viernes, 23 de octubre de 2009

Una de cow boy

Marcelo Colussi

Eran pocos los aventureros que se atrevían a cruzar ese desierto, casi ninguno. "El
desierto de la muerte" solían llamarlo. Se contaban historias escalofriantes sobre la suerte corrida por quienes lo habían intentado, y el misterio que acompañaba todos los relatos empañaba cualquier posibilidad de análisis racional.

Se decía también que había riquezas incalculables; aunque no se sabía bien cuánto podía haber en ello de verídico, dado que nadie que lo intentó había vuelto para contarlo. Y si alguien se había hecho millonario, jamás nadie se enteró.

Las últimas avanzadas del Ejército llegaban hasta unos pocos kilómetros antes de donde comenzaba el desierto. En el Fuerte Rackliff nadie quería hablar en voz alta de lo que se murmuraba subterráneamente.

William Mc Donald, nacido en Boston en el seno de una humilde familia de inmigrantes irlandeses con dieciséis hijos, ya desde muy joven había salido a recorrer el mundo. A principios del 1800, y más aún para un herrero pobre de Boston, "el mundo" significaba el vasto territorio que iba más allá de la costa este de ese pujante país que ya despuntaba como una futura gran potencia: los Estados Unidos de América. Por tanto, cuando el hijo menor de la familia avisó que salía al mundo –avisó que lo hacía, no pidió permiso–, el viejo herrero comprendió que la sed de aventura, y fundamentalmente de riqueza, había penetrado en su descendiente. ¿Y qué otra cosa podía hacer que desearle buena suerte?

Un amanecer muy frío, con un muy elemental equipaje, su revólver Colt 45 y su Winchester bien aceitado, con diecisiete años William dejó su casa paterna. Obviamente, no se dedicó a la herrería.

Después de casi dos años de las más variadas experiencias donde, así como ganó mucho dinero, así también lo perdió sin saber de qué manera, llegando al último poblado anterior al desierto de Mohave –San Death– supo de la historia de las riquezas, y también de los espantos. Esto último no lo alteró, pero sí las historias sobre minas de oro y yacimientos de diamante.

En el Fuerte Rackliff llegó como colonizador, como buscador de fortunas. En ese momento la política de penetración hacia el oeste que impulsaba el gobierno federal permitía y alentaba todo tipo de aventurero que pudiera ser funcional al proyecto expansionista. Mc Donald llegó como uno más de tantos; aunque la diferencia era notoria: en los años que llevaba el destacamento militar en esa zona, jamás había recibido un loco que quisiera aventurarse solo por esas tierras. Todos, soldados y oficiales, sabían de las leyendas. Se hablaba incluso del fantasma de un dirigente indio muerto años atrás cuando osó hacer lo que ahora Mc Donald se proponía: ir en búsqueda de los tesoros que guardaba el desierto. La osadía del Gran Jefe Murciélago Vengador y los pocos hombres que llevó en su expedición fue pagada con una muerte horrenda; su fantasma decapitado, que aparecía las noches ventosas, daba cuenta de ello. Al menos, así decía la tradición. Claro que los oficiales –un poco menos bestias que la tropa, pero sólo un poco: a la hora de matar o violar indias eran iguales– no lo creían totalmente. En todo caso, sonreían cuando escuchaban sobre ello. Los soldados simplemente cambiaban de color. De todos modos, ni unos ni otros se atrevían a internar en el desierto.

–"Usted no quiere oír, Mc Donald, pero tiene que escuchar lo que le decimos. ¡Abra sus oídos y escúchenos: mejor ni lo intente! Si se mete en problemas ¿quién de nosotros va a ir en su
rescate?"– le advirtió el teniente Bush.

William no se inmutó. Sólo pidió que se le dejara reposar un par de días en el fuerte para, una vez bien preparado, emprender el viaje. Así se hizo.

Habiendo agregado al Colt y al Winchester una buena dotación de comida seca y aguardiente, más un pico y una pala junto a unos cartuchos de explosivo, un amanecer particularmente ventoso se encaminó con dirección oeste.

–"De verdad que parece sordo, Mc Donald. Usted no sabe en la que se está metiendo"– fueron las palabras de despedida del teniente Bush. No quiso mirarlo alejar, por lo que después de unos metros de trote corto del joven aventurero, volteó su cara y se internó en el fuerte.

–"¡Imbécil este muchacho! Imbécil o sordo"– se dijo.

Cuando pasaba por la calle, los niños reían y se mofaban de él.

–"Imbécil o sordo"– se decían. Los más osados corrían tras de su figura haciéndole burla, gritándole improperios, remedando tocar el piano o el violín. Pero el maestro Ludwig seguía imperturbable su marcha. En realidad, jamás se enteraba que tras de él corría una docena de rapaces fieras riéndose a costa suya. Su preocupación se dividía entre cómo ponerle música a esa obra de Schiller, y la sordera. Lo primero no lo angustiaba; por el contrario, lo animaba cada vez más.

–"Debe ser algo tan monumental que bien podría tornarse un himno para toda la Europa. ¿Opera sinfónica o sinfonía operística? No sé, poco interesa. Lo importante es que refleje la alegría, la profunda alegría de la vida. Ya me imagino el tema principal, en tonalidad mayor, por supuesto, con ritmo simple y binario: melodía sencilla y alegre, muy alegre. Tiene que ser un Allegro molto, naturalmente"– elucubraba mientras caminaba. La otra preocupación sí lo atormentaba.

De pronto de un carruaje que pasaba cayó un tonel y le pareció escuchar el ruido del golpe; pero no más que eso. Los relinchos del caballo que venía por detrás ya no los sintió.

–¡Sordo! ¡Sordo! Me estoy quedando sordo y nadie me puede curar. ¡Pero tengo que terminar esta obra ante todo!–

La Viena imperial de las primeras décadas del siglo XIX era considerada en ese entonces el centro del mundo. Alguna vez, años atrás cuando había pasado serios aprietos económicos, llegó a pensar que tal vez el Nuevo Mundo podía ofrecerle buenas posibilidades. Como músico no le sería difícil encontrar un espacio rápidamente. Pero en seguida desechó la idea: Viena lo ofrece todo, aunque nadie me cure mi sordera.

Cabalgó casi todo un día sin parar, siempre hacia el oeste buscando la caída del sol. La soledad sobrecogedora del paisaje lo dejaba sin palabras. Lo que más le impactó fue el silencio: nunca en su vida había escuchado algo así, escuchar el más completo silencio. La ventisca del amanecer había pasado, y conforme avanzaba el día el cielo se ponía más azul, el sol quemaba más, y el mundo parecía detenerse. En un momento sintió extrañeza. No miedo; en realidad, temerario como era –a sus dieciocho años ya había tenido cuatro duelos, venciendo siempre al primer disparo– jamás sentía miedo. El paisaje y la sensación de desaparición de la vida eran extraños. Habiendo calmado totalmente el viento, con un silencio que nunca habido conocido antes, sintió la finitud.

Cantó en voz alta, con todas sus fuerzas; quería escuchar algo familiar, algo que no lo impresionara tanto. Pero su voz no le parecía propia.
–"¿Será cierto lo del fantasma del jefe indio? ¡Pamplinas! ¡Cosas de indios!"–
Antes que comenzara a anochecer decidió dejar de avanzar por el desierto que se le abría ante sus ojos. Le daba lo mismo dirigirse hacia cualquier lado; no sabía dónde podían esconderse los tesoros, así que en el lugar donde se había detenido para acampar, ahí comenzaría a cavar al día siguiente. No había más que pobres arbustos para alimentar al caballo; pero eso no lo preocupaba tanto. Encendió una fogata y bebió una buena cantidad de aguardiente, suficiente como para hacerlo dormir toda la noche. O al menos, eso creía William. Pese a lo cansado que estaba y a la cantidad de licor bebida, no podía conciliar el sueño. El silencio comenzó a espantarlo.

Merced a sus buenos contactos en la corte imperial, le recomendaron al médico más prestigioso de toda la ciudad de Viena, el doctor Flüssig, que también había atendido al Emperador en varias ocasiones. Con pompa un tanto excesiva y evidentemente estudiada, lo recibió dos días después de pedida la cita.
–"¡Es un gusto para mí poder atender a uno de nuestros más grandes músicos! Usted dirá, maestro ¿en qué le puedo ayudar?"–
Van Beethoven no entendió lo que le decía su interlocutor, pero dedujo que lo invitaba a presentar el motivo de su visita. Con voz queda, entrecortada por la angustia que lo embargaba, habló en forma tan débil que el médico debió pedirle que repitiera lo que decía, tocándose el oído para dar a entender que no había escuchado.

–"¿Este también es sordo entonces?"–, se preguntó despavorido. –"¿Y estará en condiciones de ayudarme?"– La cara bonachona del doctor Flüssig lo estimuló a contar nuevamente el problema, aunque sin mayor convicción.
La segunda vez habló con mayor reciedumbre. Entonces vino una andanada de preguntas por parte del galeno que, viendo que su paciente no podía contestarlas –pues no las escuchaba– optó al momento por escribirlas.
Se sorprendió sobremanera cuando se enteró que el consultante estaba musicalizando la "Oda a la Alegría". No lo podía creer, no le cuadraba la situación: un sordo desahuciado alabando la alegría. "¡Increíble!, ¡realmente increíble!", se dijo para sí.
–"¿Y por qué decidió ese poema precisamente, maestro?", escribió casi con ingenuidad el doctor.
–"¿Acaso los sordos no tenemos derecho a sentirnos alegres también?" En ese instante quiso retirarse, pero una mínima consideración por las reglas de urbanidad le dijo que sería mejor terminar la entrevista, aunque todo le hacía suponer que no le serviría de nada. Unos minutos después, ya en la diligencia que lo transportaba de nuevo a su casa, rompió la receta.
–¡Qué imbécil! ¡Como que un sordo no pudiera sentirse alegre! ¡Qué imbécil! Y si él también es medio sordo…

Cuando amaneció sintió un gran cansancio; había dormido muy mal. No por las condiciones: de hecho, buena parte de las noches de su vida las había pasado a la intemperie, en las montañas, persiguiendo "buscados por la justicia", durmiendo entre rocas y serpientes. Lo que le había impedido dormir era esa sensación de desasosiego que le iba calando cada vez más hondamente.
Por la mañana no había nada de viento, y una vez más el silencio absoluto del desierto lo acongojaba. Para romper esa impresión intentó silbar, cantar; incluso disparó un par de tiros con el revólver. El eco llevó el ruido de las explosiones por las tonalidades más increíbles. Seguramente van Beethoven hubiera sentido envidia de esa composición. Para William todo esto era lo más lejano que pudiera imaginarse respecto a la alegría. Amaba la soledad, le fascinaba. De hecho, con sus dieciocho años y su imagen de aventurero mercenario, había decidido nunca en su vida criar hijos. El era un solitario por naturaleza. Pero lo que sentía ahora le empezaba a hacer pensar en las palabras de advertencia del teniente Bush: –"¿por qué no lo escuché?"
Con un largo trago de aguardiente tomó el valor necesario y comenzó la tarea. Prolijamente buscó el lugar que le parecía más adecuado, colocó los explosivos y tendió unos cien metros de cuerda hasta el detonador en una suerte de pequeña caverna formada por la unión de dos grandes piedras. Allí, debiendo entrar agachado, y supuestamente bien guarnecido de la explosión que iba a tener lugar en lo que esperaba fuera el primer punto donde comenzar la búsqueda de oro, oprimió el detonador.
El ruido se expandió por todo el desierto. Se encontraba en un amplio valle, y las colinas rocosas que se extendían por todo alrededor funcionaron como monumental caja de resonancia. Algunas piedras pequeñas llegaron hasta su improvisado refugio. Esparcido ya el polvo salió de la cueva y se sorprendió cuando vio a su caballo relinchando despavorido… y no pudiéndolo escuchar.
Lo había dejado bien amarrado a unos cincuenta metros más atrás de las piedras que eligió para protegerse; el animal se había asustado con la explosión y trataba de liberarse de sus riendas. Con sus patas delanteras desafiantes relinchaba con todas sus fuerzas. Esto lo veía William, pero no podía escucharlo.
En un primer momento pensó que sería el efecto normal de un gran ruido: una sordera momentánea que pasaría en unos pocos minutos. Pero no fue así.
Corrió hasta el hoyo que había abierto y comenzó su afanosa búsqueda; al principio ordenadamente, luego casi desesperado, iba arrojando los peñascos esparcidos por la explosión. La sensación fue ambigua: estaba que se moría de la alegría por el tamaño de la pepita de oro encontrada –nunca en su vida había visto algo semejante–, pero al mismo tiempo estaba aterrorizado, pues cantaba a todo pulmón para festejarlo… y no se podía oír.
–"Ya se me va a pasar. Se me tiene que pasar, esto es momentáneo"–. Volvió a disparar al aire para comprobar si escuchaba. Pero el silencio ante el disparo se lo confirmó en forma lapidaria: había quedado sordo.

Hacía tiempo que no daba conciertos ni dirigía orquestas. No podía. Se había dedicado por completo a la composición; para esto no era necesario escuchar, bastaba la audición interior. Le hubiera gustado seguir su carrera de intérprete, o incluso de director, con las cuales se sentía muy a gusto. Pero las circunstancias de la vida lo habían obligado a adentrarse en este otro campo.
Por supuesto que no le desagradaba componer; era una de sus pasiones, sin dudas. Lo que le atormentaba –o al menos le atormentó al inicio de la sordera– era la imposibilidad de presentarse en público. Hablar con la gente no era algo que le inquietara. En realidad, durante toda su vida hasta los primeros síntomas de la hipoacusia, nunca había sido muy sociable. Con la sordera, su actitud huraña se potenció en forma absoluta. Le preocupaba no poder ofrecer conciertos. Lo demás, no contaba.
En el primer momento de la manifestación de la enfermedad se sintió especialmente angustiado; el mundo se le venía abajo. Luego, en forma bastante rápida, lo fue superando. Se volvió más taciturno que lo que había sido hasta ese entonces, mucho menos conversador –y de hecho ya lo era muy poco–. A lo único que se dedicaba ahora era a componer; y no ante el piano. Componía en cualquier lado, sentado a la mesa, caminando por algún parque, absorto en largos silencios y mirando el cielo.
Había comenzado con la música para los versos de Schiller considerando, en una primera idea, que ese fuera el inicio de la sinfonía; pero luego decidió dejarlos para el cuarto y último movimiento. Según pensaba, eso le daría más magnificencia al conjunto de la obra. Tres movimientos que van preparando el final, y un final espectacular. Nunca había usado coros para una obra sinfónica, y no era un experto operista. En realidad, no le gustaba cantar. Sí silbar. Y con la sordera sucedía algo tragicómico: como no podía escuchar lo que silbaba, y por supuesto seguía haciéndolo, no podía graduar la intensidad del silbido. Por tanto, siempre silbaba en un fortissimo del que jamás se enteraba. Ese era otro de los motivos que movían a la burla a los niños que le conocían. "El viejo loco y sordo que silba tan recio"; eso pasó a ser van Beethoven.
Cuando le hablaban, aunque no escuchaba pero igualmente viendo que le dirigían la palabra, prefería no contestar. No le preocupaba en lo más mínimo pasar por un maniático.
–"Ante tanta estupidez de la gente a veces es más alegre no escuchar nada. ¿Me podría permitir decir '¡viva la sordera!' o sería demasiado cáustico?"–. Esa pasó a ser su "filosofía", o su actitud de resignación ante lo inevitable.

Inmediatamente comprobó que era inevitable: estaba sordo. ¿Qué más podía hacer que resignarse? De todos modos él se había internado en el desierto para hacerse rico; y en sus manos tenía la evidencia que lo había conseguido. Lo demás no importaba.
Buscó en torno al enorme hoyo dejado por la explosión y el asombro cada vez era mayor: había pepitas que llegaban a una libra de peso. En no más de una hora de trabajo recolectó una increíble cantidad de oro con lo que llenó las dos alforjas del caballo. Para poder llevar lo más posible, las vació completamente, dejando espacio sólo para el oro. Lo único que apartó y guardó en la chaqueta fue una botella de aguardiente.
No cabía en sí de la alegría. Empezaba ya a pensar cómo gastaría tanta fortuna, y cómo haría para sobrellevar la sordera. Y así, rebosante de alegría, emprendió el camino de regreso. Esta vez prefirió no cabalgar de prisa. ¿Qué apuro tenía? Lo que le había tomado un día para internarse, ahora lo haría quizá en dos. Le faltaba una noche en el desierto, para lo cual tenía sólo la bebida. Decidió que cazaría algo, si podía; si no, aguantaría un poco de hambre. El Fuerte Rackliff no quedaba muy lejos.
En verdad, si bien le preocupaba, no lo angustiaba tanto sentirse sordo.

–"Con dinero todo es sobrellevable"–, pensaba. Para realizar todo lo que se le iba ocurriendo que haría a partir de la fortuna encontrada, no era imprescindible oír.

–"No me voy a dedicar a la música precisamente"–.

Durmió bien, no como la noche anterior. Cuando dormía al aire libre –cosa que le era muy familiar– estaba siempre muy vigilante de cualquier ruido. No fue este el caso en esta última noche en el desierto.

–"Quizá la última vez que duermo en el descampado. A partir de ahora: buena cama, buen trago, buenas mujeres. Sí señor."– Esta vez durmió con placidez porque no lo preocupaban cercanías molestas, ni de animales ni de bandidos.

–"¿Quién va a ser el loco que se atrevería a internar en este infierno?"–

A media mañana del viernes 7 de mayo de 1824 William Mc Donald regresaba al Fuerte Racliff ante la sorpresa, y al mismo tiempo la admiración, de oficiales y soldados.

–"¿Cómo lo hizo?"– fueron las primeras palabras de todos, que debieron serles transmitidas con gestos al sordo William dado que no sabía leer.

–"No fui yo quien lo hizo, fue Dios"–, se limitó a responder Mc Donald con calma glaciar.

La noche del viernes 7 de mayo de 1824 la Opera de Viena lucía como nunca antes lo había hecho, y como nunca más en la historia volvería a lucir. Se había dado cita ahí lo más rancio de la aristocracia del Imperio, así como embajadores y personajes del mundo político y cultural de toda Europa.
Unos minutos antes de levantarse el telón van Beethoven entró en pánico y prefirió no salir al proscenio. Fueron necesarias las más increíbles súplicas –por supuesto, no verbalizadas– para que finalmente se decidiera. Tembloroso como nunca antes se había sentido en su dilatada vida sobre los escenarios, debió apelar a un largo trago de cognac para darse el valor suficiente.
Sorprendiendo a un público que colmaba en su totalidad la sala, van Beethoven salió de espaldas y en ningún momento quiso mira hacia atrás. El silencio previo al inicio del Allegro inicial podía hacer pensar en la soledad absoluta del desierto. La parodia salió muy bien. No era él quien efectivamente dirigía la orquesta –sólo gesticulaba– sino su discípulo Hermann Ziegel, semi oculto al público pero visible a los músicos. Esto nadie lo supo hasta varios días después del estreno.
La obra sorprendió a todos. Era primera vez que se escuchaba una fuerza expresiva tal, con tanta magnificencia, con un volumen sonoro tan monumental que no podía creerse. Si los tres primeros movimientos impresionaron, el cuarto, con cuarteto de voces solistas y gran coro mixto, dejó definitivamente atónitos a todos. La alegría que transmitía la musicalización del poema de Schiller era euforia, era embriaguez, era la gloria triunfal.
Alguna dama de la alta sociedad estuvo tentada de bailar esa melodía tan entradora, tan pegadiza aunque, por supuesto, se abstuvo de hacerlo –las buenas costumbres lo desaconsejaban.
Terminada la Novena Sinfonía los aplausos se prolongaron por espacio de diecisiete minutos. Van Beethoven no quiso darse vuelta y mirar al público sino hasta que la súplica con lágrimas en los ojos de la primera viola –Anna Lautenbacher– lo logró. Van Beethoven estaba bañado, por la transpiración producto de casi una hora de dirección efusiva, y por un llanto incontrolable que se prolongó hasta la sala de recepción.
Alguien le escribió en un papel: "Maestro, ¿cómo pudo escribir algo así?"
–"No fui yo quien lo hizo, fue Dios"– se limitó a decir.

Tomado del libro “Cuentos para olvidar”, Caracas (Venezuela), 2007, reeditado en Argentina por Editorial Colihue, 2008.

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La creatividad como herramienta

Margarita Schultz (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el título de este tercer capítulo del ciclo ¡ARTE SÍ! está contenida, de alguna manera, la afirmación siguiente: que la práctica de actividades artísticas es a la vez una forma de entrenar la capacidad de juzgar y evaluar, en el nivel de educación.

¿Dónde se apoya esa afirmación? ¿En qué sentido están tomados esos conceptos: evaluar y juzgar? Los conceptos referidos están asumidos aquí en dos sentidos correlacionados, 1) orientados hacia lo artístico, 2) orientados a otras actividades, diferentes a las de la esfera artística. Me acerco un poco más al asunto. Comienzo por la primera orientación, la de lo artístico. Una pregunta espontánea es ésta ¿cómo podrían los niños evaluar y juzgar en el dominio de lo artístico, sin una formación especializada? ¿Con qué criterios? Si ellos pudieran hacerlo ¿es porque se trata de una simple cuestión de gusto? ¿Caemos, empantanados así, en el empalagoso refrán, ‘sobre gustos no hay nada escrito‘?

No es el caso.

El contenido implicado en las nociones evaluar y juzgar, a propósito de la actividad artística en educación, no apunta simplemente a un ‘me gusta’ o ‘no me gusta’. Para ello no habría que abogar por un ‘entrenamiento‘, por unas ‘prácticas‘. El asunto es bastante más complejo. Examinemos, por ejemplo, el proceso de creación de imágenes por los niños, o su invención de relatos, de historias.

En todo proceso de creación hay un fenómeno subyacente, me refiero al tiempo de la realización y sus momentos. ¿Qué hace un creador adulto con ese tiempo? ¿Qué hace una niño creador con ese tiempo? Sus actitudes básicas se parecen: principalmente, generar, observar, evaluar, después continuar o dejar, corregir o dejar… (un proceso conocido como “ensayo y eliminación de error”).

Se trata de un fenómeno puramente dialéctico, que se da como interacción entre la mente, y los efectos de la acción productora en el marco de la temporalidad. Entonces, aun en aquellos procedimientos de creación que parecen originados al azar, o fruto del instinto (una palabra, por otra parte, que nombra una función indefinida), aun en esos procesos donde parece que hay menos reflexión, menos examen de lo hecho y por hacer, existe de todos modos evaluación relativa a la marcha del proceso. Este es uno de esos valores que, aun nacido en la experiencia más sencilla e ingenua del quehacer de los niños, representa un capital en la formación de la persona.

El teórico y crítico Clement Greenberg en su libro Estética doméstica, publicado en 1999, escribió: “Es el juicio de valor, la cualidad, lo que abre el arte, torna la experiencia estética accesible, efectiva, presta vida al arte y ofrece lo que el arte puede, apenas, ofrecer.”

La práctica y familiaridad con los fenómenos del arte implican que el juicio y la sensibilidad se ponen a trabajar juntos. Parecen ser opuestos, pero se articulan. ¿Cómo? ¿Por qué? Ante todo, porque cualquier soporte de un fenómeno artístico se constituye como base sensible, vale decir, perceptible mediante los sentidos (aun y particularmente la obra: 4‘ 33‘‘ de silencio, de John Cage). Pero no es sólo eso, es bastante más, aunque lo sensible sea una base importante. El juicio de evaluación de lo artístico, no se puede ejercer sobre la nada. Se efectúa sobre factores sensibles, perceptibles, que sustentan todo lo demás, también sobre lo que el fenómeno transmite, emite, contiene de alguna manera, eso que llamamos simplificadamente ‘el mensaje’. Es por este sendero que llegamos a la articulación entre aquellos opuestos aparentes, juicio y sensibilidad. Son opuestos aparentes porque, en verdad, se necesitan mutuamente y, de hecho, inter-actúan.

En un capítulo anterior, de este mismo ciclo ARTE SÍ, mencioné que las prácticas de tipo artístico gestaban en la persona, especialmente en el niño, una serie de estructuras senso-cognitivas, herramientas que puede emplear en su vida, posteriormente, para actuar con eficacia en otros territorios. Una de ellas, tal vez la principal, es la creatividad. Otra herramienta es la emocionalidad explorada, mejor conocida y puesta de manifiesto (lo que el neurobiólogo Francisco Varela nombraba como empatía). En este capítulo el blanco es la capacidad de juicio, la capacidad de evaluar, cuya malla interna representa a su vez un instrumento a ser empleado en otros terrenos. Concientizarse en eso de juzgar la creación, puede servir por ejemplo para entrenar la auto-evaluación de las propias conductas en otros campos. Sería útil para evaluar la marcha de un proyecto de investigación, o para evaluar el funcionamiento de una empresa, entre muchas otras circunstancias donde importa explorar y observar conscientemente la experiencia.

Este modo de considerar la función de evaluación o juicio ¿presenta algún rasgo en común con lo que denominamos en la sociedad cultural contemporánea: juicio crítico de arte? ¿Es posible imaginar una similaridad entre acciones tan disímiles en apariencia, como las que desarrolla un crítico profesional de arte y la creación de imágenes en su sala de clases por parte de los niños?

Tal vez la respuesta se encuentra por el lado de la presencia de formas nuevas de las artes, para el crítico, comparadas con la creación en la actividad imaginativa de los niños. ¿Por qué? Intento un nuevo acercamiento. El arte históricamente sancionado como valioso deja al crítico, con notoria frecuencia, sin mayores evaluaciones por hacer. Su discurso suena, tal vez, reiterativo respecto de sanciones históricas anteriores, a menos que el crítico disponga de una capacidad creativa singular. Sin embargo al enfrentarse con manifestaciones creativas nuevas, el crítico ha de enfrentar la experiencia de creación de evaluación de manera compulsiva. Eso es lo que la sociedad espera de él. Para ello, para generar su discurso crítico, debe iniciar un diálogo entre su razón evaluativa y la ficción que tiene frente a sí (trátese de cine, teatro, o una nueva forma de escribir novelas, a la manera de José Saramago, por ejemplo, donde la ausencia de puntuación lleva al lector a dejarse llevar en ese fluido).

El juicio crítico a la vez creativo y activo, en esas situaciones, no está prefigurado. Es así como desde la evaluación creativa el crítico observa (u oye o lee) y reflexiona, evalúa y revierte su evaluación sobre lo observado; debe generar un ajuste continuo en el proceso de la evaluación….Es una secuencia que, tomada en abstracto como sucesión de acciones combinadas entre juicio y sensibilidad, puede rastrearse perfectamente en la apasionada manera como los niños producen sus creaciones. En las actividades de los niños subyace el juicio como acción de juzgar, subyace la evaluación que va diciendo hasta aquí, o hay que seguir aún más. Desde ese nivel abstractivo es que tiene sentido pensar que la actividad creativa en los niños puede aflorar, más adelante, en futuras actividades o profesiones. Esto se logra mediante un entrenamiento potente, ganado en eso de juzgar, evaluar, saber cómo corregir, o dejar ser a su creación coyuntural desde una actitud consciente…

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Nuestro último café

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay bares tan opacos que ni siquiera muestran,
el brillo de unos ojos al decir sin reflejos
‘dejamos de querernos, los dos bien lo sabemos’.

En la misma mirada juntamos las palabras,
las tardes en el cuarto, los ardientes desnudos,
y sin la menor huella de la emoción que fuimos,
dejamos al costado los ‘te quiero’, del lado del silencio.

Sin ecos ni rencor, simplemente pasado,
salimos a la calle.
Y apenas nos dejamos una misma sonrisa,
cada cual por su lado.

Cuando llega el adiós por esas cosas,
no es bueno esperarlo en Buenos Aires.
Que en otoño y te extraño,
tiene este modo tan cruel con el olvido.

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El renacimiento de Ayacucho

Jorge Zavaleta (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bienvenida la propuesta de desarrollo para Ayacucho del arquitecto Guillermo Benvenuto. Todos los estudios sobre la historia de esta región, castigada por la violencia, desde los más conservadores hasta los más radicales, coinciden que esta es una tierra representativa de los Andes americanos y cuyo futuro está en manos en la proyección renovada de su pasado.

José de la Riva Agüero, el más autorizado historiador de los Incas, a la manera clásica, en su libro “Paisajes Peruanos”, describe la belleza de los “valles yungas d
e luz mate y velada limpidez de acuarela, mar de estaño fundido en cuyas playas chispea la mica de rocas y tablazos, pureza diáfana del refulgente cielo andino o desolada llanura de la puna donde los charcos congelados brillan como láminas de plata".

En ese hermoso y juvenil tratado los pueblos y caseríos de la costa y de la sierra, la visión colonial de Ayacucho o de los páramos, montañas y desiertos del Perú, quedarán como la obra más representativa del alma y del paisaje peruano, al igual que el Os Sertoes de Euclides da Cunha
para el Brasil y el Facundo de Sarmiento para la Argentina, al decir de Raúl Porras Barrenechea.

Ahora, en la primera década del Siglo XXI, esa rincón de muertos, que en quechua significa Ayacucho, va recuperando su vigorosa historia de vida, más por el esfuerzo de sus propios pobladores que por acción de un Estado persistentemente centralista, y obsesionado con el presunto bienestar que ofrecen los capitales de ultramar.

“La preservación de su Centro Histórico como parte del desarrollo urbano de Ayacucho es una demanda indispensable que no debe postergarse ni un día más”, sustentó Guillermo Benvenuto, hace poco días, en representación del Colegio de Arquitectos del Perú, ante un entusiasta auditorio de la comunidad de Huamanga, liderada por Darío Valdizán, presidente del Patro
nato Cultural de esa ciudad.

Esa conferencia y otras son parte de una corriente ética y moral para reflexionar sobre el futuro de Ayacucho. La propuesta de Benvenuto considera una serie de argumentos convincentes para hacer de Ayacucho, un sólido e integral Proyecto Cultural, fruto de su permanencia en esa región entre 1966 y 1976 junto con dos compañeros de estudios, para elaborar la tesis titulada “Vocación Cultural de Ayacucho”. También puso en valor la plaza de armas de Quinua y promovió el Centro Cultural Simón Bolívar y el Coliseo Deportivo Cerrado y Estadio, como parte del Campus de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, proyectos y construcciones donados “por el pueblo venezolano al pueblo peruano” con motivo del sesquicentenario (1974) de la Batalla de Ayacucho.

El Centro Histórico tiene su peso específico en la gran cantidad y calidad de su patrimonio cultural, principalmente caracterizado por sus más de treinta Iglesias de época del Virreinato distribuidas en una quinta parte de lo que hoy abarca la urbe.

La propuesta sobre la ciudad de Ayacucho, se hizo sin imaginar lo que ocurriría luego y el crecimiento y extensión en tan sólo 35 años. A pesar de la expansión poco planificada sigue vigente el rol cultural y turístico, relevando la artesanía en sus múltiples manifestaciones de reconocimiento mundial.
Ayacucho, en su estado actual, requiere necesariamente el planeamiento del Desarrollo Sostenible Integral de la Ciudad, en el mediano plazo; y el Desarrollo Regional, en el largo plazo.

Ciertas condiciones mínimas y permanentes implica el proyecto. La urbe debe estar asentada sobre terrenos apropiados, seguros, libres de riesgos y afectaciones, evitables por fenómenos naturales o con las debidas protecciones técnicamente establecidas. Igualmente, con servicios básicos. Aprovisionamiento y distribución de agua potable. Sistema público de desagües. Evacuación de residuos sólidos con procesos técnicos previstos. Abastecimiento y distribución de energía eléctrica y/o gas.

También demanda sistemas de transportes para la interconexión con el resto de ciudades, sistema vial jerarquizado y regulado para peatones y vehículos. Interconexión por vía terrestre y aérea con adecuados terminales. Áreas verdes y espacios públicos (plazas, plazuelas, parques, etc.) para el esparcimiento y confort de las personas y para la mitigación de los impactos ambientales, equipamiento con centros de salud, de educación, de comercio, de seguridad ciudadana, en función a la cantidad de población y debidamente distribuidos.

Para controlar las situaciones existentes y crecimientos futuros, se debe contar con el Plan de Desarrollo Urbano, actualizado cada diez años y con Catastro Urbano actualizado. El Plan de Desarrollo 2008-2010 de Ayacucho considera la zona monumental como gran patrimonio cultural, histórico – arquitectónico. Para la conservación de la zona monumental debe mantener el uso residencial junto con las demás usos y actividades diversas apropiadas y reguladas.

El INC debe sincerar y actualizar la declaración de monumentos, en concordancia con la situación de los inmuebles. Incentivos para la puesta en valor y las consiguientes restauraciones y adecuaciones de las edificaciones monumentales del patrimonio cultural, previa autorización.

Motivar la instalación de servicios para el turismo y las actividades culturales, tales como centros de convenciones, auditorios, teatros, hoteles y hospedajes diversos, restaurantes, cafeterías, talleres artesanales y musicales. Recuperar las características típicas de la arquitectura del lugar que es sobria, con materiales tradicionales, los colores, texturas y acabados propios del lugar, que den unidad a la zona monumental y pongan en relieve el patrimonio cultural.

Toda esta propuesta supone una Agenda Nacional planificada, concertada y confluyente, teniendo como actor principal el ser humano, el sentido común, el buen criterio, la lógica, la ética, aprender a aprender, saber escuchar, analizar, comparar, discernir, con una especial incidencia en la Educación como Política Pública, motivadora con los profesores y el correspondiente incremento progresivo del presupuesto durante los próximos diez años con estricto control de la productividad y la eficacia de la inversión de tales recursos.

Datos

En el 2009, Ayacucho es cinco veces más extensa territorialmente que en 1974, y tiene 117 mil habitantes más, es decir 3.6 veces más población.

Aproximadamente, de 480 ha con 45,000 habitantes en 1974, ahora tiene 2400 ha con 162,000 habitantes. La densidad bruta (hb/ha) en 1974, ha pasado entonces a 67.5 hb/ha.

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La ideología de la estupidez

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Con el cuento del fin de las ideologías y de que las ideologías eran asuntos exclusivos de fanáticos, buena parte de la población del planeta ha terminado militando en la ideología de la estupidez. Sé que esto parece un mal trabalenguas (lo siento); cierto es que me puede generar antipatías (no soy candidato a nada). Ya escucho la voz metálica de un zombie: ¡Éste se cree el menos estúpido de todos! Y yo le respondo que se equivoca, pues, yo también me asumo estúpido. Y zombie (el otro día no sabía muy bien para qué me había despertado). No tiene sentido negarlo, en este día a día de estupideces, hasta los más críticos tenemos que simplificar los contenidos. Y aquí me tienen repitiendo hasta el cansancio la palabra estúpido. Menos mal que los estúpidos nunca nos hastiamos de la estupidez.

Hace poco un amigo (también estúpido) me decía que de tanto repetir eso de que “formamos parte de un tiempo estúpido” nos estamos resignando a la idea, perdón, a la realidad. No olvidemos que, según los estúpidos que más generan opinión, ya no existen ideas (lo que impediría la sustentabilidad de ideología alguna).

No obstante, a diferencia de muchos estúpidos (debe ser porque no genero opinión), yo creo que la estupidez (aunque muchos de sus militantes no lo sepan) es una ideología. Caminamos sin saber hacia dónde vamos porque simplemente queremos andar así, a la deriva, rápido, a paso disperso, sin objetivo claro, furtivamente a la deriva; en ese mismo ritmo orgullosamente atropellado despreciamos el verbo (y subestimamos la inteligencia) por un asunto de felicidad, ¿quién desea complicarse la vida?; y, en la privacidad del hogar, nos observamos la pinta (y evadimos los ojos) frente al espejo para no empantanar el presente perfecto. Después de todo, para un estúpido, la memoria podría ser el enemigo más íntimo y peligroso. Por esas (y otras muchas) razones afirmo que la estupidez es la ideología más discreta (invisible y económica) de todas las que el ser humano ha (hemos) practicado. Lo que ocurre, creo, es que aún no se ha estudiado académicamente la estupidez como una ideología.

Lo respiro: socialmente, cada vez más, es aburrido hablar de filosofía o de literatura seria. ¿Literatura seria? Pues sí, la cosa está llegando al punto de que clasificamos la literatura en dos grandes (por lo del volumen de publicaciones) bloques: la seria y la entretenida. Mal (?) trabajo hizo Franz Kafka (y sus maestros y sus discípulos) que no pudo dejarle una literatura entretenida a los ciudadanos del siglo XXI; buena labor (¡bravo por ti, muchacho!) la del señor Dan Brown (y sus maestros y sus discípulos) que amenizan la fiesta (por no llamarle biblioteca) de este aún naciente nuevo milenio (¿ya despertamos?). Y así, segundo a segundo, vamos relativizándolo absolutamente todo, menos la estupidez (mis saludos a la BBC por la estúpida entrevista que le realizó al ultraderechista Nick Griffin).

No voy a escribir más; dejo este artículo a medio camino antes de que los señores del Premio Nobel (mis respetos a Camus, maestros y discípulos del autor de “La peste”) fijen su atención en mi candidatura gracias a semejante bodrio de artículo.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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Cintio Vitier: Adiós a un poeta

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nacido en Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, el 25 de septiembre de 1921, el poeta Cintio Vitier falleció en La Habana, Cuba, el 01 de octubre de 2009. Cubano de hablares y sentires, de amores trascendentales y palabras hondas, Vitier es una de las voces latinoamericanas más arraigadas en el imaginario poético de estas tierras y estas gentes.

Todo en él era y será poesía, su mirada del mundo, sus sudores, compromisos, sus pasos por esa ciudad de mares y calles de olores dulces y libertades. Cintio Vitier late siempre vivo en cada uno de sus versos y en los ojos de los amantes que detendrán la caricia para evocar el deseo, trémulo en el papel que los aguarda y los nombra.

“Y no hay reposo para ti, / única almohada / donde puede mi cabeza reposar. Y yo / me vuelvo / de las alucinantes esperanzas / que son una sola, / de los actos infinitos del amor / que son uno solo, / de las velocísimas palabras devorándome / que son una sola, / despegado eternamente de mí mismo, / a tu seno indecible, ignorándolo todo, / a tu rostro sin rasgos, a tu salvaje flor, / amada mía”. (Palabras a la aridez, fragmento)

Cuba es territorio poético y Vitier supo amarla y armarla, tantearla y transcribirla, hacerla suya y crearla. Abonó el país con sus palabras y se creció sobre Nuestra América, con esa honda mirada de las desgarraduras del alma y también de las otras. Por eso su partida, es una herida y la hoja en blanco no alcanza para nombrarlo.

“Mirándome está el deseo, / nocturno, solo, infinito; / callada va la nostalgia / llameando eternos vestigios. / No llega nunca mi gesto / a la tierra del destino; / la vida acaba inconclusa, / quedan los sueños en vilo”. (Algo le falta a la tarde, fragmento)

Fue él con sus trepidantes fuegos y sueños, sus adjetivos y sobre todo sus verbos en juego, el que supo contarse y contarnos las esquinas de La Habana, el contorno de la piel amada y el sonido metálico y tañido de las olas contra la corriente. La poética de Vitier fue capaz de enumerar las carencias y sobre todo volar amorosamente sobre ellas para darse cuenta de que la revolución es poesía en la medida en que es divinamente humana y perfectible.

“Estás / haciendo / cosas: / música, / chirimbolos de repuesto, / libros, / hospitales / pan, / días llenos de propósitos, / flotas, / vida, / con tan pocos materiales. / A veces / se diría / que no puedes llegar hasta mañana, / y de pronto / uno pregunta y sí, / hay cine, / apagones, / lámparas que resucitan, / calle mojada por la maravilla, / ojo del alba”. (Estamos, fragmentos)

Cintio Vitier aunque nació lejos, en la otra orilla, siempre estuvo y estará cerca, porque eligió el vértigo de saberse próximo y libre, optó por las pequeñas derrotas cotidianas que al final resultaron ser una gran victoria y terminó por anclar sus pasos a la ciudad de los ecos y echó sus velas a volar con los amantes.

“Lejos, lejos nací, / lejos de mi alma: / separada la vida / de la mirada. / Lejanía que fue / toda la patria, / como una cicatriz / que no cerrara. / No pude atravesar / la tarde rara: / lejos, lejos de mí, / no me abarcaba. / He visto, comprendiendo, / la mar morada, / el confín misterioso, / la doble playa”. (Lejos)

Se fue el poeta, como quedándose, como instalándose sobre la arena a contemplar un atardecer encendido de anhelos. Se fue sin haberse ido, porque vive en los labios de los que lo pronunciaremos en los venideros futuros y en todas las voces que lo bienvendrán en cada página.

“Nada serán mis palabras / si no encuentran otra boca / que las cante y las olvide / y las devuelva a la sombra. / (…) / Nada será lo que soy / si en los otros no se apoya: / mi presencia en otro hombro, / mi esperanza en su congoja”. (Nada serán mis palabras, fragmento).

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Música: Desde Colombia, el vallenato

ARGENPRESS CULTURAL

El vallenato hace parte de la música folclórica de la costa caribeña de Colombia. Es el ritmo musical colombiano, junto con la cumbia, que ha alcanzado más popularidad, tanto a nivel nacional como internacional.

Lo que hace característico al vallenato tradicional es ser interpretado sólo con tres instrumentos que no requieren de amplificación alguna: dos de percusión (la caja y la guacharaca), que marcan el ritmo, y el acordeón diatónico (de origen europeo) con el que se interpreta la melodía. No obstante, en algunas ocasiones las canciones se componen o interpretan con otros instrumentos: la guitarra, la flauta, la gaita y el acordeón cromático. Por otra parte, para el vallenato comercial (el que se ha popularizado y “vendido” por el mundo entero) es común no sólo la incorporación de estos instrumentos, sino también del bajo eléctrico y otros de percusión, como las congas y los timbales.

La importancia que adquirió el vallenato en las últimas décadas del siglo XX llevó a la organización de festivales en los que los acordeoneros compiten por el honor de ser declarado el más hábil ejecutor de cada uno de los aires tradicionales. El más célebre de estos festivales es el “Festival de la Leyenda Vallenata” que se celebra anualmente a fines de abril en Valledupar, y cuya primera versión se disputó en 1968. Desde 1987, el “Festival Cuna de Acordeones” de Villanueva, Guajira, se ha convertido en el segundo de mayor importancia.

En el vallenato el modo de uso del acordeón diatónico requiere usar simultáneamente ambos lados del acordeón. Lo anterior caracteriza al acordeonero colombiano y diferencia al vallenato de los otros géneros musicales con acordeón, donde generalmente se suprime o subutiliza la parte de los bajos (ejecutados con la mano izquierda): En Colombia, la forma armónica y rítmica con que el acordeonero maneja los bajos es un factor relevante de calificación en los festivales vallenatos.




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¿A cuánto está el oro?

María Luisa Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Muchas veces me he preguntado en qué momento de la historia del hombre sobre este bellísimo planeta se decidió que esas piedritas que, una vez pulidas, tienen un particular brillo y con las que se han fabricados millones de objetos, que dicen son de gran consistencia y duración casi eterna, en qué momento -repito- y quiénes fueron los que decidieron su valor y lo impusieron al resto de los mortales como un patrón con el cuál medir el resto de las cosas.

Hasta figura en las Escrituras, seguramente me contestarán. Bueno, también en las escrituras figura la tasa de interés que se debe cobrar a hermanos y ajenos (ver Deuteronomio, si no me creen), pero eso sólo puede servir para los estatutos del Fondo Monetario Internacional, no es ni una verdad absoluta, ni siquiera un pensamiento medianamente elevado.

Para obtener y acumular ese material que estaba allí, en la naturaleza, al alcance de quien lo notara, se cometieron crueldades, se aniquilaron culturas, se inventaron valores y organismos reguladores, y yo me pregunto: ¿Cuáles son sus propiedades intrínsecas? ¿Acaso es capaz de nutrir a un ser vivo, de curarlo, de aumentar su inteligencia, de darle paz y felicidad, de hacer sonreír a un niño o a un moribundo?

Convengamos que ya no se habla tanto de él como antaño, ahora ha sido reemplazado por otro elemento aún más ridículo: el dólar, un pedacito de papel impreso en gigantescas máquinas por un país que nadie controla en su emisión y que, se nos dice, vale lo que algunos grupos deciden que vale. Con total arrogancia, hasta tiene una leyenda que dice que los que lo inventaron “confían en Dios”. Hasta hace poco el que dirigía esa emisión era alguien cuyo nombre sintetizaba la proliferación de billetes con que se invadió el mundo: Greens-pan (verdes – sartén). Algo así como el que manejaba la sartén donde se cocinaban los “verdes” sin tregua.

Entre las sustancias de la naturaleza, mi admiración más sincera va dirigida hacia las semillas, que tras un aspecto humilde y generalmente poco colorido encierran el poder de producir con escrupulosa fidelidad otra planta o árbol similar al que la produjo. Sin hablar desde ya de la variedad infinita de plantas que existen y que han acompañado al hombre alimentándolo, curándolo, protegiéndolo de la intemperie o simplemente deleitándolo con vistosas flores de colores y aromas singulares.

Siguiendo con el plan de acumulación emprendido por miembros de la sub-especie rapaz, sedientos de petróleo, capaces de las máximas atrocidades y mentiras para asegurarse sus reservas, las semillas también están sucumbiendo al embate de su codicia. Las semillas nativas, esas que permitían sembrar y cosechar alimentos, y reservar una parte de esa cosecha para volver a ejecutar una nueva siembra han sido escamoteadas como por arte de magia y ahora los agricultores deben volver a comprar semillas híbridas y modificadas una y otra vez, a empresas que se dedican a “fabricarlas”. Un dramático paso más hacia la aniquilación de la naturaleza, hacia el empobrecimiento de masas numerosísimas de pobladores del planeta que ES DE TODOS. Ni hablar de los medicamentos: en vez de instruir sobre el uso de las plantas medicinales que ni siquiera han sido estudiadas en todo su potencial, se está envenenando a la población con sustancias sintéticas que, si te tomas el trabajo de leer los prospectos adjuntos a cada uno de estos medicamentos, tienen contraindicaciones y advertencias que cubren desde “un sarpullido en la piel leve” hasta “raramente se han registrado desenlaces letales” (¿QUÉ?) Todo ante la complicidad silenciosa de médicos, ministerios de salud, o farmacéuticos que parecen haber estudiado sólo para darte una receta cuyos componentes y consecuencias no conocen porque sólo repiten lo que los laboratorios les han dicho.

Les recomiendo buscar la página de Robert Kennedy Jr., donde figura un informe sobre las consecuencias de un producto llamado thymerosal que se incluyó durante años en la preparación de vacunas infantiles y que por tratarse de mercurio se cree ha sido responsable de daños cerebrales, autismo y otras lindezas y que fue silenciado para evitar los posibles juicios a laboratorios y a la DFA.

Todo esto está ocurriendo ahora, como los efectos de combinar las llamadas “bebidas energizantes” con alcohol en los jóvenes, la proliferación de drogas sin que las autoridades de los países afectados (que son todos) tomen medidas efectivas al respecto, ya que parecen no ver lo que los ciudadanos comunes percibimos, como tampoco hacen nada respecto a prohibir la venta de vehículos que desarrollan velocidades que teóricamente no pueden emplearse en ninguna carretera, en vez de exigir a los fabricantes que esos vehículos que van a poblar los caminos y serán manejados muchas veces por jóvenes motivados por las escenas de TV tengan un tope de velocidad que reduzca las posibilidades de accidentes.

Bueno, hoy me vine con todo. Debe ser que todos estos temas me rondan de día y de noche y siento que si los comparto tal vez cuantos más seamos que estemos atentos, tal vez podamos reducir los peligros a que están expuestas las nuevas generaciones, ya que es nuestra responsabilidad.

Maria Etchart es argentina residente en Costa Rica.

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Exploraciones sobre las conexiones de la ciencia con la ética y la política (Parte II)

Manuel González Ávila (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La demarcación científica

Durante mucho tiempo, el problema de la demarcación científica (distinguir entre lo que es y lo que no es científico) era resuelto como si se tratara de una línea fronteriza o un punto que separa ambos terrenos. El criterio que tendría la función de servir como tal línea o punto serviría para separar de una manera precisa –aséptica, casi quirúrgica– el ámbito de la ciencia y el de la ideología. Ante la falta de argumentos en unos casos y de método en otros, los dilemas con respecto a este problema eran resueltos con base en un autoritarismo más bien propio de los sumos sacerdotes, es decir, dogmática y autoritariamente.

Es claro que la ciencia se distingue de otros procesos de conocimiento, como los del arte, la filosofía, el conocimiento empírico, el conocimiento construido en círculos deliberativos, y los procesos culturales. No son lo mismo. Cada una de estas esferas de la actividad humana tiene sus propios propósitos y procedimientos. Pero también es claro que con todos estos otros procesos de producción de pareceres, interpretaciones y explicaciones, la ciencia comparte áreas de traslape, bandas de gris en las que cualquier tipo de manifestación excluyente (p.e. “esto no es científico” o “este proyecto no es financiable por no ser científico”) encuentra graves dificultades para sostenerse y exige una sólida argumentación. Tal vez una guía para construir esos juicios, cuando existe la necesidad de hacerlo, la podemos encontrar en los principios enunciados antes. Con mayor razón si los juicios son construidos en forma dialogada y argumentada.

Adicionalmente, existen grandes temas y formas de estudio que sin pretensión científica tienen alto potencial para generar interpretaciones y nuevos significados para la ciencia misma y otros asuntos relacionados con ella. Algunos de estos podrían caber en la filosofía y la fenomenología, por ejemplo, ¿cuál es la función de la Universidad en América Latina? Y, ¿cuáles son los principios básicos de un centro de investigación? Otros, al menos parcialmente tendrían que ver con el arte; por ejemplo, ¿qué características necesita el ambiente de la investigación o una escuela dedicadas al cultivo de la reflexión, el pensamiento y la búsqueda del conocimiento? Los aportes derivados de esas preguntas podrían ser de un alto valor. Más todavía, las comprensiones ideológicas y culturales que todos tenemos sobre puntos similares nos ayudan a orientar nuestras vidas y encontrar sentido en el entorno social.

Valor social de la credibilidad

¿Cómo entendemos la realidad social? La totalidad social es siempre, inevitablemente, producida como una entidad interindividual a partir de una cadena interminable de creación, distribución y uso de recursos, interpretaciones, sentidos, discursos y acciones. Es un proceso infinitamente dinámico, interconectado, interminable, sin punto o ente externo desde el cual se ordena o explica. Es proceso socio histórico en permanente dinamismo de interacciones de individuos y grupos humanos entre sí y con el ambiente. La realidad social contiene instituciones que tienen un cierto grado de autonomía, para lo cual aprovechan recursos de la complejidad de sus contextos, por lo que se dice que tienen características de autopoiesis. Este concepto nos puede servir en el caso de las instituciones académicas que pueden alcanzar diversas formas y grados de autonomía con respecto a sus contextos, en cuyo caso puede decirse que tienen la propiedad de la autopoiesis, son semicerradas. Esta condición puede ser favorable para sostener la independencia de las instituciones de ciencia y educación ante medios sociales circundantes que son hostiles al pensamiento. Pero también, en sentido contrario, las características de la autopoiesis pueden tener incidencia negativa cuando obstaculizan los esfuerzos que tienden a la renovación cuando una institución se ha separado de los intereses sociales legítimos.

El decir que la totalidad social es una interminable e interconectada utilización de recursos, generación de interpretaciones, sentidos, discursos y acciones, es decir que no hay mano invisible, o proceso sin sujeto, que dirija los procesos o la totalidad general. Esto conduce a lo siguiente. Si esa totalidad depende de las interpretaciones que la sostienen y éstas se originan de individuos situados dentro de la sociedad, entonces tenemos una realidad social policéntrica. El desafío para el observador es, para empezar, un problema de colocación con todas sus facultades (razón, intuición, emoción, instinto) frente al objeto de estudio con perspectiva histórica en el presente con vistas a proyectos de futuro, sueños pendientes y esperanzas tanto individuales como colectivas. Podemos considerar entonces que la ciencia coopera o compite en ese medio con más o menos fortuna dependiendo de su fortaleza o debilidad. Podríamos aceptar que la credibilidad de la ciencia le ayuda a incrementar su fortaleza. Debemos pensar entonces que es necesario estudiar las maneras de crecer en credibilidad en los proyectos científicos.

La investigación construye credibilidad y, por eso, crea sentidos congruentes con los procesos del medio social cuando, además de los puntos que vimos cuando traté la pretensión de veracidad de la ciencia, adopta algunas características adicionales:

• Atiende problemas legítimos que tienen pertinencia social
• Es hecha con responsabilidad y atención a los principios básicos que le dan articulación en el sentido
• Atiende los requerimientos éticos y los derechos humanos referidos a los individuos y a los pueblos

Estas pautas pueden acercarnos a la calidad académica con pertinencia social como categoría orientadora. Las implicaciones de esta idea en el planteamiento de soluciones a los problemas de incoherencia social e histórica de las universidades son grandes. Sin duda debemos levantar la mayor credibilidad posible, con argumentos sólidos, sensibilidad y la mayor claridad posible ante la complejidad social.

Las interpretaciones no sólo dependen de quien las hace. Dependen también de cómo se hacen y cómo se expresan. Pueden hacerse desde una postura que omite en forma consciente o inconsciente su propio contexto histórico. Pueden hacerse con la intención de colocarse en una mejor situación de poder con respecto a otros pretendiendo utilizarlos para los fines propios. Pueden hacerse sólo sobre bases empíricas. O en forma bipolar, maniquea. Las expresiones de la interpretación respectiva reflejarán la forma de ver el mundo. Lo que podemos esperar para los procesos sociales, incluyendo la efectividad de una iniciativa dependerá de varios elementos en cada caso.

Vemos, por otro lado, la arraigada pretensión de tener (o simular que se tienen) certezas acerca de asuntos que creemos centrales para realizar una idea o proyecto. Rara vez nos damos cuenta que no pode¬mos tener certeza porque simplemente no es posible tener respuestas correc¬tas cuando hablamos del futuro. Porque no hay respuestas correctas cuando se trata de escoger opciones para un futuro que no es sólo de uno. Porque las mejores decisiones las tendremos cuando aprendamos a tomarlas en conjunto; y en ese caso no serán correctas, ¿quién puede probar que lo son? Pero sí pueden ser legítimas. La educación ciudadana y la política en general harían bien en considerar esta idea.

Aportes a los procesos sociopolíticos y éticos desde la ciencia

Es conveniente reconocer los traslapes y las bandas de gris que existen entre los procesos de construcción de imágenes, conocimientos e interpretaciones. No para cultivar autoritarismos –el autoritarismo deshumaniza y es inmoral– sino para aclarar cuáles son las reglas que sostienen nuestros argumentos. La pretensión dominante a mediados del siglo veinte, que el conocimiento daría lugar a tecnología y ésta al bienestar humano, ya no puede sostenerse. La ciencia no puede pretender la dirección del movimiento social, ni descalificar lo no científico. Pero sí puede examinar las razones implicadas en una iniciativa social y exponerlas a la discusión pública. Algunas de las que son propias de la ciencia ya han sido examinadas en los párrafos anteriores. El punto puede tener muchas implicaciones en la educación y en los procesos políticos, entre otros. El asunto central es que para la construcción democrática tenemos un valioso recurso en la racionalidad dialógica, en el pensar y reflexionar juntos para definir los próximos pasos.

Algunas escuelas de pensamiento cuestionan el valor de la racionalidad como recurso que usamos para resolver las situaciones de la vida diaria. Pero veremos que no ayuda en nada el descrédito a la filosofía y la ciencia, o a la racionalidad en general, como si fueran actividades humanas triviales. No lo son y podemos afirmarlo porque lo hemos vivido y lo sabemos por la historia. Hay valor y promesa en la racionalidad. Nuestra razón nos da sentido en la vida y a cada una de nuestras acciones. Aunque nos equivoquemos. Tal vez debiéramos saber expresarnos sin caer en reduccionismos: los seres humanos tenemos racionalidad, intuiciones, afectividad y vida instintiva como parte de nuestra subjetividad. La racionalidad (incluyendo a las intuiciones), la vida afectiva y el instinto son inseparables Los reconocemos juntos en la organización social y en la vida intelectual. Los podemos separar, analizándolos con la finalidad de comprenderlos. Si lo hacemos, debemos intentar el siguiente paso que es la síntesis. Vivimos ahora como especie humana porque estos y otros procesos nos han ayudado en la evolución y hoy lo hacen para vivir en el mundo y en la sociedad. Además es ya sabido que el cerebro humano maneja varias dimensiones en la subjetividad, no sólo la razón, y es altamente sensible a muchos reguladores, internos y externos. Excepción hecha de los casos inusuales, en el cerebro manejamos razones, intuiciones, emociones, instintos y otros procesos involuntarios, por medio de centros especializados para cada cual. Muchos son inconscientes. Además de los mecanismos de integración hormonal, nos integra una unidad del sistema nervioso que además regula a otros sistemas corporales y recibe información de ellos. No dejamos de realizar ninguna de las funciones esenciales durante la vida, cada una apoyándose en las otras en procesos altamente organizados. Nuestras funciones psicológicas son múltiples, complejas. Lejos de ser simples o aisladas. Nuestra subjetividad contiene todo eso.

Necesitamos conocimientos y comprensiones que faciliten a los intelectuales introducirse en las complejidades e incertidumbres de la realidad de nuestros países, con el cuidado de no reproducir los mismos errores circulares, es decir, aquellas medidas que llevan a lo mismo o que cambian para no cambiar. Las contribuciones de los intelectuales deben sustentar las esperanzas en su papel articulador de subjetividades, con nuevos sentidos para la acción y la participación. Deben ayudar a compartir los esfuerzos y las iniciativas con otros, acercando las capacidades para construir proyectos nuestros como latinoamericanos y caribeños, con autonomía y justicia, entre otros valores éticos, y además, las intervenciones deben ser oportunas, confiables y socialmente pertinentes.

Y en cuanto a las modalidades de vinculación social, las acciones con los diferentes sectores sociales deben parecerse más a la facilitación o el acompañamiento, sin asumir liderazgos automática y unilateralmente. La presencia social de las instituciones será mayor.

Algunos planteamientos filosóficos y metodológicos se oponen frontalmente a estos principios que he presentado. Muchas veces se viven en la cultura de las instituciones simplemente porque ya son parte de la ideología dominante. Eso es la falacia de las cosas como son. Esta falacia la reconocemos por su lenguaje: “es que así es…” o “…ésa es la forma como se hace…” y porque carece de la noción de lo que es legítimo. Nosotros preguntamos: ¿Y quién dispone cómo son o se hacen las cosas si no son las personas mismas? Ejemplos de esos planteamientos que critico se encuentran también entre los que consideran a las personas sólo como instrumentos (“recursos humanos”) o consumidores, no como fines en sí mismas.

Sin el recurso de la racionalidad hablada sólo queda el caos, el capricho autoritario y mayores injusticias.

La construcción del poder

La vida real y la intelectual están separadas en la educación y la in¬vesti¬gación formales, lo cual contiene profundas contradicciones. Por ejem¬plo, nos adherimos verbalmente a la democracia en el discurso y hacemos un ejercicio autoritario, a veces suavizado, en el salón de clase. Por el ejercicio rutinario de esta dicotomía entre discurso y práctica exponemos a los estudiantes a un ejemplo falaz. Les in¬ducimos a aprender una teoría sofisticada sobre la demo¬cracia, la cual ellos reproducen elocuentemente, sin realizar en su práctica diaria el contenido democrático que tan bien saben. Así termina¬mos muchas veces en los centros educativos produciendo líderes que son expertos instruidos sobre la teoría de 1a democracia, pero a la vez también son tiranos en su práctica. Esta es una profunda contradicción que hace reñir los productos con los propósitos.

La ciencia, por otro lado, es una actividad humanizante en su esencia. Aunque también hay que reconocer que algunos individuos que la practican pueden manifestar actitudes dogmáticas e intolerantes. Los valores de la ciencia son tratados en casi todos los textos básicos sobre la metodología científica. La mayoría hace énfasis en la búsqueda de la verdad como un valor relativo, lo cual im¬plica que la actitud científica, entre otras características, es la de aquél que atiende las diferentes formas de ver la realidad, observa las argumentaciones y las acepta aun a costa de modificar la perspectiva propia. La persona que tiene actitud científica escucha y reflexiona críticamente. Esta es la misma actitud de quien enfrenta un problema desde la ética y de quien delibera con otros en los procesos políticos de la democracia que no es sólo representativa. Algunos textos de autores clásicos tratan la vinculación de la ciencia con la justicia y diferentes aspectos éticos. La investigación científica actual ha montado con importancia creciente una constante vigilancia sobre diversos campos. En biotecno¬logía por ejemplo, los investigadores y los filósofos sostienen una permanente vigilancia sobre la experimenta¬ción científica desde la perspectiva de la dignidad de la persona humana, el respeto a la vida y otras consideraciones de orden moral.

Cada vez que abrimos un texto científico recibimos una invitación para rechazar el autoritarismo y el dogmatismo. La búsqueda constante de la verdad, la justicia y la libertad, así como el rechazo al autoritarismo y el dogmatismo son elementos favorables para la demo¬cracia. Para ello es indispensable proteger a las actividades científicas lo más que sea posible de la ingerencia de los intereses ajenos como los de la política sectaria y las ideologías, algunas de las cuales pueden ser muy engañosas. De esto nos advierte Mires muy enfáticamente.

¿Cómo podemos apoyar como científicos o filósofos al desarrollo sociopolítico de nuestros países? Seguramente de varias maneras, una de las cuales es el ejercicio cotidiano de la ciudadanía, es decir, como ciudadanos que tienen una educación formal y experiencias que dan capacidades para aportar contribuciones de valor, con responsabilidad, y ética en general. Indudablemente, en el ejercicio de lo que nos compete como trabajadores intelectuales, habrá muchos valores y reconocimientos en la dilucidación de los procesos que construyen la democracia en los ciudadanos y que abren oportunidades de relación entre la sociedad civil y el Estado. Hay promesa en la caracterización de los procesos que construyen poder político con los ciudadanos. Los puntos a tratar en este sentido, es decir, para construir un poder con ética, podemos apoyarnos en algunas comprensiones y acciones:

• La relación del conocimiento (y la ignorancia o las ideologías fundamentalistas) con el poder.
• Las complicaciones y subterfugios de la construcción de la voluntad política, el compromiso real y no sólo verbal de los dirigentes.
• Los procesos de fortalecimiento por medio de las variadas formas de organización, incluyendo la cooperación, las alianzas, las redes de apoyo, la estructura interna de las instituciones, los vínculos entre institución y contexto.
• Los procedimientos que sirven de base para construir la democracia con legitimidad, como los del diálogo auténtico, para distinguirlos de los que sirven para sojuzgar a otros, incluyendo las diferentes formas de irrespeto y abuso.
• Los métodos y contenidos de las evaluaciones por medio de las cuales serán retroalimentados los programas.
• La creación y el sostenimiento de los medios independientes de supervisión, vigilancia y transparencia, que se encarguen de examinar las decisiones y acciones de los directivos con el objetivo de exponerlas ante la crítica pública.
• Las modalidades de acompañamiento y facilitación, y la develación de los intentos de imposición y manipulación estratégica.
• Los reconocimientos a los logros, los premios y otros estímulos cuando son legítimos y proporcionados.
• El carácter positivamente retroalimentador de las acciones y las experiencias democráticas, así como también las de la solidaridad en círculos amplios.

El poder puede ser construido. Los anteriores son algunos de los medios que podemos utilizar en la construcción del poder democrático. A la vez son asuntos que podrían constituirse en objetos de la investigación. Sin duda desde la ciencia y la filosofía es posible contribuir a los procesos políticos. Estas líneas de estudio, algunas de las cuales han sido planteadas antes con relación a la facilitación de procesos culturales , sirven como ejemplos.

Nada más práctico que una buena teoría

Podríamos encontrar algunos sinergismos en la bús¬queda de la coherencia en un proceso de conocimiento y ética con respecto con la búsqueda de autodeterminación en un proceso político, y ésta a su vez con la participación democrática. Tener en alta estima la dignidad de la persona se refuerza con el empeño que ponemos para buscar postulados y métodos educativos integrales. Si aprendemos a tener en alta estima la diversi¬dad y la diferencia y actuamos coherentemente, podemos ver repercusiones consiguientes en la educación porque llevan a la reflexión e interconexión de varios asun¬tos: los enfoques multidimensionales, la participación de colectividades en los programas educativos, la inclusión de la ética y la estética en el proceso formativo, el trabajo en equipo y la comprensión y la práctica de la misión cívica de los centros educativos. Todos ellos tienen un potencial sinérgico favorable. Favorecen así la democracia.

Los centros educativos y académicos deben establecer relaciones de cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto mutuo, coin¬cidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las desigualdades. En el ambiente cotidiano, las maneras como el personal docente trata al o a la estudiante y cómo actúa frente a las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el que todo el mundo aprenda y enseñe. Tratar a estudiantes y colegas con respeto a su dignidad como personas humanas es fundamental. Parte de ese respeto es saber escuchar. Saber escuchar es una cualidad apreciable para un educador, un científico o un político.

El punto central es que para promover un desarrollo que tenga las características que hemos propuesto, es necesario que de inicio sepamos reconocer los principales dilemas sociales. Es urgente que profundicemos en la comprensión de los problemas de género, los conflictos culturales y étnicos, los problemas de clase social, las necesidades de sobrevivencia de amplios sectores sociales, la diversidad de visiones del desarrollo, las tensiones entre la capacitación técnica en el marco de la globalización y la formación integral de los educandos, y otros. Una vez hemos aceptado cuáles son los principales asuntos que debemos discutir, nos queda la tarea de resolverlos por medios democráticos, es decir, no autoritarios. Esto significa que las necesidades e intereses son analizados dialógicamente, racionalmente y fundamentadamente, aprovechando el conocimiento disponible. En ello, el papel de las universidades toma relevancia.

Podemos esperar varios problemas. Por ejemplo, siempre habrá tendencia de algunos a resolver sus intereses (o su visión de los problemas) por medios autoritarios. Esto conlleva violencia abierta o solapada. Implica atropellos a la dignidad de las personas, despojos e injusticia. También podemos esperar en otros la trasgresión de las normas legítimas, con sus secuelas de corrupción, cinismo y aprovechamiento egoísta. Además, también hay que lidiar con el capricho, la arbitrariedad, el clientelismo, la mediocridad, la seducción engañosa y hasta las neurosis de algunos funcionarios públicos. En los últimos tiempos también hemos observado un fenómeno curioso que vincula el escepticismo con un relativismo despreocupado que por medio de diferentes discursos termina afirmando que nada importa o que cualquier argumentación por buena que sea “es sólo un relato más”. Sus enemigos son la razón y la ética. Ningunos de estos comportamientos ofrece alternativas aceptables para el desarrollo humano. En cambio sí hay una posibilidad en el diálogo racional y en la construcción de una institucionalidad legítima en la sociedad, el Estado y la misma universidad. Valdría la pena hacer el ejercicio de imaginarnos cómo podría ser un mundo con mayor deficiencia de diálogo e institucionalidad con legitimidad. Sería una situación nefasta. Sin embargo algunos parecen quererlo así.

Lo que argumento es que los complejos problemas de nuestros países deben ser enfrentados en su complejidad y que una pretendida solución reduccionista será un fracaso o, en el mejor de los casos, tendrá sólo beneficios a corto plazo.

En síntesis, el desarrollo necesario en los países latinoamericanos es un tipo de desarrollo centrado en las necesidades e ideales de las personas, como individuos y como sociedades, que toma en cuenta explícitamente los aspectos éticos, las aspiraciones y el bienestar material en todas las iniciativas que pretendan ser congruentes con ese desarrollo. Es un desarrollo legítimo, integral y sostenible. Para impulsarlo es fundamental que nuestros pueblos se apoyen en el ejercicio de la filosofía y la ciencia, junto con otros procesos con los cuales construimos la legitimidad. La razón está en su potencial de contribución de estas actividades humanas, pues los procesos inherentes a ellas implican una racionalidad dialogada e informada. Implica exposición de razones y la práctica del pensar en común. Si hemos de optar por los valores de la libertad y la justicia, ésa es una vía imprescindible. Los proyectos políticos legítimos deben incluir políticas específicas de ciencia y temas relacionados. Son una vía necesaria para sostener la esperanza.

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