viernes, 15 de enero de 2010

Entrevista con Carlos López Dzur: Los giros serpentinos de un poeta

Abelardo García Vera (Desde California, Estados Unidos. Especial ARGENPRESS CULTURAL)

Carlos López Dzur, poeta de la Generación del Setenta. «Caribeño martiano, hostosiano y bolivariano», como le gusta describirse, como redefiniendo o rompiendo viejos esquemas de «guardarrayas de fronteras». Evoca lo español que corre por sus venas ancestrales; exalta lo negro y taíno, lo judaico y lo védico. Nos mete a un mundo de literatura que serpentea las esferas del mito y, sin embargo, explora y describe su temario como un auténtico sociólogo, capaz de pasar de la historia a la materialidad concreta del aquí y hora, en tiempos de globalización, saqueo, hambres e inflaciones. La esfera de sus curiosidades intelectuales son la mundanidad («Heideggerianas», «El hombre extendido», «Yo soy la muerte»), la sexualidad y la sicología (como vemos en «Teth, mi serpiente», o «Tantralia», así como en la prosa de sus «Leyendas históricas y cuentos colora'os»), el turbulento mundo político, sacudido por la desigualdad y la guerra («Cuaderno de amor a Haití», «El libro de la guerra», «El libro de anarquistas», «Canto al hermetismo») y la búsqueda de libertad y concreación afirmativa de lo utópico («Lope de Aguirre y los paraísos soñados», «Memorias de la contracultura»). Su universo literario es rico e incluye la evocación de lo pueblerino, el folclor natal. López tiene las dotes de un psicólogo para esbozar personajes que saca de la vida real, como el clínico que interactúa con clientes que padecen, y es un filósofo entrenado que, de lo más complejo de un sistema, saca aforismos y dcharachos. Decidimos entrevistarlo una tarde, previo al fin del año del 2009, en un restaurante Norm's. El es fundador de una revista virtual internacional, «Sequoyah», que nació en la Universidad de California, Irvine, donde estudiara y de cuyo Departamento de Literatura obtuvo premios como poeta. E hizo sus posgrados.

—¿Cuándo comenzaste a escribir?

—Escribo desde cuando aprendí a leer más que palabras, o la externalidad del texto. Esto es, cuando aprendí a pensar lo que leo. Y, en verdad, sin la ayuda del leer, no se aprenda a pensar. Sólo pensamos que sabemos, no sabiendo nada. Escribir, para mí, es un ejercicio de aprendizaje constante. Y aprender, a pensar o sentir, es participar en el asombro o la curiosidad por el entorno. No basta ser inteligente, o persona sensible por lo bien intencionada con sus sentimientos, hay que crearse condiciones para el bienestar interior y público... porque uno, al escribir, quiere sentirse bien, sincera y efectivamente comunicado con los demás. Escribir es querer comunicarse, querer romper la indefensión y la soledad, al tiempo que hacerse responsable como ciudadano, para que lo que opine ofrezca cierta luz a otros y sea útil...

—¿Dirías que ese deseo te nació desde jovencito?

En términos de lo que uno se atreve publicar, sí. En cuanto a que uno cumpla con la comunicación que le satisface, aunque otros piensen que no, soy un escritor desde los 25 años, aunque comencé a atiborrar mis cuartillas desde los 18 o poco menos. Sabía, a esa edad de los 18, que la narrativa más que la poesía me sería más útil como género. La buena poesía tiene que ser el género de nuestra madurez. Fue apropiado, en mi caso, ir ejercitándome en la prosa primero, luego en ese trayecto uno discierne si tiene un vuelo lírico, intuitivo, con la concisión del poema y lo sabe si, en primer lugar, aprendió a organizar textos y cada texto un mensaje claro...

—Uno de tus libros, con poemas de 1972 a 1980, es Las zonas del carácter. ¿Qué relación hay entre carácter y literatura? O más bien, lo psicológico ingénito, en adición, al entrenamiento y ajuste social para la vida...

—Esa es una buena pregunta. Por una cuestión de temperamento, timidez y deficiente socialización, yo no he sido nunca muy sociable, extrovertido o popular con nadie. Me cuesta sentirme aceptado por otro; pero soy honesto y nunca he sido resentido, de modo que si tomé la literatura como ejercicio de comunicación, necesariamente, tendría que comenzar sicoanalizándome y fue lo que yo hice con mis primeros trabajos de literatura. Leí mucha psicología, y hasta el día de hoy...

—¿Como a quiénes?

—A Freud. Yo sabía que tenía complejos por diversidad de razones y, por ello, internalizaba mucha represión. Leyéndolo aprendí mucho sobre los complejos, cómo el ego racional entra en juego ante las tendencias hedónicas de la líbido y, al mismo tiempo, como cuidarse de ese otro extremo que es el moralismo impráctico del Super-Ego... Los conceptos de Sigmund Freud me llevaron a leer a los neofreudianos, a la Escuela de Franckfurt... Acuérdate que yo nací, o miré hacia el mundo, cuando había dos cosas en el ambiente: el hippismo, el activismo estudiantil, el Mensaje de la Flor, paz, amor y no guerra... Y, estudiándolo en el fragor de esos tiempos, la curiosidad despierta, aprendes a pensar, no por ser empujado ciegamente, sino por sincero y participativo nivel de consciencia, que uno extrapola con lo que había sentido antes como causa del aislamiento, la timidez o el comportamiento represivo...

Cuando yo comencé a recibir algún tipo de crítica, de gente inteligente y bien formada en literatura, al parecer, que juzgaba mis primeros poemas, cuentos y ensayitos, la apreciación fue que estoy orientado creativamente por la teoría. A quienes me atreví compartirles mis escritos, era gente que admiraba y tuvo un trato muy gentil conmigo. Uno fue el filósofo Alfred Stern, quien vivía en Puerto Rico y fue maestro mío en cursos avanzados y yo tendría entre 19 y 20 años. El Dr. Stern se dio cuenta de que yo tenía una fascinación con el existencialismo y que, contrario a otros alumnos que tenía, mi existencialismo no era pesimista; tenía un toque de espiritualismo spinoziano. Entonces, escribía en mis exámenes verdaderas cartas, llena de comentarios, sugerencias y elogios para mí. El me dijo que yo sabía meterme en los textos y pensar por mi cuenta, que valdría que dejara mi interés por la historia e hiciera una carrera profesional en Filosofía. Total, yo esperaba ser maestro de historia, y el me dijo, ¿por qué no la docencia universitaria? Sería más útil con estudiantes adultos... Para ese entonces, sentía como si me jalara la influencia del Dr. Germán Delgado Pasapera, que se interesaba en mi inquietud por las monografías de historia municipal, área prometedora porque los Archivos Nacionales de Puerto Rico se estaban abriendo, se acumulaba y fichaba una enorme diversidad de documentos, antes no accesibles, hasta cierto punto perdidos, o guardados en Washington. El país los adquiría; creaba un edificio para tenerlos; por igual, me jalaba la admiración por la literatura que la Generación del Sesenta producía, las novelas de Carmelo Rodríguez Torres, la narrativa de Luis Rafael Sánchez, la poesía y la investigación de Ruscalleda Bercedóniz, y lo interesante es que esos literatos, tan talentosos, eran profesores míos, a la mano... Con ellos aprendí a darme cuenta de algo, mi entorno social, el reto que para un artista supone el colonialismo, que se hizo muy fuerte en la trinchera cultural, con el ánimo de aplastarla, asimilar plenamente esa parte del ser, la más autónoma, que es la sed de identidad... Esos años me hicieron pensar, existencialmente, sobre la angustia de ver un país, con su clase hegemónica, entronizada en el poder, para estrangular física y espiritualmente, a su propia gente y sus raíces. Ya se podía hablar sobre ultraderechas cínicas, asesinas, fascismo institucionalizado y materialismo asqueroso... Siendo todavía jovencito, puse por un momento al Dr. Stern y la Filosofía a un lado, el judaísmo que estuve aprendiendo con él, y me aboqué a la crítica política, reseñar libros de la Escuela de Franckfurt, escribir notas introductorias para libros de poesía política, inclusive el de un gran poeta, Manuel Joglar Cacho que dejó su miedo a un lado y escribió un homenaje, «En los Carro de los Muertos», a las víctimas del Cerro Maravilla, una matanza o emboscada hecha por el gobierno de unos jóvenes universitarios, que eran anticolonialistas y que el Gobernador Romero Barceló, en julio de 1978, trató con la misma cobardía y traición, que la Policía de Puerto Rico durante la gobernación de Blanton Winship trató a Elías Beauchamp e Hiram Rosado, dos nacionalistas de menos de 25 años, que fueron asesinados en el mismo cuartel, en 1936...

—¿Tienes un autor predilecto?

—Son muchos. En cada tradición, género literario o época, se cuecen muchos. Es cuestión de evaluarlos sistemáticamente. Por eso prefiero no dar nombres que limiten, u omitan, a los nombrables...

—Pero siempre hay uno que te inspira a escribir, sea del país que sea...

—A Balzac, por ejemplo, lo leí primero que a García Márquez. Son dos grandes modelos; pero fue la novela, «La muerte anduvo por el Guacio», de un puertorriqueño, la que me hizo decir, me gustaría escribir una novela sobre Pepino, con el mismo tema, la llegada de los gringos y la violencia revolucionaria campesina. Una novela campirana que me hiciera recordar a Mirabales... En cuanto a cultivar la poesía, desde mi niñez, lo qie me hizo pensarlo, fue oír a mi padre recitar los poemas «Jíbara Santa» y «Jíbara del Gandubán», escritos por César Gilberto Torres, nacionalista, que estuvo preso en los EE.UU., y con quien siendo adolescente me carteaba. El es de mi mismo pueblo, aunque casi toda la vida la vivió en Brooklyn, New York... mis primeros versos y aún una novela, la compartí con él, se la envié por correo. Después, cuando yo era veintiañero, tuve el privilegio de conocerlo personalmente y él me visitaba a cada rato. Hizo amistad con toda mi familia...

—De tus coterráneos y coetáneos, sea dentro de tu familia o fuera de ella, ¿hay personas que hayan sido inspiradoras?

—Otra vez, mis padres. Mamá especialmente. Cuando abre la curiosidad ante otros, toda gente se vuelve inspiración para el trabajo literario. Inclusive, una hermanita o hermano, que te trae un chisme que te gusta, una información que sabes que usarás. Así, por ejemplo, aprendí a apreciar una particular amistad que mi mamá tuvo con Doña Bisa (viuda de un juez del Pueblo). Son los Rabell Cabrero y ella era, como la «sabelotodo» en cuanto historia del Pueblo, además una lectora extraordinaria, con biblioteca estupenda, lo que para mí fue importante en mi etapa universitaria, sobre todo... Tenía otro amigo, poeta, espiritista trincadista, Héctor Soto Vera, con quien conversar era inolvidable. Demás está decir, la lucidez y gentileza de otro poeta del Pueblo, el Dr. Joaquín Torres Feliciano, extraordinario artista y sicólogo, graduado del Instituto Alfred Adler, de New York. Su hermano, Carmelo Aponte, fue mi maestro de dibujo y conversar con él me enriquecía, ya que él, con quien te mencioné, Soto Vera, me abrieron los ojos al paradigma de la Nueva Era, la que antes sólo intuía por el rock, la música del '70 y su carácter cultural y espiritual...

—He observado que interactúas en foros literarios virtuales y lees muchos poetas en grupos de la internet... ¿Te gusta lo que lees? Y observo que sigues creyéndote un escritor, no establecido, «underground» y no comercial.

—Cierto lo segundo y, sobre lo primero, diré... El internet es una mina de oro para el buen buscador. Hay mucha polvareda y cascajo, pero también vetas de oro. En la internet, conocí poetas de una imaginación erótica fascinante como Fanny Jaretón, de Argentina, poetas sorprendentes de la calidad de Javier Monroy, cuentistas talentosos como los argentinos Carlos Alberto Fernández y Liliana Varela, también poeta de méritos, Jorge Estrella, una maravillosa poeta como Norma Segades Manía, críticos de inteligencia poderosa como Extor Henrique Martínez, de la bloguera El Charkito, Papasquiaro, también de México, Ortiz Feliciano, de Puerto Rico... gente que son oro en el cuento y la poesía española en gestación como Alicia Fontecilla, Carlos Daminski... oye, son demasiados para acordarme... En cada país, no que sean pocos, pero me concentro en sólo algunos por razones de tiempo.

—¿Qué valoración harías de tu segundo libro de cuentos, «El corazón del monstruo»?, que es el único que te he leído, a más de textos sueltos de «El pueblo en sombras», que aún no se ha publicado en papel...

—Que la ternura no se riñe con lo irónico. Y soy muy irónico, no sarcástico. Soy una persona que llega a identificarse con los demás, a sentir y participar en el dolor de mi entorno.... y ese libro dice sobre mí, no que el corazón de los EE.UU. y de su gente es monstruoso. Lo que es monstruoso es el gobierno y su actividad, por una gente equivocada que, de momento, está en el poder moviendo intereses que no son los del pueblo estadounidense, sino de las élites corporativistas, militares e imperialistas. El expansionismo explotador, globalizador, ni le va ni le viene al ciudadano común, no educado para comprender sus mecanismos y procesos. Esos intereses especiales de dominio y saqueo son de un grupito, monstruoso por sus estrategias y toma de decisiones... El libro se influye por la nostalgia de mi exilio, por lo que evoca memorias de mi pueblo, desde este país del Norte y, sobre todo, se pasa luego a describir, con mi ironía, lo que esas ideologías monstruosas hacen en el alma de las gentes, dejándoles como mensajes subliminales de que la compasión social es un estorbo, de que la lealtad a principios de autodeterminación e identidad patrias son canjeables por un poquito de bienestar personal y confort...

—Tu propuesta de compasión social está más definida en los cuentos de «El pueblo en sombras»...

—Creo que mis valores humanísticos impregnan todos mis libros. Lo que sucede es que, en la prosa previa de mis cuentos, en «El corazón del monstruo» y, en el primero, «Las sarnas de la ira», el grueso de los cuentos tratan el tema del vicio, cómo se genera adicción a drogas, alcoholismo, sexopatías y conductas compulsivas, entre la gente oprimida. Por el contrario, «El pueblo en sombras», tiene como temática principal un examen sobre la humildad, lo humano, de cierta gente que vive límites, miseria y prejuicio. Mis valores humanísticos incluyen la compasión y la humildad como asideros salvadores para que no se naufrague en el vicio, el nihilismo, la traición y la cobardía, que es para mí la más infame y peligrosa de todas las carencias. La cobardía es la madre de todos los males y vicios, porque es precisamente la ausencia de pasión y voluntad.

—Se habla, en estos tiempos, de hartazgo de moralina porque la gente quiere afirmación de la voluntad sin coacción. La gente quiere libre pensamiento...

—Moralina pequeñoburguesa, enclesiasticona, señuelo de una propaganda con segundos empeños, no hay en mis libros. Creo en una moral revolucionaria que les refrene los caballos a los individualismos narcisistas, lo mismo que a las coacciones institucionales... La moralina, o ética mal entendida, dejémosela a Franco, a Stalin, a la Derecha Cristiana, de Jerry Falwell a Pat Robertson, o esos babosos cotorros de radio y TV, que dan consejos que ellos mismos no aplican a sus vidas... Moralina es cuando alguien viene como mosquita muerta, mansa ovejita, con la intención de convencer a otros de que se porten bien, «mientras yo me malcomporto, te robo, te burlo y te hago todo el mal que puedo». Una conducta que sólo es esperable del opresor y del hipócrita, sin fuerza moral para aconsejar y orientar, porque como individuos carecen de voluntad y autoridad para luchar contra sus represiones o las injusticias que sufren o cometen.

Es pomposado con virtudes, o el creyente conminado por las víboras y los jerarcas-predicadores de la sumisión y la mansedumbre de marras, lo que merecen es lástima o que nos le reiríamos de plano en sus caras... Bueno, no quise decir tanto. Basta ignorarlos, no sintonizarnos con ellos... Yo les hago el mismo caso que al perico... Esas no son mis voces autoriales. Inclusive, en mi obra se destaca y esto porque como irónico, visualizo a mis iguales, hay muchos personajes de sabiduría parda, que cagan y se mean en la prudencia y la moralina ejemplificadora. Las mujeres de mis cuentos se caracterizan por una ética brava, cierta corajina que las ubica, y con la cual despabilan a los que la oyen, no necesariamente porque quiera dar consejos. Despabilan, sin pretenderlo, cuando apelan a la malicia... Pongo en boca de gente / personajes, que otros calificarían como perversos, mucha autocrítica, como si dijeran que, si bien han cometido ciertos errores, han aprendido, en el proceso consecuencial de sus actos, una lección. Apreden sufriendo, equivocándose y admitiéndolo, a eso se reduce la moral que yo doy a través de mis hablantes literarios.

En mi concepto, lo moral es aprender de los errores, olvidarse de la etiqueta de lo Bueno y lo Malo, en aras del provecho compensador que los vincule más positivamente con los demás, con el grupo al que aspiran ser admitidos, porque en éste hallarán más comprensión humana... Ese grupo al que pueden acceder lo que hacen una autocrítica moral no son el círculo de los odiosos. Es gente más amorosa ante los cuales se supera el resentimiento y el encono. Se convive mejor... pero para que esto suceda, no como arrepentimiento de lo exhortado, o coacción moral, debe ocurrir algo... Heidegger me ha ayudado a verlo. Uno tiene que independizarse de ese «sentido común» que suele ser el pensamiento de todos y de nadie, en que cualquier regañado, o exhortado a lo moral, tiene acceso sin mayor esfuerzo, porque el consejo le entra por un oído y le sale por otro... Hay que propulsa la idea de que la virtud moral, a palos se aprende. No. Se aprende del escarmiento se da, de un sentido autocrítico. Ese sentido común de «regáñame para aprender», es un cogebobos. Ahí no hay compromiso. La sabiduría sin esfuerzo es mala cognición y, si es palo los que hay que dar, una escuela para mayor resentimiento.

—La mención de Martin Heidegger viene al caso porque preguntaré sobre la valoración de él y por qué del poemario «Heideggerianas». En efecto, el único comentario que recuerdo que leí sobre tu poesía que me pareció con matiz, no negativo pero velado, es que tu obra poética es muy impredecible. Escribes cantos al placer físico en «Tantralia», textos de individualismo anárquico en «Memorias de la contracultura», un libro muy irracionalista como «Teth, mi serpiente», un canto al hermetismo que es, en realidad, anti-hermético; acudes al prosaísmo en otros textos y, de sopetón, subtextos cuasi científicos, especulaciones con la teoría cuántica o rigor filosófico, como en «Heideggerianas»...

—Bueno, por algo disfruto que me preguntes sobre mis valoraciones... porque yo conozco el conjunto de mi obra y sé cuán premeditadas son mis perspectivas y mis voces autoriales. Sé las etapas, así como se hilvanan unas con otras. Sería muy engorroso explicarlo ahora, en entrevista tan general, como la que accedimos; pero te anticipo que mi obra es todo un sistema unitario. Ha sido entretejida para que sea una superestructura panteística. Un Todo en el Todo. El tantrismo de «Teth, mi serpiente» se hila propiamente con «Tantralia» y con textos de tema cabalístico como los que hallarás en «El libro del amor y la amistad»... Mis libros son como una serpiente que una vez se enrosca, en la inferior del tronco sube a lo más alto del árbol y en la cúspide, o la copa de ese árbol, se muerde la cola y entra al reino del círculo, a la Corona...Mis libros se levantan del polvo sensual y terreno y van a desplazarse hasta una cabeza de delicia espiritual dentro del Utero de lo Sublime y lo Oculto, allí donde mora Kéter, el Altísimo...

—Ya eso es kábala, o Gnosis, ¿qué es?

—Judaísmo kabalístico y gnosis védica. Es ciencia y religión, en el buen sentido.

—¿Eres heideggeriano?

—Hasta cierto. Lo de Heidegger en mis libros es una etapa del arranque terreno, desde lo que él llamara «el pensar» ('Das Denken'), o es una « vuelta» o enrosque serpentino, en el sentido de «Die Kehre», esto es, ingresar al camino señalado por el pensamiento de Parménides. Es un giro de comienzo y ascenso porque mi pensamiento quiere arrIbar al Claror, donde hay Luz y lugar de fundamento para edificar el Templo. Habría que referirnos a varios poemas de «Heideggerianas», como «Logía, sacar al ente de lo oculto». Habría que considerar «que nunca me ha gustado la caída». Leer mi «Transpropiación del Acontecer / Ereignis»... Recuerdo esto de mi poema «Traer a la presencia», que es lo más alto a lo que aspiro:

Traer a la presencia aquello que no se redime
de sí en la experiencia de la pupila miserable,
aprender a mirar, sin la cáscara del párpado
y los ojos, ¿cómo es que duele así?

Y termina, con estas preguntas que representan mi ego filosófico, el que apetece hermenéutica y método:

... ¿cómo te abro
en la temática lógica cerrada, cómo me yergo
a verte y me atengo a lo que entregas?

Esa es mi actitud ante las ideas de Heidegger. Y antes de acabar la entrevista, te recuerdo que en algunas de tus cartas, me comentaste que te dio la impresión de que yo era un existencialista, abocado a sabe dios qué nociones del luto y la muerte. Fíjate, lo impredecible que puedo ser. A unos clicks que hagas en el teclado, buscando mis libros, te envío a un escaloncillo más alto de mi obra, o más bajo... tomando en cuenta cómo sientas, y te muestro una serpiente que sube, un libro gozoso a más no poder, mis cantos de optimismo, como es «Tantralia». O los poemas de amor del «Libro de la amistad». Aún en medio de las miserias de Haití, yo puedo escribir un «Cuaderno de amor a Haití» y, de los pantanos sangrientos de la guerra, escribir un libro gozoso que hable de paz y del esplendor de ser conciliador, optimista, un verdadero combatiente. ¿Dónde el lector tiene sus ojos cuando comienza a leerme? Hay que abrir la subjetividad como gran erótica, o vulva de sentidos, y si está abierta, sabrá que las apariencias pueden ser impredecibles y eso no es malo, si al final, hay comunicación y empatía. Los zorros, como las bestias, no son tan bestias y a la misma palabra ladrón, guerrero, anarquista, se le puede reasignar un sentido menos temible. Hago eso en mis textos...

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