viernes, 25 de diciembre de 2009

Estas navidades siniestras

Gabriel García Márquez

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero le gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando solo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grande que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que habría de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeron los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no solo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día -como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho y porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, San Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares un oso que había descuartizado en la nieve, y por eso lo proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto al árbol de los juguetes, y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y estos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando donde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

Gabriel García Márquez. Colombiano. Escritor. Premio Nobel de Literatura en 1982.

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El origen de Santa Claus

J. M. Pedrosa (ACIPRENSA)

La leyenda de Santa Claus deriva directamente de las que desde muy antiguo han adornado la figura de San Nicolás de Bari (ca. 280-ca. 350), obispo de Myra y santo que, según la tradición, entregó todos sus bienes a los pobres para hacerse monje y obispo, distinguiéndose siempre por su generosidad hacia los niños.

En la Edad Media, la leyenda de San Nicolás arraigó de forma extraordinaria en Europa, particularmente en Italia (a la ciudad italiana de Bari fueron trasladados sus restos en el 1087), y también en países germánicos como los estados alemanes y holandeses. Particularmente en Holanda adquirió notable relieve su figura, al extremo de que se convirtió en patrón de los marineros holandeses y de la ciudad de Amsterdam. Cuando los holandeses colonizaron Nueva Amsterdam (la actual isla de Manhattan), erigieron una imagen de San Nicolás, e hicieron todo lo posible para mantener su culto y sus tradiciones en el Nuevo Mundo.

La devoción de los inmigrantes holandeses por San Nicolás era tan profunda y al mismo tiempo tan pintoresca y llamativa que, en 1809, el escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859) trazó un cuadro muy vivo y satírico de ellas (y de otras costumbres holandesas) en un libro titulado Knickerbocker's History of New York (La historia de Nueva York según Knickerbocker). En el libro de Irving, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, grueso, generoso y sonriente, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa holandesa. Tras llegar a Nueva York a bordo de un barco holandés, se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas, que sobrevolaba gracias a un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. El hecho de que Washington Irving denominase a este personaje "guardián de Nueva York" hizo que su popularidad se desbordase y contagiase a los norteamericanos de origen inglés, que comenzaron también a celebrar su fiesta cada 6 de diciembre, y que convirtieron el "Sinterklaas" o "Sinter Klaas" holandés en el "Santa Claus" norteamericano.

Pocos años después de la publicación del libro de Irving, la figura de Santa Claus había adquirido tal popularidad en la costa este de los Estados Unidos que, en 1823, un poema anónimo titulado A Visit of St. Nicholas ('Una visita de San Nicolás'), publicado en el periódico Sentinel ('El Centinela') de Nueva York, encontró una acogida sensacional y contribuyó enormemente a la evolución de los rasgos típicos del personaje. Aunque publicado sin nombre de autor, el poema había sido escrito por un oscuro profesor de teología, Clement Moore, que lo dedicó a sus numerosos hijos y nunca previó que un familiar suyo lo enviaría a un periódico Hasta el año 1862, ya octogenario, no reconocería Moore su autoría. En el poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de sonoras campanillas. Su estatura se hizo más baja y gruesa, y adquirió algunos rasgos próximos a la representación tradicional de los gnomos (que precisamente también algunas viejas leyendas germánicas consideraban recompensadores o castigadores tradicionales de los niños). Los zuecos holandeses en que los niños esperaban que depositase sus dones se convirtieron en anchos calcetines. Finalmente, Moore desplazó la llegada del simpático personaje del 6 de diciembre típico de la tradición holandesa, al 25 de ese mes, lo que influyó grandemente en el progresivo traslado de la fiesta de los regalos al día de la Navidad.

El proceso de popularización del personaje siguió en aumento. El 6 de diciembre de 1835, Washington Irving y otros amigos suyos crearon una sociedad literaria dedicada a San Nicolás, que tuvo su sede en la propia casa de Irving. En las reuniones, era obligado fumar en pipa y observar numerosas costumbres holandesas. Ello indica hasta qué extremo habían aceptado esta tradición holandesa los norteamericanos descendientes de otros grupos inmigrantes.

El otro gran contribuyente a la representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante alemán llamado Thomas Nast. Nacido en Landau (Alemania) en 1840, se estableció con su familia en Nueva York desde que era un niño, y alcanzó gran prestigio como dibujante y periodista. En 1863, Nast publicó en el periódico Harper's Weekly su primer dibujo de Santa Claus, cuya iconografía había variado hasta entonces, fluctuando desde las representaciones de hombrecillo bajito y rechoncho hasta las de anciano alto y corpulento. El dibujo de Nast lo presentaba con figura próxima a la de un gnomo, en el momento de entrar por una chimenea. Sus dibujos de los años siguientes (siguió realizándolos para el mismo periódico hasta el año 1886) fueron transformando sustancialmente la imagen de Santa Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente, mandíbula muy ancha, y se rodeó de elementos como el ancho cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo. Aunque fue representado varias veces como viajero desde el Polo Norte, su voluntariosa aceptación de las tareas del hogar y sus simpáticos diálogos con padres y niños le convirtieron en una figura todavía más próxima y entrañable. Cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast pintó su abrigo de un color rojo muy intenso. No se sabe si fue él el primero en hacerlo, o si fue el impresor de Boston Louis Prang, quien ya en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su característico vestido rojo. La posibilidad de hacer grandes tiradas de tarjetas de felicitación popularizó aún más la figura de este personaje, que numerosas tiendas y negocios comenzaron por entonces a usar para fines publicitarios. Llegó incluso a ser habitual que, durante las celebraciones navideñas, los adultos se vistieran como él y saliesen a las calles y tiendas a obsequiar a los niños y hacer propaganda de todo tipo de productos. Entre 1873 y 1940 se publicó la revista infantil St. Nicholas, que alcanzó una enorme difusión.

La segunda mitad del siglo XIX fue trascendental en el proceso de consolidación y difusión de la figura de Santa Claus. Por un lado, quedaron fijados (aunque todavía no definitivamente) sus rasgos y atributos más típicos. Por otra, se profundizó en el proceso de progresiva laicización del personaje. Efectivamente, Santa Claus dejó de ser una figura típicamente religiosa, asociada a creencias específicas de determinados grupos credenciales, y se convirtió más bien en un emblema cultural, celebrado por personas de credos y costumbres diferentes, que aceptaban como suyos sus abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad. Además, dejó de ser un personaje asociado específicamente a la sociedad norteamericana de origen holandés, y se convirtió en patrón de todos los niños norteamericanos, sin distinción de orígenes geográficos y culturales. Prueba de ello fue que, por aquella época, hizo también su viaje de vuelta a Europa, donde influyó extraordinariamente en la revitalización de las figuras del "Father Christmas" o "Padre Navidad" británico, o del "Père Noël" o "Papá Noel" francés, que adoptaron muchos de sus rasgos y atributos típicos.

El último momento de inflexión importante en la evolución iconográfica de Santa Claus tuvo lugar con la campaña publicitaria de la empresa de bebidas Coca-Cola, en la Navidad de 1930. Como cartel anunciador de su campaña navideña, la empresa publicó una imagen de Santa Claus escuchando peticiones de niños en un centro comercial. Aunque la campaña tuvo éxito, los dirigentes de la empresa pidieron al pintor de Chicago (pero de origen sueco) Habdon Sundblom que remodelara el Santa Claus de Nast. El artista, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganase en realismo. Santa Claus se hizo más alto, grueso, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros y amables, y vestido de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la campaña de Coca-Cola de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes. Muy pronto se incorporó a sí mismo como modelo del personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que aparecían en los cuadros y postales. Los dibujos y cuadros que Sundblom pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas navideñas que Coca-Cola realizó en el mundo, y tras la muerte del pintor en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente.

Por el cauce de las postales, cuentos, cómics, películas, etc. norteamericanas, la oronda figura de Santa Claus sigue ganando popularidad en todo el mundo, y hoy puede decirse que constituye la advocación más universal y conocida, y también la más laica y comercial, de todas las derivadas del San Nicolás de Bari que desde el siglo IV se ha considerado tradicional protector de los niños.

Bibliografía:
- Thomas Nast's Christmas Drawings for the Human Race (Nueva York, 1890).
- WEISER, Francis X. Handbook of Christian Feasts and Customs (Nueva York, 1958).
- RODRÍGUEZ, Pepe, Mitos y ritos de la Navidad: origen y significado de las celebraciones navideñas. (Barcelona, 1997).

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¡Felices fiestas!


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Navidad sin miradas

María Cristina Garay Andrade (Desde Monte Grande, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cómo hablarte hermano del olvido y de frente
Cuando veo a tanta gente caminando indiferente
Mirando vidrieras adornadas sin sentido verdadero
Cuando hay niños que tanto sufren en el mundo entero

¿Dónde van nuestras miradas que no quieren ver?
¿A atractivas vitrinas donde guirnaldas se exponen para vender?
¿A morir en borlas doradas, azules, verdes o coloradas?
¿En panes y dulces con nueces y avellanas… sin mañanas?

¿Y cuándo veremos al niño que llora acongojado y espera?
Que en el planeta se termine la impunidad y la ceguera
Aterrado, solo y con hambre marginal de mortajas
Silenciamos conciencias en iglesias donando migajas...

Mientras esas lágrimas sigan en su rostro sucio y tosco
Y la indiferencia siga entre nosotros diciéndonos lo desconozco
No habrá Navidad que juntos un villancico podamos cantar
O podamos en familia una noche conjugar el verbo amar

Navidad es mirar desde la tierra al cielo
Y en todas sus escalas elevar con fuerza plegarias con celo
Compartir el pan de cada mesa con quien necesite comerlo
Y de un cáliz honroso el vino en brindis de augurio beberlo

El Niño que nació con mansedumbre en su confinamiento
A su madre mira con místico deslumbramiento
María con nanas divinas lo acuna a la luz de la luna
El lucero encendido muestra el camino de nuestro destino.

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Marta y el arbolito mágico

Jon Juanma (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Marta era una joven mujer de unos veinti tantos años, bella, de curvas marcadas y largos cabellos. Muchacha independiente, de carácter enérgico y sonrisa contagiosa. A pesar de su temprana edad tenía un buen trabajo e importantes responsabilidades profesionales, pero en muchos aspectos era como una niña, y se sentía orgullosa de serlo porque, como Rosseau, consideraba la niñez como el estado más puro del ser humano.

El día en el que empieza nuestra historia, Marta se encontraba en un antiguo barrio de su extenuante ciudad. Una amiga le había comentado un lugar donde conseguir estupendos collares de fantasía, de piedritas y conchitas marinas realizadas por pacientes artesanos de una cooperativa de textiles y complementos. A Marta ese tipo de adornos le encantaba porque al contrario que el oro y las joyas, que detestaba como símbolos de ostentación y explotación, eran adornos de materiales sencillos y bella artesanía. Aunque hubiera podido pagarse esas joyas destelleantes, con la belleza natural que ella misma irradiaba, sin duda hubiera resultado redundante.
Perdida por esa zona de su ruidosa urbe, por la que nunca había transitado y apenas conocía de oídas, de pronto, se encontró delante de una extraña tienda. Se hallaba en un pequeño bajo al final de un callejón estrecho, justo en frente del cual se abría una pequeña placita donde jugaban los hijos de ese típico barrio de clase obrera. Calles de viejo cemento, ausentes de silencios y carteles luminosos, pero llenas de vida.

Entre la tienda y la plaza había un desgastado banco de piedra donde Marta se sentó buscando un poco de reposo. Le dolían los pies de estar toda la mañana caminando en busca de la dichosa cooperativa. A pesar de que su compañera de trabajo Elisabeth, le había indicado con todo lujo de detalles en un mapita, ella no lograba encontrarla de ninguna manera. No era la orientación uno de sus fuertes.

Al principio se quedó un rato mirando al comercio desde fuera. No era muy grande, pero tampoco pequeño. Tenía un mobiliario antiguo. Se encontraba repleto de plantas y flores. Pero sobre todo plantas, de todos los tamaños, dispuestas sobre diferentes macetas, arbolitos de los estilos y gustos más diversos. Después de un rato dudando de si entrar o no, cohibida por la poca luz del local y la imposibilidad de ver a el o la dependiente/a, decidió atreverse y echar un vistazo.

Una vez en el interior, se percató que no había nadie en el viejo mostrador, así que decidió distraerse observando las plantas mientras llegaba el o la propietario/a de ese atípico lugar. Comenzó a admirar las distintas especies, algunas las conocía, pero la gran mayoría no, y éstas fueron las que llamaron más poderosamente su atención. Ojeó varias hasta que llegó a una que, por su inusual belleza, la cautivó completamente. Era un arbolito aproximadamente de su altura, de metro setenta, quizás un poco más. Tenía unas hojas preciosas, verde intenso, y unos extraños frutos que se asemejaban a las uvas, pero ligeramente acabados en punta redonda. También le nacían flores violetas que desprendían un agradable y relajante aroma que se percibía incluso a varios metros de distancia. Acariciando sus suaves hojas tuvo la impresión de que el propio arbolito se dejaba tocar complacido como si fuera una especie de animalito - ¡Qué extraña planta! - pensó. De repente, una voz desde detrás:

-¿Te gusta muchacha?

Marta, despertada de su ensimismamiento con el vegetal, giró la cabeza rápidamente. Era el viejo propietario de la tienda. Hombre de largos y blancos cabellos recogidos en cola, de mirada cansada pero firme, con dos grandes aros adornándoles cada oreja. Alto y embutido en una camisa de cuadros amplia, seguidos de unos jeans desgastados, permanecía a cierta distancia de la joven como juzgándola durante unos segundos que se hicieron eternos. Sus ojos color miel empequeñecidos y enmarcados por unas gafas de pasta pasadas de moda, seguro desde hacía ya muchas primaveras, miraban fijamente a la chica como escrutándole el alma.

Marta se sintió molesta ante la insolencia del viejo. No era como muchos hombres que la miraban de arriba a abajo como si desearan poseerla o comérsela como un burdo trozo de carne, no era esa sensación de “mujer-objeto” a la que, desgraciadamente, estaba tan acostumbrada, la que estaba sintiendo. Al contrario, era una mirada profunda que por la facilidad con la que se colaba por sus ojos, burlando toda resistencia, descolocó su natural confianza en ella misma y por un momento se sintió tambalear.

Aquel anciano poseía un aspecto a medio camino entre un viejo pirata y un profesor de literatura. Al principio Marta se asustó un poco al no advertir su presencia, y luego por la mirada penetrante, pero pronto hablando con él, escuchando su voz madura y sosegada, diáfana de sabiduría y bondad, se tranquilizó. Comenzó a hablarle de los años que tenía la tienda y su pasión personal por la botánica, al cabo de un rato el viejo volvió con la pregunta que le sirvió de presentación:
-¿Te gusta la plantita muchacha?
-Sí, es muy linda – contestó Marta.
-Yo creo que le gustas.
-¿Cómo que le gusto?, ¡si es una planta!... ¡lo dice como si pensara!
El viejo, tranquilo, se limitó a sonreír, sin soltar palabra.
-Digamos que es una planta muy especial. ¿Te gustaría llevártela?
-Esto...sí, pero verá: no entré a comprar nada, estaba cansada de andar y...
-Te la regalo, ¡no quiero ni un centavo por ella!, es más, no tiene precio. No seas tú quien se lo ponga – respondió el viejo con cariño, pero tajante.
-¿En serio señor?, ¿pero por qué a mí? - preguntó Marta con la curiosidad y el ímpetu que le eran característicos y la llevaban en muchas ocasiones a hablar precipitadamente, antes de medir sus palabras.
-Te lo dije muchacha: porque le gustas, esa planta debe ser para ti.
Ante lo ilógico de la explicación ofrecida por aquel carismático anciano decidió callarse, antes de estropearlo todo y que aquel hombre cambiara de idea. La verdad era que el regalo que quería hacerle la ilusionaba enormemente.
Al cabo de unos minutos, el viejo se la preparó para que se la llevase en una cesta donde la metió en una linda maceta y la sujetó delicadamente con una cinta. A continuación le dio una serie de instrucciones sobre cómo cuidarla.
-Verás hija, lo creas o no esta plantita es mágica y si la cuidas te proporcionará una dulce melodía en tu corazón que te ayudará a ser feliz, enfrentando los problemas de la vida pero...

-¿Una dulce melodía en...?

-Sí, en tu corazón. - respondió el viejo taxativamente.

-Como te decía – volvió a recuperar el dulce tono- te hará muy feliz si le proporcionas los cuidados que necesita. Deberás ponerla en un lugar donde le dé el sol, pero sólo hasta el mediodía. Después la cambiarás a la sombra para que descanse hasta que llegue de nuevo el alba. A su vez tendrás que regarla tres veces cada jornada: una por la mañana, otra a la hora de comer (después de lo cual debes apartarla de la luz directa) y otra por la noche. Además, mientras lo haces, lo mejor que podrías hacer también es cantarle una canción, al menos por la mañana y en la noche.
-¿Cantarle una canción como si fuera un bebé? - preguntó con ironía y un poco de desesperación Marta ante las locuras del viejo tendero.
-Sí, cantarle muchacha, eso es; la canción que quieras y se te ocurra, pero con mucha dulzura. Siempre con mucha dulzura y cariño.
-Marta estaba ya a punto de “subirse por las paredes” ante tanta insensatez, pero como intuía que quedaba poco y el viejo le parecía buena persona, decidió pasarle todo aquello.

Los primeros días nuestra protagonista estaba entusiasmada con su nueva plantita, prendada de ella. La colocó en el balcón del piso de alquiler donde vivía ella sola, justo en la parte que daba a su habitación. Cada dos por tres, salía y la miraba, orgullosa de tener la suerte de haber dado con ella. La regaba tres veces al día como le había recomendado el viejo y después de comer la metía a la casa para que no le diese el sol y de paso perfumara su habitación. Pero lo más sorprendente de todo, ¡le cantaba! Pero ya no porque se lo dijera el viejo sino porque a ella le salía del corazón mientras regaba sus hojitas y su tallo. Era algo sorprendentemente natural y no le costaba ningún esfuerzo hacerlo.
Pasaron los días y Marta estaba encantada con su nueva compañera. Le llenaba la casa de un aroma maravilloso, agradable y relajante, que le hacía conciliar el sueño en unos pocos minutos. La joven siempre había tenido problemas de insomnio, incluso su médico de confianza le había llegado a sugerir la ingesta de pastillas para conciliarlo; pero desde el primer día que instaló la plantita en su hogar, le desaparecieron por completo. Ello la tenía particularmente feliz, se sentía muy agradecida al arbolito y lo cuidaba con todo su amor. Ahora se sentía más fuerte, repuesta, con nuevas y renovadas energías para afrontar el trabajo y una alegría que le irradiaba desde dentro hacia fuera (insólita para todos los que la conocían). Incluso las cosas habían comenzado a irle mejor con personas con las que tenía dificultades. Fue el caso de su madre, con la que mantenía una difícil relación. Por una extraña intuición, Marta, le otorgaba el mérito, o la inspiración, a su linda plantita.

Pero el tiempo pasó y Marta se fue acostumbrando a tenerla y fue dando por supuestos sus beneficiosos efectos. Así que al principio poco a poco, y luego de un modo más pronunciado, comenzó a descuidarla. En un comienzo dejó de cantarle algunas noches, porque llegaba a casa muy cansada del trabajo. Otras veces no lo podía hacer por la mañana, porque llegaba tarde a la oficina y entonces la regaba apresuradamente dejándole algunas zonas secas. Eso fue al principio. Más tarde, dejó de cantarle e incluso muchos días, se quedaba en su trabajo y no venía a apartarla de la luz solar a la hora de comer. Algunas veces incluso, cualquier excusa era válida para despreocuparse de ella. De este modo la planta comenzó a estropearse.
Al principio dejó de lucir tan linda y perdió suavidad en la textura de sus hojas. Luego dejó de dar tantas flores y las que le salían parecían endebles y su vida se tornaba sorprendentemente corta. Marta también notó el cambio. Al no oler su perfume (que ya prácticamente ni se percibía por las pocas y débiles flores que nacían), no dormía igual de bien. Frecuentemente se despertaba en mitad de la noche interrumpiendo el sueño y se levantaba al día siguiente sin haber podido descansar lo suficiente. No dormía tan mal como antes de que la plantita entrase en su vida, pero casi.

Un buen día de un fin de semana que estaba más libre de responsabilidades, decidió quedarse en casa a limpiar y ordenar su cuarto. Mirando al arbolito, sintió pena de su aspecto, recordando cómo era cuando lo metió en su casa, en su vida. Así que, decidida, ese día lo regó con mucha tranquilidad, con cariño, y le cantó tanto a la hora del mediodía, apartándolo a la penumbra para que no le siguiera dando el sol; como en la noche, donde le improvisó una bella canción que, además, se la dedicó expresamente. Esa noche Marta se acostó muy feliz, y al cabo de unos minutos, quedó dormida profunda y plácidamente sobre su cama.
Al día siguiente, al despertar, la bella muchacha se levantó con una sensación muy dulce, una mezcla entre descanso y placer. Al mover los muslos para desperezarse notó que su entrepierna estaba completamente empapada. Como una ola que llega de improvisto, recordó el sueño que había tenido durante la noche.
Soñó que el arbolito se transformaba en un bello joven, desnudo, con un tipo perfecto para su gusto: facciones marcadas pero dulces, cuerpo atlético, bien dotado. Mientras estaba en su cama, atónita, observaba cómo el inefable adonis llegaba desde el balcón mirándola fíjamente, entrando en su habitación para colarse en su lecho, sin permisos pero con certezas. La seguridad que desprendía lo hacía, si cabía, más irresistible.
Recordó mientras hacían el amor, la pasión de sus cuerpos deshaciéndose entre gemidos, la varonil voz de su amante susurrándole palabras de amor al oído, sus manos fuertes sujetando su cintura a cada embestida, contorneando sus senos; su lengua danzando a fuego con la suya, visitando su entrepierna henchida, su verga dura atravesando sus gemidos, caliente, embravecida, deseosa de liberarse sobre ella, calmando la sed de su cuerpo trémulo. De sólo recordarlo, se volvió a excitar. Tocó con los dedos su clítoris empapado y seguidamente se los atrajo hacia el rostro para olerlos. No era sólo a ella que olían, no. Era como si en verdad ese extraño amante furtivo la hubiera visitado con nocturnidad y alevosía, dulce alevosía. Como si hubiera estado justo allí, dentro de ella. De recorrer estos recuerdos su mente, Marta comenzó a acariciarse los senos con una mano y con la otra, cada vez más intensamente, el clítoris. Así hasta que tuvo un intenso orgasmo como jamás había sentido por sí misma.
Ese día se fue a trabajar muy feliz, llena de energía, con la determinante decisión de tratar bien al arbolito, de volverlo a cuidar. Sabía que había allí algo de metafórico, algo de justicia natural, o divina. Parecía que si ella trataba bien al arbolito, como decía el viejo “con mucha dulzura”, él también la cuidaría a ella. Y así fue cómo durante un tiempo la planta volvió a relucir, a impregnar la casa con el aroma de sus flores y a vestirse de nuevo verde vida, intenso, radiante, como nunca antes.

Así pasó el tiempo. Pero llegó una época en la que no dejaba de llover en la ciudad. Los días transcurrían con el cielo nublado y la planta no tenía las horas de luz necesarias. El viejo ya le advirtió a Marta sobre esto cuando se la regaló: si bien el clima de la zona se adaptaba muy bien a las necesidades del vegetal, en los días de lluvia el cuidado debía aumentar. Pero Marta, justo por aquel entonces tenía importantes responsabilidades en el trabajo, debía quedarse más tiempo en la oficina y le había salido otra ocupación que compaginaba con el primero. Se trataba de una gran oportunidad laboral que no podía desaprovechar, había trabajado muy duro para llegar hasta allí y ansiaba ascender en su carrera profesional.
Pero todas estas nuevas responsabilidades le absorbían mucho tiempo y ya nunca iba a casa a comer. Es así que la planta comenzó a enfermar de nuevo, pero mucho más rápido que la vez anterior. Todas las flores se marchitaron y ya no desprendía ningún aroma. Estaba mustia, decaída, enferma. Ya no brillaba, a penas era un pálido espectro de lo que había sido. Incluso parecía que no aguantaba con su ligero peso, que su tallo se iba a romper. Se encontraba en un estado lamentable y sus hojas aunque seguían suaves, estaban enfermizas y alicaídas. Marta estaba molesta con la maldita planta (ahora, a veces, la pensaba en esos términos). Le daba rabia y no entendía cómo era que necesitaba de tantos cuidados, cómo en cuanto pasaba un tiempo descuidándola un poco no se mantenía y se estropeaba. Su gran dependencia respecto a ella le sacaba de quicio, la enrabiaba, cuando ella era justo lo contrario: una mujer autónoma, independiente, que no necesitaba a nadie más para avanzar en la vida. Cierto era que no conciliaba el sueño, pero seguía adelante, sin quejarse, sin demandar cuidados, sin esperar socorros.
Recordaba que antes del arbolito, a pesar de que no dormía bien ni quizás estaba tan feliz, tenía más tiempo para ella. Marta reflexionaba cómo había tenido otras plantas antes, cierto que no tan especiales como esa, pero que no requerían de tantos cuidados. Con regarlas dos o tres veces por semana les era suficiente. ¿Y cantar? ... ¡¡Por Dios, si eran plantas!!, ¿Para qué necesitaba una planta que le cantaran?, ¿No era suficiente con que la regara todos los días, que era justo lo que hacía?, ¿Por qué tres veces?, ¿Y por qué apartarla al mediodía cuando ella tenía que estar en el trabajo y venir a casa le suponía una pérdida de tiempo muy grande?, ¿Por qué? ¡Si sólo era una planta, una estúpida planta que ya ni le perfumaba la casa! Al contrario, desde que enfermó, no sabía por qué, pero atraía a su alrededor a unas palomas todas las noches que parecían hacerle compañía, no dejándola conciliar bien el sueño, de nuevo, pero esta vez peor que nunca. Incluso en alguna ocasión tuvo que destruirles unos nidos que habían construido durante la noche entre el suelo y las barandas de su balcón.

Así aconteció todo hasta que un día llegó a casa muerta de trabajar. Había tenido una jornada muy dura, la pasada noche no había podido conciliar el sueño y las jodidas palomas la habían despertado como tres o cuatro veces minándole el descanso. Después de salir de su trabajo habitual tuvo que ir al nuevo para hacer unas pruebas que podrían suponerle un decidido empuje en su carrera. De un lugar a otro, tardó más de dos horas en coche por el maldito tráfico y al llegar a casa, nada más abrir la puerta, oyó las palomas en el balcón. Enfurecida con el cólera condensado por el duro día laboral, se dirigió a su habitación con paso ligero, corrió la cortina y apartó la puerta de cristal que separaba el balcón del dormitorio.
Allí estaban todos como si se tratara de una conspiración: la planta marchita y una decena de palomas revoloteando por el balcón llenándole de mierda todo el suelo. Marta, presa de ira, enloquecida, cogió una escoba y comenzó a lanzar golpes en el aire y a girar sobre sí misma ahuyentando a las despavoridas aves que no tardaron en evacuar el lugar. Cansada por el esfuerzo y el agotamiento acumulado, se dejó desfallecer en el suelo. Totalmente enajenada de sí y con la mente en blanco, sentada en el frío piso, después de respirar unas cuantas veces y retomar el aire, se quedó mirando en silencio al arbolito.
Allí estaba él, parecía que también la estuviese mirando, pero con pena, como implorándole cuidado, el cariño de antaño. Marta se sintió aludida, como juzgada y condenada por el vegetal. Eso ya fue demasiado. Se levantó y se abalanzó sobre el mismo, comenzó a zarandearlo violentamente del tronquito enfermo, mientras lo insultaba y lo maldecía, mientras una lluvia de hojas caían al suelo a cada embestida de Marta contra la plantita moribunda, decenas de hojas suspendidas en el aire los rodeaban adornando la terrible escena. De repente, Marta volvió en sí, y despavorida se dio cuenta de lo que había hecho a su otrora querido plantita: la había dejado desnuda, le había quitado el último halo de dignidad y belleza que le quedaban. Ya no parecía nada especial, ni olía a paz, ni a felicidad. Era un tronco marchito a punto de quebrarse, seco, desnudo en su decrépito presente, huérfano de pasado y desesperanzado de futuro. Marta no soportó verla así, reducida a la nada, después de haber sido su todo; abandonó el balcón y salió despavorida de la casa dejándola tras ella, sin mirar atrás.

Esa noche no durmió en su piso, llamó a sus padres y descansó en su antiguo hogar. No hubiera podido quedarse en su casa después de todo lo ocurrido. Esa noche tuvo terribles pesadillas, pero al levantarse no se acordaba de ninguna concreta. Recordaba borrosamente que había soñado con el amante nocturno de la vez anterior, pero de un modo totalmente diferente. No recordaba nada, a penas imágenes, incertezas inconexas, pero era muy negativo, todo muy negativo, ¡Seguro! Lo que sí sabía es que se sentía horrible por lo que le había hecho a su plantita. Al fin y al cabo era sólo un vegetal, incapaz de defenderse, esclavo de la tierra que tenía en su maceta y del suelo donde ella decidiera colocarla. Además, no le pidió nunca nada y ella sabía cómo tenía que tratarla si quería que la hiciera feliz, porque el viejo le había advertido sobre ello desde el primer día.
Así que se vistió rápidamente y decidió pasar por casa antes del trabajo. El piso de sus padres no estaba lejos, así que se lanzó a correr por la calle en dirección a su querido arbolito. Mientras sorteaba a los viandantes y saltaba por entre las aceras, corriendo entre los coches, pensó que cuando llegara le cantaría la más bella canción a su arbolito, que lo regaría, que no faltaría nunca a la hora de comer para protegerlo del sol y que si ahora no había suficiente luz y necesitaba más cuidados ella estaría allí, porque amarlo era amarse, y aunque así no hubiera sido, tampoco le hubiese importado. Sabía que debía ser así. Simplemente la trascendía, sin comensalismos, sin mutualismos, sin ningún relación comercial de por medio. El vegetal era más importante que nada en su vida y ahora lo veía claro. Ella quería a su arbolito y no le iba a volver a fallar.

Al llegar a su piso, metió las llaves en la cerradura temblorosa, y llena de ímpetu, abrió la puerta y se dirigió veloz al balcón. Al llegar quedó horrorizada ante lo que presenció y lanzó un estruendoso grito mental, porque voz ya no le salía. Un grito desesperado de socorro que abarcó toda su mente, retumbando en lo más profundo de su ser, explotando en el duro silencio de sus oídos y no pudo por menos que formar un manantial de lágrimas que nacían con desesperación de su mirada inmóvil.
La planta no estaba allí, sólo quedaba la maceta. No estaba tampoco la tierra, ni rastro de las palomas, ni de sus huellas. Lo único que quedó en la terraza fueron algunas de las hojas derramadas en el piso la noche anterior mientras la insultaba y la forcejeaba. Estaban medio desechas y un verde sangre se derramaba por todo el suelo, cubriéndolo prácticamente en su totalidad.
La plantita había salido volando de su balcón. Así de sencillo: voló.

Peores cosas se han visto.

Marta salió de su piso de nuevo corriendo, esta vez en dirección a la vieja tienda. Necesitaba hablar con el viejo. Tenía un nudo en la garganta y deseaba que aún existiera una posibilidad de redención. Le diría al tendero cómo podía hacer para que volviera su plantita o si estaba allí con él, quizás refugiándose de ella, no fiándose de que le volviera a hacer daño, que la perdonara, que nunca la volvería a herir, que había ido decidida al piso a tratarla bien de una vez para siempre. Corría y pensaba todo esto, porque tenía que estar viva, de verdad que sí, ¡debía estar viva! Pensaba una y otra vez: “¡Debes vivir!”
Al llegar al estrecho y largo callejón de la tienda, dejó de correr exhausta, y totalmente destrozada por la carrera, comenzó a caminar lentamente hacia el final, donde se encontraba la herbo-floreria. A lo lejos, al término del callejón, se percató de la presencia de alguien en el banco de piedra que mediaba entre la tienda y el parque. Era una mujer anciana, con un ramo de rosas, sentada mirando al lugar donde se encontraba la tienda. “Se encontraba”, porque allí ya no había nada. Tan sólo la persiana metálica cerrada y unas sucias ventanas tras las cuales ya no se veía ninguna planta, sino cristales resquebrajados y el local vacío con apenas unos pocos sacos de, parecía distinguirse, cemento. Marta observaba destrozada, ordenando la información, que entraba a golpes en su cabeza.

¿Quieres una flor?

Marta giró la cabeza. Era la vieja del banco que le preguntaba mostrándole una rosa, como invitándole a cogerla.
-¿Quieres una flor muchacha linda?
-No gracias señora, muy amable, pero no buscaba una flor...
-No te preocupes hija, son falsas, réplicas de las verdaderas.
-¿Cómo dice señora?...
- Que son falsas niña. No hace falta ponerlas en agua y nunca se marchitan. Eso sí, oler no huelen mucho, como no sea a plástico... ¡pero no veas cómo quedan en cualquier rincón de la casa!

Dicen que en el lugar donde se encontraba la herbo-floristeria, al poco tiempo, construyeron un centro comercial. Pese a la resistencia vecinal, unos jóvenes de universidades privadas, congregados bajo la Organización Estudiantil a Favor de los Centros Comerciales (OECC), reunieron firmas para conseguir que lo pusieran allí en comunión con unos avispados inversores extranjeros. La zona era una ganga, el precio del suelo muy barato, y estaba cerca de varios complejos residenciales de clase media. Lo único malo fue que hubo que destruir el parque donde jugaban los niños del antiguo barrio obrero, pero eso no fue problema, porque los promotores se comprometieron con la alcaldesa a construir uno nuevo. Pasados los años, nadie supo dónde se encontraba ese parque prometido que siempre, oficialmente, se hallaba “en construcción”, pero nadie sabía por dónde. A no ser claro que fuera, como dicen algunos, la guardería de pago llena de bolas de colores y brillante parqué que instaló una empresa norteamericana en la primera planta del centro comercial, en donde los padres podían dejar “cómodamente” a sus hijos mientras realizaban sus compras.
Dicen también que al poco de inaugurarse el centro, abrieron una inmensa tienda de plantas y flores en la sexta planta, con especies de todos los lugares. Eso sí, de sintético. Diferentes tamaños endosados a la maceta del mismo material para transportar el conjunto unitariamente a cualquier rincón de la casa. Con colores resistentes a la luz por al menos, dicen, 500 años.
Por otra parte y volviendo con nuestra protagonista, dicen que Marta abandonó sus trabajos anteriores y comenzó a estudiar botánica, especializándose en extrañas especies. Dejó su ciudad para siempre y se fue con un grupo de investigadores de diversos países viajando por el mundo. Se trataba de una expedición multidisciplinar con financiación de Naciones Unidas. Dicen que en realidad siempre anduvo buscando a su amado arbolito, pero, dicen de nuevo, se le pasó la vida sin lograrlo. Eso sí, se convirtió en una renombrada botánica y escribió diversos libros en donde descubrió múltiples especies desconocidas, la mayoría en peligro de extinción. Pero cuentan, los que la conocieron bien, que nunca volvió a ser la de antes.
Para finalizar debemos hacer una apreciación. Aclaremos que todo lo anteriormente relatado es lo que “dicen y dicen”, que ya se sabe cómo es la gente; lo que le gusta “decir y decir”, hablar sobre “esto y aquello”, que “yo opino tal”, que “yo pienso en cambio tal otra cosa”, que “ me dijeron que no se qué”, que “te aseguro que quién me comentó sabe del tema”, que “es información de primera mano”, etc. En definitiva, a la gente le gusta mucho inventar y hablar paja. Se debe andar con tiento tal como está el panorama: uno no se puede fiar de cualquiera y tendremos que comenzar por confesar que cuesta reconocer cuando una historia es verdadera, y otras veces, en cambio, puro cuento.

Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, licenciado en Bellas Artes, analista y teórico del socialismo, artista plástico e investigador, inventor del Sociorreproduccionismo Prepictórico.

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Acaso fuera otoño

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros.

Las voces que dijimos son pasado perpetuo
porque el ayer no otorga ni el más leve latido.
Después, habremos sonreído al abrochar tu falda
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.

Quizá la noche seguiría detrás de nuestro paso
y tal vez fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.

Cada inicial acorde del ‘amor para siempre’,
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.
Esa despótica más cruel que el mismo olvido,
que a veces nos apiada y nos perdona.

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Perec se asoma entre la niebla

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Georges Perec (París 1936-1982) se asoma entre la niebla y con su sonrisa burlona nos reitera su concepción de la escritura. "Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva. Arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos". Luego se esconde de nuevo como si nos invitara a encontrar, entre la niebla, las pistas de su libro "La vida instrucciones de uso" (Anagrama).

La niebla, esa cosa simplista que satura nuestro presente, ha servido para que de nuevo (y siempre) se asomen los grandes escritores marginales, aquellos que en su momento fueron apartados al rincón del mercado. Y resulta lógico que así sea, pues, la estupidización de los contenidos permite que se destaque el brillo de las pequeñas joyas literarias. Situación que viene ocurriendo con Georges Perec, considerado uno de los padres de la experimentación francesa en la novela de los setenta. Y me gusta pensar que Perec (desde no sé dónde) se burla de la mercantilización actual que padece la novela. O nosotros nos burlamos por él, en su nombre, en tributo a la vida y a la literatura.

En esta necesaria burla están participando pequeñas editoriales. Son los sellos alternativos y no las grandes corporaciones (del entretenimiento) los que se han dedicado a publicar la obra inédita (en español) de Perec. La Uña Rota se encargó de la novela breve "El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento" y la pieza de teatro "El aumento", mientras Impedimenta asumió "Lo infraordinario" y "Un hombre duerme". Aplausos para los traductores, las editoriales y, sobre todo, los lectores que, entre la niebla, atienden el llamado de Georges Perec, un notario de los detalles más absurdos de la cotidianidad.

Miembro del grupo literario Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle, "Taller de literatura potencial"), Perec representa hoy, cuando (más allá de los estigmas sociales) el juego virtual forma parte de la comprensión de los jóvenes, un escritor actual. Y del futuro. Perec es uno de esos autores que, con su escritura, invita a jugar al lector. No hay verdadero divertimento en la literatura desechable (la que atiende, en serie, a las modas); la ecuación es al revés de lo que se nos pretende imponer: una obra es importante (y divertida) sólo si nos entusiasma (con el despertar de la imaginación) a participar en su juego. La obra nos llama y nos convoca a salir de la niebla de una manera aguda, participativa, inteligente. No importa si lo que nos espera es un sendero en medio de abismos aparentemente interminables. Todo a cambio de no permanecer interpretando una mediocre comedia circular dentro de la niebla.

Italo Calvino dijo que "La vida instrucciones de uso", de Georges Perec, era "el último verdadero acontecimiento de la historia de la novela". Y Perec, como un duende que se asoma y se esconde entre la niebla, recorre las grandes superficies, observa la saturación de lo que algunos llaman "novedades" y ríe a carcajada suelta.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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Plástica: El abstracto lírico de Andrés Molina

Jorge Zavaleta (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La obra pictórica del peruano Andrés Molina Aquino, definida como “abstracto lírico”, expresa la transparencia de los colores, la lucidez del mensaje, de la poesía y la literatura.

Psicoanalistas como Max Hernández, estudioso del Inca Garcilaso de la Vega, considera que Molina alcanzó en sus cuadros un difícil equilibrio entre el ímpetu de las pinceladas y la calma de la composición.

La poesía de la paleta de Molina Aquino ha hecho que varios de nuestros importantes poetas lo hayan considerado “Jatun jarawe de nuestra memoria”, cuya obra despierta “bellezas dormidas entre vasijas” y cuyos colores “celebran el conato del rojo indico y la sombra tostada”, agregan Naranjo y José Torres Bohol.

Efectivamente, la lista de premios que ha obtenido en su carrera da testimonio de su valía. Nacido en Lima, director de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú, en la década del 80, poco pudo hacer por la violencia del terrorismo y la escasa preocupación del gobierno aprista, lamentablemente reelegido para el presente quinquenio. Esa escuela hace casi una década no tiene director. La reciente elección del escultor Delfín, para liderar la reorganización tampoco ofrece perspectiva alguna.

Molina coincide que el arte no puede esperar nada del Estado, si seguimos la historia de los últimos cuarenta años. Los más notables plásticos fueron becados por gobiernos extranjeros, principalmente por Francia, pero muy pocos retornaron al país.

Los jóvenes necesitan del Estado porque desarrollar arte plástico demanda costos muy altos. El talento no basta. Quien no posee mínimos ingresos para adquirir los insumos poco o nada puede crear. Movimientos como la pintura de ambientación es un imposible entre nosotros, porque implica elementos electrónicos, pantallas y otros recursos modernos. Hasta los años setenta, el Estado importaba insumos y los comercializaba entre los estudiantes, política que produjo una expectante generación de pintores. Por cierto, vivimos tiempos distintos, donde el artista depende de su propio talento, de su propio esfuerzo, y de un libre mercado entre rejas.

Volviendo a su obra, este mes se exhibe en la galería del Colegio de Arquitectos del Perú. Los títulos de sus óleos brotan de su integral formación plástica: los arenales del insomnio, por los espacios diáfanos, en blancos espacios de soledad, lejanos horizontes de soledad, rojos y oros como resplandores, sombras y lunas plateadas, a la sombra de un árbol de latidos…

Molina estudió dibujo y pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima, cuando eran directores Carlos Quispez Asín (1958 -1959) y Ricardo Grau (1960-1963). Entre las numerosas distinciones recibidas destacan la de director de la antigua Academia de Arte “Adelina Concha”, profesor de Arte Terapia de los Talleres de Arte Psicópata lógico del Centro de Salud Mental “Honorio Delgado” y la de Director General de la Escuela Nacional de Bellas entre 1985-90. Su obra ha visitado prestigiosas galerías de su país y del exterior como Martha Faz de Santiago de Chile, Columbus Musseum of Art Association, Museo Nacional de Colombia, Festival de Arte Moderno de Japón, City Holl de Copenhague.

Diversos críticos coinciden que la pintura de Molina refleja el dilema central de nuestra existencia: “un confuso y globalizado mundo de grandezas y miserias”. Su creación abstracta - como señalaba Juan Manuel Ugarte, uno de los más grandes pintores del Perú y promotor desde la Escuela Nacional de Bellas Artes - pertenece a esa condición de apasionado y permanente estar en pintor, tensión y regocijo que se sólo se cumplen cuando premunido del pincel en la mano describe en impostaciones y tersuras el bullante mundo de forma y la visión interior del artista creador”.

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Guerra prolongada se necesita

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Difícilmente se pueda encontrar hoy un escenario político tan complejo como el de Estados Unidos, escenario por donde van y vienen los presidentes y los candidatos a suplantarlos. Y desde luego no están solos, por el mismo escenario van y vienen el trabajador desempleado, el deudor de un préstamo hipotecario amenazado de desalojo de su casa por falta de pago, el inmigrante ilegal devuelto a su país de origen. Son millones, la sociedad del sueño americano no los quiere pero reclama su voto en las elecciones, donde el republicano representa lo conservador, el demócrata el cambio, aunque hay cuestiones en que ambos partidos sostienen propuestas similares.

Por su parte, los analistas intentan develar la incidencia de distintos factores sobre este escenario de crisis, sea el aumento en los precios del petróleo y de otras materias primas destinadas a sustituirlo, sea la inflación aceptada como medicina dolorosa (o bien recombinada como estanflación) sea la caída del dólar, la concentración de capitales, y la lista no se agota. Hay quien asegura que la crisis económica tiene para largo, otros la reducen a financiera, hay quien constata evidentes signos de recesión. Hay quien culpa a los bancos. Hay quien es optimista, y afirma “que lo peor ya pasó” y que se están tomando las medidas adecuadas, hay quien es pesimista y sostiene “que lo peor está por venir”. Más allá de los nombres y de los pronósticos, un fenómeno se destaca: el desempleo cuya tasa ha alcanzado el 10.5 %. El desempleo evoca aquel fantasma de los años treinta, las colas para recibir un plato de sopa. Y se conecta con otro factor en juego dentro del escenario complejo: la guerra de Irak, ese pantano de arenas, hoy combinado con un nuevo conflicto militar, la guerra de Afghanistán, sin olvidar los aprestos nucleares de Irán. Ahora bien, veo los conflictos bélicos tanto contra el enemigo externo como contra el enemigo interno, todo el peso de la destrucción y muerte, todo el terrorismo, y la propaganda van contra el enemigo externo pero el verdadero objetivo reside dentro.

La guerra de Irak fue declarada “por error” creyendo que había armas de destrucción masiva en territorio irakí, guerra proseguida a lo largo de varios años “por estrategia”, es decir, perseverando en el error. Tan reñida está la guerra de Irak con la lógica, que muchos se preguntan si no habrá algo más. Y sí, lo hay, desde luego se trata del control del petróleo de Medio Oriente. Pero no es todo, hay más todavía: la conexión de guerra con desempleo. Fue la II Guerra Mundial, asevera el general Eisenhower en sus memorias de la Casa Blanca, la que acabó de pagar las facturas de la crisis de los años treinta, en especial el desempleo. No lo dice Fidel Castro sino Ike Eisenhower, el victorioso comandante en jefe de las tropas aliadas de Occidente en la II Guerra Mundial y más tarde presidente de Estados Unidos por el Partido Republicano.

La cifra estimada de bajas de los Estados Unidos en aquella guerra, es de cuatrocientos mil. Y aquí viene la relación con el empleo. Cada una de las bajas se corresponde con un puesto de trabajo que queda vacante, sea en fábricas, sea en tareas agropecuarias, y será cubierto si se trata de producción destinada a abastecer a las tropas en combate. La guerra tiene prioridad absoluta. De modo que las cosas han cambiado. ¡Y de qué manera! Lo que antes sobraba, la mano de obra, ahora escasea, tanto para hacer de la tela un uniforme de combate, tanto para fabricar aviones cazas en lugar de automóviles. La mujer se incorpora a la producción, el triunfo lo dará la velocidad con que se logre remplazar la flota diezmada en Pearl Harbor, y mientras tanto, silenciosamente, el desempleo será derrotado… ¿por cuánto tiempo?

La II Guerra Mundial en los años cuarenta, el conflicto armado de Corea en los cincuenta y, ni qué hablar, la guerra de Vietnam de los años sesenta a los setenta poseen el mismo efecto curativo, Estados Unidos llega a movilizar medio millón de hombres con motivo de Vietnam. En fin, la crisis capitalista en su efecto desempleo se va paliando de década en década. Todos estos años esperando la bendición de una buena guerrita, una guerrita en serio, no como la Tormenta del Desierto, que nada duró. No ocurre, muy bien, habrá que inventarla lanzando al aire la versión de las armas de destrucción masiva en poder de Irak, e interviniendo militarmente antes que pidan cuentas. ¡Y el ejército enemigo que se nos rinde a las puertas de Bagdad sin pelear! Por suerte, se armó de inmediato una resistencia clandestina contra nosotros, y aquí estamos, amarrados a la necesidad iraquí de mantenerse en pie de guerra y a la nuestra frente al crecimiento del otro ejército, el industrial de reserva, formado por los desocupados. ¿Se imaginan lo que sería el regreso de golpe de los ciento cincuenta mil asignados al frente más los que cumplen el apoyo logístico? Cualquier cosa menos un trabajador desocupado y rabioso contra el sistema, mil veces preferible un soldado en el frente que no discute las órdenes al punto de rendir la vida. Y que, cuando comienza a manifestar su descontento incluso en las filas, se acuerda la paz… ¿por cuánto tiempo? Es una pregunta que había comenzado a ser contestada por el terrorismo con múltiples atentados contra las bases militares estadounidenses en todo el mundo, culminando al abatir las torres gemelas aquel 11 de septiembre que da en el corazón de New York y del orgullo americano, al descubrirse EU vulnerable en su propio territorio.

El terrorismo. Enseguida la gente comprendió. Ésta es una guerra y va a durar semanas, sino meses, se dijo aquel 12 de septiembre, y la gente pensó: entonces esto va para años. Precisamente, se dijo días después, y la gente pensó: bueno, bueno, mejor será ir acostumbrándose a convivir con el terrorismo. ¿Se acuerdan de la película “Brazil”? La recomiendo. En un escenario situado en un futuro próximo, un terrorista pone una bomba en un restaurante volándolo al 50%, sector donde quedan cadáveres destripados y sanguinolentos, mientras que en el otro 50% la gente sigue comiendo y platicando como si nada, el gerente coloca un biombo para evitarles la vista desagradable. ¿A eso vamos? Tal vez. “Cosas veredes, Sancho…”

Pero, hay que reconocerlo, la guerra de Irak ha decepcionado. Lleva varios años y, a diferencia de la II Guerra Mundial, la de Corea o de Vietnam, otras son las cifras. En Irak, los muertos estadounidenses no pasan de cinco mil. Así no vamos a ninguna parte, el grueso de los soldados desmovilizados se reintegrará al ejército industrial de reserva o se pondrá a limpiar la basura de las calles. No los mandamos a Irak para eso, qué caray.

En fin, desde el comienzo previne sobre lo complejo de la coyuntura, el escenario político. No sólo en Estados Unidos, sino en el mundo entero, el hambre y la guerra están a las puertas, no, más que eso: ya entraron, convivimos con ellos, y hay una noticia que agregar: se ha ampliado una fuente de trabajo, a saber: los fabricantes de armamentos atienden puntualmente los pedidos y sugieren, como al cepillo de dientes, renovarlo cada tres meses.

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Cine: La traición de John Boyne

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El editor de la versión literaria de El niño del pijama de rayases bastante claro al advertirnos:

Estimado lector, estimada lectora:

Aunque el uso habitual de un texto como éste –el que va en la parte posterior de un libro– es describir las características de la obra, por una vez, nos tomaremos la libertad de hacer una excepción a la norma establecida. No sólo porque el libro que tienes en tus manos es difícil de definir, sino porque estamos convencidos de que explicar el contenido estropearía la experiencia de la lectura. Creemos que es importante empezar esta novela sin saber de qué trata.

No obstante, si decides embarcarte en la aventura, debes saber que acompañarás a Bruno, un niño de nueve años, cuando se muda con su familia a una casa junto a una cerca. Cercas, como ésas, existen en muchos sitios del mundo, sólo deseamos que no te encuentres nunca con una.

Por último, cabe aclarar que este libro no es sólo para adultos; también lo pueden, y sería recomendable que lo leyeran, niños a partir de los trece años de edad.

Cuando leí esta nota, no pude dejar de sentir admiración y gratitud ante una tan original propuesta, que me resultaba toda una invitación a quedarme callado cuando supiera el final de la novela, para hacer que los otros lectores John Boyne, tuviesen toda una experiencia inédita, pero no dejaba, cómo gran aficionado al cine, que soy, de hacerme la ilusión de poder ver algún día la película anunciada en la solapa, como producción en preparación de Miramax/Disney, bajo la dirección de Mark Herman .

Y el filme llegó, para mi gusto, demasiado pronto, cuando apenas tenía conciencia del gran boom ocasionado por una novela editada en lengua inglesa, en el 2006 y, en español, en el 2007, de tal suerte, que dada mi lentitud como lector, la comercialización de la película me sorprendió cuando aún no la había terminado pero acepté adelantarme a ver ese final, que se esperaba que me estuviera reservado para cuando cerrara la última página del libro, de tal forma que cuando pasaban los títulos finales de la cinta, no pude dejar de sentir cierto enojo con John Boyne, por haber frustrado mi experiencia literaria, a raíz de un pacto demasiado prematuro con la industria del cine, al vender a Hollywood, los derechos de autor.

Y creo que ahí se plantea un problema en relación con el tema de la literatura en el cine, problema que no existía para William Shakespeare, Charles Dickens, los grandes maestros de literatura rusa, y toda esa pléyade de autores que vivieron y realizaron sus creaciones antes de que los hermanos Lumière inventaran su linterna mágica y Hollywood emprendiera su fábrica de sueños, para tender sus redes a jóvenes escritores, y no sé si sea demasiado injusto, al expresarlo de esta manera, fascinados con el éxito de su creación y, tal vez, tan incautos como Pigmalión, que corren el riesgo de echar a perder su buena literatura al convertirla en imágenes cinematográficas, aunque para fortuna de Boyne, no pareciera, ser éste el caso, así se critique que al final, el director de la película recurra a viejos efectos especiales, como ese de los truenos, uno de los clichés hollywoodenses para aumentar el dramatismo de algunas escenas.

Pero la verdad es que el realizador británico Mark Herman logra hacer un buen uso de la literatura de Boyne, al que es bastante fiel, como el mismo novelista se lo solicitara. Así el valor literario de su obra no se pierde, lo que sería una lástima que ocurriera, ya que a la narración del irlandés no es un simple producto de la sociedad de consumo, y creo que ambas producciones, la literaria y la cinematográfica, bien deberían pasar al lugar de clásicos en la literatura y el cine juveniles, ya que ambas logran mirar a través de un nuevo vértice el Holocausto, con un punto de vista absolutamente original, ya que la historia no es contada desde la perspectiva del mundo adulto, como usualmente nos la han transmitido, aún en la magistral película La vida es bella sino que es narrada a a la luz de unos ojos infantiles, que asisten perplejos a un mundo de injusticias sin par, que no logran entender; ya que es demasiado duro comprender que algo cómo la política nazi pueda ser obra de sus compatriotas, avalada por su propia familia, así el chiquillo desconozca aquella banalización del mal, denunciada por la insigne filósofa Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén.

Bruno no está en condiciones de entender que su padre sea un cruel villano, asunto que le desmiente su propia hermana; para el niño es un pater familias, un patriota, que sueña con el renacimiento de Alemania, tras las humillantes condiciones, en las que el pueblo germano quedara tras el Tratado de Versalles, cosa que si bien Bruno no podría comprender en todas sus dimensiones, si lo podemos hacer los lectores o espectadores, que alguna cosa sabemos de esa ominosa historia; incluso, el “buen” nazi es el soñador de una utopía, como todas, que aspira a la realización en la tierra de un bien supremo, y sabe callar aquello que de siniestro puedan tener muchas de las circunstancias que se dan en lo cotidiano.

Por eso, el chiquillo confunde el campo de concentración con una granja, los trajes de presidiarios, con pijamas, e incluso se deja desinformar, para ser leal a sus amores, con la propaganda que, la mala conciencia nazi puede vender acerca de los campos de exterminio como mundos felices.

Y ahí, está lo más original de John Boyne, en el encuentro entre un niño alemán y un niño judío, separados por una alambrada, que ambos viven como absurda, de tal suerte que esperan que cuando estalle la paz, puedan reunirse en Navidad en la casa de Berlín, cuando no se parta del presupuesto que no pueden ser amigos.

Boyne nos descentra de los puntos de vista a los que estamos acostumbrados y que pueden operar como lugares comunes.

La candidez de Bruno se ve confrontada con la información sutil, que poco a poco, va consiguiendo, y hiere su sensibilidad, pues, aún cuando, como Pedro negara a Jesús, cuando él dice no conocer Shmuel, el niño judío y haberle ofrecido las mejores viandas, el pequeño puede sufrir por la traición con al amigo, por haber rotos los códigos implícitos de una ética de la amistad y Shmuel sabe perdonarlo, pues han llegado a amarse profundamente, aunque se suponga que deberían odiarse; por eso, anhelan, acompañarse siempre, pues más allá de los sueños de la Sinrazón, pareciera ser que hay razones que la Razón ignora, cuando del establecimiento de vínculos y relaciones afectivas se trata, ya que lo amoroso se cuela por hendijas que el Poder omnímodo no alcanza a controlar con su mortífero discurso.

Y, de nuevo estamos frente a una mirada menos maniquea de la historia, pues, un poco, a la manera como lo hace José Luis Cuerda, en La lengua de las mariposas o en Los girasoles ciegos, puedo detectar con satisfacción, que se va dando, a través del cine, una nueva mirada sobre la guerra, que nos lanza un mensaje distinto al de la satanización del enemigo, al demostrarnos que, al final de cuentas, las víctimas de la guerra somos todos, cuando sin otro ruido que el de los truenos, sin bombardeos, de por medio, podemos mirar unos rostros, que el cine nos brinda con mayor facilidad que la literatura, que nos muestran los gestos dolientes de las madres del Guernica de Picasso, esa otra gran obra, que denuncia los horrores de la guerra; pero, a pesar de los pesares, yo sería menos pesimista que Adorno, al ver que sí es posible escribir, hacer cine y, en fin, hacer cultura después de Auschwitz, ya que pienso que esta tipo de filmes, que esta clase de literatura, al llegar a públicos muy vastos puede generar todo un apuntalamiento en las pulsiones de vida como para que no vuelva a empollarse el huevo de la serpiente y pueda establecerse un nuevo contrato social, no desde el temor al otro, invocador de un soberano, para que el lobo no me coma, sino basado en un interés común, más basado en mociones amorosas que persecutorias, a la manera del contrato propuesto por Rousseau, que nos permita intentar trascender el malestar en la cultura, para lo cual, tal vez necesitemos del coraje de Bruno, quien no cede al deseo de explorar e intentar comprender ese mundo ominoso que lo rodea.

Jesús Dapena Botero es colombiano reisdente en España

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La princesa y el dragón

Clara María Cuezzo Páez (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Clara María Cuezzo Páez tiene 9 años.

Había una vez una princesa llamada Elisabeth. Un día estaba caminando por el bosque y de repente vio un huevo pero no era cualquier huevo era un huevo con manchas azules, era, era… ¡un huevo de dragón! Rápidamente lo agarró y lo llevó a su castillo, lo puso directamente al lado de la estufa de su cuarto y se quedó todo el día mirándolo y acariciándolo.

Unas semanas después Elisabeth estaba jugando con sus muñecas de porcelana y escuchó unos ruidos en su cuarto, fue rápidamente y vio a un hermoso dragón verde con manchitas violeta. Lo agarró, lo acarició y fue a mostrárselo a sus padres. Ellos le dijeron entonces: si te lo quieres quedar tú lo alimentas, lo bañas y todo eso. Entonces ella lo llevó a su cuarto, lo apoyó en su cama, buscó una canasta, le puso un almohadón, lo puso ahí y lo tapó pues ya era de noche y le dijo: buenas noches Yoshi porque le había puesto Yoshi.

Al día siguiente cuando Elisabeth se despertó vio que su cuarto estaba desordenado, sucio y había ropa tirada por todos lados. Entonces fue donde estaban sus padres y les dijo que necesitaba un domador para el dragón. Ellos pusieron carteles en el pueblo y unos días después llegó al pueblo un domador francés, que había escuchado lo que necesitaba la princesa. Luego fue al castillo y quiso hablar con los reyes y la princesa. El domador hizo todo lo que pudo para domar al dragón, pero no lo pudo lograr. Unos días después llegó otro domador, de otro país, y fue al castillo, a hablar con los reyes y la princesa, y él también hizo todo lo que pudo, pero tampoco lo logró. Porque Yoshi le tiraba del bigote, le mordía la cola, y se escondía debajo de las mesas.

Otro día llegó un domador de Inglaterra, y fue a hablar con los reyes y la princesa. Él tampoco logró su trabajo, porque Yoshi saltaba en las camas, escalaba por las cortinas, y se escondía en el jardín, y era muy difícil encontrarlo, porque se camuflaba con las flores y las plantas.

Unos días después llegó un chico al palacio. Enseguida se hizo amigo de la princesa Elisabeth, porque era muy simpático. Inventaron juegos, y después jugaron con Yoshi. Y de a poco se fue haciendo amigo de Yoshi también. Pasados unos días, Tomás, que era el chico, y Elisabeth, consiguieron que el dragón fuera ordenado, tranquilo, y juguetón.

Entonces los reyes le agradecieron a Tomás y él en vez de dinero pidió una casita en el campo y un rebaño con 25 ovejas. Y también pidió un toro y una vaca.

Y colorín colorado, ¡este cuento se ha terminado!

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