jueves, 25 de febrero de 2010

El peor de los pecados: la hipocresía

María Etchart (Desde Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando uno se enfrenta a un peligro real, tangible, a una injusticia palmaria, quedan, como bien lo expresó Shakespeare en su memorable monólogo “Ser o No Ser” de Hamlet, dos opciones: la de soportar en la mente las ataduras y flechas del ultrajante destino, o armarse contra el mar de problemas y, oponiéndose a ellos, acabarlos.

En estos tiempos tan particularmente peligrosos y amenazantes que vivimos, se ha ido introduciendo (no por casualidad) un nuevo elemento con el que lidiar: la flagrante hipocresía, con que se cometen injusticias y se va envenenando la mente de las nuevas generaciones, cosa que se haga difícil poder perfilar y nombrar las afrentas y los verdaderos crímenes se vayan diluyendo, cambien de rótulo y terminen por desaparecer de la atención pública para ser reemplazados por otros temas que, incomprensiblemente, logran atraer la atención de los incautos.

Sólo para nombrar algunos, podemos citar las guerras petroleras (oh, perdón, sólo fueron iniciadas para libertar a un par de naciones de sus malos gobernantes), que cuestan en dinero fácilmente imprimible por el Imperio sumas que bastarían para acabar con la miseria de vastas regiones del mundo; el golpe de estado en Honduras, que, tras una reacción escandalizada de gran parte del mundo, terminó en un cambio de gobierno, algunos asesinatos alevosos y el silencio cómplice del pais que seguramente lo instigó.

Siguieron la entrega del Premio Nobel de la Paz al presidente del país más guerrero del mundo, el salvataje a bancos y corporaciones fraudulentas, la presunta ayuda humanitaria a Haití donde ya las empresas contratistas provenientes del norte están haciendo su agosto, el increíble repunte de Wall Street y del precio del petróleo, tras una fingida crisis, tan fingida como lo fue la presunta pandemia de gripe porcina, cuyo principal propósito fue el vender estúpidas vacunas inservibles a todos los países que cayeron en la trampa, o cuyos funcionarios también se vieron beneficiados en estos negociados.

La actitud unilateral y correcta de un policía haitiano impidió que unos angelicales pastores se llevaran niños de Haití , pero también esta investigación se fue diluyendo, no fuera cosa que quedara al descubierto la vergonzosa práctica que organizaciones similares vienen llevando a cabo en países empobrecidos de la región, como es el caso de Guatemala donde misteriosas operaciones se han venido llevando a cabo nada menos que desde el Marriott Hotel, sin que nadie se atreva a realizar una investigación tendiente a desenmascarar con qué fin se trafican estos pobres niños.

Imprevistamente, el Reino Unido comienza a explorar las aguas que circundan las Islas Malvinas en busca de petróleo, se enfría el pretendido acercamiento a Cuba, y se siguen elaborando ataques contra los gobiernos latinoamericanos que no están dispuestos a bajar la cabeza ante el imperio. Todo esto, por supuesto, matizado con temas sumamente importantes, como la infidelidad de Tiger Woods, tan vital para nuestras vidas, o el invento japonés de graduar el volumen de audio con un movimiento de los ojos, los nuevos modelos de televisores y de equipos de comunicación que hacen necesario tirar todo por la borda y comprar nuevos.

Ahora, súbitamente, ha vuelto a la palestra Japón, de quien no se hablaba hace mucho tiempo y se dice es la segunda potencia mundial, y oh, casualidad, la Toyota está enfrentando un problema.

Se habla de todo pero menos de lo que interesa a los indefensos humanos: la reunión de Copenhaguen fue una farsa grotesca y nadie se comprometió a reducir las emisiones tóxicas, en ningún país se está tocando el tema ecológico seriamente, no se educa ni concientiza a los usuarios de vehículos para reducir su uso a lo necesario, se siguen vendiendo todos los productos imaginables con envases descartables sin exigir a sus productores su recolección y reciclado, se sigue envenenando y empobreciendo la tierra con pesticidas, herbicidas y productos químicos a la par que desaparecen las semillas nativas, y se persigue y amenaza a toda la gente de buena voluntad que trabaja para denunciar y comprobar lo nefasta de estas prácticas.

Los contenidos de los programas educativos actuales son de una pobreza vergonzosa, mi abuelo que sólo hizo tres grados de primaria, yendo a caballo a una escuelita de campo en Argentina, tenía una caligrafía, ortografía y redacción superior a cualquier graduado universitario de los últimos años. El sueño de los actuales graduados es conseguir una beca para Estados Unidos, donde proceden a lavarles el cerebro y enviarlos de vuelta a su país de origen a sustentar los valores que allí les inculcan. La enseñanza sólo incluye constantes exámenes que ya vienen impresos y donde sólo tienen que marcar con una X la respuesta que consideran acertada de entre cuatro opciones (una de las cuales es siempre descabellada), y no se estimula de ninguna manera la libertad de preguntar, de indagar, de discrepar, es decir, se procede metódicamente a atrofiar la inteligencia y la libertad de pensamiento.

Como elemento aleatorio a esta versión orwelliana en que nos vamos sumiendo, las religiones se suman en su actitud absolutamente hipócrita: vemos así a un Papa con un rostro botóxico diciendo en Irlanda que las violaciones por parte de sacerdotes son un pecado muy grave pero nada más, mientras los obispos ricamente vestidos ponen caras de asombro ante las revelaciones. Mientras, los mal llamado “evangelistas”, que cada día proliferan más en Latino América, abren nuevas sucursales con distintos nombres que atraen con música y reuniones informales y prometen jugosas prosperidades para sus seguidores que son instruídos incluso en ideas políticas a seguir o rechazar y en el arte de nombrar al “Señor”, mirando hacia arriba con hipócrita sumisión, en cada frase porque así el “Señor” los registra y les envía la cuota de prosperidad solicitada.

Para cerrar este comentario, haré referencia a la ridículamente llamada “guerra al narcotráfico”, con la que se ha teñido de sangre, dolor y corrupción infinita a los países latinoamericanos, que jamás hubiera existido si no hubiera habido una creciente demanda por parte de los países más poderosos. Aún recuerdo un grito que daban los que cargaban de cocaína los transportes en Colombia: “Ahí va tu veneno, gringo”.

Los medios de comunicación de EE.UU. jamás se refieren al creciente consumo de drogas y medicamentos como antidepresivos y similares por parte de su población, como si eso no fuera un problema de ellos, pero sí señalan a los narcos al sur de su país. Es tal la hipocresía que nunca los oí comentar el problema serio que tendrían si se lograra cerrar el paso de drogas o qué harían con los millones de adictos, con lo que me recuerda la famosa “ley seca” en que se desarrollaron organizaciones mafiosas que producian y traficaban alcohol pero sin mencionar para quién estaba destinado ese producto. La misma hipocresía con respecto al juego, que oh casualidad, sólo era aprobado en el estado de Nevada y que ha llenado países de centro América de casinos, y agencias de apuestas telefónicas donde los clientes todos provienen del norte.

¿No sería hora de llamar a las cosas por su nombre, admitir las propias falencias y dejar de justificar la intromisión en asuntos internos de otros países, culpándolos de todo sin hacer la menor auto-crítica y seguir diciendo en sus billetes que “En Dios confiamos”?

Fuente imagen: Enrique Dans

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