jueves, 25 de febrero de 2010

Cine: Pintar o hacer el amor (2005)

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Francesa
GÉNERO: Comedia
DIRECTORES: Jean-Marie Larrieu / Arnaud Larrieu
DIRECTOR ARTÍSTICO: Brigitte Brassart
PRODUCCIÓN: Geraldine Michelotti /Philippe Martin
PROTAGONISTAS Sabine Azema como Madelaine, Daniel Auteuil como William, Amira Casar como Eva, Sergi López como Adán
GUIÓN: Jean-Marie Larrieu / Arnaud Larrieu
FOTOGRAFÍA: Cristophe Beaucarne
MONTAJE: Annete Dutertre
VESTUARIO: Laurences Struz
MÚSICA: Philippe Katerine
DISTRIBUIDORA: Golem Distribuidora
DURACIÓN: 98 minutos
COLOR: Color

Sin duda, el título de la película resulta bastante sugestivo; con él, los hermanos Larrieu parecieran invitarnos a un tranquilo y sensual esparcimiento con una historia simple, tal vez sólo con algunos enredos, los suficientes como para ubicarse en el género de la comedia, salpimentada, en esta ocasión, con la actuación de Daniel Auteuil, Sabine Azéma, la actriz, a quien bien hemos conocido a través del cine de Alain Resnais, el director que le diera un giro decisivo a su carrera, con quien se casaría en 1998 y Sergi López, quienes nos harán pasar de lo lindo en un delicioso divertimento, bien sazonado, a la europea.

Realmente la cinta resulta sencilla y enternecedora, sin mayores aspiraciones, como si los directores nos invitaron a no complicarnos la vida pero, eso sí, a sacar el mejor provecho de ella. Simplemente bastaría pintar y hacer el amor.

Asistimos entonces a una fresca historia en la que la pareja de William y Madelaine, un matrimonio bastante feliz, que lleva varios años de casados, ya en el momento de la prejubilación de él, como trabajador de un servicio de meteorología, se quedan solos porque su hija va a estudiar a Italia y ya, para hacer uso de la edad dorada, deciden pasear por las colinas cercanas de su ciudad, a donde ella lleva su caballete para pintar las puestas de sol, hasta que conocen a Adán, el alcalde del pueblo, un hombre culto pero ciego, quien les muestra una solariega casa en medio de la pradera, que la pareja compra de inmediato para ser aún más felices, con las visitas de Adán y su compañera Eva, quienes son sus vecinos cercanos, a los que los recién llegados ofrecen su casa cuando la de estos se incendia.

Después de treinta años de matrimonio, a pesar del síndrome del nido vacío, de una jubilación que se avecina y de un ocio constante, la pareja de William y Madelaine lleva una existencia tranquila, toman aperitivos con sus amigos, juegan al golf los domingos, lo cual pareciera ser una excepción en este pícaro mundo.

Además disfrutan del paisaje, de la casa, de la noche, del cuerpo, en una vida que recuerda la inocencia del dulce pájaro de la juventud, la cual viene a resultar subversiva y provocadora, a pesar de la levedad de sus actuaciones. Su vida es entonces bastante normal y el tiempo pasa con sus estaciones, entremezclado de recuerdos y novedades; a pesar de estar en el otoño de la vida es como si la primavera estuviera ahí, como en el poema de Porfirio Barba-Jacob, cuando en su Canción de la vida profunda modula:

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

Ellos son una pareja idílica, sin miedos ni reproches.

Cuando a Daniel Auteuil se le propuso la lectura del guión, le resultó muy hermoso, dado el particular universo al que había sido invitado por unos directores que le resultaron muy distintos a la generalidad de los realizadores franceses.

Y aunque poco hablaron antes del rodaje en los Alpes y nunca abordaron el tema de la historia, para no perder el placer de los descubrimientos, que se darían a lo largo de la filmación y dar bien en el clavo con la actuación.

Auteuil no preparó nada; en cierto sentido, dejó mucho a la espontaneidad en el trabajo del guión, en el análisis de las situaciones y en la creación imaginativa del personaje, ya que para Auteuil lo más importante es la interpretación, sobretodo porque éste le caía muy bien, dado su coraje y su capacidad de reacción, con una buena dosificación de su mesurado espíritu de aventura, sin exponerse a riesgos innecesarios ni procurar llegar hasta el límite.

Lo que más le gustaba era que, a pesar de todo lo que pasa a esta pareja, ambos permanecen imperturbables, lo que venía a hacerlos indestructibles. Si el uno era acción, el otro era reposo, mientras iban viviendo sus propias metamorfosis.

Sabine Azema tuvo su reacción aún antes de leer el guión, interesada en la mezcla propuesta por los directores de hacer un filme que combinara el documental con la ficción y hacer el rodaje no en el plató sino en escenarios naturales, en medio de una naturaleza fuerte y violenta, a la que se articulaban dos seres alegres, felices y sensuales.

En el primer encuentro con los directores, ella estaba un poco nerviosa, lo que la puso un tanto logorreica, mientras ellos hablaron poco. La seducía que su personaje, Madeleine, fuera una mujer que atrapaba el tiempo que pasa con una sensualidad exquisita y un gran amor por la naturaleza, que hacían que cada día de la vida fuera un día muy especial; ella no se hundía en la cotidianidad como la mayoría de la gente, ni se dejaba apresar por las preocupaciones, sino que, por el contrario, se sentía siempre bien, con la alegría del animal sano, asunto del que muchas veces no somos conscientes de su valor.

La actriz fue construyendo a solas su personajes, empapada del paisaje y de los museos de la región; para ello le bastaba estar abierta a todo, de tal suerte que los directores podían pedirle lo que quisieran, siempre y cuando, ella no dejara de ser ella misma, de tal forma, que fue para ellos a la vez dócil y salvaje.

Sergi López se sintió feliz al leer el guión, dada su originalidad y su buen humor, además que le gustaba la posibilidad de interpretar a un ciego, cosa que le permitía recuperar la inocencia perdida pues bastaría cerrar los ojos e imaginar; las gafas oscuras le permitirían realzar su ambigüedad, su carga de sensualidad, para hacer un personaje más movido desde la interioridad, dirigido por hombres de una gran sensibilidad, llenos de dulzura y de ideas muy claras como los Larrieu, quienes dan a sus actores una gran libertad, cosa bastante excepcional en el mundo del cine.

Esa misma libertad fue la que fascinó a Amira Casar, a la vez que la película trataba de temas muy entrañables para ella, como la omnipresencia de la naturaleza, que la aproximaba a una especie de montaña mágica.

Para los directores a su vez era todo un privilegio poder contar con la presencia de Sergi López, un actor español, bastante acreditado en Francia, que maravilla al público con sus sutilezas, con el refinamiento de sus emociones, aún cuando los afectos se ponen en conflicto, para lograr un gran lirismo personal ante la cámara.

En esta cinta de los Larrieu, el personaje interpretado por López resultaba lleno de matices, al representar a un alcalde ciego, quien no hacía de la ceguera un drama ni una patología, sino que representaba a un ser audaz, desde el punto de vista del erotismo, quizás hasta llegar a la desfachatez y al goce más pleno, un personaje que le venía al actor como el anillo al dedo, quien contrastaba con un gigantesco Daniel Auteuil, actor viejo y sabio, maestro en una rigurosa economía gestual, que da gran consistencia emocional a sus personajes, hasta constituirse en uno de los más sólidos actores del cine europeo, siempre dispuesto a volver a empezar, a descubrir experiencias, a vivir el erotismo sin límites, tanto en el vínculo con su esposa como con el resto de los seres humanos. Mientras ésta sería representada por una Sabine Azema maravillosa, sincera, capaz de sutiles transiciones en el campo de lo emocional, una maestra diestra para la representación de aspectos tragicómicos de la vida, que sublima a través de su arte, con una tenue delicadeza y una gran inteligencia para unir lo cómico y lo trágico, lo perturbador y lo festivo, a la vez que Amira Casar demuestra su talento dialógico, en una cinta que resulta un festín de generosidad, posibilitadora de la ensoñación, sin demasiada locuacidad, sin filosofías baratas, sino a través de una acción ligera y leve, sin arrogancias, tan natural como el agua que fluye, en el contexto de una red de relaciones para nada peligrosas, en las que las almas se entrelazan con sus cuerpos, en medio del afecto y el amor plurales, donde los unos se buscan a los otros, para buscar eso esencial, invisible para los ojos, que es la comunicación humana, más allá de los criterios del Bien y del Mal, y así poder acceder a un deseo tierno, limpio y conmovedor, que abre las vías a terrenos profundos y espaciosos, en un permanente y continuo diálogo, sin estrecheces morales de ningún tipo, que posibilitan el paso a una ética del deseo en el amor compartido, en un lugar donde el infierno no son los otros.

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