Jon Juanma (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Marta era una joven mujer de unos veinti tantos años, bella, de curvas marcadas y largos cabellos. Muchacha independiente, de carácter enérgico y sonrisa contagiosa. A pesar de su temprana edad tenía un buen trabajo e importantes responsabilidades profesionales, pero en muchos aspectos era como una niña, y se sentía orgullosa de serlo porque, como Rosseau, consideraba la niñez como el estado más puro del ser humano.
El día en el que empieza nuestra historia, Marta se encontraba en un antiguo barrio de su extenuante ciudad. Una amiga le había comentado un lugar donde conseguir estupendos collares de fantasía, de piedritas y conchitas marinas realizadas por pacientes artesanos de una cooperativa de textiles y complementos. A Marta ese tipo de adornos le encantaba porque al contrario que el oro y las joyas, que detestaba como símbolos de ostentación y explotación, eran adornos de materiales sencillos y bella artesanía. Aunque hubiera podido pagarse esas joyas destelleantes, con la belleza natural que ella misma irradiaba, sin duda hubiera resultado redundante.
Perdida por esa zona de su ruidosa urbe, por la que nunca había transitado y apenas conocía de oídas, de pronto, se encontró delante de una extraña tienda. Se hallaba en un pequeño bajo al final de un callejón estrecho, justo en frente del cual se abría una pequeña placita donde jugaban los hijos de ese típico barrio de clase obrera. Calles de viejo cemento, ausentes de silencios y carteles luminosos, pero llenas de vida.
Entre la tienda y la plaza había un desgastado banco de piedra donde Marta se sentó buscando un poco de reposo. Le dolían los pies de estar toda la mañana caminando en busca de la dichosa cooperativa. A pesar de que su compañera de trabajo Elisabeth, le había indicado con todo lujo de detalles en un mapita, ella no lograba encontrarla de ninguna manera. No era la orientación uno de sus fuertes.
Al principio se quedó un rato mirando al comercio desde fuera. No era muy grande, pero tampoco pequeño. Tenía un mobiliario antiguo. Se encontraba repleto de plantas y flores. Pero sobre todo plantas, de todos los tamaños, dispuestas sobre diferentes macetas, arbolitos de los estilos y gustos más diversos. Después de un rato dudando de si entrar o no, cohibida por la poca luz del local y la imposibilidad de ver a el o la dependiente/a, decidió atreverse y echar un vistazo.
Una vez en el interior, se percató que no había nadie en el viejo mostrador, así que decidió distraerse observando las plantas mientras llegaba el o la propietario/a de ese atípico lugar. Comenzó a admirar las distintas especies, algunas las conocía, pero la gran mayoría no, y éstas fueron las que llamaron más poderosamente su atención. Ojeó varias hasta que llegó a una que, por su inusual belleza, la cautivó completamente. Era un arbolito aproximadamente de su altura, de metro setenta, quizás un poco más. Tenía unas hojas preciosas, verde intenso, y unos extraños frutos que se asemejaban a las uvas, pero ligeramente acabados en punta redonda. También le nacían flores violetas que desprendían un agradable y relajante aroma que se percibía incluso a varios metros de distancia. Acariciando sus suaves hojas tuvo la impresión de que el propio arbolito se dejaba tocar complacido como si fuera una especie de animalito - ¡Qué extraña planta! - pensó. De repente, una voz desde detrás:
-¿Te gusta muchacha?
Marta, despertada de su ensimismamiento con el vegetal, giró la cabeza rápidamente. Era el viejo propietario de la tienda. Hombre de largos y blancos cabellos recogidos en cola, de mirada cansada pero firme, con dos grandes aros adornándoles cada oreja. Alto y embutido en una camisa de cuadros amplia, seguidos de unos jeans desgastados, permanecía a cierta distancia de la joven como juzgándola durante unos segundos que se hicieron eternos. Sus ojos color miel empequeñecidos y enmarcados por unas gafas de pasta pasadas de moda, seguro desde hacía ya muchas primaveras, miraban fijamente a la chica como escrutándole el alma.
Marta se sintió molesta ante la insolencia del viejo. No era como muchos hombres que la miraban de arriba a abajo como si desearan poseerla o comérsela como un burdo trozo de carne, no era esa sensación de “mujer-objeto” a la que, desgraciadamente, estaba tan acostumbrada, la que estaba sintiendo. Al contrario, era una mirada profunda que por la facilidad con la que se colaba por sus ojos, burlando toda resistencia, descolocó su natural confianza en ella misma y por un momento se sintió tambalear.
Aquel anciano poseía un aspecto a medio camino entre un viejo pirata y un profesor de literatura. Al principio Marta se asustó un poco al no advertir su presencia, y luego por la mirada penetrante, pero pronto hablando con él, escuchando su voz madura y sosegada, diáfana de sabiduría y bondad, se tranquilizó. Comenzó a hablarle de los años que tenía la tienda y su pasión personal por la botánica, al cabo de un rato el viejo volvió con la pregunta que le sirvió de presentación:
-¿Te gusta la plantita muchacha?
-Sí, es muy linda – contestó Marta.
-Yo creo que le gustas.
-¿Cómo que le gusto?, ¡si es una planta!... ¡lo dice como si pensara!
El viejo, tranquilo, se limitó a sonreír, sin soltar palabra.
-Digamos que es una planta muy especial. ¿Te gustaría llevártela?
-Esto...sí, pero verá: no entré a comprar nada, estaba cansada de andar y...
-Te la regalo, ¡no quiero ni un centavo por ella!, es más, no tiene precio. No seas tú quien se lo ponga – respondió el viejo con cariño, pero tajante.
-¿En serio señor?, ¿pero por qué a mí? - preguntó Marta con la curiosidad y el ímpetu que le eran característicos y la llevaban en muchas ocasiones a hablar precipitadamente, antes de medir sus palabras.
-Te lo dije muchacha: porque le gustas, esa planta debe ser para ti.
Ante lo ilógico de la explicación ofrecida por aquel carismático anciano decidió callarse, antes de estropearlo todo y que aquel hombre cambiara de idea. La verdad era que el regalo que quería hacerle la ilusionaba enormemente.
Al cabo de unos minutos, el viejo se la preparó para que se la llevase en una cesta donde la metió en una linda maceta y la sujetó delicadamente con una cinta. A continuación le dio una serie de instrucciones sobre cómo cuidarla.
-Verás hija, lo creas o no esta plantita es mágica y si la cuidas te proporcionará una dulce melodía en tu corazón que te ayudará a ser feliz, enfrentando los problemas de la vida pero...
-¿Una dulce melodía en...?
-Sí, en tu corazón. - respondió el viejo taxativamente.
-Como te decía – volvió a recuperar el dulce tono- te hará muy feliz si le proporcionas los cuidados que necesita. Deberás ponerla en un lugar donde le dé el sol, pero sólo hasta el mediodía. Después la cambiarás a la sombra para que descanse hasta que llegue de nuevo el alba. A su vez tendrás que regarla tres veces cada jornada: una por la mañana, otra a la hora de comer (después de lo cual debes apartarla de la luz directa) y otra por la noche. Además, mientras lo haces, lo mejor que podrías hacer también es cantarle una canción, al menos por la mañana y en la noche.
-¿Cantarle una canción como si fuera un bebé? - preguntó con ironía y un poco de desesperación Marta ante las locuras del viejo tendero.
-Sí, cantarle muchacha, eso es; la canción que quieras y se te ocurra, pero con mucha dulzura. Siempre con mucha dulzura y cariño.
-Marta estaba ya a punto de “subirse por las paredes” ante tanta insensatez, pero como intuía que quedaba poco y el viejo le parecía buena persona, decidió pasarle todo aquello.
Los primeros días nuestra protagonista estaba entusiasmada con su nueva plantita, prendada de ella. La colocó en el balcón del piso de alquiler donde vivía ella sola, justo en la parte que daba a su habitación. Cada dos por tres, salía y la miraba, orgullosa de tener la suerte de haber dado con ella. La regaba tres veces al día como le había recomendado el viejo y después de comer la metía a la casa para que no le diese el sol y de paso perfumara su habitación. Pero lo más sorprendente de todo, ¡le cantaba! Pero ya no porque se lo dijera el viejo sino porque a ella le salía del corazón mientras regaba sus hojitas y su tallo. Era algo sorprendentemente natural y no le costaba ningún esfuerzo hacerlo.
Pasaron los días y Marta estaba encantada con su nueva compañera. Le llenaba la casa de un aroma maravilloso, agradable y relajante, que le hacía conciliar el sueño en unos pocos minutos. La joven siempre había tenido problemas de insomnio, incluso su médico de confianza le había llegado a sugerir la ingesta de pastillas para conciliarlo; pero desde el primer día que instaló la plantita en su hogar, le desaparecieron por completo. Ello la tenía particularmente feliz, se sentía muy agradecida al arbolito y lo cuidaba con todo su amor. Ahora se sentía más fuerte, repuesta, con nuevas y renovadas energías para afrontar el trabajo y una alegría que le irradiaba desde dentro hacia fuera (insólita para todos los que la conocían). Incluso las cosas habían comenzado a irle mejor con personas con las que tenía dificultades. Fue el caso de su madre, con la que mantenía una difícil relación. Por una extraña intuición, Marta, le otorgaba el mérito, o la inspiración, a su linda plantita.
Pero el tiempo pasó y Marta se fue acostumbrando a tenerla y fue dando por supuestos sus beneficiosos efectos. Así que al principio poco a poco, y luego de un modo más pronunciado, comenzó a descuidarla. En un comienzo dejó de cantarle algunas noches, porque llegaba a casa muy cansada del trabajo. Otras veces no lo podía hacer por la mañana, porque llegaba tarde a la oficina y entonces la regaba apresuradamente dejándole algunas zonas secas. Eso fue al principio. Más tarde, dejó de cantarle e incluso muchos días, se quedaba en su trabajo y no venía a apartarla de la luz solar a la hora de comer. Algunas veces incluso, cualquier excusa era válida para despreocuparse de ella. De este modo la planta comenzó a estropearse.
Al principio dejó de lucir tan linda y perdió suavidad en la textura de sus hojas. Luego dejó de dar tantas flores y las que le salían parecían endebles y su vida se tornaba sorprendentemente corta. Marta también notó el cambio. Al no oler su perfume (que ya prácticamente ni se percibía por las pocas y débiles flores que nacían), no dormía igual de bien. Frecuentemente se despertaba en mitad de la noche interrumpiendo el sueño y se levantaba al día siguiente sin haber podido descansar lo suficiente. No dormía tan mal como antes de que la plantita entrase en su vida, pero casi.
Un buen día de un fin de semana que estaba más libre de responsabilidades, decidió quedarse en casa a limpiar y ordenar su cuarto. Mirando al arbolito, sintió pena de su aspecto, recordando cómo era cuando lo metió en su casa, en su vida. Así que, decidida, ese día lo regó con mucha tranquilidad, con cariño, y le cantó tanto a la hora del mediodía, apartándolo a la penumbra para que no le siguiera dando el sol; como en la noche, donde le improvisó una bella canción que, además, se la dedicó expresamente. Esa noche Marta se acostó muy feliz, y al cabo de unos minutos, quedó dormida profunda y plácidamente sobre su cama.
Al día siguiente, al despertar, la bella muchacha se levantó con una sensación muy dulce, una mezcla entre descanso y placer. Al mover los muslos para desperezarse notó que su entrepierna estaba completamente empapada. Como una ola que llega de improvisto, recordó el sueño que había tenido durante la noche.
Soñó que el arbolito se transformaba en un bello joven, desnudo, con un tipo perfecto para su gusto: facciones marcadas pero dulces, cuerpo atlético, bien dotado. Mientras estaba en su cama, atónita, observaba cómo el inefable adonis llegaba desde el balcón mirándola fíjamente, entrando en su habitación para colarse en su lecho, sin permisos pero con certezas. La seguridad que desprendía lo hacía, si cabía, más irresistible.
Recordó mientras hacían el amor, la pasión de sus cuerpos deshaciéndose entre gemidos, la varonil voz de su amante susurrándole palabras de amor al oído, sus manos fuertes sujetando su cintura a cada embestida, contorneando sus senos; su lengua danzando a fuego con la suya, visitando su entrepierna henchida, su verga dura atravesando sus gemidos, caliente, embravecida, deseosa de liberarse sobre ella, calmando la sed de su cuerpo trémulo. De sólo recordarlo, se volvió a excitar. Tocó con los dedos su clítoris empapado y seguidamente se los atrajo hacia el rostro para olerlos. No era sólo a ella que olían, no. Era como si en verdad ese extraño amante furtivo la hubiera visitado con nocturnidad y alevosía, dulce alevosía. Como si hubiera estado justo allí, dentro de ella. De recorrer estos recuerdos su mente, Marta comenzó a acariciarse los senos con una mano y con la otra, cada vez más intensamente, el clítoris. Así hasta que tuvo un intenso orgasmo como jamás había sentido por sí misma.
Ese día se fue a trabajar muy feliz, llena de energía, con la determinante decisión de tratar bien al arbolito, de volverlo a cuidar. Sabía que había allí algo de metafórico, algo de justicia natural, o divina. Parecía que si ella trataba bien al arbolito, como decía el viejo “con mucha dulzura”, él también la cuidaría a ella. Y así fue cómo durante un tiempo la planta volvió a relucir, a impregnar la casa con el aroma de sus flores y a vestirse de nuevo verde vida, intenso, radiante, como nunca antes.
Así pasó el tiempo. Pero llegó una época en la que no dejaba de llover en la ciudad. Los días transcurrían con el cielo nublado y la planta no tenía las horas de luz necesarias. El viejo ya le advirtió a Marta sobre esto cuando se la regaló: si bien el clima de la zona se adaptaba muy bien a las necesidades del vegetal, en los días de lluvia el cuidado debía aumentar. Pero Marta, justo por aquel entonces tenía importantes responsabilidades en el trabajo, debía quedarse más tiempo en la oficina y le había salido otra ocupación que compaginaba con el primero. Se trataba de una gran oportunidad laboral que no podía desaprovechar, había trabajado muy duro para llegar hasta allí y ansiaba ascender en su carrera profesional.
Pero todas estas nuevas responsabilidades le absorbían mucho tiempo y ya nunca iba a casa a comer. Es así que la planta comenzó a enfermar de nuevo, pero mucho más rápido que la vez anterior. Todas las flores se marchitaron y ya no desprendía ningún aroma. Estaba mustia, decaída, enferma. Ya no brillaba, a penas era un pálido espectro de lo que había sido. Incluso parecía que no aguantaba con su ligero peso, que su tallo se iba a romper. Se encontraba en un estado lamentable y sus hojas aunque seguían suaves, estaban enfermizas y alicaídas. Marta estaba molesta con la maldita planta (ahora, a veces, la pensaba en esos términos). Le daba rabia y no entendía cómo era que necesitaba de tantos cuidados, cómo en cuanto pasaba un tiempo descuidándola un poco no se mantenía y se estropeaba. Su gran dependencia respecto a ella le sacaba de quicio, la enrabiaba, cuando ella era justo lo contrario: una mujer autónoma, independiente, que no necesitaba a nadie más para avanzar en la vida. Cierto era que no conciliaba el sueño, pero seguía adelante, sin quejarse, sin demandar cuidados, sin esperar socorros.
Recordaba que antes del arbolito, a pesar de que no dormía bien ni quizás estaba tan feliz, tenía más tiempo para ella. Marta reflexionaba cómo había tenido otras plantas antes, cierto que no tan especiales como esa, pero que no requerían de tantos cuidados. Con regarlas dos o tres veces por semana les era suficiente. ¿Y cantar? ... ¡¡Por Dios, si eran plantas!!, ¿Para qué necesitaba una planta que le cantaran?, ¿No era suficiente con que la regara todos los días, que era justo lo que hacía?, ¿Por qué tres veces?, ¿Y por qué apartarla al mediodía cuando ella tenía que estar en el trabajo y venir a casa le suponía una pérdida de tiempo muy grande?, ¿Por qué? ¡Si sólo era una planta, una estúpida planta que ya ni le perfumaba la casa! Al contrario, desde que enfermó, no sabía por qué, pero atraía a su alrededor a unas palomas todas las noches que parecían hacerle compañía, no dejándola conciliar bien el sueño, de nuevo, pero esta vez peor que nunca. Incluso en alguna ocasión tuvo que destruirles unos nidos que habían construido durante la noche entre el suelo y las barandas de su balcón.
Así aconteció todo hasta que un día llegó a casa muerta de trabajar. Había tenido una jornada muy dura, la pasada noche no había podido conciliar el sueño y las jodidas palomas la habían despertado como tres o cuatro veces minándole el descanso. Después de salir de su trabajo habitual tuvo que ir al nuevo para hacer unas pruebas que podrían suponerle un decidido empuje en su carrera. De un lugar a otro, tardó más de dos horas en coche por el maldito tráfico y al llegar a casa, nada más abrir la puerta, oyó las palomas en el balcón. Enfurecida con el cólera condensado por el duro día laboral, se dirigió a su habitación con paso ligero, corrió la cortina y apartó la puerta de cristal que separaba el balcón del dormitorio.
Allí estaban todos como si se tratara de una conspiración: la planta marchita y una decena de palomas revoloteando por el balcón llenándole de mierda todo el suelo. Marta, presa de ira, enloquecida, cogió una escoba y comenzó a lanzar golpes en el aire y a girar sobre sí misma ahuyentando a las despavoridas aves que no tardaron en evacuar el lugar. Cansada por el esfuerzo y el agotamiento acumulado, se dejó desfallecer en el suelo. Totalmente enajenada de sí y con la mente en blanco, sentada en el frío piso, después de respirar unas cuantas veces y retomar el aire, se quedó mirando en silencio al arbolito.
Allí estaba él, parecía que también la estuviese mirando, pero con pena, como implorándole cuidado, el cariño de antaño. Marta se sintió aludida, como juzgada y condenada por el vegetal. Eso ya fue demasiado. Se levantó y se abalanzó sobre el mismo, comenzó a zarandearlo violentamente del tronquito enfermo, mientras lo insultaba y lo maldecía, mientras una lluvia de hojas caían al suelo a cada embestida de Marta contra la plantita moribunda, decenas de hojas suspendidas en el aire los rodeaban adornando la terrible escena. De repente, Marta volvió en sí, y despavorida se dio cuenta de lo que había hecho a su otrora querido plantita: la había dejado desnuda, le había quitado el último halo de dignidad y belleza que le quedaban. Ya no parecía nada especial, ni olía a paz, ni a felicidad. Era un tronco marchito a punto de quebrarse, seco, desnudo en su decrépito presente, huérfano de pasado y desesperanzado de futuro. Marta no soportó verla así, reducida a la nada, después de haber sido su todo; abandonó el balcón y salió despavorida de la casa dejándola tras ella, sin mirar atrás.
Esa noche no durmió en su piso, llamó a sus padres y descansó en su antiguo hogar. No hubiera podido quedarse en su casa después de todo lo ocurrido. Esa noche tuvo terribles pesadillas, pero al levantarse no se acordaba de ninguna concreta. Recordaba borrosamente que había soñado con el amante nocturno de la vez anterior, pero de un modo totalmente diferente. No recordaba nada, a penas imágenes, incertezas inconexas, pero era muy negativo, todo muy negativo, ¡Seguro! Lo que sí sabía es que se sentía horrible por lo que le había hecho a su plantita. Al fin y al cabo era sólo un vegetal, incapaz de defenderse, esclavo de la tierra que tenía en su maceta y del suelo donde ella decidiera colocarla. Además, no le pidió nunca nada y ella sabía cómo tenía que tratarla si quería que la hiciera feliz, porque el viejo le había advertido sobre ello desde el primer día.
Así que se vistió rápidamente y decidió pasar por casa antes del trabajo. El piso de sus padres no estaba lejos, así que se lanzó a correr por la calle en dirección a su querido arbolito. Mientras sorteaba a los viandantes y saltaba por entre las aceras, corriendo entre los coches, pensó que cuando llegara le cantaría la más bella canción a su arbolito, que lo regaría, que no faltaría nunca a la hora de comer para protegerlo del sol y que si ahora no había suficiente luz y necesitaba más cuidados ella estaría allí, porque amarlo era amarse, y aunque así no hubiera sido, tampoco le hubiese importado. Sabía que debía ser así. Simplemente la trascendía, sin comensalismos, sin mutualismos, sin ningún relación comercial de por medio. El vegetal era más importante que nada en su vida y ahora lo veía claro. Ella quería a su arbolito y no le iba a volver a fallar.
Al llegar a su piso, metió las llaves en la cerradura temblorosa, y llena de ímpetu, abrió la puerta y se dirigió veloz al balcón. Al llegar quedó horrorizada ante lo que presenció y lanzó un estruendoso grito mental, porque voz ya no le salía. Un grito desesperado de socorro que abarcó toda su mente, retumbando en lo más profundo de su ser, explotando en el duro silencio de sus oídos y no pudo por menos que formar un manantial de lágrimas que nacían con desesperación de su mirada inmóvil.
La planta no estaba allí, sólo quedaba la maceta. No estaba tampoco la tierra, ni rastro de las palomas, ni de sus huellas. Lo único que quedó en la terraza fueron algunas de las hojas derramadas en el piso la noche anterior mientras la insultaba y la forcejeaba. Estaban medio desechas y un verde sangre se derramaba por todo el suelo, cubriéndolo prácticamente en su totalidad.
La plantita había salido volando de su balcón. Así de sencillo: voló.
Peores cosas se han visto.
Marta salió de su piso de nuevo corriendo, esta vez en dirección a la vieja tienda. Necesitaba hablar con el viejo. Tenía un nudo en la garganta y deseaba que aún existiera una posibilidad de redención. Le diría al tendero cómo podía hacer para que volviera su plantita o si estaba allí con él, quizás refugiándose de ella, no fiándose de que le volviera a hacer daño, que la perdonara, que nunca la volvería a herir, que había ido decidida al piso a tratarla bien de una vez para siempre. Corría y pensaba todo esto, porque tenía que estar viva, de verdad que sí, ¡debía estar viva! Pensaba una y otra vez: “¡Debes vivir!”
Al llegar al estrecho y largo callejón de la tienda, dejó de correr exhausta, y totalmente destrozada por la carrera, comenzó a caminar lentamente hacia el final, donde se encontraba la herbo-floreria. A lo lejos, al término del callejón, se percató de la presencia de alguien en el banco de piedra que mediaba entre la tienda y el parque. Era una mujer anciana, con un ramo de rosas, sentada mirando al lugar donde se encontraba la tienda. “Se encontraba”, porque allí ya no había nada. Tan sólo la persiana metálica cerrada y unas sucias ventanas tras las cuales ya no se veía ninguna planta, sino cristales resquebrajados y el local vacío con apenas unos pocos sacos de, parecía distinguirse, cemento. Marta observaba destrozada, ordenando la información, que entraba a golpes en su cabeza.
¿Quieres una flor?
Marta giró la cabeza. Era la vieja del banco que le preguntaba mostrándole una rosa, como invitándole a cogerla.
-¿Quieres una flor muchacha linda?
-No gracias señora, muy amable, pero no buscaba una flor...
-No te preocupes hija, son falsas, réplicas de las verdaderas.
-¿Cómo dice señora?...
- Que son falsas niña. No hace falta ponerlas en agua y nunca se marchitan. Eso sí, oler no huelen mucho, como no sea a plástico... ¡pero no veas cómo quedan en cualquier rincón de la casa!
Dicen que en el lugar donde se encontraba la herbo-floristeria, al poco tiempo, construyeron un centro comercial. Pese a la resistencia vecinal, unos jóvenes de universidades privadas, congregados bajo la Organización Estudiantil a Favor de los Centros Comerciales (OECC), reunieron firmas para conseguir que lo pusieran allí en comunión con unos avispados inversores extranjeros. La zona era una ganga, el precio del suelo muy barato, y estaba cerca de varios complejos residenciales de clase media. Lo único malo fue que hubo que destruir el parque donde jugaban los niños del antiguo barrio obrero, pero eso no fue problema, porque los promotores se comprometieron con la alcaldesa a construir uno nuevo. Pasados los años, nadie supo dónde se encontraba ese parque prometido que siempre, oficialmente, se hallaba “en construcción”, pero nadie sabía por dónde. A no ser claro que fuera, como dicen algunos, la guardería de pago llena de bolas de colores y brillante parqué que instaló una empresa norteamericana en la primera planta del centro comercial, en donde los padres podían dejar “cómodamente” a sus hijos mientras realizaban sus compras.
Dicen también que al poco de inaugurarse el centro, abrieron una inmensa tienda de plantas y flores en la sexta planta, con especies de todos los lugares. Eso sí, de sintético. Diferentes tamaños endosados a la maceta del mismo material para transportar el conjunto unitariamente a cualquier rincón de la casa. Con colores resistentes a la luz por al menos, dicen, 500 años.
Por otra parte y volviendo con nuestra protagonista, dicen que Marta abandonó sus trabajos anteriores y comenzó a estudiar botánica, especializándose en extrañas especies. Dejó su ciudad para siempre y se fue con un grupo de investigadores de diversos países viajando por el mundo. Se trataba de una expedición multidisciplinar con financiación de Naciones Unidas. Dicen que en realidad siempre anduvo buscando a su amado arbolito, pero, dicen de nuevo, se le pasó la vida sin lograrlo. Eso sí, se convirtió en una renombrada botánica y escribió diversos libros en donde descubrió múltiples especies desconocidas, la mayoría en peligro de extinción. Pero cuentan, los que la conocieron bien, que nunca volvió a ser la de antes.
Para finalizar debemos hacer una apreciación. Aclaremos que todo lo anteriormente relatado es lo que “dicen y dicen”, que ya se sabe cómo es la gente; lo que le gusta “decir y decir”, hablar sobre “esto y aquello”, que “yo opino tal”, que “yo pienso en cambio tal otra cosa”, que “ me dijeron que no se qué”, que “te aseguro que quién me comentó sabe del tema”, que “es información de primera mano”, etc. En definitiva, a la gente le gusta mucho inventar y hablar paja. Se debe andar con tiento tal como está el panorama: uno no se puede fiar de cualquiera y tendremos que comenzar por confesar que cuesta reconocer cuando una historia es verdadera, y otras veces, en cambio, puro cuento.
Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, licenciado en Bellas Artes, analista y teórico del socialismo, artista plástico e investigador, inventor del Sociorreproduccionismo Prepictórico.