viernes, 22 de enero de 2010

El Rey y el niño - Haití

Urda Alice Klueger (Desde Blumenau, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Traducción: Raúl Fitipaldi, de AMÉRICA LATINA PALABRA VIVA

(Para Didier Dominique y el pueblo de Haití)

(y para mi padre, Roland Klueger, que cumpliría 88 años hoy.)

Érase una vez un rey y un niño. Me pongo a pensar si hay alguna palabra que signifique, al mismo tiempo, agotamiento, terror, desesperación y desesperanza, todo esto sumando y elevado a la décima potencia, pero no encuentro tal palabra. Sólo que era justo así que estaba el niño: tenía dos años, se encogía con los ojos catatónicos en el vacío de una vereda enseguida del terremoto de Haití, y apareció en televisión. Eran tantos en desesperación alrededor de él, eran tantos… Eran tantos los muertos en torno a él, eran tantos… ¿Quién lograría prestar atención en aquel otro niño dentro de tanta desgracia, a no ser aquel ojo malicioso de una televisión, que agarró al niño y lo puso en mi regazo, sin que subiese qué hacer con él?

Érase una vez un rey y un niño. El rey era pura salud, garbo e hidalguía: vestido con trajes tribales, tenía en el cuerpo los mismos dibujos en blanco, negro y rojo que también estaban en el escudo de cuero que aseguraba en la mano izquierda, pues en la derecha aseguraba la lanza segura y certera que lo había tornado rey tamaña su pericia al cazar al león. Él era grande y tenía una gran espalda, pero mayor aún era su fama, pues no sólo al león enfrentaba: cuando su pueblo tenía hambre, él afrontaba hasta los grandes elefantes, y todos vivían felices en su reino, bien alimentados y saludables, y el rey era feliz también.

Convencido del poder de su felicidad y de su Lanza, el rey nunca entendió cómo le cayó encima aquella red que lo había despojado de su escudo, de su lanza, de su fuerza y de su libertad- como tantos otros de su tierra, tuvo que curvarse a la chivata del traficante, aceptar la gargantilla y las esposas de hierro, resistir a la larga caminada de la zigzagueante cadena hecha de gente y de hierros, vivir el envilecimiento del barco negrero.

La salud antigua le dio fuerzas para llegar vivo a aquella tierra de degradación, de esclavitud, y crueles hombres blancos de otra lengua, a fuerza de chicote, lo subyugaron y é tuvo que curvarse, sin lanza, sin pintura, sin escudo, y cultivar la caña que producía el azúcar, el ron y la riqueza de aquellos usurpadores de su libertad. Él nunca más fue feliz; nunca más supo de su pueblo y su pueblo nunca más supo de él, y sólo lo que había de bello era el mar de aquella tierra, todo verde, azul y transparente. Hubo, también, una mujer que reconoció en él a hidalguía manchada, y antes de morir prematuramente, el rey tuvo un hijo, negro y lindo como él, y que en verdad era un príncipe – pero fue un príncipe que nunca tuvo una lanza y que no conoció los dibujos y los colores tribales – al revés de leones, sólo hubo para él el látigo del torturador.

Otros príncipes fueron generados en la descendencia del rey, en aquella tierra que parecía incrustada en un mar de turmalinas, y todos tuvieron la vida miserable de esclavo, mientras sus señores tenían vidas cortesanas de poderosos.

Un día, ya no se podía soportar más. Ellos eran más de 500.000 negros, y los señores eran 32.000, seguros de que la fuerza del látigo mantendría aquella situación indefinidamente. ¡Y conquistaron la libertad!

Haití fue el primer país de la América dicha Latina a ser libre, a realizar la independencia, esto allá en 1804, antes de todos los demás. Es de imaginarse el frío que corrió en la espina de tantos otros colonizadores blanco: una república, y e negros? ¿Y si eso se transforma en moda? ¡Cuidado que de esclavos está lleno por esta América de mi Dios! ¿Qué hacer, ay, ay, ay?

En general, lo que se podía hacer eran independencias rápidas, hechas por blancos (y ellas sucedieron una después de la otra) y mucha matanza de negros, para evitar que la cosa trágica se repitiese y ensuciase el buen nombre de la dicha ¡civilización europea! Sé bien como fue esa matanza en Brasil: fue en la guerra de Paraguay, fue en la revolución Farroupilha… - no estoy enterada de cómo fue en los otros países, pero que la matanza fue grande, no hay duda. Y la “civilización” blanca casi pudo respirar, aliviada – sólo que había aquel pequeño país, aquel maldito pequeño país allá incrustado en el mar de amatista, el tal de Haití, que era un país de negros –y nunca que la tal “civilización” blanca podría dejar aquello allí para que floreciera de verdad – era demasiada afrenta.

Y en los dos últimos siglos Haití sufrió todo lo que es posible sufrir para que su cresta se quebrase: invasiones, dictaduras, golpes de Estado, la intromisión de los blancos yendo siempre hasta allá y intentando echar todo a perder, pero la valentía de aquel pueblo parecía indomable, y Haití, aún sin lograr florecer como debería, era exportador de café, de arroz, era el mayor productor de azúcar del mundo, era un país que tenía sus hijos bien alimentados a base de arroz, banana, los cerdos abundaban y producían platos deliciosos, acompañados de banana frita, manjar tan caribeño…

Fue ahora, ahorita, en tiempos de la violencia neoliberal, lo que nos lleva a 1980, que el complot de los blancos resolvió que ya no daba más, que era muy absurdo en plena América ver un país de negros sobreviviendo impunemente… Entonces fue programada la toma definitiva de Haití. Fue de aquellas cosas más malévolos que las mentes enfermas pueden programar en la búsqueda del lucro: de a poco, introdujeron las plagas necesarias en la isla incrustada en un mar de zafiro, y murieron todos los cerdos, y después todo el arroz, y después toda la banana, y después vino la plaga del café… Aquellos negros corajudos no sobrevivirían, ¡ah! ¡Eso no pasaría! Vivirían apenas para volver a la condición de esclavos, e igualito a los europeos, en 1885, que en el Tratado de Berlín, dividieron el mapa de África a base de regla, causando miles de desgracias que están sucediendo hasta hoy, los blancos del neoliberalismo agarraron el territorio de Haití y lo dividieron en 18 futuras zonas francas donde no habría ley, donde la Capital imperaría, y donde, las personas tan hambrientas que estaban horneando galletas de arcilla para poder tener algo en el estómago trabajarían, de nuevo, en régimen de esclavitud. Puede parecer que es una cosa distante, pero no es. El propio vicepresidente de Brasil, José Alencar, es alguien tan interesado en el asunto que hasta mandó a su hijo para allá a cuidar de sus futuros intereses imperialistas. Y el execrable apenas el otro día salió del hospital, después de algunas cirugías más, sonriendo para las cámaras de las televisoras y declarando que podría perder todo en la vida, menos el honor. ¿Qué honor puede tener un hombre así?

(No logro hurtarme de contar de qué forma el nefando honor del vicepresidente atacó directamente a mi familia, recientemente. En una sola tarde, una de las empresas de él, aquí en mi ciudad de Blumenau-Santa Catarina-Brasil, la Coteminas despidió a 600 empleados, como si nada. Tres primos míos, luchadores padres de familia, perdieron el empleo sin entender muy bien por qué – el por qué es fácil: en las nuevas fábricas que el “honrado” vicepresidente anda montando allá en las zonas francas de Haití, los nuevos empleados trabajarán por la décima parte del salario que mis primos ganaban – y el salario de mis primos ya no era gran cosa.)

Bien, entonces teníamos un Haití a la miseria, y entonces vino el terremoto. ¿Qué podría haber sucedido de mejor para el Capitalismo y el Imperialismo de Estados Unidos? Hasta el palacio presidencial de gobierno títere se cayó – de aquí para adelante es apenas tomar pose – ya no hay barreras. Al revés de ayuda humanitaria (que ellos no dieron ni a los flagelados del huracán Katrina, en su propio territorio) Estados Unidos está, descaradamente, delante de todo el mundo, haciendo una ocupación militar de Haití con su ejército, y todo parece tan bonito, con la Hilary yendo hasta allá para ver cómo están ayudando… ¡ayudando un cuerno! ¿Alguien vio alguna vez a Estados Unidos ayudando de verdad?

No dejo de loar tantos y tantos equipos de tantos y tantos países que están allí, realmente llevando ayuda humanitaria a aquel pueblo casi que en la nausea de la agonía – pero lo sinvergüenza de la Capital está allí, también, sonriendo de felicidad con su cara de calavera.

Y entonces el ojo de una televisión espía allá aquel niño de dos años arrasado por el agotamiento, por el terror y por la desesperación, encogido en un vacío de una vereda, y lo tira brutalmente en mi regazo – y cuando intento calmarlo arrimándolo a mi corazón, él me cuenta del rey, su antepasado – aquel niño molido por el Capital y por el terremoto es nada más nada menos que un príncipe, y su antepasado que fue rey y libre cazaba leones y elefantes y alimentaba a un pueblo – el niño sabía, la familia siempre fue repasando su secreto.

Cielos, cielos, ¿qué hicieron con las personas libres de África, que quisieron apenas continuar viviendo con dignidad en aquella isla de donde ya no podían salir? ¿Quién va a cuidar de aquel niño antes de que él retorne a la condición de esclavo de donde sus antepasados tanto intentaron salir?

Yo lloro, Haití, lloro por ti, y por tu niño, y por aquel rey. No sé hacer otra cosa además de llorar.

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