando para el plano de los condicionamientos operantes, la configuración de la subjetividad. Lo que quieren es suprimir la oposición, los conflictos de intereses inherentes de una sociedad basada en la desigualdad; pretenden evitar la contestación del orden dominante y dar como hecho natural la división entre las elites dominantes y la masa dominada.

Lo notable es que esta propuesta se está imponiendo en el mundo actual en un grado mucho mayor que en las épocas anteriores. Mediante los medios de comunicación masiva están consiguiendo manipular la conciencia colectiva, alienando a los individuos de las realidades que más los afectan. Sin necesidad de un aparato policial excesivo, como acontece en las dictaduras tradicionales, uniforman las mentes, llevándolas a desear y aceptar lo que los poderes oficiales imponen. Esta propuesta de dominio de la conciencia colectiva busca hoy su justificación, por la existencia de una forma de fanatismo religioso, que amenaza a Occidente; permite, sobre todo, que los gobiernos de países islámicos, en su gran mayoría de tipo dictatorial, encuentren en el fanatismo religioso un excelente aliado para continuar firmes en el poder.

El shiita fanático impone la ley de la tradición, condenando al fuego a todo opositor. El burócrata quiere el registro notarial de todas las relaciones sexuales y transacciones de los ciudadanos. El skinneriano condiciona la mente de los individuos para aceptar el sistema dominante como la mejor opción posible. Oh, míster Orwell! Precisarían considerar un proverbio que oí de los labios de un campesino maya: La flecha que alcanza al buitre no alcanza al halcón 

*) Se entiende por horizonte de vida el grado de amplitud en la visión personal del mundo. Cuanto más amplia es la visión del mundo más rica, compleja y variada es la vida.

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