viernes, 22 de enero de 2010

Las apacibles aventuras de un taxista primerizo en Caracas

Douglas Bolívar (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Luego de estar una hora dando vueltas por lugares que instintivamente suponía estratégicos, no había logrado que ningún transeúnte se interesara en mis novicios servicios, por lo que había comenzando a ser presa de cierto abatimiento, que me llevó a indagar en las eventuales causas de lo que se asomaba como un nuevo fracaso: no puse bien el aviso y el público no lo divisa, a lo mejor lo que me hace falta es un casco luminoso. ¿O será que de verdad todo oficio tiene su arte? Como yo no tengo oficio, no estaba al tanto de tener interiorizado ese apotegma.

Pero en el momento exacto en que estaba dando la última vuelta para batirme en retirada, un caballero en la esquina de Urapal supo regatear su cosa a dos colegas que estaban delante de mí y no les aceptó la propuesta. A mi turno, escuché su pregunta de que por cuánto lo llevaba a Caricuao: en fracciones de segundo debía resolver este enigma de un potencial cliente que tenía inmediatos antecedentes de pichirre, cosa que privó a la hora de responder su inquietud: 40 bolos.

Supongo que mis predecesores se pasaron de paisanos, porque apenas terminé de zanjar el monto este hombre se posicionó del puesto de copiloto con un sentido aliento alcohol y con un vaso de whisky en la mano, lo que creó la atmósfera para que en el trayecto nos soltáramos en amable conversa que tuvo como centro la victoria que esa misma noche lograron los tiburones a expensas de los leoncitos.

Con todo, mi primer cliente todavía no superaba el despecho que días antes le había producido el mamonazo que Jackson Melián le había soltado nada menos que al Kid Rodríguez, lo que agigantaba el barranco y lo connotaba de vergüenza. Aventajado como soy en los menesteres de echarle gasolina a las emociones de mis prójimos, más cuando los sentimientos llevan plomo en el ala, le hice un análisis riguroso sobre el por qué y cómo serían campeones los tiburones esta temporada. La robustez de mi disertación fue tal, que cuando se bajó frente a su edificio expelió el consabido saludo pueril de chocar los puños.

En fin, vengo de retorno consagrado como un taxista y reflexiono acerca de la necesidad de trazarme mi propio circuito. De modo que mentalmente acuerdo girar por Plaza Candelaria, conectar por Galerías Ávila y según como sea dirigirme hacia el terminal de Rodovías en Plaza Venezuela. Si hay beisbol, lógicamente que debo cruzar el Estadio Universitario, pero si todavía el juego está vivo termino de llegar a predios de La Bandera, donde casi siempre conseguí clientes. Sobre la marcha incorporé a la ruta una pasada por el centro comercial El Recreo, abundante de gente cargada de bolsas.

En una de esas, en Galerías Ávila, me sobrevino el primer gran conflicto en mi condición de operario del volante. Una familia encabezada por un mecánico me pregunta el precio de llevarlos a la principal de Sarría. Fijo mi condición de 30 bolivitas y si bien pegó el chillido, tampoco fue que pidió rebajas, así que entre refunfuños la mujer montó a los carajitos atrás y el caballero a mi lado, donde le llegaron los cuestionamientos de su señora: ¿te das cuenta? Te la pasas regalando tu trabajo, cobra lo que es.

En marcha, el amigo quiere quitarse de encima los ataques de su cuaima y empieza a discursearme sobre lo desangradores que son los taxistas del presupuesto familiar. El cuestionamiento toca mis más sacrosantos valores, pero como tampoco estaba para discursos, le alego que el precio de una carrera no lo define la distancia, sino las circunstancias (¡mírenme a mí!), y le explico que allí donde los tomé a ellos yo hubiera podido agarrar otro cliente que fuera más lejos para cobrarle más. Asienta el comentario sin dejar de quejarse, mientras me iba indicando por dónde coger, tutelaje que le reproché: no se preocupe, amigo, Sarría es mi pateadero. Como quiera que no me creyó, hube de sacarme de la manga la mención de Orestes, un pana mecánico del bloque 6 de los bloques de Simón Bolívar a quien siempre estoy aterrizándole de emergencia con mi perol. La mención obró el milagro no sólo de callar a esta familia, sino de opacar el regateo, porque a mi insistencia de justificar el costo del trabajito el mecánico cortó: no, tranquilo, yo no le voy a poner precio a tu trabajo. Además, yo conozco a Orestes, me lo saludas y cuando tengas un peo puedes venir a mi taller de latonería que está en esquina, déjame ahí. Y nos deseamos las buenas noches.

Pero mi debilucha conciencia se activó, porque ciertamente era un trayecto muy corto, y en verdad yo no calculé el monto por la distancia, de la que no tenía aproximación exacta, sino por la peligrosidad de la zona. A uno le mientan Sarría y piensa en esa calle que sube por la Andrés Bello y que desemboca por detrás del teleférico del Guaraira Repano, donde en mis tiempos de intrascendente reportero una vez estuve a tiro de cesar en vida por estar buscando inútiles crónicas de los bajos fondos. La memoria asustadiza y aburguesada, entonces, fue la responsable del asalto al compañero mecánico. Así se lo consigné a la conciencia y pude seguir chambeando con relativa tranquilidad y paz interior.

La traición de clase habría de pasarme una factura, porque apenas descargué a esta humilde familia volví a Galerías Ávila, donde una distraída señora que maniobraba en retroceso estuvo a punto de dañar mi carrocería. ¿Qué habría hecho entonces? Lógicamente que llevarle los daños al latonero que acababa de estafar.

Mis aventuras creo que arrancaron por ahí el 15 de diciembre, cuando el fulgor navideño hacía de las suyas. Difícilmente pasaba por El Recreo sin captar clientela. Una noche llevé a dos señoras a la cúspide de Puerta Caracas, donde ellas mismas me dijeron que por ahí tiraban los cuchillos con liguillas. Pero había más bien un frío delicioso y unas calles limpias y asfaltadas, anoté en mi cerebro en la sección de curiosidades.

En otra ocasión, por miserables 50 bolívares, llevé a un trío de damas totalmente ebrias que llevaban direcciones distintas. Una necesitaba llegar por los lados de La Bandera, y mientras hacíamos el recorrido, atrás una compañera tenía súbitos arrebatos de vómitos y era yo el que apretaba la barriga ligando que aguantara. Pudo hacerlo, y emprendimos la segunda ruta hasta el final de la principal de avenida Fuerza Armada. Iban riéndose de sus andanzas de esa noche, mientras que una tercera se concentraba metiéndole mano a su preferida, la que amenazaba con defecarse en el puesto trasero.

Frente al Sambil -parada que incorporé tardíamente al circuito, por novatada, porque ahí tampoco había caída-, una familia me sacó la mano con pretensiones de que la llevara a los bloques de Casalta. Ponte tú que fueran las once de la noche. No había terminado de pedirles 60 peniques cuando ya se estaban acomodando. Y aquello fue pura bilis antichavista de aquel miserable hombre. Su esposa guardaba prudente silencio mientras él- repleto de bolsas- maldecía todo cuanto mencionaba.

Al mismo punto regresé para captar a una mujer con sus dos hijas adolescentes que iban para los primeros edificios de El Valle, y le resultó tan pírrica mi tarifa de 30 bolívares, que hasta se permitió concederme una pequeña propina de cinco bolos. Se le agradece. Del Sambil también agarro a una señora tiendista que va para Los Flores de Catia. Se sorprende de que conozca la zona y que la llevé frente a su casa prácticamente sin pedirle orientación. El pago de su servicio acumuló 50 bolívares en mi alcancía.

Siempre estuve atento a los resultados de la pelota nacional y de lo que ocurriera en el Universitario. Una noche, luego de una victoria de los tiburones, cuando me había regresado a ver si conseguía algún repele, frente a la estación del metro Ciudad Universitaria un tipo de aspecto bonachón y sonrisa eterna me saca la mano. Va cerca, más o menos por la Roosevelt, pero ya no hay Metro y accede a los 30 que le pido. Lleva de la mano a su hijo, un chamín como de diez años, obviamente que intentando adoctrinarlo tramposamente para los escualos. Apenas se monta, me digo que yo lo conozco, pero de dónde, de dónde. La memoria inicia su intrépida búsqueda que se prolongó por varios días, hasta que al fin ella dio con el personaje: Xavier Saravia. Coño, tanto esfuerzo memorístico para que resultara siendo Xavier. Tampoco la vaina era para tanto.

Conforme se acercaron los días de máxima ebullición navideña, agregué a mis recorridos el centro comercial El Valle, de donde siempre obtuve uno que otro clientecito, y también el teleférico, donde por primera sentí un atraco en la nuca.

Venía ya de bajada por la principal de Maripérez cuando un chamo, de entre una muchedumbre como de diez personas que hablaban pajilla luego de bajar del Ávila, me detiene y me pregunta cuánto vale un golpe hasta El Cementerio. Mi planteamiento de 40 bolívares lo convence en medio instante, cosa que me pareció natural tratándose de tan altas horas de la noche, pero lo que sí me hizo gallinetear fue un segundo tipo se desprendió corriendo del grupo y se montó atrás. En ese momento me declaré atracado y sólo esperé que la cosa se oficializara.

Que entre ellos hablaran árabe me alivio un tanto, pero igual podía tratarse de un estratagema, porque por un lado yo no entiendo una papa de árabe y por otro los delincuentes de hoy en día son unos planificadores envidiables. Estuve vacilando entre dirigirme hacia un puesto policial y denunciar el inminente robo, pero el temor al desatino fue mayor. Pensé también en aproximarme a Plaza Venezuela y simular un caucho espichado e invitarlos a tomar otro carro, pero no me complacía mucho la idea de verme a mí mismo tan cagueta.

No ocurrió ninguna desgracia, pareciéndome más bien que ellos también iban asustados, cosa que deduzco por el alivio que parecieron respirar cuando descendieron frente a la casa que dijeron vivir.

A la zona F del 23 de Enero llevé asustado a dos camaradas gay. Ellos iban hablando de su materia hogareña, mientras yo trataba de averiguar si no se trataba de un camuflaje hamponil para despojar a taxistas del producto del sudor de sus frentes. Los dejo al lado del estadio Chato Candela y me dan las gracias, gesto que atribuyo a mi pírrica tarifa de 50 bolívares.

Otras veces el esfuerzo se proyectó a las madrugadas. En alguna ocasión, se montaron unos noviecitos que además de andar paloteados estaban como enguerrillados. Empieza una pelea de gatos y perros. Creo que ninguna llegaba a los 18 años, al menos ella parecía de 15, diagnóstico que hizo preguntarme si en esos locales de la juventud se permitía el ingreso de doncellas.

Vienen ahora gritándose, ella reclamándole que estaba bailándole muy estremecidamente con una fulana a la que sólo alcanzaba a tachar de puta. La adolescente se encolerizó totalmente cuando el don juancito le pidió que por favor dejara de referirse a fulana como puta. Entonces quiso darle unas pescozadas al tiempo que le gritaba maldito. Se confunden en un ajetreo de golpes y maldiciones y el pobrecito taxista impávido, entre decidir por decirles que se bajaran o impedir que la damisela sufriera daños, aun cuando prácticamente aquella era una pelea de pareja.

Por los lados de La Previsora, valiéndose que yo no violento la luz del semáforo en ninguna circunstancia, el galán abrió la puerta y se bajó y la dejó ahí hecha un desplante y sumergida en llanto incontrolable. Carraspeo para que se acuerde de mi presencia, y luego le pregunto si la termino de llevar a donde originalmente me había pedido: la alta Florida. En el camino le dedico mi sermón number one para damiselas en dificultades sentimentales.

Al llegar, se acuerda de que no tiene para pagarme, que si la puedo disculpar, que anote su número celular y eso.

O que si quería pasara y bebiéramos algo que además de no tener sueño, estaba sola en casa porque sus padres se habían ido a pasar la navidad en París y ella prefirió quedarse con el rolo e loco de su novio. Acepto atraído por la rareza de la anécdota. Guardo el cagajón en el espacioso garaje a cielo abierto y ahí nos sentamos en la mesita donde ella sirve unos tragos mientras prende un cigarro y me pregunta que si además de taxista soy otra cosa. Mientras le digo que padezco de la cojera de ser periodista, la miro en detalle, ya con otros ojos. Pero no, que va, rápidamente deshago mi pensamientos, no es mi ring.

Y así seguimos, hasta que la aurora sobreviene cubierta de hielo. Ella no paraba de tomar y me sorprendía que estuviera tan bien, porque ni apariencia de borracha circunspecta tenía. A esa triste hora se pone a preparar un enrollado de marihuana con semillas que tenía en una bolsita plástica en su chaqueta. No me alarmé, estaba delante de una chamita y sabía que debía impostar naturalidad, aunque a mis adentros me santiguaba: Padre nuestro, figúrate que la policía me hubiera detenido en el camino y hubiera descubierto a esta nena con hachís. Qué escándalo, quién me aguanta a mí en los titulares de mis amigos. Qué bochorno.

El momento cumbre para mi apaciguado espíritu se presentó cuando ella inhaló el rollo y me extendió el resto. Debía tomarle, porque imagínate que me pusiera a esa hora con la pacatería de no, gracias, yo no fumo. Pero agarrarlo implicaba absorberlo. Tampoco fue que ella se quedó mirándome retadoramente esperando que fumara.

Sobre la marcha decidí que lo llevaría a mis labios y fingiría que le eché un fumito. Así estuvimos en toma y dame, hasta que me cayó la locha de que debía seguir con mi teatro, porque ella ya estaba risa y risa preguntándome que si no me daba nota. Jajajaja. Saqué mi capacidad histriónica y acompañé sus carcajadas, pero ellas debían estar sujetadas de las mismas incoherencias a que ratos manifestaba ella, que había empezado a tratarme de guebón y a preguntarme que cómo hacíamos que colearnos en el concierto de Cranberries (¿?). Para mostrarse coherente con la incoherencia, yo le preguntaba mientras trataba de doblar el blanco del ojo: mami, tú has visto una iguana. Qué arrecho, te tengo que llevar para Valle de La Pascua. ¿Y un venado, mami, has visto un venado?

A las seis de la mañana se quedó dormida en el jardincito. Como el prototipo de telenovela, le dejé anotado mi número y me largué de esa extranísima atmósfera undergraund.

Llegado el 29 de diciembre, fecha en la que debía parar por compromisos familiares, ya había alcanzado mi meta de acumular 6 mil bolívares fuertes, lo que se corresponde al promedio diario de 200 bolívares, que malos no son pero que de igual manera no satisfacían la perspectiva de los 400 que me dijo un pana que se hacían, comentario que fue el germen de mi incursión como taxista producto de una casi trágica circunstancia.

En las postrimerías del año, dos panas fueron diagnosticados con tumores cerebrales. La providencia quiso que los detectaran a tiempo, porque en uno la cosa comenzó con la pérdida del centro de gravedad desde un oído, lo que lo regresó al hogar materno, donde no se anduvieron por las ramas y fueron a hacerle una tomografía que reveló el punto oscuro. Pero consiguió que merecidamente la revolución lo ayudara con los 70 mil bolívares que cobraron en la clínica, incluso con el tratamiento post operatorio.

Pero el segundo camarada no está tan curtido en las lides gubernamentales, con todo y que su familia labró una ayuda ministerial que permitió la operación, pero vinieron las de Caín con el costo de la radioterapia de rehabilitación.

Sus cuatro panas entonces acordamos reunir los 30 mil bolívares que se necesitaban y en distintos horarios emprendimos la recolección a punto de anecdóticas carreritas. Ambos están en vías de salvarse, por ahora, de la pelona y seguir jodiendo un rato más en esta espléndida segunda oportunidad que la vida les ha concedido. Fueron mis votos para seguirle rindiendo tributo a la amistad.

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