sábado, 5 de diciembre de 2009

Lanzamiento de Guía para Pueblos Indígenas: ¡No REDD! ¡No al CO2LONIALISMO de los Bosques!

Red Ambiental Indígena (Desde Estados Unidos)

Estimados Hermanos y Hermanas,

Saludos fraternos desde los Pueblos Indígenas del Norte.

La Red Ambiental Indígena se complace en informar el lanzamiento de la Guía para Pueblos Indígenas ¡No REDD! Este material es una herramienta útil para prepararse para las negociaciones de la ONU en Copenhagen, Dinamarca que comienzan el 7 de diciembre. Pero sobretodo ¡No REDD! sirve para informar a nuestras comunidades sobre cómo REDD amenaza nuestros derechos y cómo este mecanismo podría resultar en el despojo de nuestras tierras y territorios. Las comunidades indígenas están siendo invadidas agresivamente por los proyectos REDD del Banco Mundial, del programa ONU-REDD, del mercado voluntario de carbono, de las ONGs de "conservación", de las empresas multinacionales y de los gobiernos en todas las regiones con bosques de los países en vías desarrollo. Les invitamos a descargar la guía en el siguiente enlace: http://www.ienearth.org/REDD/espanol.pdf y difundirla ampliamente, pueden subirla a la página web de sus organizaciones, aprovecharla para talleres y conversaciones para socialización de información en su comunidad, o como insumos para programas educativos, de radio comunitario y otros. También le invitamos a difundirla con los medios de comunicación de su localidad, ciudad o país.

Atentamente,
Tom Goldtooth
Director de la Red Ambiental Indígena
ien@igc.org
Bemidji, Minnesota, EEUU

“La idea básica detrás de REDD, Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación es sencilla: los países en desarrollo que están dispuestos y son capaces de reducir las emisiones derivadas de la deforestación deben ser compensados económicamente por ello. Sin embargo, según muchos Pueblos Indígenas, REDD es CO2lonialismo de los bosques, ya que permite a las industrias contaminadoras del Norte comprar permisos para contaminar o "créditos de carbono" con la promesa de no talar bosques y plantaciones en el Sur. El periódico The Australian llama a REDD una " estafa clásica del siglo XXI nacida de la industria mundial del cambio climático.”

Probablemente REDD incluirá los bosques en el mercado de carbono, lo cual plantea una cuestión fundamental de derechos de propiedad: REDD comercializa y privatiza el aire y los bosques. Los comerciantes de carbono exigen los derechos a la tierra o los derechos al carbono de los bosques. Los proyectos REDD también podrían generar ganancias para los madereros, los contaminadores y los destructores de los bosques. 8 También podría reducir los bosques a ser solamente un experimento sobre el secuestro de carbono. Los proyectos de tipo REDD ya existen en el mercado voluntario de carbono sin un marco que garantice los derechos indígenas a sus tierras y bosques, reformas sobre la tenencia de la tierra y la buena gobernanza.

Hay cientos de proyectos piloto tipo REDD en el mundo y muchos de ellos violan los derechos de los Pueblos Indígenas e incluyen la militarización, los desalojos, el fraude, las disputas, los conflictos, la corrupción, la coerción, la estafa, la delincuencia, las plantaciones y los contratos de 30 a 100 años, negocios con las compañías petroleras y otros criminales climáticos. Además, la especulación económica con los créditos de carbono de REDD puede contribuir a la próxima crisis de la bolsa de valores y los Pueblos Indígenas podrían ser perjudicados si sus "beneficios" están sujetos a los precios volátiles de carbono. Por último, los Pueblos Indígenas podrían ser considerados responsables si los proyectos REDD fracasan debido a los desastres por causas ecológicas naturales o el cambio climático, como son las inundaciones, sequías, incendios forestales, tormentas y plagas“.

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Deje a Marc Bloch en paz, Sr. Sarcozy

Suzette Bloch - Nicolas Offenstadt (Traducido por Juan Vivanco, en primicia para ARGENPRESS CULTURAL)

Como nieta de Marc Bloch y como historiador medievalista, hemos decidido unir nuestras voces para decir basta a la utilización abusiva que hacen del historiador, intelectual y miembro de la Resistencia Marc Bloch el presidente de la república, Nicolas Sarkozy, y sus adláteres, para adornar sus discursos ideológicos.

Un día, yo, Suzette Bloch, le pregunté a mi padre: «¿Cómo conseguiste reunir el valor físico para resistir al ocupante?». Me contestó: «Verás, cuando te agreden respondes, es como un reflejo, ni siquiera te lo planteas». Mi padre se llamaba Louis Bloch. Era modesto. Me enteré por otros de sus hazañas en la Resistencia contra los nazis y sus auxiliares franceses. Esa pregunta se la habría hecho también a mi abuelo. Pero no le conocí. Le fusilaron. El 16 de junio de 1944. Cayó bajo las balas alemanas. Por la noche, en un campo. En Saint-Didier-de-Formans (Ain). También él era miembro de la Resistencia. Se llamaba Marc Bloch. Le habría hecho la misma pregunta a mi abuela. Pero no la conocí. Murió el 2 de julio de 1944. El Lyon. De pena, de privaciones, sin noticias de su marido, de sus hijos Étienne, Louis y Daniel, todos ellos alistados en el ejército de las sombras. Mi abuela se llamaba Simonne.

Marc, Simonne y Louis me han dejado una memoria, la memoria de una familia que colocó la libertad de espíritu en la cima de los valores humanos. Hoy siento indignación. La indignación me ayuda a superar la timidez que también he recibido en herencia. Para decir: «¡Basta!».

El 12 de noviembre, en La-Chapelle-en-Vercors (Drôme), el presidente de la república pronunció un discurso para aportar su «contribución» al debate que ha lanzado sobre la «identidad nacional», una noción gratuita y que puede servir a los peores propósitos ideológicos. Echó mano de mi abuelo en apoyo de su himno a la Francia atrincherada, cristiana y eterna. «Honor», «patria», «orgullo de ser francés», «identidad nacional francesa», «heredero de la cristiandad»: estos términos jalonan el discurso con que el jefe del Estado pretende describir lo que debe ser su Francia, avalada por el «historiador más grande».

En varias ocasiones, durante su campaña presidencial, creyó oportuno citar La extraña derrota, una mirada reflexiva a 1940 escrita por el historiador que también había sido combatiente. Pero esto ya es demasiado. Es ultrajante. ¿A qué viene esa manía de recurrir a Marc Bloch para atribuirse sus cualidades de hombre intachable? Acaso para dar apariencia noble y aceptable a un debate que obedece a cálculos electorales rastreros y a un proyecto ideológico de vuelta a lo «nacional», sin ninguna relación con los compromisos y la visión del mundo, sabia y ciudadana, de Marc Bloch.

Me niego a que utilicen a mi abuelo para ensalzar «la patria según Nicolas Sarkozy», que explota el miedo al «otro». ¿Al «extranjero»? ¿Al «inmigrante»? Siempre obligado a justificarse, marginado forzosamente por un debate centrado en la «identidad nacional», perseguido cuando no está «en regla», obligado a esconderse, a esconder a sus hijos o a trabajar en las pésimas condiciones del trabajo en negro. ¿Cuáles son esas «renuncias» que amenazan a la patria? Toda esa fraseología no tiene nada que ver con Marc Bloch, que luchó en circunstancias bien distintas contra verdaderos enemigos de las libertades.

«Soy un buen ciudadano del mundo, el menos chovinista de los hombres, y me enorgullezco de ello. Como historiador, sé toda la verdad que contenía el famoso grito de Karl Marx: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”», escribía también el medievalista en La extraña derrota, en su afán por articular su intenso patriotismo abriéndose a horizontes más amplios.

No, yo, su nieta, no quiero que Nicolas Sarkozy utilice a Marc Bloch para sus fines. Él no habría aprobado esta ideología nacionalista malsana. Le pido al presidente que deje el pensamiento de mi abuelo a los estudiosos, a los críticos, a los historiadores, así como a todos los lectores de sus obras.

El historiador coautor de estas líneas tiene que decir, junto con otros muchos, que el famoso pasaje citado por el presidente y sus adláteres en varias ocasiones, entre ellas la de La Chapelle-en-Vercors, para hacer creer que la historia de Francia se adopta como un todo, como un animal de compañía, es una manipulación muy burda. Veamos la frase exacta: «Hay dos clases de franceses que no entenderán nunca la historia de Francia: los que no quieren vibrar con el recuerdo de la consagración de Reims y los que leen sin emoción el relato de la fiesta de la Federación».

Cuando se sitúa esta frase en su contexto, se comprende que sirve, ante todo, para denunciar la estrechez mental de la patronal de los años treinta, incapaz de comprender el ímpetu de las luchas obreras y, en particular, de las de 1936. «En el Frente Popular» añade Bloch «―el auténtico, el de las masas, no el de los políticos― revivía en cierto modo la atmósfera del Campo de Marte, en aquel radiante 14 de julio de 1790». Marc Bloch denuncia, sobre todo, la incapacidad de las elites para convocar grandes concentraciones en torno a los ideales democráticos, frente a las de los regímenes fascistas. Los especialistas en Marc Bloch invitan a la prudencia en el uso de la frase, ya formulada durante la Gran Guerra. Han hecho distintas interpretaciones de la misma, haciendo hincapié en la doble circunstancia de guerra. A todas luces, una apelación como esta a la unión sagrada es un lugar común durante un conflicto, y debe entenderse en ese contexto.

Como de costumbre, el presidente saca palabras e iconos de sus contextos y sus vinculaciones para vestirlos con los ropajes del momento, los más nacionales en este caso, olvidando la época que los produjo y dificultando por completo la comprensión de los retos de nuestro tiempo. Tal como observa el historiador Gérard Noiriel, «a diferencia de Nicolas Sarkozy, que no ha perdido ocasión de censurar el pensamiento crítico como una amenaza para la identidad nacional, Marc Bloch, por el contrario, siempre lo alentó».

Suzette Bloch es periodista, nieta de Marc Bloch.
Nicolas Offenstadt es profesor de Historia de la universidad Paris-I, autor de L’Histoire bling-bling, Stock.

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Cada día un año nuevo

Margarita Schultz (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El del árbol
De la esquina de tu casa
El del río que fluye
Con aguas puras
Bajando de piedra en piedra
por su senda de montaña
El de tantas estrellas
Que habitan espacios lejanos
(Cuántas de ellas, tal vez apagadas…)
El de cada uno de los pueblos
Que pueblan el planeta
Cuyos orígenes
Se cuentan a su manera
(Que es otra y es diversa)
Cada año
Un día nuevo
Comienza a crear
Su ciclo
Las rondas de los días
Se soslayan y desconocen
También
Se cruzan y entrecruzan
Forman así
La universal y heterogénea trama
De un tiempo
Que en sí no tiene marcas
Para mi gente
En nuestro paso del 2009 al 2010

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A París, a tomar las armas del conocimiento

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Allá por los buenos tiempos de los años sesenta y setenta, cuando florecían las becas para latinoamericanos, fue un girar los ojos hacia fuera y en primer lugar emergió París. La cultura francesa, el encanto y la leyenda de la Ciudad Luz, y una constelación de celebridades nos urgían. Lévi-Strauss en Antropología, Piaget en Educación, Lacan en Psicoanálisis, Althusser y Foucault filósofos, Barthes en Lingüística, Touraine en Sociología, los historiadores Braudel, Labrousse, Vilar, Romano, Le Goff, Le Roi Ladurie...

Claro, cada nación que se tiene por culta presenta al mundo su equipo de intelectuales.

¿Y qué ocurre? Uno de ellos, por propia gravitación y una ayudita de los medios, queda colocado de capitán. Por ejemplo, para la segunda mitad de los años cuarenta y los cincuenta, el escritor francés Jean-Paul Sartre. ¿Quién no ha oído hablar de él?

Pero vale la pena retroceder un poco más. En la primera mitad de los cuarenta, Francia cae bajo la ocupación alemana y se abre un paréntesis a la espera del fin de la guerra. Y antes, en los años treinta ¿quién marchaba al frente de los intelectuales franceses? Varios lo merecían, vamos a pasar lista. André Gide había trascendido su oficio de novelista al replanteo de la ética, era escuchado y objeto de polémica. Paul Valéry, poeta y ensayista, reinaba en los salones. Romain Rolland, tempranamente premio Nobel, despertaba admiración entre los jóvenes. Henri Barbusse, autor de populares novelas, socialista, hacía sentir su presencia en la calle. Henri Bergson, premio Nobel de literatura -sólo otorgado a dos filósofos, él y Bertrand Russell-, era la figura en la universidad y fuera de ella, atrayendo multitudes a sus cursos. Un alumno, el biólogo Jacques Monod, lo recuerda así: su “filosofía tuvo un éxito extraordinario (...) en mi juventud no se tenía la menor posibilidad de aprobar el bachillerato de no leer La evolución creadora”, su obra capital.

¿Quién, entonces, marchaba al frente entre los intelectuales franceses de los años treinta? Me inclino por Henri Bergson, cuyas ideas siguen influyendo el pensamiento contemporáneo.

Vino la Segunda Guerra Mundial y todo cambió. Para empezar, en su curso murieron Bergson, Rolland y Valéry y, tiempo después, Gide. Habían vivido una época y la acompañaban en su cierre. No sólo se requerían nuevas respuestas, sino que las preguntas mismas eran otras. La guerra, la ocupación alemana, la resistencia, los campos nazis de exterminio, la bomba atómica. El mundo de los años treinta necesitaba reconceptualizarse. Una respuesta la dio el marxismo, otra, las posiciones existencialistas, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, quien representa un nuevo tipo de intelectual, no limitado a las letras sino opinando un poco de todo y firmando manifiestos. Y así, hombre de vocación filosófica, autor de ensayos, teatro y narrativa, director de una publicación memorable, Les temps modernes, Sartre, político, llegó a ser fundador de un partido de breve existencia, sin contar su también corto romance con el marxismo. En fin, siempre inclinado a opinar, a definir posiciones y, si no lo hacía, se sentía mal: traicionaba su misión de intelectual comprometido.

Junto a Sartre, y a la vez polemizando con él, se destaca otro escritor, Albert Camus. A la época, no llega a eclipsar a Sartre; sin embargo, el futuro será más generoso con Camus y lo salvará del olvido: lleva vendidas más de siete millones de copias de su novela El extranjero. Sartre, en cambio a pesar de actitudes teatrales como renunciar al premio Nobel o vender periódicos maoístas en la calle, se fue opacando en beneficio de...

… Althusser! Claro, para los años sesenta y parte de los setenta, tiempo de revoluciones tercermundistas y del mayo francés, el intelectual de punta debía ser marxista. Con un toque heterodoxo, desde luego; sí, con algo del estructuralismo. ¿Que pertenece al Partido Comunista Francés? Bien, eso no es del todo malo, lo vacuna contra los desbordes gauchistes (de ultraizquierda). Y por otro lado, no se siente que sea un intelectual atado a la disciplina partidaria. El intento de Althusser, entre otros como Gramsci y Lukas, es renovar al marxismo, darle una dinámica acorde con los tiempos. Y la Francia que ve desmoronarse su imperio colonial, que viene de ser golpeada en el Dien Bien-Phu de Indochina y en la batalla de Argel, no pudo impedir que el consenso colocara a Althusser al frente del equipo.

El paso hacia el marxismo -ni el propio Sartre dejó de darlo- remonta el sentimiento de angustia padecido como secuela de la guerra. Las caves, el underground parisino, albergaron por la segunda mitad de los cuarenta y por los cincuenta a jóvenes llamados existencialistas. Sus padres, antes de la guerra y de la ocupación alemana, habían creído en los valores consecuentes a la idea del progreso ilimitado. Después de la guerra, los hijos, decepcionados de todo, se refugiaron en las caves hasta que el marxismo llamó a las puertas y, regresando a la superficie, de él solicitaron una borrachera que los librara de la angustia; sería la acción social, y ya despuntaban los años sesenta; motivos para la lucha y para la solidaridad no faltaban en el mundo, sin contar el propio mayo francés.

Fue entonces cuando el filósofo marxista Althusser, sin proponérselo, pasó a capitán de un equipo de intelectuales donde se encontraba quien tomaría el relevo y se llamó...

...Foucault! Estamos ya en los años setenta y Althusser -aun antes de la crisis personal que lo llevó a ahorcar a su mujer, realizando así el anhelo de todos los maridos del mundo- resiente los embates. Junto al reflujo del marxismo, llega la hora de un filósofo de lectura amena y cuya homosexualidad favorece su imagen, más aún: parece encarnarla pues Foucault surge como el intelectual de los marginados. Y con él estamos a las puertas de la posmodernidad. Y ante ellas muere en los ochenta dejando vacante el trono que desde entonces así permanece. Nadie es hoy un Bergson, un Sartre, un Althusser, un Foucault, los cuatro filósofos, consumados maestros de la polémica y de las frases brillantes a lo largo del medio siglo que va entre los años treinta y los ochenta, sucediéndose como capitanes de la selección nacional francesa de los intelectuales.

Claro, hay pretendientes... me luce que pierden el tiempo: el trono mismo tal vez esté de más y dejarlo vacante es riesgoso, puede, en un descuido, aposentarse una computadora; por ejemplo, de las que juegan ajedrez y derrotan a los campeones. En cuanto a mí, me he quedado huérfano, sin intelectual guía. Y entonces ¿cómo haré para pensar?

Marcos Winocur es argentino residente en México.

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La cultura de las máscaras

Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La cultura pop
El poder

Cualquier diferencia de poder que sea suficiente para establecer un dominio social e histórico convierte ese poder en un poder absoluto, razón por la cual solemos hablar de “el poder” como si fuese un ente abstracto y místico. No obstante, ningún poder ejerce su fuerza sin una reacción. La primera fuerza que se opone a la libre acción de cualquier poder dominante es siempre la sospecha o la posibilidad de que quien lo sufre se resista o se revele contra él. En nuestro tiempo, en nuestra era moderna y posmoderna, ese peligro que amenaza el poder de tuno además ha estado estimulado y articulado por una dialéctica sofisticada que mayoritariamente ha provenido de la tradición humanista y, sobre todo, de la crítica iluminista del siglo XVIII. Quizás ésta haya sido la última o penúltima critica radical que logró cambiar el mundo y cuya herencia se continúa hoy como paradigma, traducido en algunos casos como Derechos Humanos, derechos civiles, democracia, libertad individual, liberación colectiva, etc.
El mito

Excepto la dinámica de la narrativa fracturada de la propaganda posmoderna, el otro género narrativo de la cultura popular del siglo XX consiste en lo contrario: en una narrativa continua que posee la solidez del mito, según la cual cada pieza narrativa, cada símbolo, sin importar lo contradictorio que pueda ser, se integra automáticamente a la unidad del mito central.

Nuestro tiempo es una forma de regreso a la cultura mitológica desde el momento en que estas historias están basadas en narraciones muy simples y arquetípicas que no se refieren a un dios individualizado como última causa y efecto, sino que se integran a una nueva forma de naturaleza, a una naturaleza virtual y fantástica pero naturaleza al fin, es decir, sin una intencionalidad humana o divina.

Esta naturaleza está creada y recreada en los mass media, desde los cómics y las series de televisión hasta el espectáculo de la política y la guerra.
La trama

Cada historia que configura el neo-mito posee al menos dos etapas.

1) la narración básica, que expresa el mito y funda al personaje. Esta historia suele ser recordada en varios de los fragmentos hasta que se enquista en la memoria popular y termina por hacerse innecesaria. Como en la narración mítica, predomina la narración en tercera persona que “explica” el fenómeno.

2) Las diversas historias particulares. Normalmente estas historias son de una extrema simplificación, a veces tratan y resuelven problemas infantiles. Son historias totalmente secundarias pero sirven para exponer y recordar permanentemente el mito original y las características sobrenaturales del héroe. Pero el héroe no se construye por estas historias sino al revés: es el héroe ya definido el que da sentido y significado a cada historia.
Muerte del héroe

En la cultura hegemónica del siglo XX, el héroe sigue patrones arcaicos pero perfectamente adaptados a las necesidades reproductivas de la cultura del capitalismo. El héroe muere cada diez o veinte años de aventuras. Cada tanto, revive. Esta dinámica sirve a una razón comercial, la razón del espectáculo y sus expectativas prefabricadas, pero no por eso deja de reproducir el canon mitológico del dios que se hace hombre, muere y renace.
Los personajes

Desde esta perspectiva, repasemos de forma sintética una docena de héroes clásicos de la cultura popular internacional que podemos definir como cultura pop en oposición a la cultura crítica.
Tarzán

Per se, el capitalismo no es racista ni sexista ni clasista ni nacionalista. De hecho, en sus orígenes el capitalismo —y sobre todo la circulación del dinero— fue una forma que tuvieron los “hijos de nadie” para movilizarse por la rígida pirámide social impuesta por los estamentos feudales y aristocráticos, por los privilegios de cuna y de sangre. Pero el capitalismo es indiferente a todas estas plagas humanas y su lógica de libre acumulación de poder a través del capital deriva en tres viejos conocidos de la historia: el racismo, el clasismo y en el imperialismo.

En Tarzán, por ejemplo, el componente de la superioridad blanca, inherente a su naturaleza genética, es central. Tarzán es el “verdadero hombre” que conquista y reina sobre el mundo bárbaro —sobre el mundo colonizado y explotado.

El desdoblamiento, la máscara de Tarzán consiste en que si bien es el héroe desnudo, el que en materia de vestimenta se ubica en el extremo opuesto a los héroes con capa, máscara y camuflajes, es a la vez el representante de la “naturaleza de la civilización” como la piedra es a los templos góticos. Es un hombre dominante, justiciero, inteligente, valiente, atlético y asexuado. Jane lo salva de cualquier sospecha de onanismo, zoofilia e, incluso, homosexualidad. Pero su relación con Jane, sobre todo en la versión norteamericana, tampoco es sexual. Su hijo Korak, el matador, en las versiones americanas se convierte en Boy, un adoptado. La mona Chita —el sexo de este simpático animalito nunca está definido— permanece como una mascota que permanentemente recuerda la superioridad del macho blanco. El macho asexuado del puritanismo capitalista.

No obstante, el hombre mono todavía es un héroe humano. Humano en su desnudez y humano en su presunción de superioridad. El desdoblamiento materializa al opresor imperialista y al oprimido colonizado. El rey de los peludos es un hombre pelado; el rey de los tontos es un hombre inteligente; el rey de los negros es un blanco. El Rey de los monos no es un mono sino su contrario, como el emperador de los africanos no es un africano sino un europeo. Rey, Señor (Lord) no significa “representante” sino “amo”; y opresor significa beneficiario, justiciero. Tarzán es el único personaje humanizado y completo en un mundo de hombres inferiores y animales salvajes, paradójicamente incompletos debidos a su incapacidad de reinar, dominar, de autogobernarse.

Es decir, la ambigüedad del personaje surge de una ambigüedad matriz que permea la relación mundial entre pueblos, etnias, culturas y géneros y, por lo tanto, se reproduce en el individuo: la relación opresor/oprimido aparece como señor/bárbaro, civilizado/salvaje. Una ambigüedad analizada y discutida a lo largo del siglo XX, negada por la propaganda posmoderna al mismo tiempo que se realizaba en la práctica y se consolidaba a través de la cultura pop.

Esta ambigüedad revela un segundo momento: el poder debe ocultarse, travestirse para sobrevivir como tal. Y tanto opresor como oprimido son dos partes complementarias de la misma dinámica, socios en un mismo círculo de violencia.
King Kong

En gran medida, King Kong es el complemento y la continuidad de Tarzán. Es el representante de lo irracional y de la periferia bárbara que amenaza Nueva York, el nuevo centro del mundo civilizado, la gran urbe, las entrañas de la máquina. El componente racial y sexual está presente en el contraste de la bestia africana y la pequeña mujer rubia que es, al igual que el mismo King Kong, raptada con violencia. A diferencia del británico Tarzán, King Kong es producto de la fantasía del sexo interracial de un esclavo negro y su bella ama blanca, fantasía más propia de una sociedad esclavista que desea lo que condena y condena lo que desea hasta destruirlo con violencia.

King Kong, la victima es presentado como el salvaje raptor, mientras que la mujer, producto y representante del mundo opresor, aparece como la victima a ser rescatada. La civilización mecánica, que produjo este tipo de mujer débil, rubia y sensual se presentará como su salvadora. Los hombres civilizados que invadieron Barbaria y secuestraron a la bestia serán los encargados de hacer justicia dominando a la bestia que pone en peligro la civilización.

El rey (King/ Konge) es, en realidad, un esclavo. La “Octava maravilla” (Eighth Wonder) como es presentado al público es, en realidad, un monstruo.[1]

Sólo Modern Times (1936) de Charles Chaplin sale de este círculo al plantearse como crítica y no como expresión de la ideología dominante o de la cultura hegemónica. Pero Charles Chaplin, aunque popular, no pertenece a la cultura pop sino a la cultura crítica.

Nota:
1] Así, en la practica, se aplica la misma justificación de quienes defendían la esclavitud de los indios americanos usando la Biblia: “El que es necio servirá al sabio” (Prov. XI, 29). Lo significativo radica en que el versículo completo dice: “El que perturba su propia casa heredará viento, y el necio será esclavo del sabio.” Es decir, se repite la segunda cláusula coordinada y se omite sistemáticamente la primera, producto de una mala conciencia: “El que perturba su propia casa heredará viento”.

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Es medianoche

Maria Etchart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es medianoche y llueve en Costa Rica,
Un silencio total puebla las calles,
Algunos dormirán sus borracheras,
Esos chicos que ocultan su droga y su vergüenza
Bajo un trailer vacío yacerán en el suelo silenciosos.
El cerro que amenaza derrumbarse
Perturbará, ominoso y letal, algunos sueños.
Muchos hombres y mujeres, serenos,
Juntarán fuerzas para un nuevo día.
Y yo anhelo escuchar que llegó la mañana
Con los gritos de ardillas en las ramas
Y coloridos pájaros que picotean frutos.
El sol traerá de nuevo la esperanza,
Siempre lo hace, desde siempre aparece
Y todo vuelve a comenzar como si ese día
Tal vez todo resulte diferente.

Las tres de la mañana en Buenos Aires,
Como hormigas silentes volvieron a su casa los nocheros,
Los que festejan el despojo que del país hicieron,
Pero también han regresado los que recorren barrios,
Noche a noche y las bolsas de residuos,
En busca de un mendrugo, un trapo
O tal vez un juguete con que alegrar a un niño.

En distintos lugares del planeta,
En diferentes horas, otros hombres, en silencio,
Prosiguen, inmutables, amasando fortunas y creando miserias.
Sus codiciosas mentes no descansan, nunca tendrán bastante,
Y tan sólo perciben el verde dólar, el negro del petróleo,
La blanca cocaína que hay que seguir vendiendo,
Atizando conflictos para vender armas y fabricar guerras
En las que morirán los inocentes.
Su boleto de entrada es el soborno,
compran almas como otros compran panes,
todo lo ensucian, matan
Sin ensuciar sus manos con la sangre.

Y en esta misma noche, bajo este mismo cielo,
Habrá miles de niños con pancitas vacías, ojos secos,
Durmiendo un sueño yermo, sin esperanza alguna,
Salvo ese infaltable sol de la mañana
Que siempre nos engaña, haciéndonos creer
Que, tal vez este día, todo sea diferente.

Maria Etchart es argentina residente en Costa Rica.

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El pulso de La campanilla y otros relatos

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todo recuerdo es un ejercicio de ficción; la memoria es un proceso de eliminar y colocar situaciones. Al pensar, hacemos ficción desde la subjetividad de nuestras emociones. Día a día, en pensamiento, reconstruimos el pasado individual y dibujamos la participación de los otros como mejor nos conviene. No es maldad ni bondad, es simplemente la mezcla de un todo que habita en el ser. Y vamos (medio) viviendo, en privado, una (no hay que olvidar que es una) interpretación de los hechos.

Si cada memoria es una ficción personal, la literatura es la memoria colectiva (y sublime) de la historia. Cada libro es la continuación de una escritura infinita hilada por el pulso de los escritores. Los relatos que nos presenta Javier Farto (La Coruña 1976), en su primer libro titulado “La campanilla y otros relatos” (La Fragua del Trovador 2009), nos hacen pensar en la literatura en expansión (como el universo); en la creación como energía en transformación y crecimiento. Estamos ante un Jorge Luis Borges que salió a la calle con la biblioteca en la mirada. Y absorbe (como un cineasta en constante paseo, las 24 horas de todos los días y lo que dure la existencia) el funcionamiento de la maquinaria (el sistema) que mueve la vida. La literatura de Farto me hace considerar que quizá terminemos siendo recordados (los seres del modelo global de desarrollismo) como los intérpretes de la vida que no era vida.

En los pasillos de la literatura de Javier Farto también se desliza Franz Kafka y las nuevas (o milenarias) formas de dominación. “Los psicólogos de nuestra administración de la planta cero de La Fábrica no ignoran las inherentes necesidades humanas de comunicación verbal-¿quién puede olvidar que el hombre es un ser social por naturaleza?-; por ello han dispuesto una sala por cada-pongamos un número cualquiera-mesas de trabajadores”; dice el narrador de La Fábrica-uno de los relatos del libro-, como si fuesen palabras (o dardos) incómodos que avanzan por los subterráneos de la memoria. Y el lector, como quien ha sido infectado por la historia universal de la literatura, sigue cada pista que encuentra en el camino. No puede detenerse, así no lo admita, una voz está hablando de él. Y no se toma a broma lo que dicen los otros de uno, así lo digan los fantasmas de la ficción. Sólo entonces podemos comprender que nuestra realidad es el invento de un desconocido que, en lugar de palabras, utiliza números para rentabilizar los personajes de su tragicomedia social. En una frase del narrador, o de algún personaje, podría latir un mes (o un año) de delirante rutina: “Cada una de estas salas es un parlatorio. Al que corresponda por cercanía, solemos acudir cada par de horas durante un tiempo máximo estrictamente establecido, para charlar de lo que venga en gana. La asistencia a los parlatorios es opcional y cualquiera que lo prefiera puede quedarse trabajando tranquilamente en su mesa”. Y, de manera invisible, como si de una transfusión se tratara, nos encontramos caminando según el pulso de la escritura de Farto. “De hecho, la administración de la planta cero de La Fábrica ha predicho-y parece que como siempre, acertadamente-, que la necesidad de acudir a los parlatorios irá disminuyendo. Y lo cierto es que en los últimos tiempos ya lo hemos podido comprobar: muchos de los trabajadores ya ni siquiera acuden una vez al día, aunque tenga que admitir que en mi caso particular la necesidad es muy alta”.

“La Fábrica” es un ejemplo (también lo puede ser “La campanilla”, relato que, además de darle título al libro, opera como un espejo que nos muestra el lado cruel de nuestra sonrisa) de los mundos que contiene el primer libro de Javier Farto. Es propio (y magistral) de Farto hacernos reflexionar mientras nos cuenta una historia. Hay en su literatura un pulso que nos introduce en la normalidad del cinismo colectivo. Nadie es, pero todos los dedos señalan. Y nos hace sentir cómplices de una responsabilidad invisible, amarga. Javier Farto apenas comienza a escribir su participación en la memoria sublime de la historia: la literatura. Tenemos que seguir su pulso, no hay opción. Nos ha contaminado los pasillos de la memoria.

Edgar Borges es venezolano en residente España.

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Wittgenstein (1993)

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Director: Derek Jarman
Actores: Karl Johnson, Michael Gough, Clancy Chassay, Jill Balcon, Sally Dexter, Gina Marsh, Vanya Del Borgo, Ben Scantlebury
Guión: Ken Buttler, Terry Eagleton, Derek Jarman
Fotografía: James Welland
Montaje: Budge Tremlett
Música: Jan Latham-Koenig

La película es algo más que algo incisivamente homosexual, como dice alguna crítica; yo no pondría el énfasis en este aspecto, a pesar de que el director lo fuera y rodara el filme cuando padecía los tormentos de una enfermedad sicótica y así estén tan bien tratadas las escenas hemofílicas, que para mí, realmente son bastante secundarias, ya que lo que me parece más importante es el manejo un tanto surrealista, con un tris del non sense carrolliano, con cierto tono fellinesco, con su magnífico manejo de los colores intensos, el rosado Lola, los rojos, amarillos y azules más primarios, el lila, en fin toda una gama cromática, que, con el magnífico montaje, produce un gran placer estético para, con una narrativa ultramoderna, irnos contando la vida del filósofo austríaco, de sus vínculos con Bertrand Russell y Meynard Keynes, desde la perspectiva de un Wittgenstein niño y otro adulto, para darnos un esbozo de su filosofía del lenguaje, del lenguaje y su límites, así no salgamos de la experiencia con el conocimiento que implicaría leernos su Tractatus pero sí un poco inquietos por el problema que le llevó la vida al pensador.

Realmente la película es agradablemente sorprendente, al romper con los cánones del género biográfico, con el uso de una técnica cinematografía, denominada el fragmentarismo, que le viene muy bien a los juegos del lenguaje, acompasados de una banda sonora con una música muy agradable, con melodías de muchos de los grandes clásicos.

El director inglés nació en 1942 y estudiaría en la Slade School of Art de donde pasaría a montar su estudio, en el que trabajaría con intensidad en la década de 1970. Además de cineasta fue actor, escritor, poeta, escenógrafo, diseñador, pintor y activista de los movimientos gay, en la lucha por los Derechos de los Homosexuales. Derek Jarman siempre sería muy reconocido por la calidad de sus obras, desde su primera película de 1976, Sebastiane, la cual es hablada en latín y recrea la vida del santo, muerto bajo la persecución de Diocleciano, atravesado por flechas, una película que penetra en el sentimiento religioso, al lograr una mirada introspectiva de un hombre que vive la contradicción entre la fe y la experiencia de su propia naturaleza.

Pareciera ser que el cine biográfico ha atraído bastante a Jarman quien nos ha regalado con otros personajes como Caravaggio, diez años más tarde, y con Eduardo II en 1991, en una película en la que nos transporta al siglo XIV para hablarnos de los amores homosexuales de un rey con un muchacho del pueblo, amor que ocasiona los celos de la reina.

También en 1979 hizo una versión de la obra de William Shakespeare, La tempestad, en donde juega entre el gótico y el barroco, para examinar dos grandes problemas del ser humano, los del amor y el poder, en medio de un montón de paradojas, entre una melodiosa música y ruidosas discordias, entre la belleza y el horror, el romance y la venganza, la fantasía y la realidad, desde una mirada absolutamente personal, con un lenguaje vivo y vibrante, directo, para transmitirnos, a la manera de Orson Welles, una interpretación visceral de William Shakespeare y ubicarse entre los grandes artífices cinematográficos del cine shakespeariano, en un filme obscuro, nocturno, en el que hace aparecer mundos paralelos, con un colorido que nos acerca a los cuadros de Georges de la Tour, ese mago del claroscuro pero con reminiscencias del surrealismo de Magritte, para sumergirnos en un mundo de una elegancia fantasmagórica y transmitirnos una inmensa soledad, que bien pudiera hacernos meter un grito claustrofóbico, en un filme que le implicó una gran investigación, con un acompasamiento musical con vibraciones electrónicas, bien postmodernas, que le dan al filme cierto tono de opereta, llena de poesía y de magia, cercanas a la locura, de una manera bastante heterodoxa.

Pero el Caravaggio parece haber sido el más ambicioso y popular de sus filmes, una cinta que nos transporta al siglo XVI, para meternos en una especie de submundo moderno, al mostrarnos a un pintor moribundo y delirante, en medio de un cuadro febril, que vuelve a sus recuerdos, amores y obsesiones.

Su Eduardo II, en cambio, es un filme más erótico y político, más experimental, en busca de la provocación de sentimientos y apetitos; una película al parecer bastante incisiva, que nos mete en lo profundo del ser humano, con base en un drama en verso de Christopher Marlowe, el poeta isabelino, el verdadero creador de la imagen del doctor Fausto, el cual nos permite adentrarnos en las profundidades del alma, no sólo conducidos por las actuaciones de los personajes sino por la atmósfera que rodea la película, con sus opresivos muros de piedra, los pisos sucios, un mundo laberíntico, que se vuelven realmente sofocantes, dada la luminosidad que maneja el director, un mundo cercano al Infierno del Dante, en un ámbito absolutamente vanguardista, con toda una parafernalia que nos conduce a los más hondos recovecos del alma humana.

En www.youtube.com pueden verse algunos apartes de la película.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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Música: el rock de los años 70

ARGENPRESS CULTURAL

El rock es uno de los principales movimientos de música popular del siglo XX, que se prolonga incluso en el XXI. A lo largo de su desarrollo encontró diversos momentos. La década de los 70 del pasado siglo conoció un punto de esplendor especial; allí confluyeron algunos de sus más connotados nombres (bandas y solistas) y de estilos que hicieron época. El arco de variedades es amplio y va desde la furia de un grupo como Led Zeppelin -definitivamente uno de los grandes íconos rockeros- hasta el perfeccionismo de lo que se conoció como rock progresivo, con bandas como Jethro Tull. Lo que sí es claro es que las líneas fundamentales las marcan grupos británicos y estadounidenses (“el rock se canta en inglés” llegó a decirse), que irradian su música por todo el mundo (gran negocio de la industria disquera) estableciendo pautas que, en general, son seguidas en otros países. En Latinoamérica, y siguiendo esos esquemas anglosajones pero con influencias locales, se da también un gran movimiento de rock que, desde aquella casi legendaria década de los 70, hará historia hasta nuestros días.

Para un más pormenorizado análisis del período le damos la palabra a Carlos Vega, quien en su “Historia del rock” nos lo presenta así:

“"El sueño ha terminado". Con esta frase que se incluye en la canción God, de John Lennon, da inicio la década de los años 70 en el rock. Luego del festín experimentado en el decenio anterior, el nuevo no pintaba nada bien y desde el mismo amanecer se daban muestras de ello.

Jimi Hendrix y Janis Joplin, dos símbolos de la generación de los 60, mueren en 1970 a causa de una sobredosis. En ese mismo año, Paul McCartney anuncia oficialmente la separación de The Beatles, el grupo que, como alguna vez dijera Lennon, era casi tan popular como Jesucristo. Un año más tarde, en 1971, Jim Morrison, cantante de The Doors y uno de los principales iconos visuales y sex symbols de la historia del rock, muere también de sobredosis.

Con esos malos augurios, la primera mitad de la década el rock experimenta su masificación y el establecimiento de la parafernalia visual en grandes escalas en los conciertos. Led Zeppelin reinará a lo largo de la década, y de tras de ellos vendrán The Rolling Stones y Pink Floyd, con espectáculos realmente impresionantes.

El heavy metal, el hard rock y el glam rock se apoderan del gusto de las masas a lo largo de la primera mitad de la década, por lo que grupos como Deep Purple, Black Sabbath, Queen, Kiss, Bad Company viven sus momentos de gloria.

Sin embargo, toda esa masificación, glamour, parafernalia visual y, en el caso del rock progresivo, virtuosismo, aleja al rock de sus raíces callejeras y de rebeldía, por lo que los jóvenes ya no encuentran una identificación y una bandera en él. Es entonces que en los suburbios neoyorquinos surge el punk, derivado del rock que retoma esa rebeldía, acompañada con una dosis de anarquismo, hedonismo y politización, que lo convierten en otro de los momentos trascendentales en la historia del género.

El punk nace en Nueva York engendrado por los ahora míticos The Ramones, pero los ingleses The Sex Pistols lo llevan al extremo. Otras bandas de notoria trascendencia son The Clash, The Damn, Generation X, The Misfits y Black Flag. Así, mientras el rock estaba en un abismo y la música disco reinaba en las listas de popularidad, el último gran movimiento del género se hacía presente”.

A título de ejemplos de toda esta gran producción, presentamos aquí algunas de las más representativas bandas: Black Sabbath, Jethro Tull y Led Zeppelin.

Black Sabbath - Paranoid

Jethro Tull – Aqualung

Led Zepplin – Kashmire

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José María Arguedas, 40 años después

Alfredo Herrera Flores (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es difícil imaginar qué pasó por la mente y el corazón de José María Arguedas aquellos días de finales de noviembre de 1969, para que en la soledad de su estudio en la Universidad de La Molina decidiera, por fin, agarrar firmemente su arma, apuntarse a la cabeza y tirar del gatillo, y más difícil de imaginar aún es el sentimiento de agonía que soportó hasta que su cuerpo cedió a la muerte, cuatro días después de la fatal determinación, el 2 de diciembre.

Cuarenta años después, la pregunta que los sectores sociales, políticos y literarios que siguieron de cerca la vida atormentada y a la vez esperanzadora de Arguedas se hicieron en ese momento sigue vigente, no porque no haya respuesta sino porque esa respuesta, adelantada por el propio intelectual andahuaylino en sus obras, entrevistas y ensayos cuestiona aún a quienes intentamos encontrar el camino para eliminar muchas de las barreras sociales que afectan a nuestra sociedad, manteniéndola en la exclusión, la ignorancia y la injusticia.

Los especialistas han dado en llamar a la novela póstuma “El zorro de arriba y el zorro de abajo” (Losada, Buenos Aires, 1971) como su testamento político, y así se entiende hasta hoy, pues en ella Arguedas narra sus conflictos íntimos que lo llevarían al suicidio, sus impresiones sobre la vida social, cultural y política del país, su experiencia con otros escritores latinoamericanos, su visión de la cultura andina y sus frustraciones respecto al amor y su obra creativa. Sin embargo, esta novela es nada más que el epígono de una vida dedicada a expresarse con la voz y la emoción de un hombre de su raza.

Probablemente sea “Todas las sangres” (Losada, Buenos Aires, 1964) la novela en la que José María Arguedas intentó reunir toda su mirada respecto al mundo que le tocó vivir, ese mundo en el que superviven enfrentados y a la vez de espaldas uno del otro, la cultura andina y la occidental (traída de España a la fuerza), ambas ya tergiversadas, adulteradas y hasta corrompidas por el curso de la historia y el paso del tiempo, un mundo del cual él mismo fue víctima a lo largo de su vida.

“Todas las sangres” intenta ser una novela total. Ya su título anuncia esa aglutinación real e inevitable que se manifiesta en la sociedad peruana y que fácil y lógicamente es aplicable a toda América. Aunque algunos críticos la señalen como una novela irregular, sus páginas conforman, a través de varias historias de enfrentamientos culturales, un cuadro de la realidad del país salido de los paisajes inhóspitos de la sierra peruana y recreado, repetido, renovado en la gran urbe.

La mayoría coincide en que es la novela “Los ríos profundos” (1958) la que mayor calidad literaria alcanza y lo coloca como el mayor narrador peruano, a pesar de que otros, sin desmerecer, hayan obtenido más fama y fortuna. Arguedas muestra en esta su segunda novela su propia experiencia como miembro de dos culturas enfrentadas. El niño Ernesto se ve como parte de la cultura dominante al ser hijo de un señor y al mismo tiempo como parte de la cultura dominada al criarse entre los indios, y como tal es testigo de una revuelta protagonizada por mujeres indígenas ante las injusticias del sistema, representado por el gobierno. Esta metáfora sería el hilo conductor de toda la obra literaria y antropológica de Arguedas y el centro de su visión del mundo.

Antes Arguedas había publicado “Yawar fiesta” (1941), novela en la que más bien muestra la cultura andina a través de una de sus tradiciones más arraigadas y que a su vez representa el enfrentamiento entre lo andino y lo español a través de la lucha entre el cóndor y el toro, pero al mismo tiempo mostraba las luchas internas y domésticas de un pueblo alejado del centralismo capitalino, que sufría los mismos males de la ciudad como la corrupción y el ejercicio despreciable y villano de la política.

En 1961 José María Arguedas publica la novela “El Sexto”, una historia de carácter autobiográfico que sale del tema habitual de lo andino y se interna en el submundo lúgubre e inhumano que es la cárcel, en este caso la que da nombre a la novela y en la que el propio Arguedas es internado por razones políticas. Pronto esta novela se convierte en un símbolo de la injusticia en el país pero luego pasa a un segundo plano mientras que Arguedas asume una mayor presencia en el ámbito cultural nacional e internacional, ocupa importantes cargos públicos y académicos a la vez que sus ideas son adoptadas por diferentes grupos políticos, inclusive.

Arguedas escribió también cuentos, poemas y ensayos antropológicos, de entre los cuales destacan el poema “Oda al jet” y el conjunto de poesías “Katatay”, los cuentos “Agua”, “Warma kuyay”, “La agonía de Rasu Ñiti” y “El sueño del pongo”, en los que redunda en el tema de la cultura andina. Entre su obra ensayística destaca el volumen “Notas sobre la cultura latinoamericana” (1966) y “Las comunidades de España y del Perú” (1968). Igual de importante es su labor investigadora sobre el folklore, recopilando canciones e interpretándolas en círculo de investigadores y especialistas, participando en eventos como el de la Fiesta de la Virgen de la Candelaria en Puno, donde precisamente bautizó al departamento como Capital del Folklore del Perú y que luego se institucionalizara a través de leyes y normas exclusivas para proteger y difundir la expresión musical y dancística del altiplano.

La trascendencia de la obra y el pensamiento de Arguedas se hace cada vez más amplia. En vida recibió varios premios y homenajes y hasta hoy de organizan cada año, y en las universidades más importantes de América Latina, Estados Unidos y Europa, reuniones académicas para analizar e interpretar su obra, aunque pocas veces se han aplicado, por ejemplo, para mejorar la calidad educativa en nuestro país. Los últimos años, la Casa de las Américas de Cuba, una de las instituciones más antiguas de fomento a la literatura y arte en general, ha instituido el premio honorífico anual José María Arguedas, a un autor y obras que haya destacado y aportado a la cultura latinoamericano en el campo de la narrativa.

José María Arguedas nació en Andahuaylas, en 1911. Al morir su madre siendo él niño y su padre se casara por segunda vez, quedó al cuidado de su madrastra, de quien recibió un trato de sirviente, junto a los indios de Puquio, adonde se trasladó la nueva familia. Al cumplir once años él y su hermano escapan de casa y se refugian en una hacienda, desde donde luego se trasladan a Abancay, Ica, Huancayo y finalmente Lima. Allí ingresa a la Universidad de San Marcos para estudiar Literatura, es apresado por participar en manifestaciones estudiantiles y al graduarse ejerce la docencia en Sicuani, Cusco. Posteriormente vuelve a Lima, donde es activo representante de los maestros y es llamado por el Ministerio de Educación para colaborar en planes educativos. Ejerce varios cargos, especialmente de investigador y catedrático en diferentes universidades, hasta su suicidio, el 28 de noviembre de 1969 y su muerte, acaecida el 2 de diciembre de ese año.

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Teatro: Una obra de David Viñas en el Cervantes, “Entre caníbales”

Demian Paredes (LA VERDAD OBRERA - PTS)

“¡Nos vienen a buscar, Gardel!... ¿A vos? ¡Por mudo!... ¿Y a mí?... por hablar... ¡no!... por escribir demasiado... y escribir, enteráte, es levantar la voz... escribir, es casi gritar... escribir es pedir por favor... escribir es pedir socorro, Gardel...”

David Viñas (1)
A poco de haberse reeditado la obra teatral Rodolfo Walsh y Gardel [1], el Teatro Nacional Cervantes la pone en escena: un monólogo donde el personaje habla de la derrota; la misma de la que nos habla Viñas en una gran cantidad de sus obras: la generación del setenta vencida por la dictadura militar.

Interpretado por Alejo García Pintos, el Walsh de Viñas está clandestino en un departamento, escribiendo, hablando por teléfono y pensando en la situación, a un año del golpe de 1976 (y a una hora de que vayan por él los militares –llamados por Viñas “caníbales”).

Pese a la noche negra que había comenzado, Viñas se permite la humorada en el excursus verbal... cuando no la amarga ironía. Dice en la conversación telefónica Walsh: “‘Dime con quién andas y te diré quién eres’... (Se ríe)... ¿Que no me ría, querida?... Si no me río, los caníbales van a creer que tengo miedo... ¡No! Nada de resignarme... la resignación es la peor de las virtudes” [2].

O cuando le habla al pajarito “Gardel”: “¡somos dos patriotas vos y yo!... ¿qué hacemos si nos quedamos sin la Argentina?... (Se ríe)... ‘Argentina potencia’... ‘Argentina granero del mundo’... ¡Ma qué granero del mundo, Gardel! Argentina cementerio...” [3].

En síntesis, Rodolfo Walsh y Gardel transita la denuncia (archisabida) a los horrores de la dictadura, respetando casi por completo el texto original, con un García Pintos que encarna la prosa enérgica de Viñas bastante bien (aunque un poco forzada y por momentos muy rápida, perdiendo varias modulaciones, tonos y guiños). Pero quien vaya a buscar una biografía de Walsh, o generalizaciones más amplias sobre el período 1976-’82, no lo encontrará.
Derrota en la derrota

Dirigida por Jorge Graciosi, éste ha dicho: “Sabemos que esta obra es conflictiva, que a algunos no les gusta que se haga ficción de personajes como Walsh, y sabemos también que es difícil reflexionar en un momento como éste, cuando el vacío político y las mezclas ideológicas dan más para la humorada que para sentar cabeza y dialogar con madurez sobre lo que nos pasa” [4].

La obra fue escrita originalmente en 1993, con una sola puesta en escena. Pensada “en contexto” (la caída del Muro de Berlín y los Estados del este de Europa; el aplastamiento de las luchas de los trabajadores argentinos con el avance de las privatizaciones y el “achique del Estado” de Menem-Cavallo) era un merecido homenaje [5] a esa generación luchadora, utilizando como protagonista a un ícono de la denuncia y resistencia a la dictadura. En este sentido, la obra de Viñas alude a la derrota (la del ’76) en la derrota (la neoliberal de los ’90). Sin embargo, la intención del director, de hablar de “lo que nos pasa”, hoy, en 2009, no surge (ni se sugiere) en esta obra.
Notas:
[1] David Viñas, Rodolfo Walsh y Gardel (monólogo final), Bs. As., Peón Negro, 2008.
[2] Ídem., p. 19.
[3] Ídem., pp. 46 y 47.
[4] “‘No es una obra-documento’” (Página/12, 3/11/09)
[5] Dice Viñas que el homenaje que hay en varias obras dramáticas suyas equivale a “una serie de obstinaciones por recuperar figuras sublevadas contra el Poder. Un Poder tan poderoso como arbitrario, escurridizo, impávido y proliferante, que permanentemente ha sabido justificarse en cada una de sus reencarnaciones”; al mismo tiempo que “el teatro, de manera simbólica, los recupera como invictos”.

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A propósito de ‘Lunfardo en el Tango y la Poética Popular’, un libro de Eduardo Pérsico

José Andrés Rivas (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No abundan los intelectuales que nos hablen con el conocimiento de Eduardo Pérsico sobre el Tango, el Lunfardo y otros perfiles de nuestra manifiesta identidad.

Al comienzo habrán sido dos hombres en una calle del suburbio, o la necesidad de pasar un secreto de modo que ningún otro pueda entenderlo. Una frase oída y luego cambiada o modificar un nombre porque la palabra usada no servía o alcanzaba. Los orígenes pueden haber sido muchos y que las expresiones después se confundieran y formaran ese lenguaje marginal no en los libros pero sí en las palabras cotidiana Con el paso del tiempo los eruditos las aceptarían y serían corrientes en el comercio lingüístico de nuestra tierra, si al fin el lenguaje está en la calle y no sólo en los diccionarios y enciclopedias.

Aquí el autor define al Lunfardo como “un código entre dos sin que se entere un tercero”, y esta definición sugiere un juego de dobles significados, el de escabullir y mostrar otra moneda para que alguien se lleve la equivocada. Y de esto sabe mucho el autor, ya que su largo ejercicio en el cuento y la novela se basa en decir lo que no digo, falsificar y confundir al lector; para llevarlo por otro camino y también darle testimonio de una vida y un tiempo del que no podemos escabullirnos. En última instancia, de ser nosotros mismos, porque más allá de los disensos y los apremios, el Lunfardo es todo eso: pasión por las máscaras, devoción por las palabras heredadas para luego traficarlas o deformarlas, ejercicio de transgresión basada en una profunda exaltación del individuo, su derecho a decir que no y poner mala cara. Y si a esto se agrega la frecuentación personal y de los textos de Jorge Luis Borges, -a quien Pérsico le dedicó un cuento ambiguo y delicioso, ‘Laberinto de Gardel y el Inglesito’- bien se explicaría porqué escribió este ensayo al que agrega un glosario con más de mil vocablos de la lunfardía.

Las demás razones tienen que ver con su fascinación por el tango y tanto que al final de su prólogo remeda el ‘chanchán’ de nuestra música ciudadana. La experiencia es muy simple: basta con pedirle a cualquiera que haga la onomatopeya musical del dos por cuatro y repetirá el mismo chanchán como final. Signo valioso en una época en la que al tango lo deforma la gente que viene de otra música, o que quiere modernizar a Mozart o a Bach, “hacerla fácil” como diría algún entusiasta olvidando que entre otras virtudes, los tangueros ya tomaron la precaución de que su música fuera inmortal. Y cualquiera que se acercó alguna vez al lunfardo sabe muy bien que esa música, el tango, y ese lenguaje fueron siempre juntos como una pareja que mueve airosamente las “tabas” al mismo tiempo.

Eduardo Pérsico recuerda una anécdota de Nicolás Olivari, que también se le atribuye a Roberto Arlt: a los dos se les adjudica que por haber crecido en un suburbio fabril no tuvieron tiempo de aprender el lunfardo. La respuesta es sutil, ingeniosa y no exenta de justificaciones. Y aclara además que el lunfardo no es apenas una forma de decir y de nombrar la realidad para que sólo los iniciados la reconozcan, o sólo un lenguaje marginal secreto y grosero unido a lugares y conductas de mala fama, sino también una forma de vida. A esto se debe su permanencia en el tiempo y su empecinamiento en convivir con la vida cotidiana de los argentinos. En este terreno son y somos muchos los iniciados que antaño provenían del malevaje, del mundo marginal, de la vida rea y prostibularia que se resistía a ser absorbida, porque hoy el lunfardo está en todos nosotros como la sangre y los huesos. Y hasta en esa forma de amar, tener y sentir que poseemos todos sin saber de donde nos viene y se apodera de nosotros.

La razón puede ser también el absurdo de querer hacer un país y una ciudad que se parezca y no se parezca a ese país de la imaginación, sobre una pampa sin límites ni orillas visibles. Este afán de exiliados y nostálgicos de otras tierras que quisieron que ésta fuera la suya, y de su esfuerzo por recordar una patria que habían perdido y que al paso del tiempo ya no era la misma. Y hasta con cierta rebeldía a ser devorados por los hombres que todavía se dicen mejores y más cultos...

Calle, suburbio, marginalidad son algunos de estos rostros. La tentación de un lenguaje secreto de hacer que el tercero no entienda porque el asunto es entre nosotros dos y el deseo de ser quienes somos en la forma de nombrar las cosas de todos los días. De todo ello está hecho el lenguaje que Pérsico recoge en este estudio casi informal y nada presuntuoso, pero seriamente ilustrativo. Las palabras de su minucioso Ensayo nos acercan a un intelectual en la materia, consciente que ese perfil arrabalero es inherente a los habitantes de este país y no sería fructuoso ni soportable desechar semejante valor cultural.

Un valioso libro que se une a la nutrida obra literaria de Eduardo Pérsico en poesía y narrativa, y para apreciar mejor a este excelente escritor argentino.

El doctor José Andrés Rivas, (UBA), es Académico Correspondiente de la Academia Argentina de Letras. (2009).

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García Márquez inmerso en el general Bolívar

Luis Eduardo Saavedra Salazar (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aun hoy, experimentamos el asombro del horror. Cuando se pensaba que era imposible encontrar otro límite a la infamia, una nueva atrocidad irrumpía ampliando al infinito ese límite del terror, en medio de otro estupor y otro escándalo. La patria anegada en sangre y lágrimas, camino de la paz. Es como si fuera un requisito ineluctable de la historia: recorrer el camino que conduce a la felicidad a sangre y fuego. Otros ya lo hicieron y alcanzaron, por lo menos, una relativa estabilidad, luego de desencadenar en el siglo pasado las mayores matanzas de la historia. Hoy, son nuestros mayores, se abisman de esta barbarie y nos miran con cierta compasión. “Con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud”, olvidando que “la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos”, decía García Márquez en su discurso de Estocolmo.
En El General en su laberinto, el Nobel retoma esta vieja controversia con los europeos, esa incapacidad de interpretarnos que los define, y frente a la cual la buena fe de sus consejos y esfuerzos solidarios se diluyen en un mar de palabrería vacua y actos de tal torpeza e inocuidad que sólo dejan un sabor de resentimiento en tanto latinoamericano que, lejos de su tierra, y por esta misma razón, padecen con mayor rigor su impotencia ante la incertidumbre de la patria.
En boca de Bolívar y Diocles Atlantique (personaje de El General en su laberinto), García Márquez recrea una de las tantas disputas que debió sostener en Europa sobre el destino de América Latina. Al francés lo caracteriza por su enciclopedismo farragoso y la insoportable propiedad con que plantea que todo lo bueno para los europeos es bueno para el resto del mundo. El aspecto central de su discusión de Estocolmo, no sólo lo inserta sino que lo amplía.
Había dicho García Márquez en Estocolmo que “tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su propia muralla y otros 300 para tener un Obispo, que Roma se debatía en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del renacimiento, doce mil ladquenets a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes”.
Ahora, Bolívar le espeta a Atlantique: “Si una historia está anegada de sangre, de indignidades, de injusticias, esa es la historia de Europa (...) La noche de san Bartolomé, el número de muertos pasó de dos mil en diez horas. En el esplendor del Renacimiento doce mil mercenarios a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes (...) Así que no nos hagan el favor de decirnos lo que debemos hacer. No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil.”
Y eso que García Márquez no podía poner en boca del General lo que aconteció en el siglo XX: dos conflagraciones mundiales desatadas por la Europa venerable. El genocidio atroz de Hiroshima y Nagasaki: la liquidación en masa de centenares de miles de hombres, mujeres y niños con los primeros rudimentos de la energía nuclear para entronizar un nuevo rey del mundo en un continente que se había autodestruido en pleno siglo XX, no sin antes contaminar con los peores vicios del fascismo a estas tierras vírgenes, cuya barbarie era edénica, si de confrontaciones se trata, y que nos costaron otros centenares de miles de vidas en muy pocos años a través de crímenes que se siguen repitiendo con una similitud siniestra.
Decía Cortázar que los escritores, si lo son verdaderamente, son como los caracoles que llevan la casita a cuestas. Esto le sirvió para que en su obra hasta los franceses hablaran en argentino. Y es difícil encontrar otro argentino que amara tanto a su país y, a su vez, haya dado tanto testimonio de ello. Sino que le pasó lo de Bolívar: por ampliar hasta la desmesura las fronteras de su patria se quedó desarraigado, como un fantasma trashumante por entre los confines de su América Latina, rumiando una nostalgia pavorosa.
Se puede estar anclado en París, pero no más. Se termina siendo un ciudadano de América Latina que añora los baños de cariaquito morado, que ceba el mate en las oficinas de la Unesco o que se tortura evocando la fragancia de la guayaba podrida para sustraer de la memoria el olor de su tierra. No es sino ver al Bolívar/García Márquez: “Se apoyó de espaldas al muro, sorprendido por el olor de las guayabas expuestas en una totuma sobre el alféizar de la ventana, y cuya fragancia viciosa saturaba por completo el ámbito del dormitorio. Permaneció así, con los ojos cerrados, aspirando el zahumerio de vivencias antiguas que le desgarraban el alma, hasta que se le acabó el aliento”.
Pero no bastaba olerlas, era preciso engullirlas, asimilarlas al torrente sanguíneo, poseerlas en un acto lento, sacramental: “Cedió a la tentación de coger una guayaba de las muchas que estaban en la totuma. Se embriagó un instante con el olor, le dio un mordisco ávido, masticó la pulpa con un deleite infantil, la saboreó por todos los lados y se la tragó poco a poco con un largo suspiro de la memoria”. No es un párrafo para tomarlo a la ligera, es una imagen desgarradora, de una sensualidad dolorosa: una alegoría de amor desesperado por la patria. Si la nostalgia toma esos ribetes, es comprensible lo que García Márquez le atribuye al sobrino de Bolívar: “El destino le deparó la inmensa fortuna de perder la memoria”. Así, no tendría que estar ansiando a nadie ni a nada, ni a su Caribe entrañable ni a su páramo remoto, con el que sostuvo una pugna pueril, ni tendría que sentirse muerto por ser un forastero en todas partes, cuando sabe que su patria es la misma de El Libertador: el corazón de cada colombiano.
Uno quisiera, finalmente, que el acento parisino de la rue Vivienne, que el autor le asigna a Bolívar, fuese una velada alusión a Cortázar, a la Galerie Vivienne de su cuento “El otro cielo”, el mejor acabado, según el mismo García Márquez. En los alrededores de la Galerie Vivienne vivía Lautréamont (“El otro cielo” entraña una especie de paralelo o, mejor, de reflejo especular de Lautréamont y Cortázar. Cortázar nació en Bruselas de padres diplomáticos argentinos, Lautréamont nació en Montevideo de padres diplomáticos franceses, etc.). Ya, en Cien años de soledad, había introducido a Rocamadour (personaje entrañable de Rayuela). Y no era gratuito. Cuando Cortázar murió, el Nobel escribió: “Me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.
El 16 de Agosto de 1.970, desde Saignon, Cortázar, a modo de presentación, le escribía a Fernández Retamar: “García Márquez me dijo ayer, espontáneamente, y sin la menor referencia de mi parte, que a partir de fin de año nada le gustaría más que visitar a Cuba. Su problema es de orden personal, de carácter; Gabo tiene horror a las conferencias, las reuniones multitudinarias (...) pienso que la Casa (de las Américas) debería ayudarlo un poco a vencer esa timidez enfermiza (...) Gabo no tiene problemas de tiempo, y si ustedes lo quisieran podría quedarse tres meses”. (!)

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