viernes, 19 de febrero de 2010

Música: El medioevo europeo

ARGENPRESS CULTURAL

Nuestro arraigado eurocentrismo nos lleva a identificar acríticamente “música medieval europea” con música medieval, sin más. Pero más aún: cuando decimos “edad media”, damos por supuesto que la historia a la que nos referimos, la europea, es “la” historia misma. Junto a las expresiones culturales de esta oscura época hiper religiosa de Europa se desarrollaban luminosas experiencias distintas, mucho más creativas, de avanzada: por ejemplo, el Islam en Medio Oriente, o algunas de las civilizaciones prehispánicas, como los mayas o los incas. Cada una tenía también su expresión musical, y no las llamamos “música medieval”.

En general la expresión “música medieval” ha quedado reservada para la expresión pagana o profana del arte musical entre los siglos X u XI y XIV desarrollada en Europa, en tanto que durante esos oscuros años en que la Iglesia Católica era el centro de la vida en el continente europeo, existían dos expresiones de música: la sacra y la popular. Ante todo, la música medieval de Europa era la música de la Iglesia, el gran poder dominante, el que quemaba vivo en la hoguera a quienes osaban enfrentársele.

En esos tiempos la religión era la actividad fundamental, lo que favoreció el desarrollo de la música litúrgica a partir del siglo XI y cuya máxima expresión fue el canto gregoriano, una melodía cantada al unísono, en latín, que traducía el sentimiento religioso por la propia fuerza de su elocuencia, sin apoyos armónicos ni rítmicos (música a capella, como se le conoce). Ese canto aún hoy sigue siendo la música oficial de la Iglesia Católica.

Durante el período medieval se crearon los primeros sistemas de notación musical, los llamados “neumas”, que posteriormente evolucionarían hacia la notación musical que llegó a nuestros días, imponiéndose luego mundialmente. Se crean ahí las notas musicales, con el monje benedictino Guido d’Arezzo, en Italia, y más tarde, en España, las primeras formas de escritura que darían lugar más tarde al actual pentagrama.

Pero paralelamente a la música cristiana se desarrollaba la música profana o trovadoresca, música de juglares, de cantores ambulantes y populares, que es lo que habitualmente conocemos como “música medieval”. No se poseen muestras de muchas canciones profanas de la Edad Media europea anteriores al siglo XI; sin embargo, el repertorio debió ser muy abundante, a juzgar por la cantidad de edictos eclesiásticos que lo condenaban.

Los trovadores fueron los primeros poetas-músicos que adoptaron el latín como lengua común, y que comenzaban a componer también en las lenguas occidentales que iban tomando forma autónoma por aquel entonces, tanto las anglosajonas (inglés, alemán), como las romances derivadas del latín (italiano, español, francés, portugués). Algunos de los géneros que se crean en estos tiempos fueron las trovas, las tiradas estróficas, los rondós trovadorescos y los cantares de gesta, que derivan de la letanía eclesiástica. Sus largas sucesiones de versos se cantan sobre la misma frase melódica.

A partir del siglo XII, y a medida que se afirmaban y definían los modos y la música adquiría un carácter tonal, surge la polifonía, es decir, el arte de combinar sonidos distintos.

Lo que entendemos por música profana medieval se cantaba en plazas públicas, y utilizaba la voz humana e instrumentos ya bastante desarrollados en ese entonces: aerófonos varios (flautas, zampoñas, gaitas), cordófonos (laúd, vihuela, violín primitivo) y percusión (tambores, atabales). En general las obras que nos han llegado son anónimas.

Aquí presentamos tres ejemplos de distintos países: una canción francesa, una alemana y una británica.




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