sábado, 21 de noviembre de 2009

Por los derechos fundamentales de la mujer


El factor dios

José Saramago

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

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Un emotivo encuentro

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si Atlanta jugaba con Rácing no sería bueno atropellarse con la multitud y habían decidido juntarse en el bar cercano a la cancha. El Ruso llegó un poco atrasado, entretenido por un amigo que le regalara una entrada, dijo, y los tres salieron caminando por Dorrego.

-Hoy ganamos, Ruso- dijo el Bebe palmeándole el hombro.

-Dios te oiga, pero Racing viene primero- agregó Alberto cuando del subterráneo de Corrientes surgió un malón flameando una bandera.

- ¿Así que vos ya tenés la entrada, Ruso?

- Sí.
En la puerta del edificio donde vivía el Bebe un remolino de gente los separó y al cruzar la vía, Alberto preguntó.

- Che Bebe, ¿y el Ruso?
- No sé, andará por ahí adelante.
Siguieron por Humboldt, retrocedieron a la barrera del ferrocarril y no verlo el Bebe suspendió la búsqueda.

- Vamos, ya empieza y este Ruso boludo ya vendrá.

- ¿Dónde se habrá metido?- se dijo Alberto y entraron.
En los primeros minutos no sucedió nada interesante, salvo un derechazo del nueve de Atlanta por encima del travesaño y el Ruso metiendo con delicadeza la mano bajo la blusa de Nora. Ninguno de los equipos se preocupaba por atacar, en cambio Nora estiró una mano y dejó el dormitorio a media luz. El inicio prometía: el diez de Racing se apresuró en un contragolpe y el Ruso se quitó despacio la camisa mientras Nora cumplía el rito de acariciarle el pecho. En Atlanta, el medio campo era luchado, pero al abandonar el Ruso sus mocasines, Nora, descalza, se subió sobre sus pies y trastabilló en la alfombra riendo como una chiquilina. El encuentro siguió sin variantes hasta la media hora, cuando Alberto reclamó un foul en el área de Racing y el Bebe lo secundó puteando al referí que pitaba siempre en contra de Atlanta. Sin reclamar ningún penal Nora y el Ruso se devoraban y la mujer levantó las piernas al infinito en un gemido cuando el Ruso se venía se venía y en la misma jugada ella cruzaba la línea del gol del alma y de todos los sentidos...

En tanto Racing hacía valer su mejor condición física, luego de la primera emoción de la tarde Nora pegadita al Ruso le murmuraba en el oído, ya que los del departamento contiguo no eran sordos ni ciegos como ese referí hijo de puta que durante el primer tiempo cero a cero pitó siempre en contra de Atlanta y ni cobró un penal evidente al revolcarse los dos sobre la alfombra del área chica.

En el entretiempo Alberto y el Bebe estiraron la cabeza pero no vieron al Ruso que se perdía el partido por tener sus ojos entornados y echando humo al cielorraso, el tarado. Con el clima algo fresco los jugadores tomaron agua natural, Alberto y el Bebe manotearon dos vasitos de Pichi Cola y Nora, contrariando el reglamento de su casa, sirvió dos traguitos de whisky sin hielo.
Al principio del segundo tiempo no hubo nada interesante, salvo dos cruces hacia la izquierda del ocho de Atlanta y las manos del Ruso recorriendo minucioso el cuerpo de Nora, recostados en la cama al cambiar de arco. Pero cuando Racing abrió el marcador tras un tiro libre que desvió un defensor, hubo un griterío y ahí Nora y el Ruso se preguntaron la hora aunque el juego seguía emocionante como en la primera etapa. Faltando cinco minutos para terminar Alberto y el Beto no hallaban consuelo si no empataban, el Ruso y Nora se besaron en una arremetida final antes de abrir sigilosos la puerta del departamento por donde se filtró un delantero de Atlanta para anotar el justiciero uno a uno...

El Ruso se apuró en llegar, averiguar cómo fueron los goles y todavía ver el final cansino bajo un sol en retirada. Todo dicho, y al reencontrarse en la vereda con sus amigos Alberto le preguntó.

-¿Qué te pareció, Ruso?

-Que el referí nos robó el partido -soltó la remanida frase que el Bebe no le creyó.

-Callate traidor; te fuiste a la tribuna visitante. Con hinchas como vos nos vamos al descenso- se despidió riendo el Bebe, ya entrando al edificio donde su esposa estaría mirando televisión.

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Las vírgenes de la cordillera


Jorge Zavaleta (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La Cordillera Blanca del Perú sigue siendo fuente inagotable de un arte mágico religioso. Iglesias y conventos de los pueblos fundados por misioneros de la conquista europea, siguen mostrando al mundo hermosos retablos, altares, crucifijos, santos, vírgenes, imágenes y múltiples objetos, gracias al talento de talladores de madera que se forman en la Escuela Experimental Don Bosco, en Chacas, en el Callejón del Conchucos, a 400 kilómetros al noreste de Lima.

La Escuela Don Bosco -nombre del santo italiano que albergaba a niños y jóvenes- fue creada por Ugo de Censi, miembro de la Organización Mato Groso y ofrece una formación integral con
valores éticos y religiosos para la población campesina. Y mediante una Cooperativa, que cuenta ya con mil socios, otorga seguridad social, mejores salarios y comercialización de las obras a cargo de una red internacional de voluntarios.

Ese centro especializado, que además tiene un instituto para guías de turismo de altura, técnicos en arqueología y en enfermería, mantiene vivo el lenguaje y las tecnologías favor de la conservación del ecosistema, agredido por la minería circundante y el cambio climático.

Amanzio Tarazona es una expresión de ese universo cordillerano. Dice que “con un mazo y un trozo de madera podremos descubrir un mundo de posibilidades”, mientras recuerda las iglesias, parroquias, plazas y parques, donde sus esculturas integran al hombre y la naturaleza.

Nacido en Pampash, provincia de Asunción, entre los valles del Callejón de Huaylas y Conchucos, Amanzio Tarazona mantiene viva la cosmovisión andina sustentada con valores estéticos y ritos religiosos ligados al ciclo agrícola, desde la preparación de la tierra, siembra, limpieza de canales, ciclo pastoril, traslados trashumantes y los trabajos artesanales.

Observando el nevado Camchas, que aún protege su comarca, comprueba que la agricultura, empezando por la de secano, está amenazada de muerte por el progresivo deshielo de las cordilleras y la escasez de lluvias.

En 1980 cuando tenía 16 años, abandonó el trabajo minero e ingresó a la Escuela Don Bosco para aprender carpintería y tallado. Como tallador ya ha recorrido talleres de la Organización Mato Groso - OMC (Organización - Manyar - Giovenes) de Pujilí de San Nicolás y Zumbagua en el Ecuador; y en Bolivia, Escoma, Postrer Valle y Peña.

La obra de Tarazona se ha extendido en los últimos años a las iglesias peruanas de Piscobamba y San Luis. Los tronos de vírgenes y santos, sillones de obispados y altares, son lecciones bien aprendidas del religioso Ivo Valde, del maestro austríaco Gerold Stilvch y de otros misioneros que han asimilado la filosofía del Chacma para cuidar la tierra.

Chacma (del quechua que significa proceso técnico para obtener un mejor resultado) implica la poda de los arbustos y malezas en el mes de marzo. En ese período se sacude las hojas que no han caído y se voltea la tierra. Después de 45 días se logra el abono orgánico, que contiene un pegamento líquido que impide que la lluvia erosione los terrenos. Esa costumbre ha sido olvidada por el campesino, y reemplazada por el uso de tecnologías alejadas de la realidad, provocando la pobreza en el suelo. Además, es un grave error quemar las plantas.

Tarazona critica a las municipalidades porque no reciclan los insumos que proceden de la naturaleza. Su obra es un arte orgánico, que sale de la tierra y retorna a ella.

Sugiere a los gobiernos locales convertir los parques en espacios de juego, con figuras de animales. “Emprendamos campañas similares al ahorro del agua”

El Colegio de Arquitectos del Perú saluda a Amanzio Tarazona por su generoso aporte a la ciudad sostenible, cuyo arte, le implica la destreza en: “selección de la madera, diseño, desbaste, forjado, pulido, cuchillar o corrección de las figuras, lijado, acabado perfecto”.

Sostiene que el talado de árboles debe seguir el movimiento de la luna, porque un árbol tiene los mismos ciclos orgánicos de la mujer, reflexión que lo demuestra en singulares desnudos femeninos, a partir de piezas de madera recogidas en un solitario camino o de las orillas del mar.

Aspira retornar a su natal Chacas para continuar el camino de sus antecesores y retomar las costumbres andinas en todo sentido, desde la música, el baile, las vestimentas, sus comidas y sus fiestas a los santos patrones de la iglesia. No espera nada del Estado, porque las autoridades de hoy solo sirven a sus conocidos o a sus intereses particulares. Además no respetan las normas ni las leyes, incitan el uso de la tecnología moderna que desprotege a la tierra y la humanidad. Si uno no protege a la tierra se mata a ella, a uno mismo y a los demás. Un gobierno local tendría que promover la defensa de las costumbres, valorarla y amar a la naturaleza.

La magia de la electrónica permite conocer de cerca a Amanzio Tarazona en www.amanciotarazona.tk; amanciotarazona@hotmail.com, desde su taller en el Asentamiento Humano Somos Libres del distrito limeño de San Juan de Lurigancho, Avda. Wiese, Manzana B, Lote 4.

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De sicarios y de hombres: La violencia juvenil en Colombia. Ensayo cinematográfico de Psicopatología social


Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña:
¿No habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los
haga dignos de vivir?
Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia:
Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.

Gonzalo Arango

Allí está Medellín, la hermosa villa, muellemente tendida en la llanura

Así eran los versos que entonaba Gregorio Gutiérrez González, el cantor de
l cultivo del maíz, en su Antioquia querida, como máximo exponente de una poesía entre romántica y realista, al ir bajando por la cordillera central al valle de Aburrá, donde se halla enclavada la ciudad, en una de las ramas de los Andes.

Eso sucedía en pleno siglo XIX pero… mucho ha llovido en aquella tierra desde entonces, y con las lluvias, han venido toda una serie de transformaciones sociales, que hacen que esa plácida villa se haya convertido en una paradójica ciudad, agreste y afanada, de la que pudiera decirse, como lo hacía de su pueblo natal, Antonio José Restrepo, un célebre intelectual antioqueño, al entonar los siguientes versos:

Tierra de parias, putas y gente noble

ya que, al lado de la hidalguía convive la ruindad y, en medio de la anomia social, se ha añadido un nuevo protagonista: el sicario, personaje concreto y enigmático, producto de toda una serie de
factores, que yo creo que aún ahora no alcanzamos a comprender a cabalidad, al que el novelista Fernando Vallejo define como un muchachito, a veces, un niño, que mata por encargo. (1)

Algún día, aquí en España, alguien me preguntaba por qué Colombia es tan violenta en relación con sus países vecinos y francamente no pude darle una respuesta, mientras el asunto todavía me sigue dando vueltas en la cabeza, ya que no acuerdo, con un psiquiatra biológico colombiano, quien dice que es debido a una condición genética pero tampoco los análisis socioeconómicos me lo explican todo, sin embargo intentaré en esta charla poder pensar un poco acerca de este ominoso asunto.

El abuelo de Gabriel García Márquez le contaba a su nieto, infinidad de historias de las guerras civiles colombianas del siglo XIX, lo cual quiere decir que el conflicto armado, que existe en ese país, no es un asunto nuevo sino que tiene sus raíces desde los orígenes mismos de la República, y casi, diría yo, es como si se escuchara la misma música con distinta letra, desde hace mucho, mucho tiempo, un hecho ante el cual no podemos hacernos los de la vista gorda ni los de los oídos sordos, en una atroz desmentida.

Ello se ha debido a la ambición de los líderes y los partidos políticos, que vieron en la guerra una forma de tener el Poder y mantenerlo, en un contexto de gran injusticia política y social, en el que se iba generado más y más pobreza.

Esa historia arranca desde los tiempos de lo que se denominó la Patria Boba, entre 1812 y 1816, cuando se enfrentaron federalistas y centralistas, los que propugnaban un estado federativo y los que querían un poder central en Santafé de Bogotá, cuando aún existía el peligro de que España acudiera a la Reconquista, mientras, a lo largo del siglo, estallarían siete guerras más, la mayoría protagonizadas por terratenientes conservadores, que se oponían a las reformas liberales, de tal forma que, en la primera aurora del Novecento, el sol se alzaría sobre los campos de batalla de la llamada Guerra de los Mil Días, en un intento del liberalismo radical por recuperar el Poder, guerras que dejarían un saldo de millares de jóvenes combatientes muertos, heridos o lisiados, un gran deterioro de las labores intelectuales, agrícolas y mineras que el país necesitaba con urgencia, hogares y riquezas deshechos, la creación de nuevos odios, que desencadenarían nuevas violencias, además de una ruina fiscal, con el empobrecimiento del país y un estancamiento del progreso, más la creación de una cultura política intolerante, que provocaría nuevos enfrentamientos ideológicos, que llevarían a otras violencias en el siglo XX, en especial, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un candidato a la presidencia del partido liberal, cuando tras un buen período de paz y de progreso, estallaría la llamada Violencia de 1948, que yo considero que es la que se mantiene aún hoy en día, así los protagonistas vayan cambiando de nombre; primero eran conservadores contra liberales; luego derechistas contra comunistas, a lo que se añadieron mafiosos y paramilitares y en esas estamos, en más de una misma cosa, en una eterna repetición de lo mismo.

¿Por qué remontarse tanto allá, si se supone que esta historia de sicarios es reciente, de ahora?

Precisamente, porque yo creo que hay una larga continuidad, gestora del fenómeno del sicariato.

En su magistral estudio sobre el tema, en No nacimos pa’ semilla, realizado en los años de juventud del actual alcalde de Medellín, Alonso Salazar Jaramillo, la madre de uno de los sicarios, entrevistada por el autor, nos cuenta que cuando estaba pequeña, a su familia le tocó salir huyendo de su pueblo natal, por causa de la violencia política, ya que su padre era allí, uno de los liberales más ruidosos, de los que más alto hablaban, y empezaron a llegarles boletas, correos amenazantes, y tuvieron que enfrentarse con los “pájaros”, la policía conservadora, ya que pensaban acabar con la familia, mientras en el país se iba organizando una guerrilla liberal, que más adelante, tras la Revolución Cubana, se haría comunista, y esos aconteceres particulares son cosas que no se olvidan, y que están dispuestos, como almas en pena, a reaparecer en cualquier momento, en tiempos ulteriores.

A otros, en cambio, el desplazamiento por esa violencia, los obligaría a convertirse en colonos de tierras agrestes, donde tenían el riesgo de que el clima o las serpientes los mataran; pero, tanta tensión hacía que se generara otra violencia, en medio de borracheras y parrandas.

Unas y otras agresiones hicieron que la gente se desplazara a la ciudad y se fuera conformando, en las montañas que rodean la plácida llanura de Gregorio Gutiérrez, verdaderos cinturones de miseria, a donde llegaban gentes de todas partes, de distintas regiones del violentado y violento territorio nacional, donde, a su vez, surgían tensiones y se iban constituyendo bandas enemigas, algunas dedicadas a actividades delictivas, con gentes del propio barrio en el que vivían, y otras que luchaban por la defensa de sus territorios, mientras se metían en un círculo infernal de terror e intimidación.

Los viejos le decían a Salazar:

- Si quiere hablar de violencia, le cuento mi vida, o la de cualquier vecino… Nosotros hemos vivido siempre de violencia en violencia, con muy pocos tiempos de paz. Cada uno de nosotros es una novela completa. (2)

Pero, en ese contexto social, caracterizado por los grandes vacíos, descritos por el jesuita Francisco de Roux:

1. Vacío de Estado.
2. Vacío económico.
3. Vacío de comunidad civil.
4. Vacío ético. (3)

La alternativa que la gente de las barriadas encontraba era la autodefensa, a las cuales vino la guerrilla a ayudar en su momento y que luego fueron auspiciada por la mafia y los grupos paramilitares, que encontraban, en los muchachos de esos sectores de la ciudad, verdaderas máquinas para matar, sin que los autores intelectuales tuvieran que mancharse de sangre, como bien podemos verlo en el relato del propio Salazar y en la película para televisión de Dalton Scott y Margarita Martínez, La Sierra, sobre un barrio de Medellín.

Y a esa historia real, a esa verdad material, comprobables empíricamente, se añade un correlato, una narrativa literaria o cinematográfica, que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ha dado en llamar la sicaresca antioqueña, como un nuevo estilo, surgido en la década de 1990, que parodia el subgénero de la picaresca española, en aquellos tiempos, en los que el pobre tenía que apelar a la picardía, a la ruindad, a la vileza, a la astucia y al engaño, como única manera de subsistencia. (4)

Así, cuando estábamos aterrorizados por la violencia que se desencadenara hacia 1987, con la masacre de los defensores de los Derechos Humanos, de la Unión Patriótica, un partido de izquierda, que se había acogido a un proceso de paz, de candidatos a la presidencia de diestra y siniestra y la guerra sucia, en un contexto en el que la crueldad parecía provenir de todas partes, apareció la película de Víctor Gaviria, Rodrigo D. – No futuro, que ponía el dedo en la llaga, para mostrar un profunda crisis de la ciudad y del país, cuando las mafias alimentaban la creación del sicariato, una institución subrepticia, en un macrocontexto social en que los jóvenes mataban por encargo.

Su protagonista, el joven Rodrigo, no tiene ni siquiera veinte años; es un joven melancólico, atormentado por la muerte temprana de su madre, y encuentra, en el salto al vacío desde un alto edificio, la posibilidad de la realización del pasaje al acto de una fantasía de reunión con su mamá, como expresión del deseo de reencontrarse con un objeto amoroso perdido por la muerte, tema que se repite en otra cinta del mismo director sobre la juventud abandonada, acerca de los chicos de la calle, La vendedora de rosas, estrenada en 1998 y seleccionada oficialmente en Cannes, ya que al final, la protagonista, a la manera de la niña de los fósforos de Hans Christian Andersen, se marcha a la otra vida con su abuela muerta, atravesada por una bala del Zarco, el villano de la película.

El filme sorprendía al ser realizado con actores naturales, con verdaderos muchachos de las barriadas, la mayoría, ellos mismos pertenecientes a bandas juveniles, de los cuales muchos murieron víctimas de aquella absurda violencia, de ahí que no haya realmente una mimesis, sino que simplemente los chicos despliegan su propia manera de ser, su propia idiosincrasia, su habla propia, el parlache, una especie de lunfardo medellinense, que apareciera como producción social, a finales del siglo veinte. Así el cine-ojo de Gaviria nos acercaría a un mundo que, por decir algo, estaba ahí a la vuelta de la esquina, pero que aterrorizaba. La cinta suscitaría críticas pacatas, que incluían su estilo en la categoría de la porno-miseria, ya que hería el narcisismo de una sociedad negadora de su propia realidad y que, sin duda, así la mirada de Gaviria fue creadora de mayor conciencia para muchos de aquellos que, desde una posición más depresiva, nos dedicamos a las ciencias humanas.

Para su realización, Víctor se adentró previamente en las barriadas y fue a partir de los testimonios de los mismos habitantes de esos asentamientos, que hizo el guión, de tal suerte que su producto sería todo un documento de antropología de la pobreza, en el sentido de Oscar Lewis(5), ese gran estudioso estadounidense de la marginación y de la exclusión social, que impide que sujetos individuales o grupos humanos puedan integrarse a los sistemas de funcionamiento oficial de una sociedad, de tal forma que quedan condenados a vivir como ruedas sueltas del sistema social, además de verse privados del goce de los Derechos Sociales, lo que, a su vez , es generador de una gran devaluación subjetiva, en un medio socioeconómico con un desarrollo distorsionado. Así las cosas, podríamos decir con Iria Puyosa que Gaviria nos ahorraría todo un curso de sociología. (6)

Si bien, muchos de los muchachos que participarían como actores en la película fueron asesinados, fue un bello destino el que tuvo Ramiro Meneses, quien representara al protagonista Rodrigo D., pues ahora no sólo es actor de cine y televisión sino que además pinta, escribe poesía, como otra forma de comunicarse, de volver palabras o imágenes sus sentimientos, y como actor, dice el propio Gaviria, está a la altura de los grandes: trabaja el papel, lo prepara y marca las diferencias entre los personajes que protagoniza, con una gran versatilidad, ya sea al hacer el papel de Valentino o de un teniente y lleva en su carrera unos veinte años, como alguien del que podríamos decir que es dueño de su destino, de su arte, de su sensibilidad y de su carácter, un hombre vital, soñador y talentoso, como si se hubiera dado un cambio abismal entre el muchachito de la comuna y el hombre que avanza, sin volver a atrás, quien, incluso, ha devenido él mismo director, en contraposición con lo que pasaría con el actor que encarnara al protagonista de la famosa película del director argentino-brasileño Héctor Babenco, Pixote: la ley del más débil, un niño de la calle, que pasaría a convertirse en una fugaz celebridad, con los sueños al hombro de llegar a ser un gran actor, pero, al que realmente nada se le ofreció, por lo cual no pasaría de volver a ser el chico olvidado y empobrecido de siempre, quien moriría atravesado por las balas de un policía, quien lo perseguía tras de la comisión de un robo, convertido en un pelaíto que no duró nada, como diría Víctor Gaviria, cuando apenas hubo recibido de su director un escaso pago por su actuación y luego una casita, para Babenco curarse en salud y que el muchacho no le pusiera una demanda legal, tras el éxito mundial de la cinta, explotación inmisericorde, semejante a la padecida por los actores de La Virgen de los Sicarios, quienes también recibieron pobres remuneraciones, con la distracción de que se los mantuvo, durante el rodaje de la cinta, en excelentes condiciones, con una vida a todo dar, en hoteles de cinco estrellas.

Más o menos, por ese mismo tiempo, La Corporación Región y el CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular) publicarían la obra de Alonso Salazar No nacimos pa’ semilla, un estudio magistral, bastante rico y profundo sobre el problema del sicariato. Bajo la pluma de ese periodista y escritor de la antigua Antioquia Grande, hoy escindida en varios departamentos, podíamos acceder a un libro, que tuvo su génesis cuando su joven autor trabajaba en barrios, en los que una terrible violencia empezaba a surgir.

El autor, a la manera de Gaviria, se adentraría en las motivaciones y la lógica de los muchachos, que vivían una existencia asesina, para hacer una lectura de su racionalidad y su ethos, para intentar comprender el problema desde dentro, al tomar el fenómeno del sicariato como el síntoma de una sociedad enferma, de una colectividad, a la que la ha apurado el afán de lucro, impuesto por la sociedad consumo, y al hacerlo meterse con una madeja sumamente compleja, una verdadera antropología de la pobreza, sobre la base del testimonio no sólo de los chicos, sino también de sus madres, de sus vecinos y curas párrocos, todos aquellos testigos de la vida en las laderas del valle, donde muellemente tendida, está una gran urbe, en la que pareciera ser que la única ley que funcionara fuera la de la gravedad, según palabras de Víctor Gaviria, a las que hace eco, Alonso Salazar. (7)

Estos dos jóvenes valientes, uno nos ofrece una original película y el otro una brillante crónica, producto de un periodismo de investigación, para mostrarnos un asunto de interés público, a través de entrevistas, fuentes contrastadas, que permiten dar cuenta de un desgarrador fenómeno de la patología colectiva, con una indagación, que nos acerca a la etiología social del delito y algo más, en la línea del nuevo periodismo, con cierto estilo literario de gran realismo, con descripciones muy detalladas, para caracterizar el fenómeno urbano de la violencia en toda su complejidad.

Y más o menos, en ese mismo momento, un profesor de Alonso Salazar, Juan José Hoyos escribía una novela sobre una Medellín que sufre todo un entrecruzamiento de violencias, la del narcotráfico, la del sicariato, la de la militarización, para ubicarnos en el plano de la literatura propiamente dicha; así el autor de Tuyo es mi corazón(8), una narración de amores adolescentes, da cuenta de El cielo que perdimos (9) al situar su nuevo relato en la misma ciudad, ya no con un estilo romántico sino con uno realista, que muestra los cambios vertiginosos de la capital antioqueña, donde el ambiente pueblerino ha desaparecido, para convertirse en una urbe masificada, cargada de soledad, en la que los jóvenes tienen que improvisar nuevas estrategias para sobrellevar la existencia, en la que el protagonista, un periodista bastante sensible, tiene que enfrentar una cruda realidad para la realización de sus crónicas judiciales, con historias de asesinatos, masacres, torturas y toda clase de violaciones de los Derechos Humanos, mientras toda aquella debacle va quedando en la impunidad. De ahí la impotencia en la que se siente su personaje central, quien se torna inseguro y sin esperanza alguna. Hoyos nos ofrece entonces una obra escrita con un lenguaje escueto, sin adornos, milimétrico, cronometrado, aunque con algunos excesos sensacionalistas, en fin una novela realista, en la línea de la tradición de la novelística antioqueña, que bien podría considerarse un documento doloroso, pero que no tiene la profundidad del texto de su alumno en la indagación de la etiología de todos esos males. (10) (11)

Esta obra ha recibido fuertes críticas pero, también, se ha escrito sobre ella, con profundo respeto, ya que se dice que tiene un estilo diferente al de los escritores retóricos, con un estilo más cercano al de Hemingway y Capote que al de los imitadores de García Márquez, (12) y con esa creación se abre la sicaresca propiamente dicha en la literatura, que nos llevará a El pelaíto que no duró nada (13), un poético relato en prosa del cineasta Víctor Gaviria y otras que han obtenido el reconocimiento internacional, como lo son, La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo (14) y Rosario Tijeras (15) de Jorge Franco, de las cuales se han hecho sendas versiones cinematográficas.

El pequeño opúsculo de Gaviria es una versión lírica de la narración de uno de los chicos de las barriadas medellinenses, afligido por el duelo de un hermano sicario, Faber, el protagonista de la narración, una historia que choca, inicialmente, por la procacidad de las dicciones pero que nos acerca, de una manera profunda, a una elaboración de las congojas, que tienen que soportar estas criaturas, en entornos tan tenebrosos como en los que se mueven, en contextos de gran descomposición social, y así adentrarse más en el drama singular de un individuo, en el medio social, descrito por Salazar, que de todas formas haría parte del escenario, en el que se desenvuelve la tragedia.

Víctor Gaviria, antiguo estudiante de psicología, funciona ahí como una especie de tercer oído, que ayuda a ordenar el caos, que le transmite su interlocutor y, de esa crónica de una muerte anunciada, en un contexto, donde Tánatos marca su compás a ritmo de balas, dentro un complejo social, que algunos dieron en llamar la cultura de la muerte, ante la pérdida de los valores tradicionales de una Antioquia de la que cantara con gran antelación, de una manera bastante idealizada, el poeta Jorge Robledo Ortiz:

Hubo una Antioquia grande y altanera,
Un pueblo de hombres libres,
Una raza que odiaba las cadenas
Y en las noches de sílex,
Ahorcaba los luceros y las penas
De las cuerdas de un tiple.

para concluir con nostalgia:

Siquiera se murieron los abuelos,
Sin sospechar el vergonzoso eclipse. (16)

El relato de Wilfer, el muchacho al que escucha Gaviria, nos muestra el enfrentamiento de un duelo desde una posición depresiva, en términos de Melanie Klein, (17) en el que la aflicción no lleva a la venganza ni a la melancolía, sino a la asunción de una actitud distinta ante la vida, para romper con la compulsión a la repetición de lo mismo, de tal manera que se pueda asumir una responsabilidad ante el destino individual, para darle una salida distinta a la existencia.

Aparece entonces la novela La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, que se haría acreedora al Premio Rómulo Gallegos, un relato que contrasta con los anteriores por su tono cínico, en el que el narrador, un intelectual, un purista del lenguaje, se enamora de un sicario, para darnos una versión bastante singular, marcada por un goce que le permite el disfrute de una cruel gratificación vicariante, que pareciera disculpar los crímenes de su adorado Alexis, el protagonista, para dar expresión a un discurso de tipo fascistoide en el que el autor no se inhibe para expresar, la satisfacción de que su muchacho asesine a un gamincito, a un niño de la calle, que se rebela contra un policía callejero con palabras como éstas:

Si este hiju’eputica se comporta así de alzado con la autoridad a los siete años, ¿qué va a ser cuando crezca? Este es el que me va a matar… a este gonorreíta tierna también le puso en el susodicho sitio su cruz de ceniza y lo curó, para siempre, del mal de la existencia que aquí, a tantos, aqueja… Alexis era el Ángel Exterminador, que había descendido sobre Medellín a acabar con su raza perversa… Y la Muerte una obsesiva laboradora. No descansa… sin crear nuevas fuentes de empleo disminuye el desempleo, que, aquí, según los tanatólogos, es el que trae más violencia… Mi señora Muerte… es la que aquí se necesita… compitiendo con semejante paridera… (18)

Sobre la base de la literatura y la cinematografía de la sicaresca, realizada desde el filo de la navaja, con su título, Vallejo alude a la religiosidad de estos muchachos, auspiciados por la mafia y el paramilitarismo, sin que realmente sea una visión tan original, puesto que el tema ya había sido tratado ampliamente por Alonso Salazar en su trabajo magistral, fundante de todo este subgénero, cuando en la entrevista el cura de la barriada nos explica:

La cuestión religiosa de estos muchachos es muy complicada; ellos pecan y empatan, como dice el dicho. Vienen a las misas, comulgan, hacen sus promesas, llevan escapularios por todas partes y una que otra vez se confiesan. Eso hace parte de la tradición popular; nuestro pueblo ha sido muy creyente. Estos jóvenes lo son a su manera. Usted ve; hoy, que es el día de… la Virgen, la parroquia se llena… (19)

Jaime… era muy creyente, bajaba, casi cada ocho días, a Sabaneta – un pueblo cercano, al sur de Medellín – al santuario de María Auxiliadora a ofrecerle y pagarle promesas. (20)

La devoción mariana prevalece sobre la que se tiene a Dios; uno de los muchachos de Salazar, sin ambages declara:

Los presos le tenemos mucha fe a la Virgen de las Mercedes. A Chuchito – a Jesús – también, pero, sobretodo a la Virgen… La Virgen es la reina de los presos… por eso, la gente se hace tatuajes con ella; por la fe que se le tiene…. la que manda la parada es la Virgen… María es la madre de Dios y la Madre es lo más grande que hay… (21)

Sintagma al que el sacerdote no duda en darle una interpretación cuando señala, ya que bajo cualquier apelativo, de las Mercedes o Auxiliadora:

El conjunto Madre-Virgen, que es el binomio de oro del sicario, es sinónimo de fidelidad, de incondicionalidad, que no exige retribución…

Es un Dios femenino, tolerante y permisivo; hace, falta recuperar al Dios masculino, castigador y temido…

Si la Virgen es el ídolo del cielo, la Madre es el ídolo de la tierra. Ella es el argumento, simbólico o real, con el que justifican su acción. (22)

Desde el psicoanálisis, podríamos pensar a María Auxiliadora, como una madre fálica, con su bebé, su cetro y su corona, símbolos del Poder, una madre-toda, completa, virgen y madre a la vez, lo cual implicaría la forclusión de un Nombre-del-Padre humano y a la manera como sucedía con el psicótico Scrheber, ella es La Mujer de Dios, que media con la Divinidad, para salvar a la humanidad del cataclismo y engendrar una nueva raza humana; es una madre abnegada, mártir, sacrificada y sagrada, una mujer ideal, semidiosa, que, según Julia Kristeva, se asimilaría con el hijo para adjudicarle características de nobleza, una hembra asexuada, única en su género, que al ser madre de Dios, haría parte esencial de la Santísima Trinidad. (23)

En mis años puberales, los curitas del colegio, nos leían un cuento del famoso padre Rafael García Herreros, en el que la madre de Dios hace un contrabando de almas condenadas, a las que María entra por una puerta trasera del cielo, para señalar la bondad de Nuestra Señora, que bien podríamos pensar hoy como alcahueta, que desmiente la Ley.

Y bien sabemos que la familia antioqueña ha estado marcada por la figura de una madre fuerte, en una cultura en la que el hombre ha sido el rey de la calle y la mujer, la reina de la casa, donde abundan las madres-cabezas de hogar, y muchos de los jóvenes de la barriada provienen de hogares con padres ausentes, en la realidad material o en el imaginario de las familias, sin que puedan ejercer una función paterna, ante una madre completamente condescendiente y permisiva con el hijo, para quien no media ni Ley ni prohibición alguna, como si el vástago fuera un futuro protopadre gozón de la horda primitiva, que pudiera decir con Iván Karamazov:

- Si Dios ha muerto, todo está permitido.

Ya que pareciera ser que en la cultura de la sicaresca sin saberlo, siguiera la lógica del personaje de Dostoiewski, cuando expresa:

Como ni Dios, ni la inmortalidad existen, le está permitido al hombre nuevo, transformarse en hombre-Dios (24) , identificados con el Divino Niño, ese niño-falo maravilloso, que es el bebé en brazos de María, puesto que aunque Lacan aparentemente diga lo contrario, cuando de una forma paradojal expresa:

- Si Dios ha muerto, nada está permitido. (24)

Lo que también es cierto pues al ser como dioses, el gran anhelo de nuestros primeros padres, no habría Ley, ya que la divinidad no tiene ninguna y si hay un vacío de Ley, de Dios, lo que queda es la anomia, y sin reglas no tiene sentido ni la autorización ni la prohibición, siempre referidas a una autoridad.

Es evidente, que la religiosidad tiene mucho que ver con la moral, como nos lo demuestra el caso de la madre de Jaime, uno de los jóvenes muertos en los tiempos de No nacimos p’a semilla, como lo muestra el testimonio del sacerdote de la barriada cuando declara:

Su familia es muy sana. La mamá es una matrona paisa; el papá es un tipo muy trabajador y los otros cinco hijos son sanísimos. Cuando Jaime se metió en esos cuentos [de robo de autos y asesinatos por encargo], la mamá lo aconsejaba mucho. Pero, como él siguió en su cosa lo echó de la casa.. Le dijo un día que ésta no era guarida de delincuentes. Pero después le cedió; se dejó seducir por el dinero y los regalos que le llevaba. El le decía la Bella y para la Bella era lo mejor. Fiestas de madre muy elegantes, regalos, plata, hasta que la convenció. Ella le mandaba decir dos misas mensualmente, para que la Virgen del Carmen lo protegiera. Y él, que también era muy creyente, bajaba, casi cada ocho días, a Sabaneta, al santuario de María Auxiliadora, a ofrecerle y pagarle promesas. (25)

Es bien claro que en ese caso, la educación y socialización fallan, al no poner límites al educando, ni aplicar el tabú de la muerte del semejante, al transmitirse toda una moral de la ambigüedad, en la que, de un lado hay un código ético formal y del otro un código pragmático para la vida, donde uno de los grandes valores es la astucia, la audacia, el despabilamiento, bajo el lema:

El vivo vive del bobo.

Y si el objetivo en la vida es conseguir dinero, no importa contrariar ni la ética civil ni la moral cristiana, sobre todo en un pueblo, en cuyo origen hay una gran cantidad de contrabandistas, que están en el zócalo aún de las familias de más rancia estirpe, con mensajes transmitidos como aquél de una anónima madre de antaño, quien decía a su hijo:

- M’ijito, consiga plata honradamente y si no… consiga.

Doble mensaje, inductor de un superyó lagunar, concepto acuñado por Adelaida Johnson(26), para explicar la génesis de la psicopatía, que bien podemos distinguir del doble mensaje esquizofrenizante, descrito por Gregory Bateson(27), ya que no ofrece dos opciones malas, del tipo de:

Malo porque bogas y malo porque no bogas
sino que da cuenta de la inconsecuencia, que prohíbe una conducta, de un lado, y del otro la premia o estimula.

Pero el tabú de la prohibición del incesto, esa otra prohibición, que surgiera en ese contrato social, en el que en el mito freudiano, establecieran los hermanos después del asesinato del padre de la horda primitiva, también aparece borrado, de una forma ambigua, en el caso de Rosario Tijeras, cuando ésta le recrimina a la madre la desmentida frente a la seducción, por parte de su lascivo padrastro y ésta responde con inusitada violencia.

Rosario Tijeras es una especie de tigresa del Oeste, una protagonista de esa especie de Far West, que se ha vivido en Medellín, quien a partir de un trauma de seducción, castra y mata a su victimario y lo sigue haciendo por una suerte de compulsión a la repetición, al asestar tiros en el escroto y en el bajo vientre a todos aquellos de quienes, por una razón u otra, quiere vengarse, como si hubiera confundido el dolor del amor, con el de la muerte.

Ella es la protagonista de la novela homónima de Jorge Franco, llevada al cine, en un thriller brutal, dirigido por el mexicano Emilio Maillé, una especie de femme fatale, en el mundo y la subcultura de los sicarios, un filme bastante bueno, que se ha convertido en la película colombiana más vista de la historia, candidatizada al Goya, como la mejor película de habla hispana en su momento, con base en una obra literaria, que se considera una de las más relevantes de la narrativa colombiana y latinoamericana contemporáneas.

Su autor declara que la realidad en Colombia es un error, una falla, una herida, que no se puede tapar porque se produciría una infección, con una problemática que tiene que ver con el Primer Mundo, con el narcotráfico, con todo un sistema de oferta y demanda, pero detrás de todo eso, hay un drama, una tragedia humana puesto que detrás de la droga, que se consume alegremente en las discotecas, hay un montón de jóvenes desangrándose, viniendo a menos, que al perder sus principios han muerto. (28)
Es de ahí, que toda esta narrativa tiene sentido, no para hacer de ella, una porno-miseria, para hacer dinero y conseguir reconocimiento de una manera oportunista y cargada de sensacionalismo.

Me irrité sobremanera un día que un productor de cine colombiano me contó que las distribuidoras del Primer Mundo exigían que el único tema colombiano, que estaban dispuestos a comprar, era el de los sicarios, ya que el producto se vende muy bien, como películas tremendistas y de acción para un gran público, como un auténtico divertimento. Ya que creo que otro es el sentido que originalmente Víctor Gaviria y Alonso Salazar dieron al hacer público lo que ocurría en las barriadas de Medellín, en la mejor línea del Buñuel de Los olvidados o del Oscar Lewis de La antropología de la pobreza; yo creo que lo que se proponían era repensar una trágica y dolorosa experiencia, como un intento de elaboración de un trauma colectivo, que es obvio, debe ser campo de reflexión para quienes nos ocupamos de la psicopatología.

Por ello, no quisiera cerrar esta conferencia, sin hacer mención a lo que se ha intentado hacer desde el psicoanálisis en Medellín, con el problema del sicariato.

Alonso Salazar cita en su obra una ponencia, presentada por Rocío Jiménez, en un seminario sobre la violencia, realizado por las ONG’s de Medellín, en 1989, titulado Violencia y psicoanálisis(29), en relación con la ausencia de un padre que ejerza su función, lugar vacío, que el joven pretende ocupar al, a la manera de Luis XIV, al confundirse sino con el Estado, al menos con la Ley, como legislador arbitrario, como una reactualización del padre de la horda primitiva, en una especie de modalidad pretotémica, como una imago narcisista, con una potencia mortífera, a través de la intimidación, la dominación y el chantaje, con un impulso aniquilador, absolutista, con una visión del mundo maniquea entre la idealización y la denigración, como bien lo señalan Alina Ángel y colaboradores, quienes realizaron un bello trabajo con talleres en pequeños grupos de acompañamiento psicológico, en los procesos de paz, que se dieron en los barrios populares, donde los muchachos podían discutir las vivencias de su historia singular, de cada uno, lo cual, en algunos casos trajo como consecuencia que accedieran a una vida más tranquila, por fuera de las pandillas y hasta lograr una ubicación laboral, a pesar de su anterior vida asesina (30)

Pero esa violencia endémica en Colombia, va tomando otros rumbos, y como decía al principio de mi ponencia, continúa siendo la misma música con distinta letra.

Si los sicarios, en los tiempos de la guerra sucia, de los “barones de la droga”, encabezados por Pablo Escobar, llegaron como plaga de langosta, para sembrar el terror y ejecutar las venganzas, así se diga lo contrario, no han desaparecido con la muerte del gran capo de la mafia, de hecho, en junio de este año, una noticia nos asombra, ya que un adolescente y un niño de once años, penetran en el despacho de una abogada embarazada, la abalean y sólo puede salvarse el bebé y, bien sabemos, que las fábricas de sicarios los tiene para la exportación, vienen a España, hacen el mandado y vuelven a salir, como por arte de magia, como lo anunciara la prensa escrita en estos días, cuando un subordinado de Touriño encargó el crimen a un sicario colombiano. (31)

Pero los pistolocos, como los llaman en su jerga, encuentran nuevas modalidades de acción en el contexto del conflicto armado, que existe en Colombia, por más que se lo niegue, y con la violencia paramilitar, de derecha o izquierda.

De ello, dan cuenta, en un documental para la televisión, que realizaran el estadounidense Scott Dalton y la abogada y periodista colombiana Margarita Martínez, realizado en el barrio La Sierra, en las laderas de Medellín, donde un grupo de autodefensa se enfrenta con la guerrilla, en un contexto de miseria y desempleo, donde se acude a las viejas técnicas del cinéma-verité, con su naturalismo, para mostrar la durísimas condiciones de existencia de grupos juveniles, que luchan por el terruño y la supervivencia, al precio de la muerte misma, que es con la que se inaugura el filme, cuando vemos el cadáver del líder del movimiento, Edison Flórez, un joven con el que, los realizadores lograron hacer una gran empatía, tras las duras pruebas a los que los cineastas fueran sometidos por los muchachos, en una especie de rito de iniciación para darles cabida en la comunidad.

En ese magistral documental, asistimos a entrevistas que dan cuenta de la realidad subjetiva, en medio de una terrible realidad material, para enfrentar el serio problema social de nuestra lucha fratricida, en un país donde no se cumple con los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de sus gentes, de tal suerte que los realizadores presentaron al gran público una cinta que se ubica en ese espacio transicional entre la subjetividad y la objetividad, como podemos verlo en el relato de Jesús, uno de los muchachos que nos habla de su tragedia y de su dolor.

Allí se nos muestra la vida cotidiana del barrio, de tal suerte que la realidad fluye de un modo natural ante el objetivo de la cámara, de jóvenes, que de una manera heideggeriana saben que son seres-para-la-muerte pero su angustia los lanza a un proyecto demasiado inmediato, con un desenlace fatal demasiado precoz, pues la relación con la muerte de estos chicos sin futuro, que no nacieron p’a semilla, destinados a no durar nada, que jamás tuvieron un cielo, es uno de los aspectos que más llama la atención de los cineastas y de los estudiosos de sus formas particulares de existencia, ya que si vemos a Edison, tirado en la cañada, con las moscas rondando su cuerpo, en Rosario Tijeras asistimos a una macabra defensa maníaca, negadora de la muerte, con visos de realismo mágico, con la que terminaré mi ponencia.

De ahí, que sin negar el valor que tiene un libro y un filme como Gomorra de Roberto Saviano(32), considero que ese estilo ya ha sido bastante trabajado en nuestro país, paradigmático de toda una problemática del Tercer Mundo, pero a su vez de un problema universal, que no es el de Medellín solamente, ni el del sur de Italia, sino que tiene mucho que ver con una etiología social de la delincuencia y la violencia social, que sin duda encuentra eco en la singularidad de cada sujeto pero que amenaza con convertirse en una plaga apocalíptica en un mundo globalizado, ante la emergencia de esos personajes extraños, que hacen toda una liturgia de la muerte y la crueldad, con sus changones, pistolas, revólveres o metralletas, quienes aniquilan sin piedad a los otros, sin más explicaciones, en el macrocontexto de un mundo sobrecargado de negocios sucios que pretenden el dominio del planeta, para quienes el cine reporta la imagen de seres ideales, a quienes imitan, en su sueño de convertirse en los reyes del mundo (33), al estilo de los personajes de Chuck Norris y Sylvester Stallone, de Cobra Negra y de Comando, cuyas cintas miran con sumo cuidado para aprender a como no fallar ni un tiro. A ellos los miran en la pantalla para ver cómo cogen las armas, como hacen sus coberturas y como se retiran (34), en cuanto han dejado un cadáver, un “muñeco”, en su jerga, a la orilla del camino, como si fueran culebritas empolladas en el huevo de la serpiente.

Notas:
1) Vallejo, F. La Virgen de los Sicarios. Alfaguara, Madrid, 2002, p. 9.
2) Salazar, A. No nacimos p’a semilla. Corporación Region-Cinep, Bogotá, 1990, pp. 65
3) de Roux, F. Los precios de la paz. Documento ocasional 39 de Cinep, Abril 29, 1988, 27 pp.
4) Calvo, G. La sicaresca como una de las bellas artes. http://www.caratula.net/Archivo/N17-0407/Secciones/Cine/cine.html
5) Lewis, O. Antropología de la pobreza. Cinco familias. Fondo de Cultura Económica, México, 1961, 303 pp.
6) Puyosa, I. Muñecos p’a semilla. http://www.zonamoebius.com/Iepoca_2003-2007/2004/000/ip_804_rodrigo.htm
7) Salazar, A. No nacimos p’a semilla. Corporación Region-Cinep, Bogotá, 1990, p. 191.
8) Hoyos, J.J. Tuyo es mi corazón. Editorial Planeta, Bogotá, 1984, 470 pp.
9) Hoyos, J.J. El cielo que perdimos. Editorial Planeta, Bogotá, 1990, 530 pp.
10) Torres Duque, O. El tiempo que perdimos. http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti5/bol28/tiempo.htm
11) Pineda-Botero, A. Juan José Hoyos: El cielo que perdimos. http://www.colombianistas.org/revista/pdf/09/hoyos.pdf
12) Mejía, J.D. Una generación con sueño en Abad Faciolince, H. y cols. La pasión de leer: frontera seductora entre el sueño y la vigilia. Segundas Jornadas de Literatura. Confama. Universidad de Antioquia, Medellín, 2002, p. 159.
13) Gaviria, V. El pelaíto que no duró nada: Basado en el relato de Alexander Gallego. Punto de Lectura, Santafé de Bogotá, 2005, 147 pp.
14) Vallejo, F. La Virgen de los Sicarios. Alfaguara, Madrid, 2002, 121 pp.
15) Franco, J. Rosario Tijeras. Mondadori, Barcelona, 2000, 160 pp.
16) Robledo Ortiz, J. Siquiera se murieron los abuelos. http://webalia.com/EP/poesia/conocidos/a8366.html
17) Segal, H. Introducción a la obra de Melanie Klein en Obras Completas de Melanie Klein. Paidós-Hormé, Buenos Aires, 1974, pp. 71-84.
18) Vallejo, F. op. cit. pp. 54-56.
19) Salazar, A. op. cit. p. 171.
20) Íbid. p. 173-174.
21) Íbid. p. 136.
22) Íbid, p. 197-199.
23) Kristeva, J. Historias de Amor. Siglo XXI editores, México, 1987, pp. 209-231.
24) Dostoyewski, F. Los hermanos Karamazov. EDAF, Madrid, 1983, p. 682.
25) Goldenberg, M. ¿Dios ha muerto? The Sympthom, 9, 2008 http://www.lacan.com/symptom/?p=33
26) Salazar, A. op. cit. pp.173-174
27) Johnson, A. Sanctions for superego lacunae of adolescents en Eissler, K.R. et P. Federn. Searchlights on Delincuency. New psychoanalytic studies dedicated to Pr. Aichhorn on the ocassion of this 70th birthday. International Press, New York, 1949, pp. 225-245.
28) Bateson, G. Pasos hacia una ecología de la mente. Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1972, pp. 223-308.
29) Salazar, H. Jorge Franco y el goce de escribir. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_6193000/6193569.stm
30) Jiménez, R. Psicoanálisis y violencia. Ponencia presentada al Seminario sobre Violencia por las ONG’s de Medellín, septiembre de 1989
31) Ángel, A.M. y cols. Combos y cambios. Secretaria de Bienestar Social de la Alcaldía de Medellín, Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de Antioquia, Medellín, 1995, 54 pp.
32) Un subordinado de Touriño encargó el crimen a un sicario colombiano. http://www.eldebat.cat/cast/notices/vuit_detinguts_per_l_assassinat_de_felix_martinez_tourino_51365.php
33) Saviano, R. Gomorra. Editorial Debate, Madrid, 2007, 328 pp.
34) Salazar, A. Op. cit. p.21
35) Íbid. p.29

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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Música: Desde Grecia, Mikis Theodorakis

ARGENPRESS CULTURAL

Mikis Theodorakis nació en la isla griega de Quíos en el año 1925. Es ampliamente conocido como compositor musical, pero también es un destacado político e intelectual. Su producción musical tiene algo de símbolo, como algo típico del siglo XX, comprometido socialmente, contestatario, distinto a la archiconocida oferta comercial de Occidente. Su obra y su vida militante son un ejemplo.

Su padre fue funcionario del Ministerio del Interior, por lo que su infancia fue un constante deambular por la geografía griega. La inclinación musical de Theodorakis comenzó muy temprano y ya desde muy joven colaboró en las celebraciones barrocas de la liturgia ortodoxa. Ingresó en el Conservatorio de Atenas a los trece años, donde estudió composición y dirección musical. Sin embargo, abandonó los estudios para pasarse a las fuerzas griegas de resistencia contra la ocupación de las tropas del Eje en 1943. Por ello, tuvo que terminar sus estudios en París, donde fue alumno de O. Messiaen y R. Leibowitz. Durante la guerra civil griega estuvo encarcelado desde 1947 a 1953.

A lo largo de toda su carrera Mikis Theodorakis desarrolló una intensa actividad política. Militante de la izquierda, llegó a ser diputado (1963 y 1981-1986) y ministro sin cartera (1990). En la época de la dictadura militar estuvo detenido desde 1967 hasta 1970; posteriormente marchó a vivir a París. Finalmente, volvió a Grecia en 1974.

Como compositor, Mikis Theodorakis es autor de una música políticamente comprometida basada en las melodías populares griegas, aunque aprovechando las técnicas de la música culta contemporánea. En 1941, compuso su primera canción, El Capitán Zacarías, con motivo de la invasión nazi-fascista; ésta se convirtió más tarde en el himno de la Resistencia Helena.

Theodorakis es conocido a nivel internacional por sus composiciones musicales tanto de películas como de ballets y canciones. Entre sus músicas de películas destacan las de Zorba, el griego; Zeta; Estado de Sitio; y Los amantes de Teruel. También ha escrito dos oratorios (es justamente famoso el Canto general, de 1973, inspirado en el poema épico-social de Pablo Neruda); diez piezas sinfónicas; varias sonatas y más de 500 canciones. Ha trabajado además para el teatro componiendo los fondos musicales de Electra; Ifigenia; Las Troyanas; Antígona y Edipo, rey. Ha realizado también las composiciones musicales de los ballets Los amantes de Teruel; Antígona y Orpheo y Eurídice. En 1991 estrenó Medea y en 1993 fue nombrado director musical de la televisión griega y apareció su último trabajo discográfico, Mikis Theodorakis on the Screen.

Presentamos aquí una muy breve selección de sus más conocidas obras, incluyendo “Zorba el griego”, quizá su composición más festejada.




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Guerreras ante los herrajes del sistema

Desirée Suazo (Desde Honduras. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay temas en la historia de las mujeres que la polilla ideológica opresora del sistema carcome e invisibiliza; pero es allí donde lo oculto recobra color y se diluye en una tinta indeleble de lucha; que palpita y se tatúa en los corazones guerreros de nosotras las que ante el yugo, nos volvemos alfareras y externamos las caricias en ecos retumbantes de acciones de cambio.
La marginación académica, económica, política con la que muchas mujeres hemos tenido que afrontarnos, no es más que otro herraje producto del sistema ,evidencia palpable de sus deficientes políticas que revestidas de un lenguaje de género subjetivo, privan su cumplimiento y abren así una brecha de desigualdades en cuanto a la toma de decisiones y en la configuración del poder en sus distintas manifestaciones; ¿Es que acaso la inteligencia se dictó con sexo; para justificar el veto que se ha impuesto en contra de la participación política de la mujer?
Las estructuras patriarcales ahora ya no son más limitantes en estas sociedades contemporáneas, ahora el más grande desafío lo constituye el revertir el paradigma ideológico de la debilidad, incapacidad y “sentimentalismo” de las féminas. Pero es únicamente desde la reflexividad de cada mujer entendida como individua y como sujeta colectiva que podremos desdibujar el tabú que ha opacado el liderazgo de la mujer. Es a través del proceso de lucha y resistencia histórica del movimiento de mujeres en las instituciones y espacios de deliberación donde se ha plasmado y paulatinamente se siguen construyendo los pilares de la visión estratégica de su sabio desenvolvimiento en las diferentes problemáticas de la vida.
De esta manera a su vez, la mujer sigue logrando deshilar las marañas de la burocracia y opresión que figuran como una especie de áspid mitológico que muerde y se agazapa al mismo tiempo; por ello enfaticemos y tengamos siempre presentes, que un puño en una mano de seda, es un abrigo equitativo ante la humanidad; pero también es un puño que golpea las injusticias, discriminaciones y femicidios que cabalgan en la atmósfera y en los mantos ocultos de la impunidad, inequidad, intolerancia, y violencia contra aquellas seres que representamos el manantial infinito de vida.

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De cómo el prójimo se va tornando lo más distante

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la infancia y parte de la adolescencia, las personas y las cosas tienen una enorme presencia; las sentimos como muy próximas, a punto de no discernir bien sus fronteras separadoras, por lo menos con las personas de la intimidad, Pero así que vamos siguiendo el orden del tiempo esos seres se van esquematizando, adquiriendo los contornos de simples personajes según sea su función, su papel. Se van tornando cada vez más distantes. Nosotros mismos también nos tornamos ajenos de sí y de los otros.
Ama a tu prójimo como a ti mismo es un enseñamiento bíblico que nos fue inducido en el catecismo de la infancia. Sólo que nunca se nos enseñó quién era nuestro prójimo. Tal vez se mencionó la historia del buen samaritano, pero nadie nos explicó quien era esa gente conocida en la época de Jesús como los samaritanos –los habitantes de Samaria- y que tenían de tan peculiar en la imagen que en aquel tiempo se hacían los judíos. No se nos explicó que los samaritanos eran mal considerados, sospechosos, despreciados. En casa, yo oía decir que debíamos ser considerados con los demás, con los otros. Entendía que los demás eran demás y de menos. En su acepción más simple, y tal vez la más accesible, amar al prójimo es ayudarlo por un movimiento de simpatía y solidaridad.
Ya en la adolescencia deberíamos saber quien es nuestro prójimo. Por lo menos en esa etapa tenemos alguna idea en términos de quien sea ese tipo de seres. El prójimo es lo que está más cerca de mi, de nosotros, de nuestro huerto. No vamos más allá de eso en nuestro aprendizaje., Sabemos que los familiares, nuestra esposa, los pocos amigos, los colegas de trabajo, los vecinos, son de nuestra proximidad. Desde lo más cerca hasta lo menos cerca, por lo menos en apariencia, que es muy posible que ese orden indicado sea una mera ficción.
Tarde aprendemos quién es nuestro prójimo. En la infancia y parte de la adolescencia vivimos con el prójimo; los padres, hermanos, colegas de escuela, las personas que circulan en nuestro ambiente cotidiano. Todos ellos son nuestro prójimo, pero no lo sabíamos. Era tan fuerte su presencia que entraban y salían de nuestro ambiente como si nuestro mundo personal fuera también la casa de todos ellos. Vivíamos en una comunidad, por lo menos en la esfera de la familia, pero, en algunos casos, con el vecindario. Eran tan próximos que los límites estaban mal diferenciados, por lo menos en el círculo de los íntimos. Los demás circulaban por ahí, en la calle, en el mercado, en la multitud. Eran extraños, pero ni tanto.
Con el paso de los años comenzamos a cerrar nuestras fronteras, vamos distanciándonos de todos ellos. A partir de los 23 años, en torno de eso, los nuevos personajes que circulan en nuestro contorno son justamente eso: individuos que representan determinados papeles. Antes eran algo más que personajes; eran seres de una tremenda presencia, seres que se imponían ante nuestros ojos sin hacer esfuerzo. No representaban papeles, o si representaban no era eso lo que más nos impactaba. Era la presencia. Pero a partir de un momento mal determinado (desde los 15 adelante?) todos esos seres van quedando distantes, en el espacio y en nuestras preocupaciones habituales. Van perdiendo algo, no porque sean menos sino porque los vamos abstrayendo, esquematizado. Es algo gradual. Ya no vemos al profesor en carne y espíritu; lo vemos en su papel, como aquel que escribe en el pizarrón y califica nuestro desempeño. No vemos a la tía en su siempre sorprendente modo zalamero; la vemos en las arrugas y en el cansancio que ya están visibles en su rostro, con el prenuncio de la menopausia.
Aún los padres viven tal vez en el mismo edificio, en la misma ciudad, pero ya están distantes. No los vemos como figuras protectoras, dioses que ejercitan las diversas formas del poder. Es probable que, sin admitirlo, los veamos como seres bastante caducos, una generación con hábitos y propuestas ultrapasadas. Lo que existe a nivel sub-cortical, infra-conciente, son los otros padres, aquellos que aún habitan en la lejanía, ese extraño embrujo de la lejanía. El amigo de infancia era como el otro yo, una especie de alma gemela. El amigo de la adultez es un personaje con el cual conversamos de asuntos prácticos y de un amplio repertorio de anécdotas, entre alegres y picantes, Son nuestro prójimo, pero residen a una prudente distancia, incluso esos que pasan por ser los más allegados. Ya no los percibimos en su entera presencia, pero en algún fragmento que nos impresiona. Un amigo nos impresiona por su inteligencia o por su espíritu entre malandrín y camarada. Otro nos recuerda escenas lejanas, con ese encanto de sonata antigua. La joven nos toca por sus contornos anatómicos y su modo de alterar la temperatura corporal. A todos raras veces los vemos en su integridad. Son seres parciales, como nosotros mismos. Inclusive la esposa, que no comienzo del casamiento nos hacía sentir su presencia incomparable, se fue esquematizando, como si el hábito de saber buena parte de sus comportamientos le tirase su ser más propio, en vez de realzar su ser intrínseco. Vive, ella también, en la lejanía, ese lugar que está a nuestra espera.
Años después, lo curioso es que un día de esos que no figuran en el calendario, los amigos de la juventud y la enamorada de la misma época, e incluso los padres ya fallecidos, comienzan de nuevo a reaparecer en el campo de nuestra existencia; entonces no impresionan como si hubieran esperado ese momento para tornarse ese prójimo que tal vez tanto gustarían haber sido, pero ahora están en esa distancia que otorga un encanto mágico e incomparable a las estrellas que parpadean en el infinito de los cielos.

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