jueves, 25 de febrero de 2010

La ciudad frustrada

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El ropaje invernal de la ciudad, sus fríos y lluvias, nos colocan ante una serie de dificultades en las que pasear por sus calles con las manos en los bolsillos, hace azuzar nuestros sentidos y agranda nuestras sensaciones. La imaginación puede crecer ante las dificultades. En la novela “El campesino de París”, Louis Aragón nos habla de un paisaje urbano muy visto por el habitante de la ciudad, tanto que éste no puede verlo. Así el escritor francés recrea la mirada del campesino, una mirada original, capaz del asombro y la maravilla. Son los ojos del extranjero, pero de un extranjero que contempla su propia ciudad, las calles mil veces vistas, los lugares comunes de la monotonía habitual de nuestras vidas. ¿Y que puede ver el ciudadano del siglo XXI? Ante todo la ciudad que no existe, la que no es perceptible a nuestros ojos, lo que modernamente podemos llamar ciudad virtual, que puede ser tanto la que fabricamos a través de nuestra fantasía, como la que nos crean y en la que nos encierran.

La urbe actual es un lugar lleno de espejos, los escaparates y paneles publicitarios nos invitan a entrar en lo que es el oficio fundamental de la ciudadanía: ser consumidor. Porque el ciudadano, el votante, y hasta el que participa socialmente, está realizando un ejercicio simbólico que no va a transformar en lo esencial el paisaje urbano, que se rige por otros parámetros. La ciudadanía moderna tiene en apariencia más soberanía sobre el lugar que habita, pero sólo es una ilusión necesaria, porque el ciudadano actual puede tener mayores derechos, posibilidades económicas, comunicativas, culturales...pero se encuentra con una red depredadora como habito de convivencia. Cuanto más grande es la ciudad, más normal es acostumbrarse a ir con el cuchillo entre los dientes. Porque nos han inundado con la teoría de la “competitividad”, abanderada por el neoliberalismo y el postmodernismo como un elemento de progreso, pero en realidad es una forma de depredación social (el hombre es un lobo para el hombre, de Hobbes) donde el todo vale como uno de los valores predominantes, debilita en la practica la calidad de vida común. Y no deja de ser curioso que la era de las comunicaciones, sea la era de la incomunicación; necesitamos de las redes sociales para hablar no ya con un ciudadano que está a cientos de kilómetros, sino con el que vive al lado de nuestra casa. Además esta comunicación se establece cada vez más a través de los estereotipos, de las formas y temas que nos vienen impuestos por un mundo mediático, especialmente el audiovisual. El analfabeto social hoy en día no es quien ignora a Albert Camus o Cervantes, quien no ha contemplado un cuadro de Picasso o escuchado a Mozart, sino quien no está a la orden de los temas futbolísticos o que “pasa” con la nariz de Belén Esteban (conocido personaje del mundo rosa español). Una ciudad donde proliferan terceros y cuartos mundos a nuestro lado, pero de los que sólo nos damos cuenta cuando los contemplamos en la pantalla televisiva.

La ciudad que una burguesía revolucionaria construyese como modelo de progreso social y humano, avanza hacía un abismo de ciudades fantasma cerradas sobre si mismas, dominada por los miedos, tanto los que produce sus conflictos (pobreza, exclusión social, marginación...) como los que nos meten en el cuerpo sibilinamente. No es extraño que la industria de la seguridad sea una de las más florecientes, pues el miedo es uno de los acompañantes esenciales del ciudadano actual. Miedo al otro, miedo al diferente, miedo al futuro, miedo a ser estafado, robado, miedo de nuestros deseos, miedo a la soledad, miedo al miedo. Y la soledad, columna imprescindible de la reflexión para entender el mundo que nos rodea, se ha pervertido por la necesidad de una comunicación banal o se entrega a una consola de videojuegos; eso sí, nos enseña a ser vencedores.

Dice el escritor Mario Mendoza: “Estamos viviendo en ciudades-cáncer donde prolifera lo enfermo y monstruoso, ciudades-máquina que eliminan derechos humanos como si se tratara de una basura maloliente”. Y lo peor es que ni siquiera nos demos cuenta porque esos lugares han creado el espejismo de una belleza estética que contemplamos con pasmoso y pasivo deleite. Pero la belleza, la otra, quizá esté entre las sombras.

Pedro Curto: Escritor español. Autor de la novela “Los amantes del hotel Tirana”.

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