viernes, 22 de enero de 2010

Manifiesto putrefacciónico

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El putrefaccionismo es un nuevo modo de estar en la vida. Ver y sentir la putrefacción. La perspectiva podrídica como futuro inevitable de lo bello vivo. Anticipar - hacer presente - en pequeños detalles, cambios de color, mugidos, balidos, ladridos, aullidos, gritos, jadeos y ronquidos, la putrefacción de las gargantas. Convivir con la certeza de la putrefacción, licuefacción y transformación en agujeros de ojos celestes, negros, grises, verdes, bizcos, grandes, chicos.

La serena y fría certeza de convivir con la inevitable putrefacción de lo vivo, sin nostalgia. La perspectiva putrefacciónica permite soportar el seguro porvenir oloroso tanto en las carnes que uno acaricia, aprieta y se mete, en las pieles que uno lame o besa como en nuestras manos, labios y lengua, sin dejar por eso de oler – ahora - aquella dulzura ácida, el cálido aroma de esas axilas, el olor a flor y miel que llega en fugaces brisas de movimientos ondulados. Más o menos pasajero encuentro de dos certezas de putrefacción - propia y otra - que anuncian una futura convergencia en lo putrefacto. Porque a pesar de la diversidad de orígenes en su composición, el ser-en-el-mundo-proto-putrefacto, el ser-ahí-podrido, tienen en común la futura podridez de su olor, su inexorable descomposición, y la múltiple, burbujeante, colorida, pequeña, microscópica vida que cálidamente comienza a retozar incansable y persistente en la fría, serena, quieta y generosa carne ofrecida.

Aquel inevitable mal olor también será dulce. Pero no será la dulzura de un néctar segregado por miles de microscópicos poros hasta transformarse en agua y nube de pájaros, besos y lenguas, sino la feroz dulzura de los gusanos, las moscas y las hormigas, el olor de sus movimientos rápidos y desesperados. Un olor que no se siente en la nariz. Un olor que va al estómago y sale de una piel fría encima de una carne inmóvil. Un olor que se anticipa en la lengua con algunos quesos franceses o ciertas conchitas algo sucias. Y que también lo encuentra aquel curioso que escarba una tumba reciente o consigue entrar en la morgue después de un prolongado corte de luz.

Cuestión de curiosidad, se podrá decir, de aquellos que quieren saber como son esas cosas de la vida. Pero tal vez no sean necesarios actos tan radicales. Basta un poco de imaginación, y como mínimo tener certeza que en los universos de partículas y sub-partículas atómicas de carne podrida, licuada o ya seca, hay mundos y planetas con alguna hermosa mujer de carne tibia con piel muy suave de dulce olor a flor y miel.

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