sábado, 19 de diciembre de 2009

Un clásico de Bob Dylan

Margarita Schultz (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se ha escrito mucho sobre esta ‘canción de protesta’, y seguramente existen otros poemas, otros textos, otras canciones que tratan de esos mismos temas. Entonces ¿dónde puede estar la magia en continuo renacimiento de ‘Blowin in the wind’? Van aquí algunas reflexiones…

Blowin' In The Wind
Volando en el viento

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre
Antes de que lo llames ‘un hombre’?

Yes, 'n' how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Sí, y ¿cuántos mares debe sobrevolar una paloma blanca
Antes de que duerma sobre la arena?

Yes, 'n' how many times must the cannon balls fly
Before they're forever banned?
Sí, y ¿cuántas veces deben volar las balas de cañón
Antes de que sean prohibidas para siempre?

The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.
La respuesta, amigo mío, está volando en el viento
La respuesta está volando en el viento.

How many years can a mountain exist
Before it's washed to the sea?
¿Cuántos años ha de existir una montaña
Antes de que sea arrastrada hacia el mar?

Yes, 'n' how many years can some people exist
Before they're allowed to be free?
Sí, y ¿cuántos años han de existir algunas personas
Antes de que se les permita ser libres?

Yes, 'n' how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn't see?
Sí, y ¿cuántas veces puede un hombre voltear su cabeza
Fingiendo que no ha visto?

The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.
La respuesta, amigo mío, está volando en el viento
La respuesta está volando en el viento.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia lo alto
Antes de que pueda ver el cielo?

Yes, 'n' how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Sí, y ¿cuántos oídos debe tener un hombre
Antes de que pueda oír a la gente llorar?

Yes, 'n' how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
Sí, y ¿cuantas muertes tendrán que ocurrir hasta que sepa
Que demasiada gente ha muerto?

The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.
La respuesta, amigo mío, está volando en el viento
La respuesta está volando en el viento.

Copyright ©1962; renewed 1990 Special Rider Music
http://www.goear.com/listen/d060553/Blowin-In-The-Wind-bob-dylan

Este texto de Bob Dylan tiene su música, también compuesta por el cantautor.
Es tan fluida la melodía que envuelve el conjunto en un sin fin, y podemos oírla una y otra vez como un mantra. Su guitarra (y su armónica en un pasaje interludio) acompañan el canto dando al total una atmósfera ‘folk’ … dulcemente rústica. La forma es sencilla: una frase musical articulada como pregunta en dos semifrases finaliza en el inicio del compás 16 y un estribillo, compuesto en una armonía de respuesta que inicia en el último tiempo del mismo compás 16 y termina en el compás 24 de una manera conclusiva. Sí, es una melodía de fisonomía ‘infantil’ por su sencillez… y podría pertenecer a una canción de niños. Existen versiones diferentes que instalan la melodía en distintas tonalidades y con transcripciones desde guitarra, para piano, flauta…

Una de las más atractivas versiones del mismo Dylan, a mi juicio, puede escucharse en:

http://www.goear.com/listen/d060553/Blowin-In-The-Wind-bob-dylan

Pero, en lo relativo a la poesía de esa canción… posee una carga significativa que penetra el ánimo de manera nada infantil. Pese a la variedad de los temas que recorre Dylan en este poema, hay algo muy potente que une los diferentes dísticos. Se estructura de este modo: cuántas veces antes de que, o más brevemente: cuánto, antes… antecedente y consecuente.

El contenido de esa estructura reiterada a lo largo del texto de la canción es, ante todo, una recriminación a la indiferencia… y, consecuentemente, una recriminación a la insensibilidad. Porque la actitud a la que apunta Dylan no es la de una conciencia de los problemas como efecto de la acumulación de situaciones que conducen a reflexionar (de allí sus preguntas: …¿cuántas veces? ¿cuántos?). Dylan se dirige a la conciencia humana como una actitud, un comportamiento específico, una base ética previa a la acumulación de situaciones, más aún, previa al suceso mismo. Es la ética basal de la responsabilidad social.

Examinemos los protagonistas de esos dísticos poéticos:
el hombre, la paloma, las balas de cañón, la montaña, la libertad, el sufrimiento humano, las muertes por acciones violentas, el llanto, el cielo, la conciencia… no importa qué, en verdad: respira en cada caso un llamado a la paz, a la compasión, al reconocimiento de la belleza de la naturaleza.

Stevie Wonder, en uno de sus recitales recientes habló de la actualidad desdichada de esa canción. Porque en cada década que transcurre, desde que se la compuso (en los inicios de los ’60) hasta hoy, se han producido catástrofes originadas en lo humano (¿o lo inhumano?), las que han puesto su contenido desafortunadamente al día. Y se siguen produciendo…

http://www.youtube.com/watch?v=5Q-owh9pkSc&feature=fvw

¿Por qué esa poesía de la canción nos interpela nos llama y nos sujeta junto a ella de ese modo conmovedor?
Una parte de la responsabilidad quiero asignarla especialmente al estribillo, que nos compromete en tanto que hermanos de conciencia (en una forma del vocativo: the answer, my friend; la respuesta, amigo mío). Compromete también al viento, a la atmósfera que nos rodea. Es la atmósfera, invisible pero de una presencia contundente: (the answer is blowin in the wind, la respuesta vuela, está, en el viento).
No es necesario ir a buscarla, ni esperarla años, tampoco estudiarla… La respuesta nos rodea, fluye sin fronteras ni bordes, en el viento, con el viento, por lo mismo nos pone como humanidad nuevamente hoy frente al espejo.

Margarita Schultz es argentina residente en Chile.

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La cultura de las máscaras: Superhéroes (V)

Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para una cultura hegemónica, la primera ley narrativa es: cuando algo parece ser lo que es, es necesario evidenciarlo con un argumento inverosímil. Una verdad difícil de demostrar, como la mayoría de las verdades que importan, fácilmente se convierte en inverosímil gracias a estos falsos argumentos. Es una de las leyes de la máscara y se traduce de mil formas, incluidas algunas teorías conspiratorias.

La segunda ley es: cuando alguien sospecha de algo, se debe exponer la misma sospecha de forma explícita. Así el discurso dominante logra ganar la confianza intelectual del lector-consumidor, por lo que éste estará más predispuesto a aceptar e interiorizar las razones y los métodos —incluso los más violentos— de la solución. Naturalmente se asume que ver y resolver un problema son un mismo acto.

Un ejemplo caricaturesco lo encontramos en los orígenes de Superman cuando otro personaje cuestiona su existencia diciendo: “debe ser solo un mito” (conciencia de la verdad). Momento en que Superman replica con su propia presencia y dice: “I am a very material myth”, “soy un mito muy material” (desarticulación de la verdad).

La historieta presenta la realidad o la sospecha de un sistema pero lo desdobla en un individuo (el representante del problema) que puede ser eliminado (la solución) para mantener el sistema antes cuestionado. Es lo opuesto a Modern Times (1936), donde el personaje central es la victima. Aunque es una crítica a la deshumanización, como personaje Chaplin está humanizado, tiene una identidad y el espectador puede identificarse con él y reconocer la parodia como crítica radical. En el caso de Superman las victimas son siempre anónimas mientas el justiciero (el representante del sistema, el defensor de los débiles que defiende a los opresores de los débiles) es el personaje deshumanizado (un hombre de acero con superpoderes) que como doble personaje se encuentra humanizado en Clark Kent, el “verdadero Superman”.

La cultura dominante pone en escena sus propios defectos, injusticias e insatisfacciones para luego presentar una solución que no cuestione el origen del problema planteado. El lector-consumidor se reconocerá al comienzo con la injusticia puesta en escena para luego ubicarse en la posición psicológica de aceptar, como una continuación, la solución planteada tal como aceptó sin problemas el diagnóstico.

Durante la Gran Depresión de los ’30, cuando en Estados Unidos las masas no confían en la honestidad de los bancos, Bonnie y Clyde se hicieron populares como ladrones de bancos.
En 1932, dos años antes de que la famosa pareja cayera abatida por la policía, Jerry Siegel y Joe Shuster crearon en Ohio el mito de Superman. El Salvador, con reminiscencias bíblicas —como a Moisés, los padres ponen al niño en una pequeña nave—, procede del mundo exterior y se propone “cambiar el destino del mundo”. El desdoblamiento aquí se produce cuando el símbolo de la cultura central es representado por un alien y la insistente confirmación de un establishment se promueve con la idea del un cambio radical. Incluso la afirmación de que “Superman no habla, actúa” se contradice perfectamente con la realidad del comic, el cual es puro discurso: Superman no actúa, habla. Lo representado y su representación son siempre contradictorios.

La cara visible de la Luna, Clark Kent, es la imagen de sus creadores: ambos trabajaban en los periódicos, eran tímidos y tuvieron relaciones tímidas con las mujeres. Lois Lane es la hermosa mujer que trabaja cerca de Clark Kent y lo subestima por su torpeza y cobardía. Repetidas veces lo define como “cobarde” al mismo tiempo que admira sin límites la valentía de Superman.

Si analizamos las primeras historias publicadas masivamente y con un éxito inesperado en 1939, veremos un claro reflejo de la Gran Depresión económica de los años ´30, la amenaza comunista y la política “socialista” de F. D. Roosevelt.

Podemos observar dos planos de dislocación 1) El sentimiento de frustración de la clase media y la idea de injusticia en la clase obrera. 2) El desdoblamiento de esta frustración no en perjuicio del poder establecido sino en su propio beneficio.

En sus primeras versiones, Superman es presentado, repetidas veces, como el “Champion of the helpless and porréese[d]” (“campeón de los oprimidos y desamparados”). En la primera historia de su historia, ayuda a un pequeño empresario que lucha por mantener el trabajo de sus obreros pero se encuentra con la negativa de los bancos y la ambición de un empresario más fuerte que procura sacarlo de competencia. Superman intimida al banquero y luego salva repetidas veces al modesto hombre hasta que descubre el plan para asesinarlo.

Superman es presentado como “The Man of Tomorrow”; no es el superhombre nietzscheano sin compasión por los débiles sino una especie edulcorada del mentado Hombre nuevo socialista que lucha por la justicia de los pobres y desamparados. La referencia explícita a los obreros podría haber encendido todas las alarmas de haber existido un McCarthy senador en la época: la capa roja podía ser asociada al comunismo y la gran S de su pecho hubiese parecido demasiado ambigua entre US (United States) y SU (Soviet Union). Al final de esta historia, cuando el beneficiario le ofrece una recompensa, Superman rechaza el dinero al estilo Che Guevara: “Mi único interés es ayudar a los oprimidos y que el los malos paguen por sus crímenes”.

Poco después, en una nueva aventura, el reportero-investigador trata de resolver el misterio de la desaparición de otros obreros. La importancia del tema es explícita cuando el jefe del diario Planeta desestima la noticia del robo a un banco para concentrar la atención en los desaparecidos. Finalmente Superman descubre que un científico maligno hipnotiza a los trabajadores con el propósito de producir más y más. Entonces la voz de la conciencia del comic aparece con una declaración contundente: “los hombres [hipnotizados/alienados], incapaces de protestar, son forzados a volver al trabajo”. Finalmente una multitud evita que los trabajadores hipnotizados cometan suicidio.

El desdoblamiento está reforzado por el hecho de que no existe ninguna relación lógica, directa o práctica entre el trabajo forzado de los obreros y el intento de asesinato del gobernador. Se da una vaga explicación, un lugar común que relaciona el capital con el poder político. Pero nunca se explica las razones de Ravek para asesinar al gobernador, lo que convierte a Ravek en el chivo expiatorio de todos los explotadores a los que representa.

La aparente crítica anticapitalista se resuelve con la historia particular. Al solucionarse el problema de la historieta, se cierra la trama y dentro de ella queda atrapada toda posible critica que pueda trascender la historieta. Así, la cultura popular funciona como una esponja quitamanchas, como una trampa para cazar zorros.

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El efecto Lucifer

Phillip Zimbardo

Con la Inquisición empezó el uso por parte del Estado y la Iglesia de aparatos y métodos de tortura utilizados para obtener un bien, aunque con métodos perversos y crueles, buscando quebrar voluntades. Desde entonces es una práctica habitual.

Tres elementos son muy importantes en el análisis de Zimbardo: la Persona (aquel que utiliza su libertad en base a su modo de ser y sus características genéticas, biológicas, físicas y psicológicas), la Situación (contexto conductual que tiene el poder de otorgar identidad y significado a los roles y al estatus de la persona, basándose en recompensas y normas) y el Sistema (agentes y agencias que crean situaciones y determinan roles y conductas de las personas, por medio de su ideología, valores y poder).

Instituciones e ideología

Las instituciones establecen mecanismos para que una ideología se lleve a la práctica de manera operativa. El poder crea un sistema, unas “condiciones situacionales” (Sistema), que permite y facilita la acción llevada a cabo por las personas según su conformación individual (Disposición) y el contexto específico (Situación). Prácticas como la tortura no se dan necesariamente por la presencia de personas con condiciones especiales (enfermas, particularmente malvadas). Pero si la tortura es descubierta es este el argumento que se utiliza para explicarla y que así no afectar a quienes dirigen (son presentados como excepciones, “malos elementos”, “delincuentes disfrazados de policía”, “casos aislados” ).

A causa de la ideología las personas pueden reiniciar a sus principios humanitarios y morales, siguiendo a autoridades carismáticas. La ideología es la norma suprema incuestionable que sustenta y valida un determinado actuar y se convierte en el referente ético de actuación. La ideología se apoya en políticas, programas y procedimientos, los cuales fundamentan al Sistema, dándole a éste cada vez más credibilidad a causa de la costumbre y la práctica. Así, la tortura ha sido justificada y legitimada por regímenes que esgrimen una ideología de un bien común y supremo, que es nombrado como la lucha por la seguridad nacional (y así se permite el combate a los comunistas o a los terroristas, la limitación de derechos fundamentales o realizar guerras).

El entorno social es de importancia para la predisposición al mal actuar: existen alrededor de las personas ideas y patrones que muestran lo que se espera de la gente en ciertas circunstancias (por ejemplo, el papel fuerte que se supone deben jugar los hombres, la subordinación que se exige a las mujeres, el modo de actuar que debe tener un guardia penitenciario según las películas). Esto se evidencia luego en la forma en que la gente puede comportarse en una situación que promueve la aparición de estas ideas preconcebidas y prejuiciadas. Esto también muestra el ejercicio de poder en el medio, el cual determina en gran medida el actuar de las personas.

Poder

Quien crea las condiciones para que se puedan llevar a cabo ilícitos es una “elite de poder”, quien organiza las condiciones de vida y marcos institucionales dentro de los cuales actuar:

“La élite de poder está formada por hombres cuya posición les permite trascender lo entornos ordinarios de las personas ordinarias; están en la posición de tomar decisiones que tienen repercusiones vitales. Que tomen o no esas decisiones es menos importante que la posición que ocupan; el hecho de que no actúen, de que no tomen decisiones, es en sí mismo un acto que suele ser más importante que las decisiones que puedan tomar. Y es que están al mando de las principales jerarquías y organizaciones de la sociedad moderna. Dirigen las grandes empresas. Dirigen la maquinaria del Estado y reclaman sus prerrogativas. Dirigen a la clase militar. Ocupan puestos de mando estratégicos en la estructura social que les ofrecen el medio para conseguir el poder, la riqueza y la fama de que gozan.”

El poder mueve a las personas; ya sea para obtenerlo (al ver las prerrogativas que proporciona) o para mantenerlo. Esto posibilita el surgimiento de conductas aberrantes.

Creación del enemigo

Esta elite, al ser una jerarquía de dominio, crea condiciones que permiten que la ciudadanía tenga un enemigo común, un enemigo creado que al ser tal, es permitido hacerle cualquier cosa sin importar consecuencias, pues se justifica el daño en base a la evitación de otro mayor que podría hacer dicho enemigo. Mediante labor de propaganda se crea este enemigo al cual se teme y se le odia. Con palabras e imágenes se crea un estereotipo abstracto y deshumanizado (animalizado o cosificado) del otro, con atributos de maldad completa, que atenta contra los valores del grupo. Esta imagen se fija muy dentro de las personas y así se instituye el miedo y como reacción puede actuarse de manera obediente, irracional y agresivamente. Esta imagen negativa y distorsionada del otro puede verse reforzada en las personas por prejuicios raciales, conveniencias políticas, presión grupal, culpar al otro de los problemas propios.

La propaganda es importante para logar la deshumanización del enemigo (y por consiguiente justificar el ataque que se le hace). Se inculca en la sociedad el odio a la imagen del enemigo, con el cual se avala el actuar del Estado (o de actores privados, en tanto sus víctimas sean los enemigos). El arquetipo de enemigo crea una paranoia social que lo visualiza como destructor de todo lo preciado (valores, Dios, mujeres, niños, hogares, creencias). Así se justifica también el agredir a inocentes, pues sólo por el hecho de pertenecer al enemigo se ve en ellos el potencial de un futuro peligro.

El miedo es un arma de la cual dispone un Estado para lograr el apoyo ciudadano a la renuncia de libertades y garantías básicas, con tal de lograr la protección que éste ofrece. El miedo impide pensar de manera racional, hace que se vea al enemigo como algo abstracto y digno de ser eliminado. El enemigo como abstracción genera el impulso de torturarlo y matarlo, aún en personas pacíficas.

Conducta antisocial

La conducta prosocial se fomenta al suponer que hay altruismo recíproco con los semejantes. Pero la sensación de anonimato, de no ser conocido o de no importar a los demás, puede fomentar la conducta antisocial. El desorden público es un estímulo situacional que fomenta la delincuencia; si las personas están en un entorno que fomenta el anonimato se reduce la responsabilidad personal y cívica. Esto puede suceder tanto en ámbitos institucionales (escuelas, empresas, ejército, prisiones) como en públicos (linchamientos en plazas).

Sistema

El sistema “está formado por personas, sus expectativas, sus normas, sus políticas y, quizá, sus leyes” . Adquieren base histórica, una estructura de poder político y económico, modelando la conducta de quienes están bajo su influencia. Con el tiempo adquiere autonomía, independiente de quines lo crearon. Tiene una cultura propia y junto a otros sistemas contribuye a la creación de la cultura de la sociedad.

Las Situaciones crean Sistemas. A la vez, los Sistemas sustentan a las Situaciones al darles institucionalidad, autoridad y recursos para que actúen. El Sistema autoriza institucionalmente el comportamiento prescrito para los roles, castigando también la trasgresión. Se convierte en la autoridad máxima que valida los roles, el cumplimiento de las normas y la realización de actos reñidos con leyes, valores y principios fuera de la Situación. La validación toma forma de ideología.
Papel y responsabilidad de los individuos

Inmersos en determinados sistemas que promueven conductas dañinas, las personas actúan según el poder que puedan ejercer en la situación, no tanto por patologías preexistentes. Ciertos contextos facilitan que surjan comportamientos dañinos.

Las personas pueden actuar con maldad cuando su rol tiene límites estrictos que delimitan lo apropiado, lo esperado y lo que refuerza el entrono. Esta forma de desempeñar el papel desconecta a la persona de la moralidad y los valores que normalmente aplica en su vida. Los roles requieren de un sistema que los apoya, los define y los limita, dejando fuera cualquier otra realidad (como la conducta ejemplar que el torturador pueda mostrar en su casa, la cual no puede ni debe influir en el lugar de tortura).

Hay que resaltar que entender los mecanismos que llevan a las personas a actuar mal (como un torturador) no justifica su actuar.

Mecanismos que permiten la transformación de gente normal en “malvada”

Compartimentación: ubicar mentalmente separados aspectos que contradicen las creencias y moral propia en posiciones separadas para evitar la contradicción.

Roles y distanciamiento: el asumirse como sólo cumpliendo un rol, permite distanciarse de éste cuando surja algún impedimento moral, además que permite a la persona liberarse de su responsabilidad al cumplirlo. El rol no es visto como parte de la normalidad o naturalidad de la persona, sino algo así como un disfraz que se viste según la ocasión (y de hecho el rol en cierta medida es diseñado para ser tal y permitir así a los sujetos actuar aún en contra de lo que habitualmente creen o hacen).

Anonimato: se da cuando la persona percibe que su identidad personal no puede ser identificada, puede ser inducida a un actuar antisocial, principalmente si es estimulada u ordenada a actuar así. Cualquier cosa o situación (uniforme, nombre supuesto, tumulto) que oculte el aspecto habitual, haciendo sentir a la persona que nadie sabe quién es o que a nadie le importa, fomenta el anonimato y reduce la responsabilidad personal. La capacidad de hacer daño en estos casos se aumenta si alguna autoridad le concede permiso para actuar antisocialmente.

Desindividuación: el malvado es anónimo, reduciendo su responsabilidad personal y autocontrol, actuando sin límites que le inhiban. Se vive un presente extendido en el que no importan pasado ni futuro. Dominan los sentimientos a la razón y hay más acción que reflexión. Se pierde el actuar regido por convenciones sociales y se actúa como por instinto. La conducta se somete a las exigencias de la situación y de los deseos hormonales. No hay sentido de bien ni de mal, ni culpa. La conducta está bajo el control externo de la situación.

Disonancia cognitiva: surge al hacerse a las personas actuar en contra de lo que creen, se detecta una discrepancia entre lo que se hace y las creencias o valores. Se provoca una tensión interna que para ser reducida, hace que cambie la conducta manifiesta o las creencias y así lograr una coherencia en medio de ese actuar y creer contradictorio. Si la discrepancia es grande, mayor será la motivación para lograr el equilibrio y mayores serán los cambios que se logren. De esta manera, se justifica el daño pues se crean en la mente razones poderosas para infligirlo (órdenes superiores, amenaza contra la integridad personal, ser buen funcionario, hay buena recompensa, se evitará un castigo fuerte). Generalmente el cambio se da en el plano de las creencias, ya que en ellas no hay sanción pública pues no son notorias más que para la persona, mientras que la conducta es más susceptible de ser presionada. Se recurre entonces a racionalizaciones, más que a razonamientos (o sea, a justificar las discrepancias internas). Con esto se logra un convencimiento público y personal de que se está actuando correctamente.

Respaldo social: existe en las personas la necesidad de tener aprobación o respaldo social. Ser aceptado o admitido como uno más del grupo puede mover a realizar cualquier acto, aún si es moralmente tachable, siempre y cuando implique poder ser parte y no quedar fuera del grupo. Esto puede degenerar en conformidad y obediencia excesivas y en hostilidad del grupo hacia los que no son parte de él. La autonomía y el control se ejercen no hacia objetivos personales, sino en función de las directrices del grupo, dominando a otros o mostrando indefensión aprendida.

Deshumanización: privar al otro de su humanidad y valor personal, ya que se piensa que no tiene los mismos atributos personales que los del propio grupo. De esta manera no se ve como un semejante en características y valía. Al cosificar al otro se facilita el destruirle; los objetos pierden su condición humana y así se suspende en quien deshumaniza la moralidad que le impediría en otras circunstancias hacer el daño. Entonces se facilita realizar actos inhumanos. Se logra usando la intelectualización, la negación y el aislamiento de emociones. Crea un tipo de relación no entre iguales, sino como con un objeto, sin empatía ni emocionalidad. Este proceso está muy ligado a la propaganda y la estereotipación que infunden imaginarios que desvirtúan al otro, facilitando así, dándole argumentos, a la deshumanización.

Necesidades positivas que se transforman. La necesidad de coherencia y racionalidad, que da una dirección significativa a la vida, puede convertirse en la presencia de compromisos disonantes en la aceptación y racionalización de decisiones desatinadas. La necesidad de conocer y entender el entorno y la relación con él lleva a la curiosidad y al descubrimiento, pero en un entorno sin sentido lleva a la frustración y al aislamiento, pues no puede desarrollarse. La necesidad de estímulos permite explorar y asumir riesgos, pero deriva en aburrimiento en un entorno estático, y el aburrimiento puede motivar actos despiadados.

Conformidad con el grupo: los grupos influyen indirectamente ofreciendo un modelo de conducta a imitar. En la conformidad influyen dos mecanismos: necesidades informativas y necesidades normativas. Las informativas constituyen los datos de otras personas que ayudan a orientarse en situaciones desconocidas. Las normativas constituyen en estar de acuerdo con otros debido al deseo de aceptación.

Desconexión moral

Las personas desarrollan controles de pensamientos y actos que impiden actuar inhumanamente y también fomentan actos humanitarios. Estos controles no son fijos ni estáticos, sino guiados por un proceso dinámico en el que la censura moral se activa de manera selectiva para actuar aceptablemente según las circunstancias. Incluso esta censura se puede desconectar de conductas reprobables en ciertas ocasiones o situaciones o para ciertos fines.

Esta desconexión se logra al activar alguno o todos los siguientes mecanismos. Puede redefinirse la conducta dañina como honorable (creando justificaciones morales para la violencia, comparar favorablemente la conducta propia en contraste con otra peor, usando eufemismos para describir los actos crueles). Se puede minimizar la sensación de que hay relación directa entre los propios actos y sus resultados perjudiciales (se difumina o se desplaza la responsabilidad personal, por ejemplo al nombrarse como colaborador o subordinado). Se puede modificar la manera de evaluar el verdadero daño que se ha causado (se le minimiza, se ignora, se distorsiona o se niega el daño). Por último, se crea una imagen de la víctima como merecedora del castigo (culpándolas de lo que han sufrido y deshumanizándolas).

Experimento de prisión de Stanford (EPS)

En el experimento participaron personas normales según las evaluaciones psicológicas. No había indicios de patologías previas al EPS; éstas surgieron como producto de las “fuerzas situacionales” que actuaban en ellos durante el tiempo del EPS. Finalizado el experimento, tras muy breve tiempo, las personas volvieron a la condición que tenían antes del EPS. Actuaron sobre ellos los roles, las normas y las reglas, el anonimato de persona y lugar, los procesos de deshumanización, las presiones para buscar conformidad, la identidad colectiva, principalmente.

Indefensión aprendida

Estado de resignación pasiva y depresión que surge tras unos fracasos o castigos continuos, sobre todo si estos fracasos y castigos parecen arbitrarios y no dependen de los propios actos. (pág. 272)

La situación

Actuar con maldad puede inducirse intencionadamente en personas normales (“buenas”), puede lograrse que “actúen de manera irracional, estúpida, autodestructiva, antisocial e irreflexiva” –como en el caso de los torturadores– si se introducen en una situación total. Esta consiste en un encierro físico y psicológico que termina restringiendo en márgenes muy estrechos las estructuras de recompensa e información. Impacta de tal manera que afecta la sensación de estabilidad y coherencia de la personalidad, del carácter y la moralidad. Una idea básica es la creencia en bien y mal absolutos y se piensa que las personas están situadas en el Bien o en el Mal, de manera completa (se es bueno o se es malo). Sin embargo, existe el potencial de “crear monstruos” a partir de gente normal, según las fuerzas sociales en que le afecten. Debido a éstas, puede renunciarse “a la humanidad y la compasión ante el poder social y las ideologías abstractas de la conquista y la seguridad nacional”. Así, la posibilidad de actuar con maldad está en cualquiera, en personas comunes, no sólo en personas identificadas como malvadas.

Estas situaciones totales son tan nuevas que las personas no pueden recurrir a sus patrones anteriores de actuación. Las recompensas cuentan más que la personalidad (pues sus reacciones anteriores no son de mucha utilidad en esta nueva situación). Pero también tienen mucho valor las normas, ya que determinan la realidad de la situación. Son “un medio simplificado y formal de controlar conductas complejas e informales”. Son el marco que determina “lo necesario, aceptable y recompensado” y lo que es inaceptable y punible. Se tornan autónomas y arbitrarias, dependientes de la autoridad que las ejerce, más que de su sentido o necesidad. Son instrumento de dominio para quienes detentan el poder, ya sea quienes hacen las normas o quienes las hacen cumplir. Son inherentes a la Situación, pero es el Sistema quien se encarga de contratar a quienes deben hacerlas cumplir o crea correctivos para los infractores. La naturaleza de la situación y no los rasgos personales, llevan a actuar de determinada manera.

Según la manera en que las personas perciben la situación, activa procesos psicológicos que brindan significado a lo que sucede en ella, creando así la realidad social. Se producen creencias que modifican la forma de percibir una situación y asimilarla a las expectativas y valores de la persona.

Las personas pueden aprender a practicar actos malvados si son impuestos por sistemas de autoridad superior que recompensan la adhesión y dificultan la separación de la tarea. El apoyo institucional a la violencia hay adherencia mediante cambio de valores (adaptación al rol exigido), a pesar de la repulsión que la conducta signifique para la persona. Además se rodea de “circunstancias que le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.

También si las situaciones ubican a las personas en situaciones de bloqueo, suspensión o distorsión de controles cognitivos que guían la conducta. Se suspende la conciencia de uno mismo, de la responsabilidad, de moralidad, de compromiso, de miedo, de culpa, entre otros. Esto se logra la reducir la responsabilidad social de la persona y la preocupación por la evaluación social (a través del anonimato y desindividuación) y al reducir el interés de la persona en autoevaluarse, eliminando el autocontrol y la coherencia (con alteración de conciencia por sustancias, por emociones fuertes, realizar actos muy intensos, vivir un presente expandido o proyectar la responsabilidad hacia los demás).

Ética absoluta y relativa

La ética absoluta es aquella cuyos principios morales no varían en relación con las condiciones, situaciones, personas y conveniencias de su aplicación. La ética relativa tiene principios que se aplican según la situación, son relativos y juzgan según criterios pragmáticos con principios utilitarios.

Espectadores

El aval social de las atrocidades viene muchas veces de los espectadores quienes juegan un rol pasivo. Con su aceptación de la situación no ven la realidad de ésta. Se intelectualiza, logrando con ello distanciarse del sufrimiento real que se está produciendo. La maldad por inacción o pasividad hace que quienes dañan crean que los demás aceptan y aprueban lo que hacen debido a su silencio o indiferencia. En masa, el actuar correcto se inhibe, por la tendencia a pensar que hay otros que van a ayudar, impidiendo que alguien tome la iniciativa, diluyendo la sensación de responsabilidad personal. No es insensibilidad ni sólo el temor a ser dañados, sino pesa mucho el temor a hacer el ridículo, a equivocarse o a tener consecuencias por meterse en asuntos que no son propios. Esta pasividad puede instalarse en los Estados, permitiendo así actos atroces, no sólo tortura, sino genocidio, asesinatos, violaciones, secuestros. Esto se da tanto a lo interno de un Estado, como a aquellos que minimizan, niegan o ignoran voluntariamente la magnitud de lo que puede estar sucediendo en algún país vecino.

Tiene relación con esto la interiorización que muchas veces se hace de la pasividad ante las autoridades. Entran en juego “restricciones autoimpuestas” en su actuar, con tal de estar acorde a lo que se espera de la persona y evitar cualquier reacción desfavorable del entorno. Se rompen los lazos de relación humana, viendo a los otros como amenaza.

Pero también existe la maldad administrativa, que es la base de la complicidad en la cadena de mando política y militar de los maltratos y torturas. Es toda la serie de métodos correctos y pasos para lograr una máxima eficiencia, sin reconocer que ciertos medios son inmorales, ilegales o carentes de ética, sin reconocer la realidad de los maltratos. Estos actos son presentados como necesarios para defender la seguridad nacional (o la propiedad privada). Los responsables de dicha maldad “pueden ser grandes empresas, cuerpos de seguridad, instituciones penitenciarias, fuerzas armadas, centros gubernamentales y también grupos revolucionarios radicales”. Existe una base legal, no necesariamente ética, que posibilita provocar sufrimiento y aún la muerte, con el fin de alcanzar los objetivos de una ideología (las leyes derivadas de la solución final hitleriana, la doctrina de seguridad nacional institucionalizada, el acta patriótica [Patriot Act] en Estados Unidos para combatir el terrorismo). Maquiavélicamente se busca un supuesto beneficio mayor a cualquier costo o medio. Para lograrlo, aún se ha llegado a redefinir la tortura a fin de hacerla viable de manera legal y con la excusa de la protección de la seguridad nacional.

Denuncia relativa a la tortura

Un programa del ejército estadounidense (SERE: supervivencia, evasión, resistencia y fuga) ha sido enseñado a las fuerzas armadas originalmente para soportar maltratos e interrogatorios extremos por parte de algún enemigo. Presenta la situación física y psicológica que se da durante estas situaciones y les prepara en caso de que se dé. Pero se acusa a las altas autoridades de estar usando este programa no para aumentar la resistencia de los soldados, sino para desarrollar técnicas más efectivas para interrogar a sus enemigos. Esto convierte a los maltratos y a la tortura en una política estatal estadounidense (no en práctica de algunos miembros aislados que actúan por sí mismos). Sus técnicas buscan lograr doblegar al interrogado, principalmente con técnicas de tortura psicológica. Sus tácticas básicas son humillación y degradación personal, humillación basada en prácticas religiosas y culturales, privación de sueño, privación sensorial y sobrecarga sensorial, tormentos físicos para crear miedo y ansiedad (inmersión en agua, hipotermia). Según pudo constatarse en las prisiones iraquíes administradas por Estados Unidos, las situaciones que distan del ideal (sobrepoblación carcelaria, poco personal, cansancio, peligro, ausencia de controles) y aliento para torturar (sin mediar instrucciones explícitas pero no por eso ingenuas ni menos influyentes), permitían que los guardias torturaran. La ausencia de órdenes directas produce una salida a los altos mandos ante cualquier posible denuncia (lleva luego a culpar a los individuos que son descubiertos –pese a la impunidad que puede rodearles– y nunca a mandos superiores). Se crean situaciones patológicas (no necesariamente con personas patológicas, sino con las condiciones ya mencionadas) que reorientan la conducta de las personas; “la anormalidad radicaba en la naturaleza psicológica de la situación y no en quienes pasaron por ella”.

Suele haber un doble discurso que por un lado condena prácticas como tortura y brutalidad cuando la cometen otros países, pero son justificadas cuando son usadas por ellos mismos (y se recurre a eufemismos para nombrarlas y a artilugios legales para permitirlas).

Torturadores

Para poder operar deben tener una concepción clara del enemigo. Este es aquel que el Sistema considera una amenaza, aún siendo ciudadanos de su Estado. Son etiquetados (guerrilleros, comunistas, ladrones, terroristas).

Surge en estas personas la maldad creativa, que es la capacidad de imaginar, producir o mejorar formas de tormento.

Ser torturador es considerado sólo un trabajo, un bien para la patria. Pero no es algo simple, pues la tortura implica una relación personal; “es esencial que el torturador tenga claro qué clase de tortura debe emplear, con qué intensidad debe torturar a una persona dada en cada momento”. Debe lograrse la confesión antes de la muerte, pues esto es lo que le requieren sus superiores y si lo hace recibe recompensas –o la ira si no lo hace.

Respecto al perfil del torturador, Zimbardo y otros estudiaron la tortura en Brasil y en base a sus entrevistas pudieron determinar que durante el adiestramiento se eliminan las personalidades sádicas, pues el disfrute de causar dolor les desenfoca de la tarea de obtener información. Así que los torturadores (así como miembros de escuadrones de la muerte) eran personas normales y no desarrollaron alguna patología después de dedicarse a esas tareas. Se había conseguido que lo hicieran debido al adiestramiento recibido para tal fin, el espíritu de grupo, la aceptación de la ideología de seguridad nacional y el ver a los opositores como enemigos de la patria. Influía también el que se sintieran como empleados públicos especiales y superiores al resto debido a la índole de su misión, la secretividad y la presión que recibían para obtener resultados.

La escalada de daño que puede producirse en la tortura parece producir una excitación emocional que no es que motive la parte sádica, sino más bien produce una sensación de dominio y control sobre los demás, la cual es placentera, especialmente si se cree que las otras personas merecen recibir ese daño.

No se necesitan órdenes expresas para realizar la tortura, esta no se alienta directamente. Pero hay un clima de permisividad derivado de la exigencia de resultados a cualquier costo, de la sensación de laissez faire, de no personalizar la responsabilidad de lo que ocurre y la impunidad. Se reduce el razonamiento moral y se produce la desconexión moral que posibilita la tortura.

La impunidad es un factor necesario para posibilitar la situación. Esta protege principalmente a quienes diseñan las políticas que promueven la tortura y el maltrato, así como a sus perpetradores.

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Hambre de amor

Marcelo Colussi

Antonio Bressani, el joven antropólogo graduado con honores en Milán, lo pensó una y mil veces antes de tomar la decisión. Finalmente, aceptó: formaría parte de la expedición al Amazonas peruano que estaba organizando la universidad. Sólo imaginarse ese destino lo fascinaba; poder concretarlo, ni se diga.

Aunque no dejaba de preocuparlo también, pues la fiereza del grupo mawambi que visitarían lo tenía algo consternado. ¿Caníbales? No lo podía creer. ¿Caníbales en el siglo XX?

Era la primera vez que visitaría una selva.

Se defendía aceptablemente en portugués (tendrían que remontar el río Amazonas desde Brasil) y en español (el pueblo a investigar estaba en territorio peruano, y aunque muy poco, algo hablaban en lengua española). Del mawambi, el idioma del grupo con el que estarían conviviendo por espacio de cuatro meses en lo profundo de la jungla, apenas si conocía los rudimentos básicos. Como todo el grupo de antropólogos italianos, lo terminaría de aprender con el pueblo originario en su contacto directo.

Fue llegar a la selva y quedar hipnotizado. Las incomodidades prácticas del viaje ya en terreno no le preocuparon; la belleza de lo que estaba conociendo le pareció infinitamente más importante. En varias ocasiones pasó largas horas solo, en silencio, contemplando extasiado el follaje. Ese espectáculo se le hacía sobrecogedor. Parecía hipnotizado.

La universidad de Lima había hecho los arreglos del caso y, traductor mediante, más cuatro antropólogos peruanos que se sumaron al grupo, a los ocho antropólogos italianos no les resultó especialmente difícil establecer contacto con los mawambi.

En realidad, había más mito que verdad en lo que se decía de este pueblo; no eran antropófagos en sentido estricto sino que tenían ciertas prácticas con contenidos más o menos cercanos a la antropofagia. Básicamente comían los huesos de los muertos, años después de enterrados y una vez que los tejidos blandos habían desaparecido, molidos y mezclados con hierbas afrodisíacas. Había alguna información también, no confirmada por los antropólogos citadinos de Perú y por algunos estadounidenses que habían estudiado esta etnia, que en determinadas ocasiones tenían prácticas caníbales con los enemigos derrotados. Por lo pronto algunos miembros, sólo algunos, solían llevar algún hueso humano colgado como atavío. Antonio, ante todo eso, además de aterrarse, quedaba cautivado.

Fue verla y quedar más cautivado aún que con la espesura de la vegetación. Estaba semidesnuda, al menos para la usanza italiana u occidental, aunque llevaba una indumentaria que, en todo caso, realzaba más lo erótico, ocultando más de lo que permitía ver. Vestía una falda de una rústica tela anaranjada brillante y un collar de huesos -extraños huesos, de variadas formas- que le daba un par de vueltas al cuello ocultándole a media los nacientes pero ya bastante bien desarrollados pechos. Tenía 14 años. Se miraron y se sonrieron.

Awamble-puri, “Hija de la luna” en mawambi, era la hija del jefe principal. La última hija, la más pequeña, nacida cuando ya los padres no pensaban tener más descendencia. Por tanto, era la consentida, la especialmente mimada entre los once hermanos. En una mezcla de idiomas, más con gestos que con palabras, se comenzaron a comunicar. Para Awamble-puri hubo también algo de flechazo. Antonio, entre los italianos al menos, no era precisamente el más apuesto ejemplar: algo encorvado, de una delgadez extrema y aspecto desgarbado, lentes con un anticuado y pesado marco de carey negro, algo de acné juvenil -pese a sus 28 años- y una expresión de eterno despiste, su figura distaba mucho de aquella del amante latino a la que el cine de su país tenía acostumbrado al público con ese estereotipo. Pero para una muchacha casadera de un grupo indígena en las profundidades de la selva amazónica, un varón de piel tan blanca, cabellos amarillos y ojos color verde era una novedad absoluta.

Sin poder explicar cómo, se enamoraron.

En realidad, ninguno de los dos tenía mucho que explicar: el amor es así, no repara en detalles, etnias ni costumbres. Se enamoraron, aunque ello pueda parecer raro, y punto.

A los compañeros de Antonio les resultó alto extravagante el hecho. Más que nada, fueron bromas las que surgieron, siempre con el ánimo de festejar la noticia. Pero por el otro lado, para la familia de Awamble-puri, la situación no era un simple detalle: tenía el valor de problema comunitario. Por lo pronto, todo el grupo se reunió en consejo especial de emergencia, sin convocar a los visitantes italianos. Incluso no era un pequeño problema, una cuestión práctica menor: era algo que tocaba los cimientos mismos de su cultura. Se debatía sobre si un miembro del grupo debía cruzarse con un extraño -tan feo, por lo demás, según sus criterios estéticos- como Antonio. El debate tomó largas horas. Finalmente la tribu decidió asentir la unión. Solemnemente, el padre de Awamble-puri se acercó al italiano, y ante su asombro, lo abrazó. Antonio sólo comprendió que lo felicitaba, sin captar exactamente el porqué. Pero luego, cuando ya todos, primero el consejo de ancianos, luego sus futuros cuñados y por último los demás miembros masculinos del grupo lo continuaban abrazando con rostros felices, entendió: ¡ya se podían casar!

Y se casaron.

No sin discusiones, con otras nuevas interminables reuniones secretas del grupo mawambi, finalmente la tribu -los varones ante todo, la opinión de Awamble-puri no parecía contar mucho en esto- decidió sobre la propuesta de Antonio: los recién casados podían viajar a la tierra del forastero. Es decir: se irían a vivir a Italia.

Los otros siete antropólogos italianos, más los cuatro peruanos que constituían el grupo investigador original, ya se habían marchado hacía varios meses. Awamble-puri y Antonio pasaron varias lunas hasta que decidieron irse -o mejor dicho, hasta que consiguieron la autorización para hacerlo-.

Y se fueron.

Ya en Italia, para la muchacha todo resultó un cambio tremendo. Joven e inteligente como era, no le costó mucho aprender rápidamente un italiano básico que le permitía moverse con relativa soltura. Entre ellos dos se comunicaban parte en italiano, parte en mawambi. De todos modos, pese al amor enorme que los unía y a los esfuerzos inmensos que hacía Antonio para ayudarla en su proceso de inserción, el trasplante no le fue en absoluto fácil. Tuvo que aprender casi todo de nuevo; la vida en una gran ciudad como Milán, con gente nueva, en un contexto cultural tan radicalmente distinto, se le tornó agobiante. Sólo el inconmensurable amor que se profesaban logró retener a Awamble-puri en Italia.

Y así llegó el primer hijo.

Pasquale nació sano y robusto. Eso llenó de alegría al padre; pero no tanto a la madre. Los primeros tiempos Awamble-puri encontró en su recién nacido el motivo que más o menos la animó. Sin embargo, pasados unos pocos meses la tristeza volvió a invadirla. Y esta vez nada logró moverla de ese estado. Regalos, paseos, promesas, cariños renovados, o ni siquiera el pequeño Pasquale, fueron suficientes para animarla. Sumida en una profunda nostalgia que la tenía postrada todo el día, finalmente Awamble-puri, con el más hondo dolor del alma, decidió volver a su tribu en la Amazonia.

Más grande aún fue el dolor de Antonio. Él no quería retornar a la selva; su vida estaba en la universidad en Milán. El libro que estaba por publicarse sintetizando el trabajo antropológico desarrollado en el Perú -“Entre árboles, pantanos y esperanzas” llevaría por título, y él aparecía como colaborador principal- no logró disiparle la melancolía profunda que también lo había invadido. La llegada del hijo sólo en muy pequeña medida lo lograba sacar de ese estado.

En principio habían pensado que Antonio acompañaría a Awamble-puri hasta Lima, y de allí a Iquitos, donde ella, con ayuda de gente de la zona, llegaría por sus propios medios a su tribu. El niño quedaría con el padre en Italia. Así lo decidieron.

Llegado el momento de la partida, Antonio no pudo resistir el dolor y cambió de parecer: no aguantaba acompañarla hasta Perú, por lo que la despidió en el aeropuerto de Milán, con un beso apasionado “para todo un siglo”, según le dijo en italiano.

Ambos lloraron desconsoladamente. Luego, como siempre, el tiempo va cerrando -al menos un poco- las heridas. Aunque nunca del todo. De todos modos, para ambos la vida siguió su curso. Awamble-puri pudo rehacerse más rápidamente. Con algunas pequeñas dificultades que fue resolviendo sobre la marcha sin mayores sobresaltos, llegó de regreso a su hogar. Luego de la tremenda sorpresa inicial, fueron seis días de celebraciones para darle la bienvenida, en una confusa mezcla de alegría por el retorno, llanto por el fracaso, vergüenza y cólera por la deshonra. Nada se podía hacer con respecto a Antonio y el niño, que habían quedado en otro extremo del mundo. Sólo evocarlos, con tristeza, con odio, pocas veces con dulzura.

Para Antonio la separación fue infinitamente más traumática. Tres semanas después de la partida de Awamble-puri, en un rapto de emotividad, sin consultarlo con nadie y dejando el niño al cuidado de su madre, salió en forma abrupta hacia Perú. La misión que se había impuesto era traer nuevamente a su esposa hacia Italia, con la renovada promesa que ahora las cosas serían distintas. La idea de otro hijo pensó que podría motivarla, y eventualmente, unirlos más.

Tras varias peripecias prácticas, una tarde de torrencial lluvia tropical llegó, solo, al poblado mawambi. La sorpresa fue mayúscula.

Nunca quedó claro cómo fueron exactamente los acontecimientos. Para un desprevenido y prejuicioso observador occidental sería muy fácil decir que “los aborígenes se lo comieron”. La situación fue mucho más compleja. Seguramente como parte de alguna, al menos para nosotros, incomprensible práctica cultural mawambi, los varones de la tribu, luego de someterlo a un penoso juicio, le dieron muerte, luego de lo cual las mujeres pudieron ver el cadáver, y sólo después, cuando ya estaba trozado convenientemente, Awamble-puri fue llamada y convocada a comer el trozo que le ofrecían. Ella nunca supo qué pedazo de Antonio fue el que se comió (cocinado, valga aclarar). Al hacerlo sintió una rara combinación de sentimientos, pero fundamentalmente: venganza que hacía justicia.

Un pequeño hueso del pie -una falange del dedo gordo más precisamente- fue agregado a su collar, que sigue luciendo altiva en su mundo, esa selva que la vio nacer y crecer como hija de un soberano.

En Italia Pasquale nunca supo el final de esa historia; más aún, nunca supo nada de su madre. Sus abuelos silenciaron los hechos, y el muchachito creció convencido de otra versión, la que le inventaron, mucho más suave. Ahora es músico. Más exactamente: etnomusicólogo y -¿astucias de la razón?, ¿ironías del destino?- está por viajar al Amazonas para estudiar en terreno la música de los pueblos mawambi, en las profundidades de la selva peruana.

Tomado del libro “Historias dulces color de rosa”, de próxima aparición.

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Las preguntas en la literatura de Edgar Borges (El por qué de los quién mató a…)

Javier Farto (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Con cierta frecuencia Edgar Borges (Caracas 1966) utiliza ciertos elementos de la novela negra, pero lo cierto es que tiende a la transgresión del género. Podríamos decir que todo comenzó en la Grecia Clásica, pero eso sería aventurarnos demasiado (sí es cierto que el drama de Sófocles “Edipo Rey” contiene un asesinato, pero también lo es que carece completamente de misterio). Por lo tanto, la consideremos un elemento precursor, de la misma forma que, ya más cercanas, consideramos a las novelas de aventuras del siglo XIX. Lo cierto es que las habilidades físicas de los protagonistas comienzan a ser sustituidas por capacidades intelectuales.

Diremos que Edgar Allan Poe fue el primero. Está aceptado que su obra “Los crímenes de la calle Morgue” constituye el nacimiento del género. Por primera vez, la narración sigue, no la secuencia temporal de los hechos, sino la de su descubrimiento. En este proceso de “resolución”, el lector va a ir poco a poco uniendo elementos, juntando los cabos sueltos que le proporciona el detective protagonista (Dupin en Edgar Allan Poe, Holmes en Arthur Conan Doyle, Poirot o Miss Marple en Agatha Christie), sin cuya extraodinaria y racional ayuda el descubrimiento se antoja imposible. Tenemos ya un misterio, y un detective para desentrañarlo. De este detective podríamos decir que vive fuera del mundo, ya que en la mayor parte de los casos utiliza puramente su intelecto para resolver el crimen (rara vez baja al terreno de lo puramente físico, de la violencia contra el criminal). A la manera de Mann (que tan bien plantea el conflicto entre vida y arte) el detective es un artista. Para tareas mundanas ya tenemos a sus acompañantes: un ayudante, incapaz y que constituye una especie de nexo con el lector,. El ayudante establece con éste una dialéctica, a veces casi platónica (ya que es el detective el que en todo momento guía el diálogo y sus conclusiones, conclusiones que llegarán al lector a través de este ayudante). No podía faltar la policía, también inoperante en lo que a la resolución del problema se refiere y reducida a actividades puramente físicas: se encargará de ir al lugar del crimen, indagar inicialmente en el problema (demostrando su incapacidad) y en muchas ocasiones, se encargará de la detención final, reafirmando la idea de que el detective está alejado de lo físico.

Con el tiempo se fue produciendo un acercamiento de este personaje al mundo, así como un cierto descreimiento en cuanto a la resolución del misterio únicamente por habilidades puramente deductivas (herencia de un positivismo que todo lo cifraba en la razón). El detective se hace humano; une a sus capacidades deductivas (no siempre gigantescas) sus propias virtudes y defectos, y cierto elemento emocional comienza a tomar forma. El interés ya empieza a desplazarse; no está sólo en descubrir el misterio que rodea a un crimen; está también en comprobar como son las gentes que viven en ese mundo criminal. Ahora el ambiente comienza a cobrar importancia: un ambiente que en la mayor parte de los casos es duro y así deforma al detective, al que vuelve violento en muchas ocasiones. Además de descubrir al criminal, hay que superarlo, no verse arrastrado por su modus vivendi. Tanta victoria es la detención como conseguir conservar un atisbo de ética (aunque sea muy personal, muy propia) en un entorno hostil. El detective no puede estar ya ajeno al mundo, pero no puede rebasar tampoco una línea (necesita seguir un límite).

En ¿Quién mató a mi madre? (Ediciones Irreverentes. Madrid 2008) Edgar Borges explora a una persona, ya muerta, indaga sobre su identidad. Van a ser un libro y entrevistas con los dos hijos de la víctima los que usaran los detectives para tratar de echar luz sobre el asunto. La resolución del misterio se mezclará con una indagación de la identidad en la víctima (problema casi obsesivo en la literatura de Edgar Borges). El autor plasma aquí una serie de tesis casi estructuralistas (recordamos al recientemente fallecido Claude Lévi-Strauss): sólo podremos conocer a la Madre muerta a través de las relaciones con el resto de su familia, ella forma parte de esa estructura y sólo en ella la podemos conocer. El problema será que la visión individual de cada hijo no podrá ser más diferente (debido a la diferencia existente en el “ideal” de persona entre ambos). Así veremos a la madre como un ser excelso que odia lo vulgar, lo cotidiano, o bien como un ser odioso, precisamente por esa pretensión continuada de ser genial, de amar lo extraño, lo inverosímil. El contraste con la figura del padre, en este caso una persona muy convencional, se muestra entonces muy claro, e inundará toda la obra como una clásica lucha gnóstica entre bien y mal (pero la identificación variará según el hijo que hable). La madre y el padre serán personajes que nunca se harán presentes. Serán conocidos estrictamente por el testimonio de otros.

Especialmente interesantes se presentan las entrevistas y la presentación de escenarios. Como en la obra posterior del mismo autor (recordemos ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe? Grup Lobher Barcelona 2009) se presenta aquí un escenario que recuerda al teatro: es mínimo y por ello, vital.

La acción transcurre en una casa, y diríamos mejor que en la mayor parte de la historia, en una parte de la misma, una parte mínima y donde Edgar Borges presenta una serie muy escasa (e imprescindible a mi juicio) de elementos, que son altamente significativos y simbólicos. Entre todos ellos se destaca una pequeña biblioteca, que resultará fundamental para el desarrollo de la trama. En torno a la misma crece la figura de la madre, del padre, de los hijos, de los libros escritos por la familia, de los detectives. Aquella biblioteca (apenas una estantería) es un espacio generador de esta narración, casi (simbólicamente) de la literatura en sí.

Gran parte de lo demás es espacio vacío. De vez en cuando sabemos que algo está ocurriendo fuera de nuestro alcance (escuchamos sonidos) como si estuviésemos en una obra de teatro que pretendiese romper la cuarta pared, la del público, sugiriendo que hay una historia que discurre más allá de la historia misma, una especie de metahistoria. Como hay espacio vacío, también hay espera, un tiempo vacío que se sugiere al hablar de la cantidad de entrevistas que los detectives van a realizar, La idea de que todas ellas son necesarias para la resolución. Mientras no se finalice, toda acción ajena a la historia va a ser suspendida, eliminado cualquier atisbo de vida normal fuera de la resolución del problema: los personajes no viven, sólo tratan de resolver el misterio.

Lo intentarán, y verán que no podrán. Jorge Luis Borges habló de la historia como creación literaria y, por tanto, de una cierta creación de la vida en sí. Edgar Borges sigue la línea: aquí los derroteros vitales están indisolublemente unidos a la literatura (ésta es, por tanto, un ente creador). Y si la literatura es fuente de vida, también lo es de locura; la locura que se manifiesta en esos personajes Beckettianos que siempre parecen resueltos a esperar un poco más; esperar por el fin de un proceso que, como el de Kafka no lo tiene; esperar, en definitiva, condenados a ser siempre unos observadores del pasado de su madre muerta: ¿conseguirán algún día la redención?

Javier Farto es escritor y crítico literario de España.

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Carta abierta al Sr. Presidente Barack Obama

Oscar Abudara Bini (VOLTAIRE NET)

Carta abierta dirigida al Presidente de los Estados Unidos, Sr. Barack Obama por un ciudadano argentino, el doctor en psiquiatría e investigador independiente, Sr. Oscar Abudara Bini.

SOLICITA SER RECIBIDO EN AUDIENCIA PERSONAL EN WASHINGTON DC, POR EL SEÑOR PRESIDENTE DE LOS EE.UU.

Motivo: Poner nuestra capacidad y experiencia al servicio de las políticas de paz del señor presidente de los EE.UU.

Sr. Presidente de los EE.UU.
Dr. Barack OBAMA.
LA CASA BLANCA.
WASHINTON DC, USA.

Excelentísimo señor presidente, no debería sorprendernos la cara negativa de la reacción internacional al Premio Nobel de la Paz, que le ha sido otorgado. Desde antes de ganar la elección primaria y apenas asumir, soplaban huracanados presagios negativos sobre su persona y una gestión que ni había comenzado. A pesar de que haya otros luchadores por la paz que hubieran sido mejores candidatos, siento que de forma inédita, se está premiando su apuesta por la Paz en un momento que así lo requiere.

En mi país, la Argentina, bastó un corto tiempo en 1976, para desencadenar un tsunami de horror y terror. Treinta y tres años después, seguimos trabajando para arribar a la paz, justicia y concordia entre nosotros.

La guerra y el terrorismo, se desencadenan en un instante, basta lanzar bombas y colocar explosivos en los lugares adecuados. Pero la “lucha” por la paz, no se concreta en santiamén y mediante una orden.

La paz es una construcción laboriosa que requiere un trabajo ciclópeo y la mano tendida con muchas personas. Es fácil enfrentar pueblos unos contra otros y a los pueblos entre sí, pero el “armado” de la paz es muy complejo. Es necesario contemplar intereses y pasiones contrapuestas, exacerbadas por los odios, causados y multiplicados por la guerra y el terrorismo y esto no es tarea para un solo hombre ni un solo país.

Cómo médico, me duele que su política intentando que sectores humildes de su pueblo accedan a la salud y educación, genere un daño colateral en el inteligente pueblo norteamericano, llevándolo a asociar a Barack Obama con un cabo alemán que infringió al pueblo judío el mayor de los daños y costó al mundo millones de víctimas. ¿Qué explosivo moral y político hay que lanzar en los EEUU, para que su propuesta de una mejor salud, sea puesta patas para arriba y analogada a la gestión de Herr Hitler?

Como cineasta, llevo 12 años de censura en mi país, por haber intentado tibia y respetuosamente advertir con una película, que el milenio, tenía malos presagios en la economía y la sociedad argentina.

Fui llevado por la fuerza de los hechos, a estudiar el terrorismo que realizó atentados en Buenos Aires (1992 y 1994) y llegó al paroxismo demencial en suelo norteamericano el 11.9.2001.

Las profecías de odio, iniciadas a principios de los años 90 y desbocadas a partir del 11.9, fueron seguidas por guerras, terror y cárceles donde se ha superado la barbarie del lll Reich.

En mi caso personal, no bastó con la censura y la persecución a mi persona. Personas desconocidas cultivadoras del Mal, coaccionaron a mis ancianos padres, en un intento postrero para torcer mi posición anti-terrorista. Me llevó tiempo y un lógico dolor, comprender que el poder judicial de mi país, no podía de ninguna manera investigar estos fenómenos.

Como hijo de padre judío, me siento afectado por el clima adverso que tiene a Israel e Irán como Escilas y Caribdis, riesgosos para toda nave que transite en aras del comercio, el diálogo y el intercambio cultural. Creo que mi excelente relación con las partes y la comprensión íntima del espíritu de su gestión de Paz, podría aportar un grano de arena a tan delicada cuestión.

Fue sencillo, obtener conductas generales de “obediencia debida” a las políticas negativas de su antecesor y difícilmente encontraremos alguien que haga un mea culpa al respecto. ¡No lo encontramos nosotros en los responsables de lo sucedido en la Argentina en los años 70 y llevamos más de treinta años buscando!

Le debemos a Hanna Arendt y Wilheim Reich la explicación de este tipo de fenómenos, descripto como burocratización de la barbarie, donde pueblos enteros se transforman en simple número a exterminar.

Tiene derecho señor presidente a pedirme la mayor precisión para el terror que me anima, sobre una posible guerra de Israel y EEUU contra Irán, lugares tan apartados de mi país, pero en los que sin embargo la Argentina está involucrada.

Me aterra la posibilidad de una guerra, donde, no se haya tenido en suficiente consideración el costo de víctimas y daños colaterales específicos.

Según los war games que vengo estudiando, un ataque a Irán, tendría como posible efecto inmediato, la muerte de varios millones de iraníes y el hundimiento de la flota americana que está a tiro de cañón de las costas iraníes. Recuerdo los intentos del almirante americano William Fallon tratando de advertir al presidente Bush, sobre el número de soldados americanos que podrían morir en las primeras horas de la contienda.

¿No importan esos soldados americanos y los 30.000 judíos que viven en Irán desde tiempos inmemoriales? Su antecesor podría retrucarme diciendo con el énfasis que lo caracterizó “se trata de daños colaterales, es el costo para acceder al Bien superior de terminar con la encarnación satánica que yo afirmo que es el país de los antiguos persas”.

Según los estudios militares a los que he accedido, luego de los primeros bombardeos mutuos, podría seguir una lluvia misilística de Irán sobre Israel, causando en corto tiempo una suma de varios centenares de miles de muertos palestinos e israelíes.

¿Se estaría promoviendo inadvertidamente un nuevo crimen en masa contra el pueblo palestino y una segunda shoah contra el pueblo judío?

Señor presidente, alguno de sus generales podría decirme que seguramente eso no va a ocurrir, que un ataque a Irán se consumará en un santiamén y que el costo de vidas americanas, judíos iraníes y judíos israelíes será despreciable.

¡Una promesa parecida, de guerra fácil y rápida, se le hizo al mundo respecto de las invasiones a Irak y Afganistán, países con un poder militar varias veces inferior al de Irán!

No puedo esperar que su alta jerarquía y capacidad, se ponga a la altura de un modesto ciudadano de un país en desarrollo como el nuestro. Pero, le ruego doctor Obama que considere la posibilidad de que muchos americanos, ciudadanos de cualquier lugar y los propios israelíes tengan similar preocupación. Señor presidente, decirle “sí” a la Paz no es simple, requiere vencer al terror, a la pasividad y tomar compromisos que de inmediato resultan blanco de antipatías y odios residuales.

Dejarlo a usted sólo y aislarlo en su pasión por la Paz, no es cosa que al menos yo pueda hacer sin perder la tranquilidad de mi conciencia. Seguramente países, gobernantes y pueblos enteros tienen este mismo deseo, pero no es fácil encontrar la forma adecuada para “trabajar y luchar” por la paz. La pasividad y una actitud contemplativa “sentémonos a esperar que hace Obama”, es lo peor que podría sucedernos en esta situación.

Cómo médico psiquiatra, como cineasta y como investigador del terrorismo, ruego a usted me conceda el honor de una audiencia personal, a fin de ponerme al servicio de sus políticas de paz. En el ínterin, haré lo que humanamente me sea posible e inhumanamente me parezca utópico, pero ideal y en aras de la paz.

A la espera de la más pronta respuesta que las importantísimas funciones a su cargo permitan, le ruego excelentísimo señor presidente, se haga destinatario de mi consideración más distinguida.

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