miércoles, 31 de marzo de 2010

Cine: La ciudad de los prodigios (1999)

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Española, francesa y portuguesa
GÉNERO: Drama
DIRECCIÓN: Mario Camus
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Daniela Forn, Tony López, David Martínez
PRODUCCIÓN: Joan A. González i Serret
PROTAGONISTAS
Olivier Martínez: Onofre Bouvila
EmmaSuárez: Delfina
François Marthouret: Braulio
Joaquín Diaz: Humbert Figa
Héctor Colomé: Alexandre Canals
José María Sanz, “Loquillo”: Efrén Castels
Tony Isbert: Odón Mostaza
Isabel Rocatti: Madre de Onofre
Lluis Homar: Padre de Onofre
Marián Aquilera: Margarita Figa
GUIÓN: Mario Camus, Gustau Hernández, Esther Cases, Olivier Rollin, sobre la novela homónima de Eduardo Mendoza
FOTOGRAFÍA: Acacio de Almeida
MONTAJE: José Biurun
VESTUARIO: Josep Massagué
MÚSICA: Jean-Marie Sénia
DISTRIBUIDORA: Filmax
DURACIÓN: 156 minutos
COLOR: Color

Cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón…

Enrique Santos Discépolo


La película se inicia en los Pirineos catalanes. Un padre de familia se va a probar fortuna a Cuba.

Mario Camus cuenta con la colaboración de un excelente fotógrafo, Acacio de Almeida, en especial en las escenas iniciales del filme, con sus tomas del interior de la casa campesina, con ventanas que comunican al exterior y permiten el ingreso de la luz y en las tomas de cuando lo siniestro de las bandas delincuenciales se mueven por Barcelona, en una coreografía con personajes que parecieran brotados de las pinturas de Max Ernst.

El director va a hacernos un relato sobre la narración de Eduardo Mendoza de la historia de Onofre Bouvila, nacido en San Climent, un villorio situado en una legendaria Cataluña, agreste, profunda, sombría y brutal, condenada a la perdición.

Allí llega una carta del Pater Familias, escrita desde las Azores, en su camino a Cuba, con todas las promesas de que un día enviaría por su mujer y su hijo a la que se seguirá un hondo y largo silencio, un dilatado período de seis años de hambre y frío, para quienes lo esperan en San Climent, siempre con la esperanza de regreso del padre indiano, quien vuelve tan cargado de jactancia y presunción como lo hiciera el Juan de la zarzuela Los Gavilanes, esta vez para ocultar la pobreza de su experiencia como emigrante, que no ha pasado de tener una vida de mierda.

Ahí vemos el pasaje de un Onofre niño a uno adolescente, quien, como otrora el padre, va a buscarse la vida en Barcelona, donde al llegar a una pensión en busca de un lugar para vivir es reconocido por una vidente, que se convertirá en un interesantísimo personaje secundario, que nos dará la clave amatoria de la vida amorosa del joven Onofre, desde un discurso mítico, arrancado al mundo de la magia.

Esa pensión será el punto de encuentro con la hija del dueño, una mujer bellísima por dentro y por fuera, de la que más adelante la adivina dirá que será la mujer, quien, en una terrible paradoja, lo hará feliz pero a su vez desgraciado.
Don Braulio, el hostelero, reforzará a Onofre con el dictum de que Barcelona es la ciudad de los prodigios, apelativo que da título a la novela de Eduardo Mendoza y a la cinta de Mario Camus.

Se supone que, en esa urbe milagrosa, nadie impide que cada uno se gane la vida; así, como en la pensión, se cobre por adelantado pues pronto el muchacho se dará cuenta que, al no ser más que como una pequeña sardina, la ballena se lo tragará sin que ni siquiera él, como implicado, se dé cuenta.

Sobre la ciudad se cierne una epidemia de cólera.

En la plaza de mercado, donde el chico intenta laborar como cargador de canastos, la imposibilidad de trabajar se hace palpable, en el contexto de una España pobre e ignorante, en el marco de otra España de procesiones y sacristías, en la que el desempleo es una realidad irrecusable.

Onofre se gana el cariño de don Braulio, el hospedero, pero falta dinero, para poderle pagar por ese albergue bien cuidado, con cortinitas de encaje, que enmarcan el bello rostro de Delfina, una nueva versión de la hermosura de la cara de Julie Christie, una especie de Lara.

Pero más allá de la hermosura de su faz y de su cuerpo, Delfina es portadora de un nuevo mensaje , que empieza a circundar a Europa, frente a la miseria, el hambre y las enfermedades, con hálitos de transformación y cambio, que ella le propone a ese muchacho que ha venido a la pensión de su padre, mozo a quien ella admira, quiere y desea desde un amor aún bastante platónico, que al no concretarse en lo carnal, pareciera estar destinado a quedarse sólo en el lugar de un ideal.

Ese discurso del anarquismo, que los catalanes importan de Francia, es transmisor de un mensaje de amor y libertad, que alecciona a las gentes para que no caigan en el conformismo, que los conduciría a quedar bajo el látigo de la explotación del hombre por el hombre, a falta de solidaridad.

Onofre, quien ha hecho trabajos de cantería, para pagar deudas contraídas por su familia, que ha sabido de esa aprovechamiento de la fuerza obrera por el patrón, se engancha con el movimiento en el que lo inscribe Delfina, como colaborador, como repartidor de pasquines planfetarios, de propaganda política, en el campo donde se construye la sede de la Exposición Universal, auspiciada por el ayuntamiento de la ciudad, una especie de elefante blanco con el que toda una clase social pretende enriquecerse.

El lozano muchacho sabe que para realizar esa labor debe esquivar a los guardias, a los militares, al clero y los burgueses, a todos aquellos que sospechan de esos inconformes que podrían llegar a sacudir la estabilidad de su Poder.

Hay de todo allí, en la capital de los portentos.

Al lado de una gran burguesía, se ubican un montón de arribistas mientras los panfletos han de repartirse entre obreros y un conjunto de personas que no saben ni siquiera leer, para hablarles de que hay que acabar con los gobiernos a la fuerza e ir contra el sometimiento de las gentes al clero.

Pero la opresión gubernamental y de las clases socioeconómicas más altas persigue a aquella tropa de anarquistas, por subversivos y terroristas, de tal modo que de una escena en la feria en construcción pasamos a un juicio que se hace a uno de estos sediciosos, en el que asistimos al discurso del abogado defensor, don Humbert, al parecer un adalid de la justicia social, quien logra liberar al reo, pero quien en realidad podríamos considerarlo un indigno representante de aquello que Paul Baran llamaba lumpen-burguesía , quien en asocio del cura, negocio con otros señorones enmascarados para crear toda una organización para salvar sus intereses creados, un asunto que no deja de ser arriesgado, peligroso y obscuro, pero que resulta ser toda una tentación pues como el propio jurista lo dice:

- Hay momentos de la vida en los que la fortuna se planta frente a uno y luego se pierde; por lo que, de lo que se trata, es de retenerla a como dé lugar.

Para ello, don Humbert lo que se necesita es de tener un equipo de veinte hombres, capaces de todo, de cualquier cosa.

Su gran rival es don Alexandre, quien debe pagárselas por haberlo rechazado un día.

Entre tanto el movimiento anarquista sigue su curso, en el que participan tanto Onofre como Delfina, quienes viven un amor muy puro, pero tienen que padecer los horrores de la opresión policial, quienes desde su lugar en la sociedad, no tienen ningún reato de conciencia en llevarse a los hombres anárquicos a un sitio agreste de la costa catalana para tratar de imponerles la firma de una confesión que si obtienen procuraran mediante malos tratos, homicidios, la tortura de un fusilamiento, de una ejecución extrajudicial en falso y la declaración de ley de fuga para finalmente exterminarlos a todos menos a Onofre y otro compañero, que logran huir como héroes románticos al saltar por un acantilado, acontecimiento que vemos desde un hermosísimo plano general, digno de las mejores películas de Hollywood.

Pero, entretanto, don Braulio, el posadero, tiene el triste destino de un ser transvestido en un medio con pacata doble moral, que acaba por desilusionar a Onofre de sus ideales revolucionarios, en contraposición de la fidelidad de Delfina a ellos.

Es así como se ve perseguido por verdaderos dandies, que operan como matones a sueldo de los grandes burgueses de la ciudad, en la que emergen, para que lo siniestro tenga su ominosa presencia, para sembrar el terror y el desconcierto, quienes terminan por dar al muchacho una golpiza tremenda, que lo llena de miedo y lo hacen optar por un nuevo proyecto identificatorio, el de convertirse en uno de esos hombres que lo han herido, en una suerte de identificación con el agresor, después de tener que ir a liberar a don Braulio, aprisionado por sus hábitos sexuales, cosa que trata de cobrar a su amada con un acto sexual, que al ser rechazado por la doncella, termina en una repudiable escena de franca violencia sexual.

De ahí que la moribunda vidente augure a Onofre que en su vida habrá dos mujeres, en una relación de contrariedad y penas, con una que lo hará rico pero maldito y otra que, con su conocimiento, lo hará feliz y desgraciado a un tiempo, para todos ser devorados por el dragón del frío, una suerte de bestia apocalíptica.

Para conseguir dinero, el joven se dedicara a la venta de ilusorios tricóferos para alopécicos, hasta que conozca a Efrén Castells, con quien se asociará en un negocio que incluye usar ladroncillos para revender los productos que éstos sustraigan de los almacenes de la Exposición, en un contexto en el que la Gran Burguesía, se propone como ogaño, hacer limpieza social para que la ciudad tenga un buen aspecto en tiempos de feria, para lo cual Onofre, con su osadía y valentía, se convierte en un instrumento útil para don Humbert, quien lo contrata y lo hace ascender para convertirlo en un elegante sicario, a cambio de no entregarlo ante la Ley para que cumpla su condena por todo un conjunto de delitos que el más joven ha cometido; mientras tanto, la guerra sucia entre el abogado y don Alexandre va arreciando, cosa que hace comprender a Onofre que debe asumir que él mismo lleva en sí a un demonio interior.

El ascenso social y económico del protagonista hace que mediante todo un tráfico de influencias pueda liberar de la cárcel a su Delfina, presa por sus actividades subversivas, pero ésta resentida al máximo por la violencia sexual de su pretendiente, al que ni siquiera mira y va a vivir con un compañero anarquista, quien se dedica a hacer inventos como un contumaz ingeniero.

Pero ante el rechazo por parte de Delfina, Onofre se entusiasma por llegar a casarse con la bella hija de don Humbert, a quien su subalterno empieza a resultarle tan peligroso que habría que eliminar de alguna manera, de tal suerte que la mejor manera de hacerlo es lanzarlo a una misión imposible, la de acabar con don Alexandre Canals.

Es ahí cuando Onofre encuentra la posibilidad de cobrar a don Braulio por la libertad de Delfina; vemos bien, que el arribista no da puntada sin dedal.

Don Braulio con sus aficiones transvestistas puede servirle para tenderle una celada al lujurioso burgués, mientras Onofre trata de establecer alianzas corruptas, en el contexto de aquel magma de descomposición moral, ya que todos son conscientes de que pasada la gran Exposición, todo volverá al antiguo orden y la burguesía tratará de borrar toda sospecha lumpesca e intentará eliminar sus bandas de sicarios sobretodo cuando se sospecha una alianza entre don Alexandre y don Humbert, mediante un matrimonio de conveniencia entre sus hijos.

El cura entre tanto emplea el púlpito para dar sermones acerca la Bestia apocalíptica que se cierne sobre la ciudad mientras vemos hermosas y elegantes tomas, que recuerdan las escaleras de Alan Parker , las escenas violentas de Francis Ford Coppola en El Padrino , a quien Camus nos cuenta que tratara de emular, como antaño lo hiciera con Hitchcock, con una coreografía refinada, que hace de duras escenas de violencia, casi un exquisito ballet, evocador de las pinturas de Max Ernst, en circunstancias, que se van dando mientras escuchamos las palabras de San Juan:

Vi como salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas y sobre los cuernos diez diademas y sobre las cabezas nombres de blasfemia. Era la bestia que yo vi semejante a una pantera y sus pies eran como de oso, y su boca como la de un león. Diole al dragón, - que aspira a ser adorado como un Dios - su poder, su trono y una autoridad muy grande.

Vi a la primera de las cabezas como herida de muerte, pero su llaga mortal fue curada. Toda la tierra seguía admirada por la bestia. Adoraron al dragón porque había dado poder a la bestia, mientras decían:

- ¿Quién como la bestia?

- ¿Quién podrá guerrear contra ella?

Diósele asimismo una boca que profiere palabras llenas de arrogancia y de blasfemia y fuéle concedida autoridad…

Abrió su boca en blasfemias contra Dios, que maldecían su nombre y su tabernáculo, el de los que moran en el cielo.

Fuele otorgado el hacer la guerra a los santos y vencerlos.

Y le fue concedida autoridad sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación.

La adoraron todos los moradores de la tierra, cuyo nombre no está escrito, desde el principio del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado. (Apocalipsis, 13, 1-8)

Vemos entonces cómo don Alexandre es visitado por una mujer extraña y enigmática, quien le advierte del peligro de ser asesinado por sus propios hombres mientras su principal colaborador es asesinado por los compinches de Onofre en la iglesia de San Severo .

La extraña dama vuelve al despacho de don Alexandre, al que tras aceptar sus artes seductoras, le clava una cuchillada en el corazón y se consuma el asesinato de Odón, el principal de don Humbert, cuando se planea desde la alta burguesía todo un ataque de opresión contra la clase obrera y se proyecta todo un plan de ordenamiento urbano, del cual Onofre espera ser beneficiado por el alcalde, para así convertirse definitivamente en un poderoso señor, que podría auspiciar los inventos de su compañero de fuga, en aquellos tiempos del anarquismo.

Todo este poder y toda esta gloria, permitirá al aldeano acceder a la mano de la hija de don Humbert, al precio de la muerte de Odón, su incondicional sicario, amante de don Braulio, mientras Delfina va pasando en Francia de modelo de pintores a actriz de cine, gracias a su esfuerzo y su trabajo cotidiano.

Onofre tiene ante sí todo un emporio, dueño de la tierra y contrabandista de armas que propicia la guerra europea, capaz de comprar conciencias, de comprar a periodistas para que no revelen la verdad.

A la muerte de don Braulio, volverá a verse con Delfina, quien lo acepta cuando con su dinero, vuelve a comprar la productora de cine que la lanza a la pantalla, ya que ella sabe del amor que el imprudente violador siempre ha tenido hacia ella, aunque se cumplirán casi de inmediato las palabras de la vidente, ya que esa mujer que lo haría feliz, lo haría desgraciado, cuando sobreviene un atentado que le cuesta la vida al protagonista, y le impide vivir aquello que era para ambos algo más que amor, lo cual trae como secuela que Delfina se consuma en una melancolía delirante, en la que Onofre vuelve como un fantasma para llevársela de nuevo a Barcelona, la ciudad de los prodigios, en algo que no nos queda claro si hace parte de un delirio o de la consumación de la unión amorosa en una realidad fantástica de ultratumba al estilo de Ghost.

En todo caso, Onofre Bouvila, queda inscrito en la capital catalana como quien simbolizaba mejor que nadie el espíritu de una época, por lo que se hacía notar que la ciudad tenía contraída con él una deuda personal de gratitud perenne, para que el prodigio se extendiera a personas de toda condición y, por eso, pasado el tiempo, la gente, al hacer historia, aseguraba que a partir del año en que Onofre Bouvila desapareció de Barcelona, la ciudad había entrado en franca decadencia puesto que pareciera ser que la delincuencia era la única salida que le quedaba al hombre humilde cuando la riqueza estaba ya toda repartida.

Pero ¿qué nos dice el propio Mario Camus de esta cinta?

El colaborador de Carlos Saura y guionista de algunas de sus cintas, como Peppermint Frapée, nos cuenta que su factura fue una labor muy complicada y muy difícil, ya que aprovechó la primera parte de la novela de Eduardo Mendoza, que serviría de base para el filme, pero algo ocurría con la segunda parte que al director no le divertía demasiado pero había de contar con que aquel relato era como “la novela de Barcelona”. Sin embargo, a él lo que le gustaba era esa historia de gángsters, de bandas delincuenciales, que le permitirían hacer una película al estilo de Francis Ford Coppola, pero algo le fallaba en el guión. Fue, por eso, que tuvo que pedir auxilio a un guionista que había trabajado en un texto para el intento de una versión anterior de la narración literaria pero así y todo quedaría con un dejo de insatisfacción, al declarar que hizo lo mejor que pudo, ya que no contaba con bastante dinero ni con un guión suficientemente consistente.

Para aquél entonces a partir del gran éxito de la serie televisiva, Fortunata y Jacinta, creada a partir de la novela homónima de Benito Pérez Galdós, de La Colmena de Camilo José Cela y Los santos inocentes, basada en la narración de Miguel Delibes, Mario Camus se había convertido en un experto en la buena adaptación de textos literarios al cine, algo que estaba muy de moda en el cine español de entonces. Ahora que las generaciones nuevas no querían directores viejos, Mario Camus se dispuso adaptar con fidelidad la novela de Eduardo Mendoza, para mostrar una conflictiva historia de Barcelona, en tiempos del Novecento pero adaptar este relato en su totalidad, era una tarea casi imposible, por lo que algunos críticos consideraron que la ambición del director lo que había generado un caos, crítica que no comparto pues el filme me parece de una factura impecable, salvo las ambiguas escenas finales que no le permiten a uno saber si se trata de una descripción de un delirio de Delfina o de una ficción al estilo de películas afantasmadas como Ghost, donde se pasa de un naturalismo distinguido a otro tipo de género narrativa, que creo que es el lunar de la película que salva con la frase final y la escena del helicóptero que sobrevuela la ciudad.

Los personajes me resultan sólidos y bien interpretados, para nada acartonados, como si sucediera con los Fermina Daza y Florentino Ariza de la versión cinematográfica de El amor en los tiempos del cólera, en un contexto que resulta excelentemente ambientado.

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