viernes, 8 de enero de 2010

¿Homo Sapiens u Homo Moralis?, de Jaime Szpilka

Resumen hecho por Jesús Dapena Botero (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Jaime Szpilka en su trabajo ¿Homo Sapiens u Homo Moralis? Habla de que la concepción filosófica de la physis de los presocráticos ocluye la de vacío, la de hiato en la naturaleza, ya que la concepción de las cosas como naturales nos remite a las esencias y nos impone lo natural como lo genuino, como lo auténtico, como lo que no ha sido falseado por artificio alguno puesto que aquello que no lo es sería puro maquillaje, como deformación degradante, engañosa, que oculta la verdadera esencia de las cosas. Ello ha llevado a una dicotomía entre lo natural y lo artificial, para calificar lo primero como lo bueno, como lo correcto, mientras lo segundo sería un engaño, algo erróneo, inexacto; de donde lo artificial, supongo que el arte incluido habría de pretender ser tan natural como sea posible; de ahí la importancia de una buena mimesis, tan parecida como sea posible al original, para tener algún valor, más allá de cualquier contaminación producida por lo distinto. De ahí que Aristóteles definiera la esencia de los seres en sí en su devenir como una substancia radicada en la cosa misma, que la hace ser lo que es, donde lo yacente y lo subyacente conforman una unidad.

Es esta concepción la que lleva a las consideraciones sobre el bien natural, el Derecho natural, la ética natural, la significación natural, etc. De ahí que cualquier contaminación en el pensamiento, en la idea o en la práctica humanas rasgue la unidad, como pureza imaginaria, pervierta la inocencia de la perfección absoluta, aspecto que sería retomada por algunos pensadores cristianos, quienes buscaron definir y calificar la perfección divina, originada en la omnisciencia y en la omnipotencia divinas; así sólo Dios no contaminaría la perfección de lo natural, sino que le transmitiría su perfección a su criatura, la naturaleza, que vendría a ser manchada por el pecado, como alejamiento de Dios Nuestro Señor, un tema que retomaría Baruch Spinoza; así lo natural y lo sobrenatural serían una sola totalidad en sí misma, que habría de remitirnos de nuevo a Aristóteles.

De ahí se derivaría una idealización de la naturaleza, de la cosa, garante del testimonio de su mismidad, perdurable en el ente, como postulado metafísico de la esencia, tanto en su versión biológica y zoológica, como en su versión teológica y dogmática, que vendría a clausurar cualquier pregunta sobre el sujeto, su sexuación, para establecer la división natural entre el macho y la hembra.

Lo mismo sucedería con la radicalidad del ser, que en vez de considerarse como un efecto mítico de la palabra, en permanente deuda con ella, vendría a ser algo dado, algo terminado, como ser en la naturaleza, al que no habría que deformar ni atrapar.

Más allá de los espejismos de la naturaleza, la verdad como efecto mítico del habla, se transforma en un objeto de una búsqueda infinita e imposible, donde el ser pasa a ser una tarea interminable e insaturable, una labor de construcción ineludible, que en la medida que se va creando se va alejando cada vez más de la finitud que le fuera dada de una manera natural. Ello es lo que hace al sujeto humano, demasiado humano, ya que el sujeto no termina nunca de ser.

Llamar a uno Pepito, lo coloca en una deuda interminable, al concebirlo como una criatura animal sexuada, que nunca terminará por estar a la altura de su nombre. Los fenómenos identificatorios harán que cada vez ese sujeto añada distintas cualidades de otros seres al suyo, conminado a ser otra cosa, que la cosa ontológica y natural, en apariencia finita, por la que nunca terminará de llegar a ser aquello que la conminación exige, bajo el imperativo superyoico que no dice: Como yo has de ser y como yo no has de ser, en un doble vínculo enloquecedor.

Lo familiar nos crea una especie de goce, el del compartir el sentido común, como cumplimiento de lo más natural del mundo, pero dentro de ello se encuentra siempre una dosis violencia contra una víctima, que es lo ominoso negado. El sentido común implica siempre una complicidad narcisista en los vínculos sean éstos de amistad, de pareja, patrióticos, religiosos, políticos, deportivos, o por el hecho de compartir un esquema conceptual, referencial y operativo común, que se sostienen contra un tercero hostil, con una perspectiva ajena, quien viene a amenazar la unidad imaginaria instituida en la complicidad, ya que su mirada, sus significación y su sentido distinto ponen en riesgo el abrigo narcisista que da lo compartido, lo común, de donde lo novedoso e innovador resulta rechazable y temido.

Aparece entonces un antagonismo entre el narcisisismo de la ilusión común grupal y lo inconsciente, lo unheimlich, que viene a hablar de una escisión, de una fisura en la unidad, que jamás podrá reestablecerse una vez ha emergido lo extraño, pues el inconsciente significa la caída de la racionalidad, cuando el pensamiento acogido a leyes diversas del proceso secundario, con los principios aristotélicos clásicos de identidad, no contradicción y de tercero excluido, bajo la Ley paterna, es barrida por el proceso primario con su lógica alógica pero también aparece cuando la racionalidad es recuperada, una vez se ha hecho consciente lo inconsciente, como si fuera una especie de maldición, de imposibilidad gestada en el ser por un acto del habla, ya que la significación nunca será plena, sino que arrastrará siempre una falta en el sistema representativo, con la emergencia de representaciones de cosa, que se puede hablar pero nunca se puede terminar de decir, para hacer vacilar y tambalear a la razón.

La lógica natural no lleva a la del sentido común, incuestionable, inmediato, la cual se esconde en una aparente inocencia, en una supuesta ingenuidad, que viene a ser una negación absoluta de lo inconsciente, ya que la lógica natural y el sentido común conllevan una esencia represora, como lógicas represoras, tendientes a obturar la emergencia del inconsciente, para asentar el sentido común, sostener al ser en su naturaleza y acceder a razón razonable, valga la redundancia, lo que nos alejará de la verdad y, a su vez, hará emerger su falla, en la diferencia entre razón y verdad, que da cuenta del deseo inconsciente.

Es por ello que el psicoanálisis no puede entrar de una manera corriente en la clásica discusión entre racionalidad e irracionalidad, ya que se ubica en la frontera donde ésta no es sino la diferencia perenne entre razón y verdad, entre lo que puede decir porque se dice y lo que no se puede decir porque también se dice, ya que lo que viene a considerar es el deseo inconsciente.

Por ello, Szpilka discute la teoría aristotélica clásica que define al ser humano como ser racional para substituirle por el de animal deseante. Él piensa que hay una razón totalitaria, en la que el significado es absoluto, en la que se desconoce el valor de la representación de cosa y lo que ella implica en la constitución de una razón razonable, la cual coincide con la irracionalidad de ciertos sistemas autoritarios, que caen en las trampas de la razón, en las que se idealiza la naturaleza y lo natrual, con una persistencia gozosa del sentido común, en una ideología que pretende ser unitaria, a la que no es ajena la problemática de la división de los sexos en macho y hembra, como promoción jubilosa de la perfecta ordenación de la Ley natural, asimismo como la de las razas naturalmente concebidas y de los privilegios de unas sobre otras; de ahí que, para los nazis, ser ario hacía llegar al sujeto al culmen de su ser, como perteneciente a una raza superior aunque sabemos que el renegar a la falta en ser, al ser como efecto mítico retrospectivo por efecto del habla, es la esencia del pensamiento y de las ideologías fascistas, al asumir que hay un ser por naturaleza, frente a un ser inferior que no es, el cual debe ser aniquilado para no contaminar la perfección del ser superior.

Pero eso, tan evidente y caricaturesco en el fascismo ordinario, acompaña a todo pensamiento anclado sólo en el sentido común, a toda razón autoritaria y absolutista, que se solapa en el buen rollo, en la complicidad gozosa de quienes comparten una misma perspectiva, que es la que da un sentido común, así se disfrace de amor, de altruismo o de ideales compartidos. Esa razón se olvida de los inconsciente como lo hace toda formación totalitaria, protegida por la concha del narcisismo común, así se lo llame enamoramiento, ya que la razón absoluta, como Jahvé-Dios, sabe que es lo que es, y dictamina que es un hombre, una mujer, una patria, una religión, una cultura, el bien y el mal, entre otras muchas cosas, ya que ella supuestamente sabe lo que el significado significa.

Entonces se cree tanto en la naturaleza como en el paraíso, como si éste no fuera una construcción retrospectiva de lo que ha sido un paraíso perdido, el cual, antes de perderse, ni siquiera existía y sólo se constituye a partir de la pérdida. Eso mismo ocurre con el concepto de naturaleza, engendrado como un mito romántico; de ahí que podamos decir que no hay nada tan poco natural como la naturaleza misma, concebida como una existencia real perdida y corrompida por el ser humano, por nuestros primeros padres, por Adán y Eva, quienes introdujeron el pecado original y desencadenaran la cólera santa de la deidad.

No deja de resultar paradójico que Dios permitiera comer del árbol de la vida y no del Bien y del Mal, que sería el que permitiría que el ser humano se hiciera cargo de su compromiso ético en la existencia.

En el complejo de Edipo, el falo ocupa el lugar en donde toda significación fracasa, al sustentar una imposible articulación entre lo Simbólico y lo Real, por lo que la naturaleza pareciera estar destinada a hacer posible la imposibilidad de lo Real mismo y es, a partir de la restricción de un goce absoluto, que el sujeto puede concebir la nada, como corte de la expansión instintiva natural. Pero es precisamente, en esa restricción ética, donde la simbolización puede emerger para simbolizar lo que cae como efecto de ella misma. Pero esa emergencia de la nada que el sujeto se hace Dios, ya que a partir de la nada es que puede convertirse en una especie de demiurgo.

Así, el inconsciente y el complejo de Edipo, con todo su conjunto de tabúes y de prohibiciones, nos introduce en un universo simbólico verdadero, en función de las categorías de Bien y Mal, más allá de las enseñanzas del árbol de la vida, en cuyo conocimiento se basa el orden natural en el que estaría inscrito el animal. Ahí es donde se conoce todo porque no se conoce nada. Es por ello que podríamos decir que no existe en el más pleno sentido de la palabra un Homo Sapiens, de ahí que no pueda haber esta especie sin que antes haya un Homo Moralis con su conocimiento de las leyes del Bien y del Mal, sostenidas en las interdicciones edípicas al goce absoluto de lo Real de la madre.

El asunto de saber la verdad se abriga en el orden de la Razón y se supone quien tiene la verdad es aquél al que se le concede la razón, en la correspondencia y adecuación de la cosa al intelecto, en las validaciones puras de la lógica proposicional, con sus categorías de lo verdadero y lo falso, como si no hubiera vacilaciones entre ellas.

Entonces lo que tendríamos que preguntarnos es si hay una verdad del ser o un ser de verdad, si hay algo de verdad o si hay una verdad por saber, lo que nos metería en el asunto de la verdad misma de la verdad.

Tal vez de ahí es que resulte tan insoportable la pérdida de una concepción de la naturaleza cuando nos acercamos a lo inconsciente, allí donde vacila toda significación, allí donde no puede saberse con certeza lo que la significación implica, allí donde vacilan la sexualidad y las definiciones de Bien y Mal, lo que nos acerca al Nietzsche de Más allá del bien y del mal, remitidos a paradojas éticas y lógicas donde puede haber un bien en el mal y un mal en el bien, cosa que sacude profundamene los cimientos éticos.

Por eso es que Szpilka considera tan importante hacer una crítica a cualquier concepción naturalista de lo inconsciente, para postularlo más bien como algo se estructura alrededor de una asunción ética, en tanto órgano ético, que organiza de una forma paradójica el bien instintivo, catalogado como natural, que puediera ser un mal moral, que se constituye en la esencia de lo reprimido.

Además la desnaturalización de lo inconsciente implica fijar su constitución fundamental en torno de la palabra como Ley, en un momento en el que todo significado del mundo se desnaturaliza, en virtud de su restricción simbolizante, sostenida por el falo, más allá de lo narcisista, lo preedípico y lo edípico.

Sólo cuando puede considerarse un Bien en el Mal, un placer en un displacer, al asumir un principio de contradicción, tiene sentido hablar de una pulsión de muerte, con su corolario, la compulsión a la repetición, de un más allá del principio del placer, de una pulsión comprometida con la destructividad, en un desgarramiento de la naturaleza por efecto del atravesamiento del significante.

Así, la reacción terapéutica negativa se manifiesta como una caricaturización del factor moral, que devela un núcleo ético conflictivo, que marca la irreductibilidad del psiconanálisis a cualquier intervención psiquiátrica, a cualquier articulación lógica con los interesantes desarrollos de las neurociencias.

La perversión viene a desmentir la posibilidad de lo naturalmente natural, valga la redundancia, aún a costa de descreer del inconsciente y de desautorizarlo como estructura ética.

Es de ahí de donde Szpilka parte para considerar tan importante la recomendación de Picasso de liberar a los objetos de la obligación de la semejanza, al basarse en el poema de Ángel González que dice:

Pétalo a pétalo memorizó la rosa.
Pensaba tanto en la rosa.
La aspiró tantas veces en su ensueño,
que cuando encontró
a la rosa verdadera
desdeñoso
volviéndole la espalda
le dijo
mentirosa.

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