viernes, 22 de enero de 2010

¿Sólo podemos lloriquear los literatos?

Víctor Ramírez (Desde Canarias. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

También lo leeré en la revista El Guanche. Lo leí concretamente en el número 2 de los cinco que pudo dirigir Secundino Delgado en Caracas. Recordemos que ese ejemplar está fechado el 2 de di-ciembre de 1897, hace un siglo justito.
En las páginas 8 y 9 se reproducen 17 octavas reales del poema A mi Patria, en la sección Nuestros Poetas y atribuido a Pablo Romero. Falta el segundo apellido, pero deduzco que se trata de Pablo Romero y Palomino.

Había nacido éste en nuestra pequeñita ciudad del 1830; y fallecería en su finca de Valleseco cincuenticinco años después, el 18 de septiembre del 85. Estudió en la metrópoli, ordenándose sacerdote. Fue profesor de Filosofía en La Habana. Ya de regreso, colaboró en prensas como "El Porvenir de Canarias", "El Despertador de Canarias" y "El Teide" -poquísimos le leerían, claro, pues casi total era el analfabetismo de nuestros ancestros. Pudo publicar Pablo Romero dos poemarios: Flores del alma en 1858, cuando tenía 28 años, y Recuerdos y suspiros en el 75, con 45.
Néstor Alamo Hernández afirma de él -y sus razones tendría- que fue misántropo, huraño, descreído, liberal, progresista, ingenuamente carbonario, cuidadosísimo en el atuendo, pulcro y correcto, alto, moreno, socarrón, hirsuto. Y también dijo Néstor que, como no le compraban los libros en las librerías, se iba a venderlos de puerta en puerta con su criada cargando una cesta llena de ellos. Ya conocemos que Pablo Romero sostuvo una agria polémica poética con su prima Agustina González Romero "La Perejila". Y que él, sacerdote, vivía en la opulencia, al contrario que La Perejila -quien lo creía usurpador de buena parte de la herencia familiar que a ella correspondía.

Recordemos asimismo en qué miseria vivió y morirá la pobrecilla, descendiente de personas con ciertos poderes económicos. Cuando el rico sacerdote fallece, -según dejó constancia poética doña Agustina-: herencia a la cual, insistamos, creíase con derecho nuestra Perejila: llenándose de natural resentimiento hacia la Iglesia, que (tenebroso mar) arrambló con las propiedades del vate Romero y Palomino.
De éste, miren por dónde, aún hoy podemos aprender reflexionando sobre dos de sus dieciete octavas reales reproducidas tras su muerte por El Guanche secundiniano: allá tan lejos, en Caracas. ¡Milagros de la literatura, que sigue con vida aunque haya fallecido su autor o autora siglos antes! -que diría Azarug. Leamos la antepenúltima.

Soy de aquellos guerreros descendiente
que el furor de su bárbara cuchilla,
en triunfo aciago, a la canaria gente
inmoló por los reyes de Castilla;
mas bañóme al nacer canario ambiente
y la espléndida luz del sol que brilla
de los Canarios en los campos bellos:
hijo soy de esta tierra como ellos".

Hay mucho de qué aprender en tan pocas palabras, amigos míos -y se notaba eufórico a Azarug. Pablo Romero se reconoce heredero de los homicidas invasores españoles. Pero tengo mis dudas porque demasiados fueron los descendientes plenos de guanches que hicieron desaparecer los documentos que les acreditaban como tales y que, por contra, se fabricaron ascendencias hispanas: cuestión de supervivencia y de posibilitarse el medro social.
Mas la lección está cuando se proclama como ellos, como los guanches, como los masacrados, y aún admitiéndose proceder de los que asesinaron en provecho de los reyes españoles. Y se proclama guanche porque "hijo es de esta tierra" y no de España.
(El poema se titula A mi Patria, y ésta -queda clarísimo- se llama Canarias, no España. Ni dice nada de patria chica o grande).
*
Leamos también la octava anterior:
Perdona, egregia España, al tierno vate
que de lágrimas rinda ofrenda pura
a las víctimas tristes del combate
y maldiga su voz tu gloria oscura.
Dios inunda mi ser: mi pecho late
de noble indignación y de amargura,
y el rocío inmortal del alto coro
de perlas cubrirá mi ardiente lloro".

Lo escrito en esta estrofa, amigos míos, refleja la esquizofrenia castrante de casi todos los literatos canarios que, leyendo y escribiendo, acaban topándose con esa pérfida realidad que es todo sometimiento a metrópoli siempre despectiva y tan cruel, codiciosa y nada respetuosa con nuestra condición de también humanos.
Romero pide perdón y la califica de "egregia" por si acaso le meten mano los malditos poderes represivos de siempre por aquí -aunque admitiera él que aquí casi nadie lee... ¡pero nunca se sabe! Y se autocalifica de "tierno", es decir indefenso, asustado -¡siendo sacerdote, perteneciendo al cuerpo represivo colonial más poderoso del momento! Así y todo, rinde homenaje a sus compatriotas venci-dos, a los guanches.
E incluso no puede esconder su indignación, noble por supuesto, al maldecir la gloria oscura, sangrienta, de los vencedores, de España. Como sacerdote que es, además de guanche del siglo XIX, Romero Palomino invoca a Dios, a los cielos, al rocío inmortal del alto coro, para que santifiquen su poema, su ardiente lloro. ¡Nunca imaginó el misántropo clérigo que sus versos serían didácticamente reproducidos, veintidós años después de su muerte, por Secundino Delgado en El Guanche!
¡Ni que acabando el siglo posterior aún nos ayudan en nuestra lucha por lo más digno para Su Patria, para sus compatriotas: la independencia, la conscienciación emancipadora! ¡Benditos sean Perejila y Pablo, por mucho que se odiaran entre sí!