sábado, 13 de marzo de 2010

Cine: Luna de Avellaneda (2004)

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Argentina y española
GÉNERO: Comedia dramática
DIRECCIÓN: Juan José Campanella
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Mercedes Alfonsín
PRODUCCIÓN: Fernando Blanco, Gerardo Herrero, Jorge Estrada Mora, Adrián Suar
PROTAGONISTAS
Ricardo Darín: Román Maldonado
Eduardo Blanco: Amadeo Grimberg
Mercedes Morán: Graciela
Valeria Bertucelli: Cristina
José Luis López Vázquez: Don Aquiles
Silvia Kutika: Verónica
Daniel Fanego: Alejandro
GUIÓN: Juan José Campanella, Fernando Castets, Juan Pablo Domenech
FOTOGRAFÍA: Daniel Shulman
MONTAJE: Camilo Antolini
VESTUARIO: Cecilia Monti
MÚSICA: Ángel Illarramendi
DISTRIBUIDORA: Alta films
DURACIÓN: 142 minutos
COLOR: Color

Romancito Maldonado nace en pleno carnaval, en el club social y deportivo de Avellaneda, como cualquier porteño, que al nacer en Buenos Aires, de hecho y por derecho, es argentino, lo cual se imprime como una marca que impone un carácter, sello con el que tendrá que lidiar cada uno, a todo lo largo y lo ancho de su proyecto identificatorio, a la manera que lo hace Román Maldonado con su tenaz propósito de defender el club de su barrio, a pesar de los avatares de la historia de su país, de una forma distinta a como lo hace Alejandro, tentado por las ilusorias promesas de una economía neoliberal, que invita a que todos los seres, bajo la impronta de un pensamiento único, nos olvidemos de las especificidades de cada una de nuestras historias y abrirnos paso hacia un mundo sin historia ni humanidad.

Por ello es que la cinta de Juan José Campanella se constituye en una alegoría de la Historia argentina, para sin mayúsculas, narrada desde la historia, con minúscula, de un grupo de vecinos de un barrio bonaerense, a través de un relato dialógico, que podría funcionar como una representación coral del discurso del pueblo argentino, aunque en la realidad fáctica de los personajes, no podemos quedarnos con la opinión de Alejandro, el tecnócrata liberal, quien asevera que el club es un símbolo de otra época, porque bien sabemos, con Romancito que, aunque esté bastante destartalado, el club es una realidad de hoy, con trescientos noventa y dos pibes que van todos los días a hacer actividades, bastante alejada del casino, ese nido de ludópatas, que pretende construir su contrincante de la Junta Directiva del Club.

Y es que Román Maldonado tiene integrado el club como parte de su identidad, ya que él nació ahí mismo en su sede, en aquellos momentos en los que el carnaval permitía una relajación discreta de las reglas habituales, para dar paso a unas jornadas llenas de alegría, de excitación y de entusiasmo, en medio de una alborozada concurrencia, con pibes – niños - , adolescentes y adultos de varias generaciones, todos dispuestos a divertirse de una forma sana, al compás de selectas grabaciones, para bailar el tango, la música caliente o tropical, el jazz o toda suerte de variados ritmos, en los que no faltaban los bailes locales folclóricos de los pueblos, donde habían nacido los inmigrantes, los viejos tanos o las viejas gallegas, entre otras muchas nacionalidades, que llegaron un día al gran Buenos Aires, con la esperanza de hacer la América, en un festival que se repetía año tras año.

Allí participaban las familias en pleno: abuelos, padres y nietos, tíos y sobrinos, en fin; ese era un espacio para la amistad, esa cosa que el mundo neoliberal se empeña en hacer olvidar aunque sea algo tan esencial en la vida del ser humano.

Ahí surgían los romances, en ese espacio transicional entre la familia y la sociedad más amplia, para que los chicos salieran al mundo de la exogamia, de tal suerte que el viejo local del club albergaba más de una historia de amor, emociones y sentimientos, que se habían movilizado ahí, a través del tiempo; pero, ahora, pareciera haber cierta voluntad maligna para quererlos hacer desaparecer aquellos centros de reunión comunitaria, para que pasaran a ser sólo parte del recuerdo, como realidades imaginarias o simbólicas, olvidándose de su real función urdidora de tejido social, como entidades que no sólo promueven el deporte y la recreación sino que tiene un fin de creación de una sociedad civil, que sirve de contención, más que de control, en una red de vínculos amorosos que impiden que muchos muchachos encuentren la calle como camino, a la manera de los chicos de la aldea global, que tanto en Tokio como en Madrid o Medellín, viven su soledad en una cervecería o simplemente a la vuelta de cualquier esquina, como bien podemos registrarlo en cintas como Babel, Las historias del Kronen o en las películas de la sicaresca antioqueña.

Y es que estos clubes de barrio son bienes, que tienen un interés social, que deberían ser apoyados por los gobiernos, como espacios generadores de cultura e integración comunitaria, cosa que tal vez no interese a los creadores del universo neoliberal de la Tatcher, a Reagan, Hutchinson y Fukuyama, esos creadores de un mundo globalizado, en el que mueren tanto la historia como el último hombre, a la par que se nos impone un pensamiento único contra toda una pluralidad de pensamientos.

Y ese tipo de institución es lo que trata de mantener Román, un padre de familia común y corriente, quien padece las vicisitudes de la historia económica de la Argentina, con sus incesantes bamboleos, que pueden poner en crisis tantos los vínculos conyugales como los de consanguinidad, como bien nos lo muestra el desarrollo de la cinta, a pesar de lo bondadoso y amable que resulta el personaje, interpretado por Ricardo Darín, quien ha de vérselas en la película con el hecho de tener que salvar tanto al club como a su mundo familiar, los cuales son también atacados de una manera certera por las postulaciones de la nueva ideología neoliberal, que ha venido a tornarse dogmática.

Pero el filme nos permitirá acercarnos a todo un conjunto de personajes, afables, próximos, emocionales y tiernos, que lograran conmovernos o provocarnos una sutil sonrisa, cuando no una sonora carcajada.

Ellos viven la vida a pesar de las adversidades, un poco a punta de no abandonar sus viejas ilusiones, a la manera de la vendedora de fósforos de Hans Christian Andersen, como esa nena de la que diera cuenta la versión narrada por Cristina al buenazo de Amadeo.

Todos los habitantes de este vecindario luchan contra el desempleo y la inestabilidad laboral, esos males que ha traído la globalización y la corruptela latinoamericana, de la que es un claro representante Alejandro, con todo su discurso sofístico y alambicado, que hasta podríamos correr el riesgo de que nos convenciera, si no fuéramos lo suficientemente despabilados y cayéramos en la trampa de pretender dar satisfacción a lo inmediato, sin tener en cuenta la historia, como memoria que puede conducir nuestro proyecto vital más propio, sin las imposiciones de esas foráneas transnacionales que, al convertirse, en relevos del Estado, pretenden dirigir la vida de los ciudadanos, aún a costa de arrebatarles lo que les es más propio.

Pero tanto Cristina, como Verónica, como Graciela, como Amadeo, así como el recuerdo de don Aquiles, el viejo español ,fundador del club social y deportivo de Avellaneda, logran que se decida por fin no vender sino mantener el club, porque están convencidos de que no han perdido su dignidad, algo que tendríamos que hacer los pueblos latinoamericanos si queremos un cambio profundo, de tal manera que podamos querer y tener, sin vernos catapultados a tener para ser, sin la batahola de esa oferta neoliberal, que nos llena de gadgets, como transitorios premios de consolación, para que pronto hayamos de volver a la tienda de vanidades, que como las del Eclesiastés, es efectivamente de objetos banales y tan sólo vanidad, que nos ofrecen momentáneas satisfacciones, para esfumarse mucho más rápido de lo que sopla el viento.

Si las cosas, a la generación intermedia no le salieron como las soñaron, no habría por qué renunciar a un sueño tan luminoso como el propio letrero del Luna de Avellaneda, donde el baile de la tierra en que nacieron siga con la comparsa de los negros, al compás del tamboril, para acceder a la altura de la vara engrasada, con todo el esfuerzo y toda la destreza, más allá de discursos economicistas, que nos invitan a vendernos, pues la verdadera consigna habría de ser que el baile debe seguir.

Por eso, Luna de Avellaneda ha resultado un filme tan querido para su director José María Campanella, en la medida que fue una cinta que trascendió más allá del mundo del cine e incluso hizo que los porteños se plantearan la necesidad de preservar esos viejos clubs, al valorarlos como una especie de patrimonio cultural, que ha servido de punto de encuentro para la reunión de las gentes, como un elemento erótico, unificador pero, a la vez, lugar de encuentros y desencuentros en el que se crea comunidad civil, desde donde se propone una ética distinta a la impuesta por el pensamiento único de estos nuevos tiempos postindustriales.

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