jueves, 11 de febrero de 2010

Cine: La hora de los hornos (1968)


Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Efectivamente, estaba yo en plena adolescencia cuando presentaron el antiguo Colegio de San Ignacio, allá en Pichincha con Girardot, que otrora había sido utilizado como cuartel, la película de Fernando Solanas; apenas si empezábamos a despertar a la conciencia social, con muy pocos elementos de marxismo, con toda la ambivalencia que creaba dejar nuestra condición pequeño burguesa para avanzar en el conocimiento de una teoría que podía resultar
esperanzadora para toda la colectividad.

Todo lo que íbamos viendo con la ruptura del cascarón parecía indicarnos que lo que Fernando Solanos decía era la pura verdad, así nos resistiéramos a equiparar al David de Miguel Ángel con la Coca-Cola o a la Venus de Boticelli con los anuncios de la General Motors.

Sin duda eso de la violencia institucionalizada nos resultaba una realidad que aún seguimos palpando a cada instante, cuando ya empezamos a descender la cumbre la vida, para entrar en el mundo de las personas mayores… ya sabíamos que, a causa de esa violencia, un hombre podía reñirse con un gallinazo, zopilote o como queráis llamar a esas aves negras, carroñeras y
agoreras, en escenas de la vida real, capaces de llenarnos espanto, cuando veíamos a esos contrincantes estirar una tripa y estirarla y estirarla, cada uno de un extremo hasta romperla y quedarse cada cual con un pequeño trozo de intestino, que, sin lugar a dudas, no iba a calmar el hambre de ninguno de los dos.

Algo sabíamos de la violencia de 1948, que no nos había tocado de cerca, esa que veíamos en las fotos de los periódicos, porque la violencia de entonces ocurría allá lejos, en el campo y no se daba en ciudades como Medellín; la violencia urbana vendría muchos años después a expresarse con toda su crudeza. Ahora sabemos que ambas han tenido en su origen una violencia institucionalizada.

Pero quizás aún no estábamos suficiente ilustrados ni preparados como para no pensar que el cine de Solanas fuera un cine maldito; ahora, con las gafas para la presbicia, que nos permiten ver lo más cercano, podemos pensarlo más bien como un cine mítico y, tal vez, la maldición con la qu
e nos enfrontaba, hiciera que nos saliéramos indignados de la cafetería del colegio, donde pasaban la proyección, de una manera un tanto clandestina, sin saber que era un filme fundamental para pensar una nueva ética y una nueva moral, bien distintas de la que nos enseñaban los reverendos padres.

La película, de la que sabía, por mi novia que vivía en Londres, que había sido presentado allí en un Festival de Cine Latinoamericano, nos enfrentaba con la desigualdad, con la injusticia en la hermana Argentina, vicios sociales que también teníamos ahí al salir del claustro colegial, ahí a la vuelta de la esquina y resulta ahora una rica experiencia reconciliarme con Solanas, al volver a ver su cinta completa en youtube, al rever con calma todos sus capítulos, el del neocolonialismo y la violencia, el del acto de liberación, las crónicas sobre el peronismo y la resistencia, para, al fin, mirar y repensar el de la violencia y la liberación, narrados por las voces en off de Edgardo Suárez, María de la Paz y el propio Solanas, quien había escrito el guión junto
con Octavio Getino, hombre de libros y seminarios, quien se dedicara a hacer un cine de underground.

La obra fue filmada en un formato de 16 milímetros, en blanco y negro, con el propósito de romper con los modelos europeos y norteamericano, que el cine argentina intentaba imitar y la coincidencia de la presentación de la película con el Mayor francés hizo que fuera todo un éxito en los sectores de izquierda, aclamada por su libertad formal, por su contenido político y su función social, aunque en su país de origen, la Argentina, la cinta fuera duramente censurada, de tal manera que no podría proyectarse sino casi con la llegada de la democracia, tras los durísimos años de plomo, que la película no pudo registrar.

El proyecto de Solanas, Getino y algunos otros era ir hacia “un tercer cine, que analizara las relaciones entre cine y política, para lograr un programa teórico de acción sobre la realidad, una especie de cine militante

Su innovador filme empezó a agrietar en nosotros, el relato de la historia oficial, al presentárnoslo como una falsa historia que nos habían enseñado, llena de fechas pero sin una estructura, una historia sosa, que no procuraba llegar al mecanismo que lo mueve todo, una historia de odios, de luchas de clases sin conciencia de ellas, en el que los carteles de la película, a la manera de lo que sucedía en los filmes del cine mudo, Solanas y Getino estaban ahí para narrarnos una historia continental de la infamia, si queremos parodiar a Borges.

Ese cine nos resultaba claramente subversivo, como si fuera una tea para encender una revolución, que pensábamos que de La Habana casi venía ya por Sabaneta, como años más tarde se lo decía una novia envigadeña a su madre.

La filmación de la película había sido hecha en la clandestinidad, como una realización secreta y las exhibiciones eran casi furtivas, al menos en América Latina, pues la asistencia a ella podía resultar un acto bastante comprometedor. Su espíritu era político y didáctico, llevado a cabo, con los ahorros de los realizadores, por todo un equipo, llamado el Grupo Liberación, que lideraba Fernando E. Solanas, precisamente en los tiempos de la dictadura de Onganía, como cine alternativo al comercial que hacían, al dirigir spots publicitarios.

Pero pienso que más allá de todo lo que pueda recordar, lo mejor que pueda decir es lo que copio del libro cinematográfico mismo de la película, el escrito por el director con Octavio Getino, el habría que leerlo acompasándolo con el ritmo de las imágenes, las voces y la música del filme, un clásico del cine político latinoamericano:

Las armas incendiarias empezaban de nuevo a levantarse para luchar contra toda una geopolítica del hambre, poblada por una gran masa de desposeídos, marginados y condenados, mientras los poderosos, como hoy, pretendían que nos tragáramos una falsa historia oficial, que era la que nos enseñaban cuando procuraban ilusionarnos con falsas riquezas, con falsas creencias económicas, para darnos una irreal utopía de libertad, como bien lo señalara Scalabrini Ortiz, el pensador argentino.

Frente a esa política, para dejar de ser colonias, sólo cabía una opción: la del poder del Pueblo. Era entonces un momento para la invención, para organizar un cambio. Sentíamos entonces que era nuestro deber. Se anunciaba en ese momento una guerra larga y cruel contra la impunidad, como precio que habíamos de pagar para humanizarnos; se nos estimulaba entonces al odio, bajo el presupuesto de que un pueblo sin odio no puede triunfar, ya que como Franz Fanon lo decía:

El hombre colonizado se libera en y por la violencia.

Era, entonces, la hora en la que los incivilizados debían educar a los civilizadores, como lo señalara Hernández Arregui, otro escritor y político argentino, ideólogo de la Izquierda Nacional de su país, cuando acusaba a la oligarquía, ayudada por el imperialismo yanqui, de traicionar la identidad del país, para que la mayoría fuera en aras de la creación de una conciencia propia.

Era preciso soltar al hombre de las ataduras de ese Poder. Había que declarar la guerra al imperialismo, clamar por la unidad de los pueblos contra el enemigo común del género humano: Los Estados Unidos de América, como había dicho el Ché. Se hablaba entonces de que América Latina era un continente en guerra contra la opresión y en pro de la liberación, ya que la independencia de nuestros países había sido traicionada en sus orígenes, por parte de las élites exportadoras, que ahora jugaban al golf.

Ribadavia había vendido su país a los comerciantes ingleses, bajo el presupuesto del mercado de libre comercio de entonces. La mercancía británica comenzaba a invadir el mercado interno de la Argentina.

La reina Victoria venía a substituir a Fernando VII. El dominio no se daba militarmente sino que los proveedores eran quienes lo ejercían con sus empréstitos. Si Argentina enviaba lana, recibía de la metrópoli, elegantes paños ingleses; la carne y los cueros venían a convertirse en pianos de cola. La burguesía se mutaba en el apéndice agrario de la industria europea; así nacían el neocolonialismo y nuevos Maquiavelos, en su loco afán de dividir para reinar, y lesionaban los sueños de los próceres de una unidad latinoamericana y así nacerían veinte países de cuatro virreinatos.

Monroe con su “América para los americanos” lanzaba una agresión abierta contra el continente. Mientras el Poder norteamericano avanzaba.

La pampa estaba empobrecida, a pesar de la grandeza del territorio argentino, para hacer un extenso país casi desértico, donde el 70% de la población se aglomeraba en las ciudades, con cifras de densidad entre Buenos Aires y la Patagonia absolutamente desproporcionadas, y eso con ser, de América Latina, para aquel entonces la nación con un mejor nivel de vida, con sindicatos más organizados y una intelectualidad brillante a pesar de ser la más europeizada del continente.

Y allí operaba, como en el resto de los países latinoamericanos una violencia constante, minuciosa y sistemática, la cual se imponía a través de la explotación de la clase trabajadora, como una especie de violencia cotidiana, sin NAPALM ni gases tóxicos, sino a través de infinidad de recursos políticos, económicos y culturales tan eficaces como las armas bélicas, una ideología de colonizadores.

Allí la violencia neocolonial no necesitaba ponerse en acto sino que con ser potencial valía. El 75% de los trabajadores argentinos no cubría, con sus ingresos elementales, las necesidades más vitales, dada la disminución del poder adquisitivo de los salarios, lo que obligaba a jornadas laborales muchísimo más largas.

Allí sólo la mitad de los trabajadores rurales ha tenido trabajo permanente, en un continente donde un altísimo porcentaje de la tierra ha estado en manos de un 1% de la población, de los terratenientes.

Allá el 80% de la población rural ha carecido de tierra y ha vivido en ranchos o en chozas de adobe, que poco han cambiado desde los tiempos precolombinos.

En aquel lugar se ha vivido sin electricidad ni agua potable, sin servicios sanitarios, con seres humanos sometidos a un ayuno crónico, al hambre y a las enfermedades endémicas.

Ahí, en ese culo del mundo, había cerca de 900.000 niños abandonados, ya que un 70% de ellos carecía de padre conocido y morían cuatro de cada diez niños nacidos, en medio gritos que harían conmover al mismo Edvard Munch.

En Brasil, el 43% de los niños morían de hambre, 300.000 al año, muchos más de los que perecieron en Hiroshima y Nagasaki, mientras el 40% de la población urbana vivía en condiciones de casi absoluta promiscuidad, en medio de hambres y miserias, en el seno de familias obreras, valga el error de ortografía.

Ahí cerca en el verde Brasil, 800.000 personas habitaban viviendas inhabitables, ya que 45 millones de latinoamericanos han sobrellevado la vida en conventillos, villas-miseria, tugurios y favelas.

Para entonces, en Argentina había un millón de sifilíticos, un millón y medio de tuberculosos, dos millones de chagásicos, con ingresos veinte veces menores a los de las clases altas, muy lejos de alcanzar el nivel salarial de los países ricos, Francia y Estados Unidos de América.

Allí la violencia callejera empollaba cada día, mientras Buenos Aires entonces se convertía en epicentro de una política neocolonial, una ciudad blanca en una América mestiza, que crecía a expensas de su país, para ostentar con el título de la mayor urbe de habla hispana de América Latina, apéndice de las grandes metrópolis, donde un gaucho podía ser tan exótico como en París, Londres o Nueva York.

El puerto del río de La Plata era entonces una capital habitada por funcionarios, profesionales, administradores, intermediarios y capataces de colonos, convertida en cuna de una gran clase media, de una pequeña burguesía, eterna llorona de un mundo perturbado, la más reaccionaria de las clases, para quien el país resultaba intolerable e inmutable a la vez, cuidadosa de su estatus, de su prestigio, de sus vanas ilusiones, dispuesta a copiar las últimas modas de Europa, de espaldas al país, pero abierta hacia el gran río, como sede del gobierno, de la bolsa, de la curia, de las agencias informativas, del comando en jefe del ejército y de las bandas de delincuentes, una olla podrida, donde habitaba la clase intelectual del país, donde había estatuas vende-patrias como Carlos María de Alvear, uno de los personajes más polémicos del siglo XIX argentino.

En ese país del sur, en ese momento, los ganaderos hacían sus subastas y premiaban sus reses mientras se llevaban el 42% del ingreso nacional, con lo que se convertían en los dueños del país, antes aferrados al monocultivo y al capital inglés pero ahora, en ese instante, asociados con la alta burguesía industrial y el capital financiero americano, para cantar la grandeza de su país, con una aristocracia muy parecida a la europea, como lo diría una fair lady a la criolla mientras añoraban las glorias de sus antiguos militares, tan cultos y alambicados y anhelaban la presencia de nuevos milicos, que vinieran a imponer un nuevo orden en las cosas, mantener la seguridad nacional y establecer una clara diferencia entre los chicos bien educados en colegios bilingües, que no hacían nada, en su condición de muchachos formales y esos otros incultos y analfabetos, en general, destinados a desaparecer una década más tarde, porque algo habían hecho contra el statu quo.

Dicha burguesía en su propia patria se sabía foránea, nostálgica de una Belle Epoque, bien a la francesa o de una Inglaterra victoriana, a quienes, en realidad, de verdad, habría que gritarles:

- ¡Ahí están! ¡Esos son los que venden la Nación! – pues con un atuendo liberal exterminaban a la población indígena, convertidos en autores de una violencia cotidiana, que se vivía en el país, mientras añoraban congelar la Historia, detener el tiempo y convertir el pasado, en perspectiva, en un supremo sueño oligárquico, mientras sus miembros más honrosos eran enterrados entre las estatuas de mármol de La Recoleta, el cementerio de los ricos, sin pisar para nada los predios de La Chacarita, donde reposaban los restos del popular Carlos Gardel.

Todo apuntaba a crear un sistema neocolonial, el cual abría las puertas al General De Gaulle, a los Kennedy y a los reyes de Inglaterra mientras los cuerpos de paz estadounidenses se infiltraban en las zonas rurales hasta llegar a los lugares más recónditos, bajo el influjo próvido de la Alianza para el Progreso, con el fin de lograr una penetración cultural, que corrompiera la conciencia nacional y facilitara así el dominio de los United States of America, en aras de mantener la estabilidad y el orden, aunque nada quedara en su puesto.

De esa manera, en América Latina los pueblos no tendrían la opción de cambiar su destino, ya que había uno Manifiesto, trazado por los propios Estados Unidos de América, gracias a elecciones fraudulentas o golpes de estado.

Así el hombre del pueblo quedaba segregado, convertido en un subhombre, como si hubiera nacido para a escribir sus memorias del subsuelo, sus memorias del subdesarrollo, al estilo del antihéroe de Dostoievski o del irónico largometraje cubano de Tomás Gutiérrez Alea o la memoria inconsolable de Edmundo Desnoes.

De esa manera, la explotación de un país abiertamente colonizado llevaría a formas de segregación más solapadas aunque suficientemente efectivas, en países, donde al pueblo se le ha querido restar categoría humana hasta aparecer al desnudo ese racismo en las zonas rurales, hasta hacer sentir a los indígenas que no valían nada, despreciados como los perros mientras tienen que andar con ellos por las trastiendas, sin ayuda alguna, ya que quienes valen eran los “cristianos”, en su función de conquistadores.

Bien se sabe que el colonizador no podría admitir que la sangre del colonizado fuera igual a la suya, por lo cual éstos no podrían ser reconocidos como hombres sino convertirlos en seres que apenas hablan y apenas cantan.

Las campanas tocaban a rebato para instalar la dependencia, para que le entregaran el oro que vislumbraba el conquistador Sebastián Caboto, al establecer el poderío español en esa región del Sur, que hoy conocemos como Argentina.

Lo que se pretendía para hacer era que lo caracterizara a los países latinoamericanos fuera su sometimiento económico, político y cultural, ya fuera a España, Portugal, Inglaterra, Holanda, Francia o los Estados Unidos de América, encargados de ejecutar un interminable saqueo colonial, ya que sin independencia económica no hay independencia política y no cabe posibilidad alguna de desarrollo, aunque haya alguno aparente en las ciudades pues la presunta ayuda imperialista siempre cuesta más al que la recibe que al que la da, en una proporción de uno a cuatro.

Los países pobres terminan por entregar sus bienes a bajo precio, con una mano de obra barata, lo que conlleva atraso, miseria, opresión, desde una autorepresentación, alimentada por el imperialismo, bajo el apelativo del subdesarrollo, desde donde cada día se exporta más para recibir lo mismo.

Cada día se trabaja más y se cobra menos, como si los habitantes del Tercer Mundo fueran ovejas, condenadas a ir al matadero, con deudas externas excesivas, con ojos agónicos, a causa del desangre y la hemorragia, mientras nos engañan con el universo de mermelada de los comerciales, anunciadores de un mundo repleto de mercancías.

Los monopolios extranjeros, aliados con los nativos, llegan a controlar las economías nacionales y toda su producción.

Multitud de niños no tienen escuela para aprender a leer, están siendo sometidos al analfabetismo y condenados a vivir en barrios de lata.

Este flagelo corroe a una mayoría casi absoluta en Brasil, Bolivia, Perú, Venezuela, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Haití y República Dominicana, para no nombrar otras naciones, donde cerca de un 70% de sus gentes no saben leer ni escribir, lo que facilita una colonización pedagógica, para lograr una penetración ideológica.

Se ofrece entonces la Coca-Cola, coches de la General Motors, con ofertas a crédito que instuticionalizan, naturalizan y hacen pasar como normal la dependencia, sin que el pueblo tome conciencia de esa violencia, de tal forma que esa pedagogía, como aparato ideológico de estado, haga que no se requiera de la policía como aparato represivo y esa pedagogía tendrá como principal receptáculo a las clases medias, que asisten a la universidad, como órgano del Poder político vigente, destinado a formar conciencias adictas al sistema, para formar a una intelectualidad desvinculada del pueblo-nación, ajena, en su gran mayoría, al país real, con escritores al estilo de Mujica Laínez, representante de la inteligentsia del sistema, para una élite híbrida y despersonalizada, siempre disfrazada de algo, mientras un verdadero europeo como Jean-Paul Sartre decía que nada es más consecuente entre los europeos que un humanismo racista, puesto que no han podido hacerse hombres sino fabricando esclavos y monstruos, voz que se unía a la del Frantz Fanon que clamaba desde su negritud:

No rindamos, pues compañeros, un tributo a Europa, al crear estados, instituciones y sociedades inspirados en ella. La humanidad espera algo más de nosotros que esa imitación caricaturesca y obscena… hay que inventar… hay que descubrir.

Aunque ahí, yo si creo que se le va la mano a Solanas, al equiparar el Partenón, el arte europeo, el bizantino, Picasso, Manet, Boticelli, Miguel Ángel, Leonardo, el Giotto, Wagner y Byron, con los productos del capitalismo salvaje, salvo que escuchemos muy bien el texto verbal que nos advierte que el niño de los países dependientes, desde que aprende a leer, es asaltado por todos los modelos de una civilización que le es impuesta como único valor universal y así las cosas, tras el mito de una cultura universal se introducen valores, que son difíciles de romper cuando uno ha vivido alienado desde la infancia, convencido de su inferioridad, ya que el Hombre con mayúscula destruye nuestras defensas, negado en lo que es para enajenarse a un amo, que es el que da valor al intelectual o al artista de los países dependientes, siempre a la espera del reconocimiento de la Metrópoli.

El copista entonces que no asume su posibilidad creadora, no asimila ni transforma los mejores valores de otras culturas para construir la propia; y por ende, renuncia a su capacidad de búsqueda o de invención, crece su inhibición, su desarraigo, su evasión, su cosmopolitismo cultural, al irse cargando de agobios metafísicos, con los que traiciona a su propio país, puesto que la cultura sólo podrá ser un hecho universal, al servicio de todos los hombres, cuando hayamos destruido, a nivel universal, el imperialismo y la sociedad de clases, cuando se haya universalizado la liberación total del hombre, nos dicen Solanas y su grupo.

Las procesiones de Semana Santa en Jujuy, tierra de campesinos, al ritmo del sermón de los curas o la cháchara de los mercachifles, adivinos, curanderos, consejeros, astrólogos y moralistas se interponen entre el sistema y el pueblo, como desorientadores, para reforzar las ideas de Dios, de fatalidad y de destino como ideologías, como aparatos ideológicos, en el sentido de Louis Althusser, que afectan a la mente de los seres humanos.

Así los mass media, con su potencialidad transmisora de ideologías confundidoras, se hacen más peligrosos que el NAPALM.

Un ejército de psicólogos, de sociólogos y analistas motivacionales dividen y enfrentan a las organizaciones sindicales, políticas y estudiantiles, silencian las movilizaciones populares, en una tarea despolitizadora del pueblo, al generar escepticismo y evasión, al enseñar a pensar en inglés, bajo el control de la CIA, con su censura y represión totales, de tal manera que lo real, lo verdadero, lo racional queden, al igual que el pueblo, al margen de la Ley.

Y mientras tanto artistas e intelectuales son asimilados dentro del sistema, a la vez que la violencia, el crimen, la destrucción pasan a convertirse en la paz, el orden, la normalidad.

La monstruosidad entonces se viste de belleza y la opción ante el dolor y la tristeza de una América Latina, tan condenada como el África de Frantz Fanon, hacen que la vida y la muerte estén marcadas por la violencia cotidiana, en una guerra de hambre, de enfermedades curables, de vejeces prematuras, con una gran mortalidad, dejando el saldo de miseria de una gran población sometida a un verdadero genocidio, sería elegir con la rebelión su propia vida y su propia muerte, la cual, al inscribirse en la lucha por la liberación deja de ser la instancia final para convertirse en un acto liberador, una conquista en aras de una vida distinta en esta tierra, donde pudiera esperarse el latinoamericano recupere su existencia.

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