sábado, 27 de marzo de 2010

El concepto de patria y la alienación nacional y social

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cartita

Queridos filósofos
Queridos sociólogos progresistas,
Queridos psicólogos sociales:
No jodan tanto con la enajenación.
Aquí, donde lo más jodido
Es la nación ajena.

Roque Dalton

Ser y estar siendo

Veíamos, en un capítulo anterior, el fenómeno del tiempo como producto social y también lo del ser humano que se organiza en sociedad y produce un nexo esencial entre lo individual suyo y lo colectivo, y asimismo, que la sociedad dada requiere de un ámbito espacial en donde el individuo puede suceder.

Hay que distinguir entre el concepto de ser del concepto de estar siendo porque el ser sólo puede determinarse cuando ha cerrado su ciclo, es decir, cuando -oh paradoja- deja de existir. En cambio el estar siendo es aún un indeterminado, algo que vive pero que aún no puede determinarse, porque pueden surgir nuevas propiedades y rasgos que cambien su identidad. Para mostrar un ejemplo extremo, decimos que Juan es mortal pero la veracidad de la frase únicamente se confirma cuando ha ocurrido su muerte, en el momento en que se apresta a dejar su espacio, y en cambio el estar siendo implica que aún vive pero no ha llegado a su identidad plena.

Sin embargo, el estar siendo y, por lo mismo, el ocupar un espacio no deja de ser identificatorio si se lo relaciona con su arraigo, con su hábitat y con su sociedad. Hasta los animales tienen un instinto de territorialidad, ése de marcar su territorio con la orina, con sus dientes y hasta con la vida.

El habitar humano va más allá de lo físico espacial y el concepto de arraigo que emana de esta acción tiene connotaciones identitarias, culturales, psíquicas.. Hegel, en su Filosofía de la Historia, decía que para el griego, la patria constituía una necesidad absoluta, sin la cual no podía vivir. Y esto fue así, pues Sócrates prefirió beber la cicuta, pese a las instancias de sus amigos -que propiciaban su huída- antes que abandonar su lugar.

El hombre –sostenía Bolnow(1)- que sin este apoyo es un viator, un caminante eternamente acosado, tiene que aprender a detenerse en su camino y a fundarse una morada ya que sólo habitando puede llegar a la plenitud de su propia esencia.

El arraigo se vincula con el sentimiento de patria, y Simmel (2) expresaba que se trata de un espacio vivido por el hombre presente, pero también por sus antepasados. Añorando esto, Splenger (3) diría que el nuevo nómade, el nómade intelectual, es un hombre desarraigado que ha perdido todo vínculo con los valores de su patria.

Precisamente, uno de los grandes saltos en la especie humana resultó del haberse asentado territorialmente, primer paso para el desarrollo de la agricultura y del propio hombre.

El concepto de patria ha tenido, a lo largo de la historia, distintos contenidos, siempre relacionados con el sistema social vigente, y no quiero abundar en este tema porque ya lo he tratado en otros libros míos, pero se puede decir que en el mundo antiguo la patria era el lugar de nacimiento, el lar, la heredad, el pago, luego el feudo o región y finalmente, con el advenimiento del capitalismo, el concepto se extendió hasta coincidir con las fronteras nacionales propias del gran y único mercado.

La tierra virgen no posee valor, sino que éste se determina por la presencia humana; el precio que por ella se paga está dado por el trabajo que la sociedad deposita sobre dicha tierra, y por la ley de población que predomina en toda sociedad. El hombre no se hizo hombre hasta que no sintió que esa tierra le pertenecía por haber depositado en ella su trabajo, por haberla conquistado y fecundado.

Desde hacía bastante tiempo, pero especialmente a partir del 2001, se desarrolló una impetuosa corriente emigratoria, por la cual se planteó en Argentina un agudo debate en torno a este tema. En efecto, un país que había sido tierra de conquistas y meta de inmigrantes hasta no hacía mucho tiempo y cuyos ideales fundadores –con las armas en la mano, en la revolución contra España, desde mucho antes de 1810- se basaron en una fuerte pertinencia y pertenencia a la tierra natal y a la visión continental, de golpe cambia y se transforma en excluido, proveedor de carne humana para otras latitudes.

La pertenencia nacional se convierte en un eje conflictivo no sólo para el emigrante del país abandonado, sino para el de destino, porque la llegada de extraños acrecienta la xenofobia y otros conflictos.

La pertenencia nacional

Jorge Torres Roggero(4) escribía que, si bien la idea de América como Nuevo Mundo ya se perfila en los cronistas del renacimiento que, a partir de Colón, se deslizan entre el Paraíso, el Dorado, la Ciudad de los Césares, Trapalanda, el Reino de las Amazonas, el cielo nuevo y la tierra nueva del Apocalipsis, son los románticos quienes, rompiendo el inmovilismo dogmático, producen un deslizamiento de la “razón poética” hacia un profetismo laico, hacia utopías que, sin perder su sentido religioso, suponen un mundo en que la plenitud del hombre es producto de la libertad creadora, del conocimiento aplicado al dominio de la naturaleza y el perfeccionamiento moral y de una armonía fruto de cierta equidad implícita entre el individuo y la colectividad.

Y este autor, glosando a Francisco Bilbao dice que el Nuevo Mundo no sería una importación de ideas más o menos progresistas de origen europeo, sino la búsqueda -sobre la base de la Confederación de las Repúblicas Latinoamericanas- de una creación moral, la formación de un vínculo divino, para acrecentar el bien de todos y el mejor de todos los bienes, la libertad y la solidaridad del hombre.

Como continúa diciendo Torres Roggero, no es lo mismo el auguralismo que se desenvuelve como un momento del pensamiento europeo –y que en algunos casos, digo yo, llevados al extremo, produjo los fascismos- que la América pensada por Martí como “tierra de la libertad y de la esperanza humana”. En otras palabras –escribe- el profetismo europeo (Colón, Leon Pinelo, Byron, Hegel) no tiene el mismo sentido que el pofetismo de Rubén Darío, José E. Rodó, L. Lugones y los jóvenes reformistas de 1918.

Esta percepción cuasi religiosa que tuvieron nuestros hombres a partir de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José de San Martín, Simón Bolívar y tantos otros, se basaba en el concepto de amor al terruño, de pertenencia a un suelo sobre el cual se edificaría una sociedad nueva basada en la libertad y la solidaridad entre las personas. Naturalmente, constituía un enfoque cuyos mentores, en primer lugar el del gran Maquiavelo, vinculaban al ideal de la independencia y unificación del país, una revolución burguesa, que concebía a la Patria como un mercado nacional único, poblado por hombres jurídicamente libres, contrario a la concepción feudal de mercados pequeños y aislados, en última instancia unificados sobre la base del latifundio, el señorío y la relación personal y despótica.

El sentimiento actual de patria

Pero a estas alturas, la pertenencia nacional y social ha perdido el carácter obvio que tenía cuando el mundo parecía estar ordenado de acuerdo a países, nacionalidades y clases sociales y cuando la Argentina y otros nuevos aparecían ante la humanidad como la tierra de promisión.

El espacio que ocupa un sistema social, el orden espacial en el que se desenvuelve, se ha tornado confuso, porque hoy más que nunca ese orden espacial se vincula con la acumulación de bienes de capital y así ocurren migraciones no deseadas desde los espacios con menor acumulación de capital hacia los de mayor acumulación. Muchos de los jóvenes que hacían cola masivamente en las embajadas para lograr la documentación emigratoria, habían dicho que no se marchaban de un país, sino de un no-país.

Una cosa salta a la vista: el régimen de tenencia de la tierra, la gran extensión explotada irracionalmente, la existencia de rentas de origen precapitalista, el modelo agroexportador, la consecuente falta de ahorro interno y la fuga de capitales, la dependencia, son todos elementos expulsores que, con el dominio imperialista, no sólo permanecieron a lo largo de la historia, sino que se han tornado más conflictivos. Muchos argentinos, expulsados del campo, del interior o de la propia gran urbe, han hecho una escala en las villas miseria, ahí se han quedado a vivir en forma precaria, y su próximo paso, si pueden, sería abandonar el país. La estructura en crisis los expulsa aunque el mundo actual ya no se presenta tan acogedor y evidentemente, los lazos imperialistas tradicionales tienden a debilitarse.

Desde siempre, la primer estación consistió en la periferia de Buenos Aires y otras grandes ciudades. Pero el éxodo comenzó mucho antes de la partida, pues además de los propósitos del bloque dominante en cuanto a lograr la masiva pérdida de la identidad nacional, faltaron por lo menos cuatro generaciones: la que fue expulsada del campo, la que lo fue en la noche de los bastones largos, la de los muertos por la dictadura y finalmente la del éxodo del 2001.

La dictadura militar -en primer lugar la de Onganía- estúpida y brutal, desalojó del campo a miles de arrendatarios y sus familias y consecuente con ello a toda la mano de obra que respondía a esa estructura, persiguió a los jóvenes de la ciudad, ser joven era ser sospechoso. Las horrendas dictaduras mataron, torturaron y encarcelaron sin tasa y hasta se apoderaron de los bebés, es decir, del futuro. Las fuerzas armadas nacionales obraron como invasores de sus propios territorios y hasta el espacio espiritual fue invadido.

Luego, en esta democracia formal, no había cobijo para los jóvenes, no había justicia, no había reglas y los dirigentes sociales mentían todo el tiempo. Las nuevas generaciones habían retrogradado desde ciudadanos a transeúntes (o como se preguntaba Alberdi: ¿ciudadanos o habitantes?) Y eran como las sectas mendicantes de la edad media. El éxodo es parte de una alienación más dolorosa, y sólo en el mes de enero del 2002 se fueron de la Argentina 26000 jóvenes. Y no se trataba solamente de un éxodo territorial, sino también desclasante, porque muchos obreros especializados, técnicos y profesionales que se marcharon, llegaban, por ejemplo, a España a cosechar naranjas, a trabajar de pastores en Extremadura, de lavacopas en Miami o a limpiar orinales en Alemania. Actualmente ese tipo de éxodo ha mermado, pero se ha producido un extrañamiento virtual y sobre todo, muchos de los jóvenes han perdido la conciencia de lo propio.

La densidad poblacional y la defensa nacional

Como escribía Alain Rouquié (5), la Argentina se halla en una situación muy delicada, pues su inmenso territorio muestra una densidad de 9 habitantes por kilómetro cuadrado, frente a la explosión demográfica de sus vecinos. Un territorio con tan baja densidad, con inmensas riquezas, es apetecido y no podría ser defendido satisfactoriamente. Máxime si por ahora se descarta cualquier intento de fomento a la inmigración y por el contrario, el país se hubo de transformar en una nación de emigrantes: los trabajadores bolivianos y paraguayos fueron ahuyentados por la desocupación; los intelectuales y técnicos que huyeron de la represión política –continuaba Alain Rouquié- durante la última dictadura militar conforman una brillante diáspora a través del mundo.

Actualmente, más que a la explosión demográfica de los vecinos hay que temer a la apetencia de Estados Unidos e Inglaterra en cuanto al agua potable, al petróleo y a otras materias primas. Hemos visto los planes militares del Pentágono y de la OTAN, la puesta en acción a la IV flota, los llamados conflictos asimétricos apuntando principalmente a Venezuela, Ecuador y Bolivia, el golpe de Estado en Honduras y las bases en Colombia, la insistencia en “vigilar” la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil, precisamente donde se halla el Acuífero Guaraní que es uno de los grandes reservorios de agua dulce del planeta. Brasil conoce que Estados Unidos tiene planes para apoderarse del Amazonas y de la cuenca petrolífera of shore, y existía un plan de convertir a Chile en el Israel de América Latina. No sabemos si luego de los terremotos se acentuará o no el afán expansionista de la burguesía chilena en concomitancia con el imperialismo.

Pero la cuestión de la densidad se hace mucho más compleja por la existencia de enormes estancias y grandes explotaciones sojeras, de monocultivo y destrucción del hábitat por una parte, y un amontonamiento en las ciudades, por la otra. No hay defensa nacional posible en tierras deshabitadas o con escasa densidad poblacional y esto es particularmente grave frente a la carrera armamentista. La Revista Fortuna (6) publicaba una noticia acerca de la compra de enormes extensiones de tierras en Córdoba y en el sur, por parte de la familia Bush, para producir agua premium y proteínas de pollo.

Es sabido que todo sistema social existe en el espacio y al mismo tiempo los espacios son producidos socialmente, es decir, la escala social generalmente está ligada a espacios de acuerdo a un nivel de propiedad, posesión, ingresos.

La clase de los latifundistas no ha desaparecido sino que más bien se ha fortalecido, subsumiéndose en los agronegocios capitalistas. Mucha de la inestabilidad económica y política en Argentina se debe a la existencia de las estancias y de las formas de arriendo, donde se diluye parte del ahorro interno y se incuban los fascismos, como pudimos ver en la última chirinada gauchisojera.

Los Estados existen y son, en primer lugar, de acuerdo al régimen de tenencia de la tierra y ese régimen, según sea, alienta o reprime. Toda la vida de nuestro país está impregnada de la cultura agropecuaria y la tradición pastoril está presente en el trabajo, en la economía individualista y mezquina, en la ciencia, en la política, en el lenguaje, en la alimentación, en la literatura.

Y también en el surgimiento de una contracultura villera, desesperada, contestataria. Como decíamos en otro capítulo, hay un tiempo que también es producido socialmente, y es el tiempo de trabajo, que en Argentina se ha reducido muchísimo. El tiempo y el espacio resultaron enajenados y la resultancia ha sido este quiebre del contrato social, del exacerbado egotismo y de la criminalidad.

El periodista Horacio Vázquez Rial(7), del diario ABC de Madrid, quien hizo una investigación, escribía en un artículo publicado el 25 de febrero del 2002, titulado la maldición argentina, que en el gran Buenos Aires se han desarrollado tres cinturones de pobreza. En el tercer cinturón –vale decir, en el de los más pobres- hay tres generaciones, abuelos, hijos y nietos, que nunca tuvieron trabajo. Hay adolescentes que jamás usaron zapatos y a los que, como una terrible involución – exageraba Vázquez Rial- les crece pelos en las piernas y pies.

Una de las cuestiones primarias consiste en las condiciones de vida que ofrecen los grandes y medianos conglomerados urbanos, donde se apilan personas en condiciones de precariedad extrema, mientras los espacios provincianos son vaciados y por tanto, desaparecen poblaciones enteras. La liquidación de los ferrocarriles contribuyó aun más a esta dramática situación.

La población en las trece villas de emergencia de la ciudad de Buenos Aires consignó un crecimiento del 77 por ciento en los 10 años transcurridos entre el censo de 1991 y el de 2001, llegando a la cifra de 93.000 habitantes. Según estimaciones no oficiales, viven actualmente en ellas más de 150.000 personas. Para dar una verdadera dimensión del problema debería incrementarse esa cifra con los ocupantes de inmuebles, los que viven en refugios y lugares de tránsito o directamente en la calle.

En la ciudad de Santa Fe, el Movimiento Los Sin Techo ha hecho un relevamiento y afirma que cada mes se instalan 30 nuevos ranchos, lo que significa unas 400 viviendas precarias nuevas por año. El informe añade que en 2000 esa organización había logrado erradicar completamente todos los ranchos de la ciudad, pero el avance de la pobreza y la falta de políticas sociales ha logrado llevar la existencia actual a más de tres mil viviendas precarias en ese ejido urbano.

El 10,8 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA) rosarina se encuentra desocupada, en el primer trimestre de 2009. Si a ese índice se le suma el 39 por ciento de los asalariados que se encuentra en estado de vulnerabilidad y los beneficiarios de los planes de empleo existentes, las personas con problemas de inserción en el mercado laboral alcanzan a 225.047 individuos. Esto implica el 37,4 por ciento de la PEA. Lo cierto es que alrededor del 40 por ciento de los rosarinos tienen problemas laborales y no cuentan con asignaciones familiares, ni descuentos jubilatorios y quedan fuera del armado de políticas sociales. (8)

En tanto, en Villa La Tela, la más grande y antigua de la ciudad de Córdoba, donde residen unas 2.500 familias, la mayoría de ellas percibe como único ingreso un plan social provincial o municipal. El sector no cuenta con servicios organizados de agua, luz ni cloacas. Las familias que habitan esta zona se encuentran en una situación de extrema vulnerabilidad social. Estos datos, que fueron proporcionados por la ONG Perspectiva Social, se refieren sólo a una de las 85 villas de la ciudad, que, por otro lado, viven situaciones similares. La inestabilidad y precariedad laboral prevalecen en estas comunidades, constituyendo ese mercado informal de trabajo el ámbito más frecuente de desarrollo de las diferentes ocupaciones y exclusiones.

Es notorio, pues, que allí no existen ni espacios ni tiempos sociales de acuerdo a la teoría canónica del capitalismo. Por otro lado, los espacios urbanos o suburbanos que antes eran patrimonio de la oligarquía tradicional, como por ejemplo las quintas y el casco viejo de San Isidro, los countries de Pilar y de todo el país, e inclusive los grandes latifundios, ahora son ocupados por una nueva oligarquía que tiene mucho de lumpen y que proviene de las diferenciaciones mafiosas habidas entre dirigentes sindicales, políticos corruptos, vividores del Estado, lavadores de dinero y otras yerbas. Y por otro lado los ocupas -generalmente inmigrantes de países limítrofes, o gentes que se han quedado sin vivienda- comparten espacios céntricos o tradicionalmente distinguidos.

Pero a diferencia de Brasil, por ejemplo, donde el Movimiento de los Sin Tierra fue muy potente, en Argentina nadie –salvo los gauchisojeros y algunas organizaciones rurales de fuera de la pampa húmeda- reivindica la posesión de la tierra y es más, los gobiernos que quisieron incursionar tibiamente en el régimen de su tenencia, de inmediato sufrieron una gran inestabilidad.

El mismo Alain Ruoquié escribía que la idea de una reforma agraria está proscrita –diríase que es tabú- debido a la escasez de población rural y a su conservadurismo, razón por la cual los proyectos voluntaristas destinados a estimular un mejor aprovechamiento de la tierra están condenados al fracaso. En dos ocasiones, durante los años sesenta y setenta –continuaba Alain Rouquié (9)- cayeron gobiernos por tratar de aplicar medidas de estímulo fiscal para la utilización óptima de las tierras cultivables.

Desde hace un tiempo, cada estancia es una fortaleza, y en muchas de ellas había y hay arsenales. A ello se ha agregado un sector de la burguesía rural que se ha diferenciado, está armada, y pasó a ocupar espacios políticos afines al de los grandes agronegocios. En virtud de los actuales procesos, el ordenamiento tradicional no ofrece mucha seguridad y por lo mismo, estancias, campos, barrios residenciales y countries se han transformado en fortalezas o bunkers, en cierto sentido lo mismo que las villas miseria, y en ambos casos los vecinos están organizados para la guerra y en esos cotos no entra ningún intruso y es más, en el último lockout patronal los gauchisojeros lograron cuasi aislar al gobierno y arrastrar a sectores considerables de la población.

Por otra parte, bandas de secuestradores, como es sabido, no residen en las villas miseria sino en los countries. Esta especie de confusión territorial se registra junto con las migraciones internas y en el fondo indica que la existencia social pierde cada vez más espacio y con ello pierde asimismo su identidad y su base de sustentación.

Los espacios son construcciones sociales

El espacio privado y el espacio público

Existen profundas mutaciones en el espacio público. No es ocioso –cree la ensayista Leonor Arfuch– preguntarse qué significa lo público. "¿Son las calles, parques, edificios públicos? ¿El accionar del Estado, la "cosa pública"? ¿El espacio del ágora, de la protesta, de la opinión? ¿El espacio mediático? ¿El del consumo?"

Indudablemente, se ha producido un cambio muy importante en lo que respecta a espacios públicos. En Atenas era el ágora y en tiempos no muy lejanos la disputa por el poder se desarrollaba en las plazas públicas, como lo fue, por ejemplo, el 25 de mayo de 1810 o el 17 de octubre de 1945, en Argentina, pero ahora se piensa en los medios de comunicación de masas como espacio espiritual fundamental y en otro capítulo nos extenderemos acerca de él, pero no es ocioso afirmar que resulta uno de los espacios esenciales en la disputa por el poder. La crisis de los partidos políticos les ha restado representatividad como nexos entre lo público y lo privado –entre el llano y el poder- produciendo un vaciamiento de la organización partidaria. No hay allí ni debates ni intercambios ni, en definitiva, educación ética o política. El partido dejó de funcionar como lugar natural de comunicación para el diálogo y la organización, también para la captación de adherentes, y las movilizaciones convocadas por ellos hace tiempo que perdieron la espectacularidad de otrora. Conscientes de tal vaciamiento y carentes de ideas, recursos y capacidades para pensar alternativas, los así llamados dirigentes dependen de los asesores de imagen y de aquellos que manejan los medios porque están convencidos de que ése es el más importante camino para llegar a la ciudadanía, instalar sus ideas y ganar adhesiones. De manera que, al parecer, los espacios públicos han perdido entidad física y se han transformado en espacios espirituales, tópico que queríamos dejar señalado pero del que nos ocuparemos posteriormente.

Abordemos, por ahora, los espacios físicos que, como antes dijimos, son construcciones sociales –la naturaleza virgen maneja otro tipo de espacios- y en ellos se establecieron posicionamientos diferentes, desde estancias, barrios residenciales, de clase obrera o media, zonas bancarias, barrios coreanos, chinos, bolivianos o judíos, villas miseria, regiones culturales, urbanas y rurales, espacios económicos.

La posesión y propiedad de los terrenos fue tradicionalmente identitaria, vale decir que correspondían a la clase social dada que allí vivía y se identificaba. Recordemos los tangos y la música de raíz floklórica que reflejaba el deseo de volver o añoraba el barrio o el terruño, y era pobre de toda pobreza quien había perdido su lugar. Resultó ser que, tradicionalmente, las mujeres tuvieron un mayor sentido de arraigo y lucharon más que los hombres por permanecer en su lugar, tal como ocurrió durante la primera inmigración europea, inmigración que se hallaba conformada casi por hombres solos y que produjo ciertos rasgos culturales.

Hoy por hoy el éxodo ya es producido por familias enteras y los espacios urbanos no coinciden entre sí ni se hallan bien ordenados sino que se entremezclan, cruzan, convergen o se excluyen, y la confusión territorial coincide con el desclasamiento de los períodos de crisis. El único espacio que permanece inalterable –o se amplía- es el de los grandes establecimientos rurales y el de los barrios privados.

Como ya hemos dicho, son fenómenos que no se identifican plenamente con la ley de población del capitalismo, pues aquí los migrantes pobres no son llamados a constituir el ejército industrial de reserva, sino una abigarrada mancha doliente e informe en torno o dentro de las ciudades.

Tampoco los espacios que corresponden a la actividad financiera son los mismos que antes del corralito ni antes de la globalización y se contradicen con el espacio físico que ocupaban los mercados nacionales que se dieron junto al surgimiento del Estado-nación.

En Argentina nunca se soldó definitivamente la unidad nacional, precisamente por la existencia de monopolios financieros y latifundios que mantienen rasgos precapitalistas, son expulsores de mano de obra y constituyen una traba para la circulación plena de capitales. Una doble pinza entre la crisis de estructura y la crisis propia del capitalismo Los espacios físicos que antes ocupaban los mercados y los latifundios, ahora se van transformando en espacios virtuales, hasta los recintos de los mercados de hacienda, de cereales y de las Bolsas de comercio van siendo reemplazados por enjambres de computadoras y yuppies perfumados. Y los espacios destinados al agro son espacios vacíos, trabajados desde afuera, sin campesinos y casi sin obreros rurales.

Como ya viéramos, cuando se analiza el proceso de globalización, vemos que el capital se independiza del tiempo cronológico y del lugar donde se produce. Puede fabricar aquí y transferir rápidamente sus ganancias a otro lugar. O puede producir sobre los barcos factoría, fabricando y transportando –a un mismo tiempo- las mercancías hacia los lugares de destino. Esta característica ha modificado el modelo de acumulación local.

Por otra parte, el extrañamiento de la mano de obra especializada y la fuga de cerebros contribuyen ambos a la concentración capitalista. No hay que llamarse a engaño, pues la acumulación –acumulación de bienes y de cerebros- se concreta en los países centrales merced a la propia crisis actual, al envío de royalties, superganancias, a la fuga de capitales y cerebros desde los países periféricos, dejando tierra arrasada. Las multinacionales tienen allá su lugar de asiento, los depósitos financieros de sus correrías; pero cometen –ciertamente- un error que a la corta o a la larga se verificará. Acudiendo a un dicho vulgar, donde se come no se caga.

Decíamos que esas multinacionales, abarcando un ciberespacio, un espacio físico y espiritual donde nunca se pone el sol y cuyo poderío sobrepasa el de cualquier nación, escamotean la economía y la historia de cada país, las identidades, y hay quienes prevén que en poco tiempo se irán a borrar las fronteras nacionales. Curiosamente, el vaticinio de Marx se iría a cumplir bajo la égida del capitalismo y parecería que la globalización-universalización, sobre todo luego de la constitución de los bloques económicos, iría a borrar todo vestigio de país.

Pero las uniones comerciales se han realizado sobre la base de los Estados y la globalización no solamente coexiste con espacios nacionales y regiones multinacionales (como la Unión Europea o el Mercosur) sino que se afirma en ellos, y por otro lado se ha acentuado la alineación y la confrontación entre bloques, países y etnias. En estos momentos la Unión Europea, capitaneada por Alemania y Francia, está pensando en expulsar a los países desobedientes e inclusive quienes anteriormente constituían el paradigma del neoliberalismo como Irlanda o España, ahora conforman el poco honorable grupo de los PIG’S (chanchos).

Como indica la experiencia, ningún desarrollo nacional se ha dado con el consejo o la dirección de las multinacionales o del FMI, sino todo lo contrario, pues el desarrollo sigue siendo un proceso de transformación de cada espacio nacional, el capital productivo necesita arraigo y la acumulación de capital productivo debe darse hacia el interior de las sociedades.

Hubo una fase en la historia del desarrollo capitalista en la cual, al menos en Argentina y otras partes del mundo, el capital transnacional construyó o ayudó a construir el Estado nacional (Inglaterra hacia nuestro país, por ejemplo).Posteriormente, el Estado nacional pudo coadyuvar en un proceso de emancipación relativamente democrático y social, siempre delimitado por el régimen económico y por las desigualdades internas así como por violentas demarcaciones hacia fuera. Esos tiempos pasaron. Con los golpes de Estado, el nacionalismo burgués y el Estado nacional perdieron su impronta progresista y ese propio Estado resultó cada vez más opresor y menos apto para utilizarlo como instrumento de liberación, así fuese en forma limitada. Un período, podemos decir, que abarcó desde 1955 hasta la debacle del neoliberalismo y del pensamiento único. Esa situación está cambiando y debe estudiarse atentamente.

El sistema capitalista mundial carece en estos momentos, de acuerdo a una nueva realidad, de cierta forma política adecuada a sus propios fines, y ni aquí ni en el ámbito internacional puede vislumbrarse que un Estado o una comunidad de Estados sea apta para lograr que el hombre se encuentre consigo mismo, es decir, que conquiste su libertad.

Los Estados existentes, pertenezcan o no a algún bloque, son hoy como siempre instrumentos de sojuzgamiento, aparatos de dominación que, aunque sean formalmente democráticos, funcionan conforme al principio de opresión y exclusión y su sustancia sigue igual, con las transformaciones económicas propias de esta globalización. En la etapa, Estados Unidos está perdiendo su rol hegemónico y por lo tanto acude cada vez más a la solución bélica, pero como solía decir Napoleón, las bayonetas sirven para cualquier cosa menos para sentarse encima.

Si bien la naturaleza de todo Estado es la de oprimir al pueblo, otros vientos soplan en América Latina y algunos de sus Estados-nación se transforman en espacios de resistencia y emancipación, como es el caso de Cuba, Venezuela, Bolivia o Ecuador. Como decíamos más arriba, la consigna de la liberación nacional está vigente, pero no para lograr otros Estados tan opresores como los actuales, sino para asegurar el tránsito hacia un futuro de liberación social, democratizando el poder, las empresas, la propiedad de la tierra, la identidad, la nacionalidad, la cultura, todo ello en un ámbito latinoamericano e internacionalista.

La alineación social

Cuando se hablaba de la alineación, se entendía como que el ser humano individualmente dejaba de considerarse factor activo de su propia realidad a través del trabajo, y que la sociedad, los bienes y la propia naturaleza se le aparecían como ajenos y hostiles. A este conflicto se lo denominó alienación.

Esta alienación consistía en experimentar al mundo y a sí mismo como algo ajeno e impuesto, como una maldición bíblica. Los productos del trabajo, la pobreza, la marginalidad, la ubicación territorial y en la escala social, eran observados por los trabajadores como una desgracia atribuible a la mala suerte o al infortunio de no haber sabido hacerse ricos. Ello sin tener en cuenta que los bienes materiales y espirituales que les corresponden y que les eran y son negados les pertenecen, son su creación, son carne de su carne, su derecho inalienable.

Pero la cuestión no termina con la enajenación de los bienes que el trabajador y la sociedad producen individual y colectivamente, enajenación que de todos modos se produce a favor de unos pocos que lo tienen todo. Es el propio ser humano quien se vende, vende su cuerpo, su tiempo, su fuerza de trabajo, su mente, su creatividad, vende su cónyuge, sus hijos y al mismo tiempo resulta segregado de los derechos a la salud, a la educación, a la vivienda.

Últimamente, vende su ocio. Y algo más profundo: dicha enajenación implica que su actividad se convierte en un objeto externo que se le niega, se le opone y termina por negarlo a él como persona, colocándolo en un mundo virtual y ajeno al que, como Tántalo, quisiera acceder pero no puede.

Además de esto, ocurre que las relaciones sociales se tornan cadenas invisibles cuya presencia es dictatorial, impositiva, surgida independientemente de su voluntad y en su contra.

La libertad de la gente se ve conculcada por los objetos y las relaciones que la misma gente crea. Y muchas veces esos objetos y relaciones se le ubican en contra, poniendo en peligro hasta su propia vida. Además de los productos de su propio trabajo, el Estado, la policía, la justicia, son creación de la propia sociedad que las sufre. La desocupación, las dictaduras, las crisis, el armamentismo y las guerras no nacen de un repollo. El ocio proporcionado por el ciberespacio constituye una sutil cárcel de la que no pueden, por ahora, escapar. Constituyen hechos o estructuras producidas por las propias gentes organizadas en un sistema dado y que como por arte de magia se les ponen en contra y niegan sus personalidades e inclusive su libertad, enajenándolos en un mundo ficticio.

Libertad y despojo

El ser humano vive de la naturaleza -de la que es parte- pero debe enfrentarla de dos formas: como naturaleza misma y como su interpretación a partir del conocimiento de sus leyes. Al meter mano para arrancarle sus frutos o para transformarla en objetos que consume él mismo y que le permiten vivir junto con su familia o comercializarlos, el hombre introduce o trasmite una situación propia, intrínseca, de ruptura de simetría modificando así un comportamiento natural simétrico. Ya habíamos hablado del metabolismo que implica apropiarse del entorno para sobrevivir.

Son términos de un diálogo apasionado, de una alienación que, a su vez, alimenta el desentrañamiento de las leyes naturales, porque permite transitar desde el fenómeno hasta la esencia, desde lo real hasta lo virtual y viceversa.

Pero tal enfrentamiento llega a su clímax cuando el ser humano arranca elementos y obtiene frutos de la naturaleza, pero en un régimen de propiedad privada es despojado de su trabajo y de sus frutos, de la madre nutricia, que es su tierra natal, es despojado de su derecho y de su libertad, queda enajenada la propia naturaleza y la libertad de la especie, ya que transforma la vida de la especie en un medio para ganarse la vida individualmente. En la sociedad capitalista, cada persona sale de cacería y el coto de caza es la misma sociedad y el entorno en el que vive.

Y es de esa manera como el trabajo o su actividad vital aparecen ante el hombre únicamente como medios para la satisfacción de una necesidad, la de mantener la existencia física de sí mismo y la de su familia. Pero la vida productiva es, sin embargo, la vida de la especie, es la vida que crea la vida.

Según el tipo de actividad, así es el carácter de la especie dada y cuando se trata de una actividad consciente, se entiende que está definiendo al propio ser humano. Pero la paradoja reside en que la vida misma aparece como un medio de vida, explotada comercialmente por un minúsculo sector mientras que el resto vive en una hipnosis trágica.

Entendámonos. El ser humano hace de su actividad vital un objeto hecho y proyectado por él, por lo que aparece como una actividad consciente y por lo tanto, libre. Pero al tener que enajenar dicha actividad, se invierte la relación en tanto que como ser con conciencia de sí, debe hacer de su actividad vital, de su ser, solamente un medio para su existencia y no, como debería ser, un elemento para su elevación, para rescatarse a sí mismo de su ignorancia, de sus miedos y de su miserabilidad.

De la misma forma en que el trabajo enajenado transforma la actividad libre y autodirigida en un medio, transforma la propia vida del hombre como especie en propiedad privada, enajenándolo de su propio territorio, identidad, cuerpo y alma. Uno de los resultados de tal alienación es su enajenación de los demás y de sí mismo, enfrentándose y enfrentando a otros hombres.

Y la relación conflictiva con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo lo es también con los demás, con el trabajo de los otros y con los objetos de ese trabajo.. Como hemos dicho, el ser humano se parte en dos, y mientras su tiempo de trabajo se transforma en elemento del sistema capitalista, sus demás atributos forman parte del entorno interno del sistema, sistema que cada vez suma más excluidos, principalmente entre los jóvenes.

Y en el caso de los desocupados, la alienación es total, están directamente fuera del sistema y de su entorno No se trata solamente de su exclusión en el sentido económico, sino de su exclusión de la historia, de la justicia, de la espiritualidad, de la ciencia, del arte, de la educación, de la salud y naturalmente, de las decisiones políticas.

La opinión pública, pues, es manufacturada en contra de los intereses de la propia sociedad que la genera y consume. La zanahoria televisiva le muestra un mundo irreal, de fantasía, al que quisiera acceder, pero que materialmente le está vedado y su entrada al paraíso, clausurada, pero no por un arcángel sino, en última instancia, por las fuerzas armadas globales.

Notas:
1) Bolnow Otto, Introducción a la Filosofía del Conocimiento, 1976, Buenos Aires, Amorrortu.
2) Simmel Georg, THE AMERICAN JOURNAL OF SOCIOLOGY Volume LXII MAY 1957 Number 6 FASHION1
3) Splenger Oswald, La Decadencia de Occidente, Espasa Calpe, Madrid, s/f
4) Jorge Torres Roggero, Poética de la Reforma Universitaria, 2009, Babel editorial, Córdoba (Argentina).
5) Alan Rouquié s/f
6) Revista Fortuna del 20 de diciembre del 2007
7) Horacio Vázquez Rial, diario ABC de Madrid, del 25/2/2002
8) Precariedad y Pobreza, informe de ATE Rosario, 23/8/2009

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